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Archivos Diciembre 2017

Me he parado a tomar una cerveza en una terraza. Casi celebro la vida como un superviviente. No me atreví a decirle nada cuando lo veía acelerar y entrar en las curvas como si quisiera matarse. Aquel taxista escuchaba la retransmisión del rally en la radio y se creía que era el que llevaba el volante del coche de carreras. Me salvé porque empezó a nevar copiosamente y suspendieron la prueba. En ese momento se dio cuenta de que era taxista y de que llevaba a un pasajero. Yo le pedí que me dejara bajar según empezó a comportarse con normalidad. Y pedí esta cerveza, y doy gracias a la vida por esa nieve que suspendió el rally de Finlandia hace menos de media hora. Gracias a esa nieve puedo seguir viviendo.

No había pedido hora. Me llamaron de la peluquería. Pregunté que dónde estaba y me detallaron la dirección. Ahora estoy sentado aquí, mirando al espejo. El peluquero me pregunta si me corta el pelo como otras veces. Yo no digo nada y él se acerca a buscar las tijeras. Solo veo una sombra en el espejo, como una imagen de humo que parece que se mueve. Luego cierro los ojos y escucho las tijeras. De fondo suena un hilo musical y un secador lejano. Abro los ojos cuando el peluquero me dice que ha terminado. Lo veo a él. Ya no soy una sombra y salgo a la calle dejándome llevar por sus pasos. He tenido muchas caras. A esta le queda bien ese corte de pelo que le han dejado.

Siempre hay algo de regreso en estas fechas, como un eco que lleva las voces de quienes han formado parte de nuestra existencia. Son días de alegrías y de reencuentros, y cada año alegra el alboroto de los niños que siguen creyendo en sus propios sueños; pero no olvidemos a los que no tienen asideros ni a los que no han tenido nuestra suerte. El frío es más gélido en estas fechas aunque vivamos en islas casi edénicas con un cielo azul y un día de verano en pleno invierno. Que la alegría anide en todos los corazones y que los buenos deseos ayuden a construir un mundo más habitable, menos injusto, y mucho menos gregario. Que la vida nos deje compartir muchos ratos de alegría y muchos abrazos.

Esa mariposa es la misma de todos los años, pero esa señora no se da cuenta. Vuela siempre en su jardín, dibujando arabescos entre sus rosales mientras ella la mira como una mariposa monarca nueva. Es el alma de su hija muerta hace seis años. Siempre llega el mismo día de julio, cuando esa señora la recuerda más que nunca porque era el día de su cumpleaños.

Escuchaba los golpes sobre la piedra, certeros, monótonos, lejanos. Paseaba por una ciudad colombiana en 1999, pero al cerrar los ojos se descubrió cincelando la piedra de una catedral muchos siglos antes. Seguía estando en Burgos en 1378. Hacía frío. Se reconoció con los mismos gestos y la misma mirada concentrada. Alguien le llamó a lo lejos. Era un niño pequeño que salía de la playa. El niño tenía los mismos ojos que aquel maestro que le estaba enseñando a moldear la piedra de una catedral lejana.

Ella decía que solo se amaba en la adolescencia. Escuché la conversación cuando pasaba debajo de una ventana. Me sonaba su voz. Repetía que luego solo buscamos la repetición de aquel primer amor de forma baldía. Era ella, pero yo preferí seguir de largo. Hacía más de treinta años que los dos éramos unos adolescentes enamorados.

El taxista me dijo que habíamos envejecido, pero que él parecía mucho más viejo que yo. No lo reconocí. Habíamos estado juntos en el colegio. Eso es lo que me decía todo el rato, que había envejecido mucho antes. Yo no le conté que para seguir pareciendo joven borro cada mañana la bruma del pasado en el espejo

Folio a folio se fue formando aquella muralla delante de su puerta. La llamó la muralla china y llegó un momento en que ya no pudo salir de su casa. Eran las hojas desechadas de la escritura de su vida, lo único que encontraron cuando pudieron empujar la puerta. Él era la gran mancha de tinta que estaba en el suelo, pero nadie se dio cuenta.

Había un teatro de marionetas. Él estaba sentado junto a una estatua. Saboreaba un flan de hielo y miraba como cualquiera de aquellos niños que estaban en el suelo. Lo vi sonreír. Todos los que estaban a su lado se habían alejado. Tenía pinta de no haberse duchado en muchos días. Recuerdo cuando empezó a flirtear con la droga. Decía que era un juego y que lo tenía todo controlado. Lo perdió todo en un par de años. Cuando éramos niños también nos sentamos muchas veces cerca de esa estatua a ver las marionetas. Los dos gritábamos como locos cuando veíamos aparecer a la bruja mala o al lobo. Avisábamos a la marioneta despistada del peligro. Ahora sus hilos son invisibles y casi parece una marioneta en manos de esos desaprensivos que trafican con la vida de los que un día quisieron encontrar el Nirvana.

Seguía las huellas de pintura blanca que había encontrado por la calle. Aquellos pasos cruzaban la avenida principal de la ciudad, entraban en una cafetería y luego continuaban hacia las afueras. Caminaba queriendo encontrar a aquella persona que había dejado una marca de cal tan clara por donde había pasado. Siempre estaba buscando mensajes cifrados y casualidades en todas partes. Después de andar varios kilómetros comenzó a descargar una tormenta de verano que borró todas las huellas que había por delante. Tampoco estaban las del camino de vuelta. Allí mismo fue donde lo mató el rayo.

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