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Archivos Mayo 2017

Partía puerros. Esa es la imagen que me quedó de ella. Yo la miraba desde el restaurante. Ella no me veía. Ahora en muchos restaurantes ponen una gran mampara para que veamos la cocina. Ellos no nos ven a nosotros. Ella partía puerros y yo la recordaba el día en que nos dimos el primer beso. Teníamos dieciséis años. Ella entonces quería ser bailarina y vivir en Venecia. Yo no sabía lo que quería y ahora soy agente de artistas del ballet y del teatro. Cenaba con una conocida bailarina que vive en Venecia mientras ella cortaba los puerros como si troceara a quien había repartido la suerte.

Leía en la orilla de la playa una novela con muchos personajes y con una trama situada en Praga a principios del siglo XX. Se quedó dormido con el libro sobre su barriga. Luego se despertó, se dio un baño y se fue a su casa sin acordarse de la historia que estaba leyendo. El libro quedó recubierto de arena en aquella playa. Lo dejó olvidado. Fue de madrugada, al despertar sobresaltado, cuando escuchó los gritos de todos aquellos personajes dentro de su barriga. Querían salir, pero no sabían que el libro lo había arrastrado la marea y que estaban en el fondo del océano como los pecios olvidados para siempre.

Todos los días desde hacía diez años coincidían frente a frente en la misma calle. Los dos querían ocupar la misma esquina. Había otras muchas esquinas en la ciudad, y en algunas podían ganar mucho más dinero, pero se empeñaron en esa desde el día que echaron un pulso en un bar cercano. Se han convertido en dos virtuosos, pero no gana el que toca mejor sino el más fuerte. Sacan los violines de los estuches, se quitan las camisas y enseñan sus bíceps de forma desafiante. Cada cual sabe reconocer la musculación del otro y se va el que se da cuenta de que no ganaría el pulso si volvieran a retarse como hace diez años. El que pierde toca en otra esquina alejada, recoge las monedas y se dirige al gimnasio para hacer pesas. Levanta las mancuernas memorizando las melodías que tocará al día siguiente en esa esquina deseada.

Hay un hombre que camina junto a una niña. Parecen sombras. Todos parecemos sombras si nos miran a una cierta distancia. Esa portada me recordó a La Carretera de Cormac McCarthy, pero el horizonte, en este caso, se perdía en Anaga. El hombre llevaba una pistola en su mano izquierda y la niña abría la mano que tenía separada como buscando otra sombra que la acompañara, alguna de esas presencias que fueron importantes y que vamos perdiendo a medida que cumplimos años. Esa es la portada de Mientras mueres, la nueva novela del escritor tinerfeño Javier Hernández Velázquez, en mi opinión su mejor novela, la que más se acerca a la condición humana y a todos esos miedos que a veces nos atenazan.
Javier Hernández plantea un archipiélago canario en manos de Marruecos y de mafias internacionales, pero la trama viaja por muchos países y te va sorprendiendo a medida que pasas las páginas. Y de fondo está el fútbol. Ha habido mucha literatura con el fútbol como protagonista. Recuerdo La soledad del portero ante el penalti, de Peter Handke, y en lo cercano podemos recordar El futbolista asesino de Nicolás Melini, o esa maravilla con el alter ego de Correa como protagonista que es Cuando éramos los mejores, de Armas Marcelo, sin olvidar, Fútbol a sol y sombra, de Galeano, El fantasista, de Hernán Rivera Letelier, una novela que leía hace años y que me fascinó, o aquella historia de Benedetti titulada El césped, que describía los azares del deporte. En la novela de Javier Hernández hay un juego constante de realidad y ficción que te recuerda todos los puntos de vista que tiene la existencia a poco que uno cambie los nombres y los viajes de los protagonistas. Al mismo tiempo, es una novela con mucha documentación de fondo, con mucho trabajo previo, en donde las ciudades que van apareciendo se cuentan con todos los detalles necesarios para que nos veamos recorriendo cada una de sus calles como si hubiéramos estado en ellas cientos de veces. En el Tenerife recuerdo que jugaron dos alemanes, Neuville y el portero Enke, pero Javier se inventa un tercer fichaje que estuvo en muchos de los partidos memorables de aquella década dorada para el equipo blanquiazul, y el propio Heynkes, el que fuera entrenador en aquellos años del Club Deportivo Tenerife, entrena a Vettel, que lejos de conducir un bólido de Fórmula Uno se mueve entre los enredos de una búsqueda desesperada que le lleva a acercarse a los bajos fondos, y a esas alturas en las que a veces no es oro todo lo que reluce. La sombra del padre que contaba al principio busca a una hija desesperadamente. En este caso, Ítaca es una niña que está secuestrada y una isla que casi no reconocemos y que podía ser real en cualquier momento. La novela es el camino, esa singladura a través de la que nos seguimos asomando a la vida.

