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Una señora sola

Ayer, mientras hacía cola para comprar un helado, una señora le decía a una amiga que estaba muy sola y que los días se le estaban haciendo insoportablemente largos. En unos pocos minutos pude conocer lo esencial de su vida. Se había quedado viuda hacía pocos meses, su hija vivía lejos y donde quiera que iba se acordaba de su marido. Decía que no podía pisar la playa sin terminar llorando delante de la orilla. Le contaba a la amiga que se había metido en el cine a las cuatro de la tarde y que estaba haciendo tiempo para ir a misa antes de volver a casa a encender la tele un rato. Le confesó que necesitaba pastillas para dormir y también para salir de la cama. La amiga le dijo que todo terminaría pasando y pidió dos tarrinas de helado. Tenía a sus nietos en casa y la dejó con la palabra en la boca. Acabó pidiendo sola un helado de turrón y nata.
Yo la seguí unos pasos, hasta que se sentó en un banco de la calle Triana a dejar que pasara la tarde. La soledad solo es placentera cuando se elige voluntariamente. O cuando aprendemos a convivir con ella sin que nos temamos a nosotros mismos. A esa señora aún le quedaba una larga travesía de recuerdos para poder sentarse en ese mismo banco sin echar de menos a nadie. Algún día volverá a bajar a la orilla de la playa. Me hubiera gustado decirle que no hay marea que no se acabe serenando en alguna parte, y que las olas son al final las únicas que nos enseñan que la serenidad solo es posible cuando aprendes a asumir que todo es tránsito.

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