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Archivos Marzo 2013

Da lo mismo que atrasen o que adelanten la hora si no somos capaces de aprovechar el tiempo. Es cierto que ahora los días parecerán más largos, pero no dejarán de tener veinticuatro horas. Hay veces en que el tiempo pasa presuroso y otros momentos en los que parece que se ha detenido donde menos nos apetecía que se parara. Pero todo es impresión. Al final es cada uno de nosotros el que va marcando el ritmo de sus pasos. Nadie vive igual cada segundo de su existencia. Una sola mirada puede cambiar por completo el rumbo de tu destino; también un encuentro casual, o una noticia inesperada. Nunca se mira el reloj cuando se vive intensamente. Llegarás a la hora que tengas que llegar donde está previsto que llegues mucho antes de que tú llegaras.

Una marioneta no puede llegar a creerse nunca el papel que representa. Tampoco se lo cree quien mueve sus hilos. Solo los que estamos en el otro lado nos terminamos creyendo todas las historias. Bastan dos manos para que haya dos amantes o dos seres que pugnen por el mismo tesoro o por la misma conquista. A veces las marionetas preguntan al público para que éste crea que no le engañan, pero son preguntas que ya tienen respuestas de antemano, artimañas del guionista para que nos olvidemos que detrás de cualquier telón todo sigue siendo mentira. Me gusta ver a los niños mirando un teatro de guiñol como si miraran la vida que tienen delante. Para ellos no hay ninguna diferencia. Ya empiezan a comprender que hay buenos y malos, hipócritas y leales, aburridos y desenfadados. A veces no logramos ver nada claro hasta que no nos lo representan sobre un escenario. También nosotros seguimos actuando como esas marionetas que no se dan cuenta de que no existen hasta que no regresan a la revoltura de una maleta llena de trastos y de retales. Sí es verdad que alguna vez logramos movernos por nosotros mismos, pero esa libertad de la que escribía Erich Fromm suele dar tanto miedo que son muchos los que prefieren seguir siendo manejados.

El agua embotellada también cree que forma un gran océano. Encerrada en sí misma ni siquiera es capaz de notar el engañoso cristal que la aprisiona. Se parece a nosotros cuando nos creemos el centro del universo por no ser capaces de rebuscar mucho más allá de donde alcanza nuestra alicorta mirada.

Siempre ha sido así, pero antes era más difícil aventar la corrupción porque los medios eran contados y fácilmente controlables y porque la bonanza económica nos hacía pasar de largo por donde ahora nos paramos estupefactos. Todas esas corruptelas vienen de muchos años de dejación por nuestra parte y de prepotencia e impunidad por parte de quienes nos robaban. No nos están contando casi nada nuevo: todo lo que estamos empezando a saber lleva años sucediendo a nuestro alrededor. Lo bueno es que a partir de ahora ya se lo piensan dos veces porque ven que, al contrario que en otras ocasiones, las evidencias no se mueren con el tiempo ni con toda esa tinta de calamar que se empeñan en derramar para ver si acabamos despistándonos. Esta vez hay millones de parados, gente que pasa hambre y que pierde sus casas y también nuevos medios con los que comunicarnos sin censuras ni controles presupuestarios. Estamos hartos de comprobar que los de siempre jamás nos llevarán a ninguna parte. La sensación que uno tiene es la misma que encuentras en la playa antes de que suba la marea. Todos presentimos que va a suceder algo de un momento a otro. Andamos expectantes, sabiendo que vamos a descubrir aún muchas más inmundicias morales de quienes nos han estado gobernando. Lo único que nos consuela es que hace veinte, treinta o cuarenta años todo estaba peor que ahora porque no había nadie que fuera capaz de levantar ninguna alfombra. Nos queda mucho por ver; pero también sabemos que la marea seguirá subiendo y que nosotros tendremos que nadar con ella cuando termine de sacar a flote toda la putrefacción que todavía tenemos debajo.

