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Archivos Febrero 2013

La entrevisté hace años. Rodaba una película en el Muelle Deportivo de Las Palmas de Gran Canaria. Quería mirar de cerca unos ojos que siempre me habían fascinado desde la pantalla. La había visto alguna vez, de lejos, rodeada de escritores, actores y actrices, en las madrugadas del Óliver de Madrid. María Asquerino murió ayer y no había nadie que se hiciera cargo de sus restos mortales. Falleció después de haber estado los últimos meses en una residencia prácticamente sola. No sé qué pasaría por su cabeza en esos días, ni si recordaría las noches interminables, los amores grandiosos que vivió o sus días de gloria. En este país siempre hay una querencia por el juguete roto y por quien cae delante de nuestros ojos. Parece como si con esas caídas la gente fuera más feliz y casi agradeciera la vida gris que reconoce a diario. Ella hubiera soltado una de sus desafiantes carcajadas si hubiera visto los titulares que destacan ese abandono de sus huesos. Hizo lo que le dio la gana a lo largo de su existencia. Sabía el riesgo que asumía siendo un espíritu libre y haciendo de su capa un sayo. No siempre se llega a los finales deseados, y uno no sabe nunca dónde le sorprenderá ese epílogo ni en qué circunstancia. Lo que sí recuerdo es su ironía, la fuerza de su mirada (aquellos ojos también te atravesaban profundamente cuando los veías de cerca) y su saber vivir sin estridencias y sin grandes alharacas. Da lo mismo lo que hagan con sus restos mortales. Ella estaría tomándose unas ginebras y observando de lejos una escena tan patética y surrealista. No hemos dejado de ser el país de las películas de Berlanga. Nos han vestido un poco mejor, pero el desprecio al arte sigue siendo casi el mismo. No sé qué me respondería María Asquerino ante la pregunta de la vida (me imagino que le preguntaría entonces, pero habría de ir a las hemerotecas de papel para encontrar la respuesta). La imagino diciendo que al final, pase lo que pase, aquí estamos solo para vivir con lo que nos vamos encontrando cada día en el escenario. También añadiría que la mayoría de las veces no valen de nada los ensayos. El final, se acabe como se acabe, será siempre un drama.

Las zapaterías iban recogiendo todos nuestros pasos cansados, los restos que nos iban quedando después de transitar miles de calles y de perseguir horizontes que a veces acabábamos confundiendo con los sueños. Olía a cuero, a cola de pegar y a betún. Ahora a los zapatos casi no les damos segundas oportunidades; pero entonces, cuando ellos escuchaban los boleros en cintas de casetes, no había semana en que no fueras a llevar o a recoger algún par de la familia. Y si no había zapatos rotos, también nos parábamos a mirar, a aprender de aquel trabajo paciente, concentrado, en el que las tachas y el martillo se movían por sus manos como los juguetes con los que nos entreteníamos en las tardes de lluvia. Eran dos zapateros y los recuerdo jóvenes y risueños. Ahora, cuando alguna vez regreso a las calles de mi infancia, ya no los veo. En los últimos años solo quedaba uno de ellos. Seguía escuchando boleros a todas horas y los tarareaba como si cada letra fuera un desgarro de su propia existencia. Nunca supe su historia. Yo tampoco escucho esos boleros como cuando era niño. Antes me daban igual el paso del tiempo y los desengaños. Da lo mismo que suenen digitalizados y con menos estridencias que en aquellas cintas gastadas que tenían puestas a todas horas los zapateros de mi calle de infancia. La punzada en el alma supongo que será la misma que entonces sentían ellos. Mis zapatos aún están nuevos, pero también notan que en mis pisadas resuena el pasado que crees que vas dejando atrás y que luego regresa en un acorde, en un olor a cuero o en aquella imagen de dos hombres grandes sentados en un banco pequeño. También recuerdo que siempre había cientos de zapatos despanzurrados y maltrechos que iban apilándose al fondo del local. Supongo que alguien acabaría recogiendo todos esos pasos olvidados y que apagarían aquella bombilla amarillenta como mismo se apagan todas las luces en las fiestas que parecen eternas e interminables.

Los móviles se han terminado convirtiendo en la mejor coartada para los finales. Supuestamente los llevamos encima para estar localizados todo el tiempo, pero después no hacemos más que buscar mil maneras de justificar la incomunicación que seguimos necesitando. Uno puede recurrir a la falta de cobertura, al despiste con el modo silencio o al agotamiento de una batería que cada vez soporta menos nuestras conversaciones.
Todo eso lo viví anoche en la guagua. En mi parada había una joven que no dejaba de besarse con un chico. Se despidieron cuando ella vio, entre morreo y morreo, que llegaba la línea que esperaba. Era la misma que yo estaba esperando. Se sentó delante de mí, movió su pelo como una modelo de pasarela y cogió el teléfono móvil dibujando en su cara un mohín de desgana y de fastidio. En el otro lado se conoce que estaba su novio más o menos oficial. Al parecer había llamado muchas veces y estaba preocupado. Ella le decía que llevaba el teléfono en silencio y que apenas tenía cobertura donde estaba. No escuchaba al otro, pero por el tono de ella daba la impresión de que le rogaba desesperadamente o de que incluso había empezado a llorar. Imaginé a un joven que pierde ese primer amor que en la adolescencia parece que será siempre eterno. Cuando ya no sabía qué más decirle, ella le comentó que se le estaba agotando la batería, lo dejó hablar unos segundos más y seguidamente apretó un botón hasta apagar por completo el teléfono.
Tampoco ella entendería qué estaba pasando, ni por qué el amor terminaba siendo a veces tan complicado. El destino también quiso que nos bajáramos en la misma parada. Encendió un momento el teléfono y llamó rápidamente al otro cuando caminaba por la acera. También le dijo que se había quedado sin cobertura; luego añadió que le quería mucho y que mantenía intacto el sabor de cada uno de sus recientes besos. Lo volvió a apagar y abrió el portal de su casa. Supongo que a sus padres, si le pedían explicaciones por su tardanza, les enseñaría la pantalla oscura del aparato y volvería a la coartada de la batería. Yo seguí caminando mientras imaginaba la desazón del adolescente herido que esa noche apenas dormiría. Si le hubiera podido llamar le hubiera dicho que en esos desesperos el único cobijo que nos queda es el poema.


