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Eucaliptos

Hay mañanas en las que los eucaliptos de la calle Juan de Quesada huelen como si cada hoja llevara la esencia balsámica del tiempo. Los árboles no huelen todos los días de la misma manera. Hace años, los viejos sabían por qué olían de una manera diferente cada mañana. No eran botánicos, pero conocían la influencia de la luna, los tiempos de la fotosíntesis, la frecuencia de las aves de paso o el devenir de cada una de las estaciones. Yo paso ahora junto a ellos y solo sé que hay días en que su olor a menta logra refrenar cada uno de mis pasos.
También me sucede lo mismo con las higueras. No concebiría el final del verano sin ese olor penetrante de las higueras cuando atardece. No conozco los tiempos ni los ciclos de los árboles que me rodean. Sin embargo, mientras huelo los eucaliptos de Juan de Quesada se encienden de repente las luces de un coche aparcado en la calle. No hay nadie dentro, pero uno intuye que alguien ha activado un mando a distancia. Unos segundos después abren una puerta justo enfrente del coche y sale un padre con dos niños que van camino del colegio. No sé si tuvieron tiempo de oler los eucaliptos. No se detuvieron. Resulta paradójico que entienda por qué se abren las puertas de un coche a distancia y que no sepa por qué huelen más intensamente los eucaliptos algunas mañanas. Nos alejamos de la naturaleza creyendo que la tecnología suplirá todas nuestras lagunas atávicas. Los satélites anticipan las lluvias, pero nunca aciertan con tanta precisión como los viejos con las cabañuelas de la luna y con sus años de observación diaria. Todo es mucho más sencillo de lo que parece, y a veces no hacemos más que enredarnos en batallas que no conducen a ninguna parte.
Hace unos días también repasaba en una hemeroteca noticias de hace unos años. Casi todas están olvidadas. A los ególatras y a todos esos que se creen que pasarán a la historia les invitaría a que visitaran de vez en cuando una hemeroteca. Nos perdemos en lo inmediato y no somos capaces de comprender que casi todo se repite cíclicamente. Sucede como con esa coloración de las hojas que van dibujando las estaciones mucho antes de que las marquen los almanaques. En medio de las revolturas, siempre hay que esperar a que todo se calme para buscar las salidas que ya estuvieron buscando otros mucho antes. Conviene que nos paremos a respirar de vez en cuando el aire balsámico de los eucaliptos o el salitre de las playas que también llevan miles de años dibujando los contornos de todos nuestros mapas. Vivimos días sin memoria y sin asideros que nos permitan dar menos palos de ciego en nuestro andar diario. Se desprecia al viejo, se aparta al sabio y se encumbra al modelo engominado o al patán más ruidoso y más gregario. Todo cambia, pero no dejemos que la sabiduría se acabe extraviando en el fondo de las pantallas.

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