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Archivos Julio 2017

Hay palabras que siempre escribe a mano. Son muy pocas, pero antes de pasarlas al ordenador necesita sentir su trazo en el papel. Una de ellas es escalofrío. Y además la separa siempre por sílabas: es-ca-lo-frí-o. Ese hiato final es como el temblor que él siente cuando acaricia la piel que ama.

Siempre prefirió conservar los sobres en lugar de las cartas. Si vas a su casa, encontrarás cientos de sobres abiertos y matasellados por todas partes. Cada día elige cinco o seis al azar y se inventa las letras que querría haber recibido de esos destinatarios. Inventa un pasado cada mañana y luego sale a la calle. Como ya casi nadie escribe cartas, se envía de vez en cuando sobres con remites inventados y actualiza esa doble vida epistolar que lleva protagonizando desde los treinta años.

El arte es silencio, soledad, esfuerzo, constancia, algo de talento, búsqueda, desespero a veces, satisfacción otras, dudas, siempre dudas, aprendizaje, humildad, comenzar siempre de nuevo, esperanza, nuevas metas que tienen que ser inventadas en la victoria y en el fracaso, camino, pasos que a veces parecen que no conducen a ninguna parte, mirada al pasado de los que lo intentaron antes, y vuelta a empezar, cada día, cada hora de cada día, cada segundo que tengamos por delante.
Hace una semana estuve en el teatro Cuyás viendo a los alumnos de la Escuela de Danza de Natalia Medina. Los he visto ensayar día a día, en invierno, cuando aprieta el calor, siempre intentando pasos y movimientos, dándole forma a las coreografías, pero sin el esplendor del escenario y los focos, solos delante de un espejo o apoyados en una barra. Cada uno por separado, concentrados en la música y en el movimiento de cada músculo de su cuerpo, y al mismo tiempo cada uno sincronizado con quienes bailan a su lado, y con la propia melodía, con esa música que cuando se confunde con unas manos que se mueven o con un escorzo parece que fue compuesta para esos trazos desde que el compositor la empezó a escuchar dentro de su cabeza. Hay mucha gente generando belleza en muchas partes del planeta, desde lo pequeño, desde la responsabilidad con el arte y con el esfuerzo, muchos músicos que ensayan durante horas, muchos escritores que escriben y borran sin detenerse en su búsqueda, muchos pintores que trazan horizontes lejanos en sus cuadros. Así ha sido desde el principio de los tiempos. Necesitamos la belleza para seguir sobreviviendo y para saber que todo esto tiene sentido, que no venimos solo para morir y para seguir esos caminos que trazan los que pretenden siempre que nos alejemos de todos los sueños. Esas niñas y niños que han estado durante todo el año esforzándose semana tras semana han descubierto que solo desde esa constancia que a veces parece que no vale para nada surge lo bello. También lo saben los mayores que se preparan profesionalmente. No hay milagro en el arte. Si no está ese trabajo previo y silencioso se caen sobre la marcha los cuatro palos del sombrajo. Y no hay que buscar más gloria que esa satisfacción de haber subido otro peldaño con nuestro propio esfuerzo. El Cuyás se puso en pie al final del espectáculo. No era para menos. Estos días muchas escuelas de danza están viviendo momentos parecidos. No se trata de crear estrellas. Se trata de luchar contra la banalidad de esa fama que postula la televisión y contra todos esos valores que se alejan cada día más de la esencia. No hay satisfacción mayor que el trabajo bien hecho. Ganar o perder es lo de menos. En el arte y en la vida. Lo que vale es el intento. Todo eso que nos venden no es más que un cuento mendaz, grotesco y pasajero.

Todos desaparecen en ese cuarto de baño. Yo nunca miro al espejo cuando entro. Estoy seguro de que desaparecen tras ese cristal engañoso. Luego llegan otros. Dicen que se han ido porque se terminan los contratos temporales, pero yo los veo cuando se acercan al baño y nunca más regresan a su mesa. Soy el único que lleva más de dos años trabajando aquí. No quiero dejar el trabajo. Muchos mueren o desaparecen cuando ya no trabajan. A veces siento como que no tengo ojos y que solo veo desde un vacío infinito que se abre en mis cuencas cuando miro fijamente. Pero aquí no nos miramos nunca los unos a los otros. Solo se miran en los espejos y desaparecen. Todos los muertos. Los que van y vienen a lo largo del tiempo. Alguna vez me llega la lejana brisa del Leteo, ese río de aguas tan cristalinas que se terminan confundiendo con los espejos.

