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Archivos Diciembre 2012

Los finales llegan cuando ellos quieren. A veces crees que estás empezando algo y cuando te quieres dar cuenta descubres que ya se ha terminado. La vida da tantas vueltas que lo mejor que podemos hacer es aprender a girar con ella cuanto antes. Y en esos giros estaremos todo el rato empezando y terminando amores, trabajos, sueños y también días, meses y años que luego se van acumulando como pueden en los resquicios de nuestra memoria. Y no pasa nada. Nosotros también somos un principio y un final que se va repitiendo varias veces cada día, unos ojos que ven salir y ponerse el sol en el horizonte, voces que dan la bienvenida a lo que llega o que despiden lo que ya no les pertenece. Hoy toca decir adiós a 2012. Por él transitaron la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Como todos los años. Igual que todas las vidas.

Cada año que dejamos atrás traza una pequeña cicatriz en nuestra alma que nos sirve para entender que no hay manera de detener el paso de los días. En este 2012 que estamos finalizando hemos visto naufragar muchas utopías, pero al mismo tiempo hemos podido comprobar que en las situaciones extremas también sale lo mejor del ser humano, su atávica rebeldía ante la injusticia o esa solidaridad que compensa los abusos de quienes aún no han aprendido nada de la vida. Los guarismos de los años solo son asideros que colocamos en los almanaques para no desorientarnos, y al final da lo mismo un lunes que un sábado, un siglo doce que un siglo veintiuno. Uno solo es el tiempo que habita en medio de una eternidad que no sabe de números. También somos lo que soñamos. Muchas veces solo basta nuestra intención para cambiar nuestro destino. Pide un deseo y guárdalo en el fondo de tu corazón. Si no se cumple siempre podrás volver a rehacerlo; pero no dejes nunca de soñar. Los sueños nos pertenecen a cada uno de nosotros, son las raíces que logran que no nos vengamos abajo.

Cada vez que te mudas de casa dejas sombras que ya no te reconocerán nunca más. Quedas en el fondo de los espejos, en el temblor de unos cubiertos que tendrán que acostumbrarse al movimiento de otras manos, en la mesa sobre la que escribiste algunos versos o en la que sumaste el gasto de las cuentas que te obligan a pagar para seguir estando por el mundo. Te vas y al mismo tiempo te estás quedando en el eco de una voz que aún resuena junto al teléfono. Y si has llorado dejarás tus lágrimas ensalitrando unas corrientes de aire que a los que vengan les parecerán demasiado tristes cuando rocen sus sienes o sus corazones de recién llegados Devolverás las llaves y posiblemente nunca regreses. Así has ido dejando otras casas a lo largo de tu vida, otras ciudades, otras habitaciones de paso. Nos empeñamos en aferrarnos a los lugares que habitamos o a los amores que siempre que comienzan parecen eternos. Pero no somos más que trashumantes que renegamos de nuestra propia condición pasajera e inasible. La posesión solo es una añagaza con la que pretendemos negar que nada de lo que vemos nos pertenece para siempre. Venecia es toda tuya cuando navegas sus canales, y es tuyo un cuadro de Rembrant cuando lo contemplas, y la música de Bach que toca un cuarteto una tarde en un café de Viena, y la bella mujer que amaste solo unos segundos mientras aguardabas hasta que se encendiera la luz verde en un semáforo. Todo lo que miras te pertenece siempre y cuando aceptes la condición efímera de tu propia mirada.

El filósofo alemán Feuerbach decía que el hombre es lo que come. Pero creo que no solo somos el alimento que ingerimos para sobrevivir: esa comida diaria está compuesta también por todo lo que escuchamos, lo que amamos o lo que soñamos mientras dormimos. Digamos que vamos siendo a medida que andamos por la vida. Hay quienes dicen que en la carne que comemos asimilamos el miedo a la muerte del animal antes de ser sacrificado, sobre todo cuando esos sacrificios se acercan al sadismo y a la búsqueda de un sufrimiento injustificado. De los pescados creo que heredamos la nostalgia de mar que tanto nos marca a los isleños, esa mirada melancólica que se les queda a los chernes o a los meros cuando los arrancamos violentamente de sus edénicos fondos abisales. También somos lo que nosotros mismos queramos llegar a ser. Si sembramos discordias seremos insomnes acosados por nuestra propia conciencia. En cambio, si nos dejamos llevar por la bondad es más probable que durmamos a pierna suelta y que logremos esbozar una sonrisa cuando nos reconozcamos cada mañana delante del espejo. Nuestro alimento diario depende de la actitud con la que salgamos a la calle cada día. Al final es siempre nuestra propia mirada la que pinta el cielo del color que queramos verlo.

