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Archivos Enero 2016

Se quedó encerrado en su abrigo. La cremallera lo aprisionó a la altura del pecho, atrapó sus manos, que se enredaron de tal forma en el forro interior, que quedaron totalmente paralizadas. Estaba solo en mitad del parque, en Londres, en una fría mañana de enero. El juez no sabía qué escribir en su informe cuando estaba redactando el atestado. No había signos de violencia. Parecía como si aquel hombre se hubiera querido morir en su propio abrazo.

La niña le curó la herida con una tirita. Ella había escuchado que estaba mal y le preguntó que dónde le dolía. Él le respondió, por decirle algo, que en el dedo,y ella entonces sacó una tirita amarilla con el dibujo de un miniums y se lo puso justo donde él le había dicho que le estaba doliendo. Ahora se mira el dedo todo el tiempo y se olvida de aquella tristeza imbécil (como casi todas las tristezas) que le había tenido aliquebrado y quejumbroso todo el día.

Encontró un peine en su mesa de trabajo. Él no se peinaba desde que había salido del colegio. Se duchaba cada mañana y dejaba que sus rizos se asentaran con toda naturalidad. Si acaso se ponía un poco de gomina si tenía algún compromiso protocolario. Nunca había observado un peine con tanto detenimiento. Tampoco el peine había mirado de frente a un humano tanto tiempo. Ninguno de los dos se movía. Las cerdas del peine parecía que se le iban a tirar a la cara en cualquier momento. Lo vinieron a buscar para llevárselo porque decía que le tenía miedo a los felinos con muchas garras. Su compañero no le contó a nadie que se había tratado de una broma. Nunca pensó que aquel hombre que parecía tan equilibrado se viniera abajo con un objeto tan sencillo y tan cotidiano como esos peines que se colocan junto a muchos lavabos. Era atigrado, amarillo y negro, y es verdad que parecía un felino si lo mirabas mucho rato sin cerrar los ojos ni un momento.

Se iba parando de vez en cuando. Regresaba a su casa y alguien había dejado por todo el trayecto páginas de un libro que él iba leyendo poco a poco. Contaba su vida. Habían narrado su existencia y la habían publicado en un libro que ahora aparecía deshojado por donde transitaba a diario. Se reconoció personaje. No era la persona que creía que era sino solo aquella que alguien contó en una novela que estaba desperdigada por la calle. La gente pasaba a su lado como si no existiera. Solo quien leyó alguna de aquellas páginas lo llegó a ver en su mente como mismo se veía él cuando se iba reconociendo en las palabras.

Cuando rasparon la pared apareció aquel dibujo extraño. No representaba nada conocido; pero se notaba que no eran trazos azarosos, ni formas creadas por la humedad o el tiempo. Quien trazó aquellos símbolos no era una persona muy alta. Las formas quedaban a la altura de mi estómago. Yo era arqueólogo y tenia que inventarme una procedencia y relacionarla con algún pasado más o menos conocido. No me atreví a decir que allí alguien había creado algo distinto con tres rayones y unas cuantas formas improvisadas. Le atribuí un origen fenicio y todos quedaron contentos; pero desde que lo vi no se me borra de la cabeza. Parecían los trazos de una vida que hubiera vivido hace cientos de años, y me llegué a ver en sueños dibujando aquellos frescos. Era un niño, pero ya entonces sabía que iba a ser el que soy ahora y que acabaría redescubriéndome delante de esos dibujos que todos creen que son fenicios. Había pintado para avisarme mucho siglos más tarde, para saber que venía de muy lejos y que necesito seguir pintando para reconocerme en otro tiempo.

El niño iba improvisando canciones por la calle, letras inventadas a medida que iba viendo escaparates, colores o gente que pasaba. Su padre no estaba atento. Si lo hubiera escuchado habría descubierto un poeta. Lo fui cuando pasaron unos años. Yo era ese niño que cantaba canciones por la calle hace ochenta años. Ahora solo soy un viejo que tararea recuerdos, y me aparece el eco de esas canciones que no se grabaron en ninguna parte. Olvido lo inmediato y recuerdo todo lo que improvisaba en mi infancia, aquellas canciones y la mano tierna y segura de mi padre.

