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Archivos Junio 2014

El otro día escuché que una vez Rafael Azcona compró un paquete de quinientos folios para encerrarse a escribir un guion en un ático de Roma. Se sentaba delante de los folios en blanco y no le salía absolutamente nada. En esos casos, en lugar de insistir, lo que solemos hacer quienes escribimos es dar una vuelta por la calle, leer un rato, escuchar música y luego regresar con argumentos y con energías renovadas. Cuando venimos de regreso, sí es cierto que muchas veces soñamos con encontrarnos el folio escrito, o por lo menos querríamos hallar algunos trazos de los que poder ir tirando. Nunca sucede ese milagro, aunque sí es cierto que en los paseos por las calles es donde hallamos los nutrientes de casi todos los argumentos que luego acabamos contando. Azcona lo que hizo fue empezar a construir aviones de papel con esos folios que estaban llamados a descubrir nuevos personajes cinematográficos. Dicen que su felicidad era enorme cuando contaba que uno de esos aviones de papel llegó a estar siete minutos sobrevolando los tejados romanos.
Siempre admiré a los amigos que eran capaces de construir toda clase de figuras con esos mismos papeles que nosotros llenamos de letras para no extraviarnos. La papiroflexia con la que Miguel de Unamuno pasaba las horas muertas sin saber que era cuando más estaba filosofando, enseña esa paciencia necesaria para lograr que algo sea bello o que detenga una mirada. También envidiaba sanamente a los que lograban diseñar aviones que planeaban por los cielos de la infancia durante largo rato. El destino final de un papel debe ser el de volar lo más lejos que pueda, y quizá por ello un buen día lo empezamos a llenar de metáforas, adjetivos, sustantivos y toda clase de verbos que nos puedan servir para entendernos o, por lo menos, para poder contarnos más allá de cómo nos ven los otros mientras caminamos por las calles. Las pantallas están muy bien, pero uno se queda siempre con la magua de no poder estrujar con las manos aquello que ya no vale, o de no poder escuchar cómo los papeles arrugados se acaban asemejando a esos insectos que no dejan nunca de mover las patas o las alas.
Lo que se borra en las pantallas se pierde; en cambio lo que arrugamos siempre podemos recuperarlo. Las hojas que desechamos porque no fueron capaces de regalarnos las palabras que andábamos buscando, también pueden convertirse en cualquiera de esos aviones de papel que sobrevuelen por unos segundos los cielos de las ciudades que habitamos. Nunca sabemos nada del destino final de ningún objeto ni de ningún ser humano. Puestos a elegir, yo también optaría siempre por un vuelo ligero como el que dibujan esos papeles, escritos o en blanco, que luego acaban aterrizando mansamente en las aceras que vamos pisando.

Yo quería pedir mortadela, pero en el último momento salió de mi boca la palabra salami. Ella me dijo que cuántos gramos quería de mortadela. Le respondí que cien gramos y no le di ninguna importancia. Eso fue el primer día. Las mañanas siguientes me sucedía algo parecido. Yo iba pensando lo que iba a comprar y luego siempre nombraba un embutido diferente; pero ella jamás se equivocaba y me partía el que yo estaba pensando. Hacía oídos sordos a mis encargos. Con los demás clientes veía que no le pasaba lo mismo. Si le pedían jamón cocido les ponía jamón cocido, y si era pechuga de pavo no les corregía el pedido eligiendo salchichón o lomo embuchado. Una de esas mañanas, al llegar a casa, comprobé que no me había servido lo que había pensado. Tampoco estaba lo que yo había nombrado. Me puso otro distinto, pero cuando lo abrí me entraron unas ganas tremendas de comer ese embutido que ella había elegido entre todos los que aparecían en el expositor de la nevera. Con el tiempo se vino a vivir conmigo. No le tenía que decir nada. Me bastaba con mirarla para que me entendiera. Esto que lees, por ejemplo, lo ha transcrito ella misma con las palabras que creía que yo estaba pensando. Yo querría haber escrito algo sobre el poder insano de quienes leen las otras mentes y sobre los amores que se acaban. Ahora está en la cocina. Huele a potaje de berros. Toda la vida he detestado el potaje de berros. Creo que hemos dejado de querernos.