Todos los días son aniversarios. Somos tantos y ocurren tantos acontecimientos que es imposible que en solo trescientos sesenta y cinco casillas no vayamos dejando los calendarios rebosantes de sucesos y de actos inolvidables. No se llega a la luna cada tarde, pero sí nace y muere gente, se reconocen amores, se descubren ciudades, se consiguen trabajos, se cumplen sueños, alguien salta porque gana una Primitiva, mete un gol Messi o Ronaldo, se detiene un cáncer, inauguran una autopista, usted se compra un coche, se enciende la llama olímpica, el día se apaga con un atardecer realmente bello, asesinan en cualquier parte del mundo, donan todos sus bienes a los más necesitados en otro lugar de ese globo terráqueo cada día más alocado, acaba una guerra, comienza otra, y así hasta el infinito.
Casi nunca recordamos las fechas de los grandes días que fuimos viviendo. Si acaso mantenemos intactas las que quedan en el Registro Civil o las que coinciden con algún gran acontecimiento que ayude a fijar nuestra memoria. Ya luego los criterios que hacen que se celebren unos aniversarios y que otros se mueran en el olvido son tan azarosos como incomprensibles. Recuerdo que en un periódico en el que trabajé algunos años había un señor que se metía desde primera hora de la mañana en el archivo para decidir qué destacaba al día siguiente. De su mirada a las portadas añejas dependía la resurrección de cualquier acontecimiento del que posiblemente jamás nos hubiéramos acordado sin su mediación diaria. Y para celebrar o volver a condenar ese suceso esperamos siempre a los números redondos, a los diez, veinte, treinta o cien años. Y en el camino se van quedando mil vivencias olvidadas para siempre. Somos nosotros los que deberíamos despertarnos cada mañana sabiendo que tenemos algo importante que celebrar. Da lo mismo que no recordemos de qué se trata. Muchos viejos miran al pasado sin saber exactamente por qué sonríen. Han extraviado las cifras y los datos; pero mantienen intacto el calor cercano de cada una de sus vivencias inolvidables. No se puede volver, ni creo que nos queden ganas de regresar por donde ya pasamos; pero a la hora de jugar a celebrar aniversarios no deberíamos olvidarnos de todos los que tendríamos que ir conmemorando. Vale cualquier detalle, cualquier sombra, cualquier verano. O el descubrimiento de la lluvia o de las olas de la playa. También en el presente estás escribiendo la grandeza de cada uno de tus futuros aniversarios.

No todos vemos lo mismo. Las miradas vienen de muy lejos. Los ojos no son más que la entrada o la salida de nuestras propias emociones, los espejos en donde se acaban reflejando los destellos que a veces consiguen clarear los horizontes. No existen ojos hermosos sino miradas bellas. Y si quieren descubrir cómo se observa la vida con la mirada limpia de quienes solo buscan la ternura acudan a la exposición que se inauguró el pasado jueves en el Centro de Iniciativas de la Caja de Canarias (CICCA). Pude ver esas fotos hace unos meses en el estudio de Tato Gonçalves. Durante cuatro días había formado a cuatro hombres y cuatro mujeres con Síndrome de Down para que aprendieran a utilizar una cámara réflex, y sobre todo para que supieran retratar técnicamente lo que van viendo cuando se asoman a la realidad desde un mundo tan alejado de sirocos que terminen nublando lo que debería ser diáfano y claro. Los retratos que se muestran son todos de ellos. Son los modelos y los fotógrafos, los que ven y los que miran. Y cuando uno se asoma al fondo de cualquiera de esas imágenes descubre que casi no hemos entendido nada, que detrás de esos rasgos que les distinguen se esconde un universo tan enigmático como cualquier horizonte lejano.
Tato cuenta que apenas le hizo falta explicar tres o cuatro cosas para que sobre la marcha se aventuraran a rebuscar más allá de la cámara. Conozco bien su mundo porque me crié cerca de uno de ellos. Mi tío Tomás sabía ser niño cuando había que ser niño y había aprendido a no envilecerse con las maldades de muchos adultos. Vivía intensamente todo lo que creaba su imaginación, y si le hubieran enseñado a retratarse seguro que su mirada hubiera sido como la que han recogido los fotógrafos que expondrán hasta el 8 de marzo en el CICCA. Todos vamos buscando, atravesamos caminos entre las sombras tratando de orientarnos más allá de nuestra propia mirada. Ellos también se hacen las mismas preguntas, y cuando activan la cámara tratan de atrapar ese tiempo que se nos escapa como aquellas quimeras que cantaba el bolero. Si les permitiéramos mostrar su alma nos encontraríamos que son ellos los que han conservado intacto el sentido final de la vida que nos hermana más allá de los cromosomas y de los azares. Mantienen la sonrisa y la confianza en que los otros no pueden ser nunca crueles. Por eso quedan más heridos cuando descubren que regalando cariño recogen incomprensiones o burlas. La exposición se titula "Otra mirada, la de todos". Es la que terminan encontrando ellos, la que hace tiempo que nosotros extraviamos. Una sonrisa limpia, unos ojos que les hablarán desde muy adentro. Eso lo que encontrarán siempre que les miren queriendo verles. No dejen de asomarse a esa bella estela de inocencia y esperanza. Les enseñarán que hay abrazos que solo se pueden anticipar en las miradas.

Llevo unos días escribiendo como si necesitara mojar todo el tiempo la pluma en la orilla. No escribo con pluma, pero sí con la necesidad de saber que el mar está por algún lado removiendo la vida. Tal vez esa mirada oceánica tenga que ver con las olas que de vez en cuando nos arrastran lejos de nuestras propias alegrías. Lo primero que me enseñaron los curtidos pescadores de Agaete cuando era niño fue que al Atlántico nunca había que tenerle miedo; pero sí mucho respeto. Sabes que en cualquier momento, del mar o de la vida, te puede arrastrar una corriente inesperada. Si nadas contra ella, casi siempre zozobras. Déjate llevar. Te quedan mil paraísos en los que cobijarte. A veces también son inevitables algunos naufragios.

