los blogs de Canarias7

Archivos Abril 2013

No te canses nunca de buscar un sueño. Tampoco te pierdas en esa guerra absurda en la que quieren que caigas todos los canallas. Descubrirás que efectivamente hay mucha gente malvada por el mundo, te quedarás atónito ante las injusticias, los robos, los abusos y la persistencia de todos esos sinvergüenzas que encima suelen ir escalando cada vez más arriba hasta llegar, en muchos casos, a gobernarte. No bajes nunca la mirada ante ellos, tampoco te resignes. Sigue luchando aunque a veces parezca que esa lucha no te va a llevar a ninguna parte.
La vida, como decían nuestras abuelas, da muchas vueltas, y ellas lo sabían porque habían contado con años para poder comprobarlo. No se trata de ganar sino de ser un ejemplo diario de bondad, honradez y solidaridad con quienes han tenido menos suerte que tú. Hay que cambiar esta sociedad; pero esos cambios hay que conseguirlos venciendo a los pequeños malvados desde abajo. Si les miras a los ojos solo verás a un niño desolado que no fue feliz en su infancia. Nadie que fuera feliz de niño puede ser luego un canalla. No se olvida nunca la esencia de la felicidad ni dónde está lo que realmente vale. No te vengas abajo. Tampoco te consueles diciendo que ya pagarán todas sus maldades. Trata de buscar un motivo para esbozar una sonrisa y no dejes de creer nunca en la compensación que suele regalar el destino con el paso de los años. Quien siembra maldades solo recogerá úlceras e insomnios y a ti no habrá nadie que te robe el brillo de tu mirada.

Solo somos una suma de vivencias que va cambiando cada segundo que pasa, páginas que se escriben apresuradas o lentas, nombres y apellidos, edades, sexos, domicilios, lugares de nacimiento, azares y miedos, alegrías y penas, momentos grandiosos y largas horas de desespero, amaneceres y atardeceres diarios que acontecen dentro de cada uno de nosotros, energías que respiramos y palpitamos, que deseamos, que amamos y que convivimos con miles de recuerdos y con todos esos sueños que nos mantienen en pie aun en medio de todos los malos presagios que nos cuentan a diario. Si te acercas a la orilla del mar también escucharás todos los silencios que vamos dejando en el aire.

También quedan los ecos de todas las palabras que otros pronunciaron antes de que llegáramos nosotros. Y quedarán las nuestras cuando se borre nuestra imagen en esos fondos de pantalla que son los espejos. Igual la muerte no es más que una mirada que no encuentra su propio reflejo. O que ni siquiera deja que las palabras vibren más allá del pensamiento. Pero entre tanto llegamos a saber, si es que nos dejan, en qué acaba todo esto, hay que dejar que nuestros ecos suenen para saber que no estamos muertos. También tenemos que aprender a callarnos ante esos silencios del viento y de las otras voces que sonaron mucho antes que las nuestras. La escritura no es más que un habla en medio de todos los silencios.

Solo envejece quien renuncia a aprender algo nuevo cada día. Lo que desconoces te sigue convirtiendo en ese aprendiz que sabe que nunca llegará a saberlo todo. Aprendes el manejo de un nuevo programa informático, el mejor uso de un tiempo verbal o el nombre de un pájaro. También descubres que en la vida todo vale si sabes esperar el momento en que se vuelva útil lo que has ido aprendiendo. Todo se va colocando en su sitio más tarde o más temprano. Nunca te desesperes tratando de adelantar tus propios pasos. Tampoco te detengas donde no encuentres la plenitud que necesitas para sentirte feliz contigo mismo. Y ama todo lo que puedas, que ya tendrás tiempo de preguntar más tarde.

Lo que tú no vivas no lo podrá vivir absolutamente nadie. Y lo que has vivido solo tú lo sabes. Eres la suma de todas tus singularidades. Te has equivocado muchas veces, pero eran tus errores necesarios para poder seguir andando. No te dejes arrastrar nunca por ninguna corriente que pretenda unificarte. Es mentira que haya habido dos gotas idénticas alguna vez. Tampoco habrá jamás dos seres humanos iguales. Un rayo de sol en la cara, una caricia, un dolor en la rodilla o un pensamiento ya te hacen distinto del resto de la gente. Los pasos que tú no des jamás lo podrá dar nadie. No permitas que sean otros los que te tracen el camino. Sé siempre singular entre todos los plurales.