Se levantó de madrugada. Estaba en un hotel de una ciudad asiática. Pisó en el suelo y reconoció el oso blanco de peluche con el que durmió hasta que tuvo nueve años. No sabía dónde lo había guardado desde entonces. No encendió la luz. Se orientaba por las luces lejanas de los otros rascacielos. Llegó a vislumbrar los ojos de aquel oso de peluche en la penumbra y acarició su espalda como hacía de pequeña antes de quedarse dormida. Luego se acostó de nuevo y ya no se despertó hasta que vio entrar la luz del alba por los grandes ventanales. Pensó en el oso. Sabía que ya no estaba en aquella habitación decorada con muebles funcionales. Luego miró hacia el cielo cercano y lo reconoció entre las nubes que coronaban las últimas plantas de los rascacielos más altos.

Está en la otra mesa. Lo miro disimuladamente. Humilla todo el rato a los otros comensales. Nadie le rebate ninguno de sus argumentos. Se muestra arrogante, prepotente y soberbio. Se nota que es el jefe de esos paniaguados o un empresario de cuya inversión depende el futuro de quienes asienten todo el tiempo. Tiene en su mano una cuchara mientras vocifera. Recuerdo las clases de latín y el día en que descubrimos que cuchara venía de cochleare, que significaba caracol en latín. La de aquel hombre era de alpaca brillante, pero no dejaba de ser la misma concha de molusco que utilizaban nuestros ancestros en el Paleolítico. Él podía estar en ese momento en cualquiera de las cuevas. Lo único que había evolucionado era el lenguaje, todos los cambios que se fueron dando hasta llegar a esa bella palabra llamada cuchara. El ser que la tenía en su mano seguía siendo el mismo patán de antaño.

