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Tropiezos literarios

Se vieron por primera vez en la calle Preciados. A ella se le cayó al suelo una bolsa con libros y él se acercó a recogerlos. No se dijeron nada durante algunos segundos. Luego él la invitó a merendar en la Mallorquina. Siguieron sin decirse nada hasta el momento de pedir lo que querían para merendar. Él optó por un café con leche y una napolitana de crema. Ella no se complicó y dijo que quería lo mismo. Hablaron de los libros que habían caído al suelo. Entre otros, estaban Rojo y Negro, Madame Bovary o El doctor Centeno. Anselmo le confesó que nunca leía, y ella entonces le empezó a contar lo que encontraba en los libros. Le prestó el libro de Galdós y quedaron en verse de nuevo la tarde del día siguiente en el mismo sitio. En la segunda cita ella le contó que era huérfana, y que a su padre, profesor de instituto, lo habían matado los fascistas al terminar la guerra. Su madre había muerto hacía un año. Él le dijo que tenía familia pero que estaba solo en el mundo, sobre todo en Madrid. Ana trabajaba de bedel en la Facultad de Medicina de la Complutense. Cuando se quisieron dar cuenta no podían estar el uno sin el otro. Se casaron al año siguiente y se fueron a vivir casi con lo puesto a una casa de alquiler en Embajadores. Luego surgió lo de la compra del piso de San Simón y no se lo pensaron. No pudieron tener hijos; pero ningún hijo hubiera paliado la pena que él sentía por su ausencia. A él le gustaba sentarse un rato cada tarde en la terraza para recordarla. A veces hablaba con ella, bajito, para que los vecinos no pensaran que se estaba volviendo loco y terminaran llamando a alguna parte para que lo encerraran. Cuando vivía la perra por lo menos tenía a quien acariciar mientras hablaba, pero tras la muerte de Gilda se quedaba siempre acariciando sombras cuando atardecía y aún no había encendido la luz de la terraza. Ana consiguió que leyera y que amara la literatura. Empezó con El doctor Centeno y no ha parado en todos estos años. No sabe para qué le han servido los libros, pero sí tiene claro que no hubiera podido vivir sin ellos, o que por lo menos su vida no hubiera sido nunca la misma sin la abstracción y la emoción de tantas y tantas historias memorables. Hubiera estado incompleto. Él cree que casi todos los humanos están últimamente incompletos precisamente porque no leen. Lo ve en los viejos como él que se sientan en los bancos y se comportan como si volvieran a tener diecisiete años. No han hecho más que trabajar, criar hijos, enterrar muertos y ver partidos de fútbol. Sólo hablan de fútbol o de televisión, o entran en una depresión de caballo que los paraliza y los vuelve medio lelos.

Este texto es un extracto de la novela Sentados publicada hace unos años en Anroart Ediciones y reeditada en digital hace unas semanas.

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