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Archivos Agosto 2017

Toda la vida había estado obsesionado con el Danubio. Era un hombre feliz. Lo tenía todo. Muchos pensaron que lo habían tirado desde aquel puente de Budapest. Pero fue él mismo el que se dejó caer una noche de enero. Estaba solo y miraba los reflejos de la luna. Reconoció los ojos de aquella mujer y se lanzó al vacío de su mirada sabiendo que la acabaría abrazando nuevamente debajo de las aguas de aquel río milenario.

La playa de Las Canteras es el regreso a casa cada verano. Los canarios, cuando estamos lejos, rememoramos el mar como otros rememoran la nieve o las montañas. Nuestro mejor abrazo siempre lo encontramos en la marea. Hay muchas playas, muchas orillas, recuerdos de huellas en la arena o de callaos que moldearon la planta de nuestros pies cuando éramos niños. Siempre está presente el rumor del mar, da lo mismo lo ruidosa que sea la ciudad que habitemos o lo lejos que esté de la costa. Buscamos el olor de la sal al doblar cualquier esquina o en los horizontes en los que siempre terminamos trazando espejismos con nuestra propia mirada.
Cuando llegamos a Las Canteras nos vamos reconociendo casi todos los que de una manera o de otra estamos unidos hace años a Las Palmas de Gran Canaria. Hay amigos que solo encuentras cuando acudes a esa playa. Tal vez porque ahí sí nos dejamos ver tal como somos, y con un par de baños dejamos atrás toda la mediocridad y la grisura de lo cotidiano. Hace unos días, en una de esas tardes radiantes que luego nos parecen imposibles cuando estamos lejos, me encontré al director de cine y guionista Félix Sabroso. Hablamos de la vida y de la muerte, de la ausencia de su inseparable Dunia Ayaso, de lo difícil que está ahora mismo sacar adelante una película o publicar un libro, de cómo hemos dejado que todo se lo haya llevado por delante esa insensatez que transita a tanta velocidad que no nos deja nunca disfrutar de ningún paisaje: las canciones, los libros, las películas y hasta nuestras propias vivencias son tan efímeras que nos terminan pareciendo mentira, o resultan irreales, al paso de unos meses. También hablamos de sueños, de cuando Félix y Dunia aún no habían partido hacia Madrid y ya soñaban las películas que luego filmaron exitosamente. Coincidimos hace treinta años en un taller de guion en el antiguo Centro Insular de Cultura. Lo impartían Lola Salvador y Joaquín Oristrell. Allí también estuvo el gran Helio Quiroga y la inolvidable Lilian Ordieres. Yo entonces estudiaba segundo de Derecho pero solo quería ser escritor, y en aquel taller aprendí que los sueños solo se consiguen con insistencia, creyendo en ellos a pesar de los agoreros y los que destruyen. Un par de años después me encontré a Dunia y a Félix por Madrid. Yo había ido a estudiar Periodismo y ellos empezaban a buscarse la vida en el Foro escribiendo guiones para los canales privados que comenzaban entonces. Después llegaron sus películas, su cercanía con Pedro Almodóvar, quien les terminó produciendo algunos de sus trabajos, y la consecución de un estilo reconocible dentro de la cinematografía española. Ya Dunia no está. Su muerte nos dejó helados a todos los que la conocíamos. Félix sigue creando y soñando imágenes. Resistiendo, bañándose en ese mar de Las Canteras en el que vuelve a ser niño por un rato.

Me preguntaba por la tristeza. Ella no sabía lo que era. En aquel lugar todos sonreían. Había leído esa palabra en un libro viejo que había encontrado en el trastero. Sabía que tenía tres sílabas y que era llana. Era todo lo que podía decir de tristeza. Hacía muchos años que la gente era feliz en aquella ciudad amurallada y alejada del resto del continente. Yo había regresado justo dos días antes de que la cerraran y había traído algunos libros. Los dejé escondido en ese trastero. Ya casi no había libros y los pocos que se leían solo contenían palabras optimistas o luminosas. Eran libros nuevos que se habían escrito a conciencia para aquella sociedad edénica y contenta. Todos teníamos que sonreír por lo menos una hora diaria delante de un espejo. Y no pensar en nada. Tampoco conocen la palabra ausencia. La han olvidado o no han oído hablar nunca de ella.