Un encuentro con amigos del pasado es como un regreso a casa. Pasan las horas entre recuerdos, anécdotas, viejos amores, ausencias, sueños que parecían imposibles que se cumplieran, sueños que quedaron en el camino y sueños que seguirán vivos hasta que nos despidamos de esta tierra en la que seguimos trazando nuestras biografías. Me gustan esos encuentros que no tienen nada que ver con los de antiguos alumnos o ex jugadores de no sé qué equipo al que un día pertenecimos. Éramos amigos para pasar las horas sin las obligaciones de los estudios o de los grupos en los que te ves inmersos sin que tú hayas elegido querer estar en ellos.
Esos amigos nos fuimos eligiendo en la adolescencia, éramos mujeres y hombres que compartíamos aquel despertar de todas las utopías y que no veíamos nada más que el horizonte que teníamos por delante como esos caminos que parece que no acaban en ninguna parte. No todos pasaron la criba del tiempo. Por una cosa o por otra nos fuimos separando, viviendo en ciudades o países diferentes, o haciendo vida a escasos kilómetros sin apenas vernos. Ahora quedamos de vez en cuando y nos reconocemos en esa complicidad de quien no tiene que estar fingiendo nada para que le quieran más, le admiren o se apiaden de su sufrimiento. Con esos amigos y amigas que el tiempo ha salvado de todos los naufragios puedo estar muchas horas riendo y recordando. No hay fingimientos ni dobleces, y de alguna manera celebramos todo el rato que podamos seguir reencontrándonos sanos y salvos en un mundo que se parece poco al que imaginábamos. No nos quejamos. Todos hemos tenido suerte y todos hemos sido golpeados alguna vez por la vida. Brindamos por los que ya no están pero siguen presentes en nuestras vivencias lejanas y recuperamos la viveza y la libertad de cuando solo creíamos en los sueños. Alguna vez nos enseñamos fotos del pasado, pero nunca hablamos de volver a aquellos tiempos. Todo pasado nos parece siempre bello, lo idealizamos y nos idealizamos a nosotros mismos como no éramos. Pero con estos amigos con los que se eternizan las sobremesas a veces no hacen falta ni palabras. Nos conocemos de sobra y nos conocíamos cuando no teníamos absolutamente nada. Nos elegimos entonces y de alguna manera decidimos hermanarnos para siempre. Uno se siente a salvo sabiendo que están en alguna parte. Con ellos compartí la magia de los primeros versos, las primeras amanecidas, los primeros amores y aquellos acordes de guitarra que en algunas madrugadas se confunden con las olas lejanas de la playa. La playa sigue estando siempre que alzo la mirada o que cierro los ojos en cualquier ciudad alejada del océano y del olor a salitre y a sebas. Brindo por los amigos. Por la complicidad que regalan los años. Por la serenidad de sabernos queridos en cualquier tiempo.


No me vieron. Pasé junto a todos ellos. Miraban pantallas. La terraza parecía un cielo silenciado lleno de seres extraviados en sus propias miradas. Yo escuchaba en ese momento el Canon en Re Mayor de Johann Pachelbel, por eso pensé en el cielo y tuve esa sensación de no ser más que un sueño que a veces se asoma al fondo de alguna pantalla.


Cada sueño era una grabación que él no recordaba. Muchas veces trató de enviar mensajes de voz que en el último momento se perdían incomprensiblemente. Fue en otra vida y en otro tiempo. No se pierde nunca nada. Solo eran las voces que ahora escucha cuando duerme.

Nos conocimos hace unos cuantos años en una cena en la que coincidimos Teresa Iturriaga, Juancho Armas Marcelo y Emilio González Déniz, todos grandes amigos de ella. Yo ya conocía su obra, me atraían mucho sus pinturas y veía siempre algo más allá de lo que tenía delante cuando me asomaba a sus fotografías. Era una mujer tremendamente sensible y con una atávica tristeza en el fondo de su mirada. Juancho decía siempre que era una de las mujeres más bellas que había conocido en su vida. Hoy me he quedado helado al enterarme de la muerte de Sira Ascanio. Hubo más encuentros con esos amigos comunes, más risas y más momentos bellamente vividos.
Pero desde el primer día, Sira y yo reconocimos que teníamos un mismo paisaje de infancia idealizado, un paisaje que ella buscaba en sus lienzos muchas veces y que yo trato de encontrar también detrás de las palabras. Y nos unían los ojos azules de mi abuela Bárbara, la cadencia de aquellas conversaciones sabias que nos habían marcado a ambos con algunos años de diferencia. Ella conocía aquellos paisajes antes de que yo hubiera nacido. Sira se pasaba muchas temporadas, sobre todo en verano, en la casa de mi abuela, en Las Barreras de Guía, donde me imagino que coincidiría alguna vez con el poeta Manuel González Sosa, vecino, casi puerta por puerta, de mi abuela. Manuel González Sosa, al morir, quiso que sus cenizas quedaran debajo de un álamo que estaba justo delante de aquellas casas. Sira recordaba siempre el mismo sonido de aquel riego por el que no dejaba nunca de correr el agua como esos sueños de infancia que luego rebuscamos en todas partes. Y recordaba los nispereros, los muros de piedra, los riscales que estaban enfrente, el Teide lejano, todo aquel pequeño Edén que uno no sabe que lo habita hasta que desaparece o pasan los años. No queda casi nada de aquel paisaje, pero yo lo encuentro en muchos de los cuadros de Sira, en los colores, en las formas y, sobre todo, en las sombras que solían acompañar a sus retratos.
Sira se fue en silencio. Así vivía, y así la encontrabas casi siempre, con esa liviandad y esa mirada curiosa y tierna de la buena gente. Dije al principio que sus ojos eran tristes. Me equivocaba. Sus ojos son como decían que eran los ojos de Marcello Mastroianni, ojos que reían, o que iluminaban los espacios donde brillaban. Nos queda su obra y su recuerdo, y el eco de aquel riego por el que corría el agua como la vida que nos va llevando.

