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Archivos Julio 2015

Llegó a la entrada del parque y esperó durante más de dos horas. Quedaba allí con ella todos los viernes desde hacía más de un año Los dos estaban casados. Él aún no sabía que ella había muerto esa mañana. La había atropellado un coche en la esquina de la calle 45 con la Tercera Avenida. En Nueva York no hay esquelas y él no conocía a nadie de su entorno. Si ella hubiera seguido trabajando en el despacho de abogados, por lo menos podría haber llamado y alguien le habría dicho que estaba muerta; pero él sabía que llevaba varias semanas fuera de ese trabajo y que estaba a punto de firmar un contrato con otro bufete situado en la Avenida Madison. Solo tenía su teléfono móvil. Llamó muchas veces durante las siguientes semanas; pero no ha vuelto a saber nada de ella desde aquel viernes en que la estuvo esperando en la entrada de un parque en el que nunca pudieron pasear cogidos de la mano.

Vi la foto muchas veces. Ahora también la tengo delante y sigo sin entender nada. Yo estaba con un amigo en un bar. Alguien disparó la cámara y luego me envió la fotografía por wasap. Detrás de la cristalera también estaba yo con una mujer que no conocía de nada. Esa mujer tenía la mano en mi hombro y parecía contarme alguna confidencia. Yo sonreía junto a un amigo al que no veía hacía mucho tiempo. Estaba dentro de aquel bar al mismo tiempo que estaba fuera. Tengo la foto delante. No estoy loco. Aquel otro vestía exactamente igual que yo, con los mismos vaqueros y la misma camiseta roja con el nombre de Kafka escrito a la altura del pecho. Aquella mujer que no reconocía parecía haber estado siempre en mi memoria. Estaba detrás de la cristalera, lejos de donde alguien había enfocado la cámara para retratarme.

La mutación de órganos le había sorprendido durmiendo. Se despertó sintiendo la cabeza en su estómago y la espalda en los tobillos. Temía dar órdenes equivocadas a su cuerpo. Veía con los dedos y las manos estaban donde debían estar las orejas. En la residencia lo tienen todo el día atado a la cama. Lo encontró su mujer boca abajo en el suelo de la habitación. Él quería que le mirara a los dedos todo el rato y ella se empeñaba en abrazarle. Él trataba de decirle que donde estaba poniendo las manos estaba su corazón y que le estaba haciendo mucho daño al apretarlo. Pero no habló porque su lengua estaba en el codo derecho y sus labios se habían extraviado en el último beso que le dio a su amante la tarde en que le dijo que lo dejaba para siempre. Él quiso morirse cuando oyó sus palabras, pero se acostó en la cama sin saber que hay cuerpos que somatizan las penas y los desarreglos cuando descansan.