Arrancaba los botones de todas las camisas que ya no le servían. Luego compraba unas nuevas y cambiaba sus botones por esos otros ya manchados por el color del tiempo. Necesita su tacto en las camisas que va eligiendo. Las siete camisas que tiene llevan botones de más de veinte años. Se siente seguro cerrando sus ojales con esos botones que reconocen sus dedos mejor que la piel de cualquier amante. Las amantes nunca se han dado cuenta de ese detalle. Nadie se fija nunca en los botones que llevamos puestos. Él sí, es lo primero en lo que se fija. También sabe que habrá alguien en el mundo con su misma manía. Solo espera que esos botones se reconozcan algún día. Mientras tanto los sigue tocando como si palpara un talismán cada mañana.

Trenzaban los juncos para enredar el tiempo. Las cuevas no solo ayudaban a que no desaparecieran los restos de los muertos. También quedaban las sombras de sus almas entre las rocas que fue labrando la memoria volcánica de la propia piedra. Hay lugares en esta isla en donde el tiempo tiene un sentido diferente. Desde que te adentras por la puerta de ese museo hay una magia que he encontrado en muy pocos lugares del planeta. Quizá es la presencia de todos los esqueletos y las calaveras que te miran en la sala Verneau, quizá la sombra de las momias, o tal vez la piel curtida de animales que recorrieron nuestras cumbres, o esas pintaderas que alguien dibujó para eternizar su paso por esta existencia.
Habría que visitar El Museo Canario por lo menos una vez cada año para no perder el norte de la vida y para saber de dónde venimos y cómo eran los que habitaban hace cientos de años estos mismos paisajes. A veces hablo con amigos que pasan de largo delante de su puerta o que jamás han entrado. Se están perdiendo una de esas aventuras que les acompañará para siempre. He ido con visitantes extranjeros que aún me siguen escribiendo de vez en cuando para agradecerme la visita a ese espacio de Vegueta en donde la historia se recrea casi como si pudieras saltar en unos segundos a otra dimensión del tiempo. Y todo ese milagro nació de la mano de Gregorio Chil y Naranjo y de otros humanos que entendieron que solo desde la cultura y el conocimiento se podría edificar el futuro de estas islas. Y ahí siguen, regalando cultura desde ese bello edificio en el que todo parece encajar como encajan a veces las piezas de nuestra propia vida cuando pasa el tiempo y todo se mira con esa necesaria perspectiva que ahuyente la ceguera, casi siempre mendaz, de lo inmediato. Vayan al Museo y déjense llevar por todo lo que van a ir encontrando en las distintas salas. No solo es un espejo en el que deberíamos mirarnos cada día para evitar las vanidades y para relativizar los infortunios. Hay mucho más. Cada hueso y cada trozo de vasija que uno mira en sus vitrinas conserva las huellas o la propia sombra de otros humanos que también soñaron mirando hacia los mismos horizontes. Porque hubo alguien que dibujó formas en las rocas o trazó líneas en una playa de arena negra. También había mujeres que contaban historias ancestrales. Cuando hablaban dibujaban los rostros de los muertos que aparecían entre sus palabras. Si te fijas, verás una punta astillada que lleva la arruga de alguno de esos muertos que se siguen contando cada vez que alguien escucha el viento en esas playas de arena negra que se aferran a los acantilados. Lo que queda es la belleza, la imagen y esos símbolos que, aunque no entiendas, ya sabes que fueron trazados para conmoverte. Solo vamos dejando una anónima presencia.

Reconoció aquella mancha en el espejo. Era casi inapreciable y la pudo ocultar con el pelo. La misma mancha que había condenado a toda su familia hacía dos mil años junto a la ribera del Éufrates. Una espina casi inapreciable a la altura de la sien. Hoy ha salido a la calle y se ha dado cuenta de que miran su frente algunos transeúntes que no conoce de nada. Ella es de las que piensan que no solo los amores se van reencarnando. También los enemigos la acompañan, vida tras vida, para intentar matarla siguiendo los rastros que va dejando el tiempo en su rostro milenario.