Más de veinte años después regresó con Olvidado rey Gudú. En todo ese tiempo había atravesado esos sombríos paisajes del alma que tantas veces derrotan a las palabras. Cuando volvió a asomarse a las librerías con ese nuevo libro escribió que lo dedicaba a todo lo que había perdido y a todo lo que había olvidado. Quien escribe sabe de antemano que lo que no se cuenta queda extraviado en esa tierra de nadie que acaban poblando las ausencias. La vida hubiera sido mucho menos habitable sin las ficciones y sin páginas como las que ha dejado escritas Ana María Matute. Como mujer y como escritora fue siempre unos pasos por delante. Incluso su muerte parece más física que literaria, quizá porque entendemos que sigue viva en los anaqueles y detrás de cualquiera de sus personajes.
Formó parte de una generación marcada por la Guerra Civil. Cada vez que pasa el tiempo admiro más la literatura que escribió la Generación del 50. No solo era poesía; también en prosa fueron grandes contadores de historias. Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, García Hortelano o Ana María Matute supieron escribir sobre la desesperanza y sobre aquel halo gris de la posguerra que solo era posible contar poniéndose en el lugar de un personaje. Muchas veces nos olvidamos del realismo inicial de Ana María Matute y de unos relatos magníficamente escritos en unos años en los que el relato casi no se estilaba en la literatura española. Ya luego añadió a su escritura elementos fantásticos y altos vuelos de la imaginación. Para mí su fantasía no tiene nada que envidiar a la de Tolkein y se adelantó muchos años a esos libros que ahora están de moda gracias a las series televisivas. Lo que uno encuentra en Juego de Tronos ya lo habíamos leído mucho antes en sus libros. Quizá porque ella volvió a los clásicos, a H.C. Andersen, a Jacob y Wilhem Grimm o a Charles Perrault, para reinventar su fantasía a través de ellos. Una vez le escuché que toda su vida cambió cuando oyó por vez primera Érase una vez. A partir de esas tres palabras uno puede viajar a cualquier parte o mirarse en un espejo diferente cada mañana. Tras ese comienzo de los cuentos ella atisbó una salida en medio de la grisura y del astracán de aquella España triste de posguerra. Por eso decía hace un rato que iba siempre unos cuantos pasos por delante. Su literatura la reconoceríamos sobre la marcha entre cientos de libros. A mí también me gustaba mucho su elegancia y esa forma que tenía de llevar los años como si no escondiera ninguna tristeza bajo sus párpados. Creo que fue la mejor escritora que entendió a Lewis Carroll en castellano. También ella atravesó el espejo. A veces la fantasía es lo único que nos salva. Ana María Matute no ha muerto. No te extrañes si al adentrarte en cualquiera de esos espejos te encuentras con una mujer de pelo blanco y serena mirada.


Se encierra cada mañana en el cuarto más silencioso de la casa. Hace años pintaba cuadros hermosos. Si mira las paredes verá todos los paisajes que fue creando de la nada. Nunca ha salido de aquí, pero él decía que soñaba todos esos valles y las calles de esas ciudades que ha sido capaz de plasmar como si llevara toda la vida caminando por ellas. Ni siquiera sabemos si existen esos lugares. Ya luego empezó a obsesionarse con esa mujer que puede ver retratada por todas partes. Tampoco sabemos quién es; pero estamos seguros de que nunca la ha visto. Cuando nació lo escondimos entre estas cuatro paredes para no hacerle sufrir. Nunca hemos dejado que se mire en un espejo. Tampoco ha visto la tele ni sabe nada del mundo real que está ahí fuera. Su padre y yo decidimos salvarle de las burlas y de la crueldad de la gente. Yo tampoco salgo. Mi marido se encarga de todo lo que hay que hacer en la calle. Usted es el primero que entra aquí después de cuarenta años. Ya casi no pinta. Ahora habla a todas horas con esa mujer y no hace más que buscar en los posos de café toda clase de presagios y de esperanzas. Sí, ahora le tenemos miedo. Algunas veces se pone demasiado violento o empieza a increparnos. Pero es esa mujer la que le ha trastornado. Le hemos llamado para ver si usted le puede dar alguna pastilla que le calme o le haga olvidar a esa arpía que busca a todas horas en las tazas. No se asuste cuando lo vea. Él cree que se parece a todos los que están ahí afuera.

Necesitaba las palabras para orientarse. Llenaba páginas frenéticamente y luego nos leía lo que había escrito. Nadie podía imaginar que improvisaba. Un día logramos ver de cerca uno de esos papeles y solo había frases inconexas trazadas con una letra ininteligible. A ella le bastaban esas pistas para poder contarse. A veces lo que menos importa es lo que uno escriba. Lo que realmente vale es lo que logramos ver mucho más allá de las palabras. Solo hablaba cuando escribía. El resto del tiempo permanecía en silencio. Su biografía era una invención diaria que se leía entre líneas, una de esas historias en las que tantas veces nos acabamos confundiendo con nuestro propio personaje.

