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Archivos Julio 2013

Cada vez que le quito la piel a una manga voy acortando la distancia que me separa de la orilla del mar y del verano. Da lo mismo dónde esté porque siempre regreso a la playa. Hay olores que se adelantan a todas las estaciones y que nunca tienen en cuenta las fechas de los almanaques. Evocamos lo que dejamos atrás; pero (aunque resulte paradójico) también lo que anhelamos encontrar alguna vez en los pasos que nos quedan por delante. Uno se recrea siempre a imagen y semejanza de lo que desea ir soñando. Jugar a vivir no es tan complicado como nos proponen a diario los que nunca quieren que salgamos de la casilla de salida. Existen mil riesgos; pero también hay miles de combinaciones en los dados que nos permitirán avanzar en medio de todos los desastres. Si no jugamos, nos quedaremos siempre a las puertas de todos los teatros.



Hay calles que conservan los vientos que ya arrastraban la arena y las hojas secas mucho tiempo antes de que llegaran los humanos a parcelar todos los espacios abiertos. En todas las ciudades uno se encuentra esquinas en las que, de repente, aparece un aire inesperado que nos despabila y que amaga con arrancarnos todo lo que no llevemos bien sujeto. En Las Palmas de Gran Canaria una de esas calles es Colmenares, justo cuando cruzas Bravo Murillo para empezar a recorrer León Castillo. Cualquiera que transite por allí habitualmente conoce lo que cuento. Parece como si no hubiera edificios para impedir que la brisa siga aventando como mismo lo haría cuando allí no había más que un paisaje reseco con interminables arenales. Ese ventanero constante te recuerda que hay ciclos que están por encima de esa presencia egocéntrica del ser humano en la naturaleza. Ese aire lejano acabará barriendo todas nuestras cenizas y seguirá soplando en ese mismo espacio cuando ya no queden rastros de las ciudades o del mismísimo planeta. El viento no solo mueve hojas secas; también nos recuerda el tránsito veloz del tiempo que no deja nada a su paso y que nunca cesa.
A veces me paro en la esquina de Colmenares con León y Castillo y solo tengo que cerrar los ojos para verme como un navegante en medio de ese mar que es la vida o alongado a esa proa que nunca sabes a qué puerto terminará arribando. Tampoco conoces jamás la dirección de tus propios pasos, o los desvíos que tiene previsto el destino en la siguiente esquina o en el próximo cruce de miradas. Los isleños sabemos que los vientos van de una orilla a otra orilla del océano. En medio solo encuentran rocas que salieron de la nada. Nosotros construimos grandes edificios y soñamos el futuro como si fuéramos eternos; pero cualquiera de esas ráfagas que atraviesa las calles sigue reconociendo lo efímero y volátil de nuestra presencia. Y no es para pesimismos para lo que uno razona cuando escucha el viento que no cesa nunca aunque parezca que todo está en calma. Lo que genera esa revoltura de papeles viejos en las aceras son unas ganas infinitas de vivir sabiendo que no hay nada que detenga al tiempo. También nos recuerda que solo somos navegantes a merced de todos los océanos. Ese aire me trae a la memoria la palabra chirote que nombraban mis abuelas, aquel mismo chirote que me encuentro siempre que cruzo la calle Colmenares a la altura del antiguo muelle que estaba frente al parque de San Telmo. Solo las palabras reaparecen o se mantienen vivas en el eco de todos los recuerdos. Nuestros antepasados más remotos aprendieron a convivir armoniosamente con la naturaleza. Ellos ya sabían, aunque no lo dejaran escrito en ningún papel ni en ninguna piedra, que todo lo que acumulamos no es más que polvo que algún día removerá el viento.

Solo volvemos donde quiere nuestro propio regreso. No ves lo que tienes delante sino lo que intuye tu recuerdo. Lo primero que llega es el olor de las calles que jamás has olvidado. Realmente te quedas aunque creas que te hayas marchado.

