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Archivos Junio 2016

Todo estaba oscuro. La pantalla estaba apagada todavía. Dependía de la máquina y del servidor que le daba la vida. Él seguía en la cama con los ojos cerrados. A lo lejos escuchaba gritos de niños en el patio de un colegio. Él también había sido un niño que corría libre durante los recreos. Sin abrir los ojos encendió el aparato. Cuando ya estaba seguro de que estaba visible escribió buenos días en un fondo blanco que se parecía al fondo de sus propios ojos cuando se miraba mucho tiempo en el espejo. Tuvo cientos de respuestas de otros seres que hasta hacía unos minutos tampoco sabían si estaban vivos o muertos.

Alguien le dijo que tenía luz interior, una especie de aura que irradiaba donde quiera que aparecía. Fue entonces cuando empezó a creerse que era una especie de elegido. Sonreía bobaliconamente cuando le hablabas y decía que le importaban un bledo el dinero, el colegio de los niños o la hipoteca que tenía comprometida para los próximos quince años. Todo aquel misticismo le duró unos seis meses. Ahora no se mira al espejo ni para afeitarse. Nos pidió dinero prestado. Dijo que lo devolvería. Se lo dejamos, por sus hijos y porque en el fondo todos sabíamos que aquella manía mesiánica se le acabaría pasando. No superó la separación y estaba inmerso en la crisis de los cuarenta: le vino todo junto y se quiso agarrar a un clavo ardiendo para no tener que afrontar el duelo y los compromisos. Ahora se ríe de todo aquello, pero yo he visto claramente aquel aura que le reconocieron los que saben de esos misticismos. No me he atrevido a decirle nada, pero a lo mejor es verdad que estamos enjaulando a un ángel sin darnos cuenta. Hoy ha sacado un catálogo con el coche de lujo que va a comprarse en los próximos días. Ha pasado de un extremo al otro, como si quisiera alejarse todo lo posible de su propio destino.

Los primeros días me preocupé un poco, pero ahora ya llego a la cama, enciendo la luz de la mesa de noche y abro el libro por donde está marcado. Vivo solo hace muchos años y a la habitación en la que duermo no entra nunca nadie. Hace años, cuando dejaba un libro marcado, por ejemplo en la página 32, lo encontraba al día siguiente en la página 64. Quien movía las hojas leía exactamente la misma cantidad de páginas que yo. Hace tiempo que me pierdo la mitad del argumento de las novelas. Solo hace eso con las novelas. Me respeta la lectura cuando leo ensayos o poemas. Luego, cuando me preguntan por los argumentos o los detalles de esas novelas, me sorprendo contestando con datos que no llegué a leer nunca. Por eso imagino que quien lee a escondidas tiene mucho que ver conmigo y que tal vez la parte del cerebro que utilizo aún no está preparada para reconocer a todos esos otros que hacen vida conmigo en los libros.