Siempre ha habido turistas. Distintos turistas, de muchas procedencias, de clases sociales diferentes, todos buscando lo que no tienen en su tierra, unos rayos de sol, la playa, un barranco que les haga parecer que están solos en el mundo, gente que camine por las calles sin prisas, comidas que no se parezcan a las suyas, arquitecturas casi coloniales, isleños con rasgos de muchas razas en sus caras y con ojos que llevan la estela de todos los soñadores que también llegaron buscando algo que no encontraban en donde estaban.
Estos días sales a la calle en Las Palmas de Gran Canaria y te encuentras a cientos de cruceristas que llegan cuando amanece y que se marchan cuando cae la noche entre sonidos de bocinas que retumban desde San Cristóbal a La Isleta. Te los encuentras cuando vas camino del trabajo, relajados y sonrientes, como mismo estamos nosotros cuando viajamos para alejarnos de las rutinas diarias. Uno querría pararse a tomar una caña con ellos y a mirar la ciudad con ojos nuevos. Estaría bien disfrazarse de turista algunos días y confundirnos entre esos grupos que van detrás de un guía por las calles de Vegueta. Me gustan sus ojos de asombro y me sosiega su paso lento y su mirada atenta a todo lo que les rodea. Recuerdo cuando pasaban por Guía a principios de los setenta y los saludábamos como si fueran astronautas que acabaran de llegar a la tierra, o cuando aparecían en aquellos jeeps descapotables y medio desvencijados en el Puerto de Las Nieves. Muchos se quedaron para siempre. Devolvieron el coche de alquiler y compraron un apartamento en el que vivir como eternos turistas los avatares del mundo y de los seres que nos movemos en sus adentros. Si no tuviera ataduras y contara con dinero, viviría como un turista asomándome cada mes a una ciudad, a un paisaje o a una playa nueva, aunque quizá el secreto de la felicidad esté en aprender a mirar la playa, la ciudad y el paisaje que nos encontramos a diario con esos mismos ojos con los que miran los cruceristas cuando atisban el horizonte de la isla desde el muelle. Ellos se sientan en las terrazas o escuchan a ese músico que toca el violín en Triana como si la vida fuera un espectáculo diario. En sus países seguro que vivirán con las mismas prisas y con los mismos tedios que casi todos nosotros. Aquí se sienten a salvo. Una isla siempre es un paraíso inventado para quien llega buscando horizontes que se confunden con los sueños. Y también, a veces, para quienes las habitamos y nos damos cuenta de que ese Edén se improvisa entre la utopía y el deseo. Está bien que siempre nos lo recuerden todos esos viajeros que deambulan por nuestras calles con pantalones cortos, con sandalias y con esa sensación de que la vida no es más que un paseo por el que vamos reinventando nuestros propios paisajes cotidianos.


Salió a la calle y se fumó un cigarro. Nunca antes había fumado. Su compañero de oficina le dio las gracias. Realmente estaba matando el mono de su compañero con cada calada. Ahora solo tiene que hacerle una señal para que ella recoja su caja del cajón y salga fuera a fumar los cigarros. Le da lo mismo enfermarse a largo plazo. No le saben a nada porque quien se queda con el sabor es el que sigue trabajando en la mesa. Solo es un extraño conducto por el que pasa el humo. Los dos se aman desde hace muchos años, pero ella no logra besarle porque jamás ha soportado un aliento con sabor a tabaco.

Se recicla el papel, pero no las letras, o por lo menos se salvan las letras que alguien memorizó inconscientemente mientras leía o subrayaba una frase. Él ha perdido la memoria, y sin embargo yo sé que allí donde no alcanza ahora mismo su recuerdo se repite un eco de versos o de frases de novelas que releyó muchas veces. Yo leo esas palabras en el fondo de su mirada. Los demás creen que ha vuelto a la infancia y que no sabe dónde habita ni dónde vive cuando abre los ojos cada mañana. No aciertan. Su otro yo recuerda nítidamente toda la literatura que pasó ante sus ojos ávidos de historias y de emociones inolvidables. El olvido solo hace desaparecer el papel, la materia de la que se vale lo abstracto para mantenerte a salvo.

Aquel hombre salía de su casa y caminaba por la calle contando cada uno de los adoquines que se iba tropezando. Llevaba haciendo eso desde hacía cuarenta años, siguiendo el mismo recorrido, con lluvia y con sol. Tenía la suerte de que donde vivía nunca nevaba. Hoy ha vuelto sobre sus pasos. Faltaba un adoquín. Contó de nuevo y comprobó que no estaba. Había seiscientos sesenta y dos piedras perfectamente colocadas, y no seiscientas sesenta y tres. Él salía a caminar a las seis de la mañana para tener tiempo de contar sin prisas. No encontraba ningún hueco. Todo estaba igual que siempre, pero faltaba un dígito en su cuenta. Se sentó en el suelo y se volvió piedra para cuadrar la cuenta. Algunos le echan dinero cuando lo ven quieto.