Los océanos y los desiertos comparten los mismos horizontes. Más allá solo están los sueños de quienes buscamos otras orillas y otros oasis. Ayer encontré barcos luminosos en medio del mar inmenso. La exposición de fotografías de Adrián Alemán en la sala San Antonio Abad de Vegueta se asoma al abismo del Atlántico desde las alturas, desde lo lejano, para que nosotros parezcamos más pequeños que los barcos y que cualquiera de las estelas que se dibujan en las aguas. Justo detrás de la sala también están los barcos reales fondeados en el tiempo. Nunca paso de largo delante de ningún barco. Uno sabe que están ahí, los ve lejanos, a merced de las aguas mansas del muelle, y de alguna manera sabe que la vida no deja de ser como una singladura que te muestra nuevos horizontes cada día. A veces conviene salir de uno mismo, o de las calles que nos agotan, y alejarse de la orilla viendo que todo es tan pequeño y tan lejano que parece increíble que lleguemos a enredarnos tanto. Incluso Manhattan termina empequeñeciéndose en la distancia si aprendemos a mirarla con la mirada de los navegantes. La única certeza es el mar que se extiende delante de tus ojos cada mañana. No importa el tiempo que tardes en llegar a otra orilla. Si rebuscas en el horizonte siempre hallarás nuevas rutas por las que adentrarte en el océano de tus propias aguas.

Los tangos cuentan con la complicidad arrabalera de los sentimientos a flor de piel, con el bandoneón de las nostalgias que atraviesa el corazón de los recuerdos desarmando cicatrices que creías cerradas para siempre. Las nieves del tiempo no solo platean las sienes. También hacen tiritar lo que queda de todas nuestras miradas. El Teide helado, imponente, era una imagen casi mitológica que se aparecía en los horizontes de mi infancia. Ayer volvió a amanecer cubierto de nieve. Lo presentíamos helado por el aire frío que atravesaba el océano cortando el vuelo rasante de los alcaravanes y de las gaviotas. Desde la isla que habito ese volcán ha sido siempre el destino al que han ido a parar todos los sueños. Atardece quemándose con el sol de los veranos y se congela en la memoria de los días cuando lo blanquea el silencio del invierno. Cuando era niño me preocupaba el destino de las sirenas en estas noches frías que va dejando febrero en las aguas del Atlántico. De mayor quiero seguir creyendo en ellas para encontrarles sentido a los fondos submarinos. También la nieve me sigue pareciendo siempre igual de mágica y de milagrosa. Alguna vez cruzamos el charco para verla de cerca y descubrimos que aquella masa blanca que nos parecía indestructible se iba deshaciendo poco a poco entre las manos de nuestra infancia. No sé si entonces fuimos capaces de pensar que la nieve no es más que una utopía de las aguas que sueñan con detener el tiempo. Si te acercas a tocarla desaparece entre tus dedos como desaparece todo lo que nos empeñamos en ir guardando.

Contaremos historias mientras la vida siga siendo un arcano indescifrable. Amaremos porque el amor es el único asidero que nos sostiene en medio de la nada. Trataremos de ser felices porque siendo tan corto el espacio que tenemos que recorrer no nos compensan las penas ni los días perdidos por las nostalgias o por lo que dejamos a medias en cualquier cruce de caminos. Suena una sirena en el puerto cercano, llueve mansamente, mi perro trata de rebuscar los rastros que ha ido borrando el agua en las esquinas que le orientan. Huele a pan y a café recién preparado. Los niños salen camino del colegio. Las campanas cuentan las horas como si fueran repitiendo el eco interminable del tiempo. Camino escuchando cada uno de mis pasos sobre los adoquines. Suena una radio con voces furibundas. El teléfono recibe los primeros mensajes. También guarda las llamadas perdidas que nunca cambiarán mi destino. Respiro hondo y me llega la brisa de ultramar que respiraron alguna vez los náufragos. Las gaviotas vuelan lejanas, guiándose por sus propios cantos. Todo vuelve a encajar nuevamente. Las tiendas aún están cerradas. Se apagan las luces de la calle. Los intérpretes vamos apareciendo en escena poco a poco, saliendo de los ascensores, de los coches o de las guaguas. Buenos días, el mundo es y no es el mismo que dejaste cuando te fuiste hace unas horas a la cama. Han nacido miles de vidas y se han marchado otras tantas. La orilla ha cambiado varias veces los trazados de su contorno. La lluvia ha borrado todas las huellas. No solo los perros se desorientan con el agua. Escribo porque no encuentro otra manera mejor de contar lo que pasa.

La vida nos va colocando espejos a lo largo de nuestro propio camino. El histérico, el bondadoso, el avaro, el manirroto, el calculador, el visceral, el misántropo, el timorato, el vivalavirgen, el pisaverde o el aventurero que nos vamos encontrando no son más que reflejos de nosotros mismos en otros cuerpos y en otras miradas. A veces no vemos lo que somos hasta que no nos lo ponen delante. Cuando atisbamos a una persona temerosa nos damos cuenta de nuestros miedos, casi siempre infundados, y la mayoría de las veces heredados sin darnos cuenta. Pero lo mismo sucede con nuestras decepciones o con nuestros castillos en el aire. Uno no llega a ver nunca su propia perspectiva hasta que no logra salir de sí mismo para mirarse como se miraría con los ojos de otro. Casi todo lo que acontece en nuestra vida tiene que ver con ese aprendizaje diario. Nada es azaroso. Las lecciones se repetirán cada día hasta que seamos capaces de sobrellevarnos a nosotros mismos. Las tristezas serán menos desoladoras cuando las asumas con la misma naturalidad con que recibes las alegrías inesperadas. No dejas nunca de aprender porque la vida te sorprende a diario con nuevos retos, nuevas complicaciones y nuevos compromisos. Y si no aprendes de cada paso anterior no podrás darte cuenta de la nueva aventura diaria que se abre ante sus ojos. Repetirás una y mil veces los mismos errores y la misma cantinela. Hay que saber cerrar los capítulos cuanto antes. Solo partiendo desde cero cada día lograremos vivir con la naturalidad de quien sabe que lo que venga será siempre milagroso e inesperado.