Cuando te alejas, cuando pones distancia entre tú y los lugares que habitas, solo te llevas los afectos. Por eso es conveniente viajar mucho, y si no se puede viajar, cerrar los ojos de vez en cuando para pensar que estamos lejos. La claridad paradójica de la distancia, en el tiempo y en el espacio, ayuda a ver todo un poco más claro, lejos de esas aguas turbulentas sobre las que cruzan puentes que nunca vemos si no logramos alejarnos de nuestros prejuicios y de nuestros propios presentimientos.
Uno viaja a cada instante porque cada momento es inevitablemente pasajero, y si pretendemos quedarnos quietos para detener el mundo lo más probable es que nos termine arrastrando alguno de esos vientos inesperados que nos cambian de arriba abajo todos los argumentos. No mienten los que dicen que todos los males los cura el tiempo: si no los cura, al menos los atempera y hace que las penas pesen un poco menos y que las alegrías no nos terminen convirtiendo en grotescos muñecos de feria. La suma de años es un éxito que cada cual celebra a su manera. Si no hubiéramos llegado hasta aquí no habríamos reconocido a tanta gente que nos llevaremos para siempre en el recuerdo, siempre y cuando queden recuerdos cuando atravesemos dimensiones o cuando naveguemos esas lagunas estigias que se acaben confundiendo con nuestros propios sueños. La vida es un viaje. Y si no entendemos ese principio irrefutable, todo lo que hagamos no tendrá sentido alguno cuando miremos hacia atrás y busquemos las luces que fueron alumbrando nuestro camino. Nunca es tarde para empezar de nuevo, sin trascendencias extrañas, sin gorigoris del alma y sin estridencias que acaben confundiendo ese tránsito tan sencillo y tan parecido a cualquier árbol que florece y que luego se desnuda en los otoños. A los viejos de antes les sobraba silencio para hacerse sabios mirando hacia unos campos que conocían casi tanto como a su propio cuerpo. Ellos sabían que si no dejamos que el tiempo pase para que nos desvele la resolución de una trama cotidiana, estaremos siempre anticipando finales improbables. Se movían todo el rato aunque uno los viera siempre quietos y medio adormilados sobre cualquier muro centenario que separaba dos fincas de plataneras. Los supersticiosos saben que el mal fario tiene mucho más que ver con nuestras propias actitudes que con cualquier contingencia que acontezca lejos de donde estamos. Todo eso lo intuimos con los viajes que nos permiten ver los bosques que a veces vamos ocultando con la sombra de nuestros propios árboles. Siempre hay un avión, una guagua o un tren que pueden cambiar de arriba abajo todo lo que estamos mirando. Seguimos siendo los mismos, pero variamos nuestros propios decorados y también los estados de ánimo que a veces nos atenazan.

Él paseaba con las manos en los bolsillos. Miraba hacia las copas de los árboles. Siempre andaba rastreando entre las ramas más altas. Por eso le gustaban las ciudades con muchos árboles. Se mudaba cada dos por tres buscando esas calles arboladas. Escuchaba más cerca a los pájaros que anidaban en esos árboles que a los coches que pasaban a su lado. Nadie lo echó de menos. Si acaso esos pájaros se extrañarían los primeros días que no lo vieron aparecer. Pasó a su lado aquel camión y él desapareció para siempre entre el humo denso que salía del tubo de escape. Cuando se disipó ese humo ya no estaba y los pájaros, como en el poema juanramoniano, seguían cantando entre los árboles de la calle. Aquel camión que circulaba siempre despacio nunca sabía a quién acabaría borrando de las calles. Ese día le había tocado a él. Yo sí lo vi todo desde mi ventana. Hace tiempo que no salgo a la calle. Siempre respondo a mis amigos que es por el humo de los camiones, pero ellos no lo entienden porque no saben nada.

Ella le preparaba el café cada mañana desde hacía treinta y cinco años. Él llegaba luego a mediodía, antes de que ella regresara del trabajo, y le preparaba su ensalada con las cebollas partidas como a ella le gustaban y después de haber pasado por el mercado para comprar sus aceitunas preferidas. No dormían juntos desde hacía muchos años, pero él hubiera sido incapaz de vivir sin el sabor de aquel primer café de la mañana ni ella sin aquella ensalada que le hacía olvidar a diario los sinsabores del trabajo.

Se bajaba en la estación, se dirigía al quiosco más cercano y elegía al azar cualquiera de los periódicos locales. Luego salía a caminar por esa ciudad sin que nadie lo considerara un turista. En la propia estación lo dejaban pasar de largo todos los que siempre están atentos para alquiler coches o para ofrecerse como guías a los viajeros. Él hacía como que leía la portada cuando atravesaba la puerta y se mezclaba entre los habitantes de esas ciudades de paso hasta que llegaba la tarde y seguía el viaje diario. No sabía hacia dónde iba ni hasta cuándo estaría viajando. Dejaba los periódicos de cada día en el vagón del tren en el que viajara y luego se recostaba en el asiento hasta la mañana siguiente. A veces soñaba con las fotos de esos titulares que casi siempre se escribían con idiomas extraños.

