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Archivos Mayo 2016

Te llevas la maleta de otro y desde que la abres y te cambias de ropa te conviertes en ese otro que no conoces, y solo confías en que él ya te haya asimilado lo suficiente como para mantener a salvo tus recuerdos. Tú ya estás empezando a recordar muchas historias que no has vivido. Te emocionas con ellas como si formaran parte de tu vida para que él intuya que su pasado está a salvo en tu cabeza. Y sigues confiando en que él también sea generoso y le deje un hueco a todo lo que habías vivido antes de confundir aquella maleta en el aeropuerto.

También los días festivos mantenemos rutinas que nos acaban hermanando con otros paseantes o con quienes salen a comprar el pan o el periódico. A la misma hora, por la misma zona, nos tropezamos a quienes vienen de una iglesia o de una cafetería y a los que llegan sudorosos después de recorrer trotando las calles vacías de los domingos. Casi conozco hasta el eco de los pasos de esa pareja que veo venir a lo lejos mientras leo el periódico en una terraza. Son muchos años saludándonos por las aceras. Uno no se da cuenta de que envejece hasta que no se ve reflejado en las caras de los otros. Los recuerdo mucho más jóvenes. Llegaban con sus hijos y eran mucho más ágiles y más alegres. Ahora siguen manteniendo esos gestos serenos de quienes han vivido los años intensamente; pero caminan más lentos, apoyándose el uno en el otro, y parándose a respirar de vez en cuando. Él lleva un bastón y ella le ayuda siempre a bajar la acera.
Cada domingo acuden a la dulcería. Ya no queda casi ninguna de aquellas dulcerías que conocíamos de memoria con la especialidad de cada una de ellas, las milhojas de unas y las palmeras de la otra. Sabíamos dónde ir a buscar las mejores truchas de batata o el pastel de carne más crujiente cuando llegaba navidad. Ahora la mayoría de las dulcerías son más impersonales y los dulces apenas se diferencian de unas a otras. Ellos siguen con el mismo rito de cuando estaban recién casados. En aquellos años, llegaban a la dulcería para comprar la bandeja que llevaban a casa de sus suegros. Esa bandeja fue teniendo cada vez más dulces a medida que nacían sus hijos y los hijos de sus hermanos. Ahora siguen viniendo cada domingo a buscar la misma bandeja, pero los dulces ya no son para sus padres sino para sus nietos. Saben lo que le gusta a cada uno de ellos y van llenando cuidadosamente la bandeja con la que luego yo los veo pasar nuevamente delante de la terraza en la que leo el periódico. Nos sonreímos y nos saludamos con la tranquilidad de que nuestro pequeño mundo de domingo sigue intacto. Cambian las modelos de los coches, las modas, las necesidades tecnológicas y hasta nuestro propio humor diario. También son otras nuestras caras y nuestros cabellos enseñan las canas del paso del tiempo; pero sonreímos sin decirnos nada porque cada domingo asumimos nuestra condición de supervivientes. No sé qué pensarán ellos de mí después de tantos años. Ni siquiera conocemos nuestros nombres, ni sabemos nada de nuestras respectivas vidas cotidianas. Algunas mañanas se acercan con sus nietos como llegaban con sus hijos hace años. Esos domingos salen con muchos más dulces en la bandeja que se llevan a su casa. Cuando se alejan recorro con ellos la sombra del tiempo que todos vamos dejando por las calles.

Durante el vuelo alguien había mordido todos mis caramelos. Doy fe de que estaban intactos y de que no los saqué del bolsillo de la chaqueta que llevé puesta todo el rato. Ya en tierra los coloqué sobre la mesa y los besé uno a uno porque estoy seguro de que ella aprovechó las alturas para que volviera a sentir el sabor de sus besos. Hace ya tres años que la incineramos y que dejamos que sus cenizas las esparciera el viento.

Dibujaba robots a todas horas. Todos los compañeros de clase mirábamos asombrados aquellas formas que luego coloreaba hasta en el más pequeño de los detalles. No lo veía desde hacía cuarenta años. Hoy me paró en el supermercado y me contó que se había convertido en uno de ellos. Le costaba girar entre las estanterías, pero por lo demás podría haber sido cualquiera de nosotros. Me pidió que lo tocara y era macizo y frío, con una enredina de cables a la altura del sobaco. Hablaba como mismo lo hacía cuando le ponía voz a cualquiera de aquellos robots que pintaba en el colegio. Solo llevaba aceites y abrillantadores en el carro.