La vida no terminamos nunca de contarla. Siempre nos faltarán páginas o nos quedaremos sin tiempo si alguien se empeña en que revolvamos en ese trastero siempre sorprendente que es nuestra propia memoria. Algunos te dicen que sus logros son escasos y que cabrían en un par de renglones; pero luego les pides que se cuenten y no saben dónde terminar poniendo ni el primer punto y aparte.
Cualquier detalle vale para una novela o para tener a alguien en vilo durante muchas horas. Un amigo hizo la prueba el otro día subiendo y bajando de muchos taxis. La mayoría de las veces ya le hablaban sin que él preguntara nada. Todos tenían algo que decir sobre Iniesta, las prospecciones, el rey de España o sobre el tiempo que duraban los distintos semáforos en los que se iban parando. También había otros conductores silenciosos, como si mascullaran alguna pena en sus adentros o estuvieran pensando en cualquier problema que dejaron sin resolver al salir de casa. A los que hablaban sin parar y a los misántropos les formulaba la misma pregunta. Les preguntaba si eran felices. Casi todos se quedaban a cuadros o balbuceando monosílabos. Yo creo que todos nos quedaríamos medio pasmados si alguien que no conocemos nos preguntara de sopetón por nuestra felicidad. No es una respuesta que se pueda dar al tuntún. Podemos parecer dichosos en medio del peor de los dramas o andar aliquebrados en tiempos de bonanza. Los humanos somos, sin duda, los seres vivos más enigmáticos de este planeta, mucho más que los grillos, que los caballitos de mar o que las musarañas.
Mi amigo aprovechó un sábado por la mañana para subirse a distintos taxis de la ciudad en la que vive hace años. En cada uno de ellos estaba exactamente quince minutos. Huelga decir que se gastó en automoción lo que se hubiera gastado en un buen restaurante. No se arrepiente de esa inversión sociológica. Según dice a todas horas, valió la pena el experimento. Cuando preguntaba por la felicidad a los taxistas se encontraba con esas dudas iniciales; pero luego casi todos confesaban ser felices. Digamos que cada uno buscaba algún motivo para contar que su vida valía la pena. Se agarraban a una nieta recién nacida, a la salud, al puesto de trabajo, a la mujer que llevaba a su lado muchos años, al lugar en el que habitaban o al recuerdo de todos aquellos a los que habían tenido la suerte de conocer en los distintos recorridos por la ciudad. Cuando llevaban unos minutos, hasta a los más timoratos y misántropos les faltaba tiempo para contar la dicha que habían vivido. Bajaba de un taxi y sobre la marcha subía al siguiente. A todos les pareció imposible resumir sus alegrías en tan poco tiempo. Durante quince minutos logró que muchos taxistas transitaran, al menos por una vez, cerca de sus propios itinerarios.

La suerte ya está escrita cuando nosotros ni siquiera imaginamos lo que vamos a encontrar unos pasos más adelante. Los días en que te juegas algo importante estás más atento a las premoniciones y a las casualidades. Ayer, antes de que empezara el partido de la Unión Deportiva, volví a vivir uno de esos días en los que la infancia se presenta con la misma ilusión y las mismas ganas que cuando tenía ocho o diez años; pero eso fue antes: después lo de menos fue el resultado.
No recuerdo un final de partido más triste y desolador que el de anoche. Ni el día del descenso ante el Bilbao, ni cuando perdimos la final de Copa, ni aquellos penaltis que nos eliminaron ante el Barça de Maradona. Lo de ayer no tiene comparación porque fuimos nosotros mismos los que perdimos la batalla. Y ahora de lo que menos me apetece escribir es de fútbol. Ya dije al principio que juega la suerte, y que a veces no puedes hacer nada cuando te vienen mal dadas. La Unión Deportiva estaba en Primera hasta que aparecieron ellos; pero esas hordas de gamberros no nacen por generación espontánea. Llevan años campando a sus anchas sin que hagamos nada. Nos hemos cargado la educación y sin educación no hay futuro posible para ninguna sociedad. Ayer nos vimos ante nuestro propio espejo. Ya los habíamos visto cuando mataron a Iván Robaina; pero ni siquiera bastó aquella muerte para que reaccionáramos. No se les puede controlar porque durante años nadie les ha enseñado absolutamente nada.
Yo iba a contar que fui al estadio con mi padre y que ahora tengo más edad que la que tenía él cuando me llevaba de la mano. También nos acompañaba mi abuelo en los primeros años. Mi abuelo, en los años cincuenta, venía de Guía con una caja de palomas mensajeras que mandaba para el pueblo cuando no había carruseles deportivos. Anillaba las palomas con los hechos más relevantes y con los goles que se conseguían o que se encajaban. Mi padre las recibía en la azotea de la casa con medio pueblo aguardando expectante en la calle. Ayer, cuando Germán y Martín I soltaron las palomas mensajeras, me acordé de mi abuelo. Mi padre es ahora el abuelo de mi hija, y yo estaba deseando llevar a mi hija al estadio con Las Palmas en Primera y de la mano de su abuelo; pero ellos evitaron que se repitiera la historia. Da igual lo que pasara en el campo. Lo que importaba estaba sucediendo fuera del rectángulo de juego.
De niño veníamos de Guía en un Peugeot 404. Lo conducían René del Pino o Manuel Moreno. Se juntaban nuestros padres y los hijos íbamos en el asiento trasero deseando ver de cerca a Cruyff, a Kempes o a Netzer. No había vallas, pero a ninguno de nosotros se nos ocurría saltar al césped. Ganábamos muchas veces, y la salida por la bocana del Insular la recuerdo como uno de los momentos más inolvidables de mi infancia. Todo olía a césped y a unos metros de nosotros el amarillo brillaba como mismo lo hacía ayer por todas partes. Al principio del partido agité mi vieja bufanda y casi llegué a reconocer los lejanos acordes de la corneta de Fernando el Bandera. También me acordé de mi abuelo. Me abracé a mi padre cuando la Unión Deportiva marcó el primer gol del partido. Los últimos veinte minutos estuve al borde del infarto. Jamás he pasado tantos nervios viendo un partido de fútbol. Cuando yo era niño recuerdo que tranquilizaba a mi padre porque me daban miedo las camillas en las que sacaban en cada encuentro a los infartados. Ayer era él quien me decía que estuviera tranquilo porque subiríamos a Primera. Mi padre, que ahora tiene setenta y cinco años, no contaba con los energúmenos que matan sueños y alientan la violencia por donde quiera que pasan. Nunca había tenido miedo saliendo de un partido de Las Palmas en Gran Canaria. Ayer lo tuve. Por mi padre. Porque no podía correr y veía salvajes tatuados gritando y corriendo por todas partes. El día más triste, sin duda, de los muchos años que llevo viendo fútbol para no perder nunca el rastro más festivo de la infancia. Lo de menos fue el resultado. Los bárbaros, una vez más, aparecieron para pisotear todos nuestros sueños. Felicito al Córdoba por el ascenso. Como en la Lucha Canaria alzo el brazo del rival y reconozco su victoria. Lo de menos es que fueran mejores. Nosotros éramos los mejores hasta que llegaron ellos.