Compró dos manzanas en una frutería que estaba en una de las calles transversales de Triana. Se comió una en el avión, y pensó en lo extraño que resultaba la teoría de Newton comiendo una manzana a miles de metros sobre la tierra. La otra manzana la llevó en una bolsa y paseó con ella por París. Al día siguiente llegó a un pueblo de La Provenza. La manzana ya estaba un poco podrida y la tiró en el campo por el que paseaba, justo debajo del mismo árbol del que había caído hacía justamente tres semanas, lo que había tardado en llegar a Cádiz y luego a Gran Canaria. Mientras la fruta se pudría en la tierra aquel hombre conoció en aquel mismo pueblo a una mujer llamada Eva de la que ya lleva cinco años enamorado.

Él creía que caminaba por las calles y que usaba los zapatos que había escondido durante años en un cuarto de su casa de Segor. Murió dejando decenas de pares de zapatos olvidados. Esos zapatos, después de tantos años, son fósiles y él es un fantasma que asusta a los niños que dicen que escuchan sus pasos en las madrugadas.

Le preguntó qué había debajo de la arena de la playa. Ella no supo qué contestarle. Le podía haber respondido que estaba el océano, que había más arena o que en el fondo aparecía un gran núcleo interno. La niña no se refería a eso. Estaba viendo mucho más allá. Por eso le respondió que debajo de la arena no había más que sueños literarios. La pequeña le preguntó que qué era un sueño literario. Le nombró la palabra cuento y entonces la niña siguió cavando hasta donde decía que estaba el gigante que duerme debajo de nuestros pies.

Nos dieron unos auriculares. La guía contaba todos los detalles con morbosa crudeza. Todos hacían negocio: los que vendían helados y refrescos y los que fletaban las guaguas que salían repletas desde Cracovia. Yo solo escuchaba pasos a través de los auriculares, sentía cómo se arrastraban los pies por la tierra y por la gravilla que había entre los barracones, y también delante de las cámaras de gas y de los improvisados crematorios. Algunos turistas se sacaban fotos y sonreían junto al horror y al miedo de aquellos millones de pasos que jamás dejaré de escuchar en mi memoria.
Quieres pensar que la maldad no es innata a los humanos y que no somos aquellos lobos de los que hablaba Hobbes, capaces de despellejarnos los unos a los otros por el color de una piel o por idolatrar a dioses con nombres diferentes. Adorno se preguntó que qué sentido tenía la poesía después de Auschwitz, que de qué valían las metáforas después de la barbarie y de asomarnos a nuestro propio espejo cainita y violento cuando desaparece la razón y se borra del mapa todo atisbo de fraternidad, de justicia y de benevolencia. Uno reflexiona cuando sale de ese campo de concentración y regresa luego a una ciudad hermosa construida piedra a piedra por esos mismos humanos que levantaron Auschwitz. En Cracovia, una de las ciudades más bellas que he visitado, busqué por todas partes la sombra de la poeta Szymborska. La encontré en el café Nowa Prowincja en el que se sentaba a escribir y a ver pasar a la gente, a hombres y mujeres que yo imaginaba en 1943 huyendo unos de otros por esas mismas calles en las que nadie repararía en la belleza. Negar Auschwitz es dejar la puerta abierta a que se repita el horror en cualquier momento, como se repite a diario en muchos pequeños lugares del planeta en los que se instala el odio, la maldad y la violencia. Si miramos para otro lado, o si hacemos como que no vemos lo que nos están mostrando delante de nuestros ojos, también seremos cómplices de todas esas injusticias que de una forma o de otra van generando pequeños infiernos diarios en todos los puntos cardinales del planeta.
Nos mostraron zapatos viejos, cabellos, enseres cotidianos, gafas y juguetes con los que se entretuvieron algunos de los miles de niños que se llevó por delante aquella locura colectiva que vivió Europa, la civilizada y culta Europa, en el siglo XX. También estaba la foto de una orquesta con músicos tristes que tocaba marchas triunfales para que los soldados alemanes contaran rápido a los presos y a los que matarían al día siguiente. Vi la foto en Auschwitz setenta años después de que sonaran aquellos acordes de muerte tras las alambradas. Ni siquiera el eco que pudieron dejar aquellas melodías lograba silenciar el desgarro de más de un millón de vidas que se convirtieron en cenizas para siempre.