Paseaba todas las mañanas cerca del muelle deportivo para no olvidar que siempre hay veleros en los que seguir navegando nuevos sueños. No concebía vivir en una ciudad sin mar. No viajaba desde hacía años, pero le bastaba aquel recorrido mañanero para luego vivir tranquilo el resto del día. Recordaba los libros de aventuras que leía de niño, aquella facilidad que tenían los personajes para embarcarse en el primer barco que veían variando por completo el rumbo de sus propias biografías. Más de una vez había estado a punto de pedir que le llevaran en alguno de los veleros que veía partir casi al amanecer. Quería tener el semblante risueño y relajado de cualquiera de esos navegantes que dejan que sus miedos y sus soledades naufraguen en la inmensidad de los océanos. Los veía alejarse hasta perderlos de vista en el horizonte y luego regresaba a su casa. Se preparaba el desayuno y leía durante casi toda la mañana. Se había quedado viudo hacía dos años. No tenía familia. En su casa sonaba música clásica todo el tiempo. De vez en cuando cerraba los ojos y se veía navegando para siempre, llegando a un puerto nuevo cada semana y viviendo casi al día. Hace semanas que no lo vemos por el barrio. Todos piensan que ya habrá muerto. Yo quiero creer que navega.

Hacía cuatro años que había muerto y aún la presentía detrás de cualquier esquina o al abrir la puerta de su casa. Se acostumbró a la ausencia, convivía con ella, pero de alguna manera también sintió que habían amputado un trozo de su alma cuando le devolvieron las cenizas que luego tiró al mar donde mismo quiere que tiren algún día las suyas. Vive solo desde entonces y no ha querido tener más perros. Dice siempre que ya está muy mayor y que no quiere marcharse dejando a un ser vivo dependiente en el mundo. Ayer nos llamó muy emocionado. Había desmontado un sillón que estaba en el trastero y al levantar los cojines se había encontrado los pelos negros de su perra muerta. Había sido su sillón preferido, y de alguna manera lo quitó del salón para no recordarla a todas horas. Nos decía que los pelos estaban intactos, como si se hubieran desprendido de su cuerpo unos segundos antes. Lloraba emocionado mientras repetía que era una especie de milagro, un mensaje de su perra en un día tan especial como el de ayer. Había cenado solo y había amanecido el 25 de diciembre paseando cerca del mar para que las olas ahuyentaran su soledad. Repetía emocionado el nombre de su perra, una labradora leal que llegó a su vida cuando murió nuestra madre y se quedó solo habitando la casona familiar del barrio antiguo. Los otros hermanos vivimos fuera de la isla desde hace años y solo regresamos algunos días en verano. Ya ni siquiera insistimos para que coja un avión y se venga a pasar las navidades con nosotros. Quiere estar solo. Ayer nos llamó acariciando la ausencia de su perra en los pelos que se habían quedado pegados al forro del sillón. Decía que la muerte solo llega cuando ya nadie puede interpretar el rastro que vamos dejando por el mundo. Esos pelos no hubieran conmovido nunca a nadie. Para él eran la materia tangible de alguien que creía que ya no volvería a acariciar jamás.

Acabo de ver desde la ventana a una niña estrenando una bicicleta roja con una cesta de mimbre junto al manillar. Ya sé que hay muchos niños que no pueden estrenar bicicleta; pero me quedo con la cara de esa niña y de todos los niños cuando rompen el papel que envuelve los regalos: uno siempre es niño cuando abre un regalo. Y también cuando ve alejarse bicicletas con otros niños que descubren que el vuelo no es más que un pedaleo de sueños. Cuando esa niña toca el timbre de su bicicleta encarnada te acuerdas de todos los ángeles que subían al cielo en Qué bello es vivir cada vez que se escuchaba una campanilla. Estos días hay que vivirlos con la misma cara que tenía James Stewart en esa película cuando se salvó de la muerte. Como resucitados. Confiando en que a partir de ahora nuestra existencia se convertirá en un gran milagro. Caminando como mismo se pierde esa bicicleta roja en el horizonte. Tocando el timbre de vez en cuando para que la vida parezca siempre una fiesta.

Hay argumentos que jamás deberían plantearse. Todos somos hijos del mundo que, llegado el caso, tendremos que ir de un lado para otro buscando el sustento. Un día antes de que el presidente del Gobierno de Canarias planteara que hay que regularizar la llegada de trabajadores foráneos a las islas (casi todos los intentos de controlar la libre circulación de los seres humanos conducen a la xenofobia) almorcé con mis compañeros de trabajo. Varios de ellos han venido de fuera. Y justo enfrente me tocó una compañera colombiana con la que hablé largamente del desarraigo y la nostalgia de quien está lejos de su familia y de sus paisajes. Yo lo estuve mucho tiempo, y los dos concluimos en que es de los sufrimientos más desgarradores que se pueden vivir, sobre todo cuando ese exilio lo provoca la necesidad. También durante estos días sigo de cerca el destino de una amiga cubana con un niño pequeño que está a punto de que se le termine la prestación por desempleo. Escribe de maravilla y es una excelente periodista. Su abuelo era de Gran Canaria y salió de aquí por el mismo motivo por el que ella vino hace años: para intentar sobrevivir. Las dos han trabajado duramente y se sienten parte de estas islas, y además han pagado los impuestos de los que salen los servicios públicos y parte del sueldo del mismo señor que ahora las señala con el dedo. Y qué le decimos, señor Rivero, a los ciudadanos de los muchos países que han recibido o que reciben canarios. Somos un pueblo en el que se han ido cruzando siempre las culturas. Y uno quisiera que fueran así todos los pueblos de la tierra. Nadie trabaja por nacer en un lugar determinado. Y es muy peligroso salir con esas declaraciones en un momento de crisis como el que vivimos. Muchos desesperados (cuyos ancestros, al igual que los ancestros del señor Rivero, vinieron de otros lugares a trabajar a Canarias) podrían empezar a señalar con el dedo a quien habla con acento diferente o tiene un tono de piel distinto. Y esto es aún más peligroso cuando el Gobierno de Canarias baja los niveles educativos o atonta al personal con programas televisivos que no contribuyen precisamente a la mejora cultural de sus ciudadanos. Señor Rivero, a mí lo que me preocupa es que los niños canarios no tengan futuro laboral por carecer de formación. Y no estoy haciendo demagogia. Vaya a su presupuesto y mire la partida que ha destinado para comprar libros, revistas y periódicos durante 2013 en las dos grandes bibliotecas de Canarias (las bibliotecas públicas de Las Palmas de Gran Canaria y de Santa Cruz de Tenerife, ambas transferidas al gobierno que usted preside). Cero euros. Nada de nada. La incultura y la xenofobia, cuando se cruzan en el camino, solo pueden conducir al desastre.

