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Archivos Noviembre 2012

Si miras una televisión apagada verás la noche. Hay hogares en donde la gente, en lugar de mirar al cielo, no aparta en ningún momento la mirada del televisor. No anochece hasta que no apagan el aparato que les mantiene alejados de sí mismos, o por lo menos entretenidos mientras despistan sus respectivas soledades. Pueden amanecer a las dos de la tarde y tener su ocaso a las seis de la mañana viendo abdominales de cuerpos hormonados. Hay familias que solo se reconocen en el reflejo de las pantallas, casas en donde lo único que se escucha es la estridencia de gritones histéricos que acaban despellejándose a sí mismos. También hay hogares con varias teles para que cada cual pueda matar la soledad a su manera, unos con goles en competiciones de cualquier país exótico y otros viendo cómo se les escapan los sueños en los coches de alta gama que salen en los anuncios. No toda la vida discurre debajo del cielo. Hay miles de personas que se han encerrado dentro de las pantallas para escaparse del mundo, o que una vez expulsados de la vida laboral y del futuro han decidido mirar al vacío de los programas televisivos antes que afrontar su propio abismo. Alguna vez atisban un rayo de sol entre las persianas. Quizá sea ese destello de luz inesperado su única señal de esperanza.

Al otro lado de la ventana está la gente que pasa, las nubes que dibujan siluetas desconocidas a lo lejos, el colegio en el que los estudiantes siguen gritando tablas de multiplicar, los enamorados que entrelazan los dedos en el parque, la señora cargada de bolsas con frutas y verduras, el taxista que toca el claxon en el atasco y las palomas que continúan conquistando las azoteas abandonadas. Me separa de lo que veo un cristal manchado de huellas y un marco carcomido por polillas pertinaces. La vida también se vive cuando uno se asoma a ella a través de las ventanas que atemperan el ruido de la calle. Nunca sabes quién te está mirando desde lejos, ni tampoco los otros saben que les miras. Andamos absortos concentrados en nuestros propios pasos, pero nuestro camino siempre lo acaba dibujando quien nos observa. Vistos desde lejos solo somos minúsculas presencias que vamos pasando, transeúntes que deambulamos a tientas en medio de la nada.

yo debería estar muerto.gifMañana viernes, 30 de noviembre, a las 19:30 horas, en la sala de Ámbito Cultural, en El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria, tendrá lugar la presentación de mi nueva novela, "Yo debería estar muerto", publicada por la editorial Aguere/Idea dentro de su colección G21 Narrativa Canaria Actual. En esta ocasión estaré acompañado por Sara Fresno Rodríguez, Rubén Benítez Florido y el editor Anghel Morales. Están todos invitados.

Antonio Machado vivía en paz con los hombres y en guerra con sus entrañas. Yo casi siempre me identifico con lo que escribía el poeta de Campos de Castilla, quizá porque fue ese poeta que esperaba hablar a Dios un día el que logró que un adolescente que solo corría detrás de los balones se detuviera a leer poemas y más tarde a intentar escribirlos fumando los primeros cigarrillos clandestinos.
Mis entrañas casi siempre han estado en guerra conmigo, y por eso necesito escribir a diario, y amar, y acercarme a la orilla de la playa, y tomar un vino, o un té, o respirar profundamente en medio de los árboles. Las entrañas se nutren de las tristezas conscientes e inconscientes que vamos acumulando en el 'almario', y son como las circunstancias de Ortega, que si no las vencemos nos acaban derrotando, o nos dejan mirando hacia el horizonte al que van a parar todos los sueños rotos.
También cuando lees poemas que te salvan, cada uno de esos versos reconstruyen los pedazos del alma que te arrancan el tedio, la estulticia o los desengaños. Ya luego en las madrugadas da lo mismo que vuelvan a rebelarse las entrañas. Desde que amanecemos nos pertenece todo lo que nos quiera ofrecer el día que tenemos por delante. Escribimos como mismo anotaban sus encargos nuestras abuelas en pequeñas y ajadas libretas: para no extraviarnos. O para que el olvido no nos deje nunca en mitad de la calle sin saber hacia dónde tenemos que seguir caminando para no perder nuestro propio rastro. Los días no deben contarse en horas, que son pocas y casi siempre desaprovechadas, sino en palabras. La intensidad de cada una de nuestras vivencias depende del nombre que sepamos darle.

