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Archivos Febrero 2017

Cada uno de nosotros tiene fachadas en las que la memoria escribe mucho más de lo que seríamos capaces de recordar si no contáramos con esos asideros que dibujan escenas de nuestro propio pasado. La casa en la que vivimos, el colegio en el que estudiamos las primeras letras, aquel palacio junto al que pasábamos cada día cuando vivíamos en una ciudad lejana, la universidad o la vieja casona a la que nadie miraba y que nosotros mantenemos viva en nuestro recuerdo. A veces uno tiene la impresión de que sigue de largo, pero que la sombra se va quedando en el reflejo de los charcos o cuando se proyecta sobre cualquiera de esas fachadas que nos hacen volar en el tiempo.
Los que vivimos en Guía de Gran Canaria (aprovecho para reivindicar de una vez este nombre que siempre fue el de mi pueblo hasta que un alcalde decidió ponerle Santa María de Guía en los años sesenta) tenemos el edificio de los Salesianos como una imagen recurrente. No estudié nunca en ese colegio. Estuve en las Dominicas (otro inmueble que debe recuperar el pueblo) y me tocó inaugurar el Nicolás Aguiar. Sí iba cada año a los Salesianos porque organizaban una especie de encuentro, y me colaba en el edificio siempre que podía. Lo conozco bien, pero sobre todo lo conoce mi memoria si cierro los ojos y recreo los contornos de mi pueblo. Lleva años presentando una imagen lamentable. Algunos vecinos se han unido para tratar de que no se venga abajo y para que se dedique a fines sociales. Me he unido a ese grupo desde la distancia porque puedo dar fe de la integridad y de la buena fe de sus integrantes. Queremos que el Obispado respete la voluntad de quien donó esos terrenos y lo ceda a la comarca norte. De entrada se plantea destinarlo a residencia sociosanitaria, algo parecido a lo que puede ser El Sabinal o la antigua Clínica del Pino. Hay una gran demanda en el Norte de muchas personas que no logran plaza en las residencias y que viven una situación muy difícil. No desdeñamos ninguna otra propuesta social. Tratamos de que ese inmueble tenga una utilidad social y, al mismo tiempo, intentamos que la imagen del edificio aparezca siempre en el horizonte con aquella majestuosidad que conservamos los que lo vimos en sus mejores días. Creo que es lo menos que podemos hacer por quienes nos precedieron y por quienes lleguen en el futuro. Y que es lo que deberíamos hacer en cada calle y en cada pueblo. Si dejamos que la belleza se venga abajo para que especulen con ella tendremos un mundo cada día menos habitable. Esta iniciativa nace, y eso es lo hermoso, de un grupo variopinto de ciudadanos que se han unido para intentar que no triunfe siempre la especulación y la indolencia. Les iremos contando. Así recuerdo que empezaron hace muchos años quienes abanderaron El Pino es Nuestro. Y gracias a ellos El Pino es hoy de los que más lo necesitan.

No atravesó ninguna dimensión. Había escuchado que quien atravesaba una puerta de cristal viajaba a otro tiempo lejano. Cogió carrerilla. Nosotros vimos cómo pasaba corriendo por delante de nuestro despacho. Luego escuchamos el impacto y llamamos a la ambulancia para que lo atendieran. Se destrozó la cabeza. Ahora viene de vez en cuando, como sonámbulo. Lo traen sus pasos, pero su cerebro nunca recuerda que él trabajaba con nosotros en este mismo espacio. Cuando se golpeó contra la puerta de cristal se le metió otra vida en la cabeza, pero él sigue estando en la misma dimensión y con el mismo cuerpo.

Nadie sabía qué hacía con aquella mujer. Ella le decía que cada noche hablaba en sueños y que relataba sus días como faraón egipcio. Ella de joven estudió todo lo que pudo sobre egiptología. Soñaba con encontrar algún día a un hombre que se pareciera a Clark Gable para inventarle sueños faraónicos. Él necesitaba aquellas crónicas oníricas más que todo el amor que pudieran darle otras mujeres.