Me he acordado de ella estos últimos días. Su recuerdo tiene siempre olor a libros y renace cada vez que me adentro en una nueva historia. Era una mujer generosa con un gran talento. Escribía porque si no lo hubiera hecho no habría sentido que estaba viva. Físicamente nos dejó hace unos años; pero yo me la sigo tropezando por todas partes. Estos días, con las celebraciones del 23 de abril y con todas esas polémicas con las que a veces se enredan los vivos que no aprenden, he recordado que fue ella quien primero me hizo sentir escritor. Apenas nos conocíamos. Los dos trabajábamos en prensa. Ella llevaba años publicando. La seguía en los periódicos, en la cultura que sabía llevar a la televisión y sobre todo en sus libros. Yo publicaba entonces mis primeros libros y ella me llamó para que acudiera como escritor invitado al Taller que impartía en El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria. Yo llevaba escribiendo muchos años, pero nunca me había relacionado con el mundillo cultural de la isla y apenas había publicado. Estaba empezando y aquel empujón, aquel gesto generoso ante alguien que daba sus primeros e inseguros pasos (siempre son inseguros), me dio esa confianza creíble que no encuentras en los amigos, en los conocidos y en los familiares. Con los años, yo he intentado hacer lo mismo siempre que he podido. Y el destino, ese otro autor que nos escribe mientras nosotros pensamos que estamos escribiendo, me llevó luego a dirigir el mismo Taller de escritura en el que ella me hizo sentir escritor por vez primera. Si no escribimos de vez en cuando sobre ella, nos iremos olvidando también de que hay formas nobles y limpias de afrontar la vida y la literatura. Dolores Campos-Herrero es el ejemplo a seguir, el espejo en el que mirarnos todos los que escribimos cuando corramos el riesgo de perder el norte en esos torrentes de vanidad que tantas veces desbordan a los creadores. A partir de ahora, cuando alguien quiera polemizar o intente que las relaciones entre escritores se conviertan en cutres peleas callejeras, solo pronunciaré su nombre. Será una especie de salvoconducto para pasar de largo ante la estulticia y la malandanza. No hay guerras más cruentas que las guerras fratricidas; pero al mismo tiempo no hay hermanos más cercanos que aquellos con los que compartes la suerte de poder contar con las palabras.

Mañana no es más que el siguiente despertar. A veces ni siquiera hay que esperar otro día para que todo se aquiete. Los niños cierran los ojos para jugar a esconderse del mundo. También nosotros sabemos que no hay pesadilla que se eternice en ningún sueño. La madurez no es más que la constatación de que todo es benditamente pasajero: miras hacia atrás y te parece increíble haber sobrevivido a una ausencia o a días en los que creías que ya habían desaparecido todas las esperanzas. En medio de la tormenta nunca encontrarás salida; pero sí te puedes detener un segundo a recordar las otras tormentas que ya pasaron y que hoy apenas vislumbras vagamente en tu recuerdo. Solo cuando tú despiertas se empieza a estrenar el mundo. Importa poco lo vivido. Si acaso te queda esa experiencia de que todo, lo grandioso y lo funesto, termina pasando. Abril, por ejemplo, es un mes que jamás repite la misma primavera. Coinciden las fechas y las horas; pero nunca las flores ni las mariposas.

Hoy es un día para celebrar las palabras. Si no existieran no sabríamos nada de lo que llevamos dentro. Leemos para divertirnos y para jugar a ser otros sin dejar de ser nosotros mismos. Escribimos para seguir jugando y para que la vida no sea solo una aburrida sucesión de horarios. Lees y escribes no solo cuando te acercas un libro o a medida que vas trazando letras y vocales. La literatura es una actitud vital que nos mantiene vivos cuando todo a nuestro alrededor parece que está muerto. Es lo que dejas y lo que queda, lo que vislumbras y lo que sueñas, lo que alguna vez te detiene en medio del camino y quien te pone frente a frente ante tus enigmas y ante esa nada que si no hubiera palabras sería realmente insoportable.
Hoy es un día en el que cada cual ha de celebrar su propia fiesta. Solo basta con abrir un libro o con escribir un par de renglones. Juguemos a ser dioses por un rato. No hay vida que merezca la pena si no puede contarse. Todos esos personajes que han ido formando parte de tu memoria en todos estos años están hoy de fiesta. La literatura, como dice un adagio anónimo que alguien me recordó el pasado domingo, solo se concibe desde la generosidad, la humildad y la posibilidad de mejorar la vida de quien escribe y, sobre todo, de quienes leen.


PD: Para quien se quiera acercar, hoy estaremos firmando libros en la librería del Cabildo, en la calle Cano de Las Palmas de Gran Canaria. Estaré encantado de verles por allí entre las cinco y media y las seis de la tarde (hasta las ocho de la noche habrá escritores y buenos amigos firmando sus ejemplares). Luego a partir de las seis, en la puerta de esa librería de la zona de Triana, leeremos unos poemas, y ya a las siete de la tarde haremos una lectura pública y abierta de la novela Faycán, de Víctor Doreste, en la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria. A las 20:00 horas, en la Casa Museo Domingo Rivero, espero llegar a tiempo a la presentación que hará el amigo Pepe Correa de la novela "La piel de la Lefaa", escrita por ese hombre grande y bueno que es Juan Ramón Tramunt. Será un placer saludarles en cualquiera de esos encuentros.