Los gatos son los primeros que ven amanecer en Las Palmas de Gran Canaria. También escuchan el sonido de las olas antes que nadie y saben de la quietud o de las revolturas con que se presentan las mareas. Todo el litoral de la Avenida Marítima está circundado de gatos. Habitan entre los tetrápodos y te los encuentras desde que sale el sol oteando el horizonte. No sé el tiempo que llevarán perpetuándose cerca de la orilla. Los ves tirados a la bartola recibiendo los primeros rayos solares o moviéndose con acompasada lentitud felina. Más allá de ellos solo están los barcos que parecen fondeados en medio de la nada. Me gusta su anónimo transitar cerca de donde nosotros perdemos el sueño con absurdas vanidades. Para que llegaran hasta ese lugar también fue preciso que pasaran millones de años de evolución y de decisiones azarosas. Supongo que el día que ya no haya muros conteniendo el océano seguirán transitando lentamente entre las rocas o las piedras de la orilla. Siempre ha habido gatos en todas las costas. Cuando era niño los recuerdo aguardando primero que nadie la llegada de los pescadores al Puerto de Las Nieves. Se adelantaban incluso al vuelo de las gaviotas que revoloteaban entre las falúas cuando sabían que había habido buena pesca. Los gatos guardan en sus ojos reflejos de tiempos y de mares lejanos. Por eso nos resultan tan enigmáticos y tan fascinantes. Cuando te observan siempre parece como si te estuvieran atravesando con su mirada. Yo creo que nos ven mucho más allá de donde se proyectan nuestras propias sombras.


Ayer vi un reportaje en el que se planteaba que el universo se expandía y se transformaba a cada instante más allá de donde nosotros pudiéramos llegar a concebir. Para comprender ese tránsito constante los científicos precisan de la intuición o de ideas que a veces no llegan a ninguna parte. No fue fácil que la humanidad aceptara la Teoría de la relatividad de Einstein, y a estas alturas todos hablamos de ella sin pararnos a pensar que ese espacio y ese tiempo están en constante movimiento y que, por tanto, no hay nada imposible ni vale la pena ir por la vida alardeando de ninguna certeza. Hablaban de que el universo, siguiendo la estela de ese planteamiento de Einstein, se expande como las ondas que vemos en el agua de una mareta cuando tiramos una piedra. Esas ondas, a medida que se alejan, se van empequeñeciendo a nuestra vista, pero nunca desaparecen del todo. A nosotros también nos atraviesan miles de ondas que luego se siguen propagando por el universo. Pero esa energía no solo nos viene dada. Nosotros contribuimos a ese cambio con nuestras actitudes y con nuestras decisiones. La palabra no es más que un eco que contribuye a que la vida cambie mucho más allá de donde la estamos viendo. Cuando hablamos o escribimos estamos haciendo vibrar a todo el universo. Y de alguna manera estamos sembrando las energías que luego retornarán alguna vez convertidas en el canto de un pájaro, en el sonido de una ola o en el eco casi imperceptible que nos detiene en cualquier calle de una ciudad extraña. Las ondas que van dejando las palabras nos inmortalizan mucho más allá de cualquier espacio y de cualquier tiempo.

Un día alguien te enseñó a utilizar correctamente los cubiertos. Te fue fácil mover la cucharilla o aprender a picar con el tenedor. Igual no lo recuerdas, pero estuviste muchas horas tratando de cortar la carne con el cuchillo y el tenedor. No lograbas sincronizar los movimientos y tampoco contabas con mucha fuerza. Se te caía el cuchillo o te desesperabas al comprobar que no había manera de lograr el objetivo. Aún más complicado fue habituarte a la cuchara. Te pesaba una barbaridad y no conseguías que la sopa no se derramara cuando tratabas de acercarla a tu boca. A veces no recuerdas ni quién te enseñó a coger esos cubiertos. Hoy te sientas en la mesa y actúas mecánicamente. Piensas en otros asuntos mientras comes o miras a los ojos de alguien en los preámbulos de algún amor largamente deseado. Alguna vez sí te quedas mirando el movimiento de la cuchara cuando se eleva en el aire. En un visto y no visto la vida ha cambiado la cara de aquel niño lejano. También es otro el escenario que tienes delante, y son otros los deseos y los sueños. Y es verdad que los sabores nunca se parecen. La vida se te escapa a veces en los rituales o en la mecánica de movimientos que ni siquiera llegan a pensarse. Tampoco piensas nunca que respiras o que andas. Ayer vi a un viejo mover esa cuchara con la misma inseguridad que los niños. También se le derramaba la sopa con los temblores de la mano: alguien trataba de enseñarle como cuando era niño o como cuando él mismo enseñaba. Le hablaban como si tuviera cinco años. Él miraba y sonreía como si estuviera volviendo otra vez a la infancia. Seguía sin comprender nada.