Ese bocadillo no lo había preparado él. El suyo era de mortadela, pero el que ahora estaba en la bolsa del desayuno que había llevado al trabajo era de salchichón. Se lo comió como si lo hubiera preparado él mismo. Le fue sucediendo algo parecido durante muchos días. Ponía chorizo en el pan antes de salir de casa y al llegar a la oficina se encontraba jamón serrano. Pero después de más de un mes con bocadillos cambiados se encontró aquel fósil dentro de la platina. Lo miró, lo acercó a la ventana y luego abrió la camisa y se lo introdujo en el pecho. Notó cómo empezó a palpitar y a sentir de otra manera. Leyó que era imposible que un corazón fuera un fósil, pero también era inexplicable lo de los bocadillos que mutan los embutidos por las calles.

"Y quieres viajar con ella, y quieres viajar a ciegas". Los dos escuchaban música a través de los auriculares. Caminaban por una calle peatonal. El cielo estaba azul y era verano. Los dos iban relajados y felices. No se conocían. Ella visitaba por vez primera aquella ciudad. Venía de otro país a pasar sus vacaciones lejos del ruido y del agobio de la gran ciudad en la que vivía todo el año. Ella se llamaba Ingrid y él Arturo. Tenían la misma edad y habían nacido el mismo mes y el mismo año. Los dos eran del signo Libra, unos románticos empedernidos, que vieron las primeras luces de la vida el mes de octubre de 1977.
"Todos los hombres serán navegantes hasta que el mar los libere". El entrecomillado es parte de la letra de la canción que iban escuchando. Él era abogado y venía de su despacho. Tenía un mes de vacaciones por delante. No había hecho planes. Se había divorciado hacía dos años y no tenía hijos. Quería improvisar un viaje y perderse en cualquier ciudad de Europa. Ella venía de Berlín. Era violinista y antes de regresar a Londres a estar con sus padres una semana necesitaba el mar y el cielo azul tras muchos meses de nubes bajas y largos ensayos. Él terminaría viajando a Berlín ese verano, pero en ese momento en que escuchaba una canción de Leonard Cohen seguía sin planes. Ella también escuchaba Suzanne. Los dos habían seleccionado esa canción al mismo tiempo. Sonaba sincronizada en ambos aparatos, bajo el mismo cielo azul y en medio de la misma gente que estaba realizando las últimas compras antes de salir de vacaciones. Había muchos niños con baldes de colores, con pequeños hatos con palas y rastrillos de plástico y con bolsas en las que llevaban los bañadores que acabarían desgastados en los últimos días de agosto. Sus padres llevaban bolsas con toallas, pareos y camisetas sueltas para los días de playa. Se cruzaron en mitad de la calle y se miraron un instante. Luego los dos irían recordando esos ojos en los siguientes pasos, pero no se dieron la vuelta, no se buscaron de nuevo, y sus vidas han seguido sin que variara nada desde ese encuentro en mitad de una calle cualquiera un día de verano. Como buenos Libras eran indecisos y soñadores. Ella no olvidó sus ojos marrones y él guardó el verde intenso de su mirada para siempre. Cuando se vieron, ninguno sabía que estaba escuchando la misma canción en el mismo momento, el mismo verso, el que habla de que todo está bien "mientras Suzanne sostenga el espejo". Ha pasado un año y esa canción suena de nuevo en esa misma calle. La escucha una adolescente que está empezando a conocer la música de Leonard Cohen. También es Libra. Como lo eran Ingrid y Arturo. Regidos por Venus. La diosa del amor y de la belleza. Algún día puede que venga alguien en la otra dirección escuchando la misma música con la misma letra.

Cerraba los ojos y se dejaba llevar por el ruido del tráfico. Era lo más cercano al mar que conocía. Aquella autopista por la que nunca dejaban de circular los vehículos se asemejaba al océano que escuchaba en las madrugadas cuando vivía en la casa de su abuela y las olas golpeaban contra la fachada de la vivienda. Aquí no ve nunca la luna, pero el ruido de los coches también varía igual que el de las mareas, como si los conductores aceleraran o redujeran la velocidad según las fases de la luna que se oculta más allá de la polución y de la niebla. Llegó a esa ciudad casi apocalíptica cuando aún soñaba con encontrar nuevos sueños más allá del horizonte. Trabaja diez horas cada día y vive en un rascacielos que se pierde entre la niebla. Ella también se siente niebla. A veces se toca las mejillas y solo reconoce la frialdad de una piel que ha ido olvidando la luz de todos los veranos.