Ayer escribía Javier Marías que el mundo de las letras se está convirtiendo en un guirigay que no tiene nada que ver con la literatura. Solo por el uso de esa palabra tan eufónica y tan evocadora ya valía la pena el articulo, pero de fondo planteaba el problema de la inmediatez y del compartir cualquier metáfora que uno escriba en las redes sociales. Marías exagera a veces, y de alguna forma se vale de esa estrategia para poner el punto sobre las íes que le interesan. Digamos que es su manera de vencer a la indiferencia o al tedio. De entrada yo ahora mismo estoy escribiendo en el guirigay, y por mucho que quiera el escritor madrileño ese mundo es el que vivimos y en el que se mueven millones de lectores, y claro que hay de todo en esas redes, trivialidad y genialidad, ociosos y buscadores de emociones, y la mayoría, además, combina esa virtualidad con las ficciones literarias del papel o de la propia pantalla. Pero aun así entiendo lo que plantea Marías, y me preocupa la renuncia a la individualidad, a la soledad y a la concentración que requiere la escritura (y por ende la propia lectura). Pero por otro lado me tranquiliza comprobar que los jóvenes que se han criado mirando esas pantallas escriben con talento y siguen acudiendo a la poesía o a la novela para intentar comprenderse a sí mismos. Vivimos tiempos de grandes cambios y de grandes sorpresas cotidianas. Y tal vez sea en medio de ese revoltijo mediático donde más necesarias sean las palabras. También creo que ese guirigay del que escribe Marías se asemeja mucho a la cabeza y al corazón de cada uno de nosotros.

Anoche salí a cenar con una veintena de amigos de infancia y juventud. No coincidíamos todos juntos desde hacía años, y sin embargo uno tenía la impresión de que entraba en el aula del colegio o el instituto, de que llegaba al vestuario para jugar a fútbol o a baloncesto o de que me encontraba en la plaza grande de Guía como si no hubiera pasado el tiempo. Seguíamos viéndonos igual de adolescentes, y nadie era médico, arquitecto o desempleado, ni estaba casado o soltero. Se hablaba del presente pero con la complicidad del pasado. Frente a frente había cargos del PP y del PSOE que seguían siendo igual de cómplices que cuando ninguno de ellos sabía de siglas o politiqueos. A muchos no los había vuelto a ver desde hacía más de veinte años. Y también extrañamos a los que ya no están, sobre todo a Carlos. Yo empecé a escribir con Carlos Aguiar y juntos fuimos descubriendo los libros que luego han pasado al recuerdo con mucha más intensidad que algunas vivencias. No puedes volver a ser quien fuiste, ni tampoco encontrar tal como eran a quienes fueron contigo, pero sí que puedes releer lo que viviste en los libros que formaron parte de tu vida. A ellos regresas las veces que haga falta para no desnortarte. También a esos amigos a los que nunca se les llegan a borrar del todo ni las pecas ni la mirada limpia de los once años. Hoy cada uno ha vuelto a su cotidianeidad. Sin nostalgias, sin soñar con ninguna vuelta al pasado, pero sabiendo que de vez en cuando te puedes reconocer niño en los ojos de quienes lo fueron contigo.

La soledad conduce al tango, a cuando están secas las pilas de todos los timbres que vos apretás buscando un pecho fraterno, y los timbres no son más que recuerdos de las muchas veces que nos vinieron a buscar a casa. Tantas veces vivimos pendientes de un sonido de campanillas o de un estridente ruido que a veces la vida se convierte en la espera de alguien que llegue a sacarnos a la calle o que nos arrulle con amor y con cuidados. Recuerdas los timbres colegiales que nos convertían en alados dioses cuando nos daban la libertad del recreo; también los pasos que anticipaban las caricias de algún amor que nunca has olvidado. Los cartas llegaban con timbres deseados, lo mismo que ahora te avisan cuando recibes un Mail, un wasap o un SMS, pero no es lo mismo, no tocas las palabras, ni abres aquellos sobres que cuando andábamos perdidamente enamorados nos aceleraban el pulso en las esperas. Hoy me he parado a recordar los avisos en todas las puertas que he habitado, la aldaba en las casas de mis abuelas o la asepsia magnética de tantas habitaciones de hotel. También las puertas que me separaban del océano o de la nieve. Alguien que gritaba tu nombre en la calle mientras botaba un balón o tocaba el timbre de una bicicleta recién estrenada. Ese timbre, el de la bicicleta en la noche de Reyes, es el que al final buscamos detrás de todas las puertas que nos reconocen.

Al levantar la persiana de mi habitación me llegó el olor a café mañanero que salía de alguno de los pisos vecinos que dan al patio interior. Uno quiere imaginar siempre escenas familiares armoniosas en las cocinas vecinas, parejas que apuran los últimos besos antes de salir para el trabajo, niños que comprueban que llevan todos los deberes hechos o felices solitarios que hojean algún periódico que aún conserva ese olor a tinta que despabila los sentidos y los recuerdos.
Pero en muchos de esos pisos cercanos seguro que acontece ese drama diario, y casi siempre silente, del maltrato. Quizá ese café de la mañana se ha unido a ese dolor cotidiano tras haber visto ayer las impactantes imágenes de una magnífica exposición fotográfica en las Casas Consistoriales (plaza de Santa Ana) de Las Palmas de Gran Canaria sobre el maltrato a la mujer . Me avisó de esa muestra Nanda Santana, y yo trato de no perderme ningún proyecto en donde ella ande metida. Quería que la viera y que luego la contara. Y yo ahora les invito a ustedes a que hagan lo mismo. Las imágenes recogen las distintas maneras de maltratar, muchas de ellas sutiles, y algunas vergonzantemente aceptadas por la sociedad, a una mujer. Conocía las imágenes de Tato Gonçalves para esa muestra, y yo también voy siempre detrás de cada imagen que solo logra ver una mirada limpia y creativa como la de Tato. Pero junto a las imágenes de Tato, se reúnen trabajos de fotógrafos y fotógrafas que te impactan de tal forma que al día siguiente el olor a café ya no te sugiere solo el idílico desayuno en familia de tus vecinos. Detrás de muchas ventanas hay historias de maltratos que destrozan vidas e ilusiones. Cuanto más nos hablen de ellas más nos ayudarán a que no pasemos de largo.

