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Archivos Diciembre 2015

Nunca había escrito sobre la Navidad. Tenía algún cuento en donde aparecían recuerdos de infancia con ecos de noches de Reyes y hasta una novela en la que desmontaba esa magia que no nos dejaba dormir cuando teníamos ocho o nueve años. Era lo único que nos quitaba el sueño entonces, y sin embargo, desde que alguien nos desveló el supuesto secreto de los Reyes Magos preferimos olvidar antes que afrontar las evidencias. Todavía no sabíamos que esa iba a ser nuestra estrategia de supervivencia para los próximos años. Hasta entonces pensábamos que todos los sueños se cumplían y que no había más que desear algo para que sucediera. Cuando me pidieron que escribiera este cuento no sabía lo que me iba a encontrar al final de cada frase. Uno escribe rebuscando muy adentro y a veces encuentra argumentos sorprendentes donde pensaba que no había nada. También sueñas con palabras los días que escribes. Me encontré con un niño que no podía quedarse dormido, un pequeño insomne con esa impaciencia de los futuros soñadores. Nos miramos y nos reconocimos inmediatamente. Él me preguntó si era feliz y yo no supe qué contestarle. Él sí me dijo que tenía que dormirse cuanto antes para que los Reyes no lo encontraran despierto cuando llegaran. Hablamos un rato muy bajito. Él me pidió que le contara mi vida y yo le mentí y le conté la existencia que querría haber llevado. Él me comentó entonces que quería vivir todo eso que yo le estaba contando. Le acaricié el pelo y le dije que no negociara jamás con sus sueños. Ya estaba dormido y por la mañana, muy temprano, lo volví a ver abriendo los regalos. Jamás he visto a nadie tan feliz. Luego regresé a mi casa y me acosté un rato. También me costó quedarme dormido, pero cuando lo hice soñé con una especie de trastero en el que estaban todos los juguetes que había tenido de niño. Se conservaban tan rutilantes como cuando los había encontrado cada 5 de enero en el salón de mi casa. Al despertar, me acerqué a los zapatos que había dejado en el salón. Cada noche de Reyes sigo colocando los zapatos como cuando era pequeño. Ese día no me hizo falta levantarme de la cama para ver si me habían dejado regalos. Los había recuperado todos mientras dormía. También volví a ver a aquel niño que de repente se había encontrado con casi cincuenta años delante de un espejo. Lo miré fijamente y él me miró con aquellos ojos que siempre estaban pendientes de la aventura y la sonrisa. Me volvió a preguntar si era feliz. Estuve a punto de estirar la mano para acariciarle el pelo nuevamente, pero ya no estaba ni soñando ni escribiendo. Si estiraba la mano sabía que solo iba a encontrar la frialdad de un cristal que quedaría empañado con mi propio reflejo. Preferí mirarlo e imitar cada uno de sus gestos. Me reencontré con unos ojos que había perdido hacía mucho tiempo, quizá desde el día en que alguien en el colegio me contó lo de los Reyes y los padres. Salí a la calle y paseé entre niños que golpeaban balones o pedaleaban estrenando bicicletas. Me pregunté nuevamente si era feliz y recordé al niño del espejo esperando a los Reyes en la cama. Volví a aquel sueño para desandar algunos caminos que quería olvidar para siempre. Luego me metí las manos en los bolsillos y caminé silbando por las calles hasta llegar a mi casa. Cuando entré en el salón cerré los ojos y me imaginé en medio de todos aquellos juguetes que había reencontrado en el sueño. También estaban todos los que se habían marchado para siempre en estos años. No faltaba nadie. Me acerqué tanteando los muebles hasta el ordenador y comencé a escribir este cuento. Aún no he mirado lo que hay detrás de mí. Escribo y sueño. Y soy el mismo niño a pesar de las ausencias y de los golpes que me ha dado la vida. Cada palabra que escribo me va alejando del tedio y de la tristeza. Y reinvento un mundo como inventaba sueños en aquellas madrugadas de enero. No me importa volver a meter a los Reyes Magos en la caja de figuras del Belén si sé que dentro están a salvo. Tampoco me importa apagar el ordenador y darme la vuelta si me dejan regresar en cualquier momento a las palabras. Aquel niño no hacía más que imaginar los argumentos que yo ahora transcribo pacientemente. Por eso me preguntaba si era feliz. Y cuando escribo le podría responder que sí lo soy. Se lo diré cuando vuelva a encontrarlo al otro lado del espejo.

Iba escribiendo nombres en la pizarra magnética que le habían regalado a su hijo en navidades. Se divertía escribiendo el nombre de aquellos que le habían hecho alguna trastada a lo largo del año y luego no dejaba ni rastro de aquellas letras. No eran muchos, y entre esos nombres hubo alguno del que jamás hubiera esperado una traición. No era rencoroso. En su mente llevaba años haciendo lo que ahora hacía en aquella pizarra en la que su hijo dibujaba dinosaurios que también borraba como si fuera el hacedor de los cataclismos del Terciario. Para él, aquellos que le habían hecho daño también se convertían en dinosaurios perdidos en el tiempo.

