los blogs de Canarias7

Archivos Noviembre 2016

Chillida decía que se obligaba a pintar muchas veces con la mano izquierda (era diestro) para que lo que creaba no le saliera sin esfuerzo. Todos tendemos a repetirnos y a acomodarnos. Por eso es bueno desandar de vez en cuando nuestro camino y empezar otro como si no supiéramos nada. Buscamos lo sencillo, y ya sabemos que la sencillez te obliga a ir dejando atrás todo lo que no vale.
Últimamente entras en muchas librerías y descubres que los libros de autoayuda van robando el espacio de la literatura. Resisten las novelas, muchas veces gracias a esas etiquetas que se inventan para venderlas como marcas de ropa, pero apenas encuentras poesía o filosofía. La gente quiere que le curen con frases fáciles, con ejemplos pueriles y con esa combinación de cuatro religiones, tres refranes y dos o tres referencias a culturas milenarias. Igual se sienten mejor cuando van leyendo, pero pocos de esos libros se convierten en el equipaje que necesitamos para atravesar los páramos del alma. La verdadera autoayuda la pueden encontrar en los grandes autores literarios. Cuesta algo más de esfuerzo, pero sin esfuerzo no hay ni felicidad, ni evolución personal, ni ningún Nirvana que nos salve. Por eso los que buscan en esos falsos cantos de sirena van saltando de unos gurús a otros sin que ninguna de sus heridas cicatrice. Casi todos esos libros prometen la curación, el equilibrio emocional, la apertura de los chacras o las sanaciones de las almas, y no saben que si no atraviesas esos caminos tortuosos no terminarás llegando a ningún sitio que valga la pena. A mí me ayudó, cuando era un adolescente desorientado, algún verso de César Vallejo o de Juan Ramón Jiménez, aquellas teorías sobre la brevedad de la vida de Séneca, o lo que nos contaba Goethe sobre el joven Werther. De amor lo aprendí casi todo con Stendhal, las pasiones humanas las contó Flaubert, García Márquez puso la magia entre dos párrafos, Galdós contaba historias que hacían que los días se fueran haciendo más largos, Kafka me enseñó a encerrarme en un cuarto cuando no entendiera nada y Antonio Machado fue dejando muchas estelas en aquellos mares que uno no sabía hacia dónde nos terminarían llevando. Me fueron ayudando cientos de escritores que se asomaron a su alma para luego contarnos un poco más allá de las palabras. Ahora los sacan de las librerías para colocar a cuatro juntaletras con una sucesión de tópicos que solo sirven para recordarnos lo que ya sabemos todos los supervivientes que en el mundo estamos. Los otros libros te ofrecen historias, metáforas o reflexiones que atraviesan zonas del cerebro a las que solo se puede llegar con el sortilegio de las palabras. Y esas ayudas son al final las únicas que nos quedan cuando parece que se cierran todas las puertas. Todo lo demás es falso.

La conquistó gracias a aquel lumbago que le duró casi un mes. Durante ese tiempo tuvo que ponerse una crema que olía a menta. Ella se sintió inmediatamente atraída cuando se lo tropezó en la salida del metro. Él nunca había amado a una mujer tan bella. Miento: sí las había amado toda la vida, pero ellas se mostraban siempre distantes y jamás le hicieron caso. Al paso del mes, cuando se curó por completo el lumbago (las últimas semanas ya solo tenía pequeños ramalazos), ella se alejó de repente. No se atrevió a decirle que lo que le atraía era el aroma que dejaba la menta de aquella crema en su espalda. Si él lo hubiera sabido aún se estaría untando antes de salir de casa; pero ella no quiso herir su amor propio y regresó a su país sin dejarle ningún teléfono ni ninguna dirección donde poder localizarla.

Todas las mañanas desde hacía dos semanas se había encontrado flores en la bañera. Era imposible que nadie entrara a su casa con aquella puerta blindada y las ventanas que daban al vacío de un décimo piso. Desde el segundo día que encontró las flores también dejó el baño cerrado con una llave que colocaba debajo de su almohada. La última noche ni siquiera durmió y estuvo atenta a cualquier movimiento en su casa. Llegó al baño y volvió a encontrar un ramo de flores recién cortadas en la bañera. Le hubiera gustado decirle algo, pero él sabía que un fantasma jamás puede expresarse con palabras.

