los blogs de Canarias7

Archivos Febrero 2018

En el Apartamento se escucha una explosión. Ella cree que él se ha pegado un tiro, pero lo que se oye es el descorche de la botella de champán que él acaba de abrir para brindar por sus fracasos. Jack Lemmon sale con las manos llenas de espuma cuando Shirley MacLaine lo viene a buscar antes de que se marche de la ciudad. Luego brindan con el champán y sacan la baraja para seguir jugando las cartas del azar y del destino. En esa escena están todos los principios y todos los finales, la vida y la muerte, el abandono y el amor que espera a la vuelta de cualquier esquina, o en ese ascensor en donde Jack (Baxter) veía a Shirley (Kubelik) cada vez que subía a su oficina sin saber que iba a terminar siendo el amor de su vida.

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Le dice que tome agua. Él no tiene sed, pero toma agua como si acabara de atravesar un desierto. Hace todo lo que dice. El carpintero no le permite que sea un humano libre aunque lo parezca. Lo sigue viendo de madera todo el tiempo, como esos padres obsesivos que no dejan que sus hijos crezcan.

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Me pasaba la lengua por ese hueco. Me sabía a ausencia. La ausencia es un agujero en una muela o en el alma. La empastarán y me olvidaré de ese hueco como olvidamos las ausencias cuando las recubre el tiempo. Pero eso será más adelante. Ahora ese agujero parece un abismo insondable, como las pérdidas que todavía palpitan cerca de nuestra carne.

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Escribía una página de su diario cada día y luego la arrancaba y se acercaba a cualquiera de los parques de la ciudad para tirarla entre la hojarasca del otoño. Solo escribía en otoño, como si necesitara dejar que cayeran las palabras que ya no le servían para nada.

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Toca el tambor. Mecánicamente, sin atender al sonido, como un autómata. Si lo mirabas fijamente, te dabas cuenta de que no era un ser humano. Era el mismo que habían visto en un parque de Viena hacía cien años, en un teatro de San Diego hacía treinta o en un concierto en las fiestas patronales de un pueblo de Cuenca hacía trece años. Nunca se fijan en su cara, si lo miraran verían que solo es una especie de figura de cera que mueve las baquetas. Siempre toca sentado. Su banda no se atreve a caminar tocando los instrumentos. Yo solo me he fijado en el tambor. No me atrevo a mirar fijamente a ningún otro miembro de esa banda.

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Y no recuerdas qué cuerpo estabas acariciando en la madrugada. Cierras los ojos y acaricias una piel como si acariciaras esas nubes que llevas mirando desde que eras niño. También pasan de largo, como esos cuerpos, como todos esos te quiero que se repiten entre sudores y jadeos, así será también cuando mueras, cerrarás los ojos y escucharás todas las voces que un día te dijeron que te amaban en esas noches sin nombres en las que las nubes se dejan tocar en las pieles erizadas de tus amantes.

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Tuvo que cerrar el negocio. Compraba los pescados y luego se enamoraba de ellos. Miraba sus ojos y veía todos los fondos oceánicos que habían recorrido cuando todavía nadaban lejos de los anzuelos y las nasas. Poco a poco dejaron de entrar los clientes. Él seguía comprando los pescados, los exponía unos días y cuando ya olían mal organizaba entierros en su finca. Todas las tumbas, en lugar de flores, tienen lapas, mejillones, berberechos o estrellas de mar disecadas. Algún día todo ese espacio volverá a ser un fondo insondable al que regresen los restos de esos pescados que sacaron del agua. La pescadería la había heredado de su padre y hasta que llegó él había sido un negocio boyante.

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