A la misma hora que el cirujano y las enfermeras se preparan para intervenir en una operación quirúrgica en el Hospital Insular o en el Materno Infantil, justo enfrente dos o tres personas se agachan junto al castillo de San Cristóbal revolviendo piedras y rebuscando con una fija entre las rocas y los charcos. El médico y las enfermeras se ponen la mascarilla y se cambian para adentrarse en la asepsia iluminada de un espacio en el que ya espera anestesiado un hombre de mediana edad que de la noche a la mañana vio cómo cambiaba su vida por una enfermedad inesperada. Los mariscadores que escuchan el arrastre de los callaos en la playa cercana no hablan entre ellos. Si acaso levantan la vista de vez en cuando y miran hacia el imponente sol que ya asoma por el horizonte. La marea está vaciando y va dejando en la brisa un olor a sebas y a mariscos. Son las ocho y media de la mañana.
Un poco antes, un paciente esperaba nervioso la llegada de los celadores que lo bajarían en camilla hasta el quirófano. Casi no pegó ojo en toda la noche y hubiera dado media vida por un buen bocadillo y sobre todo por poder pasear sin miedo por detrás de las casas del barrio marinero que atisbaba desde la ventana del hospital. A esa misma hora, un pescador lanzaba el engodo a la marea y mantenía su mirada concentrada en una boya lejana que bamboleaba siguiendo el ritmo caprichoso de las aguas. Llegó antes del amanecer, cuando las rocas aún no asomaban entre la espuma de las olas y no había mariscadores rebuscando en los charcos. En el hospital tampoco estaban a esa hora ni los cirujanos ni las enfermeras que ahora levantan la mirada un momento, antes de adentrarse en el quirófano, para seguir la singladura de un barco que se pierde justo detrás de una plataforma petrolífera que delimita el horizonte. El pescador mira a su espalda y comprueba cómo se empiezan a encender las luces del complejo hospitalario. Piensa en quienes a esa misma hora se levantan con la angustia de no saber si sobrevivirán mañana. Prefiere volver la vista al mar y esperar a que pique una salema o un lebrancho. A su lado pasan los primeros corredores que vienen de la Avenida Marítima buscando el remanso del recoleto paseo en donde el mar aún resuena como si no llegara el estruendo de los coches. El cirujano, las enfermeras, el paciente, los mariscadores, el pescador, los corredores, los que van en bicicleta y los que se apuran en los coches sin mirar nunca al mar quedan en nada ante la imponente imagen del castillo de San Cristóbal. Lleva siglos resistiendo el embate de las olas y viendo llegar y partir barcos cargados de sueños lejanos. Y ahí seguirá, acompañado por el vuelo elegante de alguna pareja de gaviotas, cuando lleguen otras mareas y arriben a este puerto otros navegantes.

Pasan cosas; lo raro sería que no pasara nada. Las únicas que permanecen quietas en el mismo lugar siempre que regresas son las estatuas de la plaza, aunque a ellas la calima de estos días también las termine convirtiendo en una especie de presencias fantasmales en medio de la niebla. Pero tú no eres una estatua. Sí es cierto que a veces quisieras mantener a salvo algunas vivencias en un rincón de la memoria al que jamás pueda llegar el olvido. No nos enseñaron que todo se va moviendo aunque queramos estar quietos, que no hay célula de nuestro cuerpo que se tome un respiro y que el corazón solo se detiene cuando desaparece el alma. No dejes nunca que tu tiempo se acabe pareciendo al tiempo de las estatuas.

Un día te adentras en el mar y de repente te das cuenta de que han pasado cuarenta años. Cada vez que te sumerges en el océano parece como si toda tu vida formara parte de un sueño. No es que reniegues del tiempo vivido; pero el vértigo del paso del tiempo nos hace sentir mucho más efímeros de lo que vamos asumiendo con naturalidad a medida que soplamos las velas metafóricas de los cumpleaños. Entre esos dos baños pasa una vida entera, miles de caras, cientos de ciudades, amores más o menos grandiosos, amigos que van menguando hasta convertirse casi en hermanos, cantos de pájaros, perros fieles que se marcharon llevándose en sus ojos la sombra de todas tus miradas. Cuando aprendes a nadar ya sabes que solo depende de ti mantenerte a flote sobre todas las aguas. Cada baño en la playa debería ser igual que esos baños sagrados de quienes se remojan en el Ganges. No te adentras solo entre las olas. Heráclito lo explicaría mil veces mejor que yo; pero recuerda que tú también formas parte de ese océano que navega incansable más allá de donde alcanza tu propia mirada. Unos días te levantas sintiéndote parte de un gran remanso y otros no eres más que una desbordante marejada. También contamos con interminables fondos abisales donde sentirnos a salvo.