La literatura es una puerta que se abre mucho más allá de donde alcanzan nuestros ojos. Uno lee y realmente lo que está haciendo es perseguir oasis que jamás llegaremos a pisar con nuestros pies cansados. Se sueña lo que se lee y se lee lo que posiblemente esté sucediendo en otra parte, por eso los libros que nos marcan son aquellos que nos permiten adentrarnos en sus argumentos con la misma familiaridad con la que llegamos a casa después de estar todo el día fingiendo que somos esos seres que los demás quieren que seamos, los fingidores de los que hablaba el poeta. Luego están los contratiempos, lo que nos cambia el guion y el índice que habíamos previsto para nuestras vivencias, lo inesperado, lo que a lo mejor ni siquiera termina sucediendo. Entonces te asomas a un gran abismo, si es que realmente te quieres asomar a la nada de tus adentros, y ahí es cuando encuentras los libros que te llevan al otro lado. No sé lo que es el otro lado, pero yo he estado muchas veces cuando me he dejado llevar por las palabras o cuando tomo la mano de un personaje, pongamos Gregorio Samsa, y he sido otro, a veces hasta un insecto que solo quería quedarse para siempre en su casa.
La última novela de Enrique Vila-Matas se titula Mac y su contratiempo. Y una vez más el escritor catalán va abriendo y cerrando puertas de nuestra mente, dando pistas, desdoblando personajes y argumentos, reescribiéndose, citando frases ciertas, o bien inventando secuencias de un sueño que uno sabe de antemano que no son verdaderas pero que acaba creyéndolas por el divertimento y para ir un poco más allá, adonde llegan los que nos escriben huyendo de las palabras muertas y de agotados argumentos. Siempre regreso a Vila Matas. A través de él llegué a Musil, a Robert Walser o a Gombrowicz. En esta última novela aparecen casi todas sus juegos literarios, el doble que todos somos cuando escribimos o leemos, el ventrílocuo que a veces nos cuenta, el hombre en crisis que se agarra a la escritura cuando llegan los naufragios y también el que reescribe interminablemente su propio delirio en las palabras de otro. Hay pistas y muchos laberintos que uno tiene que recorrer jugando como cuando era niño, como aquellos juegos en los que nos escondíamos y soñábamos con que nadie nos encontrara nunca para no tener que salir nunca de la cueva. Este último libro de Vila-Matas lo he ido leyendo muy despacio para que ese juego durara mucho tiempo. Cuando lo cerraba cada noche, sabía que solo estaba entrando en la antesala de un nuevo sueño. Y cuando terminé, si es que alguna vez se termina de leer un libro, dejé que todos esos personajes extraños que habitaban las páginas siguieran rebuscando en mis adentros o viajando lejos, a aquellas ínsulas que soñaban los poetas cuando un océano era todavía como un universo insondable.