Si abrazas un árbol centenario abrazarás el tiempo que ha acontecido a su alrededor, las vibraciones que dejaron las palabras pronunciadas debajo de sus ramas, las sinfonías improvisadas de miles de pájaros y todas las sombras que alguna vez rodearon su tronco sabio y añejo. Ese árbol también fue un esqueje a merced del viento y de la lluvia que se empeñó en crecer siguiendo los azules del cielo. Ha visto pasar revoluciones y guerras, parejas enamoradas y entierros, solitarios misántropos y efusivos caminantes silbando festivos valses. Su piel está surcada por la erosión y por las heridas de los años. Pero resiste arropado por la fortaleza de lo que no está a la vista, por esa raíz que le une a la tierra y que rebusca el agua serpenteando el subsuelo. También por unas ramas que saben adaptarse a los ritmos de los vientos más devastadores. De vez en cuando sufre la amputación de alguna de esas grandes ramas; pero deja que la naturaleza rebrote donde parecía que solo iba a habitar el muñón de la nostalgia. No dejes de mirar nunca a los grandes árboles. Si los abrazas sentirás un escalofrío de vida recorriendo tu espalda, la savia que siempre logra que la primavera recubra de hojas nuevas lo que el tiempo solo convierte en hojarasca.

Entre hoy y mañana viajarán millones de maletas con regalos de un lado a otro del mundo. Otros inventarán juguetes con lo poco que tengan a mano. Y no hay nada malo en querer ser feliz por unas horas, o en ver la cara de unos niños que aún mantienen a salvo la magia. Me gusta viajar estos días porque la gente deja que se refleje la emoción en su mirada. Cuando ves cómo se mueven las maletas por la cinta portaequipajes notas que llevan algo más que ropa o paquetes envueltos con mucho cuidado. Realmente lo que giran son los sueños de todos los que esperan. Esa transformación momentánea de los viajes me vuelve siempre optimista. No hay destino que no nos cambie. Un día cualquiera, al bajar de un avión, te puedes encontrar una nueva vida delante de tus ojos. También al salir de la cama, o si te llama alguien con una noticia que no esperabas. Somos viajeros, casi siempre desorientados, que tenemos que aprender a sobrevivir con lo que vayamos encontrando a diario. A veces ni siquiera importa el nombre del aeropuerto de llegada. Siempre estás donde tenías que haber estado.

El sonido del timple me lleva siempre a los pequeños recuerdos de la infancia: a mi abuelo viendo pasar las tardes concentrado en sus cuerdas, a decenas de pájaros cantando en una terraza luminosa o a la calle de un pueblo en el que escuchaba mis propios pasos sobre los adoquines. Pero si el timple lo toca Germán López, y si además se acompaña de la genialidad a la guitarra de Yul Ballesteros, uno puede tocar el cielo varias veces sin levitar más allá del asiento. Anoche actuaron ambos en el teatro Guiniguada de Las Palmas de Gran Canaria, y los que tuvimos la suerte de asistir en directo a ese prodigio aún no hemos dejado de ser acordes que solo durmieron melodías durante la última madrugada. Porque también somos la música que escuchamos, la canción que tarareas para no desorientarte, ese eco cómplice que aún reverbera cuando te quedas a solas con tus propios silencios. Sin música la vida acabaría siendo un camino sin alma o una especie de tránsito sin emociones que te despabilen. Con los años acabas descubriendo que la memoria no es más que una sucesión de melodías que alguna vez nos detuvieron en el tiempo.

El mundo se acaba cada vez que estamos dormidos. De noche, cuando nos alejamos de nosotros mismos, habitamos otros escenarios desconocidos; y despiertos, cuando vamos de un lado para otro sin ser conscientes de nuestros pasos, tampoco pisamos del todo ese mundo que dicen que acabará mañana. Sin ser muy viejo, puedo decir que ya he sobrevivido a otros finales del mundo, y también que, de momento, este planeta sigue pareciéndose a lo que de él se cantaba en el tango Cambalache ("vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos"). Pero es verdad que ese fin del mundo que espero que se avecine cuanto antes no es el que tiene que ver con cataclismos ni con Apocalipsis con efectos especiales. Creo que estamos llegando al final de un ciclo en el que lo que teníamos le había ganado la partida a lo que realmente somos cuando nos miramos frente a frente en un espejo. La vida es mucho más sencilla de lo que nos habían estado contando, y de aquí sale igual el potentado de Wall Street que el paria de Nueva Delhi. Todo está cambiando permanentemente. Heráclito de Éfeso dio con esa clave transitoria mucho antes que nosotros. Miró a las aguas para mirar su propio destino. Nada permanece. Ni siquiera esa pesadilla diaria de titulares catastróficos. Esos nuevos tiempos que miren más al corazón que a la cartera los tenemos que empezar a inventar nosotros. Que no siga ganando la crueldad y el abuso. No podemos quedarnos quietos más tiempo. Tenemos que acabar cuanto antes con ese mundo injusto e insolidario que hemos estado habitando. Si quieren empezamos a cambiarlo mañana mismo aprovechando las coincidencias numéricas en el calendario.

