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Archivos Enero 2013

Entre los sobres, los yernos reales y las mentiras cualquier día de estos nos instalan el apocalipsis en el salón de nuestra propia casa. Si enciendes la tele y te mira un telediario busca rápido todos los antídotos atávicos que te sirvan para los males de ojo o maldiciones similares. Las noticias disparan a matar últimamente, y la desvergüenza política, en este caso con el caso Bárcenas, nos devuelve al sainete y a la picaresca de la que a lo mejor nunca habíamos terminado de salir del todo. Lo único positivo de todo este latrocinio vergonzante que nos están contando es el papel que ha vuelto a jugar ese periodismo al que muchos se empeñan en querer darle matarile. Si desapareciera, que es lo que sueñan todos los Bárcenas del mundo, y teniendo en cuenta las pocas garantías que últimamente ofrece la justicia, nos terminarían de quitar lo poco que nos han dejado después de haber cargado fardos incontables de dinero negro a Suiza. Todo lo que ha salido a la luz ha sido gracias al periodismo, al de toda la vida, al que le cuenta a la gente lo que hace la gente (Scalfari) con datos veraces y con el contraste de las fuentes. No estaba muerto, como muchos se empeñaban, y lo digital, al contrario de lo que opinaban los agoreros, no ha hecho más que amplificar su influencia: llegado el momento de la verdad solo nos salva la información y la libertad de que nos la puedan seguir contando. Si El País y El Mundo coinciden en jugarse querellas con lo que están desvelando es porque saben mucho más de lo que han publicado. Sucedió lo mismo con el caso Urdangarin: al principio fue un cuentagotas que nos escandalizaba por sorprendente y porque, por vez primera, lograba zafarse de la censura de la Casa Real. Ahora creo que estamos viviendo algo parecido. El caso Bárcenas puede ser el principio del fin de la política que hemos permitido en España durante varios lustros. No vale generalizar porque hay muchísimos políticos honrados que ahora mismo son los más dolidos con lo que está pasando; pero no se nos puede esconder que cualquiera de nosotros sospecha también de muchos presuntos Bárcenas en nuestros entornos más cercanos. Ese todo vale que se amparaba en la opacidad informativa está tocando a su fin. El periodismo, unido a la amplificación inmediata y participativa de las redes sociales, ha empezado a revolucionar una realidad que creíamos irrecuperable y que solo estaba esperando a que alguien destapara toda la basura que estaban escondiendo debajo de las alfombras o de esas nieves suizas que llevan décadas blanqueando la negrura ética de muchos sinvergüenzas.

La otra tarde un niño me recordó que la valentía no es más que un necesario extravío de los miedos que nos fueron imponiendo. Mantenemos toda clase de temores que no sabemos siquiera de dónde provienen. Ese niño estaba subido a un muro en la zona de Las Canteras y le preguntó a su padre si podía tirarse desde él. La altura no era considerable, pero sí suficiente como para darse un pequeño talegazo si no caía correctamente, y sobre todo si se tiraba temeroso y encogía los músculos que debían amortiguar esa caída. Su padre le respondió con toda naturalidad que si él creía que podía tirarse se debía tirar y que si no lo veía claro que no lo hiciera. El niño se quedó unos segundos pensando, mirando el pequeño abismo que tenía delante, y dudando entre claudicar y bajar gateando por la parte trasera o saltar a la aventura. El padre se giró un poco para no influir en su decisión, pero se le notaba inquieto. Así y todo supo disimular: sabía que su hijo se estaba jugando muchas decisiones futuras en ese salto. No era un niño muy espabilado, ni tampoco tenía pinta de gran deportista. Miró al cielo, nos miró a nosotros, trató de reconocer las intenciones del padre y de repente se lanzó al vacío con cara de asustado. Trastabilló en la caída, pero logró mantener el equilibrio y la dignidad de quienes saben que han llegado a una meta importante. Se le notaba orgulloso de sí mismo. Abrazó a su padre y no dejaba de contarle los detalles de aquel vuelo. Si estando arriba le hubieran pegado tres gritos para que bajara de inmediato, o si le hubieran atemorizado con los riesgos de las fracturas o las heridas, yo creo que estas horas ya sería otro prematuro adulto timorato incapaz de afrontar su propia vida. Nuestro destino se escribe -o se escribió- a veces en esos pequeños retos diarios. Y se sigue escribiendo. Muchas veces no queda más remedio que saltar a un vacío que no vemos nada claro si queremos llegar a saber de lo que somos capaces. No importa que en algunos de esos intentos salgamos un poco malparados. Lo lamentable es que vivamos siempre huyendo de nuestras propias posibilidades. Al final llegará el momento en que nos obliguen a dar ese salto si queremos seguir sobreviviendo; pero lo bueno es hacerlo por nosotros mismos cada vez que tengamos una oportunidad. Incluso las estrellas caen de vez en cuando y no pasa nada. Sigues su estela luminosa deshaciéndose en el cielo y luego ves cómo desaparecen en medio de la nada. También nosotros acabaremos igual que esas estrellas algún día, pero mientras tanto deberíamos atrevernos a ser felices sin medir tanto las consecuencias de las posibles caídas que podamos sufrir en los intentos. Si te asustas y siempre te das la vuelta te estarás perdiendo las sensaciones de tus propios vuelos. Y el miedo, como aprendió ese niño la otra tarde, no es más que una duda que nos retiene sin sentido cuando solo hay que saltar para seguir viviendo.

Ayer le comenté a un amigo que quería escribir algo de los kiwis. Me miró raro, como si escribir de un kiwi fuera casi una herejía. Yo le dije que llevaba casi treinta años desayunando una pieza de esa fruta cada mañana y que nunca le había escrito una sola palabra. Sí le he escrito al té, al pan, al gofio, a la leche (aunque no sé si a la leche de avena) o al agua. Me parecía injusto ese olvido. Al fin y al cabo los alimentos que tomo en el desayuno son los que luego nutren a todas las palabras que escribo medio somnoliento antes de que amanezca (en ese espacio, breve como aquella canción de Pablo Milanés, en que se cruza el sueño con la realidad). Cualquiera de esos kiwis que pelo cuidadosamente después de lavarme las manos y la cara (la cara, aunque sea el espejo del alma, no me la lavo para pelar el kiwi sino para espabilarme) ha viajado mucho más que yo. No es fetichismo, pero cuando es la temporada suelo elegir los kiwis neozelandeses. Algunas mañanas me paro, lo observo y a veces le recuerdo (ya puestos prefiero hablar con la fruta antes que hablar solo) la de avatares que han tenido que suceder para que él saliera desde las antípodas y resistiera navegaciones, solajeros, noches frías o plagas antes de llegar a mi mesa. Y de alguna forma, cuando me lo como, yo también me estoy comiendo todas esas aventuras; por eso creo que lo que escribo tiene a veces reminiscencias de las antípodas, o muchos trasuntos oceánicos. Los kiwis, además, tienen un halo melancólico cuando los observas juntos en un plato, como si se refugiaran los unos en los otros para sentir el calor de añoradas tardes neozelandesas. También siento que su verde recorre mis propias esperanzas cuando escribo esperanzado, o que su cítrica pulpa se funde en mis entrañas y aflora luego en todo lo que pienso e incluso en los colores que va reconociendo mi mirada. El exotismo del kiwi, cuando lo comes o cuando lo escribes, deja un regusto dulce y ácido que se asemeja a la vida.