Salía a correr cada mañana detrás de sus propias historias. Todo lo que escribía se le ocurría mientras iba corriendo con la mirada perdida en el océano y en los barcos fondeados en la bahía. Los personajes eran náufragos que se acercaban a la orilla para contarse. Le decían sus nombres y le contaban toda clase de aconteceres que luego los lectores creían que se inventaba. No eran fantasmas. No se puede confundir nunca a los fantasmas con los personajes literarios. Los primeros están muertos, mientras que los segundos no se alejan nunca de quienes los trazan. Incluso me atrevería a decir que son ellos mismos los náufragos que aparecen en la orilla cada mañana.

No iba a salir nunca de aquel espacio. Entró a trabajar cuando tenía quince años. Había dos sillones, espejos, navajas, colonias, brochas y espumas de afeitar. También había siempre un periódico y varias revistas ancladas en otros tiempos. En las paredes colgaba un almanaque que se renovaba cada año, un poster amarillento de los años gloriosos de la Unión Deportiva Las Palmas y un San Pancracio al que su padre hacía mil mataperrerías para intentar salir de pobres de la mano del santo. Aún no existían los salones de belleza ni ninguna de esas peluquerías modernas que ahora están abriendo por todas partes.
Murió su padre y poco a poco fueron falleciendo casi todos los clientes habituales. Sus cortes eran clásicos y mantenían los cánones estéticos que habían seguido todos sus antepasados. Ahora solo entraba algún periodista para escribir el clásico reportaje de verano o cualquiera de esos guiris despistados que aparecen por el barrio sacando fotos a todo lo que les resulta exótico. Yo no quise seguir la tradición. Estudié y soy ingeniero. Mi padre enviudó hace unos años. No hubo manera de convencerlo para que viniera con nosotros. El local de la barbería es suyo. Le tiemblan las manos. Los pocos clientes que le quedaban jamás volvieron después de que le diagnosticaran Parkinson. Sigue comprando los periódicos y se sienta a esperar a que aparezca alguien. También se pone la misma bata blanca que mi madre le tenía siempre planchada. Ahora está ajada y amarillenta.

Hay personas que alumbran los lugares por los que pasan. Siempre que llega que ella, todas las clientas dejan de mirarse en los espejos y la buscan disimuladamente por todas partes. Claro que es guapa; pero aquí entran muchas mujeres despampanantes y las otras las miran con desdén y hasta con algo de resentimiento. Cuando entra ella todo se vuelve silencio de repente. Pueden ser sus ojos, su manera de andar o la energía que desprende cada uno de sus movimientos. A mí me gusta mucho peinarla. Confía en lo que hago cuando le propongo algún cambio en el corte o en el color de su pelo. También hoy me ha dejado que elija su peinado. Llamó a primera hora de la mañana y me dijo que la tenían que operar de algo muy grave. No me contó muchos detalles, pero sí insistió en que los médicos no le dan muchas esperanzas. Quiere estar más guapa que nunca. La ingresan esta misma tarde.

Henri-Marie Bayle charla animadamente con Julien Sorel y con Fabrizio del Dongo. Son jóvenes y soñadores. Inventan historias para intentar comprender lo que no entienden de la existencia. Henri-Marie firmará esos libros con el nombre de Stendhal. Inventará una biografía para Julien y otra para Fabrizio. Siempre hace falta alguien que invente nuevas biografías que perduren en el tiempo. Los tres saben que el único motor que mueve al mundo es el amor, aunque luego queden atrapados en ese laberinto de vanidades en el que tantas veces se extravían los seres humanos y los literarios.
Brindan con vino blanco debajo de unas parras que se asoman al mar de La Toscana. Muchos años después, alguien está terminando de leer un libro en la misma terraza en la que estaban ellos. Alcanzo a ver la portada de un ejemplar de Rojo y Negro traducido al italiano. Sobre la mesa le espera La Cartuja de Parma. En la otra escena Stendhal cierra los ojos un momento e imagina que ama a una mujer hermosa que está leyendo lo que él escribió para inventarse otras vidas que compensaran la lamentable parquedad del amor y de los años. Ella también entorna sus ojos después de leer la última página del libro. Sabe que está despierta al mismo tiempo que habita un sueño lejano.

Cuando era niña perseguía la sombra de su padre por las paredes. Jugaban a crear pájaros alados, cabezas de perro o crestas de gallo en todas partes. Recuerda aquella sombra enorme que le protegía cuando iba por la calle. No le hacía falta mirar hacia atrás para saber que él estaba a su lado. Se sentía segura imaginando la sonrisa de su gran héroe de la infancia. Ahora tiene la edad que entonces tenía su padre. Él ya no está hace mucho tiempo; pero ella camina todo el rato sabiendo que su sombra le protege unos pasos por delante.