El joven se sentaba en aquel Café creyendo que la literatura era una especie de aura que uno encuentra en los lugares en los que sabe que estuvieron algunos de los más grandes escritores. El Comercial era una especie de rompeolas que luego distribuía las aguas de la noche por Malasaña, por Barceló o por Chamberí.
El joven también iba mucho al Café Lyon de la callé Alcalá en el que habían parado los del 27, o al Café del Círculo de Bellas Artes, o miraba los gestos de los que se sentaban en la cristalera del Gijón y, sobre todo, el Manuela. Allí leyó sus primeros poemas, aunque el Café que más le gustaba de Madrid era el Barbieri, en Lavapiés, donde Erice rodó El Sur. Pero el Comercial también formaba parte de sus rutas de aprendizaje literario, y en los últimos años, en cada regreso, había una parada obligada para desayunar o dejar pasar la tarde delante de un libro o pergeñando poemas muy distintos a los que escribía cuando era joven y se emborrachaba tratando de ligar extranjeras entre las mesas de mármol.
Allí paró mucho Antonio Machado y luego Cela, y sobre todo pararon los escritores del cincuenta que más admiraba, con Ignacio Aldecoa a la cabeza. Los "aldecolizados", tan olvidados tantas veces, dejaron allí el eco de sus voces más literarias: Medardo Fraile, Jesús Fernández Santos, Torrente Ballester, Carmen Martín Gaite o García Hortelano. También Umbral tuvo allí su mesa de trabajo. Entonces el joven buscaba a los prosistas en un Madrid en el que todos seguían un rastro de poetas. Ahora acaba de leer que también cierra el Comercial. Y cuando regresa, en el Ruiz ponen música electrónica y el Manuela no es más que un gran salón de juegos con jóvenes que tiran dados en las mismas mesas en las que el joven paró con Chicho Sánchez Ferlosio, con Moncho Alpuente, con Carlos Gurméndez o con Pepe Hortas, y en donde vio cómo Moustaki cogió una guitarra y cantó Le meteque delante de aquellos espejos en los que se confundían todas las caras entre el humo y el alcohol de noches interminables y bohemias.
Con el cierre del Comercial se clausuran muchas de nuestras vivencias. Nos sentimos más viejos y no somos capaces de imaginar qué será de la Glorieta de Bilbao cuando bajemos Luchana o Fuencarral y ya no encontremos aquella especie de trasatlántico de luces en medio de las noches de invierno. Dentro pedías vino y ya te creías Aldecoa, o hablabas con las sombras que supongo que ahora habitarán cualquiera de esas franquicias que van matando todos nuestros escenarios literarios.

Portada.jpgCuando me preguntan qué es la literatura me veo casi siempre teorizando absurdos o tratando de buscar esa frase que sirva para un buen titular o un aforismo. Pero la literatura no se cuenta nada más que en algunos libros. Cada cual tiene los suyos, aquellos que cambiaron nuestra vida o nuestra manera de asomarnos al mundo. Esos libros siempre aparecen de una forma casi milagrosa. Yo finalicé ayer la lectura de uno de esos libros que ya irá conmigo a todas partes. Se titula Bajo el sol de los muertos. Lo acaba de publicar ATTK Editores y está escrito por Roberto A. Cabrera, un escritor tinerfeño que reside en La Palma. Eso solo son los datos. Lo importante de ese libro será el camino que acabará recorriendo con el paso de los años.
No exagero cuando digo que esta novela tiene casi todo lo que uno le pide a la literatura. Lo que encontré en Flaubert, en Kafka, en Chéjov o en Proust. Lo que me hizo escritor y, sobre todo, lector. Lo que me reconcilia con el mundo que vivo y con los seres que habitan ese mundo tan poco comprensible fuera de los libros. Elías C. nos cuenta su vida yendo de un tiempo a otro como mismo viajan los recuerdos o los sueños. ¿Pero qué es lo que hace que esa vida sea distinta a otras vidas que uno lee en otros libros? ¿Qué es lo que me lleva a afirmar que estamos ante una obra maestra de la literatura? No conozco personalmente a Roberto A. Cabrera. Escuché hablar de él por vez primera en México. Allí el escritor y traductor Rafael-José Díaz nombró Bajo el sol de los muertos y elogió los hallazgos y la grandeza de esa novela. Pero esas grandes novelas no tienen fácil acomodo en las editoriales comerciales, sobre todo cuando no hay detrás un escritor reconocido y cuando se ha estado más de diez años encerrado con ella en un cuarto, escuchando el sonido de cada una de las palabras, reescribiendo, rebuscando y tratando de que lo que escribes vaya más allá de lo inmediato, que tenga alma, que viaje directamente a la psique y a la carne de quien luego lea esos párrafos. Tampoco escatimo elogios y me sumo a lo que dijo Rafael-José Díaz en aquel encuentro literario en Puebla. Y trato de responder a las preguntas que acabo de escribir hace unos momentos. ¿Por qué es tan grande esta novela, por qué la vida que nos cuenta es distinta a las otras vidas que solemos encontrar en otros libros? Léanla, sin prejuicios, dejándose llevar por la inmensa música que va sonando en cada una de sus frases, por todo el dolor que se transmuta en belleza, por ese escritor que nos regala tanto sin esperar nada a cambio. O que espera solamente que sepamos recoger todos los restos del naufragio que ha ido recomponiendo en cientos de páginas memorables. Desvelo el final, porque en este libro el final es lo menos importante: "Porque no ha habido nunca ningún comienzo. Porque no se llega nunca a nada. A ningún sitio".

