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Archivos Marzo 2018

Un día caminas por la calle y ya no va a tu lado. Parece como si se hubiera extraviado en cualquier esquina o como si en un despiste se lo hubiera tragado la tierra. Yo sigo paseando por las mismas calles. Recorríamos estas aceras casi a diario desde adolescentes, cuando nos enamoramos. En sesenta años no dejamos de vernos más de dos días seguidos. Ahora cierro el puño cuando camino entre la gente. Nadie se da cuenta. Muchas veces también juego con mis dedos en el bolsillo del abrigo como mismo jugaba con los suyos antes de que se fuera. En la piel de la mano nos queda una memoria de anfibio. No es como el resto de la piel que recubre nuestro cuerpo. Cuando la tocas parece como si las ausencias encallaran para siempre entre el atavismo de sus asperezas.

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Los gestos se aprenden. Todos los que estábamos en aquella clase terminamos tocándonos la barbilla varias veces al día. Entonces no nos dábamos cuenta, pero ahora nos reconocemos cada vez que nos reencontramos en alguna parte. Los hermanos o los primos también suelen reconocerse por gestos parecidos que aprendieron de sus padres o de sus abuelos. Lo veo en la barra de la cafetería tocándose todo el rato la barbilla con el índice y el pulgar como mismo se la tocaba aquel maestro que nos dio clases durante cinco años. Lee el periódico y de vez en cuando acerca a sus labios una pequeña taza de café. Pide la cuenta y sale a la calle. No me llega a ver. Yo sí sigo sus pasos desde la cristalera. Espera a que el semáforo cambie de color para cruzar. Nuevamente se lleva los dedos a la barbilla. Lo hace siempre que está nervioso o cuando no sabe qué hacer con sus manos. Yo también tengo los dedos exactamente igual que él cuando lo miro. No nos veíamos desde hacía casi cuarenta años. Alguien me dijo una vez que estaba muerto. No sé si los muertos toman café en las barras de las cafeterías por la mañana, pero sí puedo jurar que siguen conservando los mismos gestos. Ya ha desaparecido al final de la calle. Cuando era niño siempre estaba leyendo libros sobre la cábala, el esoterismo y las reencarnaciones. Lo recuerdo en el recreo, siempre solo, sentado en un banco del patio, pasando las hojas con una mano mientras la otra no se separaba nunca de su cara.

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Si miras hacia el cielo verás pasar bandadas de aves sin nombre que siempre andan persiguiendo al verano. Los pájaros saben que la vida es un vuelo y que una jaula es un engañabobos con el que a veces tratan de engatusarnos. Me gusta verlos junto a las charcas que encuentran cada año en las mismas costas o revoloteando cerca de los acantilados. Ni siquiera conocemos sus nombres. Nos llaman la atención el color de sus plumajes o los trinos con los que celebran la llegada de la mañana. A veces es el mar el único que sabe que detienen sus vuelos oceánicos. Sus sombras, como las nuestras, también navegan la inmensidad de las aguas.

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Los gatos son los primeros que ven amanecer en Las Palmas de Gran Canaria. También escuchan el sonido de las olas antes que nadie y saben de la quietud o de las revolturas con que se presentan las mareas. Todo el litoral de la Avenida Marítima está circundado de gatos. Habitan entre los tetrápodos y te los encuentras desde que sale el sol oteando el horizonte. No sé el tiempo que llevarán perpetuándose cerca de la orilla. Los ves tirados a la bartola recibiendo los primeros rayos solares o moviéndose con acompasada lentitud felina. Más allá de ellos solo están los barcos que parecen fondeados en medio de la nada. Me gusta su anónimo transitar cerca de donde nosotros perdemos el sueño con absurdas vanidades. Para que llegaran hasta ese lugar también fue preciso que pasaran millones de años de evolución y de decisiones azarosas. Supongo que el día que ya no haya muros conteniendo el océano seguirán transitando lentamente entre las rocas o las piedras de la orilla. Siempre ha habido gatos en todas las costas. Cuando era niño los recuerdo aguardando primero que nadie la llegada de los pescadores al Puerto de Las Nieves. Se adelantaban incluso al vuelo de las gaviotas que revoloteaban entre las falúas cuando sabían que había habido buena pesca. Los gatos guardan en sus ojos reflejos de tiempos y de mares lejanos. Por eso nos resultan tan enigmáticos y tan fascinantes. Cuando te observan siempre parece como si te estuvieran atravesando con su mirada. Yo creo que nos ven mucho más allá de donde se proyectan nuestras propias sombras.


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Cada vez que metía la mano en la ranura que se forma entre los dos grandes cojines del sillón sacaba una moneda, unas llaves o cualquiera de esos objetos que llevamos en los bolsillos y que tantas veces desaparecen en esos huecos que juntan el polvo con todo lo que cae del pantalón sin que nos demos cuenta. Pero lo que no esperaba era sacar bolígrafos todos los días. Siempre aparecían sin tinta, como si alguien le estuviera escribiendo la vida desde que se levantaba de la cama. Tiene uno por cada día vivido desde hace dos años, más de quinientos bolígrafos sin tapas y sin tinta que guarda en una bolsa como quien lleva un osario a todas partes.

