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La clarividencia

Se van demasiado pronto, y sin embargo parece que lo intuían desde hacía mucho tiempo. Maduran antes, o por lo menos aprenden prematuramente lo que a casi todos nos lleva muchos años de esfuerzo y repetición diaria. Casi siempre mantengo que los artistas, sobre todo los escritores, se van gestando con el paso del tiempo: algunos prometen mucho y luego se quedan en nada, y otros parecía que no iban a llegar y de repente empiezan a dar los mejores frutos. Pero de vez en cuando aparecen esas excepciones luminosas que nos sorprenden en medio de una sala de exposiciones o en un libro clarividente y mágico.
Si hablamos de literatura ahí están Rimbaud o Félix Francisco Casanova, entre otros muchos. Y en pintura nombraría a Jorge Oramas y su capacidad para crear belleza en la antesala de la muerte. Oramas miraba la vida desde el hospital de San Martín o desde El Sabinal y no le hicieron falta perspectivas más lejanas ni tampoco viajes. Coloreó todo lo que le rodeaba y con solo veinticuatro años dejó una de las obras pictóricas más admiradas del siglo XX. Estos días he leído el último libro de David Foenkinos. Se titula Charlotte, y cuenta la desgraciada historia de la pintora alemana Charlote Salomon, que fue asesinada en Auschwitz cuando estaba embarazada con veintiséis años. Siempre que puedo recomiendo a Foenkinos. Busquen Los recuerdos o La delicadeza, y traten de acercarse también a la biografía de esa pintora a la que el escritor francés le pone un alma robada por la barbarie de los nazis y por la mala suerte que a veces aguarda en cualquier cruce de caminos. También Charlotte se aferró al color y a la belleza como si intuyera los desastres que le aguardaban. Pero los libros nunca vienen solos. Y la pasada semana, la poeta Mercedes Arocha me regaló un ejemplar del poemario Pulsaciones del viento, que ha editado Naka. Lo escribe Germán López Fuster, un joven que murió ahogado con veintinueve años en La Puntilla. Falleció hace cuatro años, estaba diagnosticado de Asperger, y escribía poemas que antes memorizaba febrilmente letra a letra. En sus versos también parece como si el autor presintiera su destino inevitable y quisiera dejar unas cuantas palabras como recuerdo de su paso por este tramo ínfimo de la historia. Escribió poemas y aforismos. Nos recuerda que "La vida es un manojo de sueños pendientes", o que "sus ojos bucean por la germinación continua de los libros". No conocí a Germán López Fuster personalmente, pero sí he conocido el alma y las reflexiones que dejó en sus versos. No llegó a cumplir los treinta años, como tampoco los cumplieron Jorge Oramas o Charlotte Salomon; pero en todos ellos uno se asombra de la madurez clarividente de su obra y recuerda aquel diálogo de Blade Runner en el que un replicante decía que la luz que brillaba con doble intensidad duraba la mitad de tiempo.

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