La muerte sin estridencias, los diarios de invierno, la sensualidad, la nostalgia contenida que acaricia el recuerdo y que casi parece uno de esos fuegos que calientan el espacio sin grandes llamaradas, con el calor necesario, con una temperatura que se ajusta a la armonía de nuestra propia esencia, a ese sabio presente que respiramos sabiendo que la vida es eterna a cada instante. Todo eso es lo que encontrarán en el último poemario de Carlos Lázaro Roldán. Se titula País de Lux.
Lo escribe el poeta: "Miradas perdidas, /encontradas, /incomprendidas./ Fugazmente disfrutadas." Uno escribe y luego el lector es quien decide encontrar algo más allá de nuestras palabras. Realmente leemos siempre en el eco de nuestra propia conciencia, en la revoltura de nuestros recuerdos y en ese remanso que a veces dejan los días en que nos creemos eternos después de unas caricias.
Vuelvo al poeta: "No hay sol para la bella mujer,/ aunque se broncee al mediodía/ en la soledad de su sombra." La poesía también es una imagen detenida en mitad del tiempo, como esta mujer por la que transita la soledad sin que los demás perciban que ya sus pasos carecen de sombras cómplices. Esa mujer bella sabe que hay que disimular ante la adversidad si queremos engañar a la desdicha; pero no hay sol, como escribe el poeta, que logre calentar ese hueco de soledad que siente cuando estira la mano y solo halla el frío de la madrugada. A veces solo bastan unos versos para recordar dónde estamos, quiénes somos y quiénes son esos que siguen empeñados en engañarnos con sus mendaces gestos en los carteles y en las pantallas. Es el poeta quien les quita esa máscara. Y sigue contando, escribiendo palabras como quien traza pistas con los dedos en una arena que sabe que también será anegada por la próxima marea; pero el poeta escribe como si tuviera la intuición de que el agua se queda con las letras y no las borra, de que reconoce los versos y los hace sonar en otra orilla del tiempo, en otra playa lejana en la que quedan poemas varados para cuando no quede ninguno de nosotros y sea necesario entendernos más allá de los fósiles que dejemos enterrados. "La vida /descansa en una silla/ que atrapa el rayo de sol", quizá aquel mismo sol que buscaba la mujer bella en la soledad de la sombra, hasta que le salve el milagro o el amor, hasta que todos entendamos el sentido de este galimatías que termina siendo a veces la vida diaria. "Descarga la rabia/ de su herida en un lamento:/ "víbora eres/ y vivirás arrastrada,/ hasta que ames o seas amada". Hasta que amemos y seamos amados. Hasta que ames y te amen. Los poemas están para que sepamos siempre hacia qué caminos deben conducir nuestros pasos si no queremos convertirnos en víboras o en hormigas que trabajen, de sol a sol, sin el horizonte de ningún sueño y sin ese amor que justifique la existencia.

Cuarenta años después encontró aquella varita plateada. De niña decía que era mágica. Había resistido al destrozo de los años. Al limpiarla, toda la purpurina se mezcló con el polvo y dejó un halo luminoso en el cuarto. Ella la acercó al espejo y la puso junto al reflejo de su cara. Sintió el golpe contra el cristal, como si alguien la llamara desde lejos, o como si un pájaro perdido en el tiempo picoteara la hondura de su piel arrugada.


Todos los días la esperaba. Desde que tenía cinco años y empezó a llevarla a las primeras clases. Se sentaba a su lado cuando ensayaba durante horas y terminó dejando el trabajo para acompañarla en los conciertos que iba dando por todo el mundo. Hoy toca el piano con los ojos cerrados. No necesita mirar la partitura porque está tocando para él. Sabe que es imposible que no esté a su lado. Ella ya tiene cuarenta años y está interpretando en el Royal Festival Hall el concierto para piano y orquesta número 3 en Do Menor de Beethoven junto a la Sinfónica de Londres. Ese fue siempre el gran sueño de su padre. Por eso ella está segura de que la está escuchando. También sabe que los muertos están siempre cerca si mantenemos los ojos cerrados.

