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Archivos Noviembre 2014

A veces solo basta con escribir un deseo para que se termine cumpliendo. Incluso da lo mismo que nunca llegues a ver lo que has escrito en un renglón. Amas mientras trazas la palabra amor, sufres si escribes angustia y te ríes de ti mismo cuando logras que el humor se aposente entre los sustantivos y los verbos para espantar tristezas. También eres cada personaje que te va contando su vida en un libro y puedes llegar a sentirte el verso que estás leyendo. Gil de Biedma recuerdo que decía que no quería ser poeta sino poema. Otras veces el azar de las palabras enreda de tal manera que te llegas a ver habitando tus propios argumentos mucho tiempo después de haberlos escritos. Por eso hay que tener mucho cuidado con lo que se escribe, y por supuesto también con todo lo que se sueña.
Hace unos años escribí un texto sobre los boliches de mi infancia. Decía que recordaba nítidamente el sonido de aquel choque certero en el que el cristal jamás se quebraba, y que mantenía a salvo en mi memoria los colores que reconocíamos tras esos vidrios ajados por tantos ajetreos y tantos juegos. No sabía qué había sido de ellos. Cuando ganaba los llevaba en los bolsillos como el más preciado trofeo de guerra de la infancia. Y los días en que la suerte o la pericia no estaba de mi parte llegaba a casa aliquebrado y cabizbajo como llegan siempre los derrotados a todos los puertos y a todos los lugares de paso. Había un amigo que ganaba siempre. Su puntería era casi infalible y te levantaba un boliche de colorines sin que tú casi te dieras cuenta de dónde estaba el gua en el que se concretaban todos nuestros deseos. Ese amigo era alguien inseparable en mi infancia guíense. Murió hace unos años y lo recuerdo cada dos por tres entre anécdotas y ecos de palabras que vencieron al tiempo. Con esas pérdidas cercanas aprendes más filosofía que con todo el estoicismo de Séneca o de Marco Aurelio. Ese amigo coleccionaba muchas cosas y escribía maravillosamente. Hace unos días, en la presentación de mi último libro, se acercó su madre para que le dedicara un ejemplar. Traía una bolsa atada con un lazo. Muchos le decían que no se le ocurriera darme ese regalo en un acto como ese; pero ella nos había visto jugar muchas veces a mí y a su hijo. Sabía que ese regalo me iba a alegrar más que cualquier reencuentro o que cualquier crítica elogiosa. Me dijo bajito que allí estaban muchos de los boliches que había ganado su hijo durante años. Seguí firmando libros, pero solo pensaba en llegar a casa para abrir esa bolsa. Me encontré mi infancia brillando en el cristal ajado de aquellas esferas de colores luminosas. Reconocí algunos de los que pasaron por mis manos. Se cumplió un sueño que yo había escrito como quien lanza una botella al océano de la esperanza. Por eso seguiré escribiendo mientras pueda, porque no hay palabra que no anticipe un milagro.

Ya estaba escrito. Cuando veía aparecer el texto junto a su foto en cualquiera de las redes sociales se quedaba un poco más tranquilo. Nunca recordaba haber trazado esas palabras, pero las suscribía casi siempre cuando se las encontraba. Si no le gustaban podía borrarlas sobre la marcha. El que escribía por él nunca le pedía nada a cambio.

Hacía años que dormía sola. Si hubiera dormido con alguien habría sabido que cada noche, justo al cerrar los ojos, volvía a ser gaviota. En las diez primeras respiraciones se percibía el mismo sonido que ella escuchaba cada tarde cuando atardecía y veía volar a las gaviotas hacia los acantilados de la costa. Cuando una mujer duerme vuela lejos durante unas cuantas horas. También las gaviotas sueñan que son humanas cuando cierran los ojos cada noche.

