los blogs de Canarias7

Archivos Abril 2016

Sacaban los asientos de aquel cine que acaban de cerrar en la ciudad en la que vivía hace treinta años. Regresaba después de mucho tiempo. Los sillones seguían pegados unos a otros, a veces la fila entera y otras veces tres o cuatro asientos. También había muchos separados de dos en dos. Reconocí tu sombra y el lugar en el que siempre nos sentábamos a ver los estrenos. Seguíamos allí, sentados juntos, mirando a la pantalla, pero sabiendo que el otro estaba justo al lado y que al encender las luces volveríamos a reconocernos en nuestras miradas. Aquellos hombres tiraban los asientos en un camión desvencijado. No creo que los reutilizaran en ninguna parte. Llevaban muchas horas de cine y de amores olvidados debajo del polvo que casi no dejaba ver el color granate que también reconocían todos los actores y todas las actrices que se asomaban desde el otro lado de la pantalla.

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De repente la vi en el cuadro y desapareció de mi lado. Habíamos viajado juntos a París. La conocía hacía dos años. Cuando regresé nadie se creyó la historia y tampoco la recordaban. Decían que yo nunca había estado con esa mujer del cuadro que está en el Louvre, que nunca había amado a La Gioconda.

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Plantaba un árbol y crecían figuras de Lego porque cuando era niño, mucho antes de que le diera por repoblar el solar que está delante de su casa, ya había enterrado aquellas piezas que estaban mucho más abajo que las raíces esperando a que alguien las regara para mirar al cielo.

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Fue a buscar el pan. Se lo dieron en una bolsa de plástico transparente. Tenía mucha hambre y mucha prisa. Trató de desatar el nudo de la bolsa y cuanto más lo intentaba más difícil le parecía. No sabe qué fue lo que sucedió, pero de repente se encontró sus dos manos metidas dentro de la bolsa y con el nudo aún sin desatar. No podía sacarlas. Tocaba el pan pero no podía comérselo. Tampoco podía llamar a nadie por teléfono ni abrir la puerta de la calle. Lo encontraron cinco días más tarde, con el pan lleno de moho y sus dedos blancos y helados como el mármol.

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Soñó con el mar. Se bañó en la playa durante todo el sueño. Cuando se levantó no se dio cuenta de las algas que iban cayendo de su cuerpo mientras caminaba hacia el cuarto de baño. En lo que se duchó, su perro se comió aquellas algas saladas que habían caído de su espalda como dicen que le caen los cabellos a las sirenas cuando están mucho tiempo fuera del agua.

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Hablaba y explicaba con unas palabras extrañísimas los detalles de aquella inversión y de aquellos negocios inmobiliarios en los que iba a participar mi empresa en China. Yo lo miraba cuando de repente todo lo que me decía se empezó a convertir en canción española. Cantaba coplas en el interior de mi cabeza y fuera seguía vendiendo las virtudes de aquellos rascacielos con nombres raros. Al final le aplaudí y todos me miraron como si estuviera loco. El que hablaba era suizo, hijo de padres helvéticos, y no conocía ninguna de las coplas que yo le decía que había estado cantando. Ni siquiera hablaba en español. Me mira raro de entonces. Cuando paseo entre los callejones de aquellos rascacielos de los que hablaba escucho los ecos de Marifé de Triana, de Concha Piquer y de Estrellita Castro. Los chinos no lo saben. Ellos creen que es el aire mezclado con el escándalo de los coches y de las máquinas que están por todas partes.


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Salió a la calle a respirar un poco de aire puro y, sin que pudiera evitarlo, un insecto le bajó por el gaznate. No sabía lo que se había tragado. No cantaba, o por lo menos su canto no atravesaba sus carnes. Volvió a su mesa de trabajo y empezó a recordar paisajes que nunca había visitado, flores con grandes corolas, pájaros enormes que sobrevolaban por encima de los árboles y maderas con olor a roble o a acacia que saboreaba a medida que las libaba lentamente. Su compañera de toda la vida lo mató de un zarpazo. Recogió la polilla muerta con una servilleta de papel y se asomó a la ventana a ver por qué su compañero de trabajo estaba tardando tanto.