No he querido volver a Mararía. Con dieciocho años me deslumbró y me dejó en Femés como si Femés fuera Comala o Macondo. Cada vez que voy a Lanzarote escucho los ecos de esa novela, las voces, los susurros y el viento que no deja nunca de contar historias más allá del tiempo. A Rafael Arozarena he vuelto por otros caminos, siguiendo el rastro de esa prodigiosa novela que es Cerveza de grano rojo y, sobre todo, releyendo una y otra vez su poesía.
Si te presentas como novelista es muy difícil que se asomen a tu poesía sin el prejuicio de que vienes de la prosa, y lo mismo sucede cuando los poetas se adentran en la narrativa. Nunca he entendido esos territorios tan poco permeables y tan anquilosados de los géneros literarios, cuando los géneros se nutren unos de otros, y un poeta aparece en los párrafos de un cuento o de un relato, lo mismo que un novelista, cuando se acerca al poema, aploma el ditirambo o le corta la cabeza al cisne del que escribían Darío o García Márquez.
La celebración del Día de las Letras Canarias tiene sentido si recuperamos a los escritores olvidados y logramos que vuelvan a las librerías o que no los escondan en los anaqueles más inaccesibles de las bibliotecas. Quiero reivindicar la poesía de Arozarena. Tengo entre mis libros más visitados la antología que publicó la Academia Canaria de la Lengua bajo la supervisión de Juan José Delgado. Leyendo al poeta entenderán al novelista y descubrirán por qué se quedó el eco de la voz de María y de las otras voces de Femés en esa memoria de tinta que es a veces la literatura. Dije al principio que no había vuelto a Mararía. Rectifico. Vuelvo a Mararía cada cierto tiempo porque Mararía quedó resonando para siempre en mi recuerdo. La reconozco desde que piso la lava de Lanzarote o cuando escucho el rugir del mar en Famara o en El Golfo. También en el viento. Arozarena fue un escritor que supo contar el viento.

A veces ni siquiera la historia termina sabiendo la verdad. Las mentiras y las maledicencias repetidas mil veces terminan convirtiéndose en certezas. Los canarios sabemos mucho de eso. Lo hicimos con Galdós durante muchos años, y todavía hay algunos que se aferran a ese falso tópico de que se sacudió los zapatos al llegar a la Península. No lo leen, pero lo insultan, con esos exabruptos chusqueros de barra de bar. Han tenido que pasar casi cien años para que Galdós haya sido reconocido en su tierra como lo que realmente es: uno de los mejores escritores universales. Los canarios presumimos de nobleza de carácter, pero en ese infierno grande de los sitios pequeños se despelleja muchas veces a todo aquel que destaca por sus valores, por su trabajo o por la búsqueda de un sueño.
Algo parecido a lo que sufrió Galdós, le pasó antes a Tenesor Semidán, cristianizado luego como Fernando Guanarteme. Lejos de acudir a los libros y a los archivos, había un chascarrillo malévolamente extendido en el que palabras como traidor y cobarde se repetían una y mil veces. Han tenido que pasar más de quinientos años desde que murió pobre y "traicionado" por todos en La Laguna para que muchos autores empiecen a destacar la grandeza de sus actos y la importancia estratégica de sus decisiones. Sabiéndose derrotado y sin ninguna posibilidad de vencer a los conquistadores, logró pactar para evitar la aniquilación de su pueblo, se bautizó para que los que habitaban la isla no fueran tratados como esclavos y consiguió unos derechos fiscales que luego, entre la indolencia, la ignorancia, y esa maledicencia de la que hablaba hace un momento, fuimos olvidando los canarios. Estos días ha llegado a mis manos un magnífico libro escrito por el abogado Normando Moreno Santana. Se titula "Los derechos históricos de los canarios. Crónica inconclusa de un conflicto". No es fácil conseguir que un libro en el que se profundiza en los fundamentos fiscales se convierta en una lectura interesante, casi hipnótica, que no puedes dejar de leer en ningún momento. Lo consigue por la calidad narrativa y por los numerosos datos que va aportando sobre la conquista de Gran Canaria y sobre Tenesor Semidán. Los políticos que negocian el REF deberían leer este libro de inmediato. Tenesor pactó hace cinco siglos una fiscalidad para su isla que se ha incumplido con el paso del tiempo. Volver a la historia es regresar a la verdad, y eso es lo que hace Normando Moreno en este libro. Fernando Guanarteme se quedó con Guayedra y desde allí asumió derrotas y traiciones. En esa playa uno siente la presencia de alguien que solo quiso vivir en paz con su conciencia y con su gente. No olvidemos y no confundamos. Leamos para tener presente a los que fueron grandes. Lean este libro. Lean también a Galdós antes de denostarlo.