A veces las casas que uno habita no se construyen desde los cimientos sino desde los encuentros casuales. Lo primero que ella encontró fue la llave. Luego descubrió la casa. Apuntó el teléfono de la inmobiliaria y llamó. El que vino a enseñársela era un hombre despistado que se notaba sobre la marcha que no tenía experiencia en ventas. Se había olvidado la llave, pero ella sacó la suya del bolso y se la dio. Él abrió la puerta sin problemas y le enseñó las habitaciones que visitaba por vez primera como si llevara viviendo allí toda la vida. Se besaron y se acariciaron lentamente durante varias horas. Ella compró la casa y él cobró la comisión de esa venta antes de despedirse de la inmobiliaria. Viven juntos. Él ha empezado a vender sus cuadros y ella escribe novelas que va publicando cada año en una importante editorial. Solo utilizan una llave. Nunca han hecho copias. El que no tiene la llave espera al que la tiene en una plaza cercana. En esa plaza también juegan cada tarde sus dos hijos pequeños.

Le regalaba flores a todas horas. Ella no sabía qué hacer con tantos ramos. Lo habían dejado hacía un año, supuestamente de mutuo acuerdo. Fue ella quien lo propuso y él dijo que era lo mejor después de más de dos años sin besarse o darse una caricia. Él no consigue olvidarla; pero tampoco quiere volver a con ella. Le envía las flores todos los días para que se le pudran todas juntas en su casa. Necesita saber que ella también respira ese extraño aire de las flores mustias que hace poco brillaban como si fueran a durar siempre.