Hace un momento me han enviado la imagen de un arcoíris espectacular desde la playa de Las Canteras. La naturaleza se encarga de recordarnos todo el tiempo que no hay borrasca ni día luminoso que no pase de largo. No se detiene nunca, ni en el trueno ni en el solajero, ni en el día ni en la noche, como tampoco se perpetúan ninguno de nuestros momentos. Ese paso que va oscureciendo o aclarando el cielo nos sirve para tomar conciencia de nuestro propio devenir. Nunca hemos dejado de formar parte de esa naturaleza que nos empeñamos en desdeñar. No busques ancestros divinos o matemáticas que nos diferencien. También nosotros podemos colorear nuestro presente cada vez que queramos, asemejarnos a esos arcoíris que siempre llegan anunciando el final de los malos tiempos. Si miras hacia tu cielo descubrirás un universo de colores más allá de tu propia mirada.

Realmente nunca llegas tarde a ninguna parte. Da lo mismo lo que te cueste alcanzar una meta o que no llegues nunca a ella. Solo estás donde estás y donde has llegado. Lo otro no es más que estrés y deseo de controlar lo que no está en tu mano. Tampoco eres indispensable para nadie. Siempre se te podrá sustituir o se te olvidará más tarde o más temprano. La única cita inaplazable es la que nos presenta la vida a cada instante.

Vamos escribiendo sobre el rastro de lo que ya han escrito otros. Todo lo que leemos se convierte en materia literaria, en una especie de reciclaje de sueños que parece que no tiene nada que ver con lo anterior; pero que al final cuenta prácticamente lo mismo con otras palabras. Llevamos escribiendo el mismo verso millones de años. Y los que nos lean también se aprenderán ese verso y luego escribirán otros miles de poemas que creerán distintos, pero que seguirán siendo el mismo con otros símbolos, otras puntuaciones y otra energía escondida detrás de cada letra. También escribimos con lo que vamos viviendo sin darnos cuenta, con una percepción de la realidad que no vemos cuando paseamos por la calle y que luego se nos cuela en ese poema, o en un cuadro que pintamos, o en la música que sigue siendo la misma música del mar y del viento aunque la etiquetemos de clásica o de heavy metal. Por eso siempre que me preguntan por el origen de mi escritura acudo a Kafka -todos los caminos conducen en algún momento a Kafka-. Él decía que había que escribir entre sombras, rebuscando a tientas, como quien entra en un cuarto oscuro y va tocando los objetos para intentar reconocerlos. Creo que vivimos igual que decía Kafka que había que escribir, entre sombras, tanteando en la nada.

Amor.JPGHoy no escribí temprano en el teclado porque quería hacerlo en la arena. Me fui a la playa de Las Canteras a recorrer la orilla con marea vacía viendo cómo el mar, embravecido y airoso, rompía detrás de La Barra o hacía que La Cícer se removiera bajo tus pies como ese terremoto casi siempre imperceptible que provoca cada ola que rompe en la costa. Uno quisiera tener una barrera que le permitiera vivir intensamente la pasión, pero que al mismo tiempo aquietara las aguas como las aquieta La Barra en Las Canteras cada vez que el jalío se empeña en horadar la orilla. Escribí con una pluma de gaviota que encontré entre un montón de sebas y de algas. Tracé la palabra amor, y ese amor que escribía era el de esa pluma que sobrevoló horizontes y llegó adonde ninguno de nosotros podrá arribar ni siquiera en sueños. La marea se llevó el amor y los otros versos otoñales que escribí en la misma arena en la que Alonso Quesada pisó tantas veces la saudade de sus propios versos. No he logrado salir de la playa hasta que he visto que el sol empezaba a esconderse detrás de las montañas. Ya todo era reboso a última hora de la tarde, fragor de olas que revuelven las arenas, las cenizas y cada uno de esos pasos que vamos improvisando en las orillas mientras seguimos persiguiendo nuestros propios sueños.