No importa el nombre que reciban los océanos. Al final todos ellos están unidos por los mismos interrogantes.

Escribe para que la tinta vaya improvisando entre las sombras los contornos de tu propio rastro.

Cualquier espejismo es el mejor compañero de viaje.

No hay borrasca que no descargue ausencias.

No voy a escribir su nombre ni tampoco el cargo que representa. En esta sociedad tan demencial cualquier vivalavirgen sabe que solo tiene que decir alguna astracanada para alcanzar la fama. Ese pisaverde salió diciendo ayer, con una pose de gracioso matón de barra de bar, que los viejos atentaban contra la mirada por sus carnes flácidas y por su alejamiento de la estética apolínea. Sí le parecía bien que se desnudaran los jóvenes con sus cuerpos estilosos y sus contornos incipientes, aún a salvo de ese paso del tiempo que justamente ayuda a que la carne tenga sentido y a que la belleza sea algo más que lo que muestra la mera presencia. La desnudez es siempre hermosa si hemos aprendido a educar a nuestros propios ojos. Cuando se acumulan recelos, frustraciones, envidias o malandanzas afearemos todo con nuestra propia mirada. La negación de la cultura también te va alejando de ese encuentro diario con la hermosura. Cómo explicarle a ese troglodita que es justamente la arruga de los años la que termina estremeciendo en las caricias.

Conviene recuperar la deportividad de la vida diaria. Durante años nos enseñaron a competir; pero de repente se están acabando aquellos rivales que fueron forjando porque cada vez hay menos que ganar, o ya no sabemos dónde hacerlo. Entonces es cuando empiezas a mirar a tu alrededor y te encuentras desorientado, y además ves que la mayoría de la gente que te rodea anda más o menos como tú. ¿Dónde competir? ¿Contra quién? ¿Para qué? En aquellas aulas nos enseñaron a sacar sobresalientes no para que aprendiéramos sino para que fuéramos empezando a rellenar el futuro currículo que nos abriría todas las puertas. Corría el dinero fácil y de colores más bien oscuros y nadie se preguntaba de dónde venía o adónde iba. En eso el dinero se parecía a la propia vida humana: era una especie de misterio que casi no nos planteábamos para no resquebrajar aquellos sueños de nuevos ricos. Pero un día despertamos a la realidad y nos dimos cuenta de que no nos valían los mensajes del pasado. Aquí no queda otra que recuperar el espíritu Coubertain cuanto antes. No hay que saber ganar sino saber participar: no hay que competir sino convivir: no hay que esperar milagros inmediatos sino ir recreando pequeños sueños cotidianos y, sobre todo, no podemos perder nunca la capacidad de sorpresa diaria que nos detenga ante las pequeñas cosas. Nunca sabes qué te vas a encontrar cuando sales de la cama o de tu casa, y lo que quiera que te encuentres siempre estará bien y será transitorio. No pasa nada porque a veces llegues el último si entiendes que tu única competencia es el camino que te has marcado. Recuerda siempre el corrido mejicano: aquí lo único que vale es saber llegar. Y cada uno debe aprender a descubrir su propio camino para ser feliz. La meta está en cada nuevo paso que adelantes. No mires más lejos. Participa intensamente de la vida mientras puedas hacerlo.

La vida es ir de una desmemoria a otra desmemoria. Llegas sin saber de dónde vienes y te marchas sin recuerdos ni ataduras. Solo nos queda amar para compensar tanto misterio. Por eso nunca viene mal que se dedique un día a celebrar el amor. Da lo mismo su finalidad comercial o lo cursi que resulte a veces su insistencia. En Inglaterra se vive el día de San Valentín desde muchas semanas antes. Al margen del amor, conmemoran que en estas fechas es cuando los pájaros comienzan a aparearse, y de alguna manera también celebran el anticipo de la primavera que se atisba en el horizonte después de meses sin ver el sol. Lo primero que te emociona cuando solo has visto nubes grises durante mucho tiempo es la aparición de las primeras flores en los parques, habitualmente tulipanes, en medio del verde y del barro. Los que nos criamos en regiones meridionales no solemos valorar esa luz y esa vegetación colorista que nos acompaña a diario. Si lo hiciéramos, aprenderíamos a esbozar una sonrisa de agradecimiento por esa suerte inmensa que va coloreando cada una de nuestras miradas, incluso las miradas de los días en que somos nosotros los que estamos tan plúmbeos como esos cielos londinenses de diciembre. Creo que la felicidad se alcanza cuando uno sabe encontrar su propia luz en sus adentros, y cuando somos capaces de no dejarnos embarullar por los ruidos, los embustes y las mediocridades. También cuando se ama casi de puntillas, como caminan los pájaros sobre la arena de la orilla, igual que se va acompasando el mar para navegar como si fuese eterno.

Cuando sales de la cama se enciende el mundo, la luz de la mañana empieza a tener algún sentido y vas reconociendo, una a una, todas las palabras. Nos ajustamos al estado de ánimo diario, a la suerte que nunca sabemos si amanecerá a nuestro lado, y a todos esos asuntos pendientes, supuestas citas ineludibles, que ocupan buena parte de nuestros parcos horarios cotidianos. Queremos vivir presagiando los días que nos quedan. Y esos días solo son espejismos que escapan a nuestra mirada. No valen para nada las notas que dejaste escritas ayer; tampoco te servirán las letras que quieras escribir mañana.Traza lo que te quede por vivir con la tinta palpitante del presente. Solo eres la palabra que pronuncias cuando escribes. Si acaso quedará el eco de un anhelo palpitando en el tiempo.