Ese hombre tiene mala suerte. Lo repite él mismo a todas horas y te lo demuestra cada uno de sus pasos en los últimos años. Lo tuvo todo y lo fue perdiendo poco a poco. Había heredado una conocida tienda de ropa en la calle principal de la capital. Le llegaron múltiples ofertas de compra o de traspaso que le hubieran permitido vivir como un maharajá; pero él se empeñó en demostrarle a la familia que era un hombre de negocios capaz de generar más riqueza de la que había heredado. Compró dos grandes máquinas de revelado y cambió el negocio textil por el fotográfico. Calculaba que en dos años habría rentabilizado por completo la inversión y que, a partir de ese momento, se forraría sin tener que invertir prácticamente nada en gastos. A los tres meses empezaron a salir las primeras cámaras digitales y al paso de un año no había casi nadie que siguiera con el papel. Lo perdió todo.
Su familia jamás le perdonó y su madre y sus dos hermanas no quisieron saber nada más de él. Cambió de ciudad y trató de rehacerse vendiendo chicles en los parques. Se le echaban a perder. Tenía gran cantidad de azúcar y su presencia no ayudaba a dar mucha confianza. Luego quiso vender paquetes de millo para dar de comer a las palomas. Compró algunos sacos y los guardó en la pensión en la que vivía. A los dos días de comprar esos sacos el ayuntamiento publicó una ordenanza avisando de que multaría a todo aquel que le diera de comer a las palomas en las plazas. Se le estropeó todo el millo antes de que pudiera venderlo para gofio.
Ahora anda ideando más negocios. Ha llamado a dos amigos de infancia y les ha propuesto montar una editorial. Los amigos le han dicho que quizá la edición digital sea un buen negocio en el futuro, pero él les ha contestado que el papel jamás morirá y que los únicos libros que pueden llamarse libros son los de toda la vida. Y además quiere publicar enciclopedias. Apenas sabe lo que es Internet. Los amigos le recuerdan lo del revelado de fotografías, pero él responde que en este caso son letras, y que las letras sin papeles no van a ninguna parte.
A veces duerme en una pensión y cuando no logra que le den monedas se acuesta directamente en un banco del parque. Sigue empeñado en que es un lince para los negocios. Escuchó una vez que quien insiste en sus sueños los termina logrando. Su padre siempre quiso que siguiera con un negocio que contaba con gran tradición y con una clientela selecta. Él se rebeló contra esa idea desde que era adolescente. Los otros mendigos del parque se ríen de sus ocurrencias y le ofrecen el morapio de mala muerte que beben desde que se levantan. Cuando bebe mucho se le ocurren ideas de negocios aún más delirantes. Ellos le llaman el emprendedor y se mueren de la risa con sus propuestas. Nunca se han creído que sea el hijo de la recordada Confecciones Nazarín e hijos. Casi todos los mendigos, antes de ser mendigos, hicieron la Primera Comunión o se casaron con la ropa que vendía su padre. Él está pensando ahora en cómo lograr que las castañas también caigan de los castañeros del parque en verano. De niño le encantaba el marrón glacé. Su padre le traía unos botes enormes con ese glaseado de castañas cuando sacaba sobresalientes en el colegio.



Nunca me han dado miedo las alturas. Crecí en el alambre. No concibo mejor camino para espantar las dudas. Una vez arriba solo tienes que seguir caminando. No puedes retroceder. Cuando era niña mi padre me gritaba cada vez que intentaba volver sobre mis pasos. Caí alguna vez a la red. Ahora camino sin nada debajo. No hay que pensar. Si piensas te acabas cayendo. En las alturas, los únicos precipicios peligrosos son los que se asoman a tus propias entrañas. Ni siquiera pido que suene la música cuando me cuelgo de una sola mano y giro bajo el abismo de la carpa. La vida se acaba pareciendo mucho a ciertas acrobacias. Hay momentos en que el redoble de un tambor imaginario te avisa de que tus próximos pasos se juegan algo más que el avance de unos metros en el temblor del alambre. No buscas ningún aplauso. Mientras estás arriba solo quieres seguir caminando. Los de abajo te miran, pero no me importaría que no mirara nadie para seguir haciendo acrobacias. Una vez te alejas del suelo ya no eres sombra en ninguna parte.

Llevo cuatro años viendo casi a diario cómo se come un sándwich mixto. Paso junto a la cristalera de una cafetería camino del trabajo y siempre me tropiezo con su gesto ensimismado mirando al plato o mordisqueando las tostadas con jamón y queso. Es lo único que conozco de él. Es un hombre de mirada melancólica, con pinta de jubilado, que también tiene un vaso con café con leche a su lado, día tras día, unas veces más lleno que otras, con el sándwich casi entero si llego pronto y a punto de terminarlo si me retraso.
Yo supongo que para él seré una sombra que siempre pasa deprisa y que a veces se le queda mirando. Alguien me dijo una vez que todo lo que vamos viendo forma parte de un aprendizaje del que tenemos que ir sacando conclusiones para luego encontrar otras pruebas y otros encuentros más adelante. No sé qué sentido tendrá ese señor y ese sándwich que veo cada mañana cuando camino apresurado hacia el trabajo. Me imagino que no me daré cuenta hasta el día que falte. Las pocas veces que no lo he visto casi me he pellizcado para saber si realmente estaba pasando por la misma calle. Luego me tranquilizo cuando lo veo de nuevo, reconcentrado y nostálgico, masticando lentamente un sándwich que cada mañana, como él y como yo, será distinto a los otros que lleva años pidiendo en la misma mesa, con el mismo vaso, como si cada día estuviera esperando a que llegara alguien a rescatarlo. Tiene pinta de ser un hombre solitario. Le delata su propia mirada.