A veces escribes azul y cuando lees el texto lo ves todo negro, o trazas la palabra oscuro y luego te encuentras un poema luminoso. No se escribe con el abecedario sino con los sentimientos, y estos se cuelan entre los resquicios de los adjetivos, los verbos o los signos de puntuación. Un día te levantas silbando por toda la casa y cuando te sientas a escribir solo te salen párrafos sombríos. Te vas a mirar al espejo y tratas de rebuscar entre las pupilas el fondo de tu alma para ver si realmente estás tan triste como tus palabras; pero tu herida viene de muy lejos, de muy adentro, y solo se ve cuando escribes, cuando pintas, cuando compones música o cuando dejas la mente en blanco al atardecer o en una caricia.
Otros días sales de la cama sin ganas de enfrentarte a este mundo cada día más inhabitable y cuando te das cuenta has escrito un texto tan vitalista que casi te hace cambiar el semblante de esa cara adusta y preocupada que va dejando la sucesión de desgracias que te muestran los telediarios. También cuando lees cambias la percepción de todos los textos a los que te asomas. Por eso me gusta tanto la relectura. Cada letra se transforma tantas veces como sea leída. Las palabras solo hacen aflorar los sentimientos. Si lees o escribes sin corazón el poema más sublime te parecerá el prospecto de un antigripal. También cuando vives, aunque no te des cuenta, tus emociones acompañan a todos tus pasos y a todas tus miradas. Tú crees que caminas feliz por la calle y todos los que te ven se dan cuenta de que esa sonrisa solo es la ficción de una pena muy grande que se refleja en tu sombra y hasta en la forma de mover los brazos. Otros, en cambio, piensan que están derrotados, y cuando los encuentras de frente reconoces en sus ojos una luz que les mantiene a salvo de todas las desgracias. Nadie gana y nadie pierde. A veces lo único que nos falta es saber reconocernos. O que nos reconozcan otros a través de nuestras propias palabras.

La clonación no ha llegado a los días que vivimos. Da lo mismo lo que te sucediera ayer porque hoy no volverás a sentirlo exactamente igual. El dolor se atempera, la alegría se diluye y los sueños se acercan o se alejan según la suerte o nuestro estado de ánimo. El milagro puede acontecer cada segundo. Nada permanece tal como fue, todo es tránsito, cambio que airea nuestros pensamientos y emociones que renuevan el aire de nuestras esperanzas. Ni siquiera tus ojos son los mismos cuando te asomas al espejo. Confía en la suerte y en los entresijos de ese destino que, si no lo refrenamos, nos lleva adonde teníamos que haber llegado. Es muy fácil extraviarse o confundirse entre la neblina cotidiana. Cuando vuelvas a sentir que no sabes por dónde transitar déjate guiar por el camino que elija tu corazón. No siempre acierta; pero por lo menos uno sabe que no dejó de intentar lo que intuía en lo más profundo de su alma.

Hay un bar cerca de donde vivo en donde todas las noches hay un grupo de hombres viendo partidos de fútbol en la televisión. Yo hace tiempo que perdí la cuenta de los encuentros de la semana y de los supuestos partidos del siglo. He regresado a lo cercano, a la Unión Deportiva Las Palmas, y con ese partido semanal me conformo y acabo con mi mono futbolero. A esos hombres no los veo nunca felices: beben, murmuran y alguna vez cantan un gol; pero sin mucha emoción, como si lo que estuvieran viendo tuviera poco que ver con ellos. Ayer había una gran manifestación que acababa justo dos calles por debajo del bar. Ellos seguían mirando la misma pantalla, aburridos, sombríos, saliendo de vez en cuando a fumar un cigarro, y apurando alguna cerveza caliente con la que justificar la estancia de tanto tiempo en el local. Seguro que alguno debe estar sin trabajo, o lo está su hijo, su hermano o su cuñado; pero les importaba poco el ir y venir de la gente que pasaba al lado de la cristalera del bar.
Yo suelo pasear a mi perro hace meses por los alrededores de ese negocio, y ese acercamiento diario me ha hecho conocer hasta sus gestos. Ellos no me ven porque no dejan nunca de mirar el balón que va de un lado para otro en la pantalla. Si algún día les dijeran que tienen que dormir a la intemperie, yo creo que se quedarían igual que como muchos otros españoles que ahora mismo viven narcotizados por la tele y por los engaños que les van contando. Para ellos realmente no está sucediendo nada grave. Y lo que no saben es que nos estamos jugando el futuro cada día y en cada una de esas salidas a la calle. No importa que no se logren efectos inmediatos; pero por lo menos nos vemos las caras miles de personas que buscamos lo mismo y que no queremos acabar como esclavos de un sistema avaricioso e insolidario.

Te vas quedando en todo lo que amas. No eres más que la emoción que dejas por donde pasas. Vivir es una secuencia de momentos irrepetibles. Todo tiene su razón de ser. Ni siquiera hace falta que le busques sentido a lo que sucede: será el tiempo el que terminará mostrándote el porqué de cada una de tus vivencias pasadas. Solo tienes que seguir caminando con la intención de no llegar a ninguna parte. Si no esperas nada, solo hallarás sorpresas en el camino. Y si lo que esperas se viene abajo, tampoco te entristezcas ni reniegues de tu suerte. Era así, tenía que ser así, y siempre lo descubrirás más tarde. Transita cómodo, sin cargas, sin rencores, sin frustraciones. El mundo se reinventa cada vez que das un paso.