Hay quienes aseguran que que Para Elisa era realmente Para Teresa, que Beethoven tenía muy mala letra y que los copistas confundieron un nombre con el otro cuando la publicaron después de que hubiera muerto el compositor alemán. Uno no sabe cuántas confusiones similares se habrán propagado a los largo de los años, cuántas medias verdades o medias mentiras, cuántos títulos que no eran los que quería el compositor o el novelista de turno, y cuántos plagios o atribuciones falsas no nos habrán llegado hasta nuestros días.
Si ahora escucháramos la composición de Beethoven pensando que es para Teresa nos quedaríamos traspuestos, y yo creo que ni la música sonaría de la misma manera. Y además imagino a Teresa, si llegó a conocer el error, pensando siempre que esa música que era para ella se la iban a quedar todas las Elisas del mundo, o que cualquier Elisa cercana al músico alemán pasaría como su gran amor. Porque hasta en los amores ha habido mucha falsedad a lo largo del tiempo. Los que se aman solo lo saben entre ellos, todo lo demás es pose, simulación o recreación de lo que sucede puertas adentro sin más testigos que los poros y esa mirada que nunca engaña en el espejo en el que se miran los enamorados.
La misma Mona Lisa sigue siendo un misterio, y hasta uno duda de que Dante viera pasar a Beatrice solo unos segundos por las inmediaciones del puente Vecchio. Al final el enamorado más cuerdo era Alonso Quijano, que veía a Dulcinea donde necesitaba verla y la recreaba en la cara de cualquier aldeana que se tropezara por la manchega llanura. Mientras escribo vuelve a sonar Para Elisa como lo ha hecho siempre, sin que todavía se hubiera cruzado ninguna Teresa entre la música y esa mujer que llevamos imaginando desde la primera vez que escuchamos esa bagatela. Nunca podría imaginar la música de Yesterday siendo Tomorrow, ni el Mediterráneo de Serrat como si fuera el Báltico o el Mar Negro. La canción de los Beatles suena a nostalgia desde el primer acorde, y los ecos del cantante catalán nos trasladan sobre la marcha al azul de las islas griegas o a esas aguas que besan algunos templos en el sur de Italia. Para Beethoven esa música era la presencia de Teresa, el candor de sus palabras, la ternura de su mirada y hasta el tacto de sus manos si alguna vez la tuvo entre las suyas o si soñó con besarlas como se sueñan las manos de todos los amores imposibles. Y escribo imposible porque dicen que Beethoven dedicó esa pieza a Therese Malfatti von Rohrenbach zu Dezza, de quien estaba enamorado. Ella, sin embargo, prefirió el amor de un funcionario austriaco. Quizá por eso el destino borró su nombre, o el propio Beethoven reescribió la dedicatoria en el último momento para que la confundieran los copistas. En su cabeza, sin embargo, esa bagatela para piano seguiría sonando siempre Para Teresa.

Me arrancó uno de los periódicos de las manos. Yo paseaba por la calle. Era domingo y los domingos me gusta comprar dos o tres periódicos y sentarme en una terraza a ver pasar la vida mientras leo las crónicas de una actualidad cada día más enrevesada. No la conocía de nada y no tuve tiempo de detenerla. Me dijo que quería leer el horóscopo. Tendría unos cuarenta años y miraba como si estuviera un poco drogada. La dejé que leyera. Me devolvió el periódico y se fue maldiciendo su suerte. Era Leo y en el diario ponía que tendría algunas complicaciones con otras personas que no entenderían la fuerza de su carácter. También decía que no era un buen día para comenzar algo y que esperara a que los astros le fueran más propicios. Por curiosidad leí lo que ponía de las Leo en otro de los periódicos, y decía que ese domingo sería uno de esos días inolvidables en los que todo saldría a pedir de boca. Aquella mujer no tuvo suerte y leyó la página equivocada.

