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Archivos Octubre 2017

Se encontró aquella moneda en medio de la calle. Alguien le dijo que le daría suerte, pero la guardó entre las otras que tenía en el bolsillo y luego, sin saber que era la moneda encontrada en la calle, la puso en el forro de la guitarra de un músico que tocaba en una plaza. A ese músico lo oyó ese mismo día un importante mánager extranjero. Hoy está cantando en la tele. Lo escuchó pero no lo relacionó con el que se había encontrado hacía meses en la plaza. Él sigue donde mismo estaba, esperando a que un día la suerte lo rescate del anonimato.

Nunca se dio cuenta. Habitualmente no estamos atentos a esos detalles. Elegía la ropa al azar, combinando camisas, pantalones y zapatos en medio de la prisa mañanera. Si hubiera sabido que en esas elecciones se estaba jugando su destino habría actuado de otra manera, pero nuestro destino casi nunca nos da pistas fiables de los mecanismos que activa para salirse con la suya. Los días que se vestía con aquella camisa de rayas azules todo le salía torcido. En cambio cuando elegía la camisa roja sus deseos se iban haciendo realidad de una forma milagrosa, pero nunca se dio cuenta de esas uniones entre sus vestimentas y su suerte. Realmente solo era consciente de que se vestía a primera hora de la mañana y lo único que le preocupaba es que la camisa estuviera limpia. Aquel día la camisa estaba limpia. Fue lo que reconocieron entre los escombros después del desprendimiento, aquella camisa de rayas azules y blancas que llevaba al trabajo los días en que las compañeras decían que ya venía con la escopeta cargada.

Nada sucede de repente y al mismo tiempo casi todo acontece sin que nos demos cuenta. Como la luz del día, como cuando amanece y la noche queda atrás como un túnel que atravesamos y olvidamos desde que el cielo se enciende y comienzan a escucharse los ruidos cotidianos, esos sonidos que antes de abrir los ojos nos cuentan el lugar en el que estamos. Hay un momento clave, un instante preciso, una especie de fogonazo como los de aquellos flashes de las cámaras fotográficas antiguas. Y de repente nos encontramos con un día nuevo en el que volver a escribir nuestro destino. Casi nunca nos damos cuenta de ese milagro porque vivimos como autómatas sujetos a rutinas y a horarios, pero a veces, tras una noche larga de vigilia en un hospital, en un desvelo inesperado o cuando amanecemos en ciudades de paso, descubrimos ese momento casi mágico que seguirá repitiéndose cuando ya no estemos y que lleva repitiéndose millones de años.
Imagino que así nos crearían también a nosotros, en un proceso casi igual de mágico, partiendo de la nada, juntándose todos los azares para que un óvulo y un espermatozoide comenzaran la aventura que ahora somos. Después le quitamos trascendencia a ese momento y vivimos como si fuéramos eternos, pero entendiendo esa eternidad como una dejadez que nos despista, como si siempre fuéramos a tener tiempo de hacer lo que queremos y de ser felices, como si dentro de cien mil años alguien se fuera a acordar de nosotros. También nos asemejamos a esa luz que se enciende de repente en el cielo, y como ella desapareceremos con la misma naturalidad que acaba el día y regresa la noche nuevamente. Y no tendría que pasar nada, o si acaso tendríamos que vivir con intensidad ese estado de consciencia que nos lleva de una luz a otra luz, como si nos llevara de una certeza a otra certeza, aun sabiendo que luego vuelve el enigma, o esa luz lejana de la que vinimos un día para amar y para tratar de ser felices sobre la tierra. También nos parecemos a la luz de las pantallas antes de que se enciendan, cuando aparece un ligero parpadeo, casi inapreciable, y luego ya se ven las imágenes y las letras igual que nos sucede a nosotros con nuestros cuerpos o con nuestros recuerdos más lejanos. Y la pantalla, y la primera luz del día y nuestra propia existencia también se asemejan a aquellas habitaciones de techos altos de las casas de nuestras abuelas en las que de repente alumbraba un bombillo de bajo voltaje que iba iluminando poco a poco las paredes y los muebles. También entonces asistíamos estupefactos a aquel primer fogonazo que borraba la oscuridad de repente. Así aparecemos y así saldremos de la escena, y entretanto creo que no queda más remedio que entendernos. Todo lo demás son tinieblas, noches oscuras en las que nos extraviamos muchas veces.

