los blogs de Canarias7

Archivos Abril 2017

Todo el mundo me hablaba de las tortugas de mi infancia. Me decían que me bañaba junto a unas que había en La Fragata de Sardina y que cuando venía a la capital siempre me paraba delante del mercado Central para hablar con ellas. Yo era una niña apocada y miedosa y siempre soñaba con tener un caparazón en el que esconderme. De mayor me he ido encerrando cada vez más dentro de mí misma. A veces, cuando me llaman por la calle, alzo un poco los hombros y bajo la cabeza. Estoy segura de que fui alguna de aquellas tortugas y que me confundieron con la niña que nadaba con ellas entre las aguas. Esa niña seguro que espera mi regreso dentro de un caparazón como el que yo sé que llevo sobre mi espalda.

Empezó a salir un pequeño tallo casi inapreciable. Mi hermano fue el único que se dio cuenta. A veces salía con un poco de agua y lo regaba. Luego nos tuvimos que marchar lejos con mi madre. Yo he regresado cuarenta años después a esa ciudad y a esa casa. Me contaron que ya no vive nadie y que el último inquilino se había colgado del árbol que estaba junto a la puerta. Mi hermano quería que le contara a la vuelta si aquella casa seguía en pie y si el árbol que él regaba tantas tardes había seguido creciendo. Tenía cinco años y yo ocho cuando nos marchamos.

No se da cuenta porque casi no ve. Tenía ese perro antes de quedarse prácticamente ciego. Salen juntos a pasear dos veces al día. Llevo más de diez años viéndolos pasar por delante de mi negocio. Antes le saludaba, pero ahora, a no ser que pase a su lado y pueda hablarle, prefiero no decirle nada. El perro sí me mira cuando pasa. Lo lleva a todos lados. Y desde hace unos días imita la cojera que sufre el dueño. Camina exactamente igual que él, cojeando con la pata delantera derecha. El dueño no se da cuenta de lo que hace su perro. También tiene su mismo semblante, entre triste y melancólico, cuando recorre las calles lentamente.

Todos eran autómatas y robóticos. Vivían dentro de la pantalla. No existía la empatía y nadie era capaz de ponerse en el lugar del otro. Cuando alguien dejaba de latir o dudaba en un movimiento lo tiraban al vacío y colocaban en su lugar a un ser clónico con la misma mirada y los mismos gestos. Los ojos no brillaban y las palabras habían ido desapareciendo poco a poco de la memoria. No tenían capacidad para imaginar. Sus conexiones cerebrales ya no se parecían a las de sus antepasados. No sentían ninguna emoción. Yo los miraba desde una cierta distancia. Había atravesado el espejo a través de la imaginación y había viajado a ese tiempo que sueñan los tecnócratas y los sátrapas. Luego empecé a escribir este texto que ahora lees. La otra realidad que contaba hace un momento es la que algún día acontecerá si apartamos la lectura de nuestros hábitos cotidianos. La lectura está emparentada con la libertad y con los sueños. Podemos ser otros y podemos ser libres todo el tiempo. El libro, como objeto, no es nada si no cuenta con la complicidad de los sentimientos de quien pasa las páginas como si estuviera viajando hacia sus adentros. Lo de fuera no existe mientras seguimos la senda de las palabras, y cualquier metáfora es más revolucionaria que esas consignas y esas frases vacías con las que tratan de convencernos los que se empeñan en que no sigamos leyendo. Uno no sabe lo que acontecerá mañana. No quiero ser apocalíptico ni pájaro de mal agüero. No puedo serlo porque la literatura me ha enseñado a encontrar milagros en todo lo que me rodea. Nunca le digo a nadie que lea. Los libros llegan, y cuando llegan uno se siente salvado, como si hubiera arribado a una orilla en donde las vidas se multiplican constantemente. A veces sonrío en silencio y otras lloro sin darme cuenta. He sido muchos personajes de novela. Y he acabado entendiendo que la única salida del ser humano está en las emociones y en el conocimiento. Me acerco un rato a las páginas que cuentan la vida de Alonso Quijano y regreso curado, o sabiendo que el hombre se parece en todos los tiempos. Lo escribió un ser derrotado y golpeado por la vida. Cervantes. Logró que su dolor se convirtiera en belleza. Para eso leo y por eso escribo. Si no lo hiciera me estaría muriendo sin darme cuenta.


