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Archivos Enero 2018

Había un piano desvencijado y descompuesto en muchas partes. Estaba al lado del contenedor de basura. Las teclas seguían intactas, pero al tocarlas no se movían ni salía ningún sonido. Él las tocó un momento, y hasta improvisó el principio de uno de sus conciertos preferidos. Ella caminaba por una avenida en el otro lado del planeta, iba estresada pensando en sus problemas cotidianos cuando de repente se serenó al escuchar en sus adentros una melodía de Beethoven que hace años sonaba a todas horas en el tocadiscos de su padre. Su padre era el señor mayor que se había detenido a acariciar aquellas teclas en el Paseo de San José, en Las Palmas de Gran Canaria. Ella paseaba en ese momento por la avenida Michigan de Chicago.

Ya no podía hacer nada. Me había ido al otro extremo de la ciudad a llevar aquellas camisas blancas con el cuello sucio a la lavandería. Últimamente, cada vez que me pongo una camisa blanca, se me queda manchada de marrón oscuro, como si mi pelo perdiera un tinte que nunca he utilizado. Tengo que vestir con camisas blancas porque trabajo de ujier en el Parlamento. Ya no pude salir corriendo. Esa mujer que llevo viendo en el Metro desde hacía casi dos años, y de la que estoy perdidamente enamorado, ya tiene mis cinco camisas con el cuello asquerosamente sucio entre sus manos. A partir de mañana variaré la ruta en el Metro. También doy por perdidas estas camisas para siempre.

Soñé con una mosca. En lugar de un pájaro, un perro o un gato tenía una mosca en mi casa desde hacía años. Fuimos al campo y la mosca se perdió entre miles de moscas que volaban sobre el agua empozada y sucia de un estanque. Me entristecí en el sueño y me desperté sobresaltado y ansioso; pero ahora soy yo el que vuela en esta casa que fue mía muchos años. Ese hombre que no conozco, y que acaba de salir de la cama, quiere matarme. Tiene la misma mirada que aquella mosca que se me escapó en el sueño hace un rato.

No puedo hacer nada, ni quejarme, ni cambiarme de lugar, ni llamar por teléfono para que alguien venga a buscarme. Siempre dije que no quería velatorios, pero mi familia me ha metido en esta caja y dentro de este espacio que huele a flores tristes y a productos de limpieza. Están ampliando el tanatorio con otra planta y trabajan todo el día. De fondo se escucha el martillo neumático. Quizá fuera el sonido que más detestaba cuando aún respiraba. Ahora no respiro pero sigo escuchando. Escucho los gemidos de mis familiares y ese ruido insoportable. Yo pensé que una vez muerto no podría volverme loco, pero aquí también acecha la locura.

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