Hacía muchísimos años que no se ponía gotas en los oídos. El olor alcanforado era el mismo que tenían las gotas cuando era niña. La última vez que se había puesto gotas coincidió con la primera cita del que luego fue su esposo durante quince años. Recuerda que llevaba un tapón de algodón y que le quitó perfume a su madre porque era mucho más penetrante que los que ella utilizaba entonces. Cuando él la besó estuvo todo el tiempo pendiente de que no le saliera aquel líquido del oído. Hoy, cuando se ha tapado nuevamente, recordó aquel detalle de la primera cita. Fueron al cine, a ver una película de Coppola que protagonizaba Kathleen Turner. A él siempre le gustó mucho esa actriz rubia norteamericana. Se parece mucho a la mujer con la que se ha ido a vivir hace dos meses.

Te despierta el zumbido de un mosquito. No recuerdas lo que estabas soñando. Enciendes la luz y lo buscas en las paredes. Lanzas un cojín cuando lo encuentras. Lo matas. Ya no puedes regresar al mismo sueño que habitabas. Te levantas, te tomas un vaso de agua y te pones a escribir estas palabras. Así debe ser también cuando nos vayamos. Tal vez nos encontremos tomando agua en otra madrugada.

El cauce del barranco Guiniguada que separaba Vegueta de Triana se niega a desaparecer. Estuvo miles de años donde ahora el asfalto no llega ni siquiera al medio siglo. Está empezando a recuperar el terreno perdido por los márgenes de la carretera del Centro. Si miras hacia el suelo de la calle Mesa de León verás cómo ha empezado a brotar la hierba entre los adoquines. Si la vida fuera un parpadeo de unos cuantos siglos, cada vez que abriéramos los ojos veríamos un mundo totalmente diferente en el mismo sitio. Ahora se escuchan coches donde antes corría el agua, y los puentes solo los podemos ver en la imaginación o en esas fotos antiguas que colocan en muchos locales para que nos entretengamos recordando lo que vieron otros mucho antes.
Siempre me han fascinado las historias de los pueblos hundidos en los pantanos o en las presas. Cuando era niño y me escapaba a la presa de Las Garzas de Guía mi abuela nos contaba cómo era el paisaje que estaba debajo del agua. Para ella no había cambiado nada, y me imagino que dentro de dos mil años aquellos árboles que ella vio volverán a rebrotar sobre la tierra. La ciudad que caminamos a diario también tuvo dunas donde ahora solo hay edificios y asfalto. Siempre que llega alguien de fuera y le explicas cómo era el istmo que separaba Las Canteras del Puerto te mira como si le estuvieras contando el argumento de algún libro de Julio Verne. Tampoco se creen que la arena estuviera hace apenas veinte años junto a Mesa y López o en la zona de La Minilla. Son muchos los Guiniguadas que quedaron sepultados bajo el asfalto de la especulación y de ese crecimiento demencial y caótico de una ciudad que no supo conservar algunos de sus paisajes más emblemáticos. La vida también está llena de Guiniguadas por todas partes. A veces nos confundimos y nos empeñamos en esconder lo que realmente merece la pena. Dentro de cada uno de nosotros hay querencias que anegó el olvido y que llevan sumergidas muchísimos años. Un día te levantas y recuerdas una cara o te aparece el olor de un perfume que relacionas con alguien de quien estuviste enamorado. De alguna manera la hierba que se empeña en rebrotar se asemeja a esos fogonazos que te ponen delante todo tu pasado. No se olvida nada de lo que se vive. Si acaso se anega como esos pueblos de los pantanos o se cubre de un asfalto metafórico. La naturaleza siempre encuentra el camino de vuelta. Me gusta mirar esa hierba que mi perro huele como si estuviera rastreando las sombras del barranco que está debajo de la calle. Viene de muy abajo, atravesando alcantarillas y abriéndole heridas al hormigón armado. Lo bello nunca muere para siempre y, tarde o temprano, encuentra la manera de volver a asomarse. Nuestros recuerdos también se abren paso por esas grietas que a veces deja el tiempo para que nos alonguemos al pasado.
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La tenían que sacar los policías locales todos los días de la carretera del Centro. Se movía entre la plaza del Mercado y el Monopol. Más de una vez estuvo a punto de ser atropellada. Le había puesto nombre a todos los geranios. Las flores están más mustias desde que ella no viene.