Fue en una calle de Amberes. Nos miramos apenas unos segundos. Ella esperaba dentro de un coche a que el semáforo se pusiera en verde. Yo estaba mirando hacia una fachada que me había llamado la atención. Uno no sabe nunca qué importancia va a tener una mirada. Yo llevo veinte años recordando aquellos ojos cada día. Muchas mañanas es lo primero que me viene a la mente cuando despierto. No supe su nombre, ni escuché su voz, ni sé si está viva o muerta. Me he cruzado con miles de miradas a lo largo de la existencia, pero ni siquiera los ojos de las mujeres que amé han quedado grabados como esos ojos que me persiguen a todas horas. No he regresado a Amberes. Hay amores que es mejor salvarlos en ese segundo en que lograron eternizarse en nuestro recuerdo.

Llegó al trastero. Olía a sudor, pero allí no entraba nadie desde hacía por lo menos seis meses. Luego miró las fotos. Imaginó a todos aquellos muertos de los retratos sudando los días de calor y seguidamente cerró la puerta. El sudor de sus antepasados se asemeja mucho al suyo cuando en los primeros días de la primavera el calor se confunde con la canícula agosteña.

Fue lo primero que vio cuando salió a la calle de madrugada. El verde de la pequeña bombilla se reflejaba en las fachadas. Se acercó y encontró el taxi sin que hubiera ningún conductor por los alrededores. Alguien lo había dejado allí con la luz verde encendida toda la noche. Llamó a la policía para informar de lo que pasaba y le contestaron que esa licencia de taxi no existía en la ciudad. Pensó que a lo mejor aquel taxi solo le estaba esperando a ella. Pudo abrir la puerta sin problemas y se sentó en la parte de atrás a esperar que llegara alguien para que la llevara adonde sabe que tenía que haber estado hace mucho tiempo. Al fondo de la calle vio venir a un hombre que parecía que tenía dos grandes alas en su espalda. La luz verde se apagó sola antes de que llegara a donde estaba aparcado el taxi. Abrió la puerta y la besó. No se veían desde hacía veinte años. Lo que ella pensaba que eran alas era una mochila de la que sobresalía una gran vela de barco. Caminaron de la mano hasta el puerto y ahora navegan lejos. Así se soñaron hacía dos décadas. Su marido ya debe estar preguntando por ella en todas partes.

La vi salir del cristal de la cabina telefónica. Era la mujer de un anuncio que llevaba olvidado hacía muchos años. Todos habíamos envejecido y ella seguía teniendo la misma cara. Probablemente nadie se acordara de que existía. Yo la vi salir cuando pasé delante esta mañana. Se escapó unos segundos antes de que unos operarios retiraran la cabina. Cuando salga del trabajo ya no estarán ni esa cabina, ni esa mujer que nos recordaba que el tiempo también se detiene a veces entre las sombras de los cristales olvidados. Ahora mismo debe estar perdida entre las calles buscando el rastro de un perfume que ya solo existía en aquel anuncio que ella protagonizaba.