A veces la tarde no es más que un aleteo de palomas que giran en el cielo y que parece que no hacen más que trazar círculos eternos que no llevan a ninguna parte. Las tardes de domingo, cuando son liberadas de los palomares de San Juan o San José, solo varían el contorno de sus vuelos si escuchan el tañido de las campanas de Santo Domingo o de la Catedral. Si miras al suelo, ese aleteo también se convierte en una sombra que dibuja una efímera estela entre los adoquines y la acera. Casi siempre vuelan sin más atención que el palomero que las sigue desde su azotea. Tampoco miramos hacia esas gaviotas que sobrevuelan la ciudad justo antes de anochecer, ni las escuchamos cuando sus graznidos lejanos anticipan la lluvia que ya presienten en el horizonte. Estamos rodeados de vidas que no vemos, de pequeños detalles que pasan de largo ante nuestras miradas. El océano, por ejemplo, siempre está ahí, moviéndose en las madrugadas como un animal insomne que no deja de agitar sus aguas.
Pero hay escritores que caminan escuchando más allá de lo que tienen delante, que recrean argumentos que luego confundimos con sueños y que logran rehacer lo que a veces quiebra el tiempo. Uno de esos escritores es el majorero Marcos Hormiga. Marcos es profesor y poeta, habla quedamente, y se va fijando en cada uno de esos gestos que los demás no vemos, en ese pequeño detalle que luego se traslada a sus textos y revive entre argumentos o entre personajes casi carnales. Hay un paso más allá en cada una de sus frases, una especie de puntos suspensivos que no tienen por qué ser escritos: la punta del iceberg de la que hablaba Hemingway, el continente debajo del pequeño trozo de hielo que es a veces una palabra. Marcos Hormiga se presenta estos días con su primera novela, Dentro de la piedra, y con un libro de pequeñas narraciones que uno no puede dejar de releer. Este segundo libro se titula MicroRretratos, y ambos están editados por Mercurio. La novela se mueve entre lo fantástico y lo atávico, y nos invita a un lejano viaje en el que nos podemos confundir con los protagonistas, o aventurarnos con ellos mirando hacia nuestros adentros. Marcos Hormiga es, además, un gran verseador, y eso se nota en su manejo del lenguaje y de los ritmos de la narración. Pero sobre todo es alguien que no pierde detalle de lo que tiene alrededor. Si mirara al cielo en una de estas tardes de domingo sería capaz de ver hasta el color del plumaje de cada una de esas palomas mensajeras que entrenan para luego poder volar lejos de la isla. Ese también es el sino de un escritor: escribir a diario para dejar libros que vuelen lejos, o que marquen el camino de regreso cuando nos extraviemos o perdamos nuestro propio norte en la comedia diaria.

Llegó a la habitación, encendió la luz y regresó al salón sin decirle nada a nadie. Al rato vio que su madre entraba en esa misma habitación y que salía con una manta que estaba en el ropero. No vio que le cambiara la cara. Ella acababa de llegar del extranjero. Venía a pasar las navidades. Aquella era su habitación de niña y adolescente, y el que dormía en la cama era el muñeco con el que se acostaba en su infancia. Ahora era un adulto medio desnudo que no dejaba de roncar; pero seguía teniendo las mismas facciones que aquel muñeco del que no se separaba nunca. La habitación apestaba a alcohol. Le dijo a su madre que prefería dormir en el salón y que solo iba a estar en casa en Nochebuena. De madrugada escuchó ronquidos lejanos. Ni siquiera se atrevió a ir al baño. Cogió sus cosas y salió hacia el aeropuerto.

Había viajado a una ciudad lejana y salía del hotel vestido con traje y corbata. Luego se paraba en una hamburguesería y en el baño se cambiaba para parecer un paria. Cada vez que llegaba alguien cargado de botellas, él se ofrecía sobre la marcha para tirarlas. Le fueron a dar dinero muchas veces, y si insistían lo cogía y luego se lo entregaba al primer mendigo que encontraba por la calle. Le encantaba el sonido de los cristales cuando se quebraban. Sentía un placer inmenso cada vez que las botellas se hacían añicos o cuando chocaban unas contra otras. Él se decía siempre que cada cual tenía derecho a sus manías y que no se metía con nadie rompiendo botellas. Luego volvía a la hamburguesería, se vestía otra vez con el traje y regresaba al hotel que siempre elegía lejos de los contenedores. Cuando regresaba a su trabajo y contaba sus días de vacaciones se inventaba tardes en la playa o recorridos por los barrios monumentales de grandes ciudades. Si se queda solo, siempre cierra los ojos y recuerda el estruendo de esos días de verano.