Los supermercados de las grandes superficies no dejan rastro de las soledades. Es casi imposible que le toque la misma cajera cada mes; pero aun así dirigió su carro hacia la cola de una de las que no le sonaban absolutamente de nada. Se notaba que era nueva porque se le caían las cosas y porque cada dos por tres tenía que llamar a la supervisora para consultarle las dudas que le iban surgiendo cuando pasaba los productos por el escáner. Un cliente la llamó idiota y ella bajó la mirada cuando le cobró un producto sin aplicarle la oferta que estaba anunciada en el expositor. Trató de decirle que era nueva y que aún no manejaba correctamente los códigos de la caja, pero el hombre la humilló aún con más inquina, como si vengara en ella muchas frustraciones de su propio pasado. La supervisora le pidió disculpas y le ofreció un cheque regalo para compensarle por los errores. Ella estaba justo detrás de ese cliente airado. Podría haberle dicho que se tranquilizara, pero se limitó a pasar su compra y a pagar sin mirarla en ninguna momento a la cara. La cajera tenía los ojos llenos de lágrimas.

Un virus informático no es más que una cura de humildad literaria. Si no cuentas con copia, o si todavía no te ha dado tiempo de guardar lo que estás escribiendo, compruebas impotente y maniatado que todo se lo traga la pantalla con una voracidad que no conoce compasión ni se detiene ante un supuesto verso memorable o una frase presuntamente genial. Así deberíamos escribir siempre, sabiendo que todo se lo terminará tragando el olvido como mismo lleva deglutiendo la memoria de los humanos, los gatos, las piedras o las nieves supuestamente perpetuas desde hace millones de años. Me dan pena de los que declaran orgullosos que sus letras les acabarán sobreviviendo. Aquí no sobrevive más que lo que uno encuentra delante de sus ojos cada mañana. Esas letras se irán por donde mismo vinieron. Un amigo poeta me dijo un día, trascendente y engolado, que los versos que se había tragado la pantalla de su portátil seguro que acabarían en otra dimensión que aún no somos capaces de vislumbrar con el cerebro que nos ha venido de fábrica. Llevábamos un par de vinos encima y preferí darle la razón para que no empezara a incordiar con la metaliteratura y todas esas majaderías que terminan arruinando las sobremesas. Sí me hubiera gustado decirle que las únicas dimensiones son las de las recreaciones informáticas. De nuestro paso por este valle que empaña tanta veces la nostalgia solo quedará un disco duro que algún día tendrá un mono entre sus manos como mismo blandía en 2001 aquel hueso que luego lanzaba por los aires del tiempo hacia la nada.

Me da lo mismo que todos piensen que estoy loco. Sé que ella volverá si no me muevo nunca de este sitio. Se cansará de estar con otros y vendrá a buscarme como cuando nos encontrábamos a la salida del instituto. No me creo que esté muerta ni que sus huesos reposen en ningún nicho. Me dejó de la noche a la mañana cuando comenzó a estudiar la carrera y se enamoró de un compañero de clase que iba de poeta. Luego dicen que hubo otros muchos y que se casó, tuvo tres hijos, se divorció, se volvió a casar de nuevo y murió de cáncer hace ahora tres años. Yo no he dejado nunca el pueblo. Vi pasar su entierro pero no me moví de mi sitio. Esa muerta era una mujer que vivía lejos. Yo a ella la espero cada día mirando hacia la misma calle por la que la veía venir cuando éramos novios y repetíamos que nos amaríamos para siempre.

Escribía Pessoa que sin sintaxis no hay emoción duradera. Lo que no somos capaces de escribir tal como lo sentimos se deshace como esa escarcha que deja el frío del recuerdo entre las manos. Escribimos para dejar pistas que hablen por nosotros cuando partamos. Cada palabra es una combinación infinita de letras que se va rehaciendo cuando la escribimos o la pronunciamos. Da lo mismo que la marea o el tiempo acaben borrando nuestro rastro. Lo que dejamos escrito guardará siempre el asombro de nuestra propia mirada. No contamos con ninguna certeza, pero de alguna manera atisbamos que el único horizonte que no se pierde del todo en la distancia es el queda en el eco de nuestras propias palabras.