Llevo conocidos cuatro Papas y ninguno de ellos se me ha parecido a Dios. No se trata de creer o no creer. No han sido espejos de ningún compromiso necesario, ni han renunciado a sus comodidades vaticanas. Tampoco han perseguido como debían la pedofilia que ha ido carcomiendo la credibilidad de muchas sotanas. Sí creo en muchos de los mensajes de Jesucristo que me transmitieron de niño y que me ayudaron a entender que el amor sin límites es el único camino que hay que seguir en esta vida. Aprendí, aunque me tachen de cobarde los pendencieros y los sietemachos de pacotilla, a poner la otra mejilla muchas veces, y siempre he tratado de mantener como sentido de mi existencia el amar al otro como me debería amar a mí mismo. No voy a misas ni me doy golpes de pecho por áureos templos. Me quedo con la espiritualidad que también se nutre de sabios mensajes budistas y filosóficos, del zen que todo lo enseña con la contemplación y el silencio, o de los ojos que me van amando. Todo lo demás es una mercadería casi siempre innoble de lo que era bello, fundamentalismos irracionales, luchas de fácticos poderes vaticanos, justificaciones de la pobreza por castas interesadas, racismos e insolidaridades. Cuando hay muchos que no tienen nada, no es admisible que alguien duerma entre doradas paredes rodeado de lujos vergonzantes. Me quedo con los cristianos de a pie, con los que se juegan la vida en las misiones o en favelas marginales de ciudades sin ley. Los otros solo son parte de ese mundo de mentiras y latrocinios que espero que podamos ir desmontando poco a poco entre todos en los próximos años. Los únicos disfraces que concibo son los que hacen más divertidos los carnavales. Toda esa parafernalia papal que nos espera resultará aún más grotesca en medio del caos, del desempleo y del hambre. No habrá fumata que nos salve mientras sigan mandando la banca vaticana y el boato.

En los museos uno no solo admira las formas y los trazos de los retratados. A veces, en lugar de fijar tu atención en la belleza de una modelo o en el gesto adusto de un gobernante, los ojos se te van detrás de los paisajes o de las escenas cotidianas que están al fondo del cuadro. Te sorprende el humo difuso que sale de una casa lejana, el perro que está echado debajo de un árbol, la nieve que cubre de melancolía una ciudad desconocida o los seres anónimos que surcan la tierra o pasean por callejones mal iluminados. Muchas veces, no nos damos cuenta de que son esas escenas casuales las que logran que nos detengamos ante un determinado cuadro o las que nos hacen regresar al mismo museo cada vez que volvemos a la ciudad que lo acoge. Turner en Londres, Manet en París, Vermeer en Amsterdam, Hopper en Nueva York, Goya en Madrid o Fra Angelico en Florencia logran inmortalizar esos momentos en los que las ciudades no saben que están siendo retratadas y actúan sin poses, con la naturalidad con la que sigue acaeciendo la vida a nuestro alrededor cuando no nos sentimos los centros del mundo. Si te alejas un poco y miras con perspectiva verás que los paisajes continúan su devenir al margen de nuestras preocupaciones o nuestras alegrías. La vida se escribe realmente en esas lejanías que están detrás de los palacios, de los hoteles o de las habitaciones de paso que inmortalizan los pintores. También queda en el fondo de las miradas de todos los retratados, en esos brillos que tantas veces nos cuentan sin palabras la felicidad o el desamparo de quienes nos observan fijamente. Da lo mismo que esa mirada la encontremos en un cuadro, detrás de un mostrador o enfrente de nosotros mismos cuando nos asomamos a un espejo. Ese fondo es realmente el que traza las líneas maestras de nuestra historia, el pie de rey que mide la distancia que nos aleja o nos acerca a nuestra propia felicidad.

Hay palabras que si no pronunciamos se nos van perdiendo en la amnesia del desuso. Quedan por nuestro cerebro buscando un hueco en el que cobijarse. Algunas ni siquiera las volveremos a pronunciar. Trata de hacer memoria y verás que hay cientos de palabras que dejaste en el olvido. Algunas fueron modismos, otras venían de nuestros antepasados ya casi moribundas, o aparecían en las lecciones del bachillerato, no sé, por ejemplo virgulilla, polisíndeton o coseno. También se quedaron enganchadas en muchos juegos de la infancia: boliche, guá, cojinete, triciclo, lanzadera...Somos olvidadizos y al mismo tiempo mantenemos una memoria de elefante que nos sorprende cada dos por tres. Basta un fogonazo del recuerdo, un sonido o un olor para que rebroten palabras en medio de la confusión de la desmemoria. Ayer, una señora corrigió al empleado de una heladería que le decía si quería vasito o cono. Ella le dijo que el cono era algo que solo había escuchado en geometría, que para ella era cucurucho lo que el otro, creyendo que hablaba finamente, llamaba cono. Prometo reivindicar siempre la palabra cucurucho: es evocadora, suena de maravilla, y hace que la vida parezca un juego o un sabor de helado que nos devuelve a la infancia. Pero hay otras palabras parecidas que hemos dejado morir como se hubiera muerto el cucurucho de toda la vida en esa heladería. Hoy me acercaré y se la repetiré al heladero indicándole los sabores que elija. Me reconozco casi adicto a los helados. Siempre me ha parecido la magdalena proustiana de los que nos criamos en los aledaños de los trópicos, el sabor que evoca mil recuerdos placenteros y que serena los días más revueltos. Al final uno sueña en la noche lo que piensa por el día; también acabas pronunciando las palabras que no dejas que se lleve nunca el olvido. Cucurucho, por ejemplo, o mantecado, o corte, o corneto. No dejemos que el helado también se convierta en una cursilada o en un eufemismo.