Era el mismo camarero que en los años del despilfarro y el todo vale trabajaba en uno de los muchos restaurantes de lujo que había en la capital. Fueron cerrando casi todos a medida que empezaron a controlar las tarjetas opacas y las comidas pagadas por las instituciones públicas. Fueron los años en que todo el mundo entendía de vinos y nombraba platos con nombres exóticos. Aquel camarero te miraba siempre por encima del hombro cuando ibas a ese restaurante sin estar acompañado por gente poderosa. Hoy lo he encontrado en una terraza de medio pelo sirviendo las mesas. Yo hice como que no la conocía, pero él estuvo todo el rato tratando de esquivar mi mirada. Ahora tenía su nombre escrito en una placa del polo que llevaba puesto. En aquellos años nunca supe cómo se llamaba. Espero que cuando vuelva a subir regrese con todo lo que ha aprendido en la bajada.

Se recostaba en cualquier calle. Ponía el codo sobre el asfalto, apoyaba la cabeza y dormía plácidamente como si aún estuviera recorriendo rutas por el desierto. Se había criado en medio de la arena sin más espacio que un horizonte de dunas interminables. Todavía no sabía qué había venido a buscar a Europa. Alguien lo convenció para que cruzara y luego lo siguieron convenciendo para que subiera aún más arriba en el mapa. Es verano y la hierba de Hyde Park se parece poco a la arena del Sáhara; pero el sol sí es el mismo que acaricia todos los recuerdos que tiene de la infancia. Cualquier día de estos comenzará a bajar para regresar a ese sueño en medio de la nada que es la arena del desierto.

El médico le pedía que no le mintiera. Tosía sin parar mientras trataba de explicarle que decía la verdad, aunque luego las radiografías le dejaran en evidencia. Tenía los pulmones negros de alquitrán y nicotina y el hígado a las puertas de una cirrosis incurable. Él juraba que jamás había fumado y que solo se tomaba una cerveza de vez en cuando. Se había encerrado durante las vacaciones con las siete temporadas de Mad Men. Le decía a todo el mundo que era la mejor serie que había visto en su vida. Lo que no sabía es que el humo de los protagonistas se acababa colando en sus pulmones mientras él seguía la trama sin darse cuenta de nada. Por eso los personajes aparecían siempre radiantes.

Habla por teléfono en la cafetería,
dice que está very, very cansada,
porque siempre se equivocan con el tinte,
y porque no era esa la rubia
que ella quería encontrar en el espejo.
Pedimos el mismo desayuno:
zumo de naranjas, croissant y capuchino.
Yo hago que escribo en un bloc de tapas duras,
también very, very cansado,
porque no era esta la tinta que buscaba en estos versos.

Me hablaba de nuestro trabajo, de los planes para el fin de semana y de los fichajes del equipo de fútbol que seguimos desde niños. Yo lo escuchaba como si no hubiera pasado nada, pero su voz era otra. No se parecía a la que yo llevaba escuchando desde hacía diez años. Al día siguiente no vino a trabajar. Su mujer nos llamó y nos dijo que al despertar había otro hombre en la cama y que su marido había desaparecido en medio de la noche. Me ha llamado por teléfono desesperado para que le diga a la policía que somos amigos. Le he contestado que no lo conozco y que esa voz no la había escuchado nunca. Supongo que lo habrán acusado de haberse secuestrado a sí mismo.