El agua de la fuente que derrama el viento contra el empedrado de la plaza es el mismo agua que ha caído en tu mano cuando se te ha virado accidentalmente el vaso. También tu lluvia es idéntica a esa lluvia que ahora escuchas al otro lado de la ventana.

Cuando subió a la azotea se encontró una historia tendida en las liñas de la ropa. La descolgó y la guardó con cuidado. Luego colgó sus sábanas y sus toallas y bajó nuevamente la escalera de la casa antigua que habitaba.

Se acababa de cortar al afeitarse. Hace un año, el mismo 6 de noviembre, se había cortado casi en el mismo sitio. Cada 6 de noviembre, desde que tenía dieciséis años, se llevaba cortando al afeitarse sin darse cuenta nunca de la fecha. Todo lo que vivía se repetía cada año sin que se diera cuenta. Estaba triste todos los 10 de agosto y se levantaba radiante los 25 de febrero. Estornudaba a la misma hora del 3 de diciembre desde que era niño y echaba de menos a alguien cada 22 de marzo. Visto desde fuera era un tipo previsible que se repetía cíclicamente en los almanaques. Él atribuía todo al azar sin saber que la vida también es una ecuación matemática que se va repitiendo detrás de cada paso.

Lo ve pasar todas las mañanas a su lado. Se ha gastado casi todo su sueldo en limpiezas de cutis, perfumes caros y llamativos maquillajes. No ha conseguido que le mire a la cara. Él va siempre escuchando música con los auriculares o mirando hacia el cielo como un loco despistado. Ella barre lentamente o deja el cepillo y hace como que mira el horizonte buscando disimuladamente sus ojos. Maldice el uniforme de la empresa y trata de tapar por lo menos el logotipo hortera de la contrata. Se vestiría con un gran escote, con su mejor falda y llevaría tacones de aguja para parecer más alta. Él es muy alto y tremendamente guapo. Ella aún no sabe que el coche que atropellará a ese Adonis del que está enamorada acaba de arrancar hace un momento en el otro lado de la ciudad. Lo conduce su hermano; pero nunca se cruzarán los datos y su hermano le contará por la tarde que no pudo hacer nada para evitar el atropello de un loco despistado que iba mirando al cielo mientras escuchaba música con los auriculares.

La había soñado treinta y cinco años antes de haberla conocido. No fue el típico flechazo de las películas. Le costó encontrar su mirada y estuvo con otras mujeres que creía que podían ser el amor de su vida. Sonreía en aquel sueño como mismo sonríe ahora cuando la mira sin que ella sepa que la está mirando. Ella también le había soñado. Realmente se habían cruzado en medio de un sueño y los dos sabían que acabarían despertando. Por eso se abrazaban todo el rato. Para mantenerse a salvo de la nada.

Cuando sacó la cabeza del agua ya no estaba la toalla de su infancia en la orilla. No se hizo preguntas y saludó a la mujer que estaba a su lado como si la conociera de toda la vida. Luego leyó en alguna parte que el tiempo era así de vertiginoso e imprevisible. Querría haber sido como el dinosaurio del microrrelato; pero en su margullo no hubo nadie que detuviera el presente.

No levantaba cabeza desde que se quedó solo. Lo había intentado con otras parejas pero siempre había algo que salía mal. Con el otro bastaba cualquier gesto para entenderse sobre la marcha. No tenían que programar nada. Todo lo hacían con naturalidad y sin aspavientos. A veces alternaban los papeles, aunque habitualmente él prefería quedarse en la retaguardia. Tenía sus teorías. Siempre estaba empeñado en que era imposible conseguir algo si no había química entre ambos. Su compañero murió inesperadamente. Fumaba y bebía demasiado. Ahora lanzan la bola y por más que se concentre siempre le acaban metiendo goles desde todas las posiciones. Ya casi no juega. Prefiere encerrarse en su casa y contemplar todas las copas que ganó con su compañero. Jugaron juntos desde que ambos tenían dieciocho años. Se conocieron en la bolera cuando los dos estaban recién llegados a la ciudad. También mira las fotos de las entregas de premios. Fueron campeones provinciales en dos ocasiones y llegaron a quedarse en tercer puesto en un campeonato nacional celebrado en Tarazona.