De niño pensábamos que cerrando los ojos nos escapábamos del mundo. De alguna manera intuíamos que la respiración es lo único que diferencia al sueño de la muerte. También el pálpito de ese corazón que late aunque nosotros no estemos nunca pendientes de sus ritmos ni de sus diástoles. Si cierras los ojos ahora mismo dejarás de ver lo que tienes delante; pero nunca podrás escapar de la realidad que acontece a tu lado. Nada de lo que ocurra importa si tú ya no estás presente. Tampoco importa el pasado antes de que tú estuvieras, y el futuro sin ti no es más que un abismo con el que no tendrás que ver absolutamente nada. Creo que lo único que de verdad merece la pena es tratar de contribuir a que el tiempo que nos ha tocado en suerte encuentre un espacio más o menos habitable. Para eso puedes hacer todo aquello que desees, pero no demores los sueños porque cuando quieras alcanzarlos quizá ya sea tarde. No te corresponde ninguna vida ni ningún destino. Solo vale lo que tu camino te vaya mostrando a medida que avances. Habrá tropiezos, malos días, momentos grandiosos e inolvidables instantes en los que te amarán y serás amado. También a veces querrás cerrar los ojos para intentar evitar que el tiempo avance. O para que corra presuroso y te aleje cuanto antes de los desastres. No te adelantes a ninguno de tus propios pasos. Busca el sosiego y recuerda que jamás nada vale todo lo que tú crees a veces que vale.

Hay libros que te gustaría que nunca terminaran. Pero también sabes que para que aparezca otra historia igual de emocionante no te queda más remedio que llegar al punto y final de la que tienes entre manos. No puedes estar toda la vida releyendo el mismo libro. Si acaso se salvan los libros que, aun volviendo a ellos una y mil veces, parece que siempre estás descubriendo por vez primera. Son pocos, pero tampoco compensan la posibilidad de descubrir a otros personajes que acabarán calando en tu corazón junto a los que ya te habían conquistado. Si te quedas en Emma Bovary no descubrirás nunca a Julián Sorel; si te paras en Aureliano Buendía jamás visitarás La Catedral con Santiago Zavalita. En la vida también vamos dejando atrás amores o amigos que creíamos imprescindibles: ¡aquellos amigos del alma de la infancia hoy tan lejanos; aquellos amores que jurábamos eternos a los diecisiete años! A veces miras hacia atrás y sientes una inconsolable punzada de nostalgia: sabes que no hay regreso, pero también asumes que hay pérdidas a las que nunca termina curando el tiempo. Probablemente cuando escribimos solo estamos retornando a nuestras propias ausencias. Luego la vida te va regalando otros amores y otros amigos que logran reactivar tus ilusiones. No vale la pena hacerse el valiente ante la melancolía. A veces lo mejor es dejarte llevar por ella cuando llega. De alguna manera sabes que al final es solo un espejismo inevitable de tus sentimientos y que se terminará alejando como mismo alejan los años todos los recuerdos. Un libro, una película, una vida. Al final todos estamos inmersos en los mismos sueños.

El mundo sigue girando aunque tú te quedes sentado en un sillón sin saber hacia dónde encaminar tus pasos. No todos los días son grandiosos. También tenemos que contar con esas mañanas que te paralizan o que te van dejando alicaído y desganado a medida que pasan las horas. Hay días en los que parece que la suerte está contigo vayas donde vayas y otros en los que solo caminas para atrás como los cangrejos. Pero nunca pasa nada. Siempre avanzas. Esos días en los que tienes la sensación de que todo retrocede o se aleja son al final los que te acabarán impulsando mañana. Si no te paras; jamás descubrirás que estás caminando. No te agobies nunca si hoy no es ese gran día que estabas esperando.

Habitualmente los años nos vuelven más tolerantes y más escépticos. Se van alejando muchas de las ideas preconcebidas y logras que los axiomas que descubres que no conducen a ninguna parte se vayan quedando por el camino. Aun cuando no tengas ninguna teoría científica que te avale, también te va quedando claro que la mayoría de las veces tu estado de ánimo depende de tu propia actitud diaria, o que hay una especie de gran energía que devuelve lo que le vamos dando: si te empeñas en ver todo negro te oscurecen el horizonte aunque tengas todos los triunfos en tu mano; también sabes que una actitud positiva abre puertas que parecían cerradas con mil candados. Vivir también es dudar, y la duda es siempre el primer paso hacia la tolerancia. Quien cree saberlo todo ya se está equivocando. Creo que la sabiduría consiste en asumir que eres un aprendiz cada nueva mañana que abres los ojos. No hay más certeza que la realidad que tienes delante. También sabes que todo es pasajero, pero mientras tanto has de saber navegar en todas las aguas.

No mires solo hacia donde alumbran los focos. La vida también acontece más allá de la luz que enseña lo que va pasando. Nunca se apaga del todo ninguna noticia. Sigue habiendo primas de riesgo y abusos de todo tipo aunque ahora mismo nadie lo saque en titulares. Vivimos en medio de cortinas de humo que a veces logran que no veamos los problemas esenciales. Cada cual debe armar su propia portada cada mañana con lo que ve, lo que le cuentan y lo que presiente que está pasando. Los mirlos que cantan mientras clarea el cielo cuentan más verdades que casi todo lo que escuchas a lo largo del día en todas partes. Casi todos los políticos se han acostumbrado a mentirnos o a contarnos todo con medias verdades. Y nosotros sabemos hace tiempo que nos mienten o que tratan de despistarnos con noticias que nos alejen de todo lo que está pasando. Por eso el foco lo tiene que mover cada uno de nosotros. Si no lo hacemos, son ellos los que terminan manejando nuestros hilos hasta convertirnos solo en marionetas o en esclavos laborales.

