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La cajera

Los supermercados de las grandes superficies no dejan rastro de las soledades. Es casi imposible que le toque la misma cajera cada mes; pero aun así dirigió su carro hacia la cola de una de las que no le sonaban absolutamente de nada. Se notaba que era nueva porque se le caían las cosas y porque cada dos por tres tenía que llamar a la supervisora para consultarle las dudas que le iban surgiendo cuando pasaba los productos por el escáner. Un cliente la llamó idiota y ella bajó la mirada cuando le cobró un producto sin aplicarle la oferta que estaba anunciada en el expositor. Trató de decirle que era nueva y que aún no manejaba correctamente los códigos de la caja, pero el hombre la humilló aún con más inquina, como si vengara en ella muchas frustraciones de su propio pasado. La supervisora le pidió disculpas y le ofreció un cheque regalo para compensarle por los errores. Ella estaba justo detrás de ese cliente airado. Podría haberle dicho que se tranquilizara, pero se limitó a pasar su compra y a pagar sin mirarla en ninguna momento a la cara. La cajera tenía los ojos llenos de lágrimas.

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