Este blog estará sin actualizar hasta el próximo sábado, 28 de mayo. Disculpen las molestias. Un saludo

Perdió la lista de la compra antes de entrar al supermercado. Compró tratando de recordar lo que había anotado el día anterior en su casa. No le faltó nada. Lo supo cuando vio a aquel hombre con su lista en la mano y todos los productos colocados en la cinta de la caja que estaba a su derecha. No le dijo nada. Tampoco sabía si él la habría recogido en la calle sin saber de quién era. Esa semana los dos comerían lo mismo y se ducharían con el mismo champú y el mismo gel de baño. Salieron juntos y se subieron a dos taxis diferentes. El otro, que iba delante, llegó primero y abrió la puerta de su casa. Él le pidió al taxista que le llevara de nuevo al supermercado. Devolvió todos los productos y compró lo que iba leyendo en una lista que había encontrado en el suelo. El otro hombre se le quedó mirando cuando estaban en las cajas del supermercado, pero él salió primero y se subió al taxi antes de que el otro se lo quitara.

Se había comprado una camiseta con el dibujo de un hombre que caminaba por la arena de una playa. No se había fijado en el dibujo. La compró un día de calor en unos grandes almacenes y se la puso sobre la marcha. Sí quiso que fuera de color azul. De eso hace más de tres años. Ahora es parte de las dunas que mueve el viento de la playa. Lo estuvieron buscando un par de meses, pero al final no dieron con su rastro en ninguna parte. Él sí continúa con su memoria humana, pero está dispersa entre millones de granos de arena que de vez en cuando se encuentran y le recuerdan quién era.

Iba por la vida sin perder detalle de lo que encontraba por la calle. Aprendía con cada uno de esos pasos. Otra persona hubiera pasado de largo, pero él escuchó nítidamente el golpe seco de la cal cuando rozó el asfalto. Luego miró hacia la fachada y vio el hueco que había quedado tras aquella caída. Siguió pasando durante muchos días y fue comprobando cómo aquella casa iba perdiendo la pintura cada semana. No vivía nadie en ella; pero él sabía que los espíritus de las personas que la habían habitado durante muchos años lo estaban avisando. La ha comprado y ha pintado la fachada. Cada noche deja una hoja en blanco sobre la mesa del comedor y a la mañana siguiente se encuentra con distintos trazos de letras que no entiende. Alguna vez, cuando se levanta, ese papel cae al suelo y suena exactamente igual que aquella cal que escuchó caer en la calle antes de saber que iba a convivir con estos fantasmas que no dejan de escribir mientras él cree que descansa.

Compró una casa frente al mar y pensó que había encontrado el paraíso. Le dieron las llaves un lunes por la mañana y hasta el viernes fue el hombre más feliz de la tierra. El sábado llegaron las hordas y aparcaron sus coches delante de su apartamento alejado del resto de las edificaciones de la costa. Bebían, se drogaban y fumaban con una escandalera tremenda que no paró en todo el fin de semana. Cada sábado sucedía lo mismo. No localizó al que le había vendido la casa. Tocan en su puerta y algunos saltan la verja y se adentran en su terraza. Él permanece encerrado al fondo de la casa. No se mueve. Les tiene miedo. Y luego duerme el resto de la semana para poder aguantar los desvelos del sábado y el domingo. Esos días no se escucha la marea en ningún momento. Invirtió todos sus ahorros en esta casa. En un país lejano, en un supuesto paraíso en el que quería compensar los duros años de ahorro y trabajo. Todos orinan delante de su puerta y ninguno de ellos sabe que ese hombre está dentro. Así estuvo también el anterior inquilino durante casi un año. Hasta que lo encontraron muerto.