A veces queremos llegar a tantos sitios que al final no terminamos llegando a ninguna parte. Estás en la playa pensando en lo que vas a comprar luego en el mercado, y en el mercado no haces otra cosa que recordar qué es lo que hay en la nevera de tu casa, y cuando abres la nevera de tu casa piensas en lo bonita que estaba la playa esa mañana; pero ya la playa la dejaste atrás y te quedarás sin pisar la arena que había empezado a formarse para ti muchos años de que tú llegaras. Puedes volver, pero ya será otra playa y tú serás otro distinto al que paseaba por ella esta mañana. Muchas veces vivimos demorando los momentos que tendríamos que aprovechar tal como nos llegan. Quizá por eso hemos perdido la capacidad de anticipación de otros animales que intuyen lo que nosotros solo somos capaces de ver cuando ya no podemos salir huyendo hacia ninguna parte. La nostalgia no es nunca buena aliada si queremos que el tiempo no se nos escape lastimosamente de las manos. No conozco ningún otro animal más melancólico que el ser humano. Tal vez por eso es por lo que también es el único que intenta explicarse todo el tiempo a través de las palabras.

Todas las ciudades se van rehaciendo con las miradas de quienes transitamos por ellas. También las playas, los bosques, las películas o las casas en las que fuimos viviendo. El día que nos paremos y estemos fuera de todos los encuadres del cielo ya no importará absolutamente nada de lo que siga aconteciendo. No hay más escenario que el tú quieras construir a partir de este momento. Tampoco puedes mirar nunca un paisaje como si fuera una naturaleza muerta. Los regresos hay que encararlos siempre con ojos nuevos. Antes de asomarte a cualquier calle todas las piezas del rompecabezas todavía están sembradas sobre la acera. También la playa renueva la orilla varias veces al día para que puedas volver como si la vieras siempre por vez primera.

Nadie regala nada. El esfuerzo, la paciencia y la constancia son los únicos caminos que conducen a la suerte y que aproximan los sueños que se buscaban a los veinte años. Ayer le concedieron a mi amigo Alexis Ravelo el premio Ciudad de Getafe de Novela Negra, uno de los galardones más importantes para quienes se mueven dentro de un género que en Canarias cuenta con grandes nombres como José Luis Correa, Javier Hernández o Antonio Lozano, entre otros. No ha sido fácil el camino de Alexis. Hace tiempo que se jugó un todo o nada con la literatura con esa osadía que solo tienen los valientes o los que están seguros de dónde se están metiendo. De sus libros pasados ya he dejado escritas mis impresiones en otras reseñas -y ahora mismo tengo pendiente La estrategia del pequinés, una novela en la que estoy deseando sumergirme cuanto antes-. Se le veía venir. Este premio afianza aún más su coraje y su talento literario. Les invito a que se acerquen a cualquiera de los libros de Alexis Ravelo. No era verdad que las letras canarias no salieran del muelle. Alexis lleva años asomándose a esos muelles para buscar historias que se vuelven universales cuando se trazan con ojos navegantes.
Hace justo una semana, Juancho Armas Marcelo escribía en un artículo publicado en El Cultural de El Mundo de lo mucho y bien que se estaba escribiendo ahora mismo en las islas del Sur. Alexis es un claro ejemplo de que la literatura solo se vale de palabras para acercar las distancias y derribar cualquier frontera. Y, además, la historia premiada se desarrolla en los escenarios de esas islas del Sur, en este caso en Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad que tiene la suerte de estar siendo contada ahora mismo por muchos escritores que la mantendrán a salvo del olvido. El premio de Alexis es un poco de todos los que escribimos en estas islas. Y también lo es su alegría, esa inmensa felicidad que solo siente quien es capaz de saltar al vacío sin más red que sus propios sueños.


Posiblemente solo seamos el sueño de alguien que a su vez nos escribe en otro sueño lejano e infinito. También vivimos otras vidas intensas cuando dormimos, ni más cortas ni más largas que esta que ahora tenemos delante. Nadie puede decir que un segundo no puede ser eterno porque el tiempo solo es un rastro indescifrable al que le terminamos perdiendo la pista. Cuando te despiertas antes del amanecer aún formas parte del último sueño que tuviste. No importa que no lo recuerdes. La literatura no es más que un sueño que se escribe para que otros vivan.