Nadie entendió que lo dejara: atractivo, culto, sereno, educado y tolerante. Estuvieron saliendo casi seis meses, pero todo se vino abajo cuando empezaron a vivir juntos. No escurría ni dejaba estirada la bayeta del fregadero y ella nunca había podido soportar un paño mojado y sucio cerca del fregadero. Le pidió un par de veces que lo dejara estirado y que lo cambiara desde que empezara a oler mal. No insistió mucho, pero se sentía tranquila y legitimada cuando él le rogaba que volviera a su lado. Le prometió todo lo que pasó por su cabeza menos que iba a cambiar la bayeta. Nadie entendió que dejara a un hombre que parecía tan perfecto. Ella se sintió aliviada. Nunca ha soportado la perfección ni ese mal olor cerca del fregadero.

Conocía todos los árboles de aquella zona de rascacielos y calles interminables. De madrugada se acercaba a acariciarlos y a veces hablaba con ellos y se ponía metafísico cuando salían las primeras hojas o cuando se quedaban desnudos en diciembre. No hablaba con ningún humano. Se encerraba en su casa y leía libros de botánica. Las primeras hojas que vio en el lavamanos coincidieron con el primer mes de otoño de hace cinco años. Ahora las ramas ya han roto los cristales y se asoman como hombres desesperados a una avenida en la que nadie mira hacia arriba hace mucho tiempo.

No sé cuántas personas se habrán visto afectadas por la gripe en estos días. A mí me tocó la semana pasada. Me sentía como aquellos personajes de Paul Bowles que enferman en medio del desierto y que ya no saben si lo que ven sus ojos son realidades o espejismos. Apenas tuve fiebre, pero el cuerpo me pesaba como un lastre que no podía arrastrar a ninguna parte y, entre los sudores y las pesadillas, me despertaba cada mañana como si me acabaran de apalear en medio de una selva. Fui al médico y me dijo que tenía que tener paciencia y tomar paracetamol y mucha agua. Durante esos días iba a la cafetería y quien me servía el desayuno estaba peor que yo, lo mismo que si subía a un taxi o me encontraba con alguien en Triana. La mayoría de la gente iba por la calle como aquellos condenados a galeras que arrastraban grilletes. Un humano agripado se parece mucho a aquel ángel con grandes alas de cadena que escribía Blas de Otero. Ya sé que no es muy metafísico, ni tampoco muy poético, pero en ese estado, o cuando uno está enfermo, es cuando realmente toma conciencia de su importancia y deja lo metafísico para las noches estrelladas de verano.
En esos días me imaginaba la gripe de quienes duermen en la calle, la de los yonquis que se acurrucan entre cuatro cartones o la de quienes están completamente solos en sus casas. Y luego veía las fotografías de los servicios de Urgencias colapsados, ancianos con ojos de miedo aparcados en los pasillos sin poder valerse por sí mismos y sin saber si saldrían de ese trance, de una simple gripe, que no es tan simple si se va complicando y si coincide con otras patologías. Esos días de febrícula y temblores me gusta leer novelas o ver películas antiguas. Mis amigos se burlan a veces de mis ataques de hipocondríaco. Reconozco que lo paso fatal. También se burlan cuando empiezo con la matraquilla de la vulnerabilidad. Yo estaba feliz y tranquilo, aunque una amiga me dijo que pensara muy bien todo lo que había hecho esos días o si tenía miedo a algo que sabía que podía llegar. Analicé lo que había hecho y no creo que me mereciera ninguna plaga bíblica, ni tampoco una gripe tonta como esa, y los miedos siguen siendo los mismos que tengo casi siempre. Pero esa amiga estaba empeñada en que algo estaba fallando en mi mente y que ese fallo afectaba luego a todo el organismo. Ella no lo sabe, pero yo tiendo a sentirme culpable de cualquier cosa, y bastó que me dijera eso para que también empezara a sentirme culpable de esas jodidas décimas que apenas me dejaban moverme. No he llamado más a esa amiga, pero escribo esto para que mi cuerpo sepa que en ningún momento he tenido intención de hacerle daño. Casi todo lo que escribo me lo invento. No esa gripe. Esa gripe la curé con agua, paracetamol y paciencia; pero hay otros malestares que solo curan cuando se escriben. Y si no curan por lo menos se hacen más llevaderos.

Habían desaparecido de todos los mapas. Ellos creían que habitaban un lugar conocido, pero ya no estaban en ninguna parte. Recordó aquellas películas que veía de niño cuando los veleros se desorientaban en el Triángulo de Las Bermudas. Ahora sabe que hay agujeros negros en la Tierra por donde se llega al olvido sin necesidad de perder el cuerpo. A veces las brújulas dejan de señalar el norte para siempre.