Hay un adagio que dice que uno es de donde estudió el Bachillerato. Quizá porque en ese momento de nuestra vida se generan los cambios que luego determinarán buena parte de nuestro destino. Pero cuando estamos viviendo esos momentos determinantes casi nunca nos damos cuenta. Como tantas veces, es el paso de los años el que termina aquietando todas las aguas y dejando a salvo solo lo que valió la pena. Yo estudié en el Instituto de Guía que estaba justo a la entrada del pueblo, un edificio que soy capaz de recorrer de arriba abajo en mi memoria y que forma parte del paisaje más reconocible de mi pueblo. Allí me enseñaron casi todo lo que sé. También pusieron las bases de lo que luego fui aprendiendo en la universidad, en los viajes y en ese paso del tiempo que te enseña que la vida no es más que un tránsito en el que cada cual elige su camino, un camino proteico y cambiante en el que es esencial contar con buenos asideros que te permitan improvisar tus pasos cada vez que el destino te ponga a prueba.
El valor del esfuerzo, la reivindicación de la belleza, la honradez y hasta el mismísimo divertimento los fui aprendiendo en aquellas aulas en las que dejamos el eco de nuestras voces y de tantos y tantos recuerdos imborrables. Yo llegué al instituto sin saber lo que iba a ser en la vida, y si hoy soy escritor y periodista es porque me crucé con profesores que me ayudaron a entender que mi mundo no empezaba en La Aldea y acababa en Maspalomas. Aprendí que si te esfuerzas y perseveras en tus sueños puedes vivir donde quieras y emprender cualquier camino en el que realmente creas.
Tuve la suerte de coincidir con compañeros y compañeras que también se comprometieron con todo lo que se nos iba enseñando. Muchos de ellos ocupan hoy puestos de responsabilidad en muchos ámbitos de nuestra sociedad, pero allí aprendí que el triunfo y el fracaso son mendaces y maniqueos, y que lo único que vale es el intento permanente por mejorar, por ser buena persona y por saber cada día un poco más. Podría dar nombres, y sería ingrato si no citara a algunas de las profesoras que me cambiaron la vida. Soy escritor por las clases de Literatura de María Teresa Ojeda o Eduardo Perdomo, por la Lengua que aprendí con María Teresa Arias o Paloma Bermejo, o por el latín que me enseñó mi tía Eladia García. El equipaje que más cuido en mi vida es el de los valores que asimilé en aquel instituto. Tuve la suerte de aprender matemáticas con Encarna Reverter, pero en aquellas clases de matemáticas también se hablaba de la ética y de la impronta del saber y de la libertad que venían enseñando profesores como Marino Alduán o Luis Cortí desde hacía décadas. También aprendimos que la única igualdad es la que nos ofrece a todos las mismas posibilidades de educación y que nuestra cultura es nuestro verdadero patrimonio.

Tenía una nota sobre mi mesa en la que con mi propia letra había dejado apuntado que le tenía que escribir urgentemente a una mujer que se llamaba Brenda. No recordaba a ninguna Brenda; pero me puse a escribir como si la conociera de toda la vida. Me salió una hermosa carta de amor que dejé sobre la mesa antes de salir a almorzar a la calle. A la vuelta estaba sentada en mi despacho. Nos besamos y ella cerró la puerta con el tacón de uno de sus zapatos. Nos acariciamos como si lleváramos demorando cada una de aquellas caricias toda la vida. Luego se vistió y me dijo que pasaba al cuarto de baño. No la he vuelto a ver desde aquel día. La busco entre todas las mujeres que me tropiezo por la calle. Intuyo que se llamaba Brenda, aunque no tuve tiempo de preguntarle si aquella carta de amor era realmente para ella.

Hacía tiempo que se había jubilado, pero no retiraba la placa que estaba junto a la puerta de su casa. Llevaba veinte años viendo cómo ella se detenía cada mañana a la misma hora para retocarse el maquillaje. A la señora de la limpieza le decía que le daba igual el resto de la casa, pero que aquella placa de metal tenía que quedarse como un espejo cada día. No sabía su nombre, pero sí se había tropezado con ella algunas veces en restaurantes o en conciertos de música clásica. Su mujer no entendía su negativa a retirar de una vez su placa de abogado de la pared de la casa en la que llevaban viviendo cuarenta años.

Toda su infancia miraba a aquella mujer con el traje verde y el pelo ondulado y rubio. No la conoció. Ese cuadro había sido pintado veinte años antes de que ella naciera. Hoy se miró en el espejo y se reconoció idéntica a aquella mujer. Era una tía abuela suya, pero en ese momento casi podría jurar que era ella misma la que miraba aquella niña durante horas como si presintiera que terminaría siendo idéntica a la modelo de la pintura. Acaba de llegar de la entrega de orlas de una de sus hijas en la universidad. Viste un traje verde, como aquella señora del cuadro, y tiene el pelo rubio y ondulado.

