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Dibujos

Cada Navidad encontraba alguna libreta del pasado. Cuando regresaba a su casa le gustaba rastrear en las viejas cajoneras o en el cuarto en el que su madre iba conservando anárquicamente todo lo que consideraba que había que salvar del olvido. Estaban los libros de texto amarilleados por el tiempo, las notas escolares, los trabajos de Pretecnología, las colecciones de estampas o los retales de los trajes de unas muñecas que ya no aparecían por ninguna parte.
A ella le gustaba dibujar cuando era niña. No recuerda cuándo dejó de hacerlo, pero hacía muchos años que no trazaba ninguna figura en un papel. Uno se olvida siempre de cuándo dejó de seguir soñando. No se acordaba de aquellos dibujos. Había cientos de láminas con caras, casas y ciudades dibujadas. En la primera página había escrito su nombre, el curso que estudiaba y su edad de entonces: once años. Poco a poco se dio cuenta de que en aquellas láminas estaba representada toda su vida, la que en aquellos años no sabía que acabaría viviendo. Aparecía la cara de su marido y la mirada sonriente de sus dos hijos. Si iba hacia atrás también encontraba el contorno sombreado de su primer amor a los diecisiete años, las calles de las ciudades en las que fue habitando, su propio semblante ante un desengaño, la alegría tras su primer parto y hasta una serie de máquinas que con el tiempo han terminado formando parte de su rutina diaria.
Había dibujado intuiciones o deseos que luego fue cumpliendo, página a página, a medida que pasaron los años. Le quedaba mucho por repasar; pero no se atrevió a seguir buscando imágenes que aún no había vivido. Se quedó en el presente de aquel pasado, en las caras reconocibles de unos hijos que dibujó veinte años antes de que fueran engendrados. Tenía miedo a encontrarse las siguientes láminas en blanco.

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