Ayer recorrí algunos senderos centenarios de Gran Canaria. Subí y bajé montañas y me dejé llevar muchas veces por los acordes de libertad de cientos de pájaros que no han conocido jaulas. Pajonales, Ojeda, Inagua y luego descenso a la zona de Los Azulejos, entre Tasarte y Veneguera. Por esos caminos transitaron otras mujeres y otros hombres mucho antes de que llegáramos nosotros, y cualquiera de las piedras que fui pisando lleva mucho más tiempo que yo sobre la Tierra. Si midiéramos la vida solo por el tiempo cualquier piedra valdría mucho más que todos nuestros pasos. Cuando te adentras por esas rutas que quedan lejos de los coches y de los ruidos de las calles, también escuchas los consejos de los más sabios caminantes. Ayer uno de ellos, Salvador Marrero, recordó que no hay que abandonar ningún camino por un atajo. Los caminos llevan siglos trazados por quienes ya se equivocaron tratando de llegar antes por otra parte. No siempre es así, pero en esos recorridos ancestrales casi nunca se equivocaron los que fueron construyendo piedra a piedra las veredas por las que ahora nosotros nos reencontramos con los campos que guardan toda la sapiencia de nuestros antepasados. Cuando no encuentres sentido a lo que sucede a tu alrededor trata de acercarte adonde solo haya árboles o a las orillas más lejanas. Llega un momento en que te das cuenta de que todo lo que nos quita el sueño es menos importante que ese viento que seguirá pasando cuando ya no quede rastro alguno de nuestra presencia ni de nuestro pasado. En medio de Pajonales o de Inagua, cuando caminas un rato solo y no escuchas nada más que la improvisación festiva de cientos de pájaros escondidos entre pinos centenarios, recuerdas que la vida no es más que un tránsito en el que todo lo que no sea sencillo o emocione carece de importancia.

Si te asomas al fondo de su mirada verás selvas atravesadas de nostalgias. Lo veo algunas tardes mirando los árboles del parque como si mirara los horizontes interminables de su propia infancia. No sé el tiempo que llevará lejos de África. El parque del Retiro también está rodeado de selvas humanas que amenazan por todas partes. Él no se sabe mover en esos parajes tan peligrosos y tan dados a humillar a quien no tiene nada ni conoce el significado de la mayoría de las palabras. Su piel negra brilla como el ébano de los pianos cuando se refleja en el agua del estanque. Hace frío. La primavera en Madrid no es tropical y encima este año quiere parecerse al otoño. Nunca sonríe. Jamás viene acompañado. Estoy seguro de que si pudiera se escaparía ahora mismo a su aldea lejana. No es la suya una añoranza de boleros. No es feliz en Europa. No tiene papeles y trabaja de sol a sol sin poder ahorrar casi nada para enviar a su casa. Se le está yendo la vida en un sinsentido y en un país con un habla extraña. Alguna vez tararea canciones y se le acercan algunos pájaros. Quiero creer que son pájaros que en su día sobrevolaron los cielos de su infancia. También están de paso. A ninguno de ellos les recibió la primavera que esperaban.

Cuando tienes un niño de pocos años delante has de estar pendiente de todos tus gestos y de todas tus palabras. Te restriegas los ojos y te lo encuentras restregándose los suyos como si los ojos y los dedos existieran solo para eso. Se aprende de lo que se ve, de lo que se intuye y de lo que se presiente. Por eso también has de tener mucho cuidado con cada uno de tus gestos, de tus pasos y de tus palabras. En nuestro caso se suele provocar una especie de efecto rebote incontrolado. Si tú te empeñas en enfadarte acabarás enfadado, si sonríes aun a pesar de las inclemencias diarias terminarás durmiendo relajado y si odias lo más probable es que acabes consumiéndote por dentro como esos seres a los que de repente se les borra todo el brillo que tenían en la mirada. Nuestro estado de ánimo no ha dejado de ser el niño que en su día aprendía de todo lo que iba mirando. Si quieres que tus sueños no te traicionen, tienes que lograr que tus vivencias se ajusten a lo que realmente quieras terminar imitando.

Alguien me decía ayer que mi arma era la escritura y que con ella podía defenderme contra todos los ataques. Preferí no contestarle porque no quería polemizar ni estar dando muchas explicaciones. Sonreí y luego seguí mi camino. Y me fui pensando en lo que me había dicho. Para mí la palabra, más que un arma de ataque es un escudo de defensa, una especie de océano en el que te sumerges cuando en la superficie todo es griterío, insulto y agresión. La literatura es una puerta de entrada en lo desconocido, una posibilidad de salir de este mundo sin tener que abandonarlo. A veces no tienes más que cerrar los ojos para escaparte de lo que tienes delante. No se trata de no luchar por ser felices y por conseguir un mundo más justo: en ese caso sí es cierto que solo encontraremos el camino siguiendo la estela del diálogo.
Una pesadilla que te despierta de madrugada, eso es a veces la vida en sus momentos fatales; pero también es un sueño casi imposible de contar cuando nos llegan los días gloriosos. En unos y en otros nos queda el remanso siempre sereno del agua de todos los fondos que no se inmutan con los vientos pasajeros. Basta escribir, leer o pensar una palabra para conseguir que todo cambie de repente. Te sumerges y ya sobre la marcha apareces flotando sobre otros océanos más navegables.