Casi siempre pisas sobre otros pasos olvidados,
incluso pisas sobre tus propios pasos cuando eras otro,
en un día diferente, con una luz más o menos intensa.
No dejamos marcadas nuestras huellas en ninguna parte.
Ni el barro ni el cemento eternizarán las pisadas.
¿Para qué mirar atrás entonces si ya no hay regreso?
Solo quedan sombras de presencias que no existen,
escarcha que desaparece entre tus manos.
Y si te dicen que llega el olvido
diles que tú también formas parte de su trama.
Los recuerdos solo son boleros que resuenan en el alma.

La derrota nunca se puede valorar en la inmediatez de lo perdido. Suele ser el tiempo el que descubre lo necesaria que fue esa caída para que despertaras o para que cambiaras de rumbo. No vale la pena desesperarse por nada. Todo, el oropel y la hiel de la derrota, es pasajero; y es conveniente recordarlo cada día para que no nos endiosemos en las alturas ni nos aliquebremos más de la cuenta en los subsuelos. Catarás la gloria y el fracaso. Nunca es todo funesto ni todo resplandeciente. Si te caes no tienes más que mirar a tu alrededor para encontrar motivos que te ayuden a levantarte de nuevo. Y te alzarás más sereno. Cada renuncia es un paso que adelanta a la sombra engañosa que quiere sentarse a detener el tiempo. Lo que pierdas hoy será lo que te ayudará a avanzar mañana. Caminarás mucho más ligero y mucho más sabio, y además podrás dormir con la conciencia tranquila de los buenos caminantes.

La lucidez es un fogonazo que a veces nos sorprende en medio de la calle echándonos abajo toda la trama que creíamos que era nuestra vida. Es ese momento en que ves claro que aquí no queda nada y que no vale la pena perder el sueño por ningún drama ni por ninguna recompensa. Pero ese deslumbramiento que encontramos de vez en cuando todos los humanos lo solemos dejar aparcado en el olvido. Por eso casi siempre preferimos que esas evidencias no nos impidan ir en busca de lo que supuestamente eran los objetivos que teníamos marcados antes de darnos cuenta de que buena parte de lo que nos dijeron que teníamos que conseguir para ser felices no era más que una gran trola con la que aniquilaron la sabiduría hedonista de nuestra infancia. Muchas veces los lúcidos acaban viéndolo tan claro que terminan locos en medio de un mundo confundido de sí mismo. Anoche, en el teatro Cuyás, hablaron de esos sueños que vamos confundiendo con la realidad. Isabel Ordaz, Alberto Amarilla, Itziar Miranda y Tomás del Estal representaron Lúcido, de Rafael Spregelburd, bajo la dirección de Amelia Ochandiano. Uno no sabía a veces si estaba en un teatro o en una recreación onírica, que quizá sea lo que en el fondo es el teatro cuando logra trascender más allá del escenario: un sueño dentro de otro sueño. Los actores interpretaron maravillosamente sus respectivos papeles. Nosotros, los que veíamos pasar la vida contada por otros, aún andamos metidos dentro de una tragicómica obra que te cambia el argumento cada vez que te duermes como se dormían aquellos camarones que acababan arrastrados por la corriente. Alguna vez lo vemos claro; pero ese mismo fogonazo de clarividencia nos deslumbra tanto que preferimos mantenernos ciegos antes que afrontar que somos vulnerables y que la vida, como todas esas obras que nos cuentan en los escenarios, es esencialmente inasible, efímera, sin asideros de certeza a los que agarrarse.

Si es verdad que todo se transforma, que nada se destruye, también debe ser cierto que todo avanza pero que nada que se termina perdiendo para siempre. Quién sabe, a lo mejor nuestras palabras quedan en algún lugar del universo recomponiendo los recuerdos que ya olvidamos. Ahora mismo suenan las campanas de la Catedral. A las ocho de la mañana, a las doce del mediodía y a las siete de la tarde, Vegueta es una fiesta de tañidos que te recuerdan que, pase lo que pase, el tiempo seguirá sonando en el eco de las calles. A estas horas, siendo sábado, casi no habrá nadie por el barrio. El único ajetreo lo encontrarás en los alrededores del mercado, pero en las plazas te puedes sentar a escuchar el canto de los pájaros y el zureo de las palomas que deambulan a tu alrededor esperando a que les caiga alguna miga de pan de tu mano. También verás aparecer a los primeros drogatas sonmolientos atravesando el barrio camino de Triana. Luego regresarán al mediodía con lo que hayan conseguido mendigando o aparcando coches y se perderán por otros barrios cercanos rebuscando dosis de muerte entre los callejones o las casas abandonadas. Y aparecerán decenas de chonis que pasearán como si retrocedieran un par de siglos cuando miran extasiados las fachadas y se dejan llevar por la quietud y el silencio del entorno. Mi perro saldrá dentro de un rato a rastrear todas las meadas de los otros perros que han paseado antes que él. Algunos gatos se desperezarán cuando salgan de debajo de los coches. Un cura caminará con sotana camino de la misa matinal. Le esperarán unas señoras de negro que se persignarán antes de entrar en la iglesia. Hasta la calle llegará el olor del incienso que tanto me gustaba de niño. También reconoceré las sombras de quienes pisaron antes que yo estos mismos adoquines. Y en una de las plazas decenas de personas estarán esperando a que abra un comedor social para tomar el desayuno. Cada día aparece más gente necesitada de comida. No me interesan las cifras del paro. Lo que me cuenta la realidad son esas miradas tristes que veo sentadas a diario en los fríos bancos de piedra de esa plaza. No hablan entre sí; parece como si cada uno se protegiera con su propio silencio del frío y del fracaso. Tampoco sé qué pensarán ellos de esos festivos tañidos de campanas.

