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Contratiempos

La literatura es una puerta que se abre mucho más allá de donde alcanzan nuestros ojos. Uno lee y realmente lo que está haciendo es perseguir oasis que jamás llegaremos a pisar con nuestros pies cansados. Se sueña lo que se lee y se lee lo que posiblemente esté sucediendo en otra parte, por eso los libros que nos marcan son aquellos que nos permiten adentrarnos en sus argumentos con la misma familiaridad con la que llegamos a casa después de estar todo el día fingiendo que somos esos seres que los demás quieren que seamos, los fingidores de los que hablaba el poeta. Luego están los contratiempos, lo que nos cambia el guion y el índice que habíamos previsto para nuestras vivencias, lo inesperado, lo que a lo mejor ni siquiera termina sucediendo. Entonces te asomas a un gran abismo, si es que realmente te quieres asomar a la nada de tus adentros, y ahí es cuando encuentras los libros que te llevan al otro lado. No sé lo que es el otro lado, pero yo he estado muchas veces cuando me he dejado llevar por las palabras o cuando tomo la mano de un personaje, pongamos Gregorio Samsa, y he sido otro, a veces hasta un insecto que solo quería quedarse para siempre en su casa.
La última novela de Enrique Vila-Matas se titula Mac y su contratiempo. Y una vez más el escritor catalán va abriendo y cerrando puertas de nuestra mente, dando pistas, desdoblando personajes y argumentos, reescribiéndose, citando frases ciertas, o bien inventando secuencias de un sueño que uno sabe de antemano que no son verdaderas pero que acaba creyéndolas por el divertimento y para ir un poco más allá, adonde llegan los que nos escriben huyendo de las palabras muertas y de agotados argumentos. Siempre regreso a Vila Matas. A través de él llegué a Musil, a Robert Walser o a Gombrowicz. En esta última novela aparecen casi todas sus juegos literarios, el doble que todos somos cuando escribimos o leemos, el ventrílocuo que a veces nos cuenta, el hombre en crisis que se agarra a la escritura cuando llegan los naufragios y también el que reescribe interminablemente su propio delirio en las palabras de otro. Hay pistas y muchos laberintos que uno tiene que recorrer jugando como cuando era niño, como aquellos juegos en los que nos escondíamos y soñábamos con que nadie nos encontrara nunca para no tener que salir nunca de la cueva. Este último libro de Vila-Matas lo he ido leyendo muy despacio para que ese juego durara mucho tiempo. Cuando lo cerraba cada noche, sabía que solo estaba entrando en la antesala de un nuevo sueño. Y cuando terminé, si es que alguna vez se termina de leer un libro, dejé que todos esos personajes extraños que habitaban las páginas siguieran rebuscando en mis adentros o viajando lejos, a aquellas ínsulas que soñaban los poetas cuando un océano era todavía como un universo insondable.


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