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Te teníamos vigilado. Nunca estuviste solo. Siempre aparecíamos para salvarte en el último momento. Tú hablabas de milagros o de sucesos extraños. Ahora puedes empezar a entender todo. Ellos también pensarán que tú estás muerto. Tienes que ser muy sutil y muy discreto, incluso has de dejar que caigan de vez en cuando para que no se lleguen a creer eternos. Recuerda que son humanos y que tú fuiste como ellos.

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Vestía con la misma ropa y tocaba un violín idéntico. Él la movía con el pie cuando tocaba el instrumento con los dedos. Era de madera, como Pinocho, y como aquella otra marioneta de un príncipe que ella tuvo de pequeña. Lo recogió del suelo cuando el músico tocaba con los ojos cerrados embelesado por su belleza. Se lo ha traído a su casa. Se ha vestido con su traje de noche preferido y ha reservado una mesa para dos en el mejor restaurante de la ciudad antes de besarlo.

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Un pasillo oscuro en una casa a la que no había vuelto desde que era niña. Caminaba tanteando el espacio antes de cada paso. Al fondo había una luz que entonces era el despacho de su padre y que ahora es el camino de regreso a un lugar que aún no conoce. Ni siquiera recuerda la edad que tiene en ese momento. Sí se le aparecen las caras de sus nietos y todos los perros que tuvo antes de estar muerta.

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Dejaba al hijo en el colegio. Subía al coche y aparcaba a cinco o seis calles de la puerta del centro escolar para no gastar gasolina. Luego se sentaba y esperaba toda la mañana a que sonara el móvil y lo llamaran de alguna de las oficinas en las que había dejado su curriculum los últimos meses. Nadie sabía en su casa que se había quedado en paro de la noche a la mañana. Con la indemnización había colocado cristales tintados en el vehículo. Miraba desde dentro sin que nadie lo viera hasta que llegaba la hora de recoger a su hijo en el colegio.

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Cada mañana siente los latidos del despertador unos segundos antes de que suene. No sabe ni para qué lo pone cada noche porque antes de que suene ya está despierto. Siempre decía que era el cuerpo el que se había habituado a esos despertares, pero hace unos días escuchó el latido nítidamente. También, cuando llega al cuarto de baño, puede escuchar al termo bostezar momentos antes de que abra el grifo del agua caliente para ducharse. La máquina del café llegará un día en que se ponga en marcha sola. Le espera porque necesita agua. Y hay mañanas en que la propia máquina de su cuerpo también se activa antes de que él despierte. Luego le dice a los amigos que acaba de tener una dejá vú o les habla de presentimientos. Pero debería contar la verdad y decirles que está seguro de que su cerebro ya ha pensado previamente todo lo que luego le termina sucediendo. Y a veces hasta lo deja escrito. Este texto es una prueba.

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Acababan de cumplir las bodas de plata. Siempre fue una pareja feliz. Ella acabó Historia del Arte al mismo tiempo que él finalizaba Derecho. Se casaron y tuvieron tres hijos. Uno de ellos ya es idéntico al violinista del cuadro. Ella eligió a su marido porque era exactamente igual que un violinista de un cuadro del siglo XIX que se exhibía en un museo al que iba casi cada día desde adolescente. El día que vio a su futuro marido reconoció al violinista de inmediato, y cuando tuvo su primer hijo le acercó un violín casi antes de que aprendiera a caminar. Hoy es el vivo retrato del cuadro. Lo mira durante horas mientras ensaya. Su marido, a medida que ha ido envejeciendo, ha perdido parte de aquel parecido que le atrajo cuando lo encontró por primera vez en la cafetería de la ciudad universitaria.