A veces todo tu destino lo cambia un semáforo. Te detiene el tiempo justo para que luego encuentres a la persona que buscabas en el único lugar en el que podías encontrarla. No te agobies cuando la vida te detenga demasiado tiempo en un mismo espacio. Los rojos o los verdes que a veces marcan el ritmo de nuestros pasos siempre acaban teniendo sentido. No lo descubres hasta que te alejas un poco y miras tu existencia como un flashback en donde todo lo que sucedió fue inevitable. No te agobies cuando se demoren los sueños ni te alteres más de la cuenta cuando los estés tocando con la punta de tus dedos. Nunca pasa nada pase lo que pase. Mantén siempre la calma y trata de entender incluso los peores desastres. Los días siguientes siempre empiezan con un papel en blanco. Te valen los apuntes que has tomado en el pasado; pero luego tienes que escribirlos con todo lo nuevo que vas encontrando. Esas esperas, esos semáforos, sirven para no olvidar que solo somos sombras que van pasando. También cuando aparece el color ámbar allí donde fijas tu mirada has de decidir si pararte o seguir andando.

Vi que venía al final de la calle. Hacía frío pero ella caminaba con una camiseta de manga corta sin fijarse por dónde pasaba. Tuvo que ser guapa. Tendría unos cuarenta años. Era domingo por la mañana, muy temprano, y no había nadie cerca de la plaza en la que yo había sacado a pasear a mi perro. Al acercarse me encontré su pelo encanecido por muchas partes, sus ojos vidriosos y el nerviosismo de quien solo vive pendiente de su siguiente dosis. Me miró y me pidió dinero. No llevaba nada suelto. Siguió de largo camino de un barrio en el que llevan años traficando sin que nadie ponga remedio. En sus ojos se veía que había vivido intensamente y que acumulaba grandes momentos. No me digan por qué pero esas cosas se notan sobre la marcha en el fondo de todas las miradas. Me hubiera gustado que se hubiera detenido para contarme su historia. La vi perderse en el horizonte interminable en el que a veces terminan desembocando algunas calles. Ni siquiera creo que supiera que era domingo.

Sueña, que algo queda. No dejes de plantarle cara a la realidad con otros argumentos que no se parezcan a esos cataclismos diarios que nos envenenan el café del desayuno con latrocinios, imputaciones y mentiras vergonzantes. Tenemos que intentar arrancar del mundo la mala hierba que dejamos que creciera a nuestro alrededor creyendo que había controles contra los desmanes. Pero esa lucha va por un lado y luego la nuestra va por otro. Busca argumentos para no olvidar lo que es importante solo para ti y trata de mantener a salvo lo que realmente te vale para saber que no estás pasando de largo. No te dejes vencer por la monotonía ni por la indolencia. Para ser feliz no hay que ansiar grandes logros. Lee un buen libro, pasea junto al mar, escucha música que logre alborotar tus sentidos, ama todo lo que te rodea y no regales ni un solo segundo a los que pretendan herirte con insolencias. Lo que te hará feliz será ver tu sonrisa a salvo cada mañana en el espejo. Y esa pequeña satisfacción diaria será la que también derrote a los que traten de incordiarte. Los canallas nunca soportan la alegría de quien creían derrotado.

Hacen pompas enormes en medio de la calle Triana. A veces pasamos sin detenernos junto a ellas. Si detuviéramos nuestros pasos veríamos que esas pompas salen de la nada del agua y que luego se alejan hasta desaparecer entre los edificios. Algunas se pierden más allá de donde alcanza nuestra mirada y otras apenas se elevan unos metros del suelo. Los niños miran con ojos asombrados lo que los adultos convertimos en metáforas de nuestro paso por el tiempo. Justo al lado alguien toca acordes de Bach con un violín. Las pompas se cruzan con los acordes y a veces tiene uno la sensación de que improvisan efímeros bailes al compás de la brisa que también mueve las sopladeras de colores que alguien vende en un puesto cercano. Yo venía de estar caminando cerca del mar en San Cristóbal. Aún lograba escuchar el estruendo de los callaos cuando eran arrastrados por la marea y traía la mirada ensalitrada de horizonte. No digas nunca que no ocurre nada cerca de donde se mueven tus pasos. Solo hay que dejar que se espabile la mirada que en los días laborables adormece entre andares rutinarios. Si sales a la calle no dejes que nada pase de largo. Hay vuelos de palomas y de gaviotas, nubes que van improvisando formas mientras pasan, sombras de palmeras reflejadas en desconchadas paredes que acaban pareciendo obras de arte, olores a pan y a café o timbres de bicicletas que siguen tratando de doblar las esquinas de todos los sueños. Son tus ojos los únicos que pueden convertir todo lo que miras en un gran escenario.