La Navidad es una fiesta que va sentando cada vez más ausentes en la mesa. Por eso ya no me agradan como hace años estos días de villancicos y de supuestos amores fraternales. Hay mucha gente que no tiene nada que celebrar, pero la publicidad siempre deja de lado a los que no pueden consumir. Si hay que desear felicidad preferiría hacerlo todos los días del año. Pero la Navidad sí es una fiesta para los niños, y solo por eso habría que mantenerla a salvo, para ver sus caras de asombro ante lo mágico, para descubrir sus ojos brillantes ante un paquete envuelto en papel de regalo que logra anticipar todas las ilusiones. Da lo mismo que los mayores sepamos que fuera sigue haciendo frío y que el mundo no se parece a esa recreación de sueños que nos venden los anuncios. A mí de niño me gustaba montar el portal del Belén. Había una caja en mi casa que solo se abría en vísperas de Navidad. En ella estaban representadas todas las figuras del portal, desde el pastor a los pajes de los Reyes Magos, y también había castillos con colores luminosos, ríos de aguas brillantes, casas con tejados, establos y desiertos de arena. Podías reconstruir el mundo con aquella caja prodigiosa. No sé si mi madre la seguirá conservando en alguna parte, pero sí me gustaría ser capaz de rehacer mi felicidad cualquier mañana. Con los años uno va creando su propia caja de sueños y de ausencias. Se parece poco a aquella que aparecía llena de figuras cada vez más manoseadas. Así y todo, siempre trato de mantener a salvo las ilusiones. Pierdes muchas; pero finalmente son las únicas que pueden derrotar a las ausencias.

Corremos sin ton ni son a todas horas. No sabemos hacia dónde vamos, pero aun así no refrenamos nuestros pasos para coger un poco de sosiego. Salimos de la cama, nos metemos en la ducha, esperamos ansiosos a que se haga el café y nos lanzamos al mundo como quien se lanza a toda velocidad por un tobogán interminable. Incluso quietos estamos maquinando proyectos, objetivos y supuestas citas ineludibles. No es que uno vaya ahora a reivindicar que estemos como los monjes en el Tíbet, meditativos y concentrados. Posiblemente casi todos nos sentiríamos más estresados en la postración que en el vértigo, y más tarde o más temprano escribiríamos lo que en su día escribió el poeta José Hierro: "serenidad, tú para el muerto, que yo estoy vivo y pido lucha".
Amanece y tú reconoces de nuevo el mundo, los perfiles lejanos de las montañas, el horizonte del mar que se perdió con la noche, los pájaros que se escondieron silenciando sueños, o ese azul que siempre llega repintando esperanzas. También te reencuentras contigo mismo cada alborada. Somos como esa flor nueva que brota en medio del campo. No importa que nadie se fije en ella. Lo milagroso es su aparición en medio de la nada, el triunfo diario de la belleza y de la mañana. El ser humano siempre será contradictorio. Cada uno de nosotros suele ser contradictorio varias veces al día. Corremos, pero cuando pasamos cerca de Las Canteras, pongamos un lunes a las once de la mañana de un día radiante y soleado, nos decimos que ya está bien, y que ya va siendo hora de parar y de disfrutar un poco más de la vida, y por supuesto de la playa. Luego, según giramos y nos metemos en cualquier comercio, nos quedamos prendados ante una tele de plasma o con el cartel que anuncia un hotel de cinco estrellas en cualquier paraíso, y sobre la marcha empezamos otra vez a hacer números y a estresarnos con las cuentas que nunca salen y con las horas extras. No sabemos parar. Nunca nos enseñaron a vivir en armonía con el tiempo, y mucho menos con el espacio; de ahí nuestra atávica flojera con las leyes de la física. A veces, cuando la muerte ronda a alguien cercano, nos proponemos cambiarlo todo de inmediato; pero es en vano. Nuestra condición de mortales, además de hacernos vulnerables, nos ayuda a volvernos olvidadizos para poder seguir sobreviviendo. Yo hace tiempo que asumo esas contrariedades cotidianas como parte de un juego inevitable. Pero también me agarro a lo que Benito Pérez Galdós y Fernando León y Castillo llamaban la ley del maúro canario cuando se cruzaban cartas entre Madrid y París: "paso de buey, estómago de lobo y hacerse el bobo". Vale para todo, incluso para estos tiempos tan alocados, contradictorios y olvidadizos que vivimos. Con esos pasos de buey, nuestros ancestros se movían siempre entre la divina pachorra y la bendita saudade.