Se levanta temprano para que el amanecer no le sorprenda nunca con los ojos cerrados. Sale de la cama, se lava la cara y se dirige a la calle. No tiene un rumbo fijo y ni siquiera sabe hasta dónde le llevarán sus pasos. Le gusta mirar con detenimiento todo lo que se va encontrando. Reconoce los olores del café, del océano cercano o del pan recién horneado. A veces lleva unos cascos y va escuchando música clásica. Los domingos por la mañana se cruza con esos noctámbulos que salen de fiesta pensando que jamás llegará la mañana. Los ve medio sonámbulos huyendo de la luz, pálidos y desaliñados, cuando se encuentran con los mendigos que a esas horas comienzan a desperezarse en medio de los cartones de algunos portales. Entre semana sale un poco antes de que los niños comiencen a ir al colegio. También él se recuerda yendo a la escuela y le parece que fue ayer mismo cuando iba memorizando fórmulas o recitando poemas que tenía que leer en voz alta delante de todo el mundo.
Le gustan los meses en que se despierta escuchando el trino de los mirlos. También le atraen los barcos cuando parten del muelle justo antes del alba. Todos los días se detiene en la misma cafetería a desayunar. Da lo mismo que sus pasos le hayan llevado más lejos de lo previsto o que se extravíe entre los barrios recién construidos. Le gusta leer el periódico de papel. Siempre de atrás hacia delante. Esa costumbre la tiene desde que era niño y cogía el periódico de su padre para mirar los resultados del fútbol y la cartelera de los muchos cines que entonces había por todas partes. Estos días comienza otro Mundial de fútbol. Es capaz de ordenar su existencia según los distintos Mundiales que ha ido viviendo. Podríamos decir que son asideros en su memoria cada día más olvidadiza. Recuerda una vieja radio de galena hablando de Pelé en los años cincuenta, los meses del cuartel durante el Mundial de Inglaterra, el nacimiento de su primer hijo justo dos días después de que Alemania ganara el campeonato del 74, los goles de Kempes en Argentina o el fracaso de España en el 82. Del Mundial de Estados Unidos no le queda un buen recuerdo. Por esas fechas murió su esposa, aunque luego en el de Corea y Japón vio nacer a la primera de sus nietas. También gritó como un loco cuando Iniesta marcó el gol en la prórroga del Mundial de Suráfrica. Después de tantos fracasos nunca pensó que vería a España levantando la Copa del Mundo. En el periódico también aparecen noticias que se olvidarán en un par de días, debates políticos, sucesiones o fiestas patronales. Aún no sabe qué acontecer de su vida cotidiana quedará unido en el futuro con estos Mundiales. Regresa a casa cuando todos empiezan a salir a la calle. Estos días su soledad será un poco más llevadera. Siempre viene uno de sus nietos a ver con él los partidos de España.

El fútbol, como la vida, se acaba escribiendo en los pequeños detalles. Si anoche David Silva hubiera marcado el segundo gol de España justo antes del descanso, hoy estaríamos hablando de un nuevo éxito de un grupo de jugadores a los que ayer descubrimos más humanos que nunca. Los primeros planos de Xavi o Casillas después del quinto gol de Holanda contrastan con la alegría de tantas noches y de tantos campeonatos. No seríamos justos si no les perdonáramos hasta debacles como la de anoche. Vale que van cumpliendo años, pero si Villa no marca en los últimos minutos contra Suecia en la primera Eurocopa no creo que hubiéramos ganado nada en estos años. Los bucles se abren y se cierran siempre con un remate o con una jugada. Con dos a cero a nuestro favor la segunda parte de España se hubiera parecido mucho a la de Rusia de aquella primera Eurocopa (que viene a ser lo mismo que lo de Holanda anoche con nosotros). También contra Suiza estábamos prácticamente eliminados y acabamos ganando el campeonato. Este mazazo sí es cierto que es mucho más duro y que, además, los jugadores ya no tienen ni la fuerza ni el hambre que tenían en Suráfrica. Chile es una gran selección, la más temida, pero a lo mejor resulta que le ganamos cuatro a cero el 18 de junio y no pasa nada. Luego vendría Australia, y a este Brasil tan musculado y previsible no le tengo ningún miedo, aun con la ayuda de los árbitros. Cuando te dan por muerto ya no tienes nada que perder y cada partido que ganas lo celebras como una final anticipada. Aparentemente todo está en contra de España, pero no podemos olvidar que este grupo de jugadores ha sido capaz de lograr lo que ni en sueños pensábamos que acabaríamos ganando.