Ayer hablaba con un compañero periodista sobre la escritura a ciegas. Hoy escribo a ciegas. Me he levantado, he estado leyendo, pergeñando argumentos para una nueva novela, viendo amanecer, y ahora me siento a escribir esto sin saber todavía qué pasa en el mundo. No he leído ningún periódico digital, ni he escuchado la radio, ni tampoco he encendido el televisor. Este compañero y yo coincidíamos en que si te aislabas de esa manera se podía escribir casi a ciegas, sin influencias de los temas candentes, y lo que es aún más importante, sin que esos temas acaben marcando el tono de lo que luego trazamos. Hoy escribo así, lejos de la actualidad, asomándome solo a mi corazón y a mis intuiciones.
Hace horas dejé un mundo casi inhabitable con suicidas desesperados por no poder pagar el techo donde viven y con esa sucesión de mentiras increíbles que van contando casi todos los políticos que se asoman a los telediarios. Hoy amanece con nubes y claros en Las Palmas de Gran Canaria. Ya sé que no será noticia de portada en ninguna parte, pero así también amanecemos nosotros casi todos los días. Y las nubes pasan, siempre terminan pasando. También pasarán los claros; pero mientras azulean nuestra mirada nos sentimos los seres más afortunados del planeta. No esperes azules eternos, ni sufras porque los nubarrones parezcan no querer alejarse de tu presencia. En cualquier momento te puede cambiar la vida un encuentro o una llamada. En noviembre todavía quedan hojas por caer, no pasa nada; siempre y cuando sepas que lo que ahora cae no es más que el anticipo de una floración futura, una sombra inevitable para que te recrees luego en el éxtasis de tu propia primavera. Da lo mismo el color de nuestros ojos; al final todos estamos hermanados por el claroscuro que se ha ido aposentando en cada una de nuestras miradas.



Siempre te quedas: un pensamiento, una caricia, un cuadro que pintas o que observas, una música que escuchas, un paisaje que te emociona, un perro que te conmueve.Te vas quedando sin darte cuenta, y además tu presencia se eterniza con cada paso que vas dando. Si escribes, cada palabra va formando un gran manto de signos que te protege contra el olvido. Solo eres nada cuando vives sin ser consciente de que estás vivo y cuando cumples horarios para pagar facturas o para seguir fingiendo amores que fueron muriendo muchas tardes en el tedio del camino. Si te salvas de esa mediocridad diaria te volverás eterno mientras vivas. Lo demás es cuerpo, carne que envejece y que se confundirá con la tierra o con el fuego. Tú te irás quedando en lo más sagrado, en lo que sobrevive más allá de lo que ahora mismo estamos viendo. La eternidad se va creando con los restos que cada uno de nosotros logra salvar de sus propios naufragios.

La palabra desahucio es una de las más terribles que conozco. Y el verbo, cuando se conjuga en cualquiera de sus tiempos, es todavía más descorazonador. Una persona desahuciada es alguien a quien se le arrebatan todas las esperanzas. Te lo dicen los médicos cuando una enfermedad es incurable y te amenazan con ese mismo verbo los juzgados cuando no tienes un solo euro en tu cuenta corriente y los bancos, con usura vergonzante, pretenden que sigas pagando. Ni siquiera te dejan perder todo lo que has invertido para empezar desde cero a la mañana siguiente. La pasada semana el poeta Antonio Gamoneda comparaba lo que está pasando con los desahucios con la esclavitud, y para mí tampoco hay ninguna diferencia: nos han comprado y nos han vendido para toda la vida valiéndose de engaños y de falsas promesas, y ahora no nos dejan salir por ningún sitio. Y además los que hacen eso son los mismos bancos a los que les vamos dando cada dos por tres lo que pagamos con nuestros impuestos. El sistema está podrido por muchas partes, y cada vez irán apareciendo más vías de agua que no se podrán contener. O se cambia la ley que nos obliga a esa esclavitud de por vida o más de medio país estará viviendo en la calle, y encima con deudas que jamás podrá pagar, en unos pocos años. De cualquier forma esa ley tampoco arreglará el problema de fondo. Nos duelen esas muertes porque podríamos haber sido cualquiera de nosotros los protagonistas de esos desahucios y de esos desesperos. Hemos inventado un mundo demasiado injusto y demasiado imperfecto. La única manera de cambiar esto es echando abajo todos los cimientos carcomidos. Urgen otras miradas y una reconstrucción total partiendo de la justicia, de la solidaridad y de la igualdad. Todo lo demás es papel mojado.