No quitaron la placa. Yo la llevaba viendo desde que era niño. Jacinto Fuentes Rodríguez. Abogado. Murió hace por lo menos veinte años y ese despacho está desocupado desde entonces. La placa se ha ido corroyendo y apenas se distinguen las letras. Quedan las mayúsculas del nombre y los apellidos y la A de abogado. Las minúsculas desaparecieron hace años. La J, la F, La R y la A parece que trazan un extraño acróstico que solo somos capaces de entender los que vimos a aquel hombre siempre serio entrar y salir de ese despacho en el que el óxido del metal se termina asemejando al olvido que deja el tiempo.

Me dijo que era una estrella fugaz y desapareció para siempre. Yo no la creí cuando la abrazaba, pero al paso de las horas me quedé solo. Tenía las manos llenas de manchas grises. Ahora ya sé que las estrellas también se vuelven ceniza cuando desaparecen. Y que es verdad que hay amores de un día que dejan una estela imborrable entre nuestros dedos.

Podemos ir por la calle escuchando voces, ruidos de coches, cantos de pájaros o el eco de nuestros propios pasos. Pero también podemos caminar en medio de la gente escuchando a la Sinfónica de Chicago, a Bruce Springsteen o a Jorge Drexler, y uno entonces camina pero está en otra parte, en ese universo al que conduce siempre la música, recreando momentos que quedaron unidos a unas notas musicales o que aparecen cuando suena un solo de violín que es capaz de detener el tiempo.
Hace unos días, los que están detrás de mi dispositivo móvil me invitaron a que dejara que fuera Siri, esa asistente virtual que nos terminará conociendo mejor que nuestra propia conciencia, la que eligiera mi música de la biblioteca musical que llevo a todas partes. Imagino que Siri conocerá nuestro estado de ánimo después de calibrar lo que leemos, las páginas que visitamos e incluso el tiempo previsto para las próximas horas. No debería escribir esto, pero reconozco que sus algoritmos aciertan en un noventa por ciento de las veces, y que me sorprende cómo combina melodías. Me recuerda a lo que hacía en la adolescencia con aquellos discos que iba colocando uno encima de otro para que fueran sonando durante tardes enteras sin saber que aquella combinación azarosa es la que ahora une a unas canciones con otras cuando silbo o tarareo por la calle. El otro día, por cierto, había una feria de coleccionistas en la Plaza de Santo Domingo de Vegueta, y de las cosas que más le llamó la atención a mi hija fueron los tocadiscos. No eran gramófonos como los que había en casa de nuestras abuelas sino tocadiscos que utilizamos cualquiera que viviera su juventud en las últimas décadas del siglo XX. Me costó mucho explicarle lo de la aguja que iba surcando el disco y haciendo sonar esas melodías que llevan el roce de esas agujas en nuestros recuerdos, con sus pequeñas imperfecciones tan grandiosas. Pero yo les hablaba de la música que ahora elige Siri por nosotros, y entre esas elecciones se decantó el otro día, cuando pasaba delante de la catedral de Santa Ana, por la Novena Sinfonía de Beethoven. De repente empezó a sonar la parte coral del final de la Sinfonía y esa alegría del poema de Schiller se confundía con las campanas que empezaron a repicar de repente, y recordé a Beethoven el día de su estreno, sordo, siguiendo la música en la partitura, sin darse cuenta, hasta que no le avisaron, de que estaba todo el público en pie y aplaudiendo a sus espaldas. Si le hubiera preguntando a Siri seguro que me hubiera dado hasta la hora exacta de aquel concierto, pero yo prefiero quedarme con ese milagro de poder escuchar los violines en cualquier calle o en cualquier plaza del planeta. Y esa música y esos milagros tecnológicos hacen que siga creyendo en el ser humano.