Nunca se había atrevido a abrir aquella carta. Siempre había sido un tipo temeroso y algo cobarde. La llevaba consigo a todas partes. Había dejado la ciudad sin avisar a nadie hacía treinta años. Muchos lo habían dado por muerto. La mujer que escribió aquellas letras terminó casándose con otro. Él nunca se atrevía a confirmar si realmente le amaba. Ella le escribía que estaba dispuesta a fugarse con él al fin del mundo. Le pedía perdón por haberle dicho unos días antes que no quería embarcarse en ninguna aventura alocada. Nunca más lo volvió a ver. Él tampoco se atrevió a leer lo que decía la carta. Prefería pensar que las palabras que llevaba consigo a todas partes eran las que deseaba. Y eran esas. Los tres jóvenes que ahora se ríen de lo que encontraron en ese sobre cerrado son los únicos que podrán saber todo lo que ella le había amado. Hallaron la carta en un contenedor de basura. Estaba entre las cosas de alguien que había vivido casi treinta años en una cercana pensión de medio pelo. Aquel cliente había amanecido muerto hacía unos días. Cada noche se dormía apretando una carta fuertemente entre su pecho y sus brazos.


Si miras hacia el cielo verás pasar bandadas de aves sin nombre que siempre andan persiguiendo al verano. Los pájaros saben que la vida es un vuelo y que una jaula es un engañabobos con el que a veces tratan de engañarnos. Me gusta verlos junto a las charcas que encuentran cada año en las mismas costas o revoloteando cerca de los más inaccesibles acantilados. Ni siquiera conocemos sus nombres. Nos llama la atención el color de sus plumajes o los sonidos con los que se celebran la llegada de la mañana. A veces es el mar el único que sabe que detienen sus vuelos oceánicos. Sus sombras, como las nuestras, también navegan la inmensidad de las aguas.

A veces los perdedores no son más que grandes ganadores de fondo. Los que lo tienen fácil suelen renunciar a la excelencia. Si te consienten te puedes quedar a mitad de camino creyendo que lo tienes todo. Tampoco saben valorar lo que aprendieron quienes no logran superar sus malos días. Conozco muchos juguetes rotos que quebraron su destino por la inmadurez y por esos consentimientos. No importan los rodeos si te puedes mantener en el camino: tu suerte la escribe tu propia intención diaria y todo tiene siempre su otra cara. Entiende que esa negación de hoy a lo mejor no es más que una oportunidad para mañana. Confía en tu propio esfuerzo. Todo lo demás acabará llegando.

La noche siempre nos termina devolviendo a la orilla. Nunca abras los ojos rutinariamente. Cada nuevo día es un mapa vacío que uno dibuja improvisando sus propios contornos. Unas veces tocarán cordilleras casi intransitables o desiertos que nos harán dudar de nuestro destino; pero también trazarás playas inmensas donde pasear como si estuvieras habitando un paraíso o bosques que casi se confundirán con un gran abrazo. No hay nada escrito cuando regresas del sueño. Todo lo que dejaste atrás se lo lleva la marea del tiempo. Que tu brújula no se separe nunca de tu corazón. Confía en ella, aun cuando algunos se empeñen en hacerte ver que siendo generoso no eres más que otro tonto al que le robarán la cartera los aprovechados. No esperes nunca nada y sigue ofreciendo todo lo que tengas en tu mano. Protégete contra esos malvados sin convertirte nunca en uno de ellos. Sal a calle y mira a tu alrededor como de niño mirabas asombrado la cartografía luminosa de todos los atlas.