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Nuestros destinos se escriben siempre mucho antes de que lleguemos, y no solo los lugares en los que vivimos, los libros que leemos o las circunstancias determinan nuestra existencia. Una partera se tomaba su tiempo para que la criatura que llegaba al mundo pudiera respirar por vez primera el oxígeno, ese milagro diario que nos reconcilia con la naturaleza y que nos sirve para seguir creyendo que, más allá de nuestros desastres y de nuestras pendencias, la vida es un don casi divino ante el que no podemos dejar nunca de sorprendernos. Cuando esa partera seguía los pasos que le habrían enseñado su madre y su abuela, la vinieron a buscar porque en el otro lado del pueblo otra mujer se había puesto de parto inesperadamente. Trajo a la vida a una niña y se marchó corriendo a atender el parto del primogénito de otra familia cercana. Uno imagina las carreras de Celestinita la partera por las calles del pueblo en el que yo luego corrí creyendo que la vida no era más que una infancia eterna de juegos y divertimentos.
Pasaron los años y aquel niño y aquella niña fueron haciendo su vida, estudiando, trabajando y soñando con sus respectivos futuros. Ella tuvo un novio de muchos años y él una novia con la que también estuvo a punto de casarse, pero se cruzó el azar veintisiete años después de que aquella partera les trajera al mundo en un pueblo del norte de la isla de Gran Canaria. Ella nació el 16 de abril de 1939 y él un poco más tarde, ya el 17 de abril; pero no se llevaban más que unas horas. Nunca les he preguntado qué canción estaba sonando cuando se reconocieron con veintisiete años en una verbena de las fiestas de la Virgen de Guía en la que él había ido a buscar a su hermana pequeña. De aquella canción supongo que nacería todo. Se miraron, se reconocieron mucho más allá del tiempo e improvisaron toda su nueva vida de inmediato. Se casaron en unos pocos meses y dentro de unos días cumplirán sus Bodas de Oro. Llevan juntos cincuenta años, tuvieron cuatro hijos, pero la vida les arrebató a su hija más querida, y aun así supieron seguir adelante y seguir creyendo en ese azar que les trajo al mundo en el mismo lugar y casi al mismo tiempo. Hoy los miro, mayores, con los achaques de la salud y los años, jugando con sus tres nietas y felices de todo lo que ha escrito el destino en sus existencias. Todo lo que soy se lo debo a ellos. Él casi nunca disfrutó de vacaciones y ella trabajaba en el colegio dando clases y luego se ocupaba de nosotros. Aprendí los valores en los que he cimentado mi vida y me enseñaron que la honradez, el esfuerzo y la bondad terminan por abrir casi todas las puertas. Entre ayer y hoy los dos han cumplido setenta y siete años. Les debía estas palabras hacía mucho tiempo.



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Trabajaba limpiando las fuentes. Cada mañana retiraba las flores y las hojas secas que flotaban en el agua. Lo intentaron cambiar de trabajo muchas veces. Le ofrecían más dinero y mejores condiciones laborales, pero nunca quiso dejar ese puesto. Tenía que limpiar cuatro fuentes del casco viejo de la ciudad. Vivía para ellas. Había pedido no jubilarse pero le obligaron. Ahora viene cada día entre las cuatro y las siete de la mañana a limpiarlas. La empresa que ganó el concurso para el mantenimiento solo se limita a cerciorar cada día que están limpias. Él habla con cada una de las fuentes cuando las adecenta. Y luego viene cada tarde y se sienta un rato con cada una de ellas a escuchar lo que le cuentan con el sonido del agua. Él sabe que no hay dos fuentes que suenen iguales.

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Sergio Gil siempre llega cargado de carpetas y de sueños, te habla quedamente, y parece como si viniera de muy lejos, como si fuera uno aquellos artistas que esbozaban trazos en las grutas prehistóricas y entre los riscales de nuestras cumbres. Es un autodidacta, pero le ha sobrado intuición para saber dónde quiere colocar cada uno de sus pasos y para atisbar la magia del arte en cada pincelada. Ahora regresa, o llega con el trabajo de todos estos años, y se acerca de nuevo quedamente y te enseña una carpeta en la que encuentras otros colores y otras intenciones, como si hubiera mudado su piel de antaño por esa piel que queda cuando uno es capaz de desprenderse todo lo que cubre la epidermis más profunda del alma.
No se aprende solo estudiando o viajando. Se aprende observando a conciencia y siendo capaz de mantener la humildad del eterno aprendiz en la mirada. En una gran crisis creativa, Eduardo Chillida escribió esta frase: "tengo las manos de ayer, me quedan las de mañana". Pocas veces he leído algo tan certero para describir el arte, y creo que Sergio Gil suscribiría ese adagio de Chillida porque él también se ha reinventado en esta nueva obra, ha saltado a ese vacío al que solo se acercan los que arriesgan y ha salido airoso, con esa satisfacción de quien sabe que tanto esfuerzo y tantas revolturas de los estados de ánimo han merecido la pena. Un pintor triunfa cuando sabe que ha logrado plasmar en el lienzo lo que llevaba buscando desde hacía muchos años. Ha dejado atrás la figura reconocible, el color luminoso, y se ha adentrado por otros caminos, tanteando entre las sombras como decía Kafka que se debe buscar cuando solo se tienen atisbos y ninguna certeza. Y estoy seguro de que Sergio ya está rebuscando otros senderos nuevos para seguir aprendiendo. Aquí deja el basalto como recuerdo, la piedra ígnea que tiñe sin inventar colores porque los colores se inventan cada vez que alguien los remueve desde su propio misterio. La materia es casi siempre la misma, lo que cambia es el sentimiento que uno ponga sobre ella, ese corolario de todo lo que llevamos vivido, las heridas que jamás se cierran, los amores que nunca terminan, el solajero de la tarde lejana de la infancia y ese océano que Sergio Gil lleva redescubriendo últimamente de la mano de Eduardo Westerdahl, de Pedro García Cabrera o de Domingo Pérez Minik. Sigan el rastro de esos verdes, de esos rojos, de esos azules y de esos negros que dejan entrever los recovecos más profundos del artista, ese abstracto que también acabamos siendo los humanos cuando se nos mira desde lejos. Busquen al fondo de todos esos cuadros. Hay un mundo detrás que pertenece a cada una de los ojos que sepan buscar mucho más allá de las certezas.