Al final solo somos imágenes que a veces salen en las fotografías o que alguien recordará cuando ya no estemos y miren esos retratos en los que casi siempre sonreímos como si fuéramos eternos. Marcos Rivero Mentado es un creador que se mueve entre muchas disciplinas rebuscando siempre lo que hay más allá de lo aparentemente visible. Estos días ha comisariado y participa, junto a Cris Noda y Chris Tadeo, en una exposición en la Sala S/T que estará abierta hasta el próximo 29 de mayo. La muestra lleva por título Still Life Vanitas, y en ella se reflexiona sobre la vida, la fugacidad del tiempo y sobre esas vanidades que, siendo siempre mentiras, nos confunden tantas veces en el camino.
En esa exposición me detuvieron muchas imágenes a las que recomiendo que se asomen con ojos que carezcan de prejuicios o de falsos atavismos heredados. Pero entre todas ellas, entre esa Vanitas sobre la que reflexiona Marcos a través de la fotografía, me quedé parado mucho tiempo delante de esa mariposa encerrada en una gran urna de cristal con una vida cuya raíz también está presa en ese espejismo transparente que tanto se parece a nuestra propia vida. Le pregunté a Marcos y me dijo que la mariposa simbolizaba el alma, y que esa imagen trataba de enseñar un alma prisionera y oprimida. Técnicamente es una fotografía muy lograda, con un juego de luces que se reflejan desde muchas partes sin necesidad de hacer uso de focos o de otros alardes mecanizados. Marcos rebusca con la propia luz que encontramos a diario entre todas esas sombras que posiblemente sean las únicas pistas que dejaremos sobre la tierra.
A veces la fotografía también es un espejo en el que podemos mirarnos, algo tan efímero como la nube que pasa sobre nuestras cabezas dibujando formas igual de fugaces que nuestros gestos. Esa mariposa que no sabe que estaba atrapada y que sigue enseñando toda su belleza también se parece mucho a nuestra propia alma. No viene mal asomarnos de vez en cuando a nuestro destino a través del arte. Yo llevo esa imagen de Marcos desde hace días a todas partes, como si la mariposa volara en mis adentros, como si alguien me estuviera observando como yo la observaba a ella en la sala. Luego está la raíz, esa búsqueda interminable que es la vida cuando se empeña en seguir horadando también en el vacío para que todo parezca algo más que un sueño pasajero.

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La puerta del ropero se abre cada noche mientras duerme. Ella no la ve. Entran y salen los sueños que después se quedan entre su ropa. Cuando se viste y se mira en el espejo se ve siempre distinta con cada una de esas camisas o de esos trajes que ella cree que elige al azar. Su manera de pensar, su estado de ánimo y hasta sus miedos cambian con cada una de esas prendas. Ella no lo sabe porque siempre duerme cuando sus sueños están despiertos.

Cuando era pequeño, una de mis tías vivía en la calle Doña Perfecta. A mí me resultaba curioso aquel nombre, y quizá por eso fue de las pocas calles que guardé desde entonces en mi memoria. Cuando correteaba con mis primos detrás de un balón por aquellas pendientes no sabía nada de Galdós ni de sus personajes. El otro día volví a Schamann y fui recorriendo la obra de Galdós a través de sus personajes. Estaban Máximo Manso, Mariucha, Pío Coronado o la misma Doña Perfecta, que aún seguía conservando intactas algunas de aquellas casas terreras de principios de los setenta. Me llamó la atención el mestizaje del barrio, la convivencia de razas y de culturas, las músicas que salían de los portales y esa sensación de que, por más que nos cuenten, los humanos nos terminamos entendiendo aunque los políticos se empeñen en enfrentarse a diario.
En los años en que Pérez Galdós anduvo por la isla, esas calles serían fincas cultivadas con acequias y riegos, y él vería esas lomas desde el barco que le llevó a estudiar el Bachillerato a Tenerife o cuando regresaba desde Cádiz. Hoy 10 de mayo sería su cumpleaños. En 1843 nació el que para mí es el canario más universal y más importante, el espejo en el que trato de mirarme para no perder el norte y para saber que hubo alguien que sin ordenadores, casi ciego y arruinado, no paró de escribir nunca. En las novelas de Galdós se aprende mundología y nos acercamos a esa psicología humana que va repitiendo papeles por mucho que pasen los siglos. Supo asomarse a la vida y aprender de las voces de la calle, viajó todo lo que pudo y leyó hasta perder la mirada siguiendo el rastro de los personajes de Cervantes, de Dickens o de Balzac. Decía que la literatura era un trabajo de galeotes que nunca pueden dejar de remar si quieren llegar a alguna parte. Fue maltratado por los mezquinos de su época y por todos esos que buscaron el poder político cuando vieron que el talento no les alcanzaba para llegar a la altura de genio. Le robaron el premio Nobel y le dejaron morir ciego y arruinado, pero su cortejo fúnebre sacó a miles de madrileños a las calles y sus libros siguen teniendo miles de lectores en todos los puntos cardinales del planeta. Esos personajes cuyos nombres se van cruzando con nosotros por las calles de Schamann también están más vivos que todos los que quisieron silenciar a su autor desde los despachos, o desde esas covachuelas en las que siempre se han reunido los mediocres para matar al que sobresale. Leamos a Galdós para seguir aprendiendo. En su día, sus propios paisanos lo vejaron y lo traicionaron, y muchos años después de su muerte intentaron rematarlo con mentiras y con maldades como aquella de los zapatos. No se crean nunca a los malvados. Cualquier personaje galdosiano los vuelve ridículos solo con las armas del abecedario.