De niño me dolían las piernas por las noches. No era de estar todo el día dando patadas a los balones o a las chapas, ni de trepar montañas, saltar muros o correr como si el horizonte fuera siempre una meta alcanzable. Me dolían porque se rebelaban contra su propio crecimiento. No querían dejar de ser pequeñas. Yo deseaba todo lo contrario y trataba de crecer con todas mis fuerzas para no tener que ir nunca más al colegio y para tirar más cerca de la canasta cuando jugaba a baloncesto. Luego mis piernas dejaron de quejarse y lo empezó a hacer mi cabeza. Ahora me recuerdan ese dolor de vez en cuando, sobre todo por las noches, cuando he ido acumulando en el cuerpo (y a veces también en el alma) los golpes cotidianos que no vi venir o que no esperaba. Pero esas piernas también saben que pueden saltar más lejos y escapar mucho más rápido de los lugares donde no se les ha perdido nada. Tampoco tienen que ir al colegio, y eso lo agradecen cada día dando algunos saltos matinales que hacen que los más cuerdos (o los que no recuerdan que fueron niños alguna vez) se giren y me miren como si no estuviera bien de la cabeza. No sé si dentro de poco, cuando empiecen a envejecer más de la cuenta, volverán a quejarse como lo hicieron en la infancia. Al final no hacemos más que ir estirando el cuerpo hacia donde nos lleve el devenir de nuestras piernas. Más tarde o más temprano nos terminan avisando si nos desviamos de nuestras propias rutas. Cada cual lleva consigo la brújula que le avisa hacia dónde está dirigiendo cada uno de sus pasos.

Cuando corres por la Avenida Marítima, sobre todo entre el Teatro y San Cristóbal, el oído de tu derecha recoge la escandalera de cientos de coches que no paran de circular a toda velocidad mientras el de tu izquierda recibe el estruendo renovador y mágico de las olas chocando contra la costa. Por un lado respiras el humo sucio de los vehículos y por el otro la brisa fresca y limpia del océano. Luego llegas a tu casa, te duchas y sales a enfrentarte con el trajín diario. Enseguida te das cuenta de que todo el rato te vas encontrando esa dualidad donde quiera que te muevas: el humo y la brisa, el que te ayuda desinteresadamente y el que te ahogaría si le dejaran hacerlo, el que te mira bien y el que te mata con la mirada, el que construye y el que destroza, el que dignifica la vida por donde pasa y el que solo sabe ir aniquilando sueños. Pero ahí ya eres tú el que decides qué es lo que deseas. Uno puede mirar donde quiera para preservar su propia felicidad. Los malvados se quedan sin argumentos cuando pasas de largo delante de ellos sin que te afecten sus ataques o su maledicencia. Es lo mismo que haces cada mañana si corres por la avenida: puedes estar pendiente del rugir de los motores de los coches o concentrarte en la música atávica y salina del Atlántico. Tú eliges.

Las grandes revoluciones se han gestado en los pequeños gestos. Las impresionantes palmeras canarias que están justo delante de la Biblioteca Insular, en el Monopol, le deben su presencia a Néstor Álamo. Néstor, que vivía en la calle San Marcos de Vegueta y tenía su estudio en la Peregrina, transitaba desde hacía décadas junto a aquellas palmeras que, en medio de la salvaje vorágine constructora, iban a arrancar de su lugar de siempre para ganar espacio para más cemento. Néstor se sentó delante de una de ellas y dijo que no se movía hasta que no se garantizara su preservación. Llegamos los periodistas, se asustaron los políticos, se lo pensaron dos veces los constructores y luego el resto de ciudadanos cayó en la cuenta de que todavía era posible detener la barbarie. Gracias a aquella espontánea rebeldía, los niños que han seguido naciendo en estos últimos veinte años han podido contemplar la belleza de unas palmeras que se reflejan majestuosamente en las fachadas cercanas. Ni estaba todo perdido entonces, ni lo está ahora. A veces solo hace falta que alguno de nosotros se siente pacíficamente para que todos le apoyemos. Si Néstor viviera hoy igual lo sacaban a porrazos; pero muchos Néstor juntos lograrían salvar muchas palmeras y sacar a la luz muchos latrocinios. También ayudarían a terminar con esta farsa cada día más alejada de la democracia.

La juventud se ha de renovar cada día si no la queremos perder para siempre. Da lo mismo la edad que se tenga. El amor, que también requiere de esa intención diaria para ahuyentar a la monotonía, es un ejemplo de que esa juventud no es más que un estado de alma: cada vez que te enamoras revives la ilusión de los diecisiete años, pero ya sin todo aquel desbarajuste hormonal que a veces nos impedía disfrutar de la energía vital y del optimismo de esa edad luminosa. Hace unos días recibí por Facebook la petición de amistad de mi tía Eladia García. Lo primero que pensé es que era una coincidencia de nombre y apellido, pero en cuanto vi la foto no me quedó duda alguna de que era ella. En esa foto aparece sonriente y risueña con una gran serpiente viva alrededor del cuello. Toda la vida había soñado con esa imagen y la hizo realidad el pasado año. Mi tía nació en 1925. Trabajó casi toda su vida como catedrática de Latín en distintos institutos de Gran Canaria y sigue viviendo con la intensidad que siempre le conocimos.
Con casi noventa años se presenta por Facebook para no perderse lo que está pasando ahora mismo en el mundo. Tuve la suerte de que me diera clases de Latín (y la mala suerte de que fuera la directora de mi instituto porque no podía fugarme ni un solo día). Aprendí de ella muchas de las palabras que ahora manejo a diario. Nos olvidamos del latín, pero los que estudiamos esa lengua sabemos que nunca seríamos capaces de escribir (y yo creo que de pensar) de la misma manera si no nos hubiéramos cruzado con aquel juego de declinaciones y sonoridades que lograban que el idioma se acabara confundiendo con la música más sagrada y emocionante. Con ella aprendí, sobre todo, la etimología de muchísimas palabras. Y aun hoy sigo aprendiendo de sus ganas de vivir y de ser feliz a pesar de los golpes, en algunos casos tremendos, que le ha dado la vida. Jamás pierde la sonrisa (la misma que derrota a los sinvergüenzas y que espanta soledades), ni deja pasar los días como si fueran repetibles. Siempre me encantó verla nadar mar adentro, y con ella fue con quien aprendí a dar mis primeras brazadas en la playa de Sardina. En estos últimos años ha elegido Agaete como lugar para vivir de cerca el mar y para no alejarse mucho de la belleza; pero luego te la encuentras por la noche en cualquier obra de teatro, estreno de ópera o concierto de música clásica de la capital. Le debía estas palabras hacía mucho tiempo. Tenía que contarle que su ejemplo fue clave para aquel grupo de adolescentes que manejó en los ochenta en el instituto de Guía. Tanto ella como el resto de profesores que tuvimos (María Teresa Ojeda, María Teresa Arias, Eduardo Perdomo, Paloma Bermejo, etcétera) nos cambiaron la vida y nos enseñaron a renovar todos los sueños cada mañana. Nos decían que el mundo no empezaba en Guía y acababa en La Aldea, y que estudiando y preparándonos podríamos llegar a ser lo que quisiéramos. También aprendimos que nuestra cultura es al final nuestro único patrimonio. Y que la única igualdad es la que nos ofrece a todos las mismas posibilidades de educación. Si esa premisa no se cumple jamás podremos hablar de democracia. Por eso la democracia peligra tanto últimamente, porque nos olvidamos de que son esos profesores tan maltratados por los presupuestos los únicos que consiguen que luego haya ciudadanos inteligentes y solidarios.