La primera vez encontró un pendiente. No había estado con ninguna mujer en aquella casa. Realmente no había entrado nadie desde que se había mudado. Le gustaron los techos altos y los grandes ventanales que miraban a la plaza. Guardó el pendiente que había encontrado al vaciar la bolsa de la aspiradora. A la siguiente semana encontró un anillo, luego una pulsera y unos días más tarde el otro pendiente que hacía juego con el que había encontrado. Lo fue guardando todo en un cajón. Estaba seguro de que no lo había recogido del suelo. Parecía como si alguien los hubiera colocado dentro del aparato cuando él no estaba. Ya contaba con los fantasmas de las casas antiguas que llevaban mucho tiempo deshabitadas. La única vecina era una anciana que vivía en el piso superior. Sus pasos solo se escuchaban a primera hora de la mañana y al final del día. El resto del tiempo lo pasaba en la cama viendo la televisión o leyendo novelas románticas. Aquella tarde le llamó por el patio interior y le tiró la llave. Se encontraba mal y cuando él subió ya la encontró muerta. Ahora espera a que lleguen los de la Funeraria para llevarse el cadáver. No se le conocía familia. Él recorre la casa mientras aguarda. Entonces es cuando se encuentra con el cuadro. No sabe quién es la retratada; pero por los ropajes y el decorado parece de finales del siglo diecinueve. Esa señora del cuadro lleva puesto los pendientes, la pulsera y el anillo que él fue encontrando en la bolsa de la aspiradora cada vez que limpiaba la casa.

No hubo suerte. La botella se resquebrajó entre las rocas. Llevaba años esperando a que alguien contestara sin saber que el mensaje ni siquiera había salido de la isla. Le gustaba leer las historias de la gente que había lanzado mensajes en botellas al océano. Él había dejado su teléfono, su dirección y su nombre. Decía que quería encontrar a alguien con quien hablar. Era un náufrago en medio de la gente, un tipo cabizbajo, solitario, que jamás hablaba con nadie. Pagaba cada mes el teléfono para seguir esperando esa llamada. Había estudiado las corrientes durante muchos años. La noche que lanzó la botella con aquel papel escrito con letras mayúsculas en tres idiomas diferentes calculó que llegaría en dos semanas al continente. También había escuchado que las botellas que no recoge nadie acaban volviendo a las costas de donde partieron. El papel se había deshecho entre las aguas hacía varios años. Él recordaba cada una de las palabras desesperadas que no era capaz de decirle a nadie. "Necesito hablar con alguien. Estoy solo. Si encuentras esta botella te pido que me llames o que me escribas, eso querrá decir que el océano por fin me ha salvado". Mantenía esa esperanza cada mañana. Incluso en los días de lluvia lo veías ir de un lado a otro de la playa revolviendo la espuma con una caña. En su otra mano llevaba siempre un teléfono móvil que jamás había sonado.

Buscaba el trazo que se esconde más allá de todos los cuadros. No le importaban ni las escuelas, ni las influencias, ni el nombre de quien los había pintado. Todo el que pinta no hace más que rebuscar en un abismo infinito su propia mirada. Buscaba ese reflejo en el azogue de todos los lienzos que iba rastreando por todas partes. Se enfadaba cuando alguien hablaba de técnicas, de perspectivas o de historia del arte. No dejaba de repetir que el arte es el oficio de quien rebusca donde aparentemente ya no queda nada. Los que iban encontrando algo sabían que no todos los ojos lograrían dar con ese hallazgo inexplicable. A veces tenían que pasar cientos de años para que alguien encontrara ese trazo lejano.

La niña encontró a la mariposa flotando en el agua de una de las fuentes. Le pidió a su padre que la rescatara. La colocaron sobre una gran piedra y vieron cómo empezaba a moverse poco a poco. Tenía las alas mojadas y apenas podía estirarlas. La niña no quiso apartarse de su lado. Tenía tres años y estaba aprendiendo que la paciencia y la suerte son las grandes aliadas de los milagros. No se movió hasta que se secaron las alas de la mariposa y la vio volar nuevamente entre las flores del parque Doramas.

Lo que queda después de millones de años no es más que una mancha un poco más oscura en las montañas. En el acantilado del Rincón está trazado el tiempo con toda su relatividad y con toda su trascendencia. Hace unos días Canarias 7 publicaba un trabajo elaborado en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria en el que se explicaba que las tonalidades que se aprecian en la pared volcánica corresponden a las distintas etapas de formación de Gran Canaria. La parte superior sería la más cercana, pero su paradójica proximidad nos aleja de ella tres millones de años. Si miramos hacia abajo, hacia la zona más próxima a la carretera, estamos hablando de una distancia temporal de trece millones de años. En medio estuvo el mar. Por tanto nosotros también habitamos fondos submarinos en los que un día burbujearon los delfines y las ballenas.
Estuve toda mi infancia pasando junto a ese acantilado. Su presencia anunciaba la llegada a la capital para los que veníamos del Norte. Según caían tres gotas de agua se desprendían piedras que entonces no vislumbrábamos tan atávicas. Nuestra mirada también se perdía hacia la costa. En la peña de La gaviota había una casa de madera a la que se llegaba a través de una escalera colgante que a veces quedaba oculta entre las olas. Según los días soñabas con las aventuras del océano o con los colores de la montaña. A partir de ahora miraremos con otros ojos ese espacio transitado siempre en coche: hay paisajes que solo reconocemos a mucha más velocidad que nuestros pasos, y por eso quizá pasamos junto a ellos sin darle ninguna importancia.
Uno imagina lo que pudo ver ese acantilado y los vientos y las lluvias que han golpeado sus entrañas a lo largo de millones de años. Estaba mucho antes de que lo viera el primer humano y seguirá estando cuando no quede nadie que nos cuente o que cuente ese tiempo que tan poco importa en la vida de una montaña. Nos viene bien esa cura de humildad diaria, sobre todo cuando asoman las vanidades con toda su faramalla y sus oropeles falsos. Nosotros ni siquiera llegamos a pintar la estela de nuestros propios sueños. La naturaleza nos enseña a asomarnos a nuestro destino sin estridencias, sin gorigoris y sin tener que lamentar nada de lo que vamos perdiendo. Somos lo que somos y lo que nos deja el tiempo. Todo lo demás no es más que una falacia que nos hemos inventado para soñarnos eternos. A partir de ahora, cuando mire hacia ese acantilado y hacia las otras rocas de la costa que aún no están datadas geológicamente, le haré un guiño cómplice a la vida por cada uno de los días que me ha regalado el tiempo. Solo hay que aspirar a ser felices todo lo que nos dejen. Lo que quedará de estos años ni siquiera será apreciable en ninguno de esos estratos que van oscureciendo las piedras lentamente.

