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El peine

Encontró un peine en su mesa de trabajo. Él no se peinaba desde que había salido del colegio. Se duchaba cada mañana y dejaba que sus rizos se asentaran con toda naturalidad. Si acaso se ponía un poco de gomina si tenía algún compromiso protocolario. Nunca había observado un peine con tanto detenimiento. Tampoco el peine había mirado de frente a un humano tanto tiempo. Ninguno de los dos se movía. Las cerdas del peine parecía que se le iban a tirar a la cara en cualquier momento. Lo vinieron a buscar para llevárselo porque decía que le tenía miedo a los felinos con muchas garras. Su compañero no le contó a nadie que se había tratado de una broma. Nunca pensó que aquel hombre que parecía tan equilibrado se viniera abajo con un objeto tan sencillo y tan cotidiano como esos peines que se colocan junto a muchos lavabos. Era atigrado, amarillo y negro, y es verdad que parecía un felino si lo mirabas mucho rato sin cerrar los ojos ni un momento.

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