Los domingos al mediodía casi todos los solitarios suelen refugiarse en su casa. Es cuando más se nota su presencia en medio de familias que comen en las terrazas o de parejas que van cogidas de la mano. Entre semana pasan más desapercibidos porque las calles suelen estar atestadas y porque la gente sigue de largo camino del trabajo o de cualquier cita supuestamente ineludible. Ayer, sin embargo, me encontré a un solitario que caminaba solo por la calle a esas horas tan poco recomendables para los que habitan soledades. Yo lo veía desde una ventana y me daban ganas de bajar a la calle a aplaudir cada uno de sus pasos. Llevaba una barra de pan y el periódico. Sonreía y le perseguían decenas de palomas por la acera. Troceaba su pan recién horneado en uno de esos hornos eléctricos de las tiendas de veinticuatro horas y lo compartía con las palomas. Se notaba que las aves ya le conocían de otros domingos y que le esperaban ansiosas volando alicortas cerca de los escaparates. Ese hombre tendría unos cincuenta años. En el periódico que llevaba bajo el brazo iban escritas todas las corrupciones, los asesinatos y las cifras descorazonadoras de nuestra crónica diaria; pero aun en medio de esa desolación informativa y de su propia soledad no dejaba nunca de sonreír. Al final descubres que la sonrisa es siempre la que derrota a todos los sinvergüenzas y la que logra ahuyentar todas las penas. También a los crueles los deja totalmente descolocados. Aquel hombre le sonreía a la vida compartiendo su pan con las palomas. A lo mejor era lo único que le quedaba; pero sabía que solo cuando compartes puedes esperar algo. Estaba a salvo.

El tiempo pasa por las fotografías de papel amarilleando los contornos y ajando los colores vivos que en su día recogieron el brillo intenso de nuestros ojos. También nos dejan en evidencia con una vestimenta de la que renegamos, aun cuando en el momento en que el flash quiso atraparnos para siempre era nuestro polo, nuestro pantalón o nuestro abrigo preferido. A veces envejecemos peor en las fotografías que en la vida real. Por eso ninguna foto logra detener el tiempo, y si lo detiene nos convierte en grotescos o irreconocibles personajes confundidos en la engañosa ficción de los recuerdos. Ni siquiera las fotos digitales se salvarán de ese tránsito inevitable de los calendarios.

No estamos locos, ni cuerdos, ni somos blancos o negros, altos o bajos, ensimismados o grupales, o más o menos vulnerables. Somos peculiares, cada uno a su manera, con su pasado, con sus sueños, con sus miedos y con la química que a veces nos salva y que otras veces nos deja al borde de la melancolía. Anoche vinieron a decir algo parecido en el teatro. Todo sigue sucediendo en un escenario, con público o con nuestro propio monólogo delante de un espejo que nos reconoce asombrados de nuestras ensoñaciones. En el escenario del teatro Cuyás estaban Carmelo Gómez, Jordi Aguilar, Rebeca Montero, Chema Adeva y al piano, poniéndole banda sonora a cada sentimiento que aparecía en escena, Mikhail Studyonov. A todos ellos los dirigía Andrés Lima. No quiero dejar a nadie atrás porque cada uno fue consiguiendo que nos creyéramos una historia por la que sobrevolaba la locura, la pasión, la poesía y todo esa panoplia de vivencias que solo se pueden vislumbrar cuando alguien las interpreta delante de nosotros, en directo, con la voz y con la energía que se concentre en un espacio siempre proteico e irrepetible. A los que estén por Gran Canaria les invito a que se acerquen a ver Elling al teatro Cuyás. Encontrarán reminiscencias de Rubén Darío, de Baudelaire o de Salinger. Les parecerá ver a Ignatius Reilly moviéndose entre una cama o un desasosiego y atisbarán todas esas locuras que alguna vez en la vida se acaban tropezando con cualquiera de nosotros. Contarán con una iluminación prodigiosa y con una música que ayudará a subliminar los silencios. A veces nos olvidamos mucho tiempo del teatro; pero al final siempre tenemos que volver al escenario para rebuscar lo que somos cuando nos quedamos frente a frente ante nosotros mismos. Hablan otros, gesticulan, lloran o ríen. Sin embargo cada escena será distinta porque eres tú quien la recreas mirando a través de tus propias peculiaridades. El teatro no es más que un medio que nos permite franquear esa misteriosa puerta que se esconde justo al lado de nuestras emociones más intensas.

La asistencia a los ensayos de la coral tres veces en semana le servía para mantener a raya su tendencia a la egolatría. La música siempre había serenado su alma. Unas veces la escuchaba en silencio y se dejaba llevar por los acordes y otras necesitaba tararearla para ahuyentar su soledad. Vivía sola. Se había divorciado hacía cuatro años y prácticamente dedicaba todo su tiempo al bufete de abogados en el que estaba a punto de convertirse en la máxima responsable. Era una de las mejores especialistas en derecho mercantil y hablaba cuatro idiomas; pero cuando llegaba a su casa por la noche se sentía tremendamente sola. Acudió a la consulta de un psicólogo buscando algún asidero para no caer en la penumbra de esa soledad que a veces se le hacía insoportable los fines de semana. Fue ese psicólogo quien le recomendó lo de la coral. Por unas horas dejaba de ser la única voz cantante. Le parecía milagroso el sonido de todo un conjunto interpretando al unísono, cada cual con su propio sentimiento, composiciones que jamás sonaban exactamente igual. A su psicólogo le decía que había momentos en que rozaba el éxtasis, sobre todo cuando le tocaba interpretar la Pasión según San Mateo de Bach o el Mesías de Händel. Recordaba que cuando era niña todo el mundo cantaba en las casas o que se encontraba guitarras acompañando boleros por todas partes. Por eso siempre agradece a los músicos callejeros ese intento diario por espabilar los sentimientos de quienes pasan por las calles tan metidos en sí mismos que se olvidan de todo lo bueno que les regala la vida a cada instante. Sigue siendo una gran abogada, pero ya no se muestra tan agresiva y tan ambiciosa como antes de empezar a cantar. Casi no se ha dado cuenta del cambio. Duerme mejor, y en sus sueños se atemperan los miedos con las melodías que quedan en los recovecos más profundos del cerebro. Casi todas las mañanas se descubre entonando festivos acordes que le ayudan a relativizar la poca armonía que luego suele encontrar cuando sale a la calle. Se repite a sí misma que la música desempolva la memoria de los sentimientos que nos ayudan a que la vida sea algo más que una sucesión de rutinas sin sentido. Como el poeta, ella también había aprendido a diferenciar las voces de los ecos.