Iba escuchando música cuando tropecé con aquella silla de la terraza. La silla golpeó una mesa y la mesa se estrelló contra el cuerpo de un señor mayor que cayó al suelo y murió en el acto. Un camarero salió dando gritos. Decía que yo había matado a aquel hombre queriendo, que había empujado con todas mis fuerzas la silla para tirarlo al suelo. Mi versión resultó inverosímil. Incluso dije que escuchaba a Bach cuando me tropecé y que en ese momento era el hombre más feliz que había sobre la tierra. Mis hijas y mi mujer no quieren volver a verme. Nadie viene a visitarme a la cárcel. Yo solo salí del trabajo un momento para tomar el desayuno en una cafetería cercana a la que llevaba yendo desde hacía siete años.

Hay que tener cuidado con los perfiles falsos. No la recordaba. La había creado de la nada hacía cuatro años. Le había puesto una foto de una actriz poco conocida de los años setenta y había rellenado todos sus datos biográficos. Ni siquiera recordaba que había sido él quien la había llamado Angélica Ortuño. Ahora esa mujer lo perseguía a todas horas por las redes sociales, con la misma foto y la misma edad que él le había inventado. Pirandello o Unamuno hicieron lo mismo en la literatura, pero la literatura se queda en los libros o en las obras de teatro. Angélica Ortuño aparecía por todas partes como una pesadilla interminable.

Nunca dejamos de aprender. Quien se niegue a ver una flor nueva en el jardín por el que pasa a diario se está perdiendo el milagro de la naturaleza, la aparición de lo bello donde anidó la paciencia, el tiempo, el agua, el sol y la insistencia en seguir brotando, en querer nacer después del frío invernal o de la canícula del verano. Lo bello no aparece casi nunca de la nada: hay que aprender a mirar primero, a tener esa paciencia, a insistir, a darle oportunidades a la vida y al tiempo, aun cuando a veces parezca que se nos cierran todas las puertas.
Nunca es tarde para llegar a ninguna parte si estamos vivos. Siempre hay tiempo para cambiar y para seguir reinventándonos. Precisamente cuanto más aprendes, más asumes la condición transitoria de la existencia. Siempre ha sido así, y siempre ha habido que buscar nuevas respuestas cuando parecía que habíamos llegado a alguna meta, cuando nos cambian las cartas de la partida, cuando todo comienza de nuevo y solo nos queda lo que aprendimos, lo que vivimos y lo que miramos con detenimiento mientras paseábamos por las calles, esa flor que casi nunca vemos entre las prisas y ese ruido cotidiano que nos aleja tantas veces de lo que realmente es importante.
Estos días vemos a los niños en sus primeras semanas de colegio, y también vemos llegar por vez primera a muchos estudiantes a las universidades. A estas alturas yo solo creo en la educación y en la constancia de la enseñanza, pero no solo en la educación que nos dieron a nosotros. Me quedo, claro, con lo mejor de aquellos años, con profesores que cambiaron mi existencia y con el aprendizaje del esfuerzo, y también con el valor de la cultura. Pero estos nuevos tiempos requieren una apuesta por lo humano y por unas enseñanzas acordes a este mundo tan caótico que tenemos. También es necesario, como ya se hace en muchos sistemas de enseñanza, que se valore a cada niño de manera individual, que se descubran y se potencien sus virtudes, que se estimule su creatividad y que su desarrollo no se vea lastrado por no entender las matemáticas, por no ser bueno memorizando o por no manejarse del todo bien con el lenguaje. Se pueden suplir esas dificultades alentando lo que se tiene de bueno y de grandioso, regalando confianza para que luego sea más fácil acceder a lo que no entendemos. Necesitamos niños y niñas que crean en su fuerza creativa y en su capacidad para cambiar lo que tienen delante, que apuesten firmemente por sus sueños y que viajen lejos, todo lo lejos que puedan, aunque ese viaje lo hagan desde el salón de su casa con un libro o admirando el nacimiento de esa flor que cambia el color de la mañana de quien aprende a mirarla. Eternos aprendices, o aprendemos eso, para seguir aprendiendo, o nos convertiremos en estatuas de sal cuando menos nos demos cuenta.