Cuando vivía en Londres los cuadros de David Hockney me salvaron muchas veces de la tristeza de los días nublados. Me escapaba a la Tate Gallery a buscar el azul de sus piscinas californianas y la intensa luz que asocio a mi infancia. Realmente lo que buscaba era la primavera. Todos vamos rehaciendo estaciones a lo largo de nuestra vida. No importa la edad o las circunstancias. Hay días veraniegos en pleno invierno y días otoñales cuando se supone que los calendarios anuncian veranos. Las estaciones son estados de ánimo que cambian nuestro propio paisaje varias veces cada día. Hoy llega la primavera, y como cada año uno se siente como si estrenara otra vez el mundo. Las flores ya empujan bajo tierra tratando de abrirse paso entre el barro y hay árboles que empiezan a enseñar sus primeras hojas. Nosotros, entre tanto, dejamos que las ilusiones vayan empujando nuestros pasos. No pretendemos florecer; pero nuestro corazón también aguarda, como aquel olmo viejo de Machado, otro milagro del mes de marzo.

Todos hemos visto caer a poderosos prepotentes que se creían por encima del bien y del mal. Lo lamentable es que todavía haya algunos que no se den cuenta de su vulnerabilidad y de lo patético que resulta ir por la vida como si fueran eternos o estuvieran a salvo de cualquier enfermedad o de cualquier desgracia. Vivir es un verbo que solo se puede conjugar en tiempo presente. Ese drogadicto o ese mendigo podías haber sido tú si el destino te hubiera golpeado con saña o si no hubieras tenido los apoyos necesarios en un momento crucial de tu existencia. Si has tenido suerte y la vida te ha regalado afectos, un buen trabajo o una salud de hierro no dejes de compartir esa fortuna con quienes no tienen nada. Quien no comparte acaba perdiéndolo todo. En este momento, los que no tienen nada requieren la ayuda de los que disponen de algo. No hablo solo de donaciones materiales que sirvan para lavar conciencias. Urge que seamos voluntarios allí donde podamos echar una mano. Hay muchos viejos que están solos y que agradecerían enormemente una conversación semanal de alguien que se acercara a visitarlos, muchos niños que necesitan una familia que les acoja, comedores sociales que precisan ayuda para preparar los desayunos o los almuerzos, inmigrantes que buscan aprender nuestro idioma o gestionar trámites burocráticos y asociaciones de enfermos que demandan voluntarios para poder desarrollar todos sus programas de integración. La crisis que vivimos deja más desasistidos a los que siempre han estado al borde del abismo. No se lo digas a nadie. Busca un lugar cercano en el que poder ayudar y siente cómo la vida te recompensa cuando eres capaz de conseguir que alguien te sonría agradecido por lo que haces sin esperar nada a cambio.

Todos podemos ser el otro en cualquier momento. Nunca mires a tu alrededor por encima de ningún hombro ni con pose altanera. Agradece tu suerte si eres afortunado y confía en tu destino si la vida te acaba de arrebatar algún sueño. Nadie es completamente feliz ni completamente triste. Tampoco triunfamos o fracasamos. Nos enseñaron a movernos en un maniqueísmo que no tiene sentido. Vistos desde lejos, todos formamos parte de un minúsculo punto de luz en medio del universo. Gana quien asume su existencia con naturalidad y sin estar pendiente todo el rato de lo que hagan los demás. Pierde quien cree que triunfa y, sin embargo, solo vive temeroso de que no le quiten lo que tiene o de mantener un escalafón que, más tarde o más temprano, le hará subir o bajar como bajan y suben las mareas varias veces cada día. No hay orilla que permanezca siempre igual. Tampoco nosotros, que somos una orilla en la que acontecen casualidades diarias, podemos pretender que la arena que traza nuestros contornos no cambie como cambian las siluetas de las playas cada mañana.

El eco nunca deja de resonar. Nosotros lo escuchamos hasta donde alcanza nuestro oído, pero todas las palabras siguen una senda infinita más allá del universo. También lo que escribes se queda en la memoria de los días que se esconden cada tarde en el ocaso. Igual alguna vez, dentro de millones de años, vuelves a tropezarte con tu voz y no la reconoces. No siempre coincide el eco de nuestra voz con la conciencia de quienes fuimos algún día. La melancolía no solo añora la vida que recuerdas. Hay sensaciones, palabras y olores que te llevan más allá de todo lo que conoces. Por eso el mar nos conduce una y otra vez a la orilla. En medio del sonido de las olas también estamos escuchando el eterno rumor de todas las palabras que alguna vez dejamos perdidas en el tiempo.