Hay personas que van dejando hojas secas por donde quiera que pasan. La hojarasca solo es una acumulación de amarillentas vivencias que se quedaron en los márgenes de los caminos. Las estaciones de los humanos no siguen los mismos ritmos que las de la naturaleza. Puede haber hombres y mujeres que florecen en enero y que sienten el frío desolador en los días más cálidos de agosto. Cada cual tiene que saber cuándo llega el momento de ser su propio otoño o de dar paso a su solsticio de verano. Solo el tiempo puede lograr que la desnudez desolada de un árbol acabe siendo un recuerdo lejano. Deja que caigan cuanto antes todas tus hojas secas. Siente cómo crujen cuando las pisas alejándote hacia un invierno que solo es el anticipo de la primavera que ya viene anunciando otro nuevo verano. Los que se quedan anclados se terminan pareciendo a esos espantapájaros que todavía vemos por los campos. Solo aparentan ser humanos. Quienes viven han de saber que todo es cauce, estación de paso, hojas que vamos dejando atrás aunque no las escribamos.

Los árboles de la inmediatez nos impiden ver el bosque que está más allá de nuestras turbulencias cotidianas. Cuando lees a Séneca, a Montaigne o a Nietzsche descubres que en lo esencial no hemos cambiado prácticamente nada. Seguimos siendo apocalípticos con nuestro propio tiempo y nos solemos comportar como si (parafraseando a Brodsky) viniera el diluvio tras nosotros. Creemos que morirá el libro de papel, el periódico de papel, las cartas de papel y hasta las cometas, también de papel, que aún sobrevuelan luminosas los cielos de nuestra infancia. Pero todo ese papel puede dar un vuelco mañana mismo, o dentro de ochenta años, y regresar con más fuerza que hace cuatro lustros. Ya sé, y soy el primero en disfrutarlo, que vivimos en lo digital y que el futuro pasa por las pantallas; pero me niego a seguir asegurando lo que nunca podremos saber que acabará pasando. Y si no, ahí tenemos el teatro todavía vivo a pesar de la tele o Internet; y también está el cine en blanco y negro, más visto que nunca porque en los años cuarenta no se veía la imagen de Humphrey Bogart como se ve ahora en miles de canales de televisión o en las distintas páginas que encuentras en la Red. Ya hace tiempo que prefiero sentarme y esperar a ver qué pasa antes que ponerme a teorizar sobre lo que no tengo ni idea. He asistido a tantos vuelcos del destino en tan poco tiempo que si no hiciera eso estaría desacreditando todo lo que me ha ido enseñando la vida. La historia actual no se parece nada a la que vivíamos hace solo treinta años sin Internet, con el Telón de Acero o con las Torres Gemelas coronando Manhattan. Lo que sí sigue igual es la indefensión del hombre ante su propia muerte, y también la sensación de que uno puede contribuir a cambiar su espacio cambiando primero lo que acontece en sus adentros. Al final todo depende de la perspectiva, siempre individual -¡nunca dogmática e innegociable!-, con la que queramos mirar lo que tenemos delante.

En París nos enseñaron que debajo de los adoquines transita el mar. A veces solo hay que levantar las piedras para descubrir los paraísos. Nosotros también tenemos demasiados adoquines que nos confunden y nos alejan de nuestra propia corriente vital, aquélla que un día nos puso en el mundo para que siguiéramos nuestro propio destino sin enredarnos EInsular small.jpgen la maleza de los maledicentes o del hastío: dentro de cada uno de nosotros discurre un océano que renueva diariamente todas las ilusiones. También en Las Palmas de Gran Canaria había arenales que circundaban la costa y se perdían en los horizontes entre palmeras que serenaban la mirada. Hoy he encontrado en Canarias 7 una de esas imágenes en la información que recoge la construcción del Estadio Insular hace sesenta y nueve años. Yo solo llegué a ver las manchas finales de esas arenas sobre el propio estadio o en la zona de Mesa y López más cercana a La Minilla. También apena ver convertido en escombrera y nido de ratas el espacio en el que tantas veces volaron mis grandes sueños siguiendo los regates de Germán, Brindisi, Cruyff o Maradona. O donde quedó el eco de nuestra voz coreando con Serrat, Silvio, Sabina o Pablo Milanés las canciones que fueron guardando nuestros primeros amores y nuestros pequeños sueños de juventud. Aquí, debajo del asfalto, están los oasis que nos recuerdan edénicos. En esa foto hay dos palmeras en medio de la arena que vieron mucho más cielos estrellados que nosotros. También sabían del olor de la brisa del océano cercano o de los ritmos de un tiempo nada presuroso. Esas palmeras acabarían cercenadas como todo lo que se lleva por delante la barbarie cuando se empeña en alicatar todos los paraísos. Con sus palmas acabarían arrastrando el polvo de las calles que hoy ni siquiera guardan la nostalgia de la arena.

Las llamadas perdidas son eufemismos tecnológicos. Son solo números o nombres que quedan registrados en un fondo de pantalla. No se pierde donde no habido nada: o estás o no estás, o hablas o no hablas. Tampoco valen los sueños perdidos, sobre todo cuando esos sueños ni siquiera hemos llegado a tocarlos con la punta de los dedos. Ya llamarán otras veces a nuestra puerta, o aparecerán con otros nombres o con otras ilusiones. Cada uno tiene su momento, y a veces solo hay que saber esperar pacientemente a que llegue; pero en esa espera es cuando te estás jugando todo lo que sueñas. No te puedes quedar cruzado de brazos. Son esos días aparentemente infructuosos los que están escribiendo todo lo que recogerás luego. Por eso a veces es mejor recoger tarde, o casi al final, cuando el premio sea el trabajo que uno ha ido haciendo sin saber que estaba triunfando con ese esfuerzo diario. Todos recordamos el destino de muchos ganadores precoces: triunfaron demasiado pronto y se dejaron ir hasta quedarse sin hacer nada. Desde Ulises, y más tarde desde Kavafis, sabemos que todo lo bueno está siempre en el camino. También las utopías se ven mejor cuando las atisbamos al final del horizonte y nos ayudan a seguir andando.

Hay una especie de río que discurre invisible por encima de todas las palabras. Puedes escribir cien veces ayer, amor, destino, floresta, cansado, antena, suave, desgarrador, paniaguado, solsticio, acera o adiós que nunca llevarán el mismo caudal de sentimientos. A veces ni siquiera quien las traza se da cuenta del alma con la que las va envolviendo. Uno cree que está escribiendo luminoso y sin embargo quien nos lee solo percibe negruras; o sucede justo al revés, que tratamos de compartir nuestra tristeza, y quienes nos leen solo atisban hedonismo y alegría en cada una de nuestras letras.
Nunca se puede escribir sin contar con el ánima que traen consigo las palabras cuando navegan nuestros propios sentimientos. No siempre es oscuro lo que lee quien lee oscuro en un texto. Oscura es la noche y sin embargo es hermosa para quien se enamora en ella. Cada palabra se rodea de su propio contexto, y al final el contexto no es más que el espacio intangible que queda entre quien escribe y quien lee, el halo que van dejando las emociones de quien remueve las palabras como removemos las aguas de un río tratando de atrapar el espíritu inasible de los peces.