Me pidió que le enviara la foto que le había sacado junto al hombre vestido de payaso. Él tenía nueve años y no la recordaba. Le había hablado de esa foto cuando fui a visitarle el pasado fin de semana a la universidad extranjera en la que da clases. Hoy me envió un wasap recordándome el compromiso. Yo la había escaneado esta mañana y la había descargado luego en el teléfono, pero con el cambio horario no quise enviarla porque para él era de madrugada y sé que tiene preparado el teléfono para que le suene si yo le envío un mensaje. Me paré en la calle, cargué la fotografía y se la envié. Cuando levanté la mirada me di cuenta que estaba justo en el mismo lugar en el que le había sacado esa fotografía hacía cuarenta años. Era un domingo y todavía vivía su madre.

Un gran paso atrás para la humanidad. Xenofobia y misoginia. El triunfo de la incultura. El fracaso de las redes sociales. La consecuencia de la muerte del periodismo y del abuso de los especuladores. Putin y Le Pen felices. La libertad, la igualdad y la fraternidad en peligro. Queda poco tiempo para que nos confirmen el fin de fiesta de la cultura del espectáculo.

Nunca voy a negar las ventajas que nos ofrecen las nuevas formas de comunicarnos. Me veo hace treinta años moviendo una antena de radiocasete en Londres para poder escuchar Radio Exterior de España o cuando tenía que esperar hasta el día siguiente para leer un periódico español. Las noticias de Canarias solo llegaban cuando eran importantes o a través de llamadas telefónicas que costaban un ojo de la cara. Eso no sucedió hace muchos años, pero me parece mentira cuando me veo hablando en tiempo real con un amigo de Londres o de Nueva York a través de las pantallas. Esos milagros hay que saber valorarlos y casi aplaudirnos como seres humanos por haber logrado lo que era una utopía hace un par de décadas.
Pero en medio de esa vorágine que deja anticuado el aparato que ayer mismo era lo más fetén de la tecnología, también creo que nos estamos perdiendo en la inmediatez de nuestros propios actos. Solo nos movemos por lo que los periodistas conocemos como noticias de alcance, por esos flashes informativos de última hora que avisan de un suceso luctuoso, de una dimisión o de un ganador de la lotería en un pueblo cercano. Pero luego esas noticias, para ser noticias, requieren del sosiego, de la búsqueda de fuentes fiables y de ese background, o recuerdo de todo lo sucedido relacionado con esa noticia, tan necesario siempre para situar cada hecho en su contexto. Ahora vamos pasando de largo por las noticias, mareándonos entre titulares y alejándonos cada vez de la necesaria reflexión y, sobre todo, del contexto. Sabemos mucho más y, sin embargo, conocemos mucho menos. No es un contrasentido ni un oxímoron lo que acabo de escribir. Hablo por experiencia propia y por lo que observo a mi alrededor. Ni siquiera salimos a la calle a comprobar si es verdad lo que nos cuentan en esas pantallas que parpadean a todas horas. Creo que necesitamos un poco más de sosiego y salir nuevamente a la calle. Estamos confundiendo la realidad con las redes sociales y no hablamos con los viejos ni con los que saben por haber vivido y por haber soñado mucho antes y mucho más que nosotros. Y luego está lo mal que lo llevamos los despistados que vemos cómo salen nuestros mensajes sin estar terminados, o cómo el corrector cambia las palabras a su antojo. Antes podías trocear el papel o salir corriendo detrás de una carta para que no llegara a su destinatario; pero ahora tocas una pantalla y como te equivoques no arregla el desaguisado ni el médico chino ni el informático más avezado. En wasap me equivoco cada dos por tres de destinatario y he tratado de borrar esos mensajes, pero es imposible porque ese mensaje ya aparece en la pantalla de alguien que puede estar en Melbourne o en Artenara. Todo sucede tan rápido que cuando quieres darte cuenta ya estás atrapado.

Sacó el pescado del congelador y lo dejó descongelándose encima del poyo de la cocina. Lo compró ya congelado dentro de una de esas bolsas que no dejan ver lo que hay dentro. Al llegar a casa encontró a la pequeña sirena dando coletazos en el fregadero. Abrió el grifo de la bañera y la llevó con cuidado hasta el baño. Le puso sal al agua. La sirena nadaba de un lado para otro buscando la salida. Él llenó una bolsa de agua y la metió dentro. Se acercó a una zona de rocas de la costa y vio como nadaba mar adentro. No se lo ha contado a nadie y se ha prometido no volver a comprar jamás en el supermercado en el que lleva comprando los últimos ocho años.