Llegaba todos los días a la misma hora. Miraba la comida que teníamos en el expositor y luego nos decía lo que quería. En ese momento era cuando se erguía, levantaba la barbilla y ponía cara de enfadado. El resto del tiempo sonreía. Cuando se ponía como un gallo quíquere, erguido y déspota, repetía en alto que le pusieran comida para un hombre y medio. No pasaba del metro sesenta y nuestras raciones eran unipersonales; pero al final el jefe no quiso perder a un buen cliente y le servía esa ración para una persona y media con la condición de que pagara por dos. Él pagaba encantado. Todos los días le dejábamos ser el hombre que había soñado desde que pasó la edad del crecimiento.

Yo esperaba a que me atendieran en la caja. Ella estaba hablando con dos clientes en otra mesa de la oficina. Les sonreía y les contaba maravillas de las condiciones de una hipoteca y de un plan de pensiones. Yo me estaba fijando en sus tacones. Deberían poner mesas cerradas en las oficinas bancarias. Mientras sonreía, la punta del tacón no paraba de clavarse en el suelo con inquina. Como si estuviera pisoteando insectos.

Siempre enterraba algo en los lugares en donde había sido feliz. Casi todas las ciudades en las que había vivido guardaban un recuerdo lejano de su presencia. De niño enterraba monedas en el campo o se empeñaba en vencer a las mareas guardando piedras o caracolas debajo de la arena. Ahora acude a algún parque o cierra los ojos y guarda lo que desea en lo más profundo de su memoria. Todo lo que vivimos intensamente se eterniza y se queda para siempre, aunque nunca lo volvamos a recordar conscientemente. De esos trasteros del alma se nutren luego los sueños o ese estado de ánimo que uno a veces no sabe que ha escrito mucho antes, esa melancolía de los días grises o la alegría extraña e inmensa bajo un cielo azul de verano.
Ese hombre me contó que una vez, con ocho o nueve años, había enterrado unas monedas en una finca del pueblo en el que pasó su infancia. Sabía perfectamente dónde había excavado la tierra y recordaba todo aquel ritual que improvisaba con sus amigos cuando jugaban a ser aventureros. Ese día, además, dibujaron un mapa con todas las referencias cercanas y se dijeron que vendrían a buscarlas cuando cumplieran cincuenta años. Él imagina que los demás amigos olvidarían esa promesa. Ni siquiera se acuerda de qué amigos le acompañaban, pero sí de las monedas de cinco duros que enterraron en aquella tierra arcillosa que estaba junto a una plantación de plataneras. Fueron cuatro monedas que ya no existen, y él regresó queriendo cumplir aquella promesa. La recordó hace un par de años. No había regresado a ese pueblo lejano desde la adolescencia. Su padre había estado destinado en el colegio y luego acabó viviendo en otra provincia lejana. Subió al avión, llegó a la isla y se acercó al pueblo de su infancia. No reconocía a nadie, y él también fue un extraño para todos los que se lo tropezaron por la calle. Ya no estaban las puertas abiertas como cuando él era pequeño y no había niños correteando en la plaza. No tuvo que recrear aquel mapa que dibujó pacientemente con sus amigos. Le bastó con seguir los pasos de sus recuerdos, una gran cuesta, una ermita, luego un camino de tierra, una mareta y aquella finca que ahora estaba poblada de mala hierba. Alrededor ya no quedaban plataneras y parecía que todas aquellas fincas estaban destinadas a acoger el cemento que se había ido expandiendo por los contornos del pueblo. Aquella ciudad ya no tenía nada que ver con el lugar recoleto y casi bucólico de su infancia. Saltó un muro y empezó a excavar con las manos. Las encontró, cubiertas por el barro y casi irreconocibles por la humedad del tiempo. Las tuvo en sus manos unos minutos y entonces recordó a los amigos y cada una de aquellas vivencias lejanas. Esbozó una sonrisa y las enterró de nuevo por si alguno de los otros también recordaba la promesa. Ese día cumplía cincuenta años.

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