Cuando escribimos miramos de frente a los ojos del tiempo. No hay palabra que no contenga una herida, un anhelo o una memoria que desconocemos hasta que no la trazamos. El sueño de Goslar, de Javier Hernández Velázquez, atraviesa esas nebulosas del tiempo y se asoma a las almas de quienes cuenta. Una novela negra, como dice siempre el autor, ha de adentrarse por algún resquicio en la crítica social del mundo que cuenta; pero también tiene que saber tocar el corazón de quien se acerca a leerla. En esta novela tenemos crítica social, tenemos corazón, tenemos intriga, tenemos arte y tenemos confusiones, azares imprevistos, calles y monumentos reconocibles, diálogos trepidantes y frases que cortan el aire cuando las pronunciamos en el silencio donde acontecen las ficciones. Javier escribe con una mirada universal y con un guiño constante a la emoción del lector que se acerque a hacer suya la historia que plantea. Sus personajes van creciendo a medida que avanza el libro, y al mismo tiempo se mimetizan con sus propias palabras o intercambian biografías lo mismo que nosotros tratamos de intercambiar ilusiones cada vez que la alegría nos deja a la intemperie.
Javier Hernández es un gran escritor. Me niego a etiquetarlo, como tampoco me gusta colocar la etiqueta en otros grandes escritores cercanos de novela negra como Alexis Ravelo, José Luis Correa o Antonio Lozano. Cuando se adentren en El sueño de Goslar quedarán poseídos por la magia de un lenguaje y por los guiños de un argumento que les llevará hasta el final casi sin que den cuenta. En medio de ese viaje no desaprovecharán nunca el tiempo. Se encontrarán con sentencias y con aforismos que les dejarán KO más de una vez y que les obligará a recurrir al resuello de la relectura para recuperarse y seguir disfrutando de la historia que propone el autor. No podrán irse muy lejos de las calles de Santa Cruz de Tenerife. Las harán suyas y descubrirán que las ciudades son más de quienes las leen y las escriben que de quienes las habitan.

La novela de Javier Hernández Velázquez la presentaremos esta noche, a las 20:00 horas, en el Círculo Mercantil de Las Palmas de Gran Canaria.

No, no te digo que salgas a la calle pegando gritos o bailando La Rama a las ocho de la mañana de un día laborable. No era eso lo que trataba de explicarte. La felicidad se vive dentro de uno mismo y no precisa de vítores, fuegos artificiales o paseos en guaguas descapotables. La victoria es un orgullo diario, la sensación de que a pesar de los vaticinios y de que todo parece que se derrumba a tu alrededor eres capaz de mantener a salvo tu sonrisa, o aún más importante, que eres capaz de dormir a pierna suelta. Quien lo pierde todo solo tiene que preocuparse por lo que tiene cada día. Ahuyenta los temores de que le roben lo que casi nunca sirve para nada. No estoy haciendo una apología de la derrota, no te confundas; pero ya va siendo hora de que descubramos la fiesta interminable que podemos organizar permanentemente en nuestro corazón. No importa que fuera esté diluviando o que brille un sol que raja las piedras. Lo único que debe importarte de fuera es todo aquello que te alegre luego por dentro. Lo demás no sirve absolutamente nada. No, no tengo más certeza que la poca experiencia que me ha otorgado la vida. Ese descubrimiento lo ha de experimentar cada uno a su manera. Eso sí, no desfallezcas cuando te parezca imposible que puedas llegar a tocar un sueño. A veces no es nada fácil mantenerse a flote, pero debes recordar que lo que disfrutas o lo que te apena también acabará pasando; no sabes hacia dónde, pero siempre pasa. Si dejas que se quede no harás más que ir refrenando tu propio vuelo con añoranzas o resquemores que nunca sirvan para nada.

A estas alturas ya no sabemos quién nos gobierna ni dónde se toman las decisiones que afectan a nuestra vida diaria. Algunas veces uno tiene la sensación de que habitamos un caos que se rige por sus propias reglas y de que nuestros gobernantes solo son una especie de ninots que no sirven más que para salir en las fotos. Pero así y todo el mundo se jugaba mucho en las elecciones de Estados Unidos. Estando como estamos, un viraje todavía más radical hacia el capitalismo salvaje y hacia el puritanismo nos hubiera dejado definitivamente a la deriva. No es que uno espere una revolución con Obama, pero por lo menos se le ve un político moderado, defensor de la democracia y poco dado a buscar guerras donde no las hay. Al final es evidente que nos terminamos jugando más en las elecciones de Estados Unidos -y eso que el país ya no es ni sombra de la potencia que fue hace un par de décadas- que en los comicios de nuestro pueblo. Lo que allí sucede se extiende luego como una gran ola por todo el Atlántico para llegar hasta nosotros con otros nombres. Los lodos de esta crisis económica y moral que sufrimos habría que buscarlos en los barros de Reegan o de los Bush. Con ellos, la política se convirtió en un vergonzante negocio especulativo en el que ya ni siquiera cabía el rubor. No es que no sigan mandando las multinacionales que financian las campañas electorales, pero ya digo que uno amanece un poco más tranquilo sabiendo que está Obama por los alrededores de Wall Street. No espero milagros. Sólo me conformaría con que no siguieran destrozándonos.
La otra buena noticia del día es mucho más cercana y tiene que ver con la ratificación por parte del Tribunal Constitucional del matrimonio homosexual. La admisión del recurso presentado por el Partido Popular hubiera supuesto un retroceso tremendo en nuestra convivencia. Cada cual tiene derecho a casarse con quien quiera y como quiera. Y nadie debe nunca inmiscuirse en el amor de los otros. Amar es un verbo que solo puede conjugarse en libertad.