La respuesta aparece casi siempre antes que la pregunta. Suele estar delante de nuestros ojos, en la taza del té que nos despabila, en el papel en blanco o en un juego de llaves que llevamos a todas partes. La respuesta es lo que vas encontrando cada día que te mueves por el mundo. Las preguntas, en cambio, suelen aparecer cuando no entendemos nada, o cuando queremos buscar la lógica de todos los actos cotidianos o de todas las cosas que nos van pasando. Pero llega un momento en el que te quedas con las respuestas y dejas de hacerte el harakiri con sus procedencias. Lo inevitable es inevitable le preguntes a quien le preguntes, y por eso no te queda otra que vivir dejándote llevar por lo que vas encontrando cada día, sorteando como buenamente puedas la mezquindad, y disfrutando de lo que realmente merece la pena. Puedes filosofar, si te apetece, pero al final tendrás que aceptar tus propias respuestas y navegar con ellas por los océanos de tu vida diaria. Déjate llevar y disfruta de todo lo bueno que tienes delante. Lo otro terminará pasando.

Anoche, mientras paseaba a mi perro, me encontré llena de gente la plaza que está cerca de mi casa. Había un funeral y los asistentes ya no cabían en la iglesia. Llevo unos días desconectado de la actualidad y, por tanto, no sé si habrá fallecido alguien más o menos importante (aunque ya muertos se acaban esas etiquetas maniqueas que nos empeñamos en poner los humanos). Estaban todos menos el finado que estuvo vivo hasta hace solo unos días. Están bien las despedidas; pero yo prefiero que mis amigos aparezcan en tropel y por sorpresa a que me acompañen cuando ya estaré criando malvas o navegando mis cenizas por el océano.
Tenemos a la muerte como a una enemiga innombrable que nos arrebata querencias, pero por ahí pasaremos absolutamente todos. Otras culturas la viven como un desenlace festivo, y quizá esa mirada les haga vivir con la conciencia diaria de que todo se acaba más tarde o más temprano. Ese inevitable final, lejos de provocar angustia o desazón, lo que consigue es que se activen las ganas de salir a calle a gozar intensamente cada segundo de existencia. De nada vale el luto, y mucho menos el perdón que se fue demorando. Si tienes algo que decirle a otra persona díselo cuanto antes y abrázala, si tienes que abrazarla. No esperes a que alguien te anuncie su muerte (recuerda que también todas las muertes son siempre inesperadas). Tampoco te quedes pensando en que ya habrá cielos o eternidades donde redimirte. De momento solo tenemos esta vida, y nuestro único deber es ser felices y compartir esa felicidad con quienes nos rodean. En los funerales solo puedes abrazar las ausencias. Los que mueren ya no tienen un corazón que se acelere con la emoción de los reencuentros.

Tengo un amigo que solo vive haciendo planes. Es ingeniero, y de alguna manera su profesión ha terminado condicionando su vida diaria. Lo quiere tener todo controlado. No aprende de las variables del destino; en eso sus fórmulas se conoce que le han enseñado poco. No concibe que un simple resfriado le puede echar abajo el día de playa que tenía previsto o que un retraso en la salida de un avión le deja sin cerrar un negocio o llegando tarde, cuando ya está todo decidido, a una reunión de trabajo.
No aprende de la experiencia de los años y anda todo el día jurando en arameo porque no se cumplen sus previsiones. A veces me dice que yo soy poco precavido y que, como siga así, voy a terminar dándome un batacazo de cuidado. Igual tiene razón, pero es que la vida me ha enseñado que si no improvisas no puedes seguir nunca el ritmo de la música que ella va eligiendo. Si un día toca rock duro no puedes pretender que suene un Nocturno de Chopin. Ya habrá mañanas para pianos cadenciosos o para barrocos acordes que serenen el ánimo. Toca danzar y silbar con la música que te van poniendo a cada instante; si acaso puedes ir serenando poco a poco los ritmos y aquietando los instrumentos. No se puede tocar el bombo de la misma manera en la fiesta de la Rama que en un entierro. Los planes están bien para el trabajo de mi amigo o para jugar con ellos como mismo jugamos con los sueños; pero hay que saber rehacerlos e improvisarlos si no queremos que la vida se convierta en una constante sucesión de fracasos. Yo también era un empecinado hacedor de planes; pero hace tiempo que intento quedarme con esa sensación aventurera y libertaria que te regala la vida cuando la afrontas asumiendo con toda naturalidad los cambios, casi siempre inesperados, de un guión al que nosotros solo le ponemos la puntuación correcta o la cara que corresponda según la escena y según el color de cada mañana.

Vivir en una ciudad turística te ayuda a recordar que cada día es una aventura en la que no sabes qué te vas a encontrar cuando salgas a la calle. Cuando paseas por Vegueta, Triana o la playa de Las Canteras te tropiezas con cientos de turistas que caminan relajados o que fotografían una fachada o un escaparate por el que solemos pasar de largo los que recorremos habitualmente esos lugares. Casi siempre acabamos conociendo más las ciudades que visitamos que las que habitamos, al igual que a veces conocemos más a los otros que a nosotros mismos, o por lo menos estamos más pendientes de las reacciones de esos otros que de los avisos que nos hace nuestro propio cuerpo o de esas intuiciones que vamos dejando morir en el intento.
Todos esos extranjeros que caminan relajados por donde nosotros solemos pasar a toda prisa nos ayudan a relativizar nuestro entorno y hasta ese ego que si nos descuidamos nos termina maniatando. De vez cuando paro mis pasos acelerados y trato de mantener sus ritmos y sus miradas. Cuando lo hago, siento como si saliera de vacaciones o redescubriera la misma ciudad de la que a veces reniego en medio del estrés o de la vorágine diaria. Ayer, por ejemplo, me acerqué a Las Canteras a última hora de la tarde. Salía de la playa y me disponía a quitarme la arena de los pies en el chorro que está junto al Muro Marrero. Llegué al mismo tiempo que una pareja de extranjeros de unos setenta años. Les invité, por respeto, a que se lavaran primero; pero lo que encontré fueron dos sonrisas tranquilizadoras junto a unos ojos en los que se reflejaba la armonía del océano cercano. Fue ella quien me dijo que pasara yo primero. Sus palabras más o menos exactas en un inglés claramente entendible fueron que tenían todo el tiempo del mundo. No era una frase hecha. Ese tiempo se hacía presente en cada uno de sus gestos y hasta en su manera de andar por la arena de la playa. Me contagiaron esa tranquilidad que vamos olvidando con el trajín diario y me recordaron que la felicidad tiene que ver mucho con la actitud con la que nos asomemos al mundo cada mañana. Si logramos ser turistas donde quiera que nos encontremos, difícilmente dejaremos que los días acaben naufragando en la monotonía. Tampoco pasaremos de largo por ninguna parte. Cada paso que damos nos adentra un poco más en esa ciudad desconocida que es nuestra propia existencia diaria.