Debajo están los cables y las tuberías. Los hierros de la estructura. La humedad de cada piso. Los grifos que gotean. El ruido de los bajantes. Los ascensores que suben y bajan. Y la gente, toda esa gente que entra y sale de los rascacielos y que uno mira de lejos como si fueran hormigas cargadas de papeles o de aparatos tecnológicos. Cuando era niño miraba a las hormigas yendo de un lado para otro con las migas de pan o los restos de las galletas. También imaginaba cómo serían los recovecos de los hormigueros que estaban enterrados debajo de la tierra como ahora imagino esos edificios con apariencias tan acristaladas y rutilantes.

Había ido al oculista y allí le entraron ganas de ir al baño. Cada vez veía peor la letra pequeña, pero desde hacía dos días solo veía sombras cuando caminaba por la calle. El baño daba para un patio interior. Y mientras orinaba escuchó la voz de su hermano. La nombraba a ella. Hablaba con otra mujer. Decía que no le perdonaba que fuera tan perfecta y que la estaba envenenando. Le comentaba a esa amiga que el primer paso era dejarla ciega. Los dos vivían juntos desde que habían muerto sus padres. Él se había separado y había regresado a la casa familiar. Ahora es ella la que lo está envenenado a él. Se hace la ciega y lo mira devorando la comida que le acabará matando en menos de dos semanas.

A veces la vida se va contando entre unas cuantas baldosas de una calle. En casi todos mis paseos por Triana me encuentro con un grupo de personas hablando en el mismo sitio. Supongo que llevará pasando desde hace muchos años, cuando había otras baldosas, y esa parte de la calle era una acera por la que discurría la gente a todas horas. Van variando los tertulianos, y uno, cuando pasa a su lado, escucha fragmentos de conversaciones sobre la actualidad política, sobre diagnósticos médicos o sobre el tiempo que hace en ese momento. Imagino que hay lugares que atraen conversaciones, como si lo que unos dijeron hace muchos años necesitara complementarse con lo que dicen los que van pasando en cada presente. Dentro de unos años, seguro que habrá otros grupos de personas hablando cerca del eco de nuestras palabras en los lugares por los que transitamos entre conversaciones ajenas y soliloquios ensimismados.

Porque vale más que una mirada. Porque el trazo lleva un silencio de siglos en cada una de sus letras. Porque no hace falta alzar la voz. Porque llegado el momento solo quiso dejar algo escrito. Porque decía que la vida se vive mucho antes. Porque había jugado su única carta muchas veces. Porque no lo entendieron cuando fue osado. Porque rompió con todo las veces que hizo falta. Porque jamás nadie le robó la sonrisa. Porque viajó. Porque amó. Porque lo amaron. Porque cuidó flores que brillaron en jardines que andaban sombríos. Porque regó árboles que hoy se asoman por encima de los muros de su casa. Porque leyó y se creyó las ficciones sabiendo que eran algo más que sueños para salvarse.
Porque cuando le dijeron que le quedaba poco tiempo no se arrepintió de nada. Porque su única pena era separarse de quienes amaba. Porque la belleza le regaló días inolvidables. Porque la música resonaba a todas horas en su cerebro. Porque no tenía que hacer nada nuevo. Porque hacía años que había dejado de ambicionar la gloria mendaz de la calderilla. Porque solo competía con su propia conciencia para que no le impidiera seguir avanzando. Porque escribir en esos momentos era lo único que le pedía su alma. Porque siempre creyó en la fuerza de la voluntad. Porque supo perder dignamente. Porque cuando ganaba jamás se jactaba de sus logros. Porque siempre decía que al día siguiente todo comenzaría de nuevo. Porque jugó con sus hijos y sus nietos como si fuera un niño más que rodaba por el suelo. Porque nunca dejó de buscar imágenes entre las nubes que transitan efímeras por el cielo. Porque vivió en ciudades que hizo suyas al amanecer. Porque caminó por muchas orillas con mareas bajas. Porque se bañó con pleamares y con marejadas. Porque siempre miró al tiempo como ese tránsito que nunca hay que dejar que pase de largo. Porque estaba seguro de que cualquiera que se cruza en nuestro camino es importante para aprender algo. Porque no había montaña que no le pareciera un gran milagro. Porque siempre llevaba dibujada en sus labios una media sonrisa que le hacía saltar por encima de todos los malvados. Porque la poesía era para él algo más que un juego de palabras y metáforas. Porque no entendía de etiquetas si algo le emocionaba. Porque se distanciaba de la mediocridad aun estando rodeada de ella tantas veces. Porque jamás se quejaba. Porque lloró muchas veces viendo películas. Porque sus carcajadas casi hacían retumbar las paredes de su casa. Porque creía que podía cambiar el mundo cambiando su propio semblante. Porque fue un ejemplo para todos sin haberse subido nunca a uno de esos estrados en los que gritan los que no tienen que decir nada. Porque quien escribe no hace más que regresar adonde solo se escucha el eco de todo lo vivido. Porque escribió para irse un poco más despacio.