La vida es un tramo de calle que recorremos quemando siempre el tiempo a nuestras espaldas. Da lo mismo que te toque un recoleto callejón que una gran avenida llena de árboles. Al final los únicos caminos que cuentan son los de nuestros propios pasos. También es posible que ese tramo de calle que te toca transitar se estreche en algunas zonas y se ensanche luego donde menos lo esperabas. A veces te verás caminando arriba y abajo durante muchos días por la misma acera, y otras veces sabrás que te alejas para siempre de los paisajes en los que tu sombra ya había llegado a sentirse como en su propia casa. Somos trashumantes y viajeros, aun quedándonos quietos, porque nos bastan nuestros propios sueños para seguir viajando. Si miras hacia atrás solo encontrarás ausencias que no pudieron seguir tus pasos.

Nosotros sobrevivimos y ellos se corrompen. Hoy ningún parado se quedará en casa comprobando que no tiene nada que darle de comer a sus hijos, ni ningún trabajador dejará de acudir a su lugar de trabajo porque esté indignado con esa chusma que ahora nos tira a la cara los trapos sucios de sus tropelías. Vivimos en un país de chantajistas y de trileros. Les dejamos que se pusieran en todas las primeras filas sin acordarnos que en el patio del colegio el que quería ser el primero solía ser el más trepa, el más chivato y el más aburrido de los compañeros.
Todos sabemos que no solo es el Partido Popular el que ha burlado de forma vergonzante todas las reglas del juego. El lodo mancha a casi todos los partidos políticos que han tocado poder alguna vez. Algunos pusieron la mano y otros miraron para otra parte, pero nadie se atrevió a drenar el fango mafioso que se mueve alrededor de todos los gobernantes. Caerá Rajoy, es solo cuestión de tiempo, y luego vendrá otro de los que están y aparecerá un nuevo chantajista para echarlo abajo. Con la suciedad de fondo que hay ahora mismo solo cabe un milagro para salvarnos. Nada es eterno, y lo bueno de todo esto es que por primera vez está flotando esa porquería que todos atisbamos bajo las supuestas aguas transparentes que nos intentaron vender durante muchos años. Ya nada será igual: aunque quieran controlar las ruedas de prensa ya no controlan la información que se cuela por todos los mentideros digitales. De repente se ha parado todo y no se habla de la crisis o del número de desempleados, de quienes mueren en los hospitales por falta de personal o de los niños que han de acudir a los colegios en verano para no pasar hambre. Estamos llegando al final de un viaje de más treinta años que comenzó recorriendo edenes y que ha acabado arrastrándonos por peligrosas ciénagas atestadas de caimanes. Toca cambiar de ruta. También hacen falta nuevos navegantes.


Si lees una página muchas veces siempre terminarás encontrando alguna errata. Lo mejor es no volver nunca sobre lo que está escrito a no ser que puedas corregirlo en una segunda edición o en unas galeradas. Puedes escribir otras páginas que digan lo mismo con palabras distintas; pero no pretendas nunca hallar el fuego del pasado en lo que ya dejaste escrito. La escritura no es más que una imitación casi literal de la vida. No sacamos nada tratando de corregir lo vivido porque es imposible desandar nuestros propios pasos. Solo nos queda cambiar las palabras que aún no están publicadas. Y si nos asomamos mucho tiempo a lo que creíamos que era bello, también podemos empezar a descubrir las erratas de nuestros propios desatinos. Se lee y se vive pasando páginas como las pasa el tiempo después de cada despedida. Tu mejor libro aún no ha sido escrito. Y a veces, como ocurre con los correctores, son los ojos que te aman los que leen mejor tu propia vida.

Ayer, mientras hacía cola para comprar un helado, una señora le decía a una amiga que estaba muy sola y que los días se le estaban haciendo insoportablemente largos. En unos pocos minutos pude conocer lo esencial de su vida. Se había quedado viuda hacía pocos meses, su hija vivía lejos y donde quiera que iba se acordaba de su marido. Decía que no podía pisar la playa sin terminar llorando delante de la orilla. Le contaba a la amiga que se había metido en el cine a las cuatro de la tarde y que estaba haciendo tiempo para ir a misa antes de volver a casa a encender la tele un rato. Le confesó que necesitaba pastillas para dormir y también para salir de la cama. La amiga le dijo que todo terminaría pasando y pidió dos tarrinas de helado. Tenía a sus nietos en casa y la dejó con la palabra en la boca. Acabó pidiendo sola un helado de turrón y nata.
Yo la seguí unos pasos, hasta que se sentó en un banco de la calle Triana a dejar que pasara la tarde. La soledad solo es placentera cuando se elige voluntariamente. O cuando aprendemos a convivir con ella sin que nos temamos a nosotros mismos. A esa señora aún le quedaba una larga travesía de recuerdos para poder sentarse en ese mismo banco sin echar de menos a nadie. Algún día volverá a bajar a la orilla de la playa. Me hubiera gustado decirle que no hay marea que no se acabe serenando en alguna parte, y que las olas son al final las únicas que nos enseñan que la serenidad solo es posible cuando aprendes a asumir que todo es tránsito.