La ciudad que miraba desde la distancia estaba en silencio. No escuchaba el ruido de los coches, la música que sale de algunas tiendas que casi se confunden con discotecas, las teles que resuenan en todos los patios interiores, la voz baja de dos enamorados que se besan por vez primera, las sirenas que siempre nos sobrecogen o el canto de esos pájaros que se esconden entre las ramas de los pocos árboles que van quedando. Esa ciudad, vista desde lejos, casi parecía un sueño lejano.
Había una catedral, unos barcos fondeados en el horizonte y muchas azoteas. En ese momento hice lo mismo que hacemos cuando vamos pasando las fotos con los dedos en cualquier dispositivo electrónico, cambié la imagen, como hacemos también en algunos pestañeos, y de repente en lugar de los edificios había solo un océano, una playa y un barranco circundado de palmeras y de tabaibales. Vi un espacio casi edénico por el que corrían niños pensando que la vida era un juego divertido e interminable, vi llegar conquistadores que acabaron con la inocencia de aquellos niños, y seguí viendo hombres y mujeres que fueron construyendo casas, levantando negocios o vislumbrando utopías. Continué pasando cada una de esas imágenes y contemplé una ciudad que ardía mientras se alejaban los piratas por el horizonte, vi a un niño que soñaba en silencio las grandes novelas que acabaría escribiendo a finales del siglo diecinueve, a un poeta que trabajaba de oficinista entre ingleses que quisieron vivir en los arenales como mismo vivían en sus interminables praderas y a un pintor con tuberculosis que trataba de buscar la belleza en cada trazo para volverse eterno y quedarse para siempre en la mirada de los otros. Escuché a un joven tararear las primeras romanzas en una casona de Vegueta y a escasos metros vislumbré a un señor silbando melodías mientras recreaba líricas piedras lunares. También pude asistir al momento en que un pintor encontró el sentido de su obra mientras miraba las momias y empezaba a pergeñar arpilleras que contaban el desgarro de unos años grises y pacatos. Esos parpadeos o esas fotografías que iban pasando siempre tenían la misma luz de fondo, ese sol que decía el poeta William Blake que nunca se paraba a pensar por qué brillaba porque si alguna vez lo hiciera probablemente dejaría de brillar para siempre. Nosotros tampoco nos paramos a pensar casi nunca para qué seguimos caminando, pero si miráramos hacia atrás podríamos ver que la existencia es más recuerdo que memoria, más anécdota que acontecimiento y mucho más azar de lo que una vez quisieron enseñarnos. Desde lejos, pasando las fotos del tiempo como si ese tiempo fuera solo un parpadeo, se nos ve también a nosotros siendo alguno de aquellos que soñaban con ser eternos mientras miraban hacia el horizonte del océano.

Hoy pasé por delante de su edificio. Su casa estaba cerrada. Pregunté a los vecinos y me dijeron que allí no había vivido nunca nadie. Todos esos vecinos llevaban menos de veinte años viviendo en aquella barriada del extrarradio. Yo sí estuve en esa casa hace treinta años. No había vuelto desde entonces. Eran mis primeros reportajes para el periódico y entré junto con la policía cuando iban a levantar el cadáver. Allí vivía la mujer más hermosa que haya visto jamás. Estaba recostada en el sofá, como recién llegada de una fiesta. No había señales de violencia. Al principio pensaron que se había suicidado pero luego la autopsia determinó que había fallecido de un ataque al corazón. La tele estaba encendida todavía cuando llegamos. No les conté nada a esos nuevos vecinos; pero cuando miré nuevamente hacia el piso alguien abrió una cortina. Ahora estoy en mi casa escribiendo. He buscado aquella noticia de la muerte en la hemeroteca digital del periódico y no aparece por ninguna parte. Se llamaba Silvia, eso sí lo recuerdo.

Lo vi arrancando una de las tiras de banderas que había en la plaza. Lo reconocí antes de que saliera corriendo. Era el juez. Yo me había desvelado y había salido a caminar de madrugada. Las banderas eran de colores y él corría como si llevara una cometa. Hoy lo he visto serio y circunspecto en el Juzgado. No me ha saludado. Nunca saluda a nadie. Alguien me contó que vive solo hace años y que tuvo una infancia muy dura. Yo vi al niño que él esconde arrancando las banderas de la plaza durante la madrugada. No se lo he contado a nadie. No me creerían. Imagino esas banderas colgadas en el salón de su casa. Tiene pinta de ser uno de esos hombres que se inventan otra vida cuando llegan de la calle y no los ve nadie.