Kafka decía que la literatura era una expedición a la verdad. Quien escribe se prepara previamente como quien va a escalar una montaña o como quien se adentra en una selva tratando de descubrir nuevas especies animales o incluso personas que no se parezcan nada a las que ya conocemos. Richard Ford creo que es un ejemplo de esos escritores expedicionarios a los que se refería Kafka. Sus mochilas están cargadas de miradas cotidianas, de hojas sueltas de periódicos y de esos libros que en las expediciones literarias vienen a ser como el agua en las aventuras vitales. Ayer, en medio de ese viaje, Ford fue reconocido con el Princesa de Asturias de las Letras, lo que hará que se reediten sus libros y que su obra llegue a mucha más gente. Y les aseguro que los que lleguen a su obra y no la conozcan se sentirán como en casa porque mucho de lo que escribe nos puede suceder a cualquiera de nosotros en cualquier momento.
Busquen El periodista deportivo o El día de la Independencia, no dejen de leer Mi madre, uno de los testimonios más conmovedores que he leído sobre la relación madre e hijo y, por supuesto, busquen cuanto antes sus cuentos, porque Ford, además de ser un excelente novelista, es un escritor que se mueve de maravilla en esas distancias, a veces peligrosas y resbaladizas, de la narración breve.
Su nombre siempre lo he relacionado con Raymond Carver, y los dos, junto con Ann Bettie, Bukowski o Tobias Wolff, fueron mascarones de proa del denominado realismo sucio. Como Carver, llegó tarde a la literatura. Una vez le escuché que apenas había leído antes de los dieciocho años, y que fue un curso de extensión universitaria, una especie de taller literario, lo que le acercó definitivamente a la narrativa. También en ese tránsito está hermanado con el autor de Catedral. Les separó la muerte temprana de Raymond Carver, y les unió para siempre la influencia de Chéjov en todo lo que han contado.
También ha confesado influencias del boom latinoamericano. Resulta curioso ese viaje que hizo Faulkner, lo que influyó en los autores del boom, principalmente en Vargas Llosa, Carlos Fuentes y García Márquez, y como estos influyeron posteriormente en los hijos literarios del autor norteamericano. Y luego está el alter ego que protagoniza algunas de sus más destacadas novelas. Podríamos decir que a Frank Bascombe también le toca una parte del premio que le acaban de conceder al autor nacido en Mississippi. Richard Ford se vale de ese alter ego para contar el mundo que le rodea, incluyendo el mundo literario con todas sus miserias y sus grandezas; pero sobre todo lo utiliza para mirar a través de sus ojos y para hablar consigo mismo como si fuera otro. Fue algo parecido a lo que hicieron Philip Roth con Zuckerman, Bellow con Herzog o Updike con Conejo Angstrom. La diferencia entre Bascombe y el resto de estos personajes que caminan de la mano de sus creadores radica en el humor y en la ironía del alter ego de Ford, y también en que quiso alejarlo de sí mismo mucho más de lo que lo hicieron Roth o Bellow.
También hay veces en que el retrato de un escritor se parece a lo que transmiten sus palabras. El gesto siempre sereno y observador de Richard Ford tiene mucho que ver con sus novelas y con sus cuentos. Pero esa serenidad no impide que meta el bisturí en la realidad que encuentra en la calle o que lee en los periódicos. Lo cotidiano, como en Carver, se convierte en grandioso sin necesidad de fuegos de artificio o de grandes estruendos. A veces, como en el caso de Ford, basta la descripción de un simple gesto para que nos asomemos al mundo que nos cuenta o al espejo de nuestra propia mirada.

Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

Se despertó de madrugada y notó en su cara el roce de un hilo de la sábana.Tiró de ese hilo suavemente y cuando se quiso dar cuenta se encontró a una sirena en su cama. Se había ido apareciendo a medida que tiraba de las hebras como quien desmadeja un ovillo. La sirena se arrastró lentamente por el suelo. Él le abrió la puerta y ella se acercó a la orilla de la playa de Las Canteras dando vueltas sobre la arena. Luego la vio aletear más allá de La Barra. Todo eso lo recuerda como quien revive un sueño lejano. Nunca podrá olvidar su cara. Desde aquella noche ha cambiado las sábanas todos los días, pero hasta el momento no ha vuelto a encontrar una sirena como aquella en ninguna parte. Si sale a pasear a la avenida a altas horas de la madrugada sí nota como que le está mirando escondida desde alguna de las rocas de la playa. Aquella sábana se la había regalado un amor del pasado. Él no sabía que estaba cosida con algas.

Yo entonces fumaba. Lo hice durante tres años seguidos, siempre cuando salía el sol y comenzaban a disiparse las brumas de la costa. El humo se mezclaba con el salitre y entonces conseguía verte como cuando salías del agua en aquellos veranos de la adolescencia. Ahora paseo con esta otra mujer por la misma playa. Dejé de fumar para no verte y para no mentirle nunca cuando se empeña en bañarse cada mañana justo antes de que salga el sol y todo parezca tan irreal como cuando te veía salir del agua. Yo creo que lo entiendes. Si fumara, el humo de tu presencia acabaría traicionando mis recuerdos. Y es probable que te confundiera con ella porque a lo mejor tú eres ella y era yo el que inventaba delirios con el humo del tabaco.

Tenía que decidir qué pin ponerse en la camisa. Cada mañana elegía uno distinto. Llevaba así desde hacía cinco años. Los compraba en los viajes o en los bazares de la zona del Puerto. También pedía en el supermercado que le guardasen todos los que regalaran con los productos que compraba. No se lo veían puesto porque jamás se quitaba la chaqueta en el trabajo. Cada mañana intentaba clavarse la hebilla en el corazón. Era su minuto crucial de cada día. Si sobrevivía, como llevaba sobreviviendo de lunes a viernes desde hacía cinco años, ya nadie lograba borrar la sonrisa de su cara.