La cara se había desteñido y faltaban algunos trozos que se habían caído con el paso de los años. Era una conocida figura de dibujos animados de cuando era niña que ahora parecía una imagen de esas que a veces salen en las películas de terror. Ella también ha envejecido igual con los años. Se volvió una trepa sin escrúpulos, traicionó a todas sus amigas, se metió en política y robó todo lo que pudo. Cree que se ha escapado, pero no se ve en el espejo como la vemos todos cuando nos la tropezamos por la calle. Con el dineral que tiene se ha operado varias veces la cara, pero su rictus es todavía más tétrico y más espeluznante. Si hubiera leído el Dorian Gray se vería reflejada en esa pobre figura de dibujos animados que ha encontrado en el trastero de la casa de sus padres. Solo está pendiente de la herencia. No visitaba a su padre desde hacía más de un año. Su madre había muerto hacía dos años y no entendía cómo aquella niña a la que quiso con toda su alma se había vuelto tan monstruosa y tan malvada.

Volver a la ficción para regresar a nosotros mismos, a esos adentros que olvidamos, a la palabra que dice mucho más de lo que vemos y que siempre dice algo distinto en cada regreso. Un libro es un paso adelante, unas horas fuera del ruido y de los mendaces discursos, lejos del bullicio de los canales de televisión y, por supuesto, lejos de esa falsa profundidad de las redes sociales y sus muchas circunstancias, y no digamos sus muchos sabios que ni han leído, ni han viajado, ni han pensado nunca más allá de sí mismos.
Estos días me pude acercar a un libro que tenía pendiente hace tiempo. Da lo mismo lo que haya tardado porque este libro se quedará cuando nosotros ya no estemos. También demuestra lo que muchos decíamos de Alexis Ravelo. En novela negra es un gran escritor, más que reconocido con premios y críticas en los principales medios. Pero al igual que José Luis Correa o que Antonio Lozano, para mí Ravelo es un escritor sin género, un creador que maneja prodigiosamente el lenguaje, esa voz de la calle y del alma que tantas veces ignoramos y, sobre todo, es un creador de historias que nos terminan atrapando inevitablemente. Hace años me envió un correo electrónico con el primer borrador de La otra vida de Ned Blackbird. Entonces no se titulaba así, pero cuando la lean descubrirán que esa novela lleva muchas otras novelas en sus adentros. Todo se vuelve ficción porque la ficción es al final nuestro único asidero. Uno entra en un espejo y sale siendo otro en su parte opuesta, y así vamos atravesando años y páginas, en la vida y en los libros, pero en los libros, como en esta maravillosa novela, uno aprende a no perder el norte de esa vida que se nos escapa cuando no nos la cuentan. No es fácil escribir un libro como el que ha escrito Alexis Ravelo. Requiere muchos años de lectura, mucho trabajo de andamiaje previo, un dominio de esa estructura sobre la que se sostienen o se vienen abajo las novelas. No les voy a contar nada del argumento, o sí, les diré que se irán reconociendo en la mirada de los distintos personajes: son reales y ficticios al mismo tiempo, casi como nosotros, aunque en este caso la trama se va enredando de tal manera que uno no puede dejar de leer hasta que llega al punto y final, y cuando llegas a ese supuesto final de viaje no haces más que regresar nuevamente a los ecos que te han quedado de todas las páginas previas. Por eso digo que esta novela de Ravelo quedará para siempre, como quedarán otras que ha escrito y como seguirá quedando con lo que siga escribiendo. Nunca abrí aquel archivo que me envió hace algunos años. No me arrepiento. Cuando lean este libro verán que todo tiene un sentido más allá de las evidencias. De fondo alguien teclea todo el tiempo en una vieja máquina de escribir. Nos está contando. Siempre nos cuentan. Da lo mismo que sigamos respirando.

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