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Los regalos

Me contaron su historia hace unos años. Y la cuento ahora porque ya no está y porque no voy a dar ningún nombre ni ninguna referencia personal con la que se le identifique. Era un hombre admirado, querido, casi siempre con una sonrisa tranquilizadora y serena dibujada en la comisura de sus labios. Si lo veías por la calle jamás podrías imaginar lo que ahora te voy a contar. Realmente casi nunca imaginamos las vidas de todos esos seres anónimos que nos vamos tropezando por la calle, pero de puertas adentro, cada uno vive su propio cuento o el cuento que la vida le ha regalado para que habite unos años en este planeta. A mí me contó su historia uno de sus sobrinos. No tenía hijos. Se había separado hacía muchos años y vivía solo. Era un gran lector, y de hecho casi todos sus regalos eran libros, o paquetes que con el paso de los meses olvidaba y que luego abría como si realmente hubiera sucedido un milagro la noche de Reyes.
A lo largo del año iba envolviendo y guardando objetos curiosos, libros y distintos detalles decorativos para su casa. Los envolvía en papel de regalo y luego colocaba su zapato cada 5 de enero en el salón. No diré quién ponía luego esos paquetes envueltos en papel de regalo delante del árbol de Navidad y junto a sus zapatos. Dejemos algo para la magia. Digamos que él se levantaba cada seis de enero y se encontraba los regalos que llevaba soñando a lo largo de todo el año. Le costaba quedarse dormido, y jamás se esperaba a la noche antes para envolver nada. El día de Reyes comenzaba el siete de enero del nuevo año y terminaba cuando todos esos paquetes se amontonaban entre los sillones y la televisión que también se había encontrado una de esas mañanas de Reyes. Él mismo protagonizaba su propio cuento de navidad. Luego le llamaban por teléfono sus sobrinos y contaba hasta el último detalle de cada uno de esos regalos. También dejaba paquetes para sus familiares y escribía el nombre de alguno de los Reyes en cada uno de ellos. Su sobrino me contó que en los últimos años, a medida que iba perdiendo la memoria, iba disfrutando cada vez más de ese juego con el que siempre quiso perpetuar su infancia. No se acordaba de lo que había guardado en marzo o en septiembre, y cuando abría el paquete se comportaba igual que en los días en que encontró en el salón de la casa de sus padres la bicicleta roja con la que luego parecía que volaba por la calles, el fuerte con indios y vaqueros o aquel balón de reglamento firmado por sus ídolos de infancia. Sus familiares echan de menos aquella magia que él compartía cada 6 de enero; pero se negaron a encontrar su salón vacío de regalos. Ahora sus sobrinos se encargan de que cada día de Reyes aquel salón siga siendo igual de luminoso que entonces. Todos se citan allí para abrir sus regalos, y siempre hay un paquete a su nombre. Como cuando él estaba.


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