Casi todos los ruidos los acaba silenciando la costumbre. Cuando llegamos a una nueva casa escuchamos el rumor del tráfico lejano, el sonido de las cañerías e incluso, de madrugada, el eco de los pasos de quienes caminan por la acera de nuestra calle. Nos molestan algunos de esos ruidos; pero luego, al paso de los meses, ni siquiera llegamos a escucharlos. Lo rutinario, si no prestamos atención, termina siempre enmudeciendo. Hay sonidos de asmáticas neveras que ya ni siquiera reconocemos cuando arrancan sus motores en mitad de la noche para seguir congelando la soledad abisal de los pescados. La rutina también puede terminar acallando nuestros propios pasos. A veces transitamos por el mundo sin darnos cuenta de que cada día estamos protagonizando un estreno que no volverá a verse jamás en ningún otro escenario. La jodida costumbre termina matando hasta nuestro propio anhelo de ser inmortales. Nos convertimos en casas. Nos silenciamos. Si alguien nos estuviera viendo de lejos podría decir que no hacemos más que transitar como autómatas sin llegar a reconocer siquiera lo que para un resucitado sería un interminable milagro cotidiano. A veces es necesario que nos alejemos de nosotros para poder vernos un poco más diáfanos. O para que no perdamos nunca el norte ante ningún sobresalto.

Hay seres vivos que no dejen de moverse ni siquiera cuando parten su cuerpo por la mitad. La cola del lagarto sigue brujuleando inquieta aunque ya no esté unida al cerebro y al corazón del saurio. También los insectos siguen moviendo sus patas como si fueran capaces de seguir viviendo en cada una de sus articulaciones. Nuestro cuerpo, en cambio, se paraliza con un golpe tonto o un infarto repentino. Sin embargo, como en los otros animales, hay algo que se sigue moviendo sin el control de nuestro propio cerebro. Cada emoción que sientes es una parte de ti que quedará con vida más allá de tu propia muerte. Nos pueden destrozar por muchas partes; pero no podrán derrotar a nuestro pensamiento, ni tampoco acabar con todas esas ilusiones que nos permiten remontar el vuelo en los desastres. La supervivencia no solo es física. También las palabras seguirán vivas aunque ya no estemos nosotros para interpretarlas.

Si vives cerca de un puerto nunca olvidas tu condición de viajero. De madrugada las sirenas de los barcos se confunden con los sueños y te orientan entre la bruma de tus propios adentros. Nosotros también fondeamos a diario cuando dormimos o nos amarramos al noray del duermevela. Todo sucede fuera mientras tanto. Amanece en otras orillas y se enamoran en otras ciudades lejanas que jamás conoceremos. La madrugada es un océano con horizontes que a veces también parecen interminables. Uno confía en la brújula que marca el norte de su destino y se embarca siempre en su propia singladura asumiendo de antemano los inevitables naufragios. Y no siempre llegas a la costa que tenías prevista en tu imaginario mapa de navegación; pero en todos los puertos, como en todos los días que amanecen, puedes empezar a vivir como si te adentraras por primera vez en el mundo y todo fuera realmente nuevo.


La nostalgia huele a tinta de libros olvidados. No solo los amigos se van extraviando por los caminos: el tiempo también aleja libros que te cambiaron el destino. No sabes en qué mudanza se quedaron atrás, o quién los separó de tu lado con esas promesas de devolución casi siempre incumplidas. El recuerdo de mis casas es el del lugar en el que fui colocando los libros que me acompañaron con más fidelidad que los amigos o los amores que fueron pasando. Todos ellos guardan el olor de quienes pasaron sus páginas. Hay un perfume de tinta que los eterniza siempre en la memoria. Y no vale de nada que compres una nueva edición. Los buenos libros acaban confundiéndose con quienes somos, y de alguna manera nos acercan hacia nuestro propio misterio de recuerdos, anhelos y palabras. Cada lectura es un viaje interior del que regresamos sabiendo que la vida no es más que el reflejo de lo que nunca llegamos a tener delante.

Cuando duermes no haces más que fondear en tus propios abismos. A veces te despiertas desorientado o parece que regresas a la realidad como esos náufragos que ya no reconocen ni su propia cara en el espejo de las aguas. Nada de lo que piensas queda en el olvido porque el cerebro no es más que un acumulador de palabras con un mal de Diógenes que luego te sorprende en cualquiera de tus sueños. Lo que recreas en la madrugada lo vas escribiendo mientras caminas por las calles a diario. Todo acaba dependiendo de tu propia mirada o de cómo aprendas a pasar de largo ante lo que no merece la pena. El tiempo que pierdas despierto lo perderás también cuando duermas. Somos nosotros los que vamos creando todos los fantasmas que nos terminan atemorizando. Los sueños se alimentan siempre con nuestros propios argumentos.