Él no la veía. Se estaba comiendo un bocadillo de pata de cerdo en la barra. Nunca entraron juntos en ese restaurante. Él era vegano y decía que solo el olor de la comida le ponía enfermo desde que atravesaba esa puerta. Estuvieron juntos cinco años y ahora, al ver su cara, se da cuenta de que era vegano solo para fastidiarla. Cuando comenzaron a salir juntos, él sabía que la carne y el pescado eran sus comidas preferidas. Llegó un día y le comentó que había tomado la determinación de hacerse vegano. Ella le secundó y durante tres años se desconsoló cada vez que pasaban delante de los asadores o de los restaurantes de la costa. Ahora lo ha descubierto. Llevan separados dos meses. Lo está mirando desde lejos. Ve cómo llega esa rubia con la que está saliendo y cómo él le da a probar un poco de pata grasienta. Ella abre la boca como si le estuviera besando y los dos muerden la carne como si se devoraran mutuamente.

La Academia Sueca sigue jugando con el Premio Nobel como si fuera una de esas liebres mecánicas que ponen en las carreras de galgos, y lo hace con escritores como Murakami o Philip Roth. El pasado año, en lugar de premiar a Roth, se fueron a Estados Unidos pero para buscar a Bob Dylan, un gran poeta y mejor cantante, pero no un escritor a la altura de Roth o de Auster, por ejemplo, que también aparece siempre en todas las quinielas y creo que merecía el Nobel mucho antes que Dylan y que otros muchos que lo han ganado en los últimos años. Para 2017 ya descartábamos a los norteamericanos por aquello del reparto del premio entre continentes, y por ello muchos confiábamos en que por fin se hiciera justicia con Murakami, pero no, en la Academia sí eligieron a un escritor nacido en Japón, pero fue a Ishiguro, gran escritor de nacionalidad británica, pero ni de lejos con la trayectoria del autor de Tokio Blues. Del nuevo premio Nobel he leído una novela, Los restos del día, y un libro de relatos, Nocturnos, y ambas obras presentan a un escritor con voz propia y, sobre todo, con una mirada distinta hacia occidente porque lo hace como si se asomara por una rendija y fuera contando detalles cotidianos de las sombras más que de las personas que está viendo al otro lado.
En Nocturnos juega con la música y logra una especie de composición jazzística, con historias que van y vienen entre las brumas de la noche y los acordes hasta confluir en una metáfora. En la novela, en cambio, recuerdo la introspección, lo psicológico, como un viaje hacia la conciencia de quien observamos hasta descubrir que, como en la vida, casi siempre hay una persona distinta a la que vemos actuar cotidianamente. Esa observación, además, tiene mucho que ver con los pasados que se ocultan. En ese caso es el ocultamiento de un pasado fascista lo que revuelve toda la novela, aunque el punto ciego de la misma, lo que nos atrae, son todas las pistas que nos va dando el protagonista antes de que lleguemos a la evidencia, porque casi siempre la evidencia es lo menos importante, y lo que realmente nos atrae de un relato son los recovecos, las entradas en habitaciones oscuras, lo que no se espera, toda esa panoplia que es la vida cuando se confunden las sombras con las conciencias.
Ishiguro forma parte de los escritores que viven en Londres pero mantienen la mirada y la tradición literaria de sus lugares de origen dando una voz distinta a la lengua inglesa. Digamos que sigue la estela de Naipaul, de Rusdhie o en su momento, antes de mudarse a Australia, de Coetzee, aunque estos llegaron con algo más de edad. Como hace Naipaul cuando cuenta la vida británica, Ishiguro se asoma con esa perspectiva que aporta quien proviene de una tradición cultural distinta. Y lo bueno de este premio es que todos iremos a buscar la obra de Ishiguro, y que se hablará de novelas, y a estas alturas creo que es en las novelas donde mejor podemos entendernos.


Encontró todas aquellas fotos en blanco y negro. Se reconoció con algo más de veinte años leyendo poemas en los garitos de Malasaña a principios de los noventa. Siempre había un fotógrafo en aquellas noches. No existían los teléfonos móviles y se leían poemas en lugar de publicarlos en las pantallas. Esas fotos se pagaban al momento y luego se recogían al día siguiente en el local de copas en donde las habían sacado. Había cientos de ellas tiradas en un contenedor de una calle de Usera. No quiso preguntar nada, ni por el fotógrafo ni cómo habían llegado hasta allí. Siguió andando. Llegó a Usera porque se quedó dormido en el Metro y salió a coger un taxi. En el taxi trató de recordar alguno de aquellos versos que leía en las noches de Malasaña de los años noventa. En una de esas fotos estaba con una mujer que había muerto repentinamente unos días después de haberse fotografiado juntos. Muchos de aquellos versos olvidados se los había dedicado a ella.