"Ponte el vestido azul y los zapatos de tacón rojo. Sabes que siempre me gustó verte con esa ropa y con esos zapatos que compramos en aquel viaje a Roma" Me visto ante el espejo y lo llego a ver entre las sombras. Su voz sí la escucho como si no hubiera muerto. Con esa ropa jamás salgo de esta habitación que compartimos más de veinte años.

Son pequeños detalles. A estas alturas no buscó nada más. Un gesto, una mirada, una voz que alegra la mañana, un abrazo, un cuadro que te detiene y te cambia el estado de ánimo, una melodía que te sube al séptimo cielo, el olor del pan recién horneado, ese libro con el que atraviesas una vez más el espejo que lleva a los sueños, una estrella fugaz e inesperada que cruza el firmamento, el horizonte del océano, el perro que te mira fijamente como si escrutara tu alma o esa niña que juega a cambiar el mundo hablando con sus muñecas. Luego están los otros gestos y los otros detalles, los de los que se empeñan en pintar negruras por donde pasan, pero esos gestos hay que intentar olvidarlos cuanto antes.
Las primeras semanas de primavera amanecen con trinos de mirlos detrás de las ventanas. Cantan a la vida, y uno se contagia de esas melodías improvisadas que llevan milenios sonando en el planeta. El canto de un mirlo es como el eco atávico que celebra el amanecer justo antes de que aparezca el sol, año tras año, reavivando la primavera. Estos días saben a nísperos y a tardes enteras encaramados entre las ramas de los nispereros de una infancia lejana y casi bucólica que reencontramos siempre en ese camino de recuerdo que trazan a veces los sabores, los olores o esas melodías que entonan los pájaros mañaneros antes de que aparezcan el ruido de los coches o el machaqueo de las televisiones que algunos encienden casi antes de abrir los ojos. Hace años que huyo de lo grandilocuente o de esas consignas de multitudes que luego se quedan en nada. Prefiero el sonido de las olas en la playa o las palabras de un viejo que habla con la sapiencia de que los gritos no llevan nunca ninguna parte, ni las prisas, ni esos juegos de palabras que buscan los politicastros de tres al cuarto para tener su minuto de gloria en los telediarios o en las portadas de los periódicos. Estos días pintaban una pared por una zona por la que camino a diario. Ya sé que a casi nadie le importa que pinten una pared en una calle cuyo nombre no recordamos o por la que pasamos de largo cada mañana, pero esa pared que ahora luce blanca cambia el estado de ánimo de quien la observa, y lo que estaba sucio y olvidado aparece ahora como estos días de primavera en los que cantan los mirlos y los nísperos brillan anaranjados entre las ramas. También hay una vecina que algunas tardes toca el piano cerca de donde vivo. Si pasas delante de su casa, la música detiene tus pasos y serena ese ánimo tan golpeado a veces por la vida que llevamos. No ganan los mejores, eso ya lo sabemos hace mucho tiempo, pero es que somos muchos los que también sabemos que aquí no gana nadie, o que solo vencen los que son capaces de asombrarse ante esos pequeños detalles que tanto se parecen a esa sonrisa que alguien nos devuelve y que nos cambia el color y el argumento de algunas mañanas.

Se levanta de madrugada y sube al coche. Conduce durante un rato y se adentra en la autopista. Él ya sabe que de lunes a jueves casi no circulan coches por ese tramo de la autopista entre las dos y las tres de la mañana. Aparca en el arcén, sale del vehículo y escucha el silencio de la autopista. . Murió hace cuarenta años en ese mismo tramo de silencio. Ahora vive otra vida y otros sueños, pero siempre regresa

Blogs de Canarias7

Bardinia

Ciclotimias

Ventana verde

Páginas

  • Carrete