Paz

La muerte de Lennon no la olvidaremos nunca. Fue una de esas fechas en las que siempre recordamos qué es lo que estábamos haciendo, cómo éramos y qué queríamos ser cuando pasaran los años. Mark David Chapman mató a un ser humano que con sus letras ayudó a que nos entendiéramos mejor en un mundo habitualmente gregario. Las canciones del músico de Liverpool que murió hace treinta y cinco años se empeñaban muchas veces en apostar por la paz y por la concordia de los humanos. La navidad también es una fecha que se presta a esa búsqueda de la convivencia pacífica y de esos deseos por habitar un mundo más solidario. Estos días hemos recordado a Lennon. Y con él hemos buceado en nuestros propios recuerdos.
La paz es lo único que da sentido a nuestra existencia, la única utopía y el único fin de la humanidad. Todo lo demás es baldío. La paz lleva consigo la igualdad, la fraternidad, la justicia y, sobre todo, la libertad. Ahora que tanto hablamos de globalidad volvamos a los Derechos Humanos cuanto antes y no nos perdamos en venganzas y en reacciones irracionales ante la irracionalidad de la barbarie. Si proyectamos guerras tendremos guerras. Si apostamos por la paz, como apostó Lennon, quizá algún día podremos dejar un mundo mejor que el que nos dieron. La paz, o por lo menos el camino que conduzca a ella, es el único legado que realmente vale la pena dejar cuando nos marchemos. Lennon no está por aquí hace mucho tiempo, pero si estuviera vería que el mundo apenas ha cambiado. Seguimos en guerra en muchas partes. Y por tanto aún nos queda mucho camino para que este planeta sea por fin un lugar habitable. Cada cual tiene derecho a sembrar los sueños que desee. Pero quienes respiramos y caminamos ahora mismo por el mundo tenemos que seguir creyendo en la paz con todas las consecuencias, aun a pesar de que nos acusen de utópicos. Toda guerra es un drama sin fronteras que nos empuja hacia atrás en nuestra propia evolución de las especies. Recordemos a Lennon. Hagamos nuestras las frases de Imagine o de Give peace a chance. Los bárbaros ganan cuando se enquistan las guerras y las venganzas. Uno puede imaginar lo que quiera, y a veces esos sueños se terminan cumpliendo. Solo promoviendo, deseando y buscando la paz llegaremos algún día a conocerla. Todo lo que hagamos será baldío si no logramos vivir en paz en todas partes. Tal vez te parezca imposible que mañana, al despertar, te encuentres el mundo que siempre has soñado; pero a lo mejor, dentro de muchos años, serán otros los que recojan el espíritu de ese deseo y habiten un planeta en el que cada ser humano pueda vivir sin miedo a que otro ser humano le destruya la vida y la esperanza. Escuchen Imagine esos días en que parece que las únicas salidas son los bombardeos y las venganzas. Y recuerden siempre que no hay deseo que no mueva montañas.

*Este texto se escribió para un acto organizado en la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria por Cristian Millares y María Álamo para conmemorar el aniversario de la muerte de John Lennon. En el acto, Miguel Cedrés y Carlos Odeh, integrantes de Beatmaps, interpretaron Imagine, y otras canciones compuestas por Lennon. Los que nos reunimos aquella noche en Triana apostamos por la paz.

Fue la primera ropa que encontró, y la que vio que mejor le podía abrigar. Se había acercado a la casa de beneficencia en la que le regalaban la ropa desde hacía meses. Dormía en la calle entre cartones de vino y venía a desayunar y a merendar al comedor social que estaba en mi calle. Hoy apareció vestido con un traje ajado y desteñido de Papá Noel. Los otros usuarios del comedor comenzaron a reír cuando lo vieron. Él estaba encantado con el gorro que le abrigaba la cabeza. Parecían niños perdidos en una gran borrachera.

Ese hombre cantó el Gordo cuando era niño, un niño de San Ildefonso, dile que te enseñe los recortes del periódico. Ningún ganador de aquel número le regaló una peseta. Durante un año fue el más envidiado del Internado, él y otro niño de Cuenca del que no sabe nada desde hace más de sesenta años. Siempre que se celebra el sorteo se pone en primera fila delante de la tele. Dice que ya no es como entonces, que se ha perdido técnica, agilidad y que hasta el timbre de voz de los niños deja mucho que desear. Cada año revive aquel momento de gloria y se le iluminan los ojos delante de la pantalla. No sabemos nada de su vida, es como si su tiempo se hubiera detenido cuando era un niño de San Ildefonso.