Los murmullos resonaban en el silencio. Ellos creían que no escuchaba, pero aquel bisbiseo llegaba hasta su habitación con todo el eco de la maledicencia. Casi prefería que no hablaran de ella a sus espaldas. Siempre tuvo ese extraño don. No le hacía falta entender nada. En esos casos importan poco las palabras que se repiten porque todas significan más o menos lo mismo. Cuando ella salía, se callaban de repente o empezaban a hablar de otras cosas. Nunca la miraban a los ojos. Ella sí les miraba y veía sus rictus aberrantes debajo de las sonrisas con las que intentaban disimular su farsa.

Se despertó de madrugada y escuchó de fondo el avión que unos segundos antes acababa de sobrevolar su casa. Fue ese ruido el que le despertó. Él creía que se había sobresaltado por un mal sueño, pero había sido el vuelo demasiado bajo de aquel avión el que le había desvelado. En el aeroplano iba la mujer que más había amado en su vida. Volaba de un continente a otro y en ese momento pensó en él sin saber que hacía diez años que se había encerrado en aquel pueblo del norte de África que ni siquiera aparecía iluminado cuando lo mirabas desde tan alto.

Le juro que la campanilla sonó sola. Yo ni siquiera me había dado cuenta de que estaba sobre la mesa. Tampoco conozco el significado de los tañidos. Yo no quería que sonara a muerte. Usted comprenderá que si hubiera podido elegir hubiera hecho que repicara como lo hacía en aquellos días festivos de mi infancia. No fui yo quien le llamó, ni me reconozco en ese que ahora entierran allá lejos. Yo estaba sentado en aquella mesa, contento, esperando a que saliera de su despacho esa mujer que ahora llora entre mis deudos. No me vale que me diga que se ha equivocado y que los muertos, cuando están muertos, ya no pueden regresar a donde estaban.

Siempre fue una mujer guapa, Él era más bajo que ella desde que estaban juntos en la escuela. Hoy se han encontrado en la sala de espera de un aeropuerto. Él la miraba con el mismo disimulo con que lo hacía a los quince años y ella hacía como que no estaba viéndolo. No se saludaron. Y eso que viajaban juntos en primera, uno detrás del otro, los dos solos, como cuando se sentaban en la escuela, él cuatro pupitres detrás de ella y sin atreverse a decirle nunca que era la mujer más bella que había sobre la tierra. Ahora le gustaría decirle que aún sigue siendo bella, la mujer más bella de aquel vuelo.

Sacó la caja del trastero. La abrió y apareció el muñeco que era idéntico a él cuando tenía ocho años. Acababa de cumplir ocho décadas sobre la tierra. Se abrazó al muñeco y crujieron al mismo tiempo las maderas y sus huesos. Se acostó y lo encontraron muerto al día siguiente. El muñeco, que cien años antes ya había sido personaje de novela, y que en el siglo II había sido esclavo en Damasco, se convirtió en un niño de ocho años que a la hora en que enterraban su cuerpo salía del colegio con esa alegría irrepetible de quienes saben que se liberan de las obligaciones y del tedio.