Miraba hacia el horizonte desde una calle de Lisboa. Pensó de repente que estaba en Vegueta, en alguna de aquellas calles de la infancia que también acababan en un azul intenso. Recordó el día en que un barco fue pasando lentamente al final de una de aquellas calles lejanas. Rememoró las letras que se apreciaban a medida que aquel barco seguía rumbo hacia el Puerto de La Luz: Lisboa. Con el tiempo terminó viviendo en la capital portuguesa de una manera azarosa. Ahora ese barco que ve desde uno de los miradores del Chiado también tiene letras, pero a sus años no alcanza a leer el destino que se sigue escribiendo en los cascos desgastados que no dejan nunca de trazar historias en las ciudades portuarias. Imagina que ese barco lejano lleva escrito el nombre de su isla con letras manchadas de nostalgia.

Siempre que perdía un amor se hundía en el sueño. Se despertaba sobresaltado y casi sin poder respirar viendo cómo no llegaba a la superficie por más que moviera las piernas y los brazos. Lograba sosegarse poco a poco, y luego se levantaba, se duchaba y se acercaba a la orilla para comprobar que la marea no había devuelto a nadie con su misma cara. El día que se enamoraba nuevamente, esos mismos sueños navegaban por un mar que nada tenía que ver con aquel de aguas procelosas y profundas. No sabía en qué momento zozobraban, pero sí asumía que cuando naufragaban y ya no encontraban ningún noray al que amarrarse, esos amores se hundían irremisiblemente entre olvidos y pesadillas abisales.

Compraba los trofeos. Iba a los anticuarios o le hacían llegar los que quitaban de las casas cuando los hijos crecían o cuando morían los galardonados. Elegía siempre las medallas de oro o las copas de quienes ganaban en natación. Nunca supo nadar y siempre soñó con poder hacerlo como aquellos nadadores que veía salir triunfantes de las aguas. Cuando alguien visita su casa va contando los detalles de cada uno de esos trofeos que supuestamente ganó en una infancia exitosa y acuática.

Se rozaron las bolsas cuando salían del supermercado. Ellos no se vieron, pero el plástico sí reaccionó a aquel encuentro inevitable. Los dos vivían desde hacía quinientos años los mismos períodos de tiempo sobre la Tierra. Solo tenían que cruzarse para que tuvieran sentido sus existencias. Quizá alguna vez se amaran, pero lo que era importante es que no fallara nunca la matemática de aquellos encuentros inevitables. Habían sido hombres o mujeres indistintamente, parias o aristócratas, esclavos o terratenientes, fracasados o héroes. Pero todo eso, como el amor, no eran más que anécdotas para las cábalas del tiempo.

Creyó verla al final de la calle, pero luego recordó que llevaba muerta más de una semana. No la vería nunca más, ni tenía necesidad de seguir buscando argumentos para incordiarla a diario. Ya no sabía qué hacer. Podía haber sido una gran artista, pero en lugar de ponerse a pintar y de seguir aprendiendo se propuso destruir a quien más admiraba, día tras día, ideando malvados planes, inventando embustes e insultándola siempre que podía. Decía que acabaría con ella. Ahora no sabe qué hacer con su tiempo. Llevaba más de veinte años viviendo solo para intentar amargarla. Lo consiguió pocas veces porque la otra era feliz cuando creaba y no dejó nunca de seguir pintando. La sigue viendo en todas partes y no le ha dicho a nadie que está obsesionada porque cree que la persigue como una sombra para vengarse de todas sus maldades. Cada vez toma más pastillas y más alcohol. Pudo haber llegado lejos, pero sabe que tiró todo por la borda siguiendo esa singladura, siempre destructiva y enfermiza, que lleva trazando la envidia desde el principio de los tiempos.

