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Sin ausencias ni tristezas

Me preguntaba por la tristeza. Ella no sabía lo que era. En aquel lugar todos sonreían. Había leído esa palabra en un libro viejo que había encontrado en el trastero. Sabía que tenía tres sílabas y que era llana. Era todo lo que podía decir de tristeza. Hacía muchos años que la gente era feliz en aquella ciudad amurallada y alejada del resto del continente. Yo había regresado justo dos días antes de que la cerraran y había traído algunos libros. Los dejé escondido en ese trastero. Ya casi no había libros y los pocos que se leían solo contenían palabras optimistas o luminosas. Eran libros nuevos que se habían escrito a conciencia para aquella sociedad edénica y contenta. Todos teníamos que sonreír por lo menos una hora diaria delante de un espejo. Y no pensar en nada. Tampoco conocen la palabra ausencia. La han olvidado o no han oído hablar nunca de ella.


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Sociedades edénicas… Son hermosas las murallas de Utopía, prometen calles pavimentadas con buenos deseos.

Soñamos con hermosas murallas para salvarnos del sufrimiento, soñamos sueños de justicia, fraternidad y libertad, soñamos ideales de felicidad, soñamos con héroes soñadores que nos guiarán más allá de los sueños, más allá de todo mal.

Me pregunto por la primera criatura que se atrevió a hablarle a La Creación, un pequeño Adán; quizás murmuraba entre lágrimas de tristeza y ausencia sus sueños felices; no sé si serían balbuceos de imágenes e ideas o ya eran palabras. Imagino a La Existencia como una especie de consciencia dormida, omnímoda en su ausente sueño de oscuridad y silencio, un sueño infinito que flota en la eternidad. La imagino agitándose en su omniconsciencia, despertando de su profundo sopor por un rumor diferente al de la materia, ausente también en su propio sueño eterno de mecánica inconsciencia; una voz, la imagino despertando por una voz, una voz pequeña y temblorosa que conversa con la infinita soledad, una voz portadora de los sueños de una pequeña consciencia. Imagino a la Existencia contemplándose en esa criatura delicada y mortal, como en un espejo del alma. Imagino a ese inocente ser confiando sus sueños de belleza y de bondad a La Existencia, hablándole con el esperanzado afecto de un hijo, un pequeño Adán alargando su brazo hacia La Creación… contándole sus sueños a los ojos del cielo, sus sueños edénicos.

Aprendimos a hablar con los dioses mientras soñábamos con murallas que nos salvaran del sufrimiento. Fantasiosos deseos, dulces lágrimas de la sensibilidad que nos hacen humanos, de la sensibilidad que nos hace dioses.

Tal vez nunca exista Utopía, tal vez no sea más que un sueño para habitar en el infierno con la esperanza de un lugar mejor donde vivir, con la promesa de ser mejores, con la promesa de creer en el privilegio de existir, la bendita gracia de creer en uno mismo como en los dioses. Claro que debemos proteger y amar nuestros sueños, creer en ellos, en los hijos de la íntima libertad que somos, son nuestra única pertenencia, nuestra única identidad, esa leve luz que somos sobre una corteza cerebral.

¡Uf!

¡Uf!

¡Uf! Perdona, Santiago. Uno se lanza a nadar en una breve lectura y resulta que tras unas sencillas y atinadas palabras, tristeza y ausencia, se esconde un océano donde se pierden el pensamiento y la imaginación. (En fin, ahora a consumar el exceso, antes de que me arrepienta del todo: "click".)

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