Escribes mirando hacia un papel o hacia una pantalla; pero realmente rebuscas todas las palabras mucho más allá de donde alcanza tu propia mirada. Escribes detrás de cada paso que vas dando. No solo se proyecta tu sombra: también queda el eco de todo lo que dijiste o escuchaste, lo que soñaste y no llegaste a tener entre tus manos, o lo que tuviste entre tus manos y se acabó perdiendo como esa escarcha que de repente se diluye entre las aguas. Cuanto más concentrado miras al papel o a la pantalla más lejos viaja tu memoria o la memoria de todo lo que has ido soñando. No escuchas el ruido de tus dedos contra las teclas ni ese arrastre que tanto se asemeja a las mareas cuando el bolígrafo recorre la tarima de un folio en blanco. Lo que resuena no es más que el eco que va dejando tu propia sombra en el inasible fluir de las palabras.

Hay algunos días que parecen presentimientos. Vas caminando como si fueras un paso por detrás de ti mismo. Creo que al final la vida no es más que una intuición que nos aproxima de vez en cuando a alguna evidencia. Entre tanto, uno presiente (y casi proyecta) su buenos y sus malos días. No hace falta que nos citen leyes de Perogrullo con nombres ingleses para que entendamos que todo lo que está mal puede acabar peor si no le ponemos remedio, o que es posible que lo bueno sea todavía mejor si nos convencemos de que al final nada vale realmente la pena cuando lo pasamos por el tamiz de nuestro propio tiempo. Si siembras discordias lo más probable es que termines tomando ansiolíticos. Más tarde o más temprano recibes todo que das. También quien siembra alegrías acaba recogiendo las mejores sonrisas.

Mi perro es el espejo en el que me miro cada mañana. Lo recogí hace unos años en una perrera. Lo habían maltratado y su mirada era la mirada más triste que había encontrado hasta ese momento. Ni siquiera se acercaba a la parte delantera de la reja como los otros perros. No confiaba lo más mínimo en los humanos y yo creo que prefería dejarse morir al fondo de aquella jaula antes que volver a estar con cualquiera de nosotros. Me costó cuatro o cinco días que se acercara y que se dejara acariciar; pero bastaba el más mínimo ruido para que todo su cuerpo temblara y para que buscara la manera de escapar por alguna parte. Poco a poco logré ganarme su confianza y ahora creo que es el perro más feliz del mundo cuando está en casa. En la calle, por mucho tiempo que pase, siguen aflorando sus miedos cada vez que escucha un golpe fuerte, un balonazo, un volador o cuando ve que por la acera vienen varias personas y no encuentra una salida alternativa por la que evitarlas. He tenido que comprender su miedo y me conmuevo ante su reacción cuando siente pánico. Jamás muerde ni ha enseñado los dientes, solo se achanta o trata de escapar.
Hace unos días hablé de Atticus Finch y de su reacción ante el escupitajo en Matar a un ruiseñor. Mi perro mantiene en su mirada esa actitud de Atticus cuando le agreden. No ataca nunca, no se defiende, y seguro que en el fondo de su corazón confía en que al final acontezca ese milagro que siempre aguardan todos los justos cuando son maltratados. Ahora mismo hay muchos perros en las perreras que están siendo sacrificados por la traición de dueños irresponsables o sádicos que jugaron con su cariño y con su lealtad. Lo bueno es que también hay muchos humanos que acuden como voluntarios a esas perreras y que tratan de buscarles un dueño que les permita entender que no somos todos iguales. Podría contarles cientos de historias de perros que les pondrían los pelos de punta. Recuerdo, por ejemplo, aquella espera diaria por su dueño en las puertas de Urgencias del antiguo Hospital del Pino (el perro había visto que su dueño había entrado por aquella puerta y por más que lo echaban no se movía de sus cercanías porque nadie pudo explicarle que ese a quien esperaba ya estaba muerto).
Mirando a mi perro me asomo a mi propia alma. También a mí, como a todos, me han golpeado alguna vez, y me han traicionado, y me han virado la cara quienes tienen la indecencia moral de juzgar injustamente lo que no saben. Cualquiera de esos días te pueden dejar a la deriva para siempre; pero luego sabes que, si no sacas los dientes y te conviertes en uno de ellos, te acabas encontrando con otras personas que hacen que la vida merezca la pena, y entonces recuperas multiplicados tus afectos, tu creencia en que la bondad y el corazón son capaces de derribar montañas y en que existen esos milagros que esperaba mi perro hace años cuando lo encontré aterido y temeroso al fondo de una gran jaula. Ahora levanto la vista mientras escribo y lo veo durmiendo plácidamente a mi lado. Su respiración tranquila, confiada, aquieta el mundo. A mí me sucede lo mismo cuando camino cerca de la orilla del mar o cuando me pierdo en el fondo atávico de su mirada. Nos seguirán golpeando los indeseables de vez en cuando. A nosotros y a otros perros. Pero nunca lograrán que seamos como ellos. Ahí es donde realmente pierden todos los canallas.