Hoy Felipe VI ha jugado su papel como Jefe de Estado defendiendo la Constitución y el estado de derecho, sin amenazas y apelando al espíritu de las leyes que todos pactamos como único camino de salida. Cambiemos la Constitución y facilitemos un referéndum con todas las garantías constitucionales, y aceptemos democráticamente su resultado. Todo lo demás es ruido confuso y peligroso. Mantengo mi condición de republicano pero aplaudo las palabras de un Jefe de Estado que creo que ha estado a la altura de las circunstancias. Destacaría muchos titulares, pero me quedo con este que tuiteó El País a los pocos segundos de ser pronunciado:
Felipe VI: "Vivimos en un Estado democrático para que cualquier persona pueda expresar sus ideas dentro de la ley"

La historia se cuenta o se imagina. La isla de Gran Canaria ha tenido excelentes historiadores que la han contado, pero pocos escritores que la imaginaran en aquellos años convulsos en donde se cruzaban la piedra y el metal, los vencedores y los vencidos, los que habitaban una especie de paraíso edénico y los que llegaron buscando expandir su imperio. Llevaban viniendo hacía tiempo, portugueses, normandos, mallorquines, pero llegó un momento en que esos invasores ya fueron invencibles con las piedras y los palos. Fueron los años de Tenesor Semidán, alguien que fue tachado injustamente de traidor, y para saber más de lo que digo remito a ese libro excelente que es La conquista de Tamarant, de Normando Moreno Santana, cualquiera de los trabajos de Manuel Lobo o de Faneque Hernández Bautista.
Pero yo quería escribir de la ficción de la historia, y concretamente de Datana, de Carlos González Sosa, una magnífica novela, altamente recomendable, para entender y para entendernos, para saber qué pasó más allá de la fecha y de los datos hace algo más de quinientos años entre los mismos barrancos que vemos a diario. Carlos González Sosa ha realizado un trabajo enjundioso de documentación histórica antes de dar vida literaria a personajes que fueron reales, pero que en la novela forman parte de una trama creíble, intrigante, dolorosa a veces, épica otras, pero siempre con un tono narrativo que te va atrapando desde el primer párrafo. Creo que hacía falta un libro como Datana, que es necesario que llegue a los colegios, porque es un libro con alma y sin extremismos ni planteamientos maniqueos, es subjetivo porque es literario, pero esa subjetividad es justamente lo que lo engrandece, lo que hace que vayas pasando las páginas para conocer mejor a Pedro de Vera, a Juan Rejón, a Doramas, a Adargoma o a Bentejuí y Tasarte. Todos tuvieron su papel en aquella historia que es nuestra historia y que durante años se han negado a que la conociéramos, y quizá por eso la hemos repetido tantas veces sin darnos cuenta. Quien me conoce sabe que hace tiempo que trato de buscar todo lo que puedo sobre la figura de Tenesor Semidán, antes y después de ser bautizado como Fernando Guanarteme. También transito siempre que puedo por El Museo Canario, para mí el gran tesoro desconocido por muchos grancanarios, un museo en el que uno se acerca a la memoria de otros tiempos desde lo cotidiano de esos tiempos olvidados que Carlos González Sosa ha llevado a la literatura de forma prodigiosa. Les invito a que busquen Datana. Disfrutarán aprendiendo y aprenderán disfrutando. Un libro necesario, una novela que nos cuenta desde ese pasado que otros se empeñan en ocultar todo el rato. Y no era fácil escribir un libro tan ambicioso como ese, pero el autor ha trabajado a conciencia y ha conseguido que nos emocionemos en muchas de sus páginas.

La habían pisoteado. Yo la recogí. Llegué a sentir el temblor de sus alas, como si fuera un pájaro. Estaba pegada al suelo y quedó un rastro blanco, como de nieve, en el asfalto. La coloqué junto a una ventana de la calle, para que siguiera en las alturas, aun después de muerta. Todavía siento la seda de su tacto entre mis dedos.

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