Ella siempre quería celebrar su cumpleaños en la playa. Llegábamos hasta Blackpool después de dos horas en coche y bajábamos a la orilla. No se atrevía a bañarse ni a quitarse el abrigo. Nació el 22 de diciembre y se crio junto a la playa de San Agustín, en Gran Canaria. Todos los cumpleaños iba con sus padres y con sus amigos a la playa, y se bañaba hasta que el sol se perdía más allá de las montañas. Ahora lleva doce años viviendo en la zona de Yorkshire y casi siempre hay nieve cuando se despierta el 22 de diciembre. Yo dejo que se acerque sola hasta la orilla y no le digo nada cuando cierra los ojos escuchando el rumor de las mareas. Creo que aprovecha las olas para navegar por sus recuerdos de infancia.

Mei

El tatuador jugaba con las letras japonesas como si solo fueran adornos para el cuerpo. No tenía ni idea de lo que estaba escribiendo, aunque la mitad de las veces esas letras no significaban absolutamente nada. Aquella chica quería un tatuaje en la espalda. Él seleccionó algunos de los kanjis más sutiles y los colocó en fila india hasta donde comenzaba su pelo. Sin saberlo escribió que se llamaba Mei. Tampoco sabía que Mei significaba belleza, y que hacía mil años ella había tenido ese nombre cuando vivía en Kyoto y era la concubina más hermosa de palacio.

Por una vez había dejado de tener miedo. Se acercó a la playa y caminó descalzo sobre la arena. Llovía. La ciudad estaba a su espalda. Iba a comenzar de nuevo. No sabía ni cómo ni dónde, pero se sentía feliz. Mañana sería otro día. Siempre se repetía esa frase en los momentos clave de su vida, pero al día siguiente seguía siendo el mismo hombre timorato y miedoso de todas las veces. Hoy era distinto. Tenía cincuenta y cinco años, pero jamás había sentido el vértigo de poder comenzar de nuevo. Había comprado un pasaje con destino a una ciudad de la que no conocía absolutamente nada. Le seguía doliendo muchísimo el bulto que tenía en la espalda, pero no quiso ir a recoger las pruebas. Se quería marchar lejos antes de que ya no le quedara tiempo.


Colocaba la toalla en la arena. La marea estaba subiendo. El sol le cegó los ojos unos segundos. Había alguien a su lado. Vuelve a estar en la misma playa, sobre la misma arena y la marea sigue subiendo. No sabe el tiempo que ha pasado, pero siente como si estuviera viviendo dos vidas paralelas. Solo cambiaban las toallas. Todavía no sabe que aquel otro se acabará encontrando con el que ahora está en la orilla. La mujer de entonces tampoco es la misma. La que se agacha ahora junta las toallas por los pliegues para que la arena no los termine separando.

Su hijo pequeño regaba los árboles de la plaza con el agua con jabón que llevaba para los orines del perro. Un día le preguntó que por qué lo hacía y el niño respondió con toda naturalidad que con ese agua jabonosa las hojas de los árboles saldrían más verdes y brillantes. Él se rio de la ocurrencia del pequeño; pero hoy, cuando salió a primera hora de la mañana y el sol comenzó a iluminar las hojas nuevas de la arboleda, se dio cuenta de que jamás las había visto brillar de una manera tan intensa.

No dormía desde que llegaba diciembre. El peor día del año era el de la cena con los compañeros de trabajo y con los jefes. No podía faltar. Trabajaba en una empresa con ochocientos empleados. Era cajera en uno de los supermercados. Uno de los tres grandes jefes había sido su novio cuando ambos tenían dieciocho años. Ella lo dejó, se marchó con aquel chulo de pacotilla que luego le arruinó la vida. Cree que aquel novio al que le destrozó el corazón no sabe nada de ella; pero él descubrió su nombre cuando estaba revisando las nóminas. Ha acudido a dos cenas y se ha sentado en las mesas más alejadas de los jefes. Él la mira cuando ella está pendiente de la comida o de las palabras de alguna compañera. No se parece nada a la que amó hace treinta años, pero no puede dejar de recordarla como era entonces. Ha estado pendiente de que su nombre no aparezca en las regulaciones de empleo y ha conseguido que la asciendan y que le suban el sueldo. Ella se esconde todo el tiempo. Sabe que se equivocó cuando lo dejó después de tres años. Él está felizmente casado y tiene tres hijos; pero no puede dejar de recordar todo lo que se prometieron cuando soñaban con estar juntos toda la vida. Ella prefirió olvidar todas aquellas promesas hace mucho tiempo. Tiene un hijo, pero no sabe dónde está. Se enganchó a la droga y le perdió la pista hace mucho tiempo. A él le apena la tristeza que se ha ido empozando en su mirada. No sabe nada de su vida privada, pero intuye que no ha tenido mucha suerte.