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Te van contando la vida a través de la música. La vida de Ernesto Lecuona y la de cualquiera de nosotros, la vida en las ciudades, en las teclas de los pianos, en las miradas de la gente y en ese silencio que va quedando entre dos planos como se queda siempre el silencio entre dos sueños. Hacía tiempo que no me llevaban al séptimo cielo, a ese lugar en donde las emociones se van encadenando mágicamente detrás de cada acorde y de cada plano. Las imágenes de Nueva York, La Habana, Sevilla o La Laguna son prodigiosas, de una poética y de una intensidad tremenda. El director de fotografía, Santiago Torres, ha hecho poesía con cada uno de sus planos, y el final, que no desvelo para que se sorprendan cuando la vean, con Michel Camilo caminando en medio de una tormenta, es de las escenas más emocionantes que haya visto jamás en la gran pantalla. Pero luego está la mano de los directores, y del codirector y productor, Juanma Villar, que tenía ese documental en la cabeza mucho antes de ser rodado y que ha logrado grabar lo que contaba antes de que fuera cierto, siempre y cuando el cine, como la vida, sea algo real y no un sueño necesario para seguir sobreviviendo. Y luego está todo el duende y todo el aprendizaje del arte, ese trabajo diario de quienes parece que improvisan y no hacen más que rebuscar entre las miles de horas que han estado delante del piano. Y qué grande Lecuona interpretado por todos los músicos y cantantes que aparecen en el documental, a la altura de Gershwin, o como dicen en la película un Gershwin con ecos hispanos y afrocubanos que es capaz de fusionar a Bach con el tambor del guaguancó, con los ritmos que escuchaba en su infancia habanera, o con los ecos canarios y andaluces que tarareaban en su casa. Vayan a ver Playing Lecuona. Cada ciudad, como dice ese genio llamado Gonzalo Rubalcaba, tiene su propio sonido en las calles, y solo hay que saber buscarlo y escucharlo. Eso fue lo que hizo Lecuona y lo que han hecho los intérpretes de su música y quienes la cuentan en las imágenes. Y estoy con Michel Camilo: Lecuona debe estar sonriendo contento, escuchando y mirando desde ese séptimo cielo al que a veces nos invita el arte.