Los días felices terminan siendo eternos. No suelen ser grandilocuentes ni desmesurados: una tarde recostado en la penumbra de quien amas sin más intención que reconocer su presencia, un paseo cerca de la orilla siguiendo el rastro lejano de una gaviota que ha aprendido a dejarse llevar por el viento, un toque de campana en una calle solitaria de una ciudad que reconoce tus pasos o un niño de la mano en una mañana de domingo: la felicidad siempre termina regresando. Los extravíos son inevitablemente temporales porque no hay naufragio en el que no te salve un recuerdo memorable. Solo vamos dejando pistas que algún día se terminarán encontrando en alguna parte. El tiempo ni siquiera es capaz de dibujar la silueta de nuestra sombra. Hay palabras y vivencias que sobrevivirán al cuerpo que nos acompaña. Quedará solo lo que la emoción haya sabido eternizar en tu mirada.

Nuestro cerebro no se parece al que tenían los homínidos de hace dos millones de años. Ni siquiera es el que teníamos nosotros mismos hace quince años. Evoluciona, gana, pierde, y cambia como todo lo que tiene que ver con la condición humana. En el proceso lejano que uno no controla se entiende que mejora y que, por eso, somos capaces de llegar a la luna o de comunicarnos en tiempo real, y viéndonos las caras, de punta a punta del planeta. El sueño del primer mono loco fue erguirse y dejar de caminar a cuatro patas; a partir de ahí todo ha sido un proceso de evolución que nos ha llevado hasta la Novena Sinfonía o el Empire State.
Ya luego, cada uno hace evolucionar como quiere su propio cerebro. Si lo alimentas con rencores, frustraciones o malicias lo más probable es que solo te devuelva malas noches y días de resquemor o arrepentimiento. Pero si logras olvidar, o por lo menos no recordar lo nefasto, y si además intentas que se nutra del rumor de las mareas, de la música que sosiega, de las palabras que emocionan o del bendito silencio en el que te reconoces, puede que tu vida sea mucho más feliz y más intensa. Uno termina siendo lo que quiere. Te puedes equivocar un tiempo, pero siempre se puede empezar de nuevo contando con la sabiduría de todos esos pasos equivocados.
Tienes el humor para saltar por encima de todas las mezquindades. Ríete de ti mismo cuando te empeñes en no querer ver más que negruras en todos los horizontes. Mira hacia atrás y descubre lo lejos que quedaron algunos días que parecían intransitables. A lo mejor ni siquiera te acuerdas de ellos. No hay nada que justifique la apatía de no querer seguir descubriendo las cartas que aún le quedan por repartir al destino. Cada uno moldea su propio cerebro con el barro de las vivencias que van dejando los días.

Los encuentros salen a la calle mucho tiempo antes de que nosotros nos tropecemos con ellos. Nunca nos paramos a pensar en los millones de años y de casualidades que hicieron falta para cruzarnos con otra mirada. Nuestra historia se escribe muchísimo antes de que nosotros llegáramos a protagonizarla, y se seguirá escribiendo mucho después, cuando ya no estemos pero queden los pequeños cambios que fuimos dejando a nuestro alrededor, unas palabras escritas, el eco de una canción que tarareamos una tarde lejana, las frases de aliento que consiguieron que otro cambiara su rumbo o los niños a los que ayudamos a creer que no todo era esa sucesión de tragedias y de mangantes que aparece en los telediarios. Tu próximo encuentro también te está esperando ahora mismo en alguna parte.

Cuando miras hacia atrás casi todo termina teniendo sentido. Incluso lo cruento era algo necesario. También hacen falta días desapacibles y tormentosos para llegar a la belleza y a la armonía de las flores de mayo. El tiempo arranca todas las máscaras que nos engañaban. No te quedes solo con esa flor cuando la ves esplendorosa en el jardín, ni tampoco con la fruta que ya asoma en los árboles ayer mismo despoblados. Era flor y era fruta cuando todavía no era nada, y de la podredumbre futura renacerá la vida con más brío y también con más esperanza. Todo está perfectamente ordenado mucho antes de llegar nosotros a formar parte del caos. Ni las estrellas se chocan entre sí, ni la vida dejará de seguir apareciendo por todas partes. Quizá nuestro único destino sea evitar que nos engañe la cortedad de miras de la desesperanza. La armonía comienza con la asunción serena de lo inevitable.