Jugaban en aquel coche que estuvo años abandonado en la finca, un deportivo rojo con la parte delantera totalmente destrozada. Se sentaban en los sillones y soñaban que viajaban lejos girando el volante y moviendo la palanca de cambios. Pero aquel niño no volvió a entrar en el coche. Un día que estaba sentado con los amigos vio el rostro de un hombre en el cristal destrozado del espejo retrovisor. Era el hijo del dueño de la finca que se había matado en el accidente, pero no se lo dijo a nadie.

Ya sé que no se estila llevar jazmines en el ojal. Lo cantaba hace muchos años María Dolores Pradera. Ya no se estilan tantos detalles hermosos, por eso a veces dan ganas de adentrarse en una de esas fotografías en blanco y negro en la que los hombres mostraban una elegancia sin estridencias, pero casi siempre acompañada de flores y de sombreros. No se estila ser un romántico, ni detenerte a oler el azahar de los naranjos en flor o el aroma de esas flores silvestres que adornan los campos. Cada día amo más lo bello y lo espontáneo, lo sencillo, lo que alegra la mirada sin buscar aplausos, vítores o cámaras que inmortalicen lo que es grandioso justamente por efímero y por pasajero.
Hace unas semanas, cada vez que recorría la calle Triana me terminaba tropezando a alguien con un ramo de jazmines entre sus manos. El primer día no le di importancia, pero los siguientes ya casi vivía obsesionado por esa aparición extraña de jazmines a distintas horas y en diferentes tramos de la calle. Se lo comenté a unos amigos tomando unas cañas y empezaron con las bromas metafísicas, que si eran señales divinas, que eso era cosa de alguien que me estaba gastando una broma o que a lo mejor iba a ser verdad lo del lenguaje de las flores. Me dijeron que me fuera a un diccionario a buscar el significado de los jazmines y lo único que averigüé es que era una palabra milenaria con un origen persa. Y también que siempre viajó unida a la belleza y que el aroma que desprende es uno de esos milagros de la naturaleza al que el ser humano no logra aproximarse con ninguna de sus fragancias. Hasta el sábado, cuando ya caminé con más tiempo por Triana, no descubrí el origen de aquel ir y venir de jazmines por la calle. Una señora los llevaba entre sus manos y los ofrecía por un par de euros a los que caminaban por la calle. Esbocé una sonrisa al verla y estuve a punto de telefonear a mis amigos para explicarles que la razón, una vez más, vencía al misticismo y a lo esotérico; pero luego volví sobre mis pasos y compré uno de esos ramos que ofrecía la señora. Lo llevé a mi casa y lo coloqué en el salón en medio de los libros: cuando abres una casa en la que huele a jazmines se activan sobre la marcha todos esos sentidos que se adormecen si no rozamos lo mágico y lo bello de vez en cuando. Dos días después, cuando todo seguía oliendo a jazmines, me llamó una amiga para anunciarme la muerte de una mujer a la que todos quisimos y admiramos. No sabía nada de ella desde hacía por lo menos tres años. Murió poco a poco, sin avisar a nadie, de una de esas enfermedades que cada vez se está llevando a más personas queridas y cercanas. Recordé que en su casa siempre había jazmines en un pequeño florero que tenía justo a la entrada. Respiré hondo en la mía y toda la primavera de su mirada se confundió con la fragancia de aquel ramo de flores que había comprado en Triana.

Se tatuó un pequeño dragón a la altura del hombro. Pero al paso de los días, aquel tatuaje iba cambiando de forma y cada mañana aparecía una figura diferente. Habló con el tatuador y no supo darle ninguna explicación, le decía que le había tatuado un dragón y que todo lo que le estaba sucediendo no tenía nada que ver con su trabajo. Hoy se ha quedado en la cama todo el día. Se miró al levantarse y vio esa cara de la que había huido hacía más de veinte años. Supuestamente ese hombre estaba muerto, pero ella lo reconoció en su hombro y ahora tenía miedo de darse la vuelta o de caminar por la casa. Mientras permaneciera en la cama sabía que estaba atrapado entre su piel y la almohada.

Aquella canción la había cantado en alguna parte. Sonaba en un idioma que no conocía pero, de repente, se escuchó repitiendo la letra que entonaba aquel músico callejero en una ciudad escocesa mojada por la lluvia. El músico no vio que había colocado un par de monedas en el plato. Él siguió su camino tarareando aquella extraña melodía en la que se repetía casi todo el rato el mismo estribillo. Dobló en la siguiente esquina y se perdió entre la densa niebla como dicen se van perdiendo los fantasmas que persiguen canciones a lo largo del tiempo.

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