Ellos siguieron de largo. Ni siquiera llegaron a mirarse. Él iba pensando en el juicio que tenía en el Juzgado. Era abogado. Y ella trataba de buscar la manera de explicar a los alumnos lo que era la física cuántica. Era profesora. Sus sombras sí se reconocieron de inmediato. Y se juntaron una milésima de segundo cuando pasaban junto a una tienda de ropa. Esas sombras se habían amado cuando ellos tenían otros cuerpos, hacía mil años, junto a la ribera del río Moldava.

Me dijo que escribía de amor para enamorarse de las palabras. Era una mujer muy guapa. Elegante. Yo también me hubiera enamorado de ella si hubiera sido una palabra; pero solo quería relatos, novelas o poemas. No quería saber nada de la pasión ni de la carne. Ni siquiera conseguí que saliera a cenar una noche. El amor solo era para ella una especie de género literario en el que refugiarse.

Le enviaron un mensaje para recordarle que tenía cita con el traumatólogo la semana siguiente. Él no había pedido ninguna cita, pero justo el día que lo habían citado se partió una pierna. A los cinco meses le enviaron desde la misma clínica un aviso de cita con el oftalmólogo. Tampoco la había solicitado; pero una hora antes de que se cumpliera la hora fijada en aquel mensaje perdió la visión de uno de sus ojos. Ahora acaba de recibir un aviso para que acuda al neumólogo. No le ha comentado nada a nadie, pero lo ha dejado todo para salir a respirar cerca del mar y de los bosques cercanos. Intuye que solo le quedan nueve días para perder el aire.

Cuando saqué a pasear a mi perro por Vegueta me encontré a diez turistas jugando al voleibol en la Plaza de Santo Domingo. Eran las nueve de la noche. Reían y saltaban como si el mundo fuera perfecto. No hacía frío. Los viejos que se sientan en uno de los bancos miraban con asombro el bote del balón y los saltos casi acrobáticos. No les hacía falta red para imaginar que saltaban entre dos paraísos inventados.

De un café malo puede salir una bonita historia de amor. La cafetería a la que ella acudía cada mañana estaba cerrada por vacaciones. Por eso entró en la que estaba justo al lado, magníficamente decorada pero con un servicio pésimo y un café casi vomitivo. Lo dejó a medias y se levantó de la mesa justo en el mismo momento en que se levantaba aquel hombre con el que ahora lleva siete años. También él se había levantado porque no podía tragar aquel café lleno de pequeños grumos extraños. Se tropezaron en la puerta y se besaron sin conocerse de nada. Los dos se confesaron luego que necesitaban olvidar cuanto antes el sabor de aquel café salobre y amargo. La camarera miró cómo se abrazaban y cómo se quitaba de encima a aquel pesado que llevaba semanas pidiéndole que se casara con ella. No volvió nunca más. Tampoco volvió a echar sal en el café de los clientes. A ella la sigue viendo entrar cada día en la cafetería que está justo al lado.

Coleccionaba de todo. Sufría una especie de mal de Diógenes desde que era niño. Pasó de las cosas materiales a los amores o los amigos. Iba sumando y guardando al fondo del cajón o de la memoria. Nunca se acercaba a lo que guardaba. Tampoco a los recuerdos de esos amores que fue coleccionando como en su día hizo con los sellos o con las conchas de la playa. No se preguntaba si era o no era feliz. Realmente no se preguntaba nunca nada. Guardaba y seguía adelante. Había cambiado de casa varias veces para que le cupieran los objetos. También había cambiado de forma de ser y hasta de valores para que la acumulación de afectos no se transformara en una neurosis freudiana. Él también formaba parte de su colección. Era como un juguete olvidado. Creía que jugaba, pero eran su memoria y sus cajones los que le tendían todas las trampas.