Hace unos meses coincidíamos corriendo casi todos los días en el Parque Romano. El jugador de baloncesto Xavi Rey salía de una grave lesión y corría cada mañana junto al preparador físico del Herbalife Gran Canaria, Juanjo Falcón, tratando de recuperar la agilidad muscular y el fondo físico que le permitiera regresar a la competición. Se entrenaba al margen del equipo, recién salido de una operación, concentrado en un futuro entonces enigmático y supongo que también lejano cuando veía que apenas podía esprintar o saltar como lo llevaba haciendo toda la vida. Después de correr realizaba todos los ejercicios que le iba marcando Falcón. Ahora, cuando lo veo en Vitoria convertido en el baluarte de su equipo, imponiéndose al resto de jugadores por su fuerza, su agilidad y su coraje, me quedo con aquella imagen de la soledad y de la abnegación que iba rodeando pacientemente el Parque Romano cada mañana.
Junto a él, como digo, iba alguien que creo que es clave en los éxitos del Gran Canaria a lo largo de todos estos años. Juanjo Falcón lleva de preparador físico desde la época de Manolo Hussein. Siempre ha estado en segundo plano, discreto como lo era desde niño, trabajador, y totalmente entregado a su pasión por el deporte. Nos conocemos desde la infancia y hemos jugado a baloncesto juntos durante muchos años. Siempre quiso dedicarse profesionalmente al deporte de la canasta. Estudió dos carreras, ha viajado todo lo que ha podido y habla varios idiomas. Esta noche, cuando vea entrar a la cancha a los jugadores que él prepara físicamente cada semana, sentiré el orgullo de amigo y la satisfacción de comprobar que quien se empeña en conseguir un sueño habitualmente lo consigue.
Pero me quedo con esa imagen mañanera del mes de noviembre, con Xavi y Juanjo corriendo lentamente, casi contando cada uno de los pasos, para lograr la preparación necesaria que le permitiera al pívot jugar como lo está haciendo ahora. La suerte, digan lo que digan, es para quien se la trabaja lejos de los focos y de los oropeles. También he coincidido muchas veces corriendo con el entrenador del equipo, Pedro Martínez. Viene por su cuenta y lo ves trotar con la mirada fija en el horizonte. Cuando coinciden tantos corredores de fondo en un mismo grupo creo que resulta más fácil llegar a la meta. Por eso confío mucho en el Gran Canaria. Lo que han logrado no es más que la suma de muchos pequeños pasos que a la larga se están convirtiendo en un gran sueño.

Nadie es inmune. Ese es el título de la muestra que expone Marina Vargas en el Centro Atlántico de Arte Moderno. Forma parte de una exposición conjunta que recomiendo vivamente (junta a ella están Saint-Clair Cemin, Paco Guillén y Davinia Jiménez) y que estará abierta hasta el próximo domingo. Me impresionaron dos esculturas de Vargas: el gran caballo rojo con los ojos vendados y La Piedad. El primero te detenía ante la elegancia siempre altiva de los equinos, al tiempo que rastreaba el erotismo en los colores y en los desnudos que lo acompañaban. También era aquel caballo de cartón que todos anhelamos en la infancia, ese sueño que recreamos toda la vida sin encontrarlo, o que vemos cómo se desmorona una y otra vez cuando queremos descubrir lo que realmente tiene dentro.
La Piedad ya había detenido mi mirada cuando la encontré a primera hora de la mañana en el muro de Facebook del escultor Manolo González (alguien que también logra impresionarme cada vez que me tropiezo con sus creaciones, con esos cuerpos flotantes que el metal parece que vuelve eternos, o con ese Tritón que menos mal que van a subir unos metros para que todos podamos imbuirnos de su belleza y de sus formas oceánicas cuando entremos y salgamos de Las Palmas de Gran Canaria). La piedad de Marina Vargas no tiene nada que ver con las que he visto a lo largo de mi vida. Siempre me han conmovido las esculturas de Miguel Ángel que recreaban ese dramático momento, sobre todo la de Milán y la del Vaticano; pero la que pueden ver en el CAAM les aseguro que detendrá sus pasos y les dejará con esa sensación de plenitud y desasosiego que dejan las obras de arte cuando logran emocionarnos más allá de lo aparente. Se expone en el centro de una sala, con la iluminación precisa para resaltar las formas y los gestos, y sin nada más que distraiga la mirada. Pero en este caso varía la composición y es el hijo quien sostiene a la madre muerta. Se refleja la misma entrega, el mismo dolor y esa angustia de quien lo ha perdido todo y no halla consuelo en ninguna parte. También aquí aparece alguien que está vivo tratando de salvar de la muerte lo que más quiere, y para ello agarra con todas sus fuerzas y clama a ese cielo que al final hace oídos sordos cuando rogamos desesperados que no se lleve a nadie para siempre. Al mismo tiempo, la Piedad transmite la entrega absoluta de quien ama con toda el alma. Quien realmente nos quiere nos sostendrá en todas las caídas. Por eso a los amigos y a los amores solo los reconocemos cuando llegan las derrotas y los días en que no tenemos casi nada que ofrecer. Esa entrega sin límites es la que hace que el mundo siga siendo habitable y acogedor. Sin abrazos nos mataría el frío de la soledad y el desaliento. Una palabra, una mano que nos acaricie, una mirada cómplice. Hay mil formas de abrazar. El amor sin límites es el que encontramos en ese cuerpo que se aferra fuertemente a otra vida que ama aun más allá de la muerte.



La vida no se detiene. Somos nosotros los que a veces nos paramos creyendo que con nuestras demoras estamos refrenando el tiempo. Es mentira que no pase nada si te mantienes fuera del mundo una temporada. Basta con que estés dos semanas sin ver un telediario o leer un periódico para que no entiendas nada de lo que está pasando. Es cierto que la historia es cíclica y que al final solo cambian los nombres: varía el que roba, el que mata, el que ama o el que construye; pero, en esencia, el cuento es siempre parecido. Aun así, si te alejas mucho, puedes perder las referencias de lo que está sucediendo. Lo que pasa es que uno a veces no sabe dónde ubicarse. Unos días tienes ganas de salir corriendo y no volver a asomarte al presente en mucho tiempo y otros días tratas de entender lo que está pasando sin saber que al final es tal el enredo que no logras llegar a ninguna parte. También es verdad que lo que nos cuentan no es todo lo que está sucediendo. Por cada Bárcenas hay miles de voluntarios trabajando altruistamente en muchos proyectos sociales. Y a esta hora se levantan millones de personas que van camino de su trabajo diario o que buscan la manera de encontrarlo. Nunca triunfó un periódico de buenas noticias. Pero no debemos olvidar que, a pesar de los enredos de los canallas, la guagua aparece en el horizonte, los niños hacen cola en la puerta del colegio y alguien ha estado toda la madrugada amasando el pan que ahora comes en el desayuno. Siempre es lo cotidiano, lo anónimo, lo que salva la vida diaria, esos pequeños esfuerzos que hacen muchos para compensar lo que se empeñan en ir destrozando unos pocos.