Nunca he pasado de largo ante ninguna de esas maniquíes que se asoman a los escaparates mirándonos fijamente a los ojos. Quizá quedé marcado por aquella bella canción de Serrat en la que el protagonista de la historia se cargaba de una pedrada el cristal y huía con una de ellas por las calles con todo su cuerpo temblándole en las manos. Recuerdo que hace muchos años caminaba cada día por King's Road a las seis de la mañana. Los domingos solo estábamos aquellas maniquíes de belleza apolínea y la sombra que era yo entonces arrastrando sus sueños literarios por las calles londinenses. Hablaba con ellas, nos entendíamos a través de la mirada y jamás he podido olvidarlas. Me fui enamorando de varias, y también sufrí episodios de melancolía cuando llegaba una mañana y ya no estaba la morena de pelo corto con la que yo soñaba fugarme a París a escribir novelas o la rubia exuberante que ya veía junto a mí tomando Dry Martini en un ático mirando a Central Park. Hoy me sigo enamorando de las maniquíes; pero reconozco que he perdido la cándida ternura de los veinte años. Nunca me he atrevido a tocarlas. Hay amores que es mejor contemplarlos desde lejos toda la vida para que no se quiebren con las evidencias o con las rutinas diarias. No sé qué habrá sido de aquellas bellas presencias que iluminaban las calles grises de Londres cuando yo necesitaba tanto mantener a salvo todas mis ilusiones. No quiero pensar en oscuros almacenes, en tiendas venidas a menos o en vertederos en los que acabarían brillando en medio de detritus. No hay amor que no se mantenga intacto en la memoria. Ayer, mientras me dejaba llevar otra vez por la seducción de una nueva mirada en la calle Triana, pensaba en ellas, en lo mucho que alegraron mis mañanas y en aquellos ropajes elegantes con los que uno soñaba siempre sacarlas a bailar. Hay otras vidas más allá de la vida que protagonizamos a diario. Y otros sueños. Y también todo lo que uno precise para recrear una realidad en la que sentirnos eternamente enamorados. Todas esas maniquíes podrían hablarnos de lo mucho que necesita amar la gente para no sentirse sola en medio de las calles.

Da lo mismo que estés en el ático de un rascacielos de la Quinta Avenida que en una cabaña del Tíbet viendo sobrevolar un águila entre tus ojos y la inmensidad de un gran precipicio. No importa que habites una mansión lujosa en la Toscana o que duermas bajo alguno de los puentes del río Támesis. Tendrás más frío siempre a la intemperie, pero la lluvia calará en tu corazón con la misma intensidad y con los mismos atavismos, la mirarás igual de extasiado y te dejarás llevar por ese sonido envolvente que proviene de la noche de los tiempos.
Todos nuestros antepasados escucharon llover alguna vez; incluso nuestros antepasados literarios, como los que habitaban en aquel Macondo siempre cercano en nuestra memoria, no veían la manera de volver a vivir sin escuchar el agua que anegaba todos sus sueños de prosperidad. La lluvia sí es cierto que se vuelve triste cuando desde la ventana contemplas a un mendigo con un perro sin collar ni pedigrí dejándose mojar entre las calles. No sabes quién de los dos va marcando el paso, se dejan llevar, y yo creo que ni siquiera se dan cuenta del agua que cala entre sus huesos y sus sueños. Desde niño pensaba que esa lluvia podía cambiar todos los destinos, gota a gota, igual que colorea los paisajes y que deja un aire renovado que penetra más intensamente en los pulmones. Cada vez que llueve rebrota una esperanza. Mirando la tierra sí sabes que al cabo de unos días lo reseco se volverá tan verde que logrará encandilar nuestra mirada. Ahora mismo llueve sobre Las Palmas de Gran Canaria, cae un agua mansa que por momentos se confunde con la brisa del océano. El mendigo y el perro han desaparecido. Quiero pensar que están a punto de rebrotar más felices en cualquiera de esas calles por las que pasan casi siempre sin ser vistos.

No hay distancias cuando dos almas conectan en el tiempo. Da lo mismo que hayan coincidido unos minutos o varios lustros. Todo lo que amas, lo que has amado y lo que te queda por amar permanecerá inalterable en un espacio al que nunca llega el olvido. Tampoco, cuando pasan los años, se ve enturbiado por ese mal perder que tienen casi siempre los amores que se nos escapan de las manos. Es cierto que nada permanece. Nos lo contó Heráclito y a nosotros nos bastaron un par de días sobre el planeta para darnos cuenta. Ganamos y perdemos varias veces cada día. Es la ley de la existencia, la naturalidad del paso del tiempo, las miradas que ayer no conocías y que hoy forman parte de tu vida diaria o de tus sueños. No vale la pena complicarse la vida por lo que no puedes llegar a controlar. Ama todo lo que esté en tu mano. Lo que suceda después casi nunca tiene que ver contigo; tampoco los encuentros inesperados, ni las traiciones, ni los ojos que se volverán a cruzar en tu camino para demostrarte que el juego nunca se acaba si tú dejas siempre entreabierta la puerta de tu corazón.