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Entré en aquella casa de Manchester y lo primero que vi fue la foto del Rey Mago que estaba en San Telmo. Casi todos los niños de Gran Canaria de los años setenta tenemos una foto con ese Rey, a veces subidos en sus piernas o, ya mayores, colocados a su lado. Cuando me vio mirando la imagen me dijo que era de su mujer, de cuando era niña. Ella había muerto hacía tres años. Yo no le dije que era el niño que estaba en la misma foto esperando ansioso en la cola a que la niña terminara de fotografiarse.

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Lo que vale es el tiempo y el espacio que habitamos. No hay nada más. Todo lo que nos separe en derechos, oportunidades y proyectos de futuro está condenado a fracasar. Cada ser humano es diferente, pero no por ello ha de imponerse uno sobre otro. Desde la diferencia hay que buscar la misma igualdad. A estas alturas, por lo menos en el mundo occidental, o en lo que va quedando de él, tendríamos que tener claro ese planteamiento inicial. Sin embargo siguen apareciendo los carcas y los sietemachos de nuevo cuño, cada vez más jóvenes y más pendencieros, tratando de reivindicar su poderío con la violencia y el uso de argumentos medievales y sexistas. No podemos dormirnos porque el atavismo machista lo llevamos grabado tras muchas generaciones pasadas en las que la mujer no tuvo oportunidad de hacer su camino y de vivir con los mismos derechos que los hombres. Hoy es un día para cambiar todo eso, un nuevo día que no tendría que terminar nunca de recordarse. Mañana también tiene que seguir siendo 8 de marzo.

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Si nos viéramos de lejos, también nos reconoceríamos en la ficción. En el fondo no dejamos de ser unos personajes que se interpretan a sí mismos; a veces en hilarantes comedias, y otras en tragedias que nos tienen todo el santo día llorando por las esquinas. Nosotros creamos personajes y les damos vida en un libro, en una película o en una obra de teatro, y muchas de esas creaciones, al paso del tiempo, acaban siendo más reales y más recordadas que las vidas de sus coetáneos de carne y hueso. Podría poner muchos ejemplos, pero ahí están Don Quijote o Madame Bovary, más reconocibles que la mayor parte de los que asistieron a su nacimiento literario, y, en muchos casos, más reconocidos incluso que Cervantes o que Flaubert. Si lleváramos al papel o al celuloide nuestras propias vidas, probablemente seríamos más recordados que por hacer la declaración de la renta o por cumplir con nuestra jornada laboral. Al leernos también formaríamos parte de esa ficción que comentaba al principio: no puedes olvidar nunca que en las autobiografías hay mucho de recreación interesada, tantas mentiras y tantas recreaciones interesadas como requiere cualquier argumento para resultar creíble.
No forma parte de nuestra tradición literaria la lectura de biografías o de autobiografías, pero en el mundo anglosajón son lo más fetén y lo más solicitado por los lectores. Recuerdo pocos libros tan fascinantes como las memorias de Mark Twain o como los diarios de John Cheever, por citar dos de los grandes escritores, en este caso norteamericanos, de todos los tiempos. En castellano también recuerdo autobiografías memorables, aunque casi siempre han pasado desapercibidas. Ahí están, por nombrar un par de ellas, las de Neruda, Fernán Gómez o Caballero Bonald. O las entregas anuales que nos regala Andrés Trapiello con su Salón de pasos perdidos. Todos ellos se miraron o se miran a sí mismos como personajes, y como tales bucean en sus recuerdos y en sus momentos más trascendentales. Cada uno de nosotros también ha ido escribiendo su propia novela a medida que ha ido viviendo, aquella novela que don Benito dijo que éramos en Fortunata y Jacinta. Las habrá más aventureras y más comedidas, más alocadas y más responsables, y con mayor o menor suerte a la hora de elegir los amores, los amigos y hasta los lugares donde ir pergeñando las vivencias cotidianas. Lo que sí que tendrán todas es una autenticidad reconocible y trascendental. Al fin y al cabo contarán las peripecias de personajes irrepetibles, mortales y casi milagreros. Siempre será grandioso ese libro, como mismo lo es cada día que te escribes desde que sales de la cama. Si te miraran desde lejos, también tú serías una recreación inolvidable.

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Le dijeron que no tomara más café en aquel bar de la calle 60 con la Sexta Avenida. No era hipertenso ni nervioso. Siempre había sido un hombre tranquilo, sano, comedido, equilibrado, buen padre de familia, un modelo en su vecindario en las afueras de Manhattan. Ahora va desnudo por Central Park, lo persiguen policías a caballo. Va diciendo que está en la selva y que es un grano de café que escapa de los jaguares. Ese café lo importan de Guatemala y decían que era de un árbol sagrado para los mayas. Él grita que es maya y que no parará hasta llegar a las pirámides de Tikal mientras corre hacia el Rockefeller Center.

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Creo en el aprendizaje diario, en el silencio de las lecturas y en las palabras de quienes también fueron aprendiendo sin aspavientos y sin pedanterías, creo en el perfeccionamiento de cada persona que se lo proponga, en la fuerza del amor, en la apuesta por las utopías y en que el tiempo, como decía Chaplin en Candilejas, es un gran autor que casi siempre da con el final perfecto. En seis años he aprendido que los paraísos están mucho más cerca de lo que parecen.

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