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Las sirenas

Nunca le dijo nada, ni de lo que veía debajo del agua cuando nadaban juntos ni del pasado que les unía. Empezaron a salir en mitad de la carrera. Los dos estudiaban Farmacia. Llevan juntos treinta años y tienen una hija. Esa hija tampoco sabe lo que sucede debajo del agua cuando nada. Se quieren de una forma extraña, con esa libertad que dejan los amores que no asfixian ni atrapan, y que no tienen que decirse nada para expresar lo que siente cada uno. Les basta con un gesto o con una mirada. Cada día celebran la suerte de poder estar juntos y de poder mirarse largamente.
Él terminó dando clases en la universidad y ella regenta la farmacia que tenía su padre en la misma ciudad en la que estudiaron. Viven casi en la orilla de la playa y se bañan en el mar cada mañana cuando está amaneciendo. Les gusta levantarse temprano, pasear por la playa y sumergirse en el agua antes de sumergirse en esas selvas cotidianas que acaban con todas las ilusiones y los equilibrios si no se va bien pertrechado de caricias o de salitre, o si no se generan esas endorfinas salvadoras del deporte. Todo el mundo dice que practica deporte para mantenerse en forma, pero realmente casi todos practicamos deporte para estar a salvo y equilibrados en una realidad cada día más gregaria y más complicada. También amamos por eso. Y para que la vida tenga algún sentido y parezca mucho más larga. Él nunca le ha contado que ya se conocían desde párvulos y que jugaron muchas veces en el parque que estaba justo enfrente de la farmacia que ahora regenta ella. Siempre la recuerda entre los toboganes o escalando aquellas falsas montañas de madera. Los dos pugnaban todo el rato por ser los primeros en llegar a la cima. Aquella cima era lo más parecido al cielo que encontraban. Ella no recuerda casi nada de cuando tenía menos de siete años. Sus padres se separaron a esa edad y aquella separación fue como si enterrara todo lo vivido hasta aquel momento. Sí lo recuerdan sus poros y su memoria más lejana. Nunca olvidamos nada. Él se dio cuenta de que ella no sabía quién era desde que le dijo el nombre, pero al mismo tiempo supo que su piel y que sus ojos sí le habían reconocido inmediatamente. Fueron inseparables entre los tres y los seis años. Luego él tuvo que cambiar de ciudad y dejó de verla. Nunca le dijo que ya se amaban desde aquellos primeros años. Él recuerda que aquella niña con la que jugaba solo soñaba con ser sirena. Le gusta sumergirse en el agua cuando ella nada cada mañana y reconocer entre la espuma esa cola de escamas que ella soñaba de pequeña en el parque. Su hija también deja la misma estela cuando se sumerge en el océano. Él no les ha dicho nunca nada. Cuando sale de la playa se abraza a las dos sirenas y se dirige a su casa sabiendo que la vida a veces es un milagro que solo se entiende en el fondo del agua.

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