Hay caras que te tropezaste mil veces por la calle sin saber que algún día iban a formar parte de tu vida. Hay rostros que ya has olvidado para siempre o que no podrás volver a ver nunca más. También hay caras que no sabes que te aguardan en otros tramos de tu camino y que caminarán contigo alumbrando tu mirada para que no te extravíes entre la bruma pasajera que a veces confunde a nuestros pasos. Tú mismo tienes mil caras que no se parecen. Fuiste el niño pecoso, el adolescente con acné que ideaba proyectos interminables, el adulto que empezó a asomarse a una realidad cada día más alejada del divertimento y ahora eres ese rostro que trata de mantener a salvo su sonrisa aun en las peores circunstancias. No sabes nunca qué caras acabarán protagonizando tus próximos sueños, a quién le contarás tus nuevas confidencias o en qué ojos te acabarás perdiendo para no dejar de amar. No pases de largo ante ninguna mirada. Todos los encuentros tienen un sentido que solo reconocerás en el espejo del tiempo.

Creíamos a Tagore cuando nos decía que no lloráramos porque las lágrimas nos impedirían ver el cielo. Nos contaban que había una justicia divina y que todo acabaría colocándose siempre en su sitio. Cuando éramos niños nos creíamos todos los cuentos. Probablemente la madurez llega cuando descubres que los crueles a veces se van de rositas, que hay cómplices capaces de proteger a los más abyectos y que los que la hacen no siempre la pagan.
A veces no nos queda más remedio que convertirnos en pequeños Gandhis para soportar algunas injusticias. Luchamos hasta donde podemos o nos dejan, pero la propia justicia es muchas veces la peor aliada de los buenos de la película. Sí es verdad que esa misma madurez también te ayuda a concebir los milagros. Todos hemos visto cómo a veces el tiempo descubre lo que parecía imposible o pone a cada uno en su lugar. Uno lucha y se entiende que decide lo que quiere con su vida. Cada cual es libre de devolver los golpes que recibe; pero no olvides nunca el adagio que decía que el ojo por ojo nos dejaría ciegos a todos. Siempre tiene que haber alguien que ponga la otra mejilla para ganar a un malvado. Lo aprendí hace mucho tiempo viendo Matar a un ruiseñor. A Atticus Finch le escupían en la cara y en lugar de devolver el esputo se quedaba mirando a quien lo hacía, sacaba su pañuelo, se limpiaba y se daba la vuelta. En el coche estaba su hija pequeña observando la escena. Atticus (Gregory Peck) quería que esa niña entendiera que la única manera de derrotar a la crueldad es consiguiendo que jamás logren envilecerte. No importa que no ganes nunca. Lo importante es que no te pierdas.

El cielo dibuja nuestro destino entre efímeras nubes
que le dan forma a los sueños que fuimos perdiendo.
Ninguno de nuestros anhelos quedará en el olvido.
Si miras fijamente las nubes los verás pasar, sutiles,
mientras dibujan formas vaporosas en el azul del tiempo.

