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Archivos Octubre 2012

Los días están para sorprenderte y para que descubras que lo que no vivas en el presente es tiempo perdido. Nunca sale nada como lo teníamos previsto. Te tienes que dejar llevar y que tratar de rehacer lo que viene con algún deterioro. Ayer, por ejemplo, fue uno de esos días de nubes y claros. Caminando por la calle Triana a media mañana me encontré primero con un amigo y unos pasos más adelante con una amiga que, de la noche a la mañana, habían perdido sus puestos de trabajo y no encontraban por dónde buscar la salida en sus respectivas profesiones. Hablamos, tratamos de darnos ánimos y desde ese momento he cruzado los dedos para que tengan toda la suerte del mundo. Esos encuentros te descorazonan y te recuerdan que lo que estamos viviendo es mucho más que una crisis económica. Solo cabe una gran revolución que habremos de inventar entre todos para que esto cambie. Ya no cabe esperar milagros que no lleguen desde nosotros mismos.
Menos mal que luego me encontré en todos los periódicos la noticia de que a Juan Cruz le habían concedido el Premio Nacional de Periodismo Cultural. Uno se alegra cuando se reconoce a la gente que admira y que estima, y en el caso de Juan, sobre todo si hablamos de periodismo cultural, no creo que haya nadie que cuestione el papel que ha jugado los últimos cuarenta años. Luego el día se fue reconduciendo todavía más con una comida de amigos que querían agradecernos a otros amigos la fidelidad de veinte años de encuentros casi semanales. Hablo del vigésimo aniversario del Gabinete Gastronómico de la calle Torres, en Las Palmas de Gran Canaria, un puerto al que hemos ido arribando todos los buenos amantes de los vinos y de la larga y distendida conversación. Elisa Millares, Alfredo Martín y Octavio Batista Millares nos sentaron a la mesa para que recordáramos por unas horas que los pequeños placeres son al final los únicos que nos terminan asemejando a los dioses.
Al salir a la calle había un viento caliente medio huracanado que te dejaba con una sensación casi de irrealidad, como si habitaras un oasis en medio de un desierto de emociones. Se esperaba desde hacía horas ese viento, pero nadie te avisa de tus temporales ni de tus tormentas tropicales; tampoco de los días luminosos y radiantes. No tenemos previsiones metereológicas que nos alerten de nuestros propios desastres, y en el fondo somos como las islas que vamos habitando: estamos en medio de un océano viendo pasar los días con sus nubes y sus claros, con sus momentos de dicha y con sus caídas fatales, siempre sabiendo que no hay temporal que no termine pasando de largo. A veces arrasa con nuestras ilusiones y nos deja a la intemperie. No pasa nada. Más tarde o más temprano acabará clareando y terminaremos encontrando otras mañanas en las que el mundo parezca una perfecta y bella recreación impresionista. Los paraísos hay que improvisarlos y luego disfrutarlos intensamente mientras los habitemos. Nunca perduran; nunca se parecen. Aprende cuanto antes que jamás te los podrás llevar a ninguna parte.


No hay felicidad que no esté al alcance de nuestra mano. Casi siempre pasamos de largo junto a ella o nos paralizan esos miedos que impiden que sigamos nuestro camino. Los días se pueden ir rehaciendo aunque amanezcamos aliquebrados o hayamos atravesado pesadillas mientras dormíamos. Basta con proponerse ser feliz para comenzar a serlo. Sal a la calle, camina respirando hondo, acércate al mar o abraza un árbol, ensaya una sonrisa para que tu cara cambie de semblante ante el espejo o piensa en la gran aventura que te está regalando la vida cada vez que te asomas sano y salvo a la mañana.

Ayer viví uno de esos días en los que, además de la voluntad, te tropiezas con el deseo de los otros por alegrarte. A primera hora de la mañana disfruté enormemente con la pasión por la literatura de los integrantes del Tomo's Club del instituto Tomás Morales de Las Palmas de Gran Canaria. Es mentira que no haya futuro. He recorrido muchísimos centros escolares estos últimos años y gracias a esos encuentros confío como pocos en el mundo que viene. Será otro escenario y habrá otros valores, y son todos esos adolescentes comprometidos con sus emociones los que habrán de inventarlo. Yo ya les digo que espero ansioso sus propuestas. Ahora mismo nos ven desde fuera de esa corriente catastrofista que nos han impuesto, y tienen claro qué es lo que no quieren para sus vidas.

Tras ese acto el azar me regaló encuentros maravillosos o demorados durante mucho tiempo, y luego, al final del día, me pude adentrar en los azules que Eduardo Garoz expone hasta el próximo 8 de noviembre en el Círculo Mercantil. Eduardo es periodista, pero detrás de esa pasión comunicadora se encontraba un pintor de luces marinas que, tras aprender toda la gama de tonalidades costeras en el Mediterráneo de su infancia, ha sabido encontrar los azules que ciegan la mirada en el Atlántico de Canarias. Me vi delante de mis propios paraísos: El Hierro, Lanzarote y algunas de las playas de Gran Canaria sin las que no entendería mis pasos por el mundo. Ya luego, a última hora, me quedé con la presencia de una luna inmensa sobre la playa de Las Canteras. Daban ganas de seguir su estela y de perderse mar adentro. Ese camino luminoso del claro de la luna entre las aguas es casi idéntico al que pisamos a diario sobre la superficie de la tierra. Nunca se repite, no deja que las huellas se eternicen y es tan proteico y tan variable como el azar que tantas veces determina nuestro propio estado de ánimo. Habitamos entre dos luces que se asoman o se alejan por el horizonte. Lo que queda en medio de cada amanecer y de cada ocaso es lo que somos, una luz que también irradia energía cuando sabemos nutrirla del amor por la vida y por nosotros mismos.

Una fotografía aspira a desnudar el alma. A veces lo consigue penetrando en el fondo de la mirada del retratado o con esa alquimia que tienen las imágenes que logran eternizar los momentos. El fotógrafo Chiqui García ha logrado captar esa mirada que hay más allá de nuestros propios ojos, el brillo que alguna vez reconocemos en los espejos pero que siempre se nos acaba difuminando en el vaho del tiempo. Decidió retratarnos a distintos escritores en nuestro lugar habitual de trabajo o en nuestro sitio de referencia para una exposición que en estos momentