los blogs de Canarias7

Archivos Diciembre 2013

Las costas de la ciudad eran golpeadas con saña por el océano. Casi todos dormían. Él paseaba por la avenida de la playa o por la otra más larga que iba recorriendo el trazado del puerto. El viento viraba las proas de los barcos. Veía las luces de algunos de esos taxis que recorren las calles solitarias o escuchaba los gritos beodos de algún grupo de chonis desnortados por la madrugada. Casi no dormía. Le bastaba con tres horas de sueño para recuperar su cuerpo y para borrar los pasos de los días que iban pasando. Hace años escribía con tiza en las aceras. La ciudad amanecía llena de poemas anónimos. No hacía falta que los borrara nadie. Se iban difuminando poco a poco hasta no dejar ningún rastro. Estaba empeñado en que todos los versos deberían escribirse siempre con tiza porque la poesía te va dejando en evidencia a medida que envejeces. Ya casi no escribe, y cuando lo hace se conforma con trazar algunas palabras sueltas que va dejando en la arena antes de que suba la marea. Su cuerpo se altera al mismo tiempo que el océano. Hace años no sabía por qué se levantaba convulso o sereno algunas mañanas. Pensaba que eran resquicios de alguna pesadilla. Todos los que ahora duermen no saben que dentro de un rato se despertarán alterados, nerviosos y tan inquietos como esas olas que ahora acunan sus sueños. Tampoco reconocen que los días en que abren los ojos serenos y contentos es porque el mar es ese piélago inmenso que casi no se mueve alrededor de las rocas. Los días de mareas revueltas intenta quedarse en su casa. Todos salen atropellando sombras a las calles y la mala suerte se va multiplicando como mismo se multiplica la buena suerte los días de mar sereno. No hay oráculo que supere la predicción de una marea. Siempre explica que nosotros también somos agua a merced de la luna y de todas las corrientes. Si te acercas a la orilla justo antes de que amanezca lo verás volver como si viniera siempre de muy lejos. El salitre también se parece a la tiza que escribe con manchas blancas lo que ya no tenemos.

-Esas cosas suceden siempre en lugares pequeños.
-¿Qué cosas?
- Las mezquindades, las puñaladas traperas, las envidias...
- ¿Y por qué crees que sucede eso?
-Deberías preguntárselo a los que no hacen más que incordiar e intentar destruir lo que otros crean.
-Pues muchos idealizan esos sitios...
-Los que no están dentro. Casi todos los que valen se tienen que terminar yendo.
-Pero me imagino que no siempre ganarán esos gamberros.
-Nunca ganan. Un resentido siempre estará derrotado antes de mover cualquiera de sus piezas.
-¿Y por qué no te marchas lejos?
-Porque te tengo a ti y porque supongo que sigo siendo un sentimental que aún confía en la justicia poética.
-Todos se marchan.
-Por eso no hacemos más que dar vueltas dejándonos gobernar por los más ineptos.
-Yo ya asumo que tendré que vivir lejos.
-Y yo que te acabarás marchando, aunque me fastidiaría que no lo hicieras porque quieres.
-Todo puede cambiar.
-Se siguen atrincherando en todas partes y se protegen entre ellos, es casi imposible que cambiemos.
-¿Quiénes se atrincheran?
-Los mediocres, los sinvergüenzas, los que se reconocerían si escucharan esto.
-A lo mejor actúan así sin darse cuenta.
-Se dan cuenta de todo, y casi te diría que disfrutan cada vez que logran sepultar alguno de nuestros sueños.
-Me quiero ir contigo, lejos.
- Espera un poco. Más adelante nos iremos juntos. Aquí nos seguirían destrozando.
-Pero ellos sonríen en todas las fotos.
-Y seguirán riendo. Todos los canallas se protegen entre ellos.
-¿Dónde quieres que vayamos?
-No lo sé; pero supongo que habrá algún lugar en el mundo mejor que este.

-Teníamos que haber caminado más despacio. Casi no he tenido tiempo de apuntar nada de lo que fuimos viendo.
-Yo ni siquiera he mirado.
-No entiendo por qué teníamos que correr de esa manera.
-Veníamos huyendo.
-¿De quién?
-Yo qué sé, a lo mejor de nosotros mismos. Tampoco me culpes. Si fuiste rápido fue porque te dio la gana.
-La condición era que no se podía regresar.
- No hacía falta que te lo dijera nadie. Tú ya sabías que jamás se puede regresar a ninguna parte.
-¿Y qué hacemos ahora?
-Supongo que esperar.
-¿A qué?
-No sé, a que aparezcan otros a hacernos compañía, o a que al abrir los ojos nos encontremos más camino para seguir andando.
-¿Qué crees que habrá detrás de ese muro de sombras que no nos deja ver nada?
-No pienses en eso ahora. Olvídate de que tienes ese muro delante. Trata de dormir. Mañana a lo mejor ni siquiera te acuerdas de que ya habíamos llegado.

Al principio estaba desconcertado. Corría tranquilamente por la calle cuando cayó por la boca de una alcantarilla. No tuvo tiempo de pensar en nada. Ya luego, una vez despertó y se fue recuperando poco a poco de las heridas, se dio cuenta de que la vida era tan frágil como las alas de una mariposa. Basta un mal viento o un mal paso para que se quiebre para siempre. Le contaron que llegó una ambulancia, que salió en todos los informativos y que el ayuntamiento había destinado una partida presupuestaria de emergencia para reparar todas las tapas de las alcantarillas que había en las calles.
Unos segundos antes del impacto sintió que volaba por vez primera. No quiso conceder ninguna entrevista y en el hospital solo dejó pasar a los más cercanos. Estuve inconsciente cerca de diez minutos, aunque el escáner había descartado daños cerebrales aparentes. Lo que no detectó la máquina fue el miedo que se le quedó en el cuerpo. Al principio se sintió eufórico al darse cuenta de que casi estaba resucitando, pero luego, a medida que iba siendo consciente de lo que había sucedido, se fue angustiando cada vez más. Todos le preguntaban si había visto pasar las distintas secuencias de su vida en esos diez minutos. No mintió. Dijo que en ese intervalo no apareció nada de su pasado. Había un médico que estaba preparando una tesis sobre los resucitados que se presentaba todas las tardes en su habitación. Era el único inconsciente que conocía que no había atravesado el famoso túnel que culminaba en una intensa y cegadora luz blanca. Guardaba silencio. Su viaje había sido mucho más remoto y más lejano. A medida que se marchaba le fueron apareciendo todos sus antepasados, como si él hubiera formado parte de cada uno de ellos antes de que hubieran caído en alguna batalla o hubieran fallecido por una epidemia o por algún catarro mal curado. No los conocía, pero intuía que formaban parte de su genealogía más lejana. Como el Orlando de Virginia Woolf, fue mujer y hombre muchas veces, y vivió en épocas que ni siquiera aparecen en los manuales de historia. También iba hacia atrás y hacia delante, incluso mucho más adelante del tiempo extraño en el que ahora había despertado.

Presentía todas las llamadas antes de que sonara el teléfono. Él marcaba los números en el teclado y sobre la marcha se aceleraba su corazón a muchos kilómetros de distancia; pero una y otra vez cortaba un poco antes de activar el botón de llamada. No sabía quién era pero sí que estaba siempre a punto de llamar desde alguna parte. Lo estuvo presintiendo casi tres semanas antes de que finalmente llamara con la disculpa de un paraguas que se le había quedado en la cafetería donde iba a desayunar casi a diario. Fue solo el principio de un largo romance.

Su única preocupación era que se le acabaran las pilas al transistor. Todo lo demás le daba lo mismo. Nunca hablaba con nadie, y colocaba una barrera de silencio ante los que trataban de acercarse. Llegaba al parque a primera hora de la mañana y se sentaba con el transistor encendido mirando los árboles. Jamás lo apagaba. Era su única conexión con el mundo. Desayunaba, almorzaba y merendaba en un comedor social del barrio antiguo y dormía en las inmediaciones del barranco. Solo pedía dinero cuando empezaban a fallar las pilas. Cuanto más escuchaba las noticias más quería permanecer al margen. Nadie sabe nada de él ni por qué había decidido tirar la toalla. Le daban lo mismo los informativos que los deportes o los programas matinales. Lo único que buscaba era que alguien desconocido le hablara todo el rato.

Hace unos días lanzaron muchas sopladeras con deseos en la calle de Triana de Las Palmas de Gran Canaria. Eran globos amarillos o rojos que llevaban una pequeña cartulina en la que los niños y algunos mayores anotaban todo aquello que querrían encontrar algún día al despertarse. Muchos niños se encontrarán con esos sueños en el salón de sus casas. Pero los deseos de los mayores, y también los de algunos de esos niños, andarán volando por alguna parte en ese espacio infinito en el que caben todas las ilusiones que uno quiera plantearse.
Nada es imposible. Ni en estos días ni cuando lleguen los lunes sin marcas rojas en el calendario. De vez en cuando sería conveniente inflar una sopladera y escribir en un pequeño papel lo que realmente queremos. No vale poner lo que los otros quieren que terminemos haciendo. Hablo de los pequeños sueños de cada uno, de lo poco que necesitamos realmente para ser felices. Quizá al escribirlos los vuelvas a retomar como propósito para el nuevo año. También es posible que cualquier día te vuelva a aparecer ese globo donde menos lo esperas para recordarte que nunca es tarde para empezar de nuevo. En las alturas, donde ya no alcanza nuestra mirada, acontecen pequeños milagros que luego terminamos encontrando cualquier día en una calle, en otros ojos o en esa serenidad que a veces hallamos donde ni siquiera estábamos buscando.

La noche de Navidad volvía a su infancia. Jugaba con sus nietas y esperaba con la misma ansiedad que ellas la apertura de los regalos. Los mayores nos dejábamos cambiar los nombres. Yo que soy su hija pasaba a ser su madre, mi hermano era su padre y mi marido se convertía en su abuelo. Mis hijas eran sus hermanas, aunque la corregían todo el rato y no aceptaban que tuviera la misma edad que ellas una señora tan mayor a la que habían visto siempre seria y muchas veces enfadada. Era la primera que gritaba cuando veía entrar a Papá Noel cargado de regalos. En la mesa nunca podían faltar el turrón de almendra molida y las truchas de batata. Esta Navidad será distinta sin ella.

Cada vez que se levantaba a desayunar, las palabras se le movían de sitio y cambiaban las frases. A veces trataba de defenderse de esos juegos buscando palíndromos como anilina o kayak que se leyeran igual desde la izquierda y desde la derecha; pero incluso esas palabras alteraban sus letras y pasaban a contar otras historias. Al principio se desesperaba a todas horas. Llamó a un par de informáticos para que miraran el ordenador e incluso probó con unos conjuros aztecas por si era cosa de espíritus burlones. No hubo nada que hacer. Eso sí, cuando venían los informáticos o trataba de hacer una prueba delante de sus amigas más cercanas nunca pasaba nada. Escribía, se alejaba un rato del ordenador y al volver estaba todo exactamente igual. Decidió no seguir contando a nadie esas alteraciones textuales al ver la cara que estaban empezando a poner sus conocidas.
Ya últimamente ni siquiera se esforzaba en buscar metáforas o historias más o menos sorprendentes. Se levantaba de la cama, tecleaba al azar durante un rato y luego se iba a desayunar a un bar cercano sin agobios y sin pensar, como había hecho durante años, en los argumentos que estaban en marcha. Cuando llegaba ya tenía escrito el relato, el capítulo de una novela o el artículo que debía entregar esa misma mañana. Probó a escribir a mano alguna vez y le sucedía lo mismo. Todos destacan el salto de calidad de su prosa. Nada que ver con la aburrida y plúmbea escritora de estos últimos años. Mientras desayuna recuerda aquellas historias que siempre había soñado escribir. De vez en cuando encuentra alguna de ellas cuando regresa y lee lo que el azar ha querido hacer con sus letras. Se llama Ana Medem. Su nombre y sus apellidos suenan igual se lean por donde se lean. Es una palíndroma que cuando desayuna sigue escribiendo.

Nacieron cuando ya había llegado el olvido. No había palabras. Cada objeto era un sonido que aún tardaría millones de años en poder escribirse nuevamente en alguna parte. Siempre había sido así. Desde la nada aparecía una mota diminuta, una célula casi inapreciable, que poco a poco iba mutando hasta convertirse en un ser vivo inteligente que llegaba a hablar y a veces a pensar por sí mismo. Luego esos seres desaparecían, casi siempre destruidos por el afán de ser dioses de quienes solo eran hijos de esa diminuta presencia de la nada. Nunca eran los mismos, y si alguna vez lo fueron tampoco tuvieron memoria para recordarse.

Cada Navidad encontraba alguna libreta del pasado. Cuando regresaba a su casa le gustaba rastrear en las viejas cajoneras o en el cuarto en el que su madre iba conservando anárquicamente todo lo que consideraba que había que salvar del olvido. Estaban los libros de texto amarilleados por el tiempo, las notas escolares, los trabajos de Pretecnología, las colecciones de estampas o los retales de los trajes de unas muñecas que ya no aparecían por ninguna parte.
A ella le gustaba dibujar cuando era niña. No recuerda cuándo dejó de hacerlo, pero hacía muchos años que no trazaba ninguna figura en un papel. Uno se olvida siempre de cuándo dejó de seguir soñando. No se acordaba de aquellos dibujos. Había cientos de láminas con caras, casas y ciudades dibujadas. En la primera página había escrito su nombre, el curso que estudiaba y su edad de entonces: once años. Poco a poco se dio cuenta de que en aquellas láminas estaba representada toda su vida, la que en aquellos años no sabía que acabaría viviendo. Aparecía la cara de su marido y la mirada sonriente de sus dos hijos. Si iba hacia atrás también encontraba el contorno sombreado de su primer amor a los diecisiete años, las calles de las ciudades en las que fue habitando, su propio semblante ante un desengaño, la alegría tras su primer parto y hasta una serie de máquinas que con el tiempo han terminado formando parte de su rutina diaria.
Había dibujado intuiciones o deseos que luego fue cumpliendo, página a página, a medida que pasaron los años. Le quedaba mucho por repasar; pero no se atrevió a seguir buscando imágenes que aún no había vivido. Se quedó en el presente de aquel pasado, en las caras reconocibles de unos hijos que dibujó veinte años antes de que fueran engendrados. Tenía miedo a encontrarse las siguientes láminas en blanco.

Cuando se despertó, el dinosaurio ya se había extinguido hacía millones de años en un lugar del que nunca quería acordarse. Había bebido mucho la última noche y ni siquiera recordaba dónde se había acostado. Tampoco reconoció el tacto de la piel que tenía a su lado.
Ella se despertó y le dio los buenos días con toda naturalidad. Se duchó, se vistió y le dijo que salía para el trabajo. También le comentó que tenía mucha suerte por entrar a trabajar tan tarde y que lo daría todo por poder quedarse en la cama, o por que fuera domingo.
No sabía quién era ni dónde quedaba su trabajo. Pensó que a lo mejor el que tenía que estar en su cuerpo era el que había amanecido resacado en otra parte. Él se despertó como si no hubiera tomado una gota de alcohol en muchos años. No tenía ningún número de teléfono al que llamar.
La mujer lo volvió a encontrar recostado en la cama cuando regresó. La miraba pero no era capaz de decirle ninguna palabra. Vinieron médicos, lo metieron en extraños aparatos y finalmente lo internaron en una residencia privada. Esa mujer viene algunas tardes y se le queda mirando. A veces le sonríe o le cuenta recuerdos que a él no le suenan de nada. Había estado bebiendo mucho aquella noche. Es lo único que recuerda del pasado.

Miraba hacia la máquina como si esta fuera una generadora de milagros. Veía salir hilachas finas de colores que se iban enredando en un palo de madera. No sabía nunca por dónde comenzar. A veces trataba de morder arrastrando pequeños retales pegajosos hacia su boca; pero casi siempre acababa utilizando las manos para arrancar el azúcar que se concentraba en una gran nube rosada. Parecía interminable cada vez que empezaba. Ahora está sentado en una terraza y ve a otro niño con otro algodón de azúcar entre sus manos. No tiene necesidad de tocar para recordar su tacto. El niño sonríe como él lo hacía cuando se lo daban, también por estas fechas, o en los días festivos de verano. El tiempo no es más que lo que queda en ese dulzor que uno es capaz de saborear sin necesidad de volver al pasado. También es esa alegría contenida en una gran nube que no deja que ningún horizonte enturbie la mirada. Entre los dedos solo queda el pegoste de algunos sueños malgastados.




Si estoy aquí será por algo. Siempre estamos por algo en todas partes. No desespero. Tampoco he tirado ninguna toalla. A veces también es placentero dejarse llevar por las corrientes del destino. No por las otras - las de los políticos y los especuladores-, ante las otras siempre me rebelo; pero a cierta edad una aprende a estar bien en todas partes. A lo mejor estoy aquí para que puedan comer estos gatos todas las mañanas. Para los otros soy la vieja loca que baja a la avenida con una bolsa de pienso y una garrafa de agua. Esos gatos también conocen la veleidad de las mareas. Sobreviven. De vez en cuando les echan veneno y mueren unos cuantos, pero siguen apareciendo porque no hay costa de mar que no sea refugio de algún gato callejero. No quieren tener dueños. Yo tampoco quise tener dueño. Ellos creen que soy una infeliz por estar sola. A veces lloro; pero no por pena: mi soledad, siempre que me siga acompañando la salud, no la cambio por nada del mundo. Fui maestra y tengo algunos ahorros para vivir tranquila. Me gustaba esta ciudad y esta isla. Quise vivir aquí desde que la visité la primera vez con veinte años. No soportaría ahora mismo otro invierno en Suecia.

Estrena una pequeña tienda de frutas. Está en pie desde las cinco de la mañana. Lleva abierta una hora y no ha entrado nadie. Ha colocado unas mangas y unas papayas delante de la puerta. Algunos miran, pero casi todos pasan de largo. Ha puesto todas sus ilusiones en este negocio. También ha invertido sus pocos ahorros. Está convencido de que funcionará. Estudió bien la zona y vio que no había nadie que vendiera fruta. Hay dos supermercados, pero presentan la fruta como mismo exhiben los refrescos o las servilletas. Él detalla la procedencia de cada producto y ha elegido con esmero cada una de las piezas.
Se recrea mirando su sueño hecho realidad. Está deseando que entre alguien. No es su barrio, ni siquiera es su ciudad. Nadie le conoce; pero querría vivir aquí para siempre. Su mujer y su hija están a la espera para cambiar de país desde que él avise. Ha gastado un dineral en los trámites previos y necesitará vender mucho para pagar el alquiler y los impuestos. Confía en la suerte.
Me contó la historia la dueña de ese local. Yo vivo enfrente. Bajaré y compraré un kilo de naranjas y unas cuantas manzanas. Él no sabe todavía que se acabará enamorando de mí, que cerrará esa tienda y que dejará a su mujer y a su hija. Nos marcharemos a Australia a cumplir mis sueños. Casi toda esa fruta se acabará pudriendo; pero él todavía no lo sabe. No hace más que sonreír a todo el que pasa al lado de las mangas y de las papayas. Sigue sin entrar nadie.

Nada es lo mismo. Nunca. En ninguna parte. Parece que se repite muchas veces, pero siempre es diferente. Me asusta lo que leo en los periódicos estos días. He vivido en varios países y he visto aparecer algunas crisis, y también una gran guerra. Nada llega de repente. Y casi siempre son otros los que van encendiendo todas las mechas. Cuando te quieres dar cuenta te ves tomando partido o huyendo de casi todas las contiendas. No me queda mucho tiempo en este planeta y no tengo más que un par de libros y una pequeña pensión que me permite pagar esta residencia.
Vuelvo a leer en los titulares que unos quieren independizarse sin saber hacia dónde están yendo realmente o que los otros pretenden amedrentar y someter al ciudadano con leyes retrógradas y casi militares. Luego están los que siempre se han ido enriqueciendo en todos los desastres. El fascismo y el racismo han vuelto a asomarse con descaro en muchos países europeos. Me podría dar igual por el poco tiempo que me queda, pero justamente es la conciencia de ese poco tiempo lo que hace que me desespere todavía más. No entiendo cómo hemos podido volver otra vez a todo esto. No lo hablo con nadie, pero veo rezongar a los otros viejos cuando nos ponen los telediarios. Muchos de ellos también tuvieron que marcharse lejos para trabajar. Ahora ven cómo se tienen que marchar muchos de sus nietos.
Me gusta escribir estos pensamientos para ver si logro entender algo. No hay manera. Cuanto más escribo más me pierdo en caminos sin salida, aunque si sé con absoluta certeza que el único camino de salida que tenemos está en la educación y en las letras. Pero también quieren acabar con eso. Aquí no viene nadie a preguntarnos. Si vinieran les avisaríamos con tiempo. Nosotros tampoco fuimos a consultar a nuestros viejos. Nunca sucede nada de repente. Jamás. En ninguna parte.

Andrés vive en el vuelo de los pájaros. Tiene dos perros pequeños y abúlicos, un transistor asmático, una silla plegable desfondada y unos prismáticos. Lo veo venir todas las mañanas y sentarse durante horas en el límite del acantilado. Yo a veces paso corriendo junto a él. Los perros me ladran mientras respiro atento a los números del pulsómetro. El corazón es una víscera delicada que hay que controlar a partir de los cuarenta años.
No hace falta observarlo mucho rato para darse cuenta de que ese hombre no está bien de la cabeza. Habla solo mientras sigue el vuelo de los pájaros. Casi todos hablamos solos o fingimos que lo hacemos por un teléfono móvil. Esa ya no es una razón para etiquetar locuras. He dicho loco como podría haber dicho superviviente. No sé qué hace cuando recoge su silla y camina cojeando con sus perros hasta perderse en la carretera que conduce a la ciudad. Allí dentro supongo que será objeto de burlas o que pasará tan desapercibido como pasamos todos en las grandes ciudades. Trato de pasar muchas veces a su lado durante mi recorrido deportivo diario. Intento escuchar lo que va diciendo mientras está concentrado en el vuelo de un cernícalo, de un mirlo o de una de esas abubillas nerviosas que siempre parece que se van a deshacer en el aire en cualquier momento. Incluso a las mariposas que a veces vuelan junto a él las mira a través de los prismáticos.
Habla como si volara junto a los pájaros. No se dirige a los perros ni al viento. Se debe sentir aliviado volando tan lejos. No hay nadie que le insulte ni que se ría porque va por la calle mordiéndose la lengua y cojeando. La mitad del tiempo lo pasa con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su rostro. Se conoce que es feliz siendo otro y volando tan alto.

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Hoy me gustaría compartir un pequeño sueño que se hace realidad. Desde hace unos meses, empezó a gestarse la posibilidad de crear una editorial radicada en Canarias pero con una mirada a todo el mundo de habla hispana a través de la edición digital. Poco a poco ese proyecto se ha ido haciendo realidad y hoy jueves, 12 de diciembre, lo estamos dando a conocer.
La editorial, que ya cuenta con la garantía de un buen número de escritoras y escritores de prestigio que irán publicando en los próximos meses, nace con mi novela (inédita hasta este momento), El destino de las palabras. Pueden acceder a ella y adquirirla haciendo clic sobre este enlace

Ese sueño del que les vengo hablando se llama ATTK Editores y, a partir de ahora, su singladura dependerá completamente de ustedes. Nosotros, de momento, ya hemos lanzado el primer barco (en este caso digital) en ese nuevo océano por el que estamos aprendiendo a navegar quienes escribimos, quienes editan y quienes seguiremos leyendo. La portada que ven es un regalazo del pintor Augusto Vives.

Se levantó de la cama y se encontró el piano en el centro del salón de su casa. Vivía solo y había dejado cerrada la puerta de la entrada principal. En un primer momento no se atrevió a tocarlo. Comprobó que la llave estaba en la puerta y se fue a la cocina a preparar un café. No se emborrachaba hacía muchos años: se había acostado sereno, leyendo un ensayo de Montaigne antes de coger el sueño.
Volvió al salón y tocó la madera del piano para comprobar que no era una visión. Empezó a hablar solo tratando de buscar explicaciones. No las encontraba. Daba vueltas alrededor del instrumento. Él no entendía mucho de pianos, ni siquiera sabía tocarlo, pero no se le escapaba que un Steinway nunca es un piano cualquiera.
Vive en un cuarto piso sin ascensor. En los descansillos de las escaleras no hay hueco para que un piano gire. Sólo podría subirse a través de la ventana del salón, pero está también estaba cerrada a cal y canto. Tendrían que haber hecho mucho ruido para meterlo, y él tiene el sueño tan ligero que se hubiera enterado a las primeras de cambio. Levanta la tapa del teclado. Es un piano de cola negro que brilla como una estrella lejana. También dejaron un taburete y un libro con muchas partituras.
Lo primero que piensa es que en ese momento debe haber alguien en algún lugar del planeta esperando por este piano. Se sienta en el taburete y empieza a tocar. Se le van las manos. No sabe de quién es lo que toca, pero suena de maravilla. Se deja llevar. Yo sí sé que es el concierto número dos para piano y orquesta de Rachmaninov. Nunca estudió solfeo. En el colegio, una vez que hicieron unas pruebas para seleccionar alumnos, lo dieron por imposible. Carecía de oído musical. No hizo falta que se lo dijeran. Él se daba cuenta cuando trataba de entonar las canciones de los dibujos animados. Era bueno pintando, pero cuando se ponía a cantar lo abandonaba hasta su propia sombra. De Rachmaninov pasó a Schumann, a Mozart y a Chopin. Pocas veces había sonado el Nocturno número dos del polaco como en aquella mañana luminosa. Lloró mientras lo interpretaba y lo repitió hasta cinco veces seguidas. No se levantó nada más que para comer un par de yogures y unos frutos secos. Las manos se movían por el teclado prodigiosamente. No parecía que fueran suyas. Sólo lo venció el sueño. Cuando se despertó al día siguiente no había ningún piano en el salón de su casa. No ha podido contárselo a nadie. No le creerían.
Yo sí lo vi, pero un narrador omnisciente sólo está para contar desde la lejanía. Me pasa lo mismo con otros hombres. Me da mucha pena ver que luego enloquecen por no poder entender lo que les ha sucedido. Este hombre está cada día más obsesionado. Se acercó a una tienda de instrumentos musicales y pidió probar un piano. No le salían ni las escalas más sencillas. Incluso en la tienda le pidieron que dejara el instrumento porque luego costaba mucho trabajo volver a afinarlo cuando se tocaba de una manera tan burda. Esa fue la palabra que emplearon, burda, y él se levantó sin decirles que de esas mismas manos habían salido un día sonidos prodigiosos. Ha comprado mucha música de piano y está todo el día escuchándola. Ha reconocido algunas de las composiciones que interpretó aquel día irrepetible.
Siempre se acuesta pensando en aquel piano y en aquellos sonidos celestiales. Toca en sueños. Los deseos se le están volviendo quimeras, pero él es de los que nunca recuerda lo que sueña. No sabe que toca cada noche, a veces en privado y otras en teatros repletos de melómanos ansiosos por escuchar sus interpretaciones. En el mundo de los sueños sí se ha corrido la voz de su proverbial talento. Despierto es un tipo gris y aburrido que cumple con su horario de ocho horas en la oficina y que luego llega a casa, come cualquier alimento precocinado y se deja llevar por lo que salga en la tele. Sólo por las noches lee a Montaigne antes de dormir. Lo lleva haciendo desde hace más de diez años y aún no ha terminado el grueso tomo con sus ensayos. Le bastan tres o cuatro renglones para asimilar sabiduría y conciliar el sueño. Luego duerme y olvida que toca el piano hasta que suena el despertador o se despierta sobresaltado en mitad de la madrugada.
Por la mañana siempre entra en el salón muy despacio, mirando con cuidado hacia todos los rincones, recordando aquel piano de cola luminoso que le permitió vivir el día más hermoso e intenso de su existencia. Ya le da lo mismo pensar que todo fue un sueño o que es justo cuando cree que está despierto cuando realmente está dormido. Ninguno de nosotros tampoco sabría diferenciar certeramente un momento de otro. Cualquiera de nosotros podría ser un gran pianista. Qué más da lo que sueñe o lo que lo haya vivido. Él lleva los sonidos de aquella mañana metidos para siempre en su cabeza.
Da lo mismo que lo vean ir y venir de la oficina al trabajo, y que luego lo imaginen solo y aburrido en su casa delante del televisor. Nadie sabe realmente todas las vidas que vive sin saber que las está viviendo. Es una cuestión de dimensiones, pero ya les he comentado que como narrador omnisciente no puedo ir más allá de donde me dejan. Yo también formo parte de esta ficción que llaman vida y que en el fondo no es más que una confusión de sueños.

Me desperté de madrugada, en esas horas en las que no sabes realmente si estás aquí o en otra parte hasta que no enciendes la luz o reconoces la respiración de quien lleva mucho tiempo durmiendo a tu lado. Habitualmente suelo coger el sueño sobre la marcha. Si el desvelo persiste, enciendo la radio del móvil que dejo en la mesa de noche. Siempre me ha gustado que me hablen para quedarme dormida. Mi madre me contaba cuentos; pero murió joven, y mi padre, que nunca tuvo tiempo de pararse a inventar ninguna historia, podría decir que murió con ella. Realmente estuvo vivo hasta que tuve diecisiete años, pero refugiado en el alcohol y en la lástima. Las riendas de mi casa las tuvo siempre mi hermano mayor. Era un déspota, un abusador y un sinvergüenza. Me lleva quince años, pero no lo veo desde hace más de veinte. Al morir mi padre, movió sus contactos para encerrarme en un hospital psiquiátrico. Es verdad que no le encontraba sentido a la vida y que me importaban poco los estudios y las responsabilidades. Ya era un reconocido abogado, como lo fue mi padre, y lo único que quería era manejar todo el patrimonio que habíamos heredado. Logré escaparme una tarde de otoño de hace veinte años. Me fui a otro continente y empecé una nueva vida con otro nombre.
Cuando enciendo la radio, busco emisoras españolas que me mantengan informada de lo que pasa en el país, o más que información añoro las canciones y las voces como la de mi madre antes de quedarme dormida. Hoy escuchaba un programa de la Universidad Española de Educación a Distancia. No llegué a la universidad, y aprendo mucho con algunas clases de Historia o de Literatura. Cuando acabó el programa que emitía Radio 3, de Radio Nacional de España, empezaron a leer algunos edictos. Casi todos eran de desaparecidos. De repente escuché el nombre de mi hermano en el texto emitido por un Juzgado de Santander. Daban mi nombre. Decían que me había fugado de un Psiquiátrico hacía veinte años, y que me querían declarar fallecida. Me imagino que en todo este tiempo no habrá podido disponer de la herencia como habría querido y necesitará ese trámite para lograr su objetivo. Pedían que si alguien sabía algo de mí se pusiera en contacto con ese Juzgado. Apagué la radio y me acerqué al ordenador a escribir este pequeño texto. No lo firmaré. Nunca firmo lo que escribo. Pero necesitaba trazar estas letras para saber que sigo viva en alguna parte.



No era la llave. Intentaba una y otra vez abrir la puerta. Una chica joven que pasaba por la calle llamó a un cerrajero. Abrieron y ella entró. No tenía un solo euro en el bolsillo. Realmente no llevaba nada. Ni siquiera traía recuerdos. El cerrajero maldijo su suerte y no quiso denunciar a una pobre vieja desorientada. Entró y cerró la puerta. Se sentó en una silla vieja que había a la entrada. No sabía dónde diablos estaba. En esa misma casa había pasado su infancia. No había vuelto a entrar en ella desde que sus padres la vendieron unos días antes de que cumpliera doce años. Cuando oscureció, y ya se no veía nada, estiraba las manos en la penumbra como si buscara un abrazo.

Iba al cine solo para leer su nombre. Todos lo daban por muerto. Se había marchado hacía cuarenta años. Quería ser actor. A ella le dijo siempre que acabaría triunfando en Holywood. Le prometió que vendría a buscarla y que no se enamoraría de ninguna de aquellas actrices que los dos veían en las películas todos los domingos por la tarde. Se fugó cuando lo llamaron para ir al Cuartel. Ella le perdió la pista cuando estaba en París. Desde allí pensaba ir a Marsella para luego embarcarse camino de América. Nunca más le escribió. No le espera, hace años que sabe que no regresará a buscarla. Ella no se enamoró de ningún otro. Compró el cine del pueblo para que no lo cerraran. Era hija única y su padre le había dejado varias fincas en la zona más cara de la costa. Aquellos terrenos no valían nada hace años, pero ahora pujan por ellos las más lujosas cadenas hoteleras. Ya casi no quedan cines como el de este pueblo. Entra poca gente, pero ella no se pierde ni una sola película. Ha dado orden de que no enciendan las luces de la sala hasta que no terminen de salir todos los títulos de crédito. Lo busca en cada renglón que aparece en la pantalla. Lo ha encontrado dos veces como ayudante de transportista. Aparece el nombre que los dos idearon cuando él soñaba con ser Clark Gable. Tenía bigote y también era un hombre alto y muy apuesto.