Se rema en el columpio como si la vida se fuera eternizando en cada movimiento. Sube y baja cada vez más rápido y con una sonrisa que ilumina todo lo que le rodea. Es imposible no pensar que el mundo es un espacio habitable cuando alguien contempla a uno de esos niños volando por encima de nuestras cabezas. Tú también volaste alguna vez igual que ellos. Y sonreías con esa misma sensación de plenitud y felicidad, o cerrabas los ojos pensando que te ibas muy lejos. Ahora cuesta mucho más alzar el vuelo porque siempre hay alguien que se empeña en que bajemos de esas metafóricas alturas en las que parece que no llegan los dardos malévolos ni ninguna de las conspiraciones de los aguafiestas. Pero los aguafiestas siguen empeñados en bajarnos de todos los remos con sus mentiras y sus comportamientos rastreros. Ese niño que se rema aún no los conoce. Por eso envidiamos tanto su vuelo.
Cuando sube al tobogán se hace amigo de un niño extranjero. Ninguno de los dos ha cumplido los tres años y manejan palabras diferentes. No les hace falta el idioma para entenderse. A veces con quienes peor nos entendemos es con quienes compartimos la misma lengua. Ellos se manejan con la universalidad de los gestos y de las sonrisas. No paran de reír y se han hecho amigos. Corren como locos por el parque, se tiran al suelo al mismo tiempo y se dan la mano. Los padres de esos niños se entienden en inglés y averiguan las edades, los nombres y las ciudades de procedencia. Un niño es de Copenhague y el otro de Firgas, pero juegan y se comunican como si pertenecieran a la misma familia. No sé en qué momento perdimos nosotros esa capacidad universal de entendernos más allá de las palabras y de las banderas. Esos dos niños posiblemente se olviden para siempre de ese encuentro. Los daneses están pasando una semana de vacaciones en Gran Canaria y ese día han venido a conocer la capital. El niño de Firgas bajó con sus padres a la zona de Triana para visitar a los abuelos que viven en Rafael Cabrera. Yo estoy leyendo un libro a unos metros de donde tiene lugar todo lo que cuento. Evidentemente el libro se quedó a medias. Luego, al llegar a casa, seguí leyendo La infancia de Jesús de J.M. Coetzee. Habla de la maldad humana y de esos niños a los que destrozamos la inocencia con nuestras ambiciones y con el mundo tan despiadado que estamos construyendo. Recuerdo la sonrisa de esos dos pequeños, uno rubio y el otro moreno, tan distintos y tan distantes, y sin embargo tan cercanos en los gestos y en la capacidad para reconocerse como si fueran gemelos. Me quedo con el eco de sus sonrisas y con las carreras alocadas por todo el parque. Confío más en ellos que en todos nosotros. A lo mejor algún día se reconocen en una cumbre internacional y se olvidan de las fronteras, de las religiones y de los intereses.

Leer un buen libro, amar mientras el amor se mantenga a salvo, respirar hondo, sumarse al eco festivo de algunas sonrisas, rodearse de amigos que amen la vida y cerrar los ojos como cuando era un crío y llegaba a la cama cansado de jugar y de correr de un lado para otro. Sabe que hay un porcentaje altísimo de canallas en el mundo; pero ninguno de ellos ha logrado derrotarle más de dos o tres días seguidos. También tiende la mano siempre que puede al que necesita ayuda. Él está aquí ahora porque hubo otros que tendieron esa mano cuando no encontraba el camino.

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