Hay mujeres y hombres que aprenden a hablar con las aves. No les ponen medallas ni sus nombres acaban rotulando ninguna calle de postín. Pacientemente, observando con detalle, imitando cada gesto, y con una exquisita sutileza, logran hacerse entender por las palomas, por los canarios o por las gaviotas. Llegan a viejos sin necesidad de mirarse al espejo para saber que existen: les basta con sentarse a ver a pasar las horas entre aleteos, susurros y cantos en los que resuena esa improvisación de la alegría diaria que van dejando los ecos de los pájaros. Me gusta acercarme siempre que puedo a hablar con los pescadores que fuman su cigarro medio apagado mientras repasan los trasmallos y las nasas viendo pasar el día pendientes de la fuerza de las mareas. Cuando nosotros salimos ellos ya regresan a la costa con lo que la mar les haya regalado. No se agobian porque luego tienen toda la claridad del día por delante. Son sabios porque llevan años observando, y solo quien mira en silencio el paso de los días acaba entendiendo que la vida es como una navegación de cabotaje. Conozco a muchos pescadores que en la paciencia de esos días, o cuando salen por las tardes a recoger las nasas, han terminado entendiendo cada uno de los gritos de las gaviotas que revolotean alrededor de sus falúas despintadas. Incluso hay gaviotas que se acercan para comer en sus manos como mismo se acercan las palomas a quienes las esperan cada día en los bancos de los parques. Todo lo que vuela nos ayuda a que nuestros miedos no terminen aplomando a nuestras alas.

Lo dejó escrito en una carta que nunca envió. La han encontrado sus hijos en un cajón de su escritorio. No habían nacido cuando escribió esas palabras. No reconocen el nombre de la destinaria. Su padre jamás lo pronunció delante de ellos. Quiso mucho a su madre. Vivieron treinta años juntos. Nunca quiso volver a casarse ni se lo conoció relación alguna después de quedarse viudo. Esa carta fue escrita hace más de cuatro décadas. Su padre aún no había cumplido los veinticinco años. Ella se llamaba Irene y él le confesaba que la quería con locura. Le decía que quería volver, regresar a la isla y olvidar el futuro que había ido a buscar a otro país. Pero ni regresó ni llegó a enviar esas letras que terminó amarilleando el olvido en el fondo de un cajón. Ellos ni siquiera saben si Irene está viva o muerta: hay amores que no se nombran para no caer nunca en la tentación de la nostalgia. Su padre sí releyó esa carta muchas veces, y también sabía que Irene se había casado en la isla y que había sido muy feliz durante todos esos años. Por eso no quiso regresar nunca. Ella le había pedido que no se marchara. Llevaban siete años de noviazgo y se querían locamente. Él escribió la carta a los pocos días de llegar a Venezuela. Anduvo varias veces por las calles con ella en la mano, sin dirección, con los sellos en el bolsillo y con la sensación de saber que estaba escribiendo su propio destino. Se fue sin pena; pero dejó esa carta para que alguien supiera que amó a una mujer que se llamaba Irene a la que no volvió a ver nunca más.


De niña le enseñaron que todos los sueños se aparecían alrededor de los zapatos. Cada cinco de enero se descalzaba en el salón de su casa y se metía en la cama confiando en encontrárselos a la mañana siguiente. De pequeña pedía una bicicleta y milagrosamente la encontraba roja y radiante junto a sus zapatos diminutos. No recuerda la primera vez que le sucedió eso, o si fue con una muñeca, con unos patines o con aquel hula hoop que hacía furor cuando no levantaba dos palmos del suelo. De fondo sí recuerda el sonido de los pisos vecinos con escándalo de sirenas, pistolas de mixtos y muñecas lloronas. Tiene cuarenta y tres años y vive sola en Londres. Allí no celebran los Reyes Magos, aunque hoy por lo menos tiene la suerte de que el 6 de enero ha caído en domingo. Otros años, a la hora en que en su país se desata la fiesta mañanera, ella ya estaba sentada en el metro camino del trabajo. Cierra los ojos y recuerda aquella vez que creyó escuchar claramente la voz de Melchor en la penumbra del salón de su casa. Fue el año que le trajeron los Juegos Reunidos y una guitarra con la que quería convertirse en cantante. Ahora es una destacada economista que trabaja como bróker en la City londinense. Sigue acostada y mantiene los ojos cerrados. Fuera sabe que están los zapatos aguardando cada uno de sus sueños. Se niega a creer que aquellos reyes mágicos de su infancia no le hayan dejado nada. De niña también aprendió que en las esperas todos los sueños se vuelven reales, como cuando escuchó la voz de Melchor; como ahora, metida en la cama, esperando a que la magia haga aparecer un libro, un perfume o la sonrisa de alguien que le invite a un abrazo.


*Este relato es para alguien que como único regalo me pidió un cuento de Navidad.

"Nadie está solo si aprende a estar consigo mismo". Leí esa frase ayer en una pared de una casa abandonada. No sé si es apócrifa o si la sacaron de algún manual de autoayuda; pero estoy de acuerdo con lo que plantea, sobre todo en estas fechas en las que querer estar solo parece casi un acto de herejía contra esa bobalicona felicidad que se instala delante de todos los centros comerciales. Si quien escribió esa cita lee estas palabras, que sepa que estoy de acuerdo con él y que me hubiera encantado haber escrito algo así de sencillo y de real. La soledad buscada y vivida con armonía, sin dependencias, creo que es lo más que se asemeja a esa libertad que buscamos como locos desde que nos arrancaron de los juegos callejeros de la infancia. No concibo felicidad mayor que la de no tener que rendirle cuentas a nadie. Admiro a esos viejos que han sabido vivir intensamente y que ahora saben quedarse solos mirando cómo atardece, preferiblemente delante del mar, con esa sonrisa beatífica y satisfecha que se les queda a los que se aman y han amado mucho.

Calle Perdomo. Las Palmas de Gran Canaria. Tres de la tarde del día cuatro de enero de dos mil trece. Terrazas con gente comiendo y bebiendo. Suena un acordeón tocando una melodía romántica. Uno no sabe dónde le salvará un acorde; pero esos acordes que ayer sonaban al lado mismo de la calle Triana lograban emocionar cerca de donde se supone que está la epidermis del alma. Yo paso distraído, pensando en mis cosas. Me conmueve la música, la felicidad de la gente y la luminosidad del sol que se cuela entre las sombrillas de las terrazas. Baja una pareja desde la calle Viera y Clavijo. Él debe tener unos cincuenta años. Es alto, bien parecido, viste de negro. Se nota enseguida que es extranjero. Yo lo situaría en Estocolmo, en Londres o en París. Me lo imagino arquitecto. O pintor. Sus ojos le delatan como alguien creativo, pero con tendencia a la plástica. Ella es muy guapa. Rubia, escultural, elegantemente vestida. También es extranjera y probablemente hayan venido juntos a pasar unos días en la isla. Son amantes, o por lo menos han sabido conservar el fulgor de quienes están empezando a quererse sin resquemores y sin que el tiempo haya logrado volver repetitiva ni una sola caricia. Él le coge la mano cuando escucha la música. Luego la abraza, y finalmente baila con ella en medio de la calle, cerca de las terrazas, como si estuvieran solos en el mundo, como si la música estuviera sonando exclusivamente para ellos. Me miran y les sonrío. Sigo mi camino contagiado por su alegría. La felicidad es siempre espontánea, un acorde en medio de una calle, un día soleado, unos ojos que te miran y que te invitan a un baile. No le pidas mucho más a la vida. Calle Perdomo. Enero. Tres de la tarde.

