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Autoayuda

Chillida decía que se obligaba a pintar muchas veces con la mano izquierda (era diestro) para que lo que creaba no le saliera sin esfuerzo. Todos tendemos a repetirnos y a acomodarnos. Por eso es bueno desandar de vez en cuando nuestro camino y empezar otro como si no supiéramos nada. Buscamos lo sencillo, y ya sabemos que la sencillez te obliga a ir dejando atrás todo lo que no vale.
Últimamente entras en muchas librerías y descubres que los libros de autoayuda van robando el espacio de la literatura. Resisten las novelas, muchas veces gracias a esas etiquetas que se inventan para venderlas como marcas de ropa, pero apenas encuentras poesía o filosofía. La gente quiere que le curen con frases fáciles, con ejemplos pueriles y con esa combinación de cuatro religiones, tres refranes y dos o tres referencias a culturas milenarias. Igual se sienten mejor cuando van leyendo, pero pocos de esos libros se convierten en el equipaje que necesitamos para atravesar los páramos del alma. La verdadera autoayuda la pueden encontrar en los grandes autores literarios. Cuesta algo más de esfuerzo, pero sin esfuerzo no hay ni felicidad, ni evolución personal, ni ningún Nirvana que nos salve. Por eso los que buscan en esos falsos cantos de sirena van saltando de unos gurús a otros sin que ninguna de sus heridas cicatrice. Casi todos esos libros prometen la curación, el equilibrio emocional, la apertura de los chacras o las sanaciones de las almas, y no saben que si no atraviesas esos caminos tortuosos no terminarás llegando a ningún sitio que valga la pena. A mí me ayudó, cuando era un adolescente desorientado, algún verso de César Vallejo o de Juan Ramón Jiménez, aquellas teorías sobre la brevedad de la vida de Séneca, o lo que nos contaba Goethe sobre el joven Werther. De amor lo aprendí casi todo con Stendhal, las pasiones humanas las contó Flaubert, con Virginia Woolf supe de la relatividad de las personas y los personajes, García Márquez puso la magia entre dos párrafos, Alejandra Pizarnik me enseñó a exorcizar las tristezas, Galdós contaba historias que hacían que los días se fueran haciendo más largos, Kafka me enseñó a encerrarme en un cuarto cuando no entendiera nada y Antonio Machado fue dejando muchas estelas en aquellos mares que uno no sabía hacia dónde nos terminarían llevando. Me fueron ayudando cientos de escritores que se asomaron a su alma para luego contarnos un poco más allá de las palabras. Ahora los sacan de las librerías para colocar a cuatro juntaletras con una sucesión de tópicos que solo sirven para recordarnos lo que ya sabemos todos los supervivientes que en el mundo estamos. Los otros libros te ofrecen historias, metáforas o reflexiones que atraviesan zonas del cerebro a las que solo se puede llegar con el sortilegio de las palabras. Y esas ayudas son al final las únicas que nos quedan cuando parece que se cierran todas las puertas. Todo lo demás es falso.

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