Encendía una vela y se quedaba mirando el fuego sin pensar en nada. Lo hacía todos los sábados, entre las nueve y las diez de la noche. Era su cena romántica. Antes había servido el vino y comida para dos. Nunca preparaba postre. Se iba a la cama cuando apagaba la vela. Le gustaba el olor que quedaba cuando soplaba la llama que iluminaba su cara. Al día siguiente se levantaba, recogía los platos y las copas y salía a la ciudad como si no hubiera estado sola toda la noche.

Jamás limpiaba los huecos que quedan entre las teclas del ordenador. Estaba empeñado en que esas pelusas guardaban historias que luego copiaban los dedos como si las estuvieran inventando. También sabía que en esos intersticios estaban las cenizas de los personajes que no llegaron a protagonizar ninguna página.

Portada Raquel 1.jpgLos buenos libros de poemas se explican solos. Solo hay que acudir a sus versos y adentrarse en el juego que proponen. Todo es juego. También la escritura. Y no digamos la vida. Nosotros trazamos símbolos para intentar rastrear las sombras. Las letras son símbolos. Sombras de nosotros mismos que vamos dejando en la nada del tiempo. Quiero recomendarles un libro de poemas de Raquel Martín Caraballo. Ganó la última edición del Pedro García Cabrera y lo edita Salto de Página. Escribe sobre tres poetas que dejaron sombras eternas en el tiempo. Les dejo con algunos versos de Raquel Martín. No dejen de buscar este libro.

Virginia:

Así fuiste vista/unos días antes de llenar con piedras/los bolsillos de tu abrigo:/como una oración imperfecta,/o un pez mordisqueado con la mitad del aire,/ o un reloj robándole la vida al Tiempo.

Sylvia:

Pero él no tiene palabras para acallar el gemido/de los amantes./Pero nadie encuentra unos zapatos para calzar/tu corazón/caminando por la nieve./Pero estás sola con esa voz llena de agujeros/ y nadie sabe decirte cómo se encienden las estufas.

Alejandra:

Tu rebelión fue la otra:/mirarte el fondo de los ojos/hasta pulverizar la rosa.


Creo que somos como la materia que jamás se destruye. No ganamos ni perdemos. Si acaso nos transformamos en otros a medida que vivimos y observamos el mundo que nos rodea. No se puede tener todo. Eso es algo que deberían aprender todos los humanos desde que entran en la escuela. Tampoco debes conformarte con ningún sueño. A estas alturas, uno solo le pide a la vida esa salud que olvidamos cuando estamos inmersos en ambiciones casi siempre fungibles. Me lo han contado muchos de los que supuestamente han tocado el cielo con las manos. Casi todos hablan de la soledad del día siguiente o del vacío por las muchas renuncias. Son felices, pero les queda esa magua de no haberse parado a disfrutar más tiempo de las pequeñas vivencias cotidianas.
Los otros les miran con envidia anhelando esa fama que solo suele ser una máscara mediática que se acaba llevando el tiempo. El otro día hablaba con uno de esos triunfadores de esa extraña suerte. No se lamentaba de su destino - nadie lamenta nunca un sueño conseguido-, pero sí reflexionaba en voz alta sobre esa condición humana que nos vuelve tan contradictorios y tan poco conformistas. Ese triunfador, como casi todos los grandes hombres y mujeres que conozco, es un hombre sencillo, cercano y nada engreído. He comprobado muchas veces cómo el talento suele ser inversamente proporcional a la vanidad y la soberbia. Los mediocres que se creen grandes son casi siempre los engreídos, y más temprano que tarde se los termina llevando la propia corriente de la gloria pasajera. Los otros grandes, los que han llegado después de muchos años de estudio y de esfuerzo diario, son siempre eternos aprendices que saben que nadie es más que nadie, y que lo que han conseguido, además de efímero, no es superior a lo que consiguen otros humanos en su lucha diaria por seguir vivos y no renunciar a ser felices. Ese hombre de largos silencios me comentó que la extraña suerte estaba unida a la soledad con la que convivía en hoteles y aeropuertos. Me dijo que muchas veces cerraba los ojos y se veía en el pueblo en el que había vivido de niño. No sabía si sería un hombre feliz. Según él, nunca somos del todo felices en ningún sitio. Si estamos en Manhattan deseamos estar en ese pueblo pequeño alejado de tantos egos falsamente engrandecidos, y si estamos en el pueblo pequeño solo queremos salir de ese infierno chico en el que se acaban convirtiendo los lugares en los que el tedio hace que la gente termine refugiándose en la menudencia malsana de los chismes. Por eso ese hombre me decía que se conformaba con los buenos momentos que le regalaba la vida. Casi ninguno de esos momentos tenía que ver con la fama. La fama, esa gloria que solemos vestir de falsos oropeles y de calderilla, no es más que una extraña suerte que casi siempre se lleva mucho más de lo que recibimos.