El pasado sábado almorcé entre olvidos. Comía solo en el restaurante al que suelo acudir casi todos los días. Entre semana coincido con trabajadores de la zona y casi nadie se demora en la sobremesa o en la intensidad de los sabores; pero los sábados hay otros ritmos y otros paisanajes, la vida transcurre más sosegada y uno tiene tiempo para pensar en las musarañas o para hojear tranquilamente el periódico. También suelen aparecer clientes no habituales que te saludan educadamente o que se sientan en las mesas en las que ya estás acostumbrado a ver a otras personas desde hace meses. Este último sábado comía junto a mí un matrimonio de unos setenta años. Casi no hablaban, pero reían cómplices todo el rato. Era él el que elegía los platos y el que decía algo de vez en cuando. Ella solo quiso hablar para pedir el postre. Trataba de recordar la palabra flan pero no le salía. Hacía pequeños gestos ininteligibles y se estaba poniendo cada vez más nerviosa. Su marido sabía que siempre había pedido flan. Cuando ella escuchó esa palabra se tranquilizó y luego saboreó el postre en silencio, como si estuviera reconociendo todos los sabores de su lejana infancia. No volvió a hablar. Su marido la ayudó a levantarse y la cogió de la mano antes de salir a la calle. Luego entró otra señora más o menos de la misma edad, en este caso acompañada de dos hijas. Ni siquiera articulaba alguna palabra. Sonreía y nos miraba como miraría una niña de diez años. Le tenían que dar la comida porque ya no recordaba el movimiento que se requiere para mover una cuchara o un tenedor. Vivía fuera de nuestro mundo, lejos de aquel local que entre semana se mueve entre las prisas y el bullicio. Dos calles por debajo del restaurante acaban de abrir una residencia de mayores especializada en casos de Alzheimer. Esas dos señoras eran hasta hace poco tiempo como cualquiera de nosotros. Recordaban los cumpleaños y el nombre de todos sus postres preferidos. No conocían los eternos silencios de la desmemoria, ni tampoco sabían que el olvido te roba los recuerdos y te deja a la intemperie cuando borra el significado de todas las palabras. Eso solo lo sabemos los que todavía recordamos.

Dentro de un rato intervendré en una mesa redonda en Casa África para hablar de la literatura como herramienta de cambio. Estarán conmigo escritores de Marruecos, Malí, Mauritania y Guinea Ecuatorial. He trabajado un par de ideas, pero lo bueno de las mesas redondas es que se improvisan como ellas quieren desde el respeto y la palabra. Tengo mucho interés en conocer el punto de vista de mis compañeros de mesa y en aprender de su experiencia. Ese debería ser el espíritu diario con el que asomarnos a la vida: aprender, escuchar al otro, no pasar de largo ante ningún árbol, ni dejar que se nos escape el sonido de ninguna ola que rompa cerca de nosotros. Hay que vivir sabiendo que no estamos solos y que todo lo que nos rodea tiene algún sentido: escribimos y leemos para ponernos en el lugar del otro. Esa creo que es la gran herramienta de cambio de la literatura. Y si logras ponerte siempre en el lugar del otro acabarás siendo más tolerante y mejor persona. La sabiduría es algo anecdótico, o tiene que ver justamente con ese aprendizaje de la sencillez y de la empatía. Todo lo demás es exceso de equipaje, andares de pavitonto o verbo pedante que no tiene nada que ver con lo literario. También se escribe y se lee para espantar al olvido, o por lo menos para mantenerlo alejado mientras dure la fiesta. Cuando todo acabe solo quedarán palabras, sonidos y símbolos que nos contarán mucho más allá del tiempo.

Somos un color que va cambiando a lo largo del día. No importa la piel: lo que reflejamos es una especie de sombra caleidoscópica que se va mimetizando con nuestro estado de ánimo o con la química de las horas que vivimos. Hay días de negro y días de blanco, de azules costeros o de grises de nieve y de montaña. Anoche estuve en una pasarela de moda que se improvisó en la trasera de la catedral de Las Palmas de Gran Canaria. Participaron varios diseñadores que contaron con la complicidad del entorno para mostrar sus propuestas; pero sobre todo quería ver lo último de María Mía y, como siempre, María volvió a sorprenderme y a dar con los tonos que salvan estos días tan demenciales que estamos transitando. Todo lo que mostró era blanco, elegante, con esas sutiles caídas que parecen que forman parte del cuerpo de quien viste sus diseños. Pero de María Mía me gusta el alma que se refleja en todo lo que hace, la sutileza, la sencillez, lo bien que sabe acercarse a la belleza sin caer en lo recargado o en lo artificioso. Y me gustó la claridad de ese blanco que logró encender la noche, la sensación de que en medio de lo oscuro transita una luminosa esperanza que se va vistiendo con nuestros más bellos sentimientos. Era cierto lo que decía el clásico: la única verdad y la única mentira está en el color con que queramos mirar lo que nos rodea. Hoy todavía me quedan reflejos de esos blancos que anoche atravesaron Vegueta dejando polvo de estrellas a su paso. Nuestra alegría también depende del color al que vayamos acostumbrando nuestra propia mirada.