A veces la vida que deseas transcurre lejos. Tus sueños se materializan en otras personas y aquel sillón junto a la chimenea no lo terminas ocupando tú. Intuyes que todo sigue sucediendo donde tú tenías que haber estado. De repente una mañana, pongamos que uno de esos días en que amaneces con fiebre, sin que apenas puedas salir de la cama, es cuando descubres tu verdadera soledad, que no era la que deseabas por más que a veces vayas diciendo por ahí que estás en la gloria viviendo solo.
Yo creo que siempre tuve pareja justamente para evitar este momento, pero ninguna pareja es eterna. En todo el tiempo que estuve con ella jamás estuve enfermo. Era feliz, y dicen que los que son felices, además de dormir a pierna suelta, espantan a todos los virus, a todas las bacterias y, de alguna manera, también a todos los sinvergüenzas. Desde que ella murió vivo juntando una enfermedad con otra, una vigilia con otra vigilia, como si todas las defensas hubieran claudicado ante mi infinita tristeza. Y nunca fui un hombre triste, y tampoco creo que ahora lo sea. Solo soy un viejo que está esperando a que pase el tiempo para que cicatricen algunas heridas. La soledad es esta fiebre que no me deja caminar ni por mi propia casa. Supongo que en alguna parte otros estarán disfrutando de la felicidad que yo soñaba.

El hombre de la grúa se llamaba Jefferson. Lo supe cuando ya estaba en el suelo. En Guía nunca hubo nadie que se llamara Jefferson. Le pregunté al cronista y me dijo que, a no ser que fuera alguien de paso, cualquiera de esos miles de turistas que llevan décadas caminando por las calles del casco antiguo, no había visto nunca ese nombre en el padrón municipal. Jefferson era rubio. García Márquez hubiera escrito que era el muerto más hermoso del mundo. También era colombiano. Lo habían contratado para adecentar la fachada de la iglesia. Era su nombre de pila, pero no había nadie que nos explicara por qué sus padres o sus abuelos habían elegido justamente ese nombre tan norteamericano. Se apellidaba Vargas Rodríguez. Su familia estaba lejos. No debía tener más de treinta años. El operario que manejaba la grúa desde abajo comentaba que Jefferson se había alongado demasiado. Cualquiera se hubiera dado cuenta de que mentía; pero nadie le miraba a los ojos mientras hablaba. A Jefferson lo cubrieron con una sábana antes de que llegara el juez a ordenar el levantamiento del cadáver. La mujer del operario que manejaba los mandos sabía que tarde o temprano lo acabaría matando. Ella había sentido una extraña punzada en el pecho en el mismo momento en que el cráneo de Jefferson se golpeaba contra la escalinata que está justo enfrente de la Plaza Grande.

Ya casi no recuerdo mi nombre. Hasta los treinta años respondía cada vez que alguien me llamaba Andrés. Quise romper con todo y ser un heterónimo de mí mismo. Hasta entonces también lo había sido. Tenía que decir lo contrario de lo que pensaba todo el tiempo. Hablaba Andrés, pero tras ese nombre solo se escondía un tipo timorato y complaciente que no hacía más que traicionarse a diario. Cambié de país, dejé atrás a mi familia y a mis amigos y recuerdo que en aquel momento pasé a llamarme Alberto. Solo me pidieron mi nombre real cuando crucé la frontera y cuando alquilé un pequeño cuarto en una pensión de medio pelo. Trabajaba ilegalmente y pagaba todo al contado, pero al poco tiempo Alberto empezó a parecerse a Andrés y lo abandoné en aquella ciudad donde no dejaba de llover todo el rato. Desde entonces voy cambiando de país y de nombre cada cierto tiempo. He sido Paul, Maurice, Julio, Enrique o Máximo. Ha habido muchos más nombres, pero cuando me olvido de ellos también voy dejando atrás a todos esos personajes que he ido representando a lo largo del tiempo. Ahora podría decir que me llamo Santiago. Me doy la vuelta por la calle si alguien pronuncia ese nombre, pero a lo mejor mañana ya estoy lejos ideando una nueva vida a partir de otras sílabas y de otras palabras.
Tienen razón los que dicen que la personalidad depende mucho de cómo nos reconozcan. Lo saben los escritores que se van inventando personajes todo el tiempo. Yo mismo, cuando me escribo, me termino confundiendo en un mar de letras. También cuando viajo. Y no me confundas nunca con un seudónimo porque este solo firma la vida de quien cuenta algo. En mi caso cada nuevo nombre, como aprendí con Pessoa, me imprime un carácter y una forma de caminar o de pensar totalmente distinta. Jamás caminaría igual siendo Maurice que siendo Alberto. Esto que ahora escribo lo firma Santiago. Lo que escribe no se parece nada a lo que escribía hace años cuando era Enrique y vivía en Barcelona, o cuando fui Paul y estuve felizmente casado en Brooklyn algunos años. El uso de los verbos, por ejemplo, es muy diferente, y también el tono. Algunos de quienes he sido ni siquiera escribían. Quizá fue con ellos con quienes realmente fui feliz.