No hacía más que inventar las biografías de los que no se atrevía a conocer. Su timidez le convirtió en un soñador de vidas ajenas. Fue así desde niño. Nunca hablaba con nadie en el colegio, ni le invitaron a ningún cumpleaños. Él imaginaba cómo soplaban las velas los otros compañeros, y cuando era el suyo le decía a su madre que nadie había querido venir a su casa.

Venía conduciendo en dirección contraria por la calle y me saludó como si me conociera de toda la vida. Aparcó en medio de la plaza, espantando a las palomas y soliviantando a los mayores que sesteaban en los bancos. Estaba borracho. Reconocí la cara de aquel joven de quince años que era novio de la hija del dentista. Entonces el joven era un deportista sano. Vivía lejos de este barrio, en un arrabal de edificios sucios y grises. Todos sabíamos que aquella relación no iría a ninguna parte. El primer año de universidad, el dentista envió a su hija a estudiar lejos de la isla. Volvió con un novio pijo de Pamplona. No había vuelto a ver a este joven desde entonces. Han pasado más de diez años. Me preguntó varias veces si me acordaba de él. Estaba gordo, sucio y apestaba a alcohol de muchos días. Aquella novia se acabó casando en la Península y viene algunos días en verano. Sigue siendo una rubia guapa.

Él sabía que ella era una mujer de costumbres innegociables. Desayunaba a las siete y diez, almorzaba a las dos y cuarto y cenaba a las ocho y media. Lo habían dejado hacía veinte años, pero él jamás se saltaba ninguna de esas comidas. Masticaba siempre sabiendo que ella estaría haciendo lo mismo en ese momento. Su actual mujer lo tenía por un tipo raro, pero le permitía esas manías horarias. Él siempre masticaba cerrando los ojos y ella creía que era por el placer que sentía al saborear los alimentos.

Hay cuestas que desembocan en sucios bares. Ellos descienden cabizbajos y en silencio como si contaran las baldosas de las aceras destrozadas. Al final solo encuentran un letrero con anuncio de cerveza. No se adentran en la ciudad, nunca pasan de ese bar. Los veo regresar de noche, dando tumbos. A veces vomitan maldiciendo nombres que no se entienden.

Estaba todo el día pintando casas en las tapias abandonadas. Le gustaba colgar geranios en los balcones. Vive en la calle. Nadie sabe cómo ha llegado hasta aquí. Nunca pronuncia una sola palabra. Yo le compro pinturas y se las dejo junto al banco en el que sé que se sienta cada tarde a seguir el vuelo de las palomas. No tiene pinta de haber estado mucho tiempo vagabundeando. Incluso diría que hasta hace poco ese hombre tenía dinero y trabajo. Puede que siga teniendo dinero en otra parte. Todas las casas se parecen. Recuerdo ver muchas de esas fachadas en la isla de Malta. En los cristales de esas casas siempre se refleja el mar. Uno agradece ese mar luminoso en medio del gris de estos edificios suburbiales. También los geranios.