Hace años, cuando vivía en Madrid, había un viejo que se acercaba todas las tardes al café Manuela, en Malasaña. No hablaba con nadie hasta que se tomaba un par de vinos. Nosotros, que íbamos de Rimbaud, con nuestras poses de escritores malditos y con todos aquellos versos que improvisábamos en servilletas de papel, nunca supimos entrever el argumento de la gran novela que nos estaba contando. Siempre repetía que justo enfrente del café había perdido a su novia cuando solo tenía diecinueve años. En aquella calle ahora llena de bares y de gente había habido una guerra y habían caído bombas sobre los peatones y los enamorados. Ahora, cada vez que regreso a Malasaña (aquel viejo lo llamaba Maravillas), recuerdo la historia de aquella novia. Decía que no se había vuelto a enamorar y seguía bebiendo hasta que casi perdía el sentido y salía del local tambaleándose. Siempre que vuelvo recorro esas calles imaginando los muchos amores que pasearían de la mano por esas mismas aceras. Pero también hago lo mismo por todas las calles del mundo que visito. En cualquier lugar ha habido un acontecimiento o un suceso que ya no recuerda nadie y que fue grandioso o desolador para quien lo vivió. Aquel viejo falleció hace unos años. Lo encontraron muerto una mañana en su casa. Su historia murió con él, y también la de aquella novia que le arrebató la guerra. Ella se llamaba Andrea. Muchos pensaban que estaba loco y que se estaba inventando aquel pasado funesto. Yo era de los crédulos, de los que no dudaba de las lágrimas que atisbaba en el fondo de su mirada. El dueño del café me contó más adelante que una vez llegó una señora que tenía más o menos la misma edad que aquel viejo. Preguntó por él y dijo que se llamaba Andrea. Quería curar una herida del pasado. Había vivido justo enfrente del local. Le contó al dueño que había amado mucho a un hombre; pero que al final se había casado con otro al que nunca había llegado a querer. Preguntaba si le conocía. El dueño prefirió decirle que aquel nombre no le sonaba de nada. El viejo había muerto hacía siete meses; pero para todos nosotros ella también estaba muerta desde que tenía diecinueve años. No me interesa saber quién de los dos se estaba inventando el pasado.

Te vas quedando en la sombra de cada paso, en el eco de todas las palabras que pronuncias y en cada mirada que te reconoce. No te vas de ningún lugar en el que has sido feliz. No hace falta que regreses. A veces los reencuentros acaban con la magia que idealizan los recuerdos. Llegarás cuando tengas que llegar adonde quiera tu destino que llegues. Lo que no estaba para ti ni se lamenta, ni se añora. No te pertenecía; eso es todo. Eres lo que te queda por venir, los días azules que ya te aguardan como un anticipo milagroso de tu propia primavera.

Si no te callas no escucharás los pájaros que cantan junto a tu ventana. Tu propio ruido te aísla de todo lo que te rodea. También te aleja cada vez más de ti. Si no miras a las nubes no verás todas las formas que va dibujando el cielo a cada instante. Nada permanece; todo se transforma en medio de un azul interminable. De vez en cuando vuela un palomo o una gaviota alejada de las aguas. A veces cruza un avión dejando una estela blanca que luego se desdibuja poco a poco como si se perdiera en medio de la nada. Todo eso acontece ahora mismo sobre todos los techos que nos guardan. Sal a la calle y levanta un momento tu mirada para que no te extravíe ninguna ambición cotidiana. Y escucha al pájaro, a la mar o al viento que pasa. Todos esos sonidos te recordarán que formas parte de un prodigioso milagro.

De un trozo de mármol salió la Victoria de Samotracia o el David de Miguel Ángel. De una pluma mojada en la tinta llegó cabalgando Alonso Quijano para seguir el rastro de las utopías y de los espejismos de las palabras. De unos botes de pintura y de unos pinceles desgastados creó El Bosco El Jardín de las Delicias. Supieron jugar con los materiales que tenían a mano para crear belleza. Si hubieran tenido un Ipad, un portátil o un spray también habrían seguido jugando. Siempre tienes cerca el material que requieren tus sueños para concretarse. Solo has de saber buscarte para encontrarlo. Un niño suele terminar jugando con un trozo de cartón o con las etiquetas de los sofisticados regalos que le compramos. No entiende de imposiciones en el divertimento. Si buscamos a nuestro alrededor terminaremos hallando todo lo que necesitamos para ser felices. Los milagros solo acontecen cuando uno se deja llevar por la intuición de su propia mirada.