La insensibilidad se puede demostrar de muchas maneras. También la prepotencia y la irresponsabilidad. Acabo de leer que la Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria, la más grande y la más visitada de la isla aun cuando no cuenta con campañas publicitarias, no tendrá un solo euro para comprar periódicos, revistas o libros durante 2013. Los presupuestos del Gobierno de Canarias no contemplan esas necesidades para la libertad y el alma. Si les dejaran saldrían con un parche en el ojo y con cara amenazante diciéndonos, como en su día hiciera Millán Astray, que quieren que se muera la inteligencia, que necesitan darle matarile para engañarnos con más facilidad y que el que no tenga dinero no tendrá ningún derecho a leer o a cultivarse.
El próximo viernes, a las 19:30 horas, hay convocada delante de la referida biblioteca un encuentro de abrazos que se quieran solidarizar con la cultura. Se pretende abrazar ese vacío que dejan los libros cuando no llegan a ninguna mente - ni a ningún corazón- porque no hay nadie que los coloque en los anaqueles. Ni siquiera han previsto una partida para unos cuantos ejemplares. Son tan prepotentes que carecen de todo rubor, y lo que gestionan es nuestro dinero, lo que tributamos para tener una sociedad más justa y con las mismas oportunidades para todos. Sin periódicos se roba el presente y sin libros matan el futuro y la imaginación necesaria para afrontar la vida diaria. Nos quieren alienados e insensibles. Todos los totalitarismos de la historia lo primero que hicieron fue quemar los libros. Y no dejar acceder a ellos es también una forma de incendiarlos. Y ahora, además, acabo de escuchar a Ruiz Gallardón diciendo que gobernar es repartir dolor: para mí eso es sadismo, pero del cutre y del peligroso. El literario buscaba por lo menos el placer. Pero a ver quién les explica que un libro es mucho más que un objeto o que una partida presupuestaria. Y mejor lo dejo aquí.

De niño golpeaba las pelotas todo lo alto que podía.
Todos los niños aspiran a alcanzar el cielo.
No importaba que la viera caer una y otra vez.
La infancia también es la perseverancia de un sueño.
Anoche, en La Cícer, encontré una de esas pelotas.
Era tarde, una hora en la que los niños ya no juegan.
Y era azul, hinchable, con letras desgastadas,
y brillaba en la arena con los focos de la avenida.
Yo tuve una pelota igual que esa cuando era niño.
A lo mejor las estrellas son como esos olvidados brillos.
Tal vez anoche cayó una gran estrella sobre la playa.
Toda mi infancia volvió a brillar cerca del agua.

Los proyectos nacen para ser cambiados. Pasan los años y nos seguimos empeñando en programar el futuro en las agendas. Ya estamos preocupados con lo que nos puede suceder en marzo o en el próximo noviembre, sin recordar que cada año lo que uno vive suele parecerse poco a lo que tenía previsto. Ni siquiera se repite la monotonía. Cada tedio es distinto, y alguno de ellos incluso se parece a aquella novela de Alberto Moravia que acababa conduciendo siempre al amor. Importa poco que las agendas sean ahora electrónicas y que las llevamos encima todo el día dentro del teléfono. Al final, si rastreas lo que querías y lo que encontraste verás que se parece poco lo proyectado con lo vivido. De alguna manera, cuando uno programa su vida diaria, también está trazando ficciones, o novelándose a sí mismo como un personaje más o menos creíble en medio del caos que trastoca todo de repente. Héroes o villanos, afortunados o desgraciados, alegres o melancólicos, optimistas o apesadumbrados. Todos esos somos nosotros. Contradictorios. Inesperados.

Es mentira que los hombres no lloran. Aquí, como escribía Benedetti, lloramos todos, y nos conmueven las lágrimas en los ojos de los otros. No importa que no conozcamos a quien llora: hay una solidaridad de la tristeza que nos hermana a todos los seres humanos. Nos conmueve ver sufrir a otra persona, y quien pasa de largo es que aún no ha aprendido nada de la vida. Hace un par de años escribí una columna en donde contaba mis encuentros casi diarios con una mujer llena de canas, que tuvo que ser muy guapa, y que siempre estaba triste sentada en alguno de los bancos de Triana. Tenía una de las miradas más tristes que recuerdo. Casi nunca hablaba y solo una vez me pidió dos euros. Un buen día desapareció, y uno quiere pensar que fue porque encontró la felicidad en alguna parte, porque recuperó el equilibrio emocional o porque se marchó lejos a reiniciar una nueva vida. Cervantes ya recordaba que en los casos extremos de desesperación solo nos queda la muerte, la mudanza o la locura. Y de las tres posibilidades creo que es el viaje el camino a seguir, esa singladura que en su día hizo que Ulises se lanzara al mar buscando en sus estelas los senderos de su propio destino.
Ahora hay otra mujer que debe tener más o menos mi edad y que como yo se tuvo que criar riendo con las gracias de Fofó o de Miliki, alguien que se levantaría de madrugada las noches de Reyes queriendo encontrar un sueño en el salón de su casa, o que se enamoraría en los mismos veranos interminables de la adolescencia. Esa mujer llora todo el rato. La he visto llorando en Las Canteras, en Mesa y López o en Triana. No dice nada, solo mira al suelo y llora desconsoladamente con esa angustia que a todos nos ha atenazado alguna vez. Ya sé que algunos pensarán que son lágrimas falsas que solo buscan que metamos las manos en los bolsillos para sacar unas monedas; pero si la han visto estarán de acuerdo conmigo en que en este caso la pena no engaña ni es fingida. Esa mujer deja caer las lágrimas en la acera mansamente, sin estridencias, y uno ni siquiera se atreve a preguntarle qué le está pasando. La miro y le ofrezco mi silencio por si quisiera hablar, alguna vez saco unas monedas, y luego me alejo llevando su propia pena por las calles. Otros sonríen, y también me dejo contagiar por la alegría de esas miradas, pero esas lágrimas se quedan mucho más tiempo, quizá porque me recuerdan lo vulnerable que soy, la soledad que nos puede atacar en cualquier momento o esa desdicha de no tener a nadie que nos ame. Hoy se la encontrará alguno de ustedes. Los domingos suele parar por Las Canteras. Les pido que le regalen una mirada cariñosa de mi parte, y si fuera posible una sonrisa. Le deseo toda la suerte del mundo. Fue una niña que, como cualquiera de nosotros, seguro que también soñó con ser feliz alguna vez.