No sabíamos a quién llamar. No tenía documentación, ni ningún papel que pudiera servir para relacionarlo con alguien, qué sé yo, cualquiera de esas facturas que se utilizan en las películas para montar una trama, o una vieja carta de amor cuya caligrafía desvelara algún oculto romance. Aunque te parezca mentira, la vida real es mucho menos previsible que la vida cinematográfica o literaria. Vestía con un pantalón vaquero, unas zapatillas deportivas y una ajada camisa blanca. Parecía que se había duchado hacía muy poco tiempo. Lo único reconocible era el perfume que llevaba. Anoté la marca en el informe y sacamos la fotografía de su cara durante varios días en los periódicos. No hubo nadie que llamara contando quién era y qué es lo que hacía en aquel parque en el que lo encontraron rodeado de gatos que maullaban a su lado. Ni siquiera hay registros de sus huellas en ninguna parte. A mí me impresionó su sonrisa. Nunca había visto sonreír a ningún muerto de esa manera. No creo que le matara nadie; pero en el informe no puedo escribir lo de la sonrisa. Incluso lo del perfume me deja en evidencia; pero es lo único con lo que cuento. Un perfume y una extraña sonrisa que no se borró de su rostro ni siquiera cuando estaba muerto.

Arrastraba maletas por ciudades extrañas. Nunca se detenía en ninguna parte. Yo lo veía caminar despacio tras las cristaleras de las cafeterías. Íbamos coincidiendo en las mismas calles. Jamás recuerdo ninguno de mis viajes. Pido un café y escribo. A veces en silencio y otras escuchando las voces de los que están a mi lado. No siempre entiendo sus idiomas ni reconozco los paisajes. Cuando llego a los hoteles siempre encuentro colocado todo mi equipaje. Tampoco yo me detengo más de un día en ninguna parte. Solo duermo unas horas y salgo nuevamente a la calle. Esas maletas que él arrastra por todas partes son idénticas a las que me acompañaron en el primer viaje sin rumbo cuando acababa de cumplir treinta y cuatro años. Solo llevaba papeles en blanco y unos cuantos libros de escritores ya olvidados.

Onetti puede ser nuestro Kafka más cercano. No se parece a ninguno de los otros escritores que conozco en castellano. Realmente no se parece a nadie. Con quien primero lo relacioné cuando lo leí fue con Kafka. O a lo mejor leí a Onetti antes que a Kafka. Las letras siempre terminan confundiéndose. Los dos son escritores que se adentran por recovecos extraños. Luego escribes sin saber que mucho de lo que narras no es más que el eco de lo que ya escribieron otros. Onetti, además, es hipnótico, como si sus palabras dejaran al desnudo tu propia conciencia. O te rindes o dejas de leer. Yo siempre me rindo ante sus argumentos. Quizá porque cuenta como pocos el fracaso y la derrota; pero lo hace sin estridencias, sin excesivos alardes y sin grandes fuegos de artificio literario. Se vale de la ironía y de la música del lenguaje para esquivar cualquier tentación maniquea o lastimera. Si te adentras en Santa María y miras a los ojos del alma de sus personajes nunca podrás dejar de amar la literatura. A Onetti lo escuchas todo el tiempo, como si su voz se quedara improvisando acordes más allá de cada uno de sus verbos. Se parece mucho a la música de Stravinsky o a las improvisaciones de los grandes del jazz. No se termina nunca y queda resonando en tu recuerdo como esos acordes lejanos de Charlie Parker que te acompañan aunque lleves años sin escuchar el sonido de su saxo.
Escribía cuando quería o cuando lo necesitaba para seguir sobreviviendo. Los que lo visitaban en su piso de la Avenida de América de Madrid te hablan de sus silencios o de su conversación entrecortada por interminables miradas o por largas pausas confundidas entre el humo azul de los cigarros. Un buen día decidió convertirse en un encamado. Digamos que cumplió aquel sueño de cuando éramos niños y no queríamos volver nunca más al colegio. Se quedó en la cama rodeado de libros, con un viejo transistor y con un bloc para tomar notas. Dicen que solo se entendía divinamente con los niños y con su perra; aunque luego dijera, para justificar ese encierro, que no salía de la cama porque La Biche, una fox terrier con la que aparece en numerosas fotos, le mordía siempre las zapatillas.
Vivió en un permanente exilio interior, como si intuyera que solo podemos regresar al paraíso a través de las palabras que se sueñan; aun sabiendo que los paraísos siempre serán una utopía inalcanzable que se escapa tras el horizonte de un último renglón o de un último verso. Por eso seguimos leyendo y escribiendo, para que no acaben nunca los renglones que nos salvan. Ahora me doy cuenta de que todo eso lo aprendí con Juan Carlos Onetti cuando no sabía que estaba aprendiendo tanto. Nunca será un bestseller. Y si algún día lo fuera este mundo sería mucho más habitable. Lo que jamás dejará de tener Onetti serán lectores nuevos que entenderán un poco mejor que la vida se puede reinventar cada segundo con unas cuantas palabras. Solo hay que saber mirar para luego escribir sin prisas y sin más intención que la de seguir sobreviviendo. Lean a Onetti. Los que lo han leído saben que nunca se aleja de tu lado. No serás ni más rico ni más sabio; pero aprenderás que la vida, aun con sus sombras y sus fracasos, siempre tendrá algún sentido literario.