Qué fue de Victoria R. Le perdí la pista el último año de bachillerato y parece como si se la hubiera tragado la tierra. Fuimos grandes amigos en el colegio.Ya luego en el instituto nos separaron las Ciencias y las Letras. He preguntado por ella a varios compañeros de entonces; pero ninguno sabe nada de su paradero, e incluso ha habido varios amigos que me han dicho que no la recuerdan, y que tal vez solo haya sido otro de mis personajes inventados. Victoria R. tenía los ojos grandes de las mujeres soñadoras y un lunar en la mejilla derecha de su cara. Recuerdo que en los recreos se quedaba en clase dibujando corazones en la pizarra.

De los veranos siempre nos queda un eco de verbenas con orquestas que cantaban las canciones que acompañaron a nuestros primeros besos. Las clases, como los contratos de los futbolistas, terminaban en junio, y luego todo lo que había por delante era un océano con una gran playa o días de asueto descubriendo palmerales y barrancos. El verano era el tiempo de los pescadores y de acudir a primera hora de la mañana al Puerto de Las Nieves para ver llegar las falúas que entonces arribaban a la costa cargadas de pescados. Con el paso de los años, esa imagen sencilla de la vida diaria me ha ido acompañando a todas partes. No era nada fácil la vida de aquellos pescadores, pero cuando la recordamos en medio del bullicio de una gran ciudad o de esas guerras cotidianas que tantas veces destrozan el alma, solo recreamos la sensación de llegar a la costa con el trabajo realizado y teniendo todo el día por delante.
Uno quisiera salir a la mar y comenzar de nuevo cada día, sin acumular nada, sin hacer planes y sin saber qué te regalará el océano cuando recojas las nasas o los trasmallos que acarician las aguas. Cuando era niño solo deseaba embarcarme con aquellos pescadores que conocían los fondos cercanos al Juncal, a Las Arenas o a Guayedra. No era siempre un mar amigo el Atlántico en el norte de Gran Canaria. Fueron muchas las veces que estuvieron a punto de zozobrar entre grandes olas o corrientes despiadadas. Aquellos hombres estaban curtidos en mil batallas, y uno no sabía que al paso de muchos años serían un espejo en el que acabaría mirándome muchas mañanas. La vida, aunque resulte tópica la metáfora, se asemeja mucho a aquella odisea diaria de los pescadores de mi infancia. Lo que sucede es que nosotros casi nunca nos quedamos con lo bueno de las batallas, con esa sensación de haber ganado un nuevo día cuando llegamos a la cama y hemos logrado sortear nuestros temporales diarios. Quizá nos falta el escenario, una estela de gaviotas siguiendo nuestros pasos, un mar azul en calma y unos gatos esperando en la costa a que tiremos dos o tres caballas para levantar el rabo y maullar como si hubieran encontrado el mayor de los tesoros entre los cascajos y la arena negra de la playa. Las mañanas de julio yo me levantaba cuando rompía el alba para mirar al horizonte buscando aquellas falúas que casi siempre llevaban escrito un nombre de mujer que acababan despintando las aguas. Con el tiempo, esas mismas aguas también acaban despintando muchos de nuestros recuerdos. Pero cuando llega el verano comienza a sonar nuevamente la música de orquesta entre las banderas de colores que alguien colgó en los celajes de alguna plaza. Y saboreas el recuerdo inolvidable del primer beso y casi te mueves al compás de aquel baile en el que por vez primera te abrazabas a alguien en la madrugada.

Su padre aún no lo había llevado a conocer el hielo. Muchos años después, frente a la casa de Santiago Zavalita, él recordaría la tarde en que se tropezó con Polifemo saliendo de un restaurante en Rouen. Emma Bovary andaba perdida por las calles, él la vio entre la niebla, desengañada de amores y endeudada. Si Penélope no le hubiera estado esperando le habría tendido la mano y la habría salvado.