Queda todo lo que hayamos sabido vivir sin lamentar, lo que esté a salvo de los miedos y de los remordimientos. Estar vivo es tener la sensación de que uno pertenece al día que habita, al aire que respira, al cuerpo que acaricia y al horizonte en el que siempre se van vislumbrando nuevos sueños. No merece la pena perder el tiempo teorizando sobre la existencia. Sal a la calle sabiendo que todo te pertenece, que no hay mirada que pase de largo y que lo que vas observando esconde detrás un proceso casi milagroso. Déjate tropezar por tu propio destino entre las aceras, las orillas o los bosques que atravieses. No dejes que ninguna tristeza se eternice en tu alma. Todo va cambiando. Para lograr ser feliz tienes que seguir inventando cada día argumentos que reaviven todas tus ilusiones. No se repite absolutamente nada. Todo parece a veces lo mismo, pero tú sabes que cada día, cuando te miras al espejo, eres completamente distinto. Los demás no se dan cuenta hasta que pasan los años, pero tú sí sabes que el de ayer quedó en el último sueño y que el que hoy se asoma con ojos sabatinos es un superviviente que merece toda la suerte. Respira hondo y sigue el movimiento de cada uno de tus pasos. Solo dejamos huella en aquello que miramos. Tú único rastro es la emoción que vas desprendiendo cuando caminas por el mundo. Ese reflejo casi imperceptible es la única luz que alguien vería si te observara ahora mismo desde muy lejos. Todo lo demás es sombra.

Muchos muertos hubieran preferido sonrisas en vida que flores en su tumba. Los finales deberían servirnos para valorar los principios y cada uno de los pasos que vamos dando. No esperes a que te falte la palabra del otro para decirle cuánto lo quieres o lo mucho que te ha ayudado en la vida. Estos primeros días de noviembre los cementerios están menos tristes con todas las flores que adornan los nichos y las tumbas; pero la muerte sigue siendo la misma ausencia de respuestas de quienes tanto quisimos. Si tuviéramos siempre presente ese final, inesperado e inevitable, viviríamos cada segundo con la intensidad que merecería ser gozado. No hay ningún después que justifique la renuncia a uno mismo, ni tampoco homenajes o flores que nos devuelvan la vida. Incluso muertos, sería más hermoso haber dejado nuestra presencia eternamente en flores o en árboles que seguirán embelleciendo los paisajes gracias a nuestros cuidados iniciales. La certeza de la muerte nos tiene que devolver toda la sencillez y la naturalidad que fuimos perdiendo en un camino equivocado que no nos llevó a ninguna parte. Estando vivos todavía podemos cambiar el rumbo de todas nuestras travesías. El carpe diem nace justamente de esa conciencia de final anunciado que se aviva siempre que visitamos un cementerio.

Uno es también los nombres de las calles y de las ciudades en las que ha vivido, de los centros escolares en los que ha estudiado, de las personas que ha amado y hasta de los medicamentos que ha tenido que tomar a lo largo de su vida. Nuestro hilo de Ariadna cuando extraviamos la memoria se apoya en esos nombres de santos, de reyes, de poetas o de anónimos que no se sabe por qué motivo un buen día terminaron con una calle en la ciudad por la que casi pasaron de largo o de la que ni siquiera llegaron a tener noticia. Lo decía ayer Emilio González Déniz: "en Las Palmas de Gran Canaria ha bastado con que alguien de fuera orinara en una esquina para que le pusieran el nombre de una plaza", y contaba el caso del tenor Stagno, que tiene una plazoleta al lado del teatro Pérez Galdós: pasó por aquí hace mucho tiempo y cantó desganado una o dos arias después de mucho rogarle: el premio es esa inmortalización en medio del asfalto por el que transitamos.

Ahora están a punto de quitarle el nombre de Tomás Morales al instituto que se encuentra en el mismo paseo que homenajea el poeta de Moya. Algún iluminado ha decidido, tras la fusión del Tomás y el Santa Teresa de Jesús, llamar a ese nuevo centro unificado IES Las Palmas de Gran Canaria. De un plumazo borran la memoria de un escritor y de una escritora, aunque en el caso de Santa Teresa no le van a faltar centros por toda España, y sobre todo en su Ávila natal, donde no habría nadie capaz de cometer una tropelía semejante a la que se está cometiendo con Tomás. Porque a Tomás Morales es muy difícil que le dediquen un instituto en Burgos o en Vigo, y si encima en su tierra, en lugar de destacarlo, lo borramos del mapa, estaremos transportándolo inmediatamente a ese olvido al que parece que quieren nuestros gobernantes que vaya a parar todo lo que huela a cultura. Ayer nos reunimos un grupo de escritores a leer poemas de Las rosas de Hércules delante de la valla del centro escolar. No sé si servirá para algo, pero las palabras son las únicas armas que manejamos los escritores. Y ya sé que siempre he dicho que todo es olvido; pero si está en nuestra mano demorarlo mantendríamos viva la presencia de aquellos que nos legaron motivos para quedarse un rato más entre nosotros. Lo que están pretendiendo hacer con Tomás Morales no es más que otro episodio de la prepotencia de unos nuevos ricos ágrafos, burocráticos y patanes.

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