Olvida las metas y disfruta de los caminos. Y cuando llegues a alguna parte busca cuanto antes un nuevo horizonte que te permita seguir caminando. El brillo de las miradas nunca es innato. Hay viejos con ojos resplandecientes y jóvenes de mirada casi opaca. La curiosidad nos mantiene vivos, y para ser curiosos hay que estar siempre atentos. No pases por ninguna calle pensando que ya lo tienes todo visto. Tampoco dejes nunca que nadie amarillee tu tiempo.

Si el domingo nos quitaran las lecturas quedaríamos huérfanos de nuestras propias emociones. Los domingos compramos los periódicos o nos sentamos tranquilamente a leer el libro que casi no hemos podido hojear durante la semana. Uno se levanta sabiendo que no hay clases en los colegios y se siente de nuevo aquel niño que al despertar descubría que no tenía que salir corriendo a encerrarse en un aula. Esa sensación la mantenemos toda la vida, por eso nos entristecen tanto las tardes de los domingos. De alguna forma siguen siendo la antesala de aquellos lunes que acorralaban el alma de nuestra infancia. Hasta hace dos semanas, quienes querían leer, o quienes no tienen en estos momentos dinero para comprar libros o periódicos, se acercaban a la Biblioteca Pública del Estado a mantener a salvo esa ritualidad dominical de la lectura. Pero ya no es posible ese "lujo" porque el Gobierno de Canarias ha reducido drásticamente el presupuesto destinado a las dos grandes bibliotecas capitalinas. Ni abrirán los domingos ni tampoco podrán comprar libros durante 2013. Si no lo remedian estos días, la partida para esas compras solo contiene un cero en esa frialdad presupuestaria que se está llevando por delante todo lo que vale la pena.
El cierre, además, coincide con la apertura dominical de los comercios de la zona. Ese devenir creo que deja muy a las claras las intenciones de nuestros gobernantes: que piensen menos y que consuman más, que paseen mirando los escaparates de los centros comerciales en lugar de estar pendientes de los anaqueles de las bibliotecas. Por eso el pasado domingo nos juntamos en la puerta de la biblioteca decenas de usuarios. Llevamos nuestras sillas, nuestros periódicos y nuestros libros. Lo único que hicimos fue leer. No concebimos un acto más revolucionario. Somos muchos los que todavía creemos en la revolución a través de las palabras. La lectura no nos hace ni más sabios ni más inteligentes: creo que lo que consigue es que seamos un poco más felices. También me parece que nos hace mejores personas. Te pones todo el tiempo en el lugar del otro y aprendes a relativizar lo que te pasa porque sabes que todos los finales terminan siendo perfectos. Incluso los finales abiertos. Por eso confiamos en que la barbarie no termine enterrando también a las palabras.


Recuerdo que lo que más me gustaba era el olor. Se asemejaba al del hilo carreto con el que se cosían los balones que llamábamos de reglamento. Nos lo poníamos en el cuello mucho antes de conocer los puestos de hippys del Parque Santa Catalina o de Picadilly Circus. Ayer me encontré la plaza de Santo Domingo de Vegueta convertida en una fiesta con turrones de Moya (no eran de La Moyera, ahora esas cajas siempre mágicas, que para los grancanarios son el anticipo de cualquier fiesta, lo primero que aparece y lo último que se va, se anunciaban como Mederos), algodones de azúcar, jareas, golosinas y dulces. Qué poco hace falta a veces para que cambien los escenarios cotidianos. Todo el mundo venía a buscar el cordón de San Blas. Hacía frío; de ahí me imagino que viene su atávica condición de protector de afecciones de garganta. Me acerqué y cogí algunos. Según me llegó su olor regresé al pasado. Nos gustaba tenerlo puesto todo el día, era como un reto, y ni siquiera en las peleas nos atrevíamos a arrancárselo al contrincante. Lo que más ilusión nos hacía era poder quemarlo luego el Miércoles de ceniza: quemábamos el cordón de San Blas y luego íbamos a que nos pusieran una cruz tiznada en la frente. Y les aseguro que me críe entre Guía y Agaete, no en Macondo ni en Comala. Probablemente de todos esos ritos venga luego mucho de lo que escribimos ahora. La vida estaba llena de atavismos que iban más allá de lo cotidiano. Para nosotros era parte del juego. Vivir era un verbo que solo tenía sentido si encontrabas algo nuevo cada día. La monotonía llegaba luego en las aulas, ese cortafuegos de la infancia que ya te deja cumpliendo horarios y pagando impuestos toda la vida. Uno quisiera a veces quemar muchos cordones de san Blas que dejaran atrás los malos tiempos. No recuerdo en qué momento dejé de colgármelo en el cuello cada febrero. Toser, cuando no había penicilina, era un anticipo del pánico. Nosotros llegamos después de Fleming, por tanto el cordón ya solo era parte de los juegos y de los ritos de la infancia. Me lo voy a colgar del cuello nuevamente. Ya me agarro a un clavo ardiendo para salvar mi voz. Hoy más que nunca necesitamos que nuestras voces se mantengan a salvo en medio de todo ese fango pestilente que revuelven cada día los periódicos y los telediarios. Quemaré ese cordón cuando llegue el momento y dejaré que la ceniza desaparezca entre mis manos como si fuera una metáfora del tiempo.