Los corredores son trasuntos de nosotros mismos que atraviesan los parques y las avenidas. Los hay lentos, veloces, cansados, voluntariosos, maniáticos, altos o bajos. En casi todas las ciudades en las que he vivido se repiten los roles y solo cambian las caras. Incluso en los lugares de paso, cuando sales un rato por la mañana, te los encuentras como si te fueran acompañando siempre a todas partes.
Están quienes parece que tratan de escapar todo el tiempo de su propia sombra y luego los que se recrean en cada uno de sus pasos. Los corredores madrugan porque a primera hora de la mañana saben que pueden correr detrás de cualquier quimera. De vez en cuando corro en medio de ellos. Da lo mismo una ciudad que otra, un parque, una avenida o unas calles de anchas aceras. Un atleta no solo es el que corre en pos de un récord. Ni siquiera sabes lo que buscas cuando improvisas las metas.

Corto el mármol y lo coloco pieza a pieza sobre el suelo. Él está siempre colgado en el vacío. Desde el primer momento sabe que lo que traza será bello. Uno atisba siempre la belleza mucho antes de que llegue. También los malos farios, y hasta esos amores que luego duran lo que dura el deseo. Sé que casi nadie mirará hacia abajo. Entrarán con la vista puesta en el techo y saldrán extasiados con esas imágenes que no puedo dejar de mirar durante horas cuando termino mi trabajo. Él admira lo que hago casi más que lo va pintando. He estado toda la vida trabajando el mármol. Lo toco y sobre la marcha ya me doy cuenta por qué lado se podría tallar y por cuál no vale la pena ni tocarlo. Me pregunta muchas veces antes de crear sus esculturas y le ayudo a seleccionar la mejor pieza y a utilizar las herramientas que necesita para dar forma a los brazos o a los escorzos. Mi arte solo se concibe desde la perfección. Y para llegar hasta aquí he necesitado miles y miles de horas de trabajo. No quiero reconocimientos ni aplausos. Nadie sabe la inmensa satisfacción que puedo llegar a sentir cada vez que encajan las baldosas como si hubieran sido creadas para estar juntas toda la vida. No hago más que cumplir el destino de las propias piedras. Pasarán los siglos y seguirán pisando sobre ellas sin darse cuenta. Arriba está representado el Juicio Final y hay ángeles y santos por todas partes. Él pinta como poseído. También es una suerte inmensa poder ver primero que nadie lo que crea. Ninguno de los dos morirá para siempre.

Ni siquiera era el día que esperaba. No conocía los nombres, ni tampoco los detalles de las citas previstas. Así y todo salió a la calle dispuesto a cumplir con los compromisos que aparecían marcados con sus horas, sus direcciones y sus notas orientativas. Le esperaba un coche con chófer en la puerta. Sobre la marcha dedujo que era alguien importante. Entró y salió de reuniones en las que los otros hablaban y él solo tenía que escuchar o responder con algún monosílabo. Incluso participó como tertuliano en un programa de radio sin tener ni idea de lo que se estaba hablando. Cuando salió del estudio, el productor le felicitó efusivamente por decir lo que había dicho, que no era otra cosa que lo que pensaba. No sabía lo que era un eufemismo, ni siquiera sabía quién era en esos momentos. Solo estaba deseando acostarse para ver si al día siguiente se despertaba con un poco más de suerte en su agenda diaria. Cada vez que dormía se despedía definitivamente de una parte de sí mismo. Llevaba miles de años despertando cada mañana en lugares en los que todos se creían eternos e importantes antes de cerrar los ojos.

Sé cuándo vienen por vez primera y cuándo llevan años cenando rutinariamente porque no saben qué hacer con el tiempo libre. Los rutinarios casi siempre pasan de largo. En cambio los de las primeras citas siguen viniendo cada semana, cada mes o cada año. A veces, si se van a vivir lejos, aparecen sorpresivamente cuando menos los espero; pero todos terminan regresando. Mi única alegría es fidelizar a los clientes enamorados. La mesa, los cuadros, los cubiertos, las vistas a la plaza de la catedral, todo lo fui colocando de forma minuciosa para que se enamoraran. Ellos no saben por qué fue aquí donde se dieron cuenta de que llevaban amándose mucho tiempo. Yo no amo hace muchos años. Tuve un gran amor y lo perdí para siempre. Dejé aquella ciudad continental y lejana, vendí todo lo que teníamos y abrí este pequeño restaurante en la isla en la que ella y yo pensábamos retirarnos para siempre, lejos de todo, sin pensar en nada más que en seguir amándonos.
Me emociona ver llegar a los jóvenes que ni siquiera saben que se terminarán amando, y verlos luego, cuando reaparecen, cada vez más unidos, o con sus primeros hijos. Esa clientela es la que nunca falla. Jamás vienen solos. Si se separan aparecen con sus nuevas parejas, como si quisieran volver a encontrar una y otra vez aquel aleteo inolvidable del primer amor que reconocieron entre estas mesas. Soy feliz viendo cómo los demás se aman. No me hace falta trabajar, pero no concebiría la vida sin esos reencuentros. Conozco sus nombres, y he visto cómo muchos de ellos cambiaban su fisonomía, su carácter y hasta su manera de sonreír. Me entristecen todos los finales. Sé reconocer cuándo una pareja se sienta en la mesa y no encuentra las palabras para seguir adelante. A veces discuten pensando que no los escucho, y casi siempre comen en silencio, o beben más de la cuenta. No me gusta que nadie se lleve el recuerdo de un desamor de mi restaurante. Intento que se olviden durante unos minutos de los agravios y de esa extraña corriente que va alejando muchas veces lo que más se ama. Siempre programo la misma música, día tras día, a la misma hora, para que por lo menos aquí todo suene siempre como ellos esperaban.

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