Se lo llevaron todo. No soportaba el dolor de oídos. Hacía años que me decían que tenían que haberme eliminado aquel tapón que hacía que los aterrizajes en los aviones se convirtieran en un suplicio. Me quitaron aquel cerumen y me dijeron que ya estaba curado. Han pasado dos años y ya no he vuelto a escribir ni una sola palabra. Todas las voces que sonaban en mis adentros cuando escribía novelas estaban en aquella masa viscosa. Yo lo intuía pero no quise que me tomaran por loco. Ahora tampoco he comentado nada. Me encierro en mi despacho y todo es silencio. También es parte de ese silencio la hoja en blanco que voy arrancando cada día de la libreta. Esto que leo ahora ya lo había trazado el día antes de que me quitaran el tapón que me mantenía conectado con aquellas voces extrañas.

Dejó aquellos zapatos en una papelera que estaba en la esquina de la Avenida Lexington con la calle Cuarenta y cuatro. Había comprado otros nuevos justo enfrente y esos zapatos dejaron de marcar las huellas de sus pasos para siempre. Aún podían haber durado un poco más, pero le molestaban mucho y no eran los mejores para las largas caminatas neoyorquinas. Esa ciudad parece que no termina nunca y uno camina por ella como si atravesara un escenario o un plató de cine improvisado a cada instante. Manhattan no solo era un fotograma reconocible en mil películas. Debajo de los rascacielos la vida era un espectáculo diario para cualquiera que supiera mirar esos detalles que conforman las historias cotidianas más allá de las apariencias y de los escaparates.
Volvió a Nueva York cuatro años después de aquel primer viaje. Nuevamente era junio. Le gusta viajar siempre en ese mes para aprovechar la luz de los días más largos y el cambio de estación que ya anuncia el verano en la vestimenta y en las miradas de la gente. Pero de Nueva York no se va uno nunca. Hay un eco de Walt Withman en muchas callejuelas de las zonas apartadas de las grandes avenidas, hay ecos de Gershwin y también hay voces de películas de Coppola, de Scorsese o de Woody Allen. En el Lower East Side o en Brooklyn uno cree ver a Diane Keaton saliendo de cualquier restaurante, o casi reconoce a Paul Auster tomando notas entre los bancos de Washington Square. Siempre resuenan los ecos del jazz en Harlem, y en la fachada del Chelsea Hotel siguen asomándose todos aquellos soñadores que quisieron cambiar la historia con la bohemia y el arte. Él caminaba con la mano en los bolsillos mirando los reclamos de las galerías de Tribeca. Gómez de la Serna decía que Madrid era una manera de llevar las manos en los bolsillos cuando se caminaba entre las calles. También lo es Nueva York, y él supo además que los zapatos que se dejan en el pasado pueden aparecer en cualquier momento caminando con los pies de otro, o con aquel que fuimos y se quedó en la ciudad que pensamos que dejábamos atrás para siempre. Eran sus zapatos, los que había abandonado en aquella papelera de la Avenida Lexington con la calle Cuarenta y cuatro. No quiso mirar a los ojos de aquel hombre. Vestía pantalones vaqueros. Él también llevaba vaqueros aquel día en que los dejó tirados en la papelera. Lo fue siguiendo, mirando las marcas de los chicles tirados en el suelo y los papeles que movía la brisa que venía del río Hudson. Fue atravesando calles hasta adentrarse en un portal con macetas en los balcones del primer piso. Ese hombre se asomó al balcón y lo miró. Ahora estaba descalzo. Se quiso marchar pero sintió como si su sombra se alejara y él se quedara en aquella calle. Los zapatos estaban colocados a la entrada de la casa. Ese hombre sigue mirando a la gente que pasa por la calle.