Vivimos creando ficciones todo el tiempo, hipotéticas realidades que cuando acontecen no se suelen parecer a la propia realidad. Tememos morir, y no hacemos más que protegernos contra ese destino inevitable sin saber que el día que llegue la parca no podremos improvisar absolutamente nada. Planteamos mil salidas para un problema y al final ese problema desaparece o se soluciona por sí solo sin que nadie nos devuelva los desvelos que no sirvieron absolutamente para nada. Seremos felices el día que aprendamos a vivir sabiendo que siempre habrá alguna salida si logramos mantener la calma. Lo demás solo es una locura de presentimientos, temores o deseos que casi nunca se cumplen como estaban previstos. El sueño de la razón, como decía el adagio, produce monstruos; sobre todo cuando nos empeñamos en vivir escribiendo futuros que nunca llegan. Nadie sabe si va a ser capaz de sobrevivir a la tempestad hasta que no se ve en ella. No sacamos nada visualizándola o temiéndola. Cuando llegue, siempre de improviso y sin esperarla, ya encontraremos la manera de ponernos a salvo. Siempre ha sido así. Mientras tanto solo tenemos que navegar disfrutando de cada estela que se cruce con nuestra mirada. Hoy, como escribía Antonio Machado, es siempre todavía.

Cada tiempo tiene su propia forma sonora de contarse. Tengo a mi lado una radio de galena que contó la vida diaria hace unas décadas. Está en silencio. Llevo tiempo intentando arreglarla y no me cansaré de rebuscar otra vez las voces que, cuando era niño, lograban que imaginara que había alguien metido dentro que nos hablaba en el salón de la casa de mi abuela. Quisiera saber cómo sonarían las noticias de ahora en un aparato del pasado. Posiblemente parecerían igual de sorprendentes o de repetidas. Al final siempre nos estamos contando lo mismo, escuchando lo que viene de fuera, que si Estados Unidos evita un abismo fiscal o que si en Damasco o en Bagdad ha estallado una de esas bombas que desde que tengo uso de razón estallan cada día en algún lugar del planeta. Lo que no sé es si mi radio de galena tendrá recuerdos de su propio pasado. Es probable que aquel hombre que yo imaginaba en su interior también se haya visto afectado por el paso del tiempo y la desmemoria. Me encantaban sus luces y el nombre de las ciudades que aparecían en el dial cuando se iluminaba. Entonces las noticias parecían más importantes, tal vez porque la gente se sentaba cada noche a escucharlas. Ahora las vemos todo el día apareciendo por los móviles, las tabletas o las cadenas de televisión y casi nos parecen igual que los anuncios que nos saltamos desde que podemos. Teóricamente estamos más informados que nunca; pero creo que esa saturación nos está volviendo mucho más ignorantes. Me gusta mirarla de vez en cuando. Su silencio sosiega la mañana. Probablemente, sabedora de lo que tendría que estar contando, haya optado por esa quietud decorativa que le aleja de la actualidad. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. Los que la escuchamos alguna vez sabemos que sus pitidos iniciales no eran más que el anticipo de un milagro. Moviendo su dial sintonizabas con un mundo que a los niños de entonces nos parecía siempre de ciencia ficción. Ni siquiera me he atrevido a mirar si realmente había alguien. Prefiero pensar que aquel liliputiense que imaginaba dentro de la radio de galena duerme agazapado en su interior esperando a que lleguen mejores noticias.

Comparto el texto que aparece en la guía de actividades de Ámbito Cultural en el que se informa sobre la apertura del plazo de inscripción para participar en el Taller de Escritura:

Ámbito Cultural prepara para el próximo mes de febrero la celebración de una nueva edición del Taller de Escritura. El escritor Santiago Gil será el encargado de dirigir el taller que constará de 10 sesiones + 1 añadida al 23 de abril con motivo del Día del Libro. El taller de Escritura, que es gratuito, tendrá lugar en la sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Mesa y López 15, 7ª planta, todos los lunes, a las 19.00 horas, desde el 4 de febrero hasta el 23 de abril -excluyendo el lunes 11 de febrero, víspera de martes de Carnaval y aumentando a una undécima sesión que coincidirá con el Día del Libro, 23 de abril.- Inscripciones
en ambitocultural_laspalmas@elcorteingles.es indicando nombre, dirección, teléfono, y email. plazas limitadas. La preinscripción no implica forzosamente la participación en el taller. Para conseguir el diploma del curso hay que haber asistido a un mínimo de siete sesiones.

"El programa del Taller de Escritura 2013 de Ámbito Cultural volverá a acercarse a los caminos por los que puede transitar la literatura. La novela, la poesía, el microrrelato, el relato o la opinión periodística ocuparán un papel destacado en las distintas clases; pero también habrá aproximaciones a los comienzos y finales de las historias, a las distintas visiones de los personajes, al léxico o a la sintaxis. Igualmente, se abordará la creación literaria en los blogs o a través de las redes sociales. La escritura, con todas sus consecuencias y con todas sus posibilidades, volverá a ser la gran protagonista de cada una de las clases".

Los años que comienzan se parecen a las casas que habitamos sin que aún hayamos colocado las cosas en su sitio. Todo está metido en cajas, embalado, sembrado anárquicamente por todas partes. Poco a poco irás eligiendo dónde colocar una mesa, en qué lugar verás la televisión, dónde te sentarás a hablar por teléfono o desde qué ventana te entrará la primera luz del día cada mañana. Así empiezan también todos los años. No sabemos dónde vamos a ir a parar. Solo tenemos que mirar atrás, a cada año que ha pasado, para saber que lo que nos espera es una aventura en la que nosotros, muchas veces, solo tenemos que dejarnos llevar sin miedo. Lo ignoramos todo, por eso son apasionantes todos los comienzos. Nos dan la casa y nosotros tenemos que ir colocando nuestras pertenencias, aquí el corazón, allá la mirada, en esos labios los nuevos besos, en esa música inesperadas emociones, y en medio de todo nuestra ilusión diaria por ser felices y por disfrutar intensamente de cada segundo de nuestra existencia. La casa está delante de ti para que la habites y la decores poco a poco con lo que vas encontrando en tus propias cajas diarias. No sabes cómo quedará, pero sí que será el único espacio realmente tuyo. Tu casa eres tú mismo repintando las paredes de tus ilusiones cada mañana, afianzando los cimientos con infinita tranqulidad y asumiendo sin gorigoris lo que no coloques del todo bien. Ten paciencia y abre las cajas de la mudanza poco a poco. Tómate todo el tiempo que necesites. Tienes todo un año por delante.


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