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Entre monstruos y dinosaurios

Martina Villar escribe las palabras de las mujeres que no contaron con letras para defenderse. En su novela titulada Entre monstruos y dinosaurios cuenta las biografías de mujeres olvidadas, maltratadas y vejadas en una sociedad que miraba para otra parte cuando sabía que de puertas adentro se vivían infiernos que casi nadie se atrevía a denunciar. Habla de mujeres isleñas, de décadas pasadas, de aquellos colegios que solo soñaban quienes de repente se veían siendo madres y achicando heridas y sufrimientos.
Hay muchas frases en la novela que retratan aquel vacío de quienes no podían encontrar consuelo ni en su propio eco desesperado, ni tampoco en los espejos que devolvían la imagen del horror que ellas trataban de cubrir con los ropajes. "No tuvo infancia porque no jugó". Ni siquiera echó de menos los juegos que se acaban, los años que pasaron y la alejaron de la bicicleta o de la plaza. No jugaban. No eran niñas. Trabajaban desde que daban sus primeros pasos y ya no dejaban de hacerlo hasta que casi no podían mantenerse en pie. "Cada noche huía de los sueños que se convierten en pesadillas". En el libro de Martina las mujeres no podían escapar a ninguna parte. Tenían que atender a sus hijos y ganar lo que ellos no les daban, o fingir con una media sonrisa que todo estaba bien, que habría un mañana; pero luego, cada una de sus noches, parecía un final inalcanzable que además se confundía con los miedos de las madrugadas. "Lola desconocía el abecedario". Todo empezaba arrebatando la cultura y las palabras. Somos esclavos si no nos dan la educación necesaria para poder cambiar nuestro destino ante cualquier circunstancia. Hay muchos guiños literarios en la novela de Martina Villar, muchas citas y referencias a esos libros que tanto nos cambian la vida sin darnos cuenta. Nombra, entre otras novelas, El dependiente. Está escrita por Malamud, un escritor que hay que leer y releer siempre que necesitemos entendernos, uno de los grandes que no tuvo la gloria de muchos de sus contemporáneos, el maestro al que visita Zuckerman, el alter ego de Philip Roth, cuando cuenta cómo son sus principios literarios. Martina ha leído mucho a Malamud y eso ayuda siempre a saber contar lo que se quiere decir sutilmente y al mismo tiempo de forma contundente. No le preguntaré cuánto hay de cierto en estas historias que además se acompañan de viejas fotografías que ilustran ese tiempo en blanco y negro que aún se repite en muchas casas y que seguimos encontrando tantas mañanas en las páginas de Sucesos. La escritora le da voz a quienes no tuvieron ni esperanzas ni abecedarios. Las cuenta para salvarlas, o para que los que vengan más tarde no olviden que la barbarie está siempre acechando donde se aniquilan los valores y donde las escuelas dejan de ser espacios casi sagrados.

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1 comentarios

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Preciosa reseña, Santiago. Has condensado magníficamente la soledad de Lola.
Muchísimas gracias por esta fabulosa crítica.

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