Toda la vida había escuchado a Beethoven pensando que era Rachmaninov. Alguien se había equivocado al escribir en la cinta de casete que él estuvo escuchando hasta aquella fatídica tarde de primavera. Un turista de paso le aseguró que ese concierto de piano era de Beethoven. Discutieron y ese hombre aún no sabe qué fue lo que le pasó por la cabeza. Lo mató de un mal golpe. Eso es lo que repitió todo el tiempo en la confesión, que lo mató porque se negaba a creer que aquel concierto no fuera de Rachmaninov. No conocía nada más de música clásica y le había costado años memorizar aquel nombre tan raro con el que presumía todo el rato en el pueblo. Aquel primer turista había echado abajo su melomanía incipiente.

La poesía es lo que queda más allá del tiempo y de las propias palabras, ese eco que no hace falta memorizar para que se eternice en el alma. Estos días ha llegado a mis manos el último libro de poemas publicado por Elsa López. Lo edita Hiperión y se titula Viaje a la nada. Elsa es una poeta de larga trayectoria, de muchas búsquedas, justamente premiada hace unos días con la Medalla de Oro de Canarias y con muchos viajes de ida y vuelta hacia dentro y hacia fuera de sí misma. De esos viajes se nutre este poemario, de lugares lejanos y de esa cercanía que da la madrugada cuando uno se reconoce a sí mismo en la desnudez de ese espejo que nos regala el paso de los años.
Hay muchos versos que nos detienen y nos deslumbran "debajo del cristal de la espera", allí donde todo es armonía y al mismo tiempo revoltura de olas en nuestros propios océanos. Hay mucho salitre entre sus letras, porque "así es la nada: blanca, gris y silenciosa./ Solo el mar para nombrarla." A esos versos solo se llega cuando se han dado muchos pasos sabios. En las antologías poéticas, como cuando leo los periódicos, siempre empiezo por el final: en los periódicos por esas manías que uno adquiere desde niño, cuando quería llegar lo antes posible a las páginas de deportes, y en la poesía, porque suelen ser esos versos de los últimos años los que nos cuentan realmente a quien escribe. Llegado ese momento hay un despojo de toda la faramalla, de los ditirambos y de esas palabras huecas que no cuentan nada. Solo queda la esencia, y esa esencia, como la que encontramos en Viaje a la nada, es la que al final nos conmueve y nos detiene en cada verso, o mucho más allá de ese abismo lleno de preguntas que dejan algunos puntos y aparte. "Solo el silencio que llevamos dentro", ese verso de Elsa creo que define nuestro único enigma y al mismo tiempo, como si fuera un oxímoron, la única voz que nos queda, ese espacio en blanco que estará entre nuestra vida y la vida de los que vengan más tarde a buscarle sentido a su existencia en este planeta lleno de pájaros juanramonianos que seguirán cantando cuando ya no estemos. Pero lo bueno de los libros es que nunca llegan solos. Hay como una corriente que los empuja, los entrecruza y en algunos casos los complementa. Mientras leía los versos de Elsa López se cruzaron los últimos diarios que escribió Sándor Márai, y estoy seguro de que al escritor húngaro que murió en el exilio norteamericano le hubieran emocionado los versos de Elsa López. En ese diario Márai escribía estos renglones. "El camino que conduce de la vida a la muerte es oscuro, voy trastabillando de la nada a la nada, y en ocasiones sucede que, en el trayecto, una palabra o un concepto resplandece como las luciérnagas en un bosque oscuro". En este libro de Elsa encontraremos muchas de esas luciérnagas que dan sentido a la vida y a la literatura.