Encontró el número de teléfono anotado en un papel que no le pertenecía. No era su letra ni recordaba haberlo guardado. No sabía cómo había llegado a su bolsillo. Siempre creía que todo estaba escrito en alguna parte. Por eso marcó aquellos números en el teclado de un teléfono. Fue su propia voz la que encontró al otro lado. Preguntaba que quién era y él cortó la llamada sobre la marcha. Rompió el papel en muchos pedazos y los tiró en papeleras diferentes. No quería que nadie más escuchara la voz que dejó en otro tiempo. Porque sabía que aquella voz era la suya en otro lugar lejano, y que era la misma que él había escuchado muchas mañanas frente a un espejo. ¿Quién es? Prefiere seguir rompiendo papeles antes que enfrentarse a esa pregunta.

Casi nadie se fija en lo que esconden los retratos. La gente se confunde mirando los ropajes, las caras o el fondo de los paisajes en los que posamos. Él sí veía todos los reflejos que dejan los humanos cuando son retratados. Sabía que las fotografías solo eran sombras que dejamos en el tiempo, una especie de bruma que queda en medio del fragor de todas las batallas. En esas fotos viejas de familia él siempre mira hacia cualquiera de los lados. Nunca sonrió en ningún retrato; pero si buscas su sombra verás que te sigue mirando con la serenidad con la que miran casi todos los que ya sabían que iban a ser olvidados.

Decía que había encontrado un techo para dormir cada noche. Los demás le miraban envidiando aquella suerte inesperada. Los bajos de un puente, o unos cuantos cartones apilados, son el único sueño inmediato de quien ya no posee absolutamente nada. La intemperie es la vida sin techo donde refugiarse, el último paso antes de caer en esa tierra de nadie que es una acera en la madrugada.

Decidió no hacerse más preguntas. Se dejó llevar. En el amor hay veces en que no te queda más remedio que dejarte llevar para descubrir hasta dónde te conduce la corriente. Había caído muchas veces por inesperadas cataratas que dejaron malherida su alma, pero también había conocido muchos remansos inesperados. Cuando era niño destrozó los mejores juguetes por querer averiguar sus mecanismos de funcionamiento. Comprendió tarde que el juego consiste justamente en no indagar nunca mucho más allá de la carcasa.

Se había reencarnado quince veces para buscarla. Siempre creía que la había encontrado, pero más tarde o más temprano se daba cuenta de que aquel nuevo amor también era imposible. Tuvo una media de dos amores por vida, un total de treinta romances que nunca logró que fueran eternos. Él no sabía que se había reencarnado tantas veces. Siempre amaba como si fuera la primera vez, pero aún no había encontrado aquel amor que buscaba desde la noche de los tiempos. Ni siquiera sabía de qué color eran los ojos que estaba buscando. Intuía que la eternidad tenía mucho que ver con las caricias. Y sí es verdad que a veces fue eterno mientras amaba.

Cuando uno se reencuentra con un cuaderno de notas o con un diario del pasado se da cuenta de que lo que vive y lo que finalmente recuerda no se ajusta casi nunca a lo que creíamos que era importante. Las vivencias inmediatas se borran si no las apuntamos en alguna parte. Tal vez algún día, valiéndonos de unos acordes o de un perfume, logramos retomar algunas de esas escenas cotidianas que suelen habitar en el olvido para siempre. En ese bloc de notas te aparecen nombres olvidados, recuerdos que no creías tan importantes y esas menudencias cotidianas, fruslerías que también entierra el tiempo, que te quitaban el sueño o que te encaramaban cuando formaban parte de tu vida diaria. Sepultamos las desgracias y los sinsabores para seguir sobreviviendo, y nos empeñamos en no querer guardar como se merecen esos pequeños momentos que nos salvan.
Cuando miramos atrás sin el apoyo de esas notas, casi siempre encontramos brumas o argumentos que solo se ajustan a la necesidad de la historia que hemos inventado para hacer más llevadero nuestro presente. No recordamos aquel olor del mar que nos sorprendió una mañana, ni la luz última de un día en una ciudad de paso que anotamos en nuestro cuaderno como anotaban los antiguos capitanes de barco en sus bitácoras, detallando el bullicio de las calles o aquel cielo azul que casi parecía que tocábamos con la punta de los dedos. No es lo trascendental lo que recordamos sino lo que vamos anotando incluso cuando no tenemos papeles a mano. Cuando volvemos a esas notas nos damos cuenta de que los problemas que ahora nos quitan el sueño no son más que historias repetidas en las que solo cambian los personajes y los escenarios. El tiempo que se fue lo recuperamos también con los recuerdos de los viajes. Está el año de Italia, de Nueva York, de Praga o de aquellas charcas en El Hierro que te enseñaron que todo podía comenzar de nuevo después de un baño en el Atlántico. Hoy me he encontrado con uno de esos cuadernos olvidados hace muchos años, tantos años que apenas reconozco los nombres de quienes me acompañaban en aquellos días. Solo permanecen los sueños. Nunca son los mismos pero siempre se parecen, y una y otra vez necesitamos que sean casi inalcanzables para seguir viviendo sin llegar a ninguna meta. Los sueños cumplidos no llevan a ninguna parte, o nos dejan solos en una habitación de hotel preguntándonos si valió la pena renunciar a tanto por nada, porque la vida que realmente anotamos en los cuadernos es aquella que nunca le interesa a nadie, esa luz de la que hablaba hace un momento, la cerveza al mediodía en una terraza de verano, una niña que agarra tu mano para no extraviarse nunca en las calles o en ese destino que algún día le enseñará que lo importante no tenía nada que ver con lo que le estaban contando en todas partes.