La virtud, escribía Rubén Darío, está en ser sereno y fuerte. Yo eso lo he aprendido siempre de las rocas que sufren los embates del Atlántico: resisten sabiendo que las mareas violentas acabarán pasando y que las esquirlas que pierden las van embelleciendo después de cada batalla con las aguas. La erosión, el paso del tiempo, las cicatrices del alma, también nos vuelven más bellos a nosotros si logramos enseñarlas con esa serenidad y esa fortaleza que recomendaba el poeta. O si, como las rocas, logramos que todo lo perdido se convierta en arena que navegue el océano del olvido. No podemos evitar perder para seguir ganando. Solo cuando pasa el temporal cada una de esas rocas descubre las nuevas formas que brillan cuando el sol las ilumina cada tarde. En medio de la tempestad solo tienen que mantenerse impasibles ante los designios de las mareas que no controlan. Ya luego, cuando pasan esas olas violentas, podrán recomponer nuevamente su apostura. Y lo hacen siempre, llevan miles de años resistiendo. Nosotros no llegamos nunca a ser rocas, pero sí vivimos embates parecidos ante los ojos del tiempo.

Prefiero los finales abiertos. No me atraen esas historias en donde se intentan cerrar todas las tramas. No suelen ser creíbles porque ningún final termina para siempre. Y además suelen estar unidos a otros principios. Debe haber un espacio parecido a un agujero negro en donde confluyen todos los finales con todos los principios, o en donde los finales no son más que comienzos y los principios anticipos de todo lo que se acaba. Ese espacio debe estar lleno de historias inconclusas, de amores que no llegaron a ser y de sueños rotos. Uno ni siquiera sabe nunca dónde empieza o dónde acaba, o si cuando empezamos realmente no nos estamos acabando. O si al acabar no hacemos más que regresar a nuestros propios inicios.

A veces solo puedes reconstruir el mundo poniendo una palabra detrás de otra. No siempre necesitas argumentos. La escritura se asoma mucho más allá de tu mirada. Uno busca y las letras encuentran. Tú escribes alegrías y ellas te devuelven tristezas, o tratas de colocar sílaba a sílaba miedos o desesperanzas y luego solo te encuentras palabras luminosas. Uno sonríe a veces cuando llora por dentro, y hasta que no te lees no te das cuenta. Podemos llamarlo como queramos, pero al final descubres que hay un rastro de tu alma que queda detrás de cada palabra que vas escribiendo, estelas que en lugar de reflejarse en las aguas eligen papeles o pantallas.

Ella le decía que el mar ya no era tan azul como cuando ellos se amaron. Él quería recordarlo con aquella intensidad luminosa de las interminables tardes de agosto. No había regresado desde hacía casi treinta años. A ella se la encontró en la esquina de la calle Alcalá con Barquillo. Caminaron juntos unos metros. Estaba de paso. Seguía viviendo en aquel pueblo blanco junto al mar. Tenia tres hijas, una tienda de productos de artesanía y se había casado con un amigo común que también escribía versos a los quince años. "No, Julián, el mar nunca vuelve a ser tan azul como cuando se mira con los ojos de un primer amor". Julián casi no se atrevió a mirarla a los ojos cuando hablaron entre la escandalera de unos coches que se parecía poco al susurro de las olas de la playa en la que tantas veces se besaron. No quería mirarla porque cada vez que se tropezaba con sus pupilas veía el mismo azul de aquel verano. Por eso tampoco le dijo que el color del mar no es más que un recuerdo en la memoria de quien lo mira.

Del ser humano me sorprende el milagro de su existencia, el origen de sus pulmones y sus tobillos, su capacidad para sonreír, los besos que ha sabido inventar y sobre todo su continua evolución, aquellas pezuñas que luego fueron manos que pintaron la Gioconda o los gritos que han terminado entonando un lieder de Schubert. Nosotros somos un paso más en ese camino, y también nos ha sido otorgada la capacidad de renacer cada nuevo día cambiando de arriba abajo nuestra biografía. Contamos con un cerebro capaz de encontrar nuevos caminos aun en medio de la maraña emocional o laboral más desalentadora. No hay meta que no pueda alcanzar la voluntad. También hay que aceptar que no hay nada que se quede igual eternamente. Sé feliz. Y si no lo eres ahora mismo lo serás dentro de un rato. Siempre ha sido así. Por eso tenemos piernas e ilusiones. Y un amor aguardando a la vuelta de la esquina.