Lo único evidente es que hoy media humanidad está hablando de él. Probablemente era lo que más deseaba: pasar a la historia, llamar la atención y hasta llegar a sentir que se puede ser eterno siendo mortal (se suele olvidar esa mortalidad cuando el poder te vuelve tan ciego que no te deja ver ningún paisaje). He escuchado toda clase de opiniones sobre Hugo Chávez. Tengo amigos que lo ensalzan y otros que lo ven como otro sátrapa que sumar a la malhadada historia de casi todos los países latinoamericanos. Vale que Venezuela estaba inmersa en una gran crisis en donde la corrupción de sus gobernantes era directamente proporcional a la pobreza de buena parte de su pueblo; pero esa evidencia no puede llegar nunca a justificar a quien impide la libertad de opinión o de prensa. No por ponerte un chándal se te caen las medallas de tu ropa de militar. Venezuela es hoy un país dividido e inseguro con muchos exiliados que se vieron forzados a salir por decir lo que pensaban o por querer hacer algo distinto a lo que decía cada semana el comandante en la televisión. Preocupa lo que viene. Todo el chavismo estaba orquestado alrededor de Chávez. Ahora habrá que intentar consolidar una democracia en la que sean partícipes todos los venezolanos. No es tiempo de estar mirando al pasado. Todos cometieron errores desde mucho antes de llegar el fallecido al poder. Ahora espero que entre todos se pongan de acuerdo para que en ese país con tantas posibilidades de futuro no haya nadie que tenga que volver a marcharse por expresar su opinión o por escribir un poema. Ayer me conmovió un texto del escritor Juan Carlos Méndez Guédez en el que hablaba de los catorce años que lleva alejado de los paisajes de su infancia. Como muchos otros, vivía fuera de Venezuela solo por pensar distinto a lo que quería imponer un señor con gorra y con chándal.

Cuando al poeta José Miguel Junco le preguntaron anoche que si era capaz de definir la poesía en una sola palabra recurrió, casi sin pensarlo, a la palabra vida. Un poco antes, durante la misma intervención en el Taller de escritura de Ámbito Cultural, había dado una de las definiciones más certeras que conozco sobre esa misma poesía: elaborar el asombro que provoca la existencia. Todo poeta, como también reconoció Junco, se sabe condenado al olvido; pero entre tanto llega ese destino inevitable trata de auparse cada día como si fuera el último de su existencia o como si acabara de descubrir el mundo en medio de un fogonazo inesperado. Al final, nuestros sueños dependen de los argumentos que busquemos cada día en nuestro entorno y en nuestras propias emociones.
También habló Junco de la vanidad. Reconoció su presencia en cada artista, pero al mismo tiempo, como esa sustancia que cura o que mata según la dosis que utilicemos, también insistió en la necesidad de mantenerla controlada para no acabar como un pavitonto o como un patético enfermo de uno mismo. Y para vencer a esa vanidad recordó el olvido al que me refería hace un momento, el destino final de todo lo que escribimos y de nuestra propia memoria. Luego se acercó a la poesía nuevamente de la mejor manera que puede hacerlo un poeta. Leyó sus versos y logró que el tiempo volviera a tener sentido durante unos minutos como mismo lo tiene cuando amamos o cuando respiramos con esa sensación de plenitud que dejan siempre los buenos momentos de la vida.

A veces conviene observar los temporales de fuera para entender lo que de vez en cuando nos pasa por dentro. A nosotros no nos avisan de los vientos que amenazan con llevarse por delante todo lo que tenemos; tampoco nos advierten de esas lluvias torrenciales que se empeñan en apagar el alma. Pero cuando observas fuera cómo se doblan las palmeras para resistir los embates del viento te das cuenta de que, al final, lo que parece vulnerable no se derriba fácilmente. Ni a las palmeras, ni a los pájaros, ni a los gatos callejeros se les avisa de lo que aparece en los satélites. Mi perro olía el temporal casi antes de que se activaran las alertas. Andaba pegado a mí todo el rato y husmeaba el aire como reconociendo el sonido del viento huracanado que ya soplaba mar adentro. En estos días pienso en quienes duermen entre cartones debajo de los puentes o en los bancos de los parques. No les salva nadie del frío y del miedo de esas madrugadas que parecen eternas. Luego todo pasa y regresa la calma. Recogemos los cristales rotos y vamos arreglando los desperfectos. También sucede lo mismo con los temporales del alma. Llegan de repente, a veces avisando con mucho tiempo de antelación, pero también pasan y nos dejan con esa atávica sensación de supervivencia con la que deberíamos encarar todas las mañanas.