Este artículo fue publicado ayer en el Pleamar de Canarias 7

El limón se había vuelto ceniza. Cuando lo encontró escondido entre los kiwis no quedaba nada del fulgor amarillo de hacía unos días. Lo cogió delicadamente y lo tiró en el cubo de la basura. Luego fue al lavabo y se lavó las manos para quitarse esa pátina tan parecida al polvo que van dejando las pajaritas cuando alguien intenta atraparlas en el aire. No logró que la mancha se borrara de sus dedos. Salió a la calle como si acabara de revolver las brasas de una hoguera apagada hacía mucho tiempo. Luego comprobó que esa estela grisácea y brillante también aparecía en sus mejillas y en las raíces de unos cabellos que encanecieron como si por ellos hubieran transitado cien años de repente. Nadie le creía cuando decía que esa misma mañana tenía solo veinticinco años. La gente no la reconocía por las calles y su casa parecía un museo macabro de algún pasado lejano. Ni siquiera podía decir que era un fantasma. Los niños se apartaban cuando la veían aparecer con ropajes extraños en medio de la calle. Decían que olía siempre como esos limones que se pudren en los fruteros o que acaban picoteados por los pájaros en las fincas abandonadas.

Uno puede estar vivo sin saber que ya ha muerto hace mucho tiempo. También puedes morir y seguir respirando en la memoria de otros que no tienen noticias de que te has marchado para siempre. Los que nos hacemos un lío con los nombres y las caras tenemos que andar con cuidado a la hora de enterrar a nuestros muertos. Les cuento: hace un par de semanas un amigo me contó que ya hacía diez años que había fallecido alguien que yo creía que estaba vivo. Es cierto que hacía mucho tiempo que no veía a esa persona. Nos pasa muchas veces: hay gente con la que casi convives a diario a la que luego dejas de ver durante años. Y no siempre son posibles los reencuentros. A ese amigo común lo había mantenido vivo en mi recuerdo; pero tras aquella noticia inesperada lo sumé a la nómina de ausencias inevitables que van acumulando los años.
Cuando me voy lejos en vacaciones, o cuando desconecto unos días en algún lugar sin cobertura, me pierdo todo aquello que sigue aconteciendo en mi entorno cotidiano. Ese amigo había fallecido en uno de los meses en que suelo viajar a países lejanos. Lo recordé durante unas semanas y poco a poco fui asumiendo que jamás volvería a verlo. Al poco tiempo me tropecé con una amiga común y le dije que no había sabido nada de esa muerte durante esos diez años. Ella me contó que lo había llevado muy mal en los primeros momentos, pero que ya era capaz de convivir con su ausencia. De repente sacó una foto que lleva a todas partes. Me dijo que se habían querido mucho y que cuando falleció estaban a punto de marcharse a otro continente para emprender juntos un ambicioso proyecto profesional. Ni siquiera sabía que habían convivido durante un tiempo. Pero no me lo podía creer: el que estaba en la fotografía no era el que yo había enterrado sino otro amigo común con el que no tenía tanta confianza. No le dije nada para no ahondar en su herida, aunque enseguida me di cuenta de que había vuelto a confundir los nombres y las caras.
Resucité al otro y averigüé que seguía viviendo en otra isla, que se había casado y que le iba de maravilla en la vida. Tenía que estar seguro de que no estaba hablando con una sombra o con un alma en pena. Por eso me inventé una excusa profesional para visitarlo. Fui a esa isla y quedamos para almorzar. Entonces fue él quien me dijo apenado que se acababa de enterar de que el otro amigo común había muerto hacía diez años. Yo callé y le pregunté si prefería tomar postre o pasar directamente al café. Él seguía contando anécdotas del amigo y repetía que aún no era capaz de creérselo. Yo tomaba pequeños sorbos de café mientras recordaba que durante varias semanas lo había dado por muerto. Nos abrazamos y nos despedimos. También prometimos no perdernos la pista durante tanto tiempo. A veces las distancias solo son anticipos de lo que acabamos perdiendo.

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