Seguía dejando la caja de agua cada mañana. Tocaba el timbre, subía en el ascensor, bajaba la caja que seguía llena y vaciaba los envases en la acera. Después cogía las botellas vacías, las bajaba al camión y continuaba con el reparto diario. No sé si haría lo mismo en casi todos los edificios. Mi vecino murió hace un año y ese piso está vacío desde entonces. Cada semana consumía una caja de doce botellas que le había llevado ese repartidor, cada jueves, desde hacía veinte años. No quería quedarse sin trabajo, tenía dinero pero sabía que no podría sobrevivir lejos de sus rutinas diarias. Tenía que contar con un mínimo de clientes y casi todos los habituales se le estaban muriendo o compraban en el supermercado. Lo veo subir con la caja al hombro y evito mirarlo para que no sepa que me he dado cuenta de que lleva agua a una casa en la que hace mucho tiempo que no hay sed ni tampoco nadie que respire dentro.

Encontró una pila de expedientes tirados junto al contenedor de la basura. En uno de ellos vio su foto con unos datos que no le correspondían. Aparecía como abogado y había nacido un año antes de lo que siempre había creído. Él era profesor en una ciudad lejana; pero fue a la zona de los Juzgados de esa ciudad de paso y se encontró a sí mismo con una toga debajo del brazo. Luego regresó a su hotel, pidió la cuenta y se subió en el primer avión que salía del aeropuerto. Mientras volaba pensó en todos los iguales que podía tener sobre la tierra sin que ninguno de ellos lo supiera. Fue al baño del avión y se miró un rato en el espejo. Tocaron en la puerta del baño y la azafata le llevó a la zona de la cabina. Allí le saludó el piloto y le dijo que cogiera los mandos del aparato. Para el piloto era un honor compartir vuelo con quien le había enseñado a volar hacía veinte años. Él se dejó llevar, cogió los mandos y fue pasando entre las nubes como quien atraviesa biografías a lo largo del tiempo. Al día siguiente tenía que dar clase de griego en la universidad, pero estaba seguro de que si no llegaba a tiempo aparecería otro igual que él para que todo siguiera pareciendo igual que siempre.

Nunca se dio cuenta de que casi todos los productos que compraba en el supermercado procedían de Bulgaria. Los kiwis, los yogures, las galletas y hasta el embutido eran búlgaros. Una mañana él también se levantó hablando en búlgaro y repitiendo un nombre que los demás ignoraban. Lo llevaron a un centro psiquiátrico. Los que hacen las compras del centro en el que está internado suelen escoger, también sin darse cuenta, productos procedentes de la India. Él ahora se sienta en el centro de la sala y va bendiciendo a todo el mundo como un monje budista. Ya no habla. Solo sonríe.

El vaso de café se había quedado sobre su mesa. Fue lo único que encontraron en su despacho. No había nada más. Ningún rastro. Nada que lo identificara. Todos se habían olvidado de él. Estuvo trabajando treinta años en esa oficina. Todos los compañeros habían desaparecido de la misma manera, dejando solo el vaso de café sobre la mesa. Hoy ha aparecido otro vaso y al mismo tiempo ha dejado de venir un conserje que llevaba veinte años en la empresa. Dejan los vasos hasta que también desaparecen. A los que vienen nuevos no les molestan. Siempre están fregados y limpios, es lo único que queda de todos esos empleados cuando ya no vienen. Ellos, incluso cuando ya están muertos, también recuerdan a veces el sabor del café que se tomaban en el trabajo a primera hora de la mañana.

Siempre soñó con vivir en un cine. Le daba lo mismo la ciudad o el barrio. Lo compró antes de que lo derribaran y logró conseguir proyectores nuevos y las bobinas de decenas de películas en blanco y negro. Nunca salía de aquel espacio en el que siempre se estaba proyectando alguna película. Pedía la comida por Internet y le venían a limpiar todos los días el patio de butacas. Quería olvidar todo su pasado desde hacía tiempo y habitar un mundo en el que pudiera confundir las escenas reales con las que necesitan luz para aparecer en la pantalla.

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