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Julio

Julio llega como ese humo de las hogueras de San Juan que traza dibujos de cenizas y sombras en el azul de la tarde. Ningún Julio se parece a otro, y no porque tenga nombre de humano, sino porque los meses, cuando se repiten, vienen con distintas miradas y porque nosotros también miramos de otra manera, a veces con ojos de veranos de infancia y otras con ojos de no entender qué está pasando, como quienes se asoman a otro tiempo y tampoco entienden el lenguaje de la gente o las modas que pasean por las aceras. Salimos a la calle este primer martes de julio y nos sorprendemos por ese guion que nunca conocemos de antemano y que a veces tenemos que improvisar como esos pasos que bordean precipicios inesperados.
Julio era un mes con una perspectiva lejana del aburrimiento. El colegio quedaba lejos y, de repente, te veías extendiendo la toalla en la playa o medio enamorado por vez primera en esas noches de verbena que aún siguen resonando en tu memoria con música de boleros y sonidos de olas que golpeaban mansamente las rocas oscuras de la costa. Recuerdo un hombre que se quedó para siempre en un día de Julio. Cada vez que le preguntabas la fecha te repetía cualquier día de este mes que sigue al solsticio y que, de alguna manera, representa lo que nace después de haber quemado el tiempo pasado y todo lo que no servía para seguir andando por los caminos de la existencia. Aquel hombre vestía de Julio en Diciembre o en Enero. Apenas salía a la calle hasta que no llegaban los días de manga corta y sol radiante, esos azules que en la capital grancanaria se vuelven grises de alisios y de brumas veraniegas que los que vienen de fuera no logran entender porque no saben de saudades ni de maguas. De este Julio que comienza uno espera el desarrollo de una buena novela que nos regale emociones y motivos para no perder las ilusiones ni las sonrisas entre tanto sátrapa y tanto fundamentalista de la maldad y de la muerte. Londres en julio era el verano entre decenas de razas en un vagón de Metro o en una guagua de dos pisos en la que ya no había abrigos ni paraguas. Casi siempre asocio Julio con Londres. Fue el mes en que la visité por vez primera hace casi cuarenta años y ya fue para siempre una ciudad de convivencia y de urbanidad, un espacio en el que parecía que podría edificarse un mundo mejor a imagen y semejanza de su tolerancia. Ahora este Julio no se parece a los de entonces, y todos los canallas atacan a Londres porque quieren acabar con la civilización y la convivencia. Pero uno quiere seguir creyendo en que la vida comienza siempre cuando se asoma el estío, que es otra manera de llamar al verano o de creernos que, a lo mejor nombrando esta estación de otra manera, acabaremos por imitar el tránsito sereno de los animales que todavía se fían de la orientación del sol para no equivocar sus pasos en el planeta.

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