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Ruidos lejanos

Casi todos los ruidos los acaba silenciando la costumbre. Cuando llegamos a una nueva casa escuchamos el rumor del tráfico lejano, el sonido de las cañerías e incluso, de madrugada, el eco de los pasos de quienes caminan por la acera de nuestra calle. Nos molestan algunos de esos ruidos; pero luego, al paso de los meses, ni siquiera llegamos a escucharlos. Lo rutinario, si no prestamos atención, termina siempre enmudeciendo. Hay sonidos de asmáticas neveras que ya ni siquiera reconocemos cuando arrancan sus motores en mitad de la noche para seguir congelando la soledad abisal de los pescados. La rutina también puede terminar acallando nuestros propios pasos. A veces transitamos por el mundo sin darnos cuenta de que cada día estamos protagonizando un estreno que no volverá a verse jamás en ningún otro escenario. La jodida costumbre termina matando hasta nuestro propio anhelo de ser inmortales. Nos convertimos en casas. Nos silenciamos. Si alguien nos estuviera viendo de lejos podría decir que no hacemos más que transitar como autómatas sin llegar a reconocer siquiera lo que para un resucitado sería un interminable milagro cotidiano. A veces es necesario que nos alejemos de nosotros para poder vernos un poco más diáfanos. O para que no perdamos nunca el norte ante ningún sobresalto.

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