Quería ser una sirena. Nosotros le dijimos que ya tenía la semilla mágica de las sirenas en su cuerpo y que cuando creía que dormía no hacía más que navegar por océanos tan interminables como la noche. Hoy cumple veinte años. Ha vuelto a cerrar los ojos para pedir un deseo. Fue lo mismo que hizo cuando cumplió cuatro y nos pidió como regalo esa transformación que lleva soñando todos estos años. Me miró cuando abrió los ojos. Su novio le dio un beso y luego dijo de broma que se le había quedado un gusto a sal en la boca. Ella me volvió a mirar. Un poco más tarde me comentó al oído que en aquel lejano cumpleaños yo le había prometido que a los veinte años también se convertiría en sirena cuando estuviera despierta. La he visto caminar hacia la playa. Todos la están buscando.

Julio llega como ese humo de las hogueras de San Juan que traza dibujos de cenizas y sombras en el azul de la tarde. Ningún Julio se parece a otro, y no porque tenga nombre de humano, sino porque los meses, cuando se repiten, vienen con distintas miradas y porque nosotros también miramos de otra manera, a veces con ojos de veranos de infancia y otras con ojos de no entender qué está pasando, como quienes se asoman a otro tiempo y tampoco entienden el lenguaje de la gente o las modas que pasean por las aceras. Salimos a la calle este primer martes de julio y nos sorprendemos por ese guion que nunca conocemos de antemano y que a veces tenemos que improvisar como esos pasos que bordean precipicios inesperados.
Julio era un mes con una perspectiva lejana del aburrimiento. El colegio quedaba lejos y, de repente, te veías extendiendo la toalla en la playa o medio enamorado por vez primera en esas noches de verbena que aún siguen resonando en tu memoria con música de boleros y sonidos de olas que golpeaban mansamente las rocas oscuras de la costa. Recuerdo un hombre que se quedó para siempre en un día de Julio. Cada vez que le preguntabas la fecha te repetía cualquier día de este mes que sigue al solsticio y que, de alguna manera, representa lo que nace después de haber quemado el tiempo pasado y todo lo que no servía para seguir andando por los caminos de la existencia. Aquel hombre vestía de Julio en Diciembre o en Enero. Apenas salía a la calle hasta que no llegaban los días de manga corta y sol radiante, esos azules que en la capital grancanaria se vuelven grises de alisios y de brumas veraniegas que los que vienen de fuera no logran entender porque no saben de saudades ni de maguas. De este Julio que comienza uno espera el desarrollo de una buena novela que nos regale emociones y motivos para no perder las ilusiones ni las sonrisas entre tanto sátrapa y tanto fundamentalista de la maldad y de la muerte. Londres en julio era el verano entre decenas de razas en un vagón de Metro o en una guagua de dos pisos en la que ya no había abrigos ni paraguas. Casi siempre asocio Julio con Londres. Fue el mes en que la visité por vez primera hace casi cuarenta años y ya fue para siempre una ciudad de convivencia y de urbanidad, un espacio en el que parecía que podría edificarse un mundo mejor a imagen y semejanza de su tolerancia. Ahora este Julio no se parece a los de entonces, y todos los canallas atacan a Londres porque quieren acabar con la civilización y la convivencia. Pero uno quiere seguir creyendo en que la vida comienza siempre cuando se asoma el estío, que es otra manera de llamar al verano o de creernos que, a lo mejor nombrando esta estación de otra manera, acabaremos por imitar el tránsito sereno de los animales que todavía se fían de la orientación del sol para no equivocar sus pasos en el planeta.

Sube la marea. Ella lo sabe porque siente la espuma en su cuerpo, todo ese vaivén de las olas que siempre se remueve en sus adentros. Mira a los que se reúnen alrededor de la mesa. Todos están serios y anotan cifras mientras miran los gráficos que alguien traza en una pizarra magnética. Ella también toma notas y hace que atiende a las explicaciones macroeconómicas, pero nunca deja de sumergirse dentro de sí misma y de navegar más allá de la orilla que se dibuja en su garganta siempre que sube la marea y necesita escapar lejos para sentirse a salvo.

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