Las primeras nociones que tengo de la actualidad internacional están relacionadas con la guerra de Vietnam y el caso Watergate. Recuerdo escuchar el nombre de Richard Nixon como una especie de letanía ininteligible en los informativos del Diario Hablado de Radio Nacional de España. Yo preguntaba que qué era eso del Watergate y que quién era Nixon. Debía tener seis o siete años, pero era tal la insistencia diaria de aquellos locutores que todos esos nombres entraron a formar parte de mi mitología infantil. En el colegio preguntaba a otros amigos si sabían quién era Nixon, pero estaban tan perdidos como yo en las cuestiones de política internacional. Tampoco sabíamos nada de Vietnam. Ambos nombres se unieron a los numerosos arcanos de la infancia que no siempre se aclaran al paso de los años.
Lo de Vietnam sí nos cogió luego más de cerca. Un buen día nos dijeron en el colegio que iban a venir a quedarse al Hogar Rural de Guía unas cuantas familias vietnamitas que llegaban huyendo de la guerra. Nos contaron que habían sufrido mucho y que habían visto atrocidades innombrables. Pedían que fuéramos solidarios y que ayudáramos a los niños a integrarse en nuestro grupo de amigos. Lo hicimos. O por lo menos tratamos de hacerlo. Había un niño, del que no recuerdo el nombre, que era más o menos de nuestra edad. Cuando nos acercamos a él se mostró temeroso y huidizo, desconfiado, y en su mirada se atisbaba el miedo y la soledad. Siendo como éramos burleteros y crueles los unos con los otros, y sobre todo con las miserias y los defectos de los demás, no nos atrevimos a gastarle bromas pesadas. Con el tiempo acabaron integrándose en nuestro pueblo y estuvieron varios años viviendo en el Hogar Rural. Un buen día, sin embargo, les dijeron que debían marcharse a una casona enorme que estaba en Costa Ayala. Hasta ahí sé de ellos.
De Vietnam a Guía en los primeros setenta, todo un salto al vacío que para ellos y para nosotros se terminó convirtiendo en un cruce de culturas y costumbres que acabó enriqueciéndonos sin que nos diéramos cuenta. Por lo menos en mi caso nunca he tenido la sensación de que el mundo le pertenezca a nadie por haber nacido en uno u otro lugar del planeta. Aprendí que el destino te puede llevar a Vietnam o a la Conchinchina, y que en ambos lugares uno tiene el derecho a sentirse como en casa. No recuerdo el nombre de aquel amigo vietnamita, pero sí que contribuyó a hacernos más tolerantes, más sabios y más cosmopolitas. Nos sentíamos unos afortunados por no haber vivido lo que vivieron ellos. Hasta entonces pensábamos que las guerras sólo eran cosa de la tele, del cine o de la radio. Sus ojos rasgados y sus largos silencios nos enseñaron que las guerras se quedan para siempre en las miradas de quienes las sufren. Nunca quiso contarnos lo que le pasó.

El pasado jueves aprendí que lo que llevo haciendo toda la vida es desocultar lo que a veces no veo cuando camino por la calle o por los alrededores de mí mismo. Ese día asistí a una prodigiosa y emocionante conferencia de Rubén Benítez Florido en el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) de Las Palmas de GC. Su intervención formaba parte de un ciclo en el que un escritor y un músico han de interpretar alguna obra que esté en los fondos del museo. En este caso el músico fue Germán López, de quien desde ahora mismo me declaro ferviente seguidor. Su timple evocaba emociones que solo se pueden concebir en el alma (el próximo 20 de diciembre no me perderé por nada del mundo el concierto que dará junto a Yul Ballesteros-otro grande con quien además he podido compartir buenos vinos en Madrid- en el teatro Guiniguada). La obra elegida por Rubén y Germán era del fotógrafo Andrés Solana, y en ella aparecía una hoja seca con apósitos que la agarraban a la tierra (como si alguien quisiera curar las heridas que deja el paso del tiempo) o con tachas que herían la belleza del otoño que brilla en la hojarasca antes de que se desmigaje como polvo de olvido.
Rubén recurrió al filósofo Heidegger para tratar de explicar qué se esconde más allá de cualquier creación artística que uno crea o admira, y por más vueltas que queramos darle lo que se busca es la emoción, lo que el filósofo alemán decía que estaba oculto o que permanecía lejos de nuestros sentidos hasta que el arte no lograba desempolvarlo o asomarlo por lo menos un poco a nuestros ojos. También recordó Rubén Benítez que Nietzsche, al final de su vida, y tras rebuscar mucho más allá del nihilismo o de Zaratustra, terminó asegurando que la felicidad solo se podía alcanzar a través del arte. Creo que nos mantenemos a salvo gracias a la capacidad de sorpresa de nuestros propios sentidos. Si dejamos que se adormezcan pereceremos mucho antes de haber muerto. De cualquier valla, como cantaba Celia Cruz, sale un ratón. También la belleza se nos cruza a veces en medio de la calle cuando ni siquiera habíamos salido a buscarla.

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