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Verdades y prodigios

Los tiempos no cambian hasta que no se escriben de una manera diferente. Por mucho que algunos quieran negarlos, los años setenta fueron los que cambiaron la España en blanco y negro que venía de un pasado sin libertades y sin esas palabras que sonaran nuevas en medio de lo carpetovetónico y lo anquilosado. Ya estaban Juan Goytisolo o Juan Marsé planteando una narrativa que rompía con la grisura de muchos de los textos de las pasadas décadas. Pero quizá fue la llegada de voces nuevas, que además venían con toda la influencia de la novela norteamericana de los cincuenta y los sesenta, las que cambiaron definitivamente la forma de concebir la novela en España. Eduardo Mendoza fue una de esas voces que llegaban con una sonoridad diferente. Mientras aquí escribíamos sobre dramas rurales o textos costumbristas, en Estados Unidos ya hacía años que Bellow, Updike, Malamud, Fante y compañía escribían novela urbana con otro tono, otros contenidos y, sobre todo, con otra mirada hacia el texto y hacia el propio mundo que les rodeaba.
La verdad sobre el caso Savolta supuso un impacto tremendo cuyo eco todavía tiene resonancias en la narrativa española contemporánea. Más tarde, con La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza contó la gestación de las grandes urbes españolas en el siglo veinte, la llegada del campo a la ciudad, la industralización y esos saltos casi al vacío que se fueron dando de una generación a otra a lo largo del siglo pasado. Marsé y Mendoza convirtieron a Barcelona en una escenario literario como Galdós o Baroja habían hecho antes con Madrid, pero esa ciudad que se cuenta mira mucho más a la modernidad y a los choques culturales que se van generando a medida que el tiempo pasa. También es Mendoza de los primeros autores que escribe en España siguiendo la estela de la novela humorística inglesa. Sin noticias de Gurb o La aventura del tocador de señoras son dos prodigios literarios que hay que releer siempre que se pueda, y con ambas logra algo parecido a lo que hizo con La verdad sobre el caso Savolta. Hay un antes y un después en la forma de concebir la ironía y el humor en nuestra literatura. Aquel humor de Gómez de la Serna o del entorno de La codorniz se transforma de repente en un género novedoso que solo se concibe desde un gran dominio del idioma y desde las lecturas de otras tradiciones literarias que entonces apenas llegaban a nuestro país. Uno se alegra de que alguien que se ha reinventado tantas veces sea reconocido con el Cervantes. No es fácil ser un inconformista y un innovador, y menos en un mundo en el que parece que todo está inventado. Con este premio se reconoce a una voz que sonó totalmente diferente en un momento en el que la literatura española parecía monocorde y estereotipada.

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