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Los objetos que pierden su función en nuestras vidas suelen desaparecer de nuestro entorno sin estridencias y sin que casi nos demos cuenta de ese abandono. Los coches de hace treinta años, las primeras batidoras, los ventiladores enormes que veíamos en todas partes o aquellas primeras computadoras que nos parecían de ciencia ficción se borraron de repente de nuestros paisajes cotidianos. Siempre hay alguien con un espíritu de Diógenes que se niega a tirar esos artefactos, pero sus casas se llenan de polvo o se quedan habitadas solo por esos mecanismos a los que la bulimia tecnológica va dejando fuera de todos los usos.
El otro día estábamos viendo el mediometraje de La cabina que dirigió Mercero. En aquella claustrofóbica y desastrosa historia que protagonizaba José Luis López Vázquez todos nos sentíamos protagonistas porque habíamos entrado a esas mismas cabinas infinidad de veces. En casa de esos amigos, el hijo pequeño, de ocho años, nos preguntó que qué eran esos aparatos y que dónde los podía encontrar. Nos miramos unos a otros y nos dimos cuenta de que casi no quedan cabinas, y que los pocos teléfonos públicos que encontramos ya están fuera de aquellos armatostes con los que Mercero nos agobió prodigiosamente. Aquel niño no entendía la razón de esas cabinas que en Londres forman parte del paisaje más reconocible aunque casi nadie llame a ninguna parte desde ellas. Las pocas que vemos están desvencijadas, pintadas por todas partes y saqueadas por quienes buscan monedas para sus dosis diarias. Quienes asistíamos a aquel asombro del pequeño teníamos entre cuarenta y cinco y cincuenta años, y todos, sin necesidad de decirnos nada, visualizamos decenas de cabinas en las que nos contaron muchas de las noticias que cambiaron nuestra vida. Dentro de esos aparatos juramos amor eterno, estuvimos pendientes de resultados de notas escolares o seguimos el destino de un familiar ingresado en un hospital. Los que hemos vivido en ciudades lejanas tenemos aún más complicidad con esas cabinas que ahora desconocen quienes se mueven en la pantalla táctil mejor que cualquiera de nosotros. Casi me sentí como el protagonista de Mercero cuando lo dejan en aquel lugar lleno de cabinas con hombres perdidos para siempre en sus adentros. Nosotros también seguimos marcando números en esos teléfonos, esperando a que alguien nos responda al otro lado y a que en la casa de nuestra novia adolescente no contesten nunca sus padres. Le explicamos al niño lo que era una cabina como nos explicaban a nosotros lo que era el cambullón o el estraperlo. Y él nos escuchó con la misma cara con la que nosotros escuchábamos aquellas explicaciones de nuestros abuelos. Como si le hablaran en chino o le cantaran canciones con músicas perdidas en el tiempo.


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Solo pintaba sobre sábanas viejas. Lo veías recorriendo la ciudad y preguntando en las casas si sobraban sábanas que ya no usaran. Pagaba por ellas. No sabía pintar y era el pintor que más vendía y que mejores críticas estaba recibiendo. Decían que había revolucionado el mercado del arte. Lo único que hacía era calcar los sueños que se ocultaban debajo de esas sábanas que usaba como lienzos.

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Mi madre me dijo siempre que rompió aguas y que me sacaron en pocos minutos. Sí es cierto que cuando me rozó sentí un estremecimiento, como si alguien me estuviera tocando desde un lugar lejano. Le agradezco la pericia de aquel día y que se haya acercado a recordármelo tantos años después. También que me dijera que estuve muerto unos pocos segundos. No sé si hicieron bien ocultándoselo a mis padres. Supongo que yo no notaria nada porque apenas me había acostumbrado al oxígeno. Tocando su mano sí entiendo un poco mejor por qué siempre me he enamorado de mujeres con dedos largos y estilizados. De alguna manera lo único que he hecho todos estos años es perseguir aquella primera caricia que me salvó de la muerte.


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La ve todas las mañanas maquillándose antes de que el semáforo se ponga en verde. Ella no lo ve porque mira para el espejo y él pasa siempre por delante. Solo levanta la mirada cuando escucha que arrancan los otros motores, aunque con los años ya sabe el tiempo exacto que tarda ese semáforo. Se pinta rápido los labios y se maquilla con rímel alrededor de los ojos. Él la mira desde el otro lado cuando cruza. Un día se estos quiere pasar entre los coches y asomarse a su espejo retrovisor para decirle que está perdidamente enamorado de ella.

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Se quedó solo con su perro en la calle. Era de madrugada y la llave se le había quedado dentro de su casa. Hacía mucho frío y en la ciudad no había nada abierto a esas horas. Deambularon toda la noche de un lado para otro hasta que por la mañana pudo avisar a un vecino para que llamara a un cerrajero. Había salido sin teléfono móvil. El vecino le dijo que no lo conocía de nada. Nadie lo conoció aquella mañana en que llegó muerto de frío con su perro. Ahora vagan los dos por las calles. Él pide limosna y el perro se echa a su lado. En su piso hay una luz que se enciende un rato cada noche. Él la mira desde lejos sin atreverse a tocar el timbre. Tampoco regresó a su lugar de trabajo. No tenía ni dinero, ni llaves, ni teléfono. Dormía en los parques y se abrigaba con papeles de periódicos antes de acostarse con su perro entre cartones. Una de esas noches desaparecieron los dos. Ahora está abriendo una puerta en una ciudad en la que no recuerda haber estado antes. Una mujer le dice que le llevará al día siguiente al médico. Le habla de las secuelas de un golpe y de un perro que se les murió hace dos años.