La primera noche uno tiene que fingir que lleva haciéndolo toda la vida. A lo mejor alguno de los otros también estaba fingiendo. Vas uniendo una borrachera con otra. La historia la habrán escuchado muchas veces: primero pierdes el trabajo, luego a la familia, y más tarde te recogen en alguna casa de un familiar o de un amigo cercano hasta que también se cansan de tus escándalos y de tus resacas. Te quedas con algo de abrigo y con unas monedas y vas adonde siempre veías que dormían otros. Te acomodas en un banco o entre la hierba. Esa primera noche bebes un poco más para no darte cuenta de dónde estás y haces como que llevas en ese lugar toda la vida. Después va pasando el tiempo y ni yo mismo me reconozco las pocas veces que me miro en un espejo o cuando veo mi cara reflejada en algún charco de la calle.

Se enamoraba cada dos por tres. Nunca sabía qué le atraía de las mujeres con las que terminaba saliendo. No había un nexo común entre ellas, o por lo menos él no lo había encontrado hasta ese momento; pero todas iban a la misma peluquería y en el fondo, sin que él lo supiera, lo que le atraía eran los peinados y los cortes de pelo. Lo supo cuando la conoció. Y se acordó de aquella película francesa que había visto tantas veces en el cine. Ella peinaba a sus clientas soñando con que hubiera alguien que entendiera sus mensajes en aquellas permanentes o en los cortes a lo garçon que había puesto de moda en la zona. Fue un flechazo. No tuvieron que decirse nada. Había decenas de peinados previos entre ambos, caricias que realmente habían pertenecido a sus cuerpos aunque tuvieran otros deseos y otras manos.

Se levantaba de su silla y se encerraba unos minutos en el baño. Sus compañeros de Assicurazioni Generali no soportaban sus silencios. Él ordenaba los papeles y rellenaba los impresos. Nunca dejó ningún trabajo a medias. Ellos decían que era un tipo raro y que lo veían con una raqueta de tenis por las calles de Praga. En el baño se miraba al espejo manchado de vaho y se tocaba la mejilla suavemente. Sabía que serían solo unas horas. Cuando se tocaba la mejilla le parecía que acariciaba una sombra. A veces escribía su nombre en el cristal y luego lo borraba para que no lo encontraran.

Se van demasiado pronto, y sin embargo parece que lo intuían desde hacía mucho tiempo. Maduran antes, o por lo menos aprenden prematuramente lo que a casi todos nos lleva muchos años de esfuerzo y repetición diaria. Casi siempre mantengo que los artistas, sobre todo los escritores, se van gestando con el paso del tiempo: algunos prometen mucho y luego se quedan en nada, y otros parecía que no iban a llegar y de repente empiezan a dar los mejores frutos. Pero de vez en cuando aparecen esas excepciones luminosas que nos sorprenden en medio de una sala de exposiciones o en un libro clarividente y mágico.
Si hablamos de literatura ahí están Rimbaud o Félix Francisco Casanova, entre otros muchos. Y en pintura nombraría a Jorge Oramas y su capacidad para crear belleza en la antesala de la muerte. Oramas miraba la vida desde el hospital de San Martín o desde El Sabinal y no le hicieron falta perspectivas más lejanas ni tampoco viajes. Coloreó todo lo que le rodeaba y con solo veinticuatro años dejó una de las obras pictóricas más admiradas del siglo XX. Estos días he leído el último libro de David Foenkinos. Se titula Charlotte, y cuenta la desgraciada historia de la pintora alemana Charlote Salomon, que fue asesinada en Auschwitz cuando estaba embarazada con veintiséis años. Siempre que puedo recomiendo a Foenkinos. Busquen Los recuerdos o La delicadeza, y traten de acercarse también a la biografía de esa pintora a la que el escritor francés le pone un alma robada por la barbarie de los nazis y por la mala suerte que a veces aguarda en cualquier cruce de caminos. También Charlotte se aferró al color y a la belleza como si intuyera los desastres que le aguardaban. Pero los libros nunca vienen solos. Y la pasada semana, la poeta Mercedes Arocha me regaló un ejemplar del poemario Pulsaciones del viento, que ha editado Naka. Lo escribe Germán López Fuster, un joven que murió ahogado con veintinueve años en La Puntilla. Falleció hace cuatro años, estaba diagnosticado de Asperger, y escribía poemas que antes memorizaba febrilmente letra a letra. En sus versos también parece como si el autor presintiera su destino inevitable y quisiera dejar unas cuantas palabras como recuerdo de su paso por este tramo ínfimo de la historia. Escribió poemas y aforismos. Nos recuerda que "La vida es un manojo de sueños pendientes", o que "sus ojos bucean por la germinación continua de los libros". No conocí a Germán López Fuster personalmente, pero sí he conocido el alma y las reflexiones que dejó en sus versos. No llegó a cumplir los treinta años, como tampoco los cumplieron Jorge Oramas o Charlotte Salomon; pero en todos ellos uno se asombra de la madurez clarividente de su obra y recuerda aquel diálogo de Blade Runner en el que un replicante decía que la luz que brillaba con doble intensidad duraba la mitad de tiempo.

Se levantó de la cama y se acercó al violín que estaba encima de la mesa del comedor. Improvisó unos acordes y seguidamente salió a la calle con el instrumento. No sabía dónde colocarlo en el coche y finalmente lo puso en el asiento del copiloto. Iba dentro de la funda. Luego llegó al despacho y empezó a interpretar el solo de violín del concierto en Re Mayor Op.3 de Tchaikovsky. Nunca antes había tocado el violín ni tampoco había hablado ruso. Sus compañeros se acercaron intrigados, pero él no los entendía cuando le hablaban. Se había acostado siendo abogado y se había levantado convertido en un violinista ruso. Físicamente solo había cambiado el pelo. Lo tenía un poco más largo y algo desaliñado. A esa misma hora, en San Petersburgo, otro hombre estaba en medio de una orquesta sin instrumento y sin entender lo que le decía un director cada vez más enfadado por su indolencia.

Baja varias veces al día. Ella no sabe que la estoy viendo desde mi ventana. Conozco todos los horarios de su familia. Aprovecha cuando todos se han ido y abre el buzón. Todo su edificio es acristalado, como si los moradores quisieran ser transparentes. Solo ocultan sus habitaciones y el cuarto de baño. En Amsterdam las casas también enseñaban todo lo que tenían dentro. Alguien me habló de una costumbre calvinista, pero mis vecinos son ateos, y construyeron ese edificio por esnobismo y porque entonces estaban de moda los cristales en las fachadas. A mí también me gusta quedarme en casa para observarlos sin que ellos me estén viendo. Me parezco al protagonista de La ventana indiscreta. Esa mujer bajaba cinco o seis veces al día a buscar cartas. Yo le escribí hace dos semanas. Me inventé que era un amor del pasado. No me puse nombre. Pero ella me creyó. Lo sé porque vi cómo le cambiaba la cara cuando abrió mi carta. Ahora sonríe a todas horas y yo le escribo de vez en cuando inventando un romance. Le escribo como si lo hubiera vivido, y como si ella hubiera sido aquel primer amor que después de mil promesas no llegó a nada. También quería vivir una vida transparente. Me dolió tanto su abandono que olvidé su cara y su nombre. Luego me casé con la madre de mis hijos. Supongo que ella también acabaría en alguna familia que no existía cuando los dos solo soñábamos con amarnos eternamente. Su marido se parece mucho a mí, y mi mujer casi podría ser su réplica.

De repente las calles de mi barrio se llenaron de caras sonrientes en las fachadas. Vendían casas con las fotos y los números de teléfono de los empleados de las inmobiliarias. El otro día llovía y por la mejilla de uno de esos fotografiados parecía que caían lágrimas. Él seguía sonriendo pero su foto lloraba cada vez con más insistencia. Dos horas más tarde, cuando fui a buscar el segundo café de la mañana, me lo encontré en la barra de la cafetería delante de un vaso de ron. Mascullaba palabras ininteligibles y se notaba que iba a llorar de un momento a otro. Yo estuve a punto de hablarle de la lluvia y de su cara en la fachada. No le dije nada. A los dos o tres días retiraron su foto y colocaron la de un vendedor más joven y con una sonrisa más blanqueada. A él lo sigo viendo de vez en cuando. Los días de lluvia aprovecha el agua que moja sus mejillas para llorar por las calles.

Nos volvimos a encontrar veinte años más tarde. Lo reconocí inmediatamente. Estábamos esperando el embarque para el mismo vuelo y el destino quiso que nos sentáramos juntos. Él se sentó y se quedó dormido a los pocos minutos del despegue. Yo estuve todo el vuelo recordando aquellos días en que coincidíamos a diario. Él salía a tomar un café y me dejaba luego las veinte pesetas que le habían sobrado. Hablo de pesetas porque nuestros encuentros tuvieron lugar hace muchos años. Yo dejé las drogas y cambié de ciudad, y poco a poco he podido rehacer mi vida. Este hombre que duerme a mi lado me ayudó muchas veces cuando estaba en la calle solo y muerto de frío. No sé qué hacer cuando despierte, ni si le gustará que le recuerde cómo era yo en aquellos días. Lo más probable es que me diera por muerto cuando vio que no regresaba y que en mi lugar ya se había colocado otro mendigo nuevo. Yo ahora tengo mucho dinero. Disimuladamente he metido mil euros en billetes de cien y una pequeña nota en el bolsillo de su abrigo. Viajamos en primera clase y no se pondrá ese abrigo hasta que salga a la calle. Le he dado las gracias por aquellos días. También le he escrito que si no quiere el dinero se lo entregue al mendigo que esté ahora mismo en aquella esquina en la que se cruzaron nuestras vidas hace mucho tiempo.

Le había sucedido cuatro veces en su vida. Escribía el nombre de alguien en cualquier papel, a veces entre las tareas pendientes del trabajo, o en medio de la lista de la compra, y luego no sabía por qué lo había escrito. Siempre era un nombre de mujer. En su día escribió Laura, Sonia, Magdalena y Alicia. Ahora se ha encontrado en un papel sobre su mesa de trabajo el nombre de Elisa. Está escrito con su letra. Los nombres anteriores habían sido sus cuatro grandes amores. Ahora sabía que Elisa iba a ser el quinto y a lo mejor el definitivo. No sabía nada de ella; pero estaba seguro de que la terminaría encontrando antes de que finalizara el día.

No era una manía. Desde que era niño contaba las baldosas de todas las habitaciones en las que estaba mucho tiempo. Nunca se lo dijo a nadie. Aparentemente jugaba con los amigos, o ya más grande atendía a conversaciones más o menos trascendentes. A veces detenía esa cuenta y proseguía cuando los demás creían que estaba pendiente de ellos. El número que más se había repetido era sesenta. Ahora, cuando se siente extraviado, cierra los ojos e imagina partidas interminables en suelos con baldosas de colores. Recuerda los pisos brillantes de las casas de algunos de sus amigos de infancia y mueve fichas imaginarias como mismo se movía con esos amigos durante muchas tardes. Se arrastraban por aquellos tableros como si fueran reptiles del Cuaternario. Sesenta siempre ha sido su número de la suerte y la suma de las fechas de los grandes momentos de su vida. Todos jugamos entre baldosas imaginarias por las que se cuelan los días y las noches eternamente, desde que éramos reptiles y hasta que seamos otro sueño más o menos invertebrado.

Hay sonrisas que solo se entienden en los horizontes y en las utopías. También hay miradas en las que uno atisba lejanos paraísos. Viajar es vivir otras vidas sin salir de uno mismo, o saliendo de uno mismo sin darnos cuenta de que caminamos por senderos distintos. Un libro también es un viaje hacia la inmensidad de un océano que no termina en ninguna parte. Pero para escribir un libro hay que viajar mucho hacia dentro y hacia fuera de uno mismo. Los albatros trazan argumentos cuando vuelan cientos de kilómetros siguiendo la ruta de sus propios sueños. Lo he aprendido en un libro que acaba de publicar José Luis González-Ruano. Se titula Donde anidan los albatros y estrena la editorial de viajes Azulia. Leyéndolo he comprendido la sonrisa limpia de José Luis y su mirada perdida en horizontes lejanos cuando lo miras sin que él sepa que lo estás mirando.
José Luis nació en el barrio de San Cristóbal, cuando por allí no pasaban autovías. Vivió una infancia aventurera y oceánica que trata de mantener viva recorriendo los mares de medio mundo y aventurando islas que a lo mejor ni siquiera existen. Para él Ulises es un albatros que sigue el dictado del poema de Kavafis. La aventura es siempre el viaje y el regreso, como los albatros que él vio en las costas de Nueva Zelanda, solo es un reencuentro momentáneo para recorrer los horizontes con ojos nuevos. José Luis ha recorrido buena parte del planeta tratando de entenderse en los paisajes, desde las islas Galápagos a las costas de Filipinas, de los Andes hasta las nieves del Ártico, desde el Sáhara hasta las ruinas prehistóricas de la isla de Malta. Y siempre ha entendido el viaje como un libro que nunca acaba. Y cita a Conrad, a Baudelaire o a Stevenson porque sabe que son las imágenes de las palabras y no las de la cámara las que logran eternizar las grandes cordilleras o esos mares cristalinos por los que siguen navegando las ballenas. En su libro viajamos lejos todo el tiempo, y lo hacemos incluso cuando nos habla de lo cercano, como en ese retrato del farero de Alegranza cuando recorre el islote al final de la tarde entendiendo su pequeñez ante la inmensidad de la naturaleza. Pero en José Luis hay, sobre todo, un escritor que sabe mirar todo lo que acontece a su lado, y escribo acontece porque en esa mirada encuentra casi siempre algo grandioso en medio de lo cotidiano, o recorre el camino mirando hacia todos los lados. Los albatros no dejan nunca de volar por donde él pasa, y cuando no están los sueña y los escribe en cualquier página. Decía que Ulises era en su libro ese albatros, pero José Luis también tiene mucho del navegante aqueo y de esas aves que solo saben buscar horizontes lejanos. Lo escribe él mismo en una de sus crónicas: "Viajar hasta olvidar el camino de vuelta". Y da lo mismo el regreso porque el viajero siempre está de paso.

Salió a la calle con su capa roja. Desde niño había querido llevar esa capa por todas partes. Se fue a una ciudad donde nadie lo conociera, al otro lado del mundo, para cumplir aquel sueño de infancia. Hizo el viaje solo. Logró cerrar una reunión de negocios y justificar la ausencia en el trabajo y ante su familia. Salió del hotel con su capa y se paseó por el centro de Melbourne. Alguien le preguntó en inglés que si se sentía esa mañana un Superman y él respondió en español que había cumplido el sueño de ser Caperucita Roja. Aquel hombre le esperó entre los árboles del parque y le robó la tarjeta de crédito y todo el dinero que llevaba encima. Era un hombre peludo, una especie de licántropo que se paseaba medio desnudo por las calles de Melbourne.

Yo le había dado una moneda cuando tocaba el violín en la calle, y luego él se acercó y me pidió dos manzanas que me pagó con el mismo euro que yo le había entregado. Dejé que se fuera, y al final de mi jornada de trabajo volví a la calle con esa misma moneda y la puse nuevamente en su plato. Al día siguiente regresó y se llevó un yogur y un plátano. Yo volví a última hora de la tarde y le dejé la moneda que luego estuvimos pasando de mano en mano durante varias semanas. Quedamos una noche para cenar y con la emoción de la cita salí para casa sin dejarle la moneda en su plato. No acudió a la cena y no ha vuelto a aparecer por estas calles. Llevo esa moneda siempre en el bolso, esperando a que en cualquier momento suenen otra vez los acordes de su violín cuando cierra el supermercado y regreso a casa.

Solo visitaba lugares que tuvieran túneles, y a ser posible túneles construidos hace mucho tiempo. Se adentraba en ellos cuando nadie lo veía, casi siempre de madrugada. En los túneles de las carreteras secundarias no tenía problemas y en los de las autopistas sabía que a esas horas los vigilantes se confiaban y daban algunas cabezadas. Se mueve por ellos mejor que cuando está a plena luz del día. No ha comentado con nadie esa costumbre que le lleva a salir de viaje todos los fines de semana. Viste de negro y se confunde entre las sombras. Algunos conductores aseguran luego que han visto un fantasma; pero nunca se detienen y no lo cuentan, si finalmente se atreven a contarlo, hasta que pasa mucho tiempo. Él no sabe por qué tiene esa fijación por los túneles. Se sigue adentrando en ellos de una manera inevitable y como si supiera que la única respuesta, si finalmente hubiera que entender algo, aparecerá alguna vez en medio de esa oscuridad y de ese silencio de los túneles vacíos en las madrugadas.

Saludé a mi amigo. Estaba en la terraza con su pareja. Ella estaba de espaldas y dije su nombre antes de que se girara. Él me aclaró que no era quien yo pensaba. El cabello era exactamente igual, con los mismos rizos y el mismo tinte oscuro. Me disculpé y seguí de largo. Al cabo de dos semanas, volví a encontrarme al mismo amigo con otra mujer morena con el pelo rizado que también estaba de espaldas; pero esta vez no repetí nombre alguno. Su cara no tenía nada que ver con las dos primeras mujeres. No hice ningún esfuerzo por memorizar cómo se llamaba. Sabía que no era más que un cabello pasajero en la vida de mi amigo, otra morena de paso por aquella terraza. Lo he vuelto a encontrar muchas veces más. Ellas siempre están de espaldas. Lo saludo sin detenerme y sin dar tiempo a que se den la vuelta.

La encontró detrás de un gran ropero de la casa de su abuela que no se movía desde hacía años. La reconoció porque la estuvo buscando desesperadamente durante muchísimo tiempo. No le valía otra pieza. Quería solo aquella, el ladrillo rojo de Lego que le faltaba para terminar de construir el edificio que había armado pacientemente durante muchas tardes. Nunca concluyó aquel edificio. Estuvo toda su infancia encima del ropero de su habitación con el hueco de esa pieza justo en medio. Ahora ha aparecido, pero hace más de treinta años que desapareció la construcción del Lego. La ha guardado en su bolsillo y la lleva a todas partes. No sabe qué hacer con ella, pero es lo único que le queda de la infancia, una pieza de Lego roja, algo desgastada por el tiempo, que se quedó sin encajar en ninguna parte. Esa pieza se parece un poco a él, tan solo desde hace años, y con tantas piezas que se fueron separando de su vida cotidiana. También se ha quedado solo aunque esté rodeado de gente. Y sabe que difícilmente encajará otra vez en alguna parte.

Lo llevamos a que viera la nieve. Tenía setenta años. Subimos al avión, luego al tren y finalmente llegamos a la cima en un telesilla. Todo era blanco a nuestro alrededor. Y hacía mucho frío. Se quedó quieto y nos pidió que regresáramos cuanto antes. Nosotros le preguntamos si no la quería tocar con las manos. Ni siquiera se acercó a pisarla. Se mantuvo en silencio en el telesilla, en el tren y en el avión que nos trajo de vuelta. Cuando sus amigos le preguntan solo responde que sintió mucho frío y que nos odia. Para él la nieve había sido una especie de ensueño que le entretenía durante horas. Nosotros quisimos darle una sorpresa y no le dijimos a dónde le estábamos llevando. Ya no nos habla.

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