Ayer por la mañana había fallado la conexión a Internet en la zona en la que vivo, aunque eso lo sabes mucho más tarde. Me suelo levantar muy temprano, y a esa hora solo se te ocurre pensar que hay algún fallo en tu módem o en tu ordenador. Enciendes y apagas un par de veces (en eso seguimos actuando igual que cuando se rompía la tele o la lavadora hace veinte años) y luego te pones a intentar descifrar detalles técnicos que solo contribuyen a dejarte aún más aliquebrado ante las nuevas tecnologías. En estos días basta un apagón de unos minutos para que te aparten del mundo. Parece como si el planeta siguiera girando y tú te fueras quedando atrás, lejos de lo que los demás están contando. Sin embargo, esa desconexión te ayuda a recuperar la mirada a la vida real sin pantallas que interfieran la llegada del alba. Te das cuenta de que las redes sociales y la inmediatez de Internet tienen muchísimas ventajas, pero que también tenemos que salvaguardar nuestro propio escenario sin que nos veamos pensando o leyendo lo que piensa o lee todo el mundo. Ese apagón te puede acercar a la biblioteca para comenzar el día leyendo a Catulo, a Garcilaso o a Kavafis, y cualquiera de los versos de esos poetas consigue activar tus emociones de una manera inesperada. También puedes ir a buscarlos a la Red, pero no es lo mismo, parece como que cuando uno acude al papel mañanero todavía tiene en su mano la posibilidad de encender el mundo a través de las palabras. Y luego está la ventana, ese cristal que es el que realmente te separa de las voces de la calle.

A veces viajas por la vida en sentido contrario
como en esas guaguas con los asientos del revés,
con tu mirada perdida en lo que vas dejando atrás
y sin saber lo que tienes delante hasta que pasas de largo.
No me gustan esos asientos porque confunden los viajes.
Tampoco le daría nunca la espalda a mis propios itinerarios.

Lo que importa no se olvida, pero no es siempre lo que terminamos recordando. Uno cree que graba en su memoria los días supuestamente grandiosos y cuando empieza a asomarse el olvido resulta que lo que nos quedan son las vivencias que no nos esforzamos en guardar en ninguna parte. Si regresas a la infancia no te aparece el día del primer sobresaliente o del primer suspenso que tanto te pudieron marcar en aquel momento. A lo mejor lo primero que te devuelve la memoria es el momento en que colocabas un barco de papel en un riego de agua fría que aún resuena en tu recuerdo, o el sabor de unas natillas con canela, o la voz de algún amigo al que no has vuelto a ver desde entonces en ninguna parte. Tampoco ahora estamos guardando lo que supuestamente creemos. Lo saben las personas que tienen cerca a alguien con alzheimer. Sus pocos recuerdos tienen que ver con vivencias lejanas y sin importancia, con lo que los sentidos perciben más allá de donde alcanza la conciencia de tu oído, tu olfato o tu mirada. Lo que no debes nunca es dejar que te acorrale el tedio. El aburrimiento y el hastío no solo corroen el presente: también impiden que tus recuerdos se nutran de grandes momentos.
No sé a qué edad comenzamos a adormecer los sentidos que nos mantienen atentos todas las horas de la infancia. Tampoco te explicas cuándo decae la curiosidad por seguir descubriendo mucho más allá de lo que te ponen delante. Esa dejación es la misma que luego hace que cuando llega el olvido al que me refería hace un rato, los viejos regresen casi todo el tiempo a su infancia. Lo que luego vivieron fue una sucesión de horarios, rutinas y preocupaciones. Te despabila el mar de vez en cuando, o el amor, o un olor que te sorprende en un mercado o en medio de un barranco. Si quisiéramos viviríamos mucho más atentos a nosotros mismos y a lo que nos vamos encontrando cada día por la calle. No regresas nunca al lugar por el que una vez pasaste de largo. Ni siquiera aunque recorras ese camino todos los días de tu vida. Cada calle cambia de arriba abajo sin que tú te llegues a dar cuenta. No están los mismos coches ni la misma gente, ni tampoco se proyectan con los mismos contornos las sombras de las fachadas. Cambian los gatos callejeros, los charcos, las grietas en las aceras y también el cielo que te encuentras cuando levantas la mirada. Tampoco tú te pareces al que pasas por el mismo lugar desde hace años. Si no te paras de vez en cuando, la vida te lleva como se llevaba aquellos barcos de la infancia que naufragaban desde que se mojaba el papel que tú creías a salvo de las aguas. Nuestra navegación depende de la brújula que hayamos ido utilizando. El norte o el sur no son solo puntos cardinales que nos orientan. También marcan el destino al que tú quieras llegar cuando eliges la dirección de cada uno de tus pasos.

Blogs de Canarias7

...y los gatos tocan el piano

Atarecos

Bardinia

Ciclotimias

Los olvidados

Ventana verde

Páginas

  • Carrete