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Fueron muchas horas entreteniendo a la mente con sueños lejanos. Yo repetía las tablas de multiplicar o escuchaba explicaciones tediosas de botánica mientras volaba lejos. Nunca se dieron cuenta. Trataba de no mirar a la ventana y desde entonces aprendí a mirar muy adentro para viajar lejos. Sé multiplicar y conozco las partes de las flores, pero cuando me acerco a los números sigo jugando más a la cábala que a las matemáticas, y a las flores las reconozco mejor por los olores que por todos aquellos elementos con nombres raros que tenías que dibujar en cartulinas o memorizar para aprobar los exámenes. Nunca entendí que el geranio pudiera tener pedículo o corola. Los geranios eran geranios como eran rosas las rosas del poema de Gertrude Stein o las que regaba mi abuela en el pequeño huerto que tenía detrás de su casa.

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Llegó el tiempo en que la música nos terminó conociendo. Era ella la que nos elegía a nosotros sabiendo de antemano que no sería rechazada. Abrías los ojos y sobre la marcha empezaba a sonar Bach, Camarón o Dylan. No hacía falta apretar ningún botón ni seleccionar ningún archivo. Sonaba en toda la casa o en los auriculares y nosotros sentíamos que por fin nos conocían no solo por nuestra cara. Si cerrabas los ojos todo quedaba en silencio, pero hay quien dice que esa música también sigue sonando en los sueños.

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Escuchaba el llanto de un bebé en el piso de arriba. Hacía años que no vivía nadie. El bebé lloraba todas las madrugadas entre las cuatro y las cinco de la mañana. El resto del tiempo ni siquiera se escuchaban pasos en el suelo. Tampoco escuchó a nadie que calmara a aquel bebé desesperado. En su casa nadie se había quejado de aquellos llantos que a él le desvelaban cada noche. Ni su mujer ni sus hijos hablaron nunca de ese bebé. Fueron pasando los años y los llantos se convirtieron en soliloquios. Aquel niño que ahora es un hombre le fue contando su vida cada noche, una vida que terminó siendo idéntica a la suya.

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Últimamente recibía llamadas a todas horas de empresas relacionadas con seguros de vida. Todas las compañías le ofrecían ventajosas pólizas si fallecía. Él callaba mientras ellos explicaban las condiciones. Le decían que sus hijos se podrían beneficiar de grandes cantidades si suscribía cualquiera de aquellas pólizas con nombres extraños. Tenía la sensación de que querían echarlo del mundo. Se conoce que estas empresas sabían que tenía ochenta años y ningún seguro de vida. Pero ninguna de ellas sabía que no tenía ni mujer ni hijos, ni que cada una de aquellas llamadas era como una especie de recordatorio del poco tiempo que le podía quedar de vida. Los escuchaba y luego los despedía con cajas destempladas. A veces les decía que él era eterno y que vería morir a todas esas compañías en los próximos cien años.

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Había un cocodrilo en su cuarto. Dormía con el cocodrilo dentro. En la pesadilla tenía mucho miedo y nunca quiso saber si realmente estaba despierto.

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Le bastó con cambiar las rutinas diarias para ser otro diferente. Se amarró los zapatos de izquierda a derecha, y no de derecha a izquierda como llevaba haciéndolo toda la vida, desayunó en la cafetería que estaba justo en frente de la que frecuentaba hacía quince años, cruzó la calle por un semáforo más alejado que el habitual, fue por la acera contraria hacia el trabajo y al regresar a casa, en lugar de salir corriendo, se paró a tomar un aperitivo en una terraza. Luego regresó y escuchó música en lugar de ver la tele, y besó a sus hijos en la frente en lugar de hacerlo en la mejilla, y a su mujer le tocó la nuca en lugar de acariciarle la cintura, que es lo que llevaba haciendo todos estos años cada vez que ella regresaba. Se sentía un hombre totalmente distinto y tenía esa extraña sensación de estar descubriendo todo por vez primera.

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