Desde Sócrates sabemos que sin hacernos preguntas nunca podremos encontrar las respuestas que estamos buscando; pero esa dialéctica socrática y universal que es imprescindible para el periodismo se está quebrando cada vez más. Todos quieren contarnos su versión sin que haya nadie que cuestione las dudas, más o menos razonables, o sin que se puedan formular en alto las preguntas que nos estamos haciendo. Sin preguntas nunca se podrá llegar a ninguna verdad contrastada, y todo quedará siempre bajo sospecha, confuso, como quieren que permanezca todo el caso Bárcenas para ver si el paso de los días, o la llegada de otras noticias impactantes, diluyen el escándalo. La intervención de ayer de Rajoy, negándose a que los periodistas preguntaran, se parece a esos discursos televisados que tanto estilan los sátrapas de ambos extremos. Si temes una pregunta es porque sabes que igual te puedes quedar sin respuestas, y si te quedas sin respuesta sobre tus propias actuaciones te incapacitas de inmediato. De lo poco que conservo de mis años en Derecho recuerdo lo que nos decía el profesor de Romano: "no es cierto que quien calle otorgue; solo quien calla pudiendo y debiendo hablar es quien realmente otorga". Y en este caso Mariano Rajoy, negándose a que le pregunten los periodistas, está consiguiendo que tácitamente todos nosotros sospechemos de sus silencios y saquemos nuestras conclusiones de los papeles que sí nos ponen delante. Quedan muchas preguntas sin respuestas, y quien no las responde pudiendo y debiendo hacerlo otorga tanto como quien calla pudiendo y debiendo hablar. Solo entendemos el silencio de las estatuas o de los culpables.

Hoy cumple cien años. Es como si el siglo veinte envejeciera de repente. La Grand Central Terminal de Manhattan la llevamos viendo en películas toda la vida (bueno, en realidad casi todo Manhattan es siempre una película que uno ha visto antes muchas veces, un constante déjà vu del celuloide). Impresiona encontrarse una estación de trenes con tanta suntuosidad, tanto mármol y tanta belleza escondida en cualquiera de los muchos rincones que te permiten estar solo en medio de la muchedumbre. La Estación Central viene a ser en Manhattan lo que pudo ser el puente Vecchio en Florencia, el Ágora en Atenas o el Gran Bazar en Estambul. Todo el mundo pasa alguna vez por su subsuelo comercial e iluminado antes de subir en trenes que puedan cambiar el destino diario. Si te pierdes, siempre puedes acabar en el encanto del Oyster Bar que se esconde entre esos recovecos misteriosos, o deambulando entre tiendas de productos exóticos a las once de la noche. Si miras a los ojos de la gente solo descubrirás que aceleran sus pasos o que bajan sus miradas temiendo reconocer en ti a uno de los muchos locos sueltos que te encuentras por las calles hablando solos con las bolsas de basura o con las alturas interminables de los grandes edificios. Volvería mil veces a Nueva York para soñar que puedo cambiar mi destino cada vez que entro en esa estación que hoy cumple sus primeros cien años. Reconozco que esa ciudad tiene una magia y una energía que te transforma de inmediato según te pierdes entre los rascacielos o cuando dejas que tus pasos sigan la senda de la aventura diaria. En esa estación, además, uno puede escuchar las voces de un lado a otro como soñábamos de niño. Da lo mismo el bullicio y la distancia: las bóvedas llevan tus palabras hasta el oído de quien las espera en el otro lado de la estación. Por eso supongo que todo lo que decimos también se queda para siempre en esa otra bóveda infinita que es el universo. Y, quién sabe, a lo mejor algún día, dentro de miles de años, alguien nos escuchará pronunciar el nombre de quien tanto amamos o la canción que entonamos cuando quisimos ahuyentar alguna malquista soledad. Realmente no sabes nunca adónde terminan yendo tus palabras. De alguna manera se asemejan a esos trenes que salen de las estaciones y que se adentran en el subsuelo en busca de otros andenes poblados de nuevas miradas y de nuevos sueños.

Hoy se clausura la exposición "12 fotos para 2013" en Espacio Cultural (calle Enmedio,1), en Las Palmas de Gran Canaria. La muestra, que aún puede verse entre las seis y las ocho y media de esta noche en la sala que coordina Javier Betancor, está organizada por Antonio P. Martín y reúne a muchos de los más destacados artistas visuales de Canarias. Quienes tengan la oportunidad de visitarla, no deben perderse este acercamiento a la mirada de quienes llevan años tratando de buscar más allá de las evidencias o de esas prisas que habitualmente terminan alejando la belleza. Encontrarán fotografías de Javier Betancor, Macarena Nieves, Teresa Correa, Roberto Canedo, José Juan Torres, Tato Gonçalvez, Juan Antonio Giraldo y Carlos A. Schwartz, junto a trabajos conceptuales de Jorge Ortega, Paco Rossique, Francis Naranjo y Joaquín Artime. En estos días en que mires donde mires solo ves sobres vergonzantes, comisiones filibusteras o cifras macroeconómicas desoladoras, conviene acercarnos a otros lados de la realidad que también están delante de nosotros invitándonos a la emoción y a la búsqueda. Si perdemos la capacidad de mirar la vida como un escenario en el que cada cual puede proyectar su propia sombra nos quedaremos eternamente alienados. Nos salva el arte. Las grandes crisis no solo han derivado en grandes catástrofes bélicas o políticas; también despiertan la necesidad de buscar más allá de lo que nos han enseñado. Un artista es aquel que jamás se rinde en esa búsqueda, por eso encuentra siempre aun en medio de la maraña. Cuando visites la exposición deja los titulares de periódico y los prejuicios en la puerta de la calle. A pesar de los indeseables, en estos momentos también está saliendo el sol. Hay humanos que convierten lo que tocan en algo casi sagrado y otros que siguen ensuciando los caminos por donde pisan. Siempre ha sido así: Nerón y Séneca. Fernando VII y Goya. Hitler y Picasso. Todos convivieron bajo el mismo cielo; pero cada uno optó por lo que optó para perpetuarse.


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