Hay principios de novela que impiden que nos detengamos hasta no llegar al final de lo que se cuenta. Y ese final no tiene que ser el desenlace de ningún nudo argumental. A veces leemos a partir de la música de esa primera frase o siguiendo la estela de todas las pistas que van descubriendo las palabras. Recuerdo el principio de Ana Karenina: "Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su manera". Tolstoi sabía que con esa frase no había lector que no quisiera saber un poco más de los Karenin y de todos los que tenían que ver con ellos. La familia siempre ha sido uno de los grandes argumentos de la novela, un manantial inagotable en el que siempre encontramos personajes, contradicciones, amores extraños, olvidos y esos recuerdos que luego vestimos de ficciones para que no nos reconozcan.
Uno de los grandes escritores actuales en español es el mexicano Gonzalo Celorio. Hablar de su extensa obra y de su repercusión me llevaría varias columnas como esta. Si quieren saber más de él se pueden acercar el próximo martes, 12 de enero, a la Casa Galdós, en un acto organizado por la Cátedra Vargas Llosa. Allí estaremos Emilio González Déniz, José Luis Correa y un servidor charlando y aprendiendo de un escritor que en sus dos últimas novelas bucea por sus familias con esa perspectiva que solo da el tiempo y la experiencia literaria. Disfruté enormemente leyendo Tres lindas cubanas, una aproximación a la familia materna que conecta con Gran Canaria, y que cuenta esos viajes de ida y vuelta de nuestros antepasados más cercanos. En ese libro, y en toda su obra, aparece la influencia oral de su madre canaria en la forma de contar, en el humor y, sobre todo, en la música con la que va narrando sus historias. Recomiendo vivamente esa novela, como también recomiendo la que me estoy leyendo ahora, El metal y la escoria, en donde Celorio rastrea en la familia paterna, de origen asturiano, también integrada por personas que acaban siendo personajes que fueron a la búsqueda de un futuro que no sabían que alguna vez terminaría escribiendo alguien de su propia sangre. Esta novela nace cuando el escritor descubre que uno de sus hermanos padece Alzhéimer y teme que el olvido se lleve alguna vez toda la memoria de esas raíces paternas y de su propia biografía, o por lo menos de todo ese pasado que se acaba colando en nuestros gestos, en nuestro carácter y hasta en nuestra manera de asomarnos a los espejos. Gonzalo Celorio se asoma a esos espejos tratando de que la ficción le ayude a entender todas las zonas oscuras que se enmarañan con las falsas leyendas o con recuerdos que uno cree que fueron de otra manera. La literatura, al fin y al cabo, no es más que un cabo suelto con nombres de mujeres y hombres que se escribieron como si fueran otros para tratar de entenderse o para entender a aquellos que les precedieron.


Escribía con tiempos equivocados. Su humor dependía del clima. Si llovía sus textos se volvían melancólicos y cuando brillaba el sol cada palabra arrastraba una estela de verano. Vivía en Mogán. Viajaba mucho, pero cuando escribía estaba varios meses sin moverse de un lugar y sin abrir las ventanas. Miraba la aplicación del Iphone para saber cómo estaba el día fuera de su casa y según viera el dibujo virtual en la pantalla recreaba las historias para sus novelas. Siempre fue un despistado. Por eso escribía en Mogán como si fuera Dostoyevski. Su aplicación se había quedado conectada en su último viaje a San Petersburgo y llevaba varios meses escribiendo como si fuera un ruso bajo el intenso cielo azul de Gran Canaria.