Me vería reflejado en cada uno de ellos. Por eso no puedo mirar nunca a los ojos. Nadie entiende que mire siempre para otro lado. Creen que es por altanería o por timidez, y no saben que es solo por supervivencia, porque si les miro me convierto sobre la marcha en uno de ellos. La eternidad solo es una mirada que queda a salvo en la inmensidad del tiempo.

Era el mismo que regalaba globos a los niños vestido de payaso. No pedía dinero y recibía lo que tenías en el bolsillo esbozando siempre la misma sonrisa. Hoy me paró en la calle. Hacía muchos meses que no lo veía. No lo reconocí. Nunca lo había visto sin que tuviera la cara pintada. Me pidió dinero desesperadamente. Sabía que me estaba contando una mentira y no dejaba de temblar mientras hablaba. Ya no lleva aquella ristra de globos luminosos que hacía que se detuvieran todos los niños cuando entraban o salían del colegio. Me decía todo el tiempo que era el payaso, pero ya era incapaz de esbozar una sonrisa.

La vida tiene truco, y el amor, y hasta ese destino que nos cambia el escenario de arriba abajo en cualquier momento. Me veo con el cubo de Rubik entre las manos. Estudiaba Primero de BUP y aquel caos de colores se parecía mucho al futuro que tenía por delante. No sabía lo que quería ser en la vida y tampoco me importaba. Digamos que vivía los días sin agobios, con los primeros enamoramientos y tratando de ordenar los colores diarios según los iba encontrando cada mañana. Pero, de repente, aquel cubo desapareció de las tiendas y de las manos de los jóvenes, y ahora vuelve, como regresa casi todo: mi hija lo trajo hace unos días y fui confiado a ordenar los colores: no completé ni una sola cara. No recordaba los movimientos para que todas las piezas encajaran. Me quedé como me quedo en la vida muchas veces, moviendo piezas casi a ciegas, como tratando de encontrar aquellas salidas fáciles de los quince años.
Pero quien sí ha sabido darle sentido a todo ese galimatías es la poeta Tina Suárez Rojas. Admiro hace muchos años su capacidad para crear imágenes y su dominio del lenguaje desde la sutileza y la ironía, desde la ternura y también desde la sapiencia de una lectora que busca como nadie entre los libros esa poesía que no sigue modas efímeras y casi siempre interesadas. Tina acaba de publicar en la editorial Baile del Sol un libro titulado Mi corazón es un cubo de Rubik desordenado. Pocas veces un título cuenta tan bien un poemario. La poeta divide el libro en colores y en sensaciones, y uno reconoce la emoción y la intensidad de unos versos que cuentan con la ventaja de sus años de observadora de la vida que acontece en sus adentros y de esa otra que encontramos fuera. Aquí escribe de su corazón como ese cubo que tratamos de ordenar todo el tiempo: "Lo manoseo para darle forma, /busco en vano la simetría de sus colores,/ lo lastimo, lo acaricio, lo abandono, /cruzo de un lado a otro su piel de aristas/ con la ufanía de quien sabe manejarlo." Uno pasa las páginas de ese libro como si atravesara pasillos oscuros con grandes claridades en el horizonte. Siempre se llega a un lugar seguro, o se intuye la belleza más allá de lo que tenemos delante. También lo cuenta la poeta: "Mi memoria surca a menudo/ los plácidos cauces de un tiempo perdido." La poesía, cuando logra atravesar esas estancias que tratan de esconder la insolencia, la fealdad o la arrogancia, nos devuelve al remanso en el que sabemos que estamos a salvo, o que todo está en orden mientras estamos leyendo o resuenan esos ecos que dejan algunos versos más allá del tiempo. Lo escribe Tina Suárez Rojas con rotunda evidencia poética: "Todo vuelve a su origen. La brasa expira." Y el que no ha vivido tiempo ha tenido. Si no logramos salvarnos de la mediocridad y la insolencia, todo se lo llevará la rutina y el tedio.

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