El humor es lo que al final termina moviendo las montañas. Hacía tiempo que me recomendaban que leyera algunos cómics. Yo me había quedado con las lecturas de cuando era niño y si acaso retornaba de vez en cuando a Tintín para aprender del periodismo que, sin saberlo entonces, seguro que contribuyó a que luego yo encaminase mis pasos a la que García Márquez considera siempre la profesión más hermosa del mundo. No voy a contradecir al gran escritor colombiano, aunque creo que desde que dijo eso hasta hoy ha llovido mucho sobre una profesión que ahora mismo tratamos de reinventar entre todos para que no desaparezca en medio de ese caos global en que se ha convertido el mundo. Pero vuelvo al cómic y a su actual vinculación literaria. Me había resistido hasta hace unos días a las recomendaciones de muchos amigos lectores. Ya andaba por mi casa una curiosa versión que tiene a James Joyce como protagonista y a la novela Ulises como escenario en donde se recrea su vida por las calles de Dublín. Con lo que no contaba es con algo tan genial, emocionante y grandioso como Arrugas, de Paco Roca.
Me lo regalaron el pasado domingo por la mañana y el domingo por la tarde ya estaba empezando a releerlo. ¿Que qué se cuenta en Arrugas? La vejez, el desencanto, el alzheimer, la amistad, el amor o los sueños rotos. Lo mismo que uno encuentra en Madame Bovary, en Fortunata y Jacinta o en El Amor en los tiempos del cólera (la cito porque forma parte de la trama de Roca cuando describe un romance de los que te vuelven a hacer creer en el amor a pesar de los pesares del tiempo y de los desengaños). Cuando escribo esto ya tengo en mis manos otro de los libros de Roca, Memorias de un hombre en pijama, y solo hojeando la primera página ya estoy deseando adentrarme en ese festín que presiento ante unas ilustraciones (también del mismo autor) tan logradas que a veces te olvidas de que son dibujos y casi las confundes con las figuras de personajes más reales que muchas de las personas que nos tropezamos por las calles. Ya digo que me ha costado llegar al cómic, pero desde ahora me declaro buscador de nuevos sueños entre las páginas iluminadas que ya alegraban muchas tardes de mi infancia. Con Arrugas, Paco Roca ganó el premio nacional de Cómic 2008 y ha logrado vender cuarenta y cinco mil ejemplares. Me alegra saber que en este país hay tanta gente que ha disfrutado de una historia en la que la tristeza y el olvido logran emocionar sin caer jamás en lo lacrimoso. Todo lo contrario, en medio de las derrotas que cuenta logras reírte a mandíbula batiente, y no te ríes de nadie; o lo haces de ti mismo viéndote viejo y extraviado en un mundo que te olvida cuando te arrebata la brújula de los recuerdos y de las palabras. La vida termina siendo una viñeta en la que reconocernos.

Todos somos creativos. A veces solo hace falta que alguien nos lo recuerde, o que un golpe de la vida nos despabile y nos ayude a encontrar lo que la educación y el miedo al ridículo se empeñaron en ocultar durante años. No conozco ningún niño que no haya inventado sueños. Supongo que esa espontaneidad se va perdiendo las primeras veces que nos impiden hablar cuando queremos, o desde que nos imponen lo que tenemos que dibujar en un papel. Todo gran artista no es más que un niño con un gran dominio de una técnica creativa, un osado buscador que no renuncia nunca al descubrimiento de nuevos juegos que hagan más soportable la existencia.

Hay días que dan para novelas y otros que se quedan en microrrelatos. Lo único importante es que te escribas tú mismo con toda la intensidad que puedas. Da igual la extensión o el número de vivencias. De todo se aprende, y si no aprendes estarás repitiendo la misma historia toda tu vida. También hay días inolvidables que caben en una sola palabra: amor, mar, belleza, Rembrant, Bach, Venecia, Manhattan...Y luego hay nombres que solo pronunciamos en silencio sin los cuales nuestra existencia no habría sido tan grandiosa. Ya luego el equilibrio llega cuando no han logrado envilecerte a pesar de las canalladas y de las traiciones. Aquí no gana nadie, pero cada cual es responsable de sus pequeños fracasos y de sus pequeños logros diarios. Lo que pienses ahora lo terminarás recogiendo mañana.

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