Comienzas descubriendo lo que te enseñan y lo que buscas, y así sigues toda la vida, mirando lo que te ponen delante y tratando de atisbar un poco más allá de donde algunos quieren que llegues. No sabes nunca dónde está el límite de tu propio aprendizaje. Experimentas y a veces aciertas y otras te equivocas; pero siempre aprendes que es en los intentos donde único te puedes hacer un poco más grande. No hay límite alguno cuando logras partir de cero cada mañana. No digo que acabemos descubriendo adónde terminaremos yendo; pero por lo menos tenemos que tratar de saber por dónde estamos pasando.

A veces toda la vida se acaba entendiendo en un cruce de miradas. Ella llegaba desorientada. Acababa de salir de la estación de guaguas y miraba los cochitos de San Telmo. Venía sola. Sonreía a los niños que iban en las motos luminosas o que jugaban a mover el volante de una furgoneta encendida con pequeños focos de colores. Luego se alejó unos metros y caminó hablando sola hasta el barco pirata en el que juegan otros niños a navegar sus sueños interminables. De repente se le cruzó una niña de unos dos años que iba dando sus primeros pasos inseguros y trastabillados. Las dos se miraron fijamente igual de desorientadas en mitad del parque. Una empezaba a vivir lo que la otra solo recordaba en su memoria más lejana. La niña lloró porque no veía a sus padres y la señora se acercó a acariciarla como si fuera la nieta que estaba buscando cuando miraba el paso lento de los cochitos hacía unos instantes. Llegaron los padres de la pequeña y ella sonrío como si acabara de descubrir el mundo. La señora siguió su camino igual de desorientada. Calzaba unas zapatillas viejas y un traje de verano pasado de moda.

Cuando a veces escribes en casas antiguas parece que solo estás transcribiendo un dictado de ecos y de sombras lejanas. No sé cuándo pasamos de amar a las casas a esa usura alocada que nos alentó a ser sus propietarios. Nunca puedes forzar un amor, y mucho menos comprarlo. Todas las casas son amores de paso que no saben si te van a querer mañana. Recuerdo una canción de mi adolescencia que venía a decir que donde dejas tu sombrero está tu casa. Solo siendo aventureros y trashumantes seguiremos la evolución que nos corresponde como humanos. Si algún antepasado lejano se hubiera quedado para siempre en su ciudad nosotros no habríamos llegado a ninguna parte. En la vida, como decía la canción, todo es ir, y en esa búsqueda de nuevas sendas irás conociendo amores, amigos y casas. No solo nosotros parecemos sueños, también nuestros escenarios adquieren esa condición casi irreal y de estreno cada mañana. No pases nunca de largo por tu propia casa y reconoce en ella todo lo que de ti ha ido guardando. En sus cajones, en esas habitaciones en las que a veces casi no te atreves a entrar para no remover muchos recuerdos, también se escribe tu nombre y la biografía que más sabe de tus más callados momentos.

Hay casas que se nos terminan pareciendo o a las que llegamos como se llega a un amor que empuja la corriente del azar sin que nosotros apenas nos demos cuenta. Esas estancias cambian como la estaciones a lo largo del año: son frías, cálidas y también dibujan hojas de otoño en las paredes desconchadas o en las sombras de alguna humedad que moja los techos como se anega nuestra propia alma. Algunas casas que habitamos también tienen cuartos casi olvidados, o cajones a los que tratamos de no volver casi nunca para no remover recuerdos que nos hagan daño. Nuestras casas acaban entendiendo nuestro propio silencio o la necesidad que tenemos a veces de mirar a las musarañas, aun sabiendo de sobra que no las encontraremos en ninguna parte.

Vamos dejando casas o habitaciones de paso que saben de nosotros lo que no sabe nadie. Todos nuestros secretos y nuestros sueños se quedan entre las cuatro paredes que nunca olvidan a quienes habitaron su espacio. Si alguna vez volvemos, acabaremos reconociendo los ecos de mil momentos ya olvidados. En la casa de la infancia nunca dejas de correr trastabillado y sonriente como cuando diste tus primeros pasos. A veces no sabes si es la casa quien se te acaba pareciendo o si somos nosotros los que la terminamos imitando a ella. No es lo mismo una ventana que da al mar que otra en la que no encuentras más horizonte que una sucesión de anodinos edificios que entristecen la mirada. Jamás estrenamos ninguna casa. Son realmente ellas las que nos van estrenando. Más que de fantasmas están pobladas de palabras ya olvidadas.

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