Se vieron por primera vez en la calle Preciados. A ella se le cayó al suelo una bolsa con libros y él se acercó a recogerlos. No se dijeron nada durante algunos segundos. Luego él la invitó a merendar en la Mallorquina. Siguieron sin decirse nada hasta el momento de pedir lo que querían para merendar. Él optó por un café con leche y una napolitana de crema. Ella no se complicó y dijo que quería lo mismo. Hablaron de los libros que habían caído al suelo. Entre otros, estaban Rojo y Negro, Madame Bovary o El doctor Centeno. Anselmo le confesó que nunca leía, y ella entonces le empezó a contar lo que encontraba en los libros. Le prestó el libro de Galdós y quedaron en verse de nuevo la tarde del día siguiente en el mismo sitio. En la segunda cita ella le contó que era huérfana, y que a su padre, profesor de instituto, lo habían matado los fascistas al terminar la guerra. Su madre había muerto hacía un año. Él le dijo que tenía familia pero que estaba solo en el mundo, sobre todo en Madrid. Ana trabajaba de bedel en la Facultad de Medicina de la Complutense. Cuando se quisieron dar cuenta no podían estar el uno sin el otro. Se casaron al año siguiente y se fueron a vivir casi con lo puesto a una casa de alquiler en Embajadores. Luego surgió lo de la compra del piso de San Simón y no se lo pensaron. No pudieron tener hijos; pero ningún hijo hubiera paliado la pena que él sentía por su ausencia. A él le gustaba sentarse un rato cada tarde en la terraza para recordarla. A veces hablaba con ella, bajito, para que los vecinos no pensaran que se estaba volviendo loco y terminaran llamando a alguna parte para que lo encerraran. Cuando vivía la perra por lo menos tenía a quien acariciar mientras hablaba, pero tras la muerte de Gilda se quedaba siempre acariciando sombras cuando atardecía y aún no había encendido la luz de la terraza. Ana consiguió que leyera y que amara la literatura. Empezó con El doctor Centeno y no ha parado en todos estos años. No sabe para qué le han servido los libros, pero sí tiene claro que no hubiera podido vivir sin ellos, o que por lo menos su vida no hubiera sido nunca la misma sin la abstracción y la emoción de tantas y tantas historias memorables. Hubiera estado incompleto. Él cree que casi todos los humanos están últimamente incompletos precisamente porque no leen. Lo ve en los viejos como él que se sientan en los bancos y se comportan como si volvieran a tener diecisiete años. No han hecho más que trabajar, criar hijos, enterrar muertos y ver partidos de fútbol. Sólo hablan de fútbol o de televisión, o entran en una depresión de caballo que los paraliza y los vuelve medio lelos.

Este texto es un extracto de la novela Sentados publicada hace unos años en Anroart Ediciones y reeditada en digital hace unas semanas.

Congelaba cefalópodos para todo el año. Se los comía una vez a la semana. Él nunca los llamaba pulpos cuando los compraba. Soñaba con ser como ellos, y creía que alimentándose con sus ventosas conseguiría agarrarse a la vida como se agarran ellos cuando embisten las olas en la orilla.

Una vez me perdí en una de las zonas más peligrosas de DF. Bebí tequila con cuates casi sin dientes que me hubieran hecho cambiar de acera en cualquier ciudad europea. Me invitaron a su casa y comimos burritos que íbamos rellenando con carne picante, con jalapeños y con guacamoles. Uno de ellos cogió un revólver y empezó a disparar contra los cristales de un patio lleno de geranios. Brindábamos con Don Julio Reposado. Solo yo pedía sangrita de vez en cuando. Cantamos rancheras durante dos días. Afuera sonaban sirenas y hacía un calor que rajaba las piedras. Me dejaron delante de mi hotel. El hijo de uno de ellos quería ser poeta. Tenía diecisiete años y no había parte de su cuerpo que no cubriera un tatuaje con motivos aztecas. Decía que era hijo del Dios Sol. Yo lo creía, y su padre se sentía orgulloso de que su único vástago le mirara con aquellos ojos de fuego.