Lo vi aparecer al final de aquella explanada. Se acercó y me miró fijamente. Yo me quedé quieto. No lo conocía de nada. Ha sido hoy, al ver esta foto en el periódico, cuando lo he reconocido. Inventó un mecanismo para mejorar la seguridad de las grúas que mueven mercancías. Según el obituario falleció el mismo día que llegó y me miró como si quisiera despedirse para siempre. No dijo nada. Hoy he sabido su nombre y también que dentro de dos semanas hubiera sido su cumpleaños.

Cada vez que empezaba a hablar en público se aparecía el otro y le robaba las palabras y los argumentos. No sabía de dónde venía el otro, pero que sí que se le metía dentro y que decía lo que le daba la gana. Él casi nunca estaba de acuerdo con lo que repetía con aquella voz engolada, pero tenía un trabajo de cara al público y tres hijos adolescentes que dependían de su sueldo. Por eso prefería callarse antes de que lo tomaran por loco. Todos contaban que era un tipo prudente. Solo abría la boca en esas convocatorias cada vez más multitudinarias. El resto del tiempo callaba por temor a contradecir al otro.

Martina Villar escribe las palabras de las mujeres que no contaron con letras para defenderse. En su novela titulada Entre monstruos y dinosaurios cuenta las biografías de mujeres olvidadas, maltratadas y vejadas en una sociedad que miraba para otra parte cuando sabía que de puertas adentro se vivían infiernos que casi nadie se atrevía a denunciar. Habla de mujeres isleñas, de décadas pasadas, de aquellos colegios que solo soñaban quienes de repente se veían siendo madres y achicando heridas y sufrimientos.
Hay muchas frases en la novela que retratan aquel vacío de quienes no podían encontrar consuelo ni en su propio eco desesperado, ni tampoco en los espejos que devolvían la imagen del horror que ellas trataban de cubrir con los ropajes. "No tuvo infancia porque no jugó". Ni siquiera echó de menos los juegos que se acaban, los años que pasaron y la alejaron de la bicicleta o de la plaza. No jugaban. No eran niñas. Trabajaban desde que daban sus primeros pasos y ya no dejaban de hacerlo hasta que casi no podían mantenerse en pie. "Cada noche huía de los sueños que se convierten en pesadillas". En el libro de Martina las mujeres no podían escapar a ninguna parte. Tenían que atender a sus hijos y ganar lo que ellos no les daban, o fingir con una media sonrisa que todo estaba bien, que habría un mañana; pero luego, cada una de sus noches, parecía un final inalcanzable que además se confundía con los miedos de las madrugadas. "Lola desconocía el abecedario". Todo empezaba arrebatando la cultura y las palabras. Somos esclavos si no nos dan la educación necesaria para poder cambiar nuestro destino ante cualquier circunstancia. Hay muchos guiños literarios en la novela de Martina Villar, muchas citas y referencias a esos libros que tanto nos cambian la vida sin darnos cuenta. Nombra, entre otras novelas, El dependiente. Está escrita por Malamud, un escritor que hay que leer y releer siempre que necesitemos entendernos, uno de los grandes que no tuvo la gloria de muchos de sus contemporáneos, el maestro al que visita Zuckerman, el alter ego de Philip Roth, cuando cuenta cómo son sus principios literarios. Martina ha leído mucho a Malamud y eso ayuda siempre a saber contar lo que se quiere decir sutilmente y al mismo tiempo de forma contundente. No le preguntaré cuánto hay de cierto en estas historias que además se acompañan de viejas fotografías que ilustran ese tiempo en blanco y negro que aún se repite en muchas casas y que seguimos encontrando tantas mañanas en las páginas de Sucesos. La escritora le da voz a quienes no tuvieron ni esperanzas ni abecedarios. Las cuenta para salvarlas, o para que los que vengan más tarde no olviden que la barbarie está siempre acechando donde se aniquilan los valores y donde las escuelas dejan de ser espacios casi sagrados.

El balón tocó la red y desapareció para siempre. Eran los tiempos en que los partidos no eran televisados. Aquel hombre me contó que el balón entró en la portería y que cuando el portero fue a buscarlo no encontró nada. El árbitro, que estaba ya en el centro del campo, volvió y anuló el gol, y luego puso en el acta que había sido un gol fantasma porque el balón había desaparecido. Ese hombre, que tenía una prometedora carrera, se retiró para siempre. Muchos años después pidió entrar a aquel mismo estadio y encontró el balón al fondo de la portería. Se lo llevó a su casa y de vez en cuando sale a la calle botándolo como si fuera un niño. Nos dice a todos que ese es el gol que marcó su vida.

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