los blogs de Canarias7

Archivos Enero 2018

Mis melodías duran lo que tarda el semáforo en ponerse en verde. Dicen que soy original y que logro sintetizar en unos segundos todas las emociones y los sentimientos. No me quedó más remedio. Estuve cuatro años tocando en un semáforo de Quito. Improvisaba melodías que luego llevaba al papel pautado cuando llegaba a casa. Más tarde me mudé a España y probé suerte en una casa de discos (todavía se grababan discos de vinilo cuando vine). Ahora mi música suena en los despertadores y los teléfonos móviles y cobro mucho dinero cada año por los royalties. Nunca hasta hoy había contado lo de aquel semáforo de Quito en el que estuve pidiendo entre dieciocho y los veintidós años. En aquellos años ni siquiera existían los teléfonos móviles que ahora llevan mis melodías a todas partes.

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Llevo diez años colaborando con Canarias Radio (RTVC), diez años de tertulias, análisis de actualidad, colaboraciones literarias y muy buenos momentos con compañeras y compañeros para los que solo tengo palabras de agradecimiento. Hasta esta semana colaboraba en los programas de José Luis Díaz y de Eugenio González, amigos y, sobre todo, excelentes y admirados periodistas.
Siempre he sido libre de opinar lo que pensaba, siempre, y eso lo tengo que decir en honor a todos los profesionales de la radio, con Miguel M. Guedes a la cabeza. No es para menos, Miguel y yo aprendimos periodismo con los mismos profesionales hace muchos años en Diario de Las Palmas, y creo que honra esta profesión en el día a día de su trabajo. Por eso me duele esta decisión, por todo el personal de una emisora que ha logrado, trabajando con profesionalidad, ir sumando audiencia año tras año.
Pero hay algo que para mí es innegociable. La libertad de expresión, la que recoge el artículo 20 de la Constitución Española, es la esencia del periodismo, y no digamos del periodismo en un medio público que pagamos todos. Mi amigo y colaborador hasta hace unos días en Canarias Radio (también compañero en Canarias 7), Rafael Álvarez Gil ha sufrido un ataque a esa libertad de expresión de la que vengo hablando. Escribió un artículo en el periódico opinando (repito, opinando) libremente sobre la tele autonómica, y la reacción de los mandamases de ese ente público, no de las compañeras y compañeros de la radio, fue ordenar que no se le volviera a llamar por expresar esa opinión que no gustó en esas alturas que olvidan los principios básicos de un estado democrático. Sé que no seré el único que dejará de colaborar a partir de hoy en esa casa en la que llevaba diez años disfrutando de mi pasión por la radio.

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Nadie lo entendió. Dejó de trabajar como notario, se apuntó en clases de música y aprendió a tocar el saxofón. Había cumplido cincuenta y cinco años, no tenía hijos, y había logrado ahorrar mucho dinero. Hoy es su primer día tocando el saxo en la procesión de la patrona de su pueblo. Fue su gran sueño desde que era niño, pero sus padres lo tenían todo el día estudiando para que fuera notario y no lo habían dejado aprender música. Aquel hombre mayor era feliz en medio de una banda de niños y adolescentes que no valoraba aquella sensación de sentirse importante entre las calles del pueblo en el que había dado sus primeros pasos.

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Había un piano desvencijado y descompuesto en muchas partes. Estaba al lado del contenedor de basura. Las teclas seguían intactas, pero al tocarlas no se movían ni salía ningún sonido. Él las tocó un momento, y hasta improvisó el principio de uno de sus conciertos preferidos. Ella caminaba por una avenida en el otro lado del planeta, iba estresada pensando en sus problemas cotidianos cuando de repente se serenó al escuchar en sus adentros una melodía de Beethoven que hace años sonaba a todas horas en el tocadiscos de su padre. Su padre era el señor mayor que se había detenido a acariciar aquellas teclas en el Paseo de San José, en Las Palmas de Gran Canaria. Ella paseaba en ese momento por la avenida Michigan de Chicago.

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Ya no podía hacer nada. Me había ido al otro extremo de la ciudad a llevar aquellas camisas blancas con el cuello sucio a la lavandería. Últimamente, cada vez que me pongo una camisa blanca, se me queda manchada de marrón oscuro, como si mi pelo perdiera un tinte que nunca he utilizado. Tengo que vestir con camisas blancas porque trabajo de ujier en el Parlamento. Ya no pude salir corriendo. Esa mujer que llevo viendo en el Metro desde hacía casi dos años, y de la que estoy perdidamente enamorado, ya tiene mis cinco camisas con el cuello asquerosamente sucio entre sus manos. A partir de mañana variaré la ruta en el Metro. También doy por perdidas estas camisas para siempre.

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Soñé con una mosca. En lugar de un pájaro, un perro o un gato tenía una mosca en mi casa desde hacía años. Fuimos al campo y la mosca se perdió entre miles de moscas que volaban sobre el agua empozada y sucia de un estanque. Me entristecí en el sueño y me desperté sobresaltado y ansioso; pero ahora soy yo el que vuela en esta casa que fue mía muchos años. Ese hombre que no conozco, y que acaba de salir de la cama, quiere matarme. Tiene la misma mirada que aquella mosca que se me escapó en el sueño hace un rato.

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No puedo hacer nada, ni quejarme, ni cambiarme de lugar, ni llamar por teléfono para que alguien venga a buscarme. Siempre dije que no quería velatorios, pero mi familia me ha metido en esta caja y dentro de este espacio que huele a flores tristes y a productos de limpieza. Están ampliando el tanatorio con otra planta y trabajan todo el día. De fondo se escucha el martillo neumático. Quizá fuera el sonido que más detestaba cuando aún respiraba. Ahora no respiro pero sigo escuchando. Escucho los gemidos de mis familiares y ese ruido insoportable. Yo pensé que una vez muerto no podría volverme loco, pero aquí también acecha la locura.

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