Me contaron su historia hace unos años. Y la cuento ahora porque ya no está y porque no voy a dar ningún nombre ni ninguna referencia personal con la que se le identifique. Era un hombre admirado, querido, casi siempre con una sonrisa tranquilizadora y serena dibujada en la comisura de sus labios. Si lo veías por la calle jamás podrías imaginar lo que ahora te voy a contar. Realmente casi nunca imaginamos las vidas de todos esos seres anónimos que nos vamos tropezando por la calle, pero de puertas adentro, cada uno vive su propio cuento o el cuento que la vida le ha regalado para que habite unos años en este planeta. A mí me contó su historia uno de sus sobrinos. No tenía hijos. Se había separado hacía muchos años y vivía solo. Era un gran lector, y de hecho casi todos sus regalos eran libros, o paquetes que con el paso de los meses olvidaba y que luego abría como si realmente hubiera sucedido un milagro la noche de Reyes.
A lo largo del año iba envolviendo y guardando objetos curiosos, libros y distintos detalles decorativos para su casa. Los envolvía en papel de regalo y luego colocaba su zapato cada 5 de enero en el salón. No diré quién ponía luego esos paquetes envueltos en papel de regalo delante del árbol de Navidad y junto a sus zapatos. Dejemos algo para la magia. Digamos que él se levantaba cada seis de enero y se encontraba los regalos que llevaba soñando a lo largo de todo el año. Le costaba quedarse dormido, y jamás se esperaba a la noche antes para envolver nada. El día de Reyes comenzaba el siete de enero del nuevo año y terminaba cuando todos esos paquetes se amontonaban entre los sillones y la televisión que también se había encontrado una de esas mañanas de Reyes. Él mismo protagonizaba su propio cuento de navidad. Luego le llamaban por teléfono sus sobrinos y contaba hasta el último detalle de cada uno de esos regalos. También dejaba paquetes para sus familiares y escribía el nombre de alguno de los Reyes en cada uno de ellos. Su sobrino me contó que en los últimos años, a medida que iba perdiendo la memoria, iba disfrutando cada vez más de ese juego con el que siempre quiso perpetuar su infancia. No se acordaba de lo que había guardado en marzo o en septiembre, y cuando abría el paquete se comportaba igual que en los días en que encontró en el salón de la casa de sus padres la bicicleta roja con la que luego parecía que volaba por la calles, el fuerte con indios y vaqueros o aquel balón de reglamento firmado por sus ídolos de infancia. Sus familiares echan de menos aquella magia que él compartía cada 6 de enero; pero se negaron a encontrar su salón vacío de regalos. Ahora sus sobrinos se encargan de que cada día de Reyes aquel salón siga siendo igual de luminoso que entonces. Todos se citan allí para abrir sus regalos, y siempre hay un paquete a su nombre. Como cuando él estaba.


Le sirvo el café cada mañana. Nos miramos solo unos segundos de lunes a viernes. Así me fui enamorando. Llevamos veinte años viéndonos. Se llama Brenda y trabaja en una sucursal bancaria de la Sexta Avenida. No sé nada más de ella.

Todas las vísperas de Reyes se sientan en las puertas de los negocios y recuerdan los tiempos en que en esa calle no se podía ni caminar entre el gentío que iba y venía cargado de paquetes. Los más jóvenes no se creen esa vida comercial de antaño. Cuando cerraron los negocios las abandonaron a su suerte. Perdieron los brazos o las piernas, pero todas mantienen intactas las sonrisas. Algunas se sigan asomando hasta las rebajas de enero, y luego vuelven a esa penumbra mustia de los escaparates que no se renuevan desde muchos años.

Dibujaba pájaros y luego echaba a volar los papeles desde la azotea de su edificio. Algunos se marchaban tan lejos que parecía mentira que no fueran aves que confundían el plumaje con las hojas de la libreta. Él era un tipo que siempre estaba sonriendo. Nadie sabía que subía a las azoteas cada tarde a la vuelta del trabajo y antes de recoger a los niños en el conservatorio. Algunas veces veía a sus pájaros menos volanderos pisoteados por las aceras, pero él sabía que casi todos se salvaban más allá de donde alcanzan los ojos. Llevaba haciendo eso desde los veinte años y nadie le había descubierto nunca esa doble vida de hacedor de pájaros en hojas casi siempre manuscritas.

Los juglares atraviesan siglos cambiando solo los acordes y los nombres de las historias que van contando por las calles y las plazas. Hoy los encontré de nuevo, como bardos medievales extraviados en el tiempo. Bailaban y cantaban en una calle peatonal de mi ciudad. Eché unas monedas y seguí caminando, pero a medida que me alejaba tenía la sensación de que mis pasos eran solo un espejismo imaginado. Si cerraba los ojos, yo aún era aquel poeta de hacía muchos siglos que recitaba romances por las plazas de los pueblos. Algunas mañanas me levanto y repito nombres que no me suenan de nada, o recuerdo historias que luego escribo y que uno tiene la sensación de haber vivido antes. Un juglar es un bardo con memoria, y la memoria, con los años, se acaba confundiendo con los sueños, incluso cuando uno no recuerda nada de otros tiempos y de otras calles en las que también contaba las vidas que pasan.

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