Le habían penado en aquel cuarto oscuro cuando tenía cuatro años. No quería abrir los ojos porque sabía que seguía allí dentro. Cuando vinieron a buscarle, él se empeñaba en decir que la culpa había sido de su compañero de pupitre. La residencia de mayores estaba en el mismo lugar en el que había estudiado párvulos. Solo tuvo que empujar una puerta para adentrarse en la infancia más lejana, pero esta vez no vino nadie a rescatarlo de las tinieblas.

Las pipas de los árboles de la plaza se le fueron pegando a sus zapatos durante semanas. No se daba cuenta de que paseaba llevando los restos de árboles milenarios de un lado para otro. Ni siquiera el escáner del aeropuerto alertó de aquella migración botánica. Han pasado tres mil años y la ciudad a la que llegó no es más que una arboleda como la de la plaza que estaba justo al lado de su casa.

Estuvo sentado a su lado. Escribía en un cuaderno con manchas de café. Me lo contó muchas veces. Siempre estaba hablando de sus años de bohemia en París. Había terminado la carrera de Derecho y estuvo viviendo en los alrededores de Montmartre. Quería ser pintor, pero a los dos años regresó a su isla, empezó a trabajar en el bufete del padre, se casó y tuvo tres hijos. Solo pintó monigotes entre un dictamen y otro dictamen, o cuando tenía que estar muchas horas en juicios interminables. Aquel hombre que decía que estaba sentado a su lado era el poeta César Vallejo. Hoy he encontrado una foto. Aparece Vallejo en un banco de París. Al principio no vi a nadie junto a él; pero luego me encontré la misma sombra que me habla cuando me quedo solo en la sala de la residencia. Esa sombra es la que me cuenta historias de París. Yo también estuve en París antes de empezar a trabajar en el bufete.

Iba mirando la pantalla del móvil. Llevaba auriculares. Todos le gritaban para que parara, pero cuando levantó los ojos ya estaba cayendo al vacío. Solo fue un sueño. Ahora casi todos los sueños son también interactivos.


Apenas podía tragar. Había tenido un mal día. Partía el filete en pequeños trozos y lo masticaba maldiciendo a todos los que se empeñan en destrozar la vida del prójimo. Fue entonces cuando lo vio claro. Nunca antes había visto el destino de la carne que se estaba comiendo. En el filete de lomo se dibujaban perfectamente las líneas de la vida y de la suerte como ella había aprendido a leerlas en las palmas de las manos. La vida de aquel animal fue corta. No tuvo suerte. Dejó de comer sobre la marcha y miró sus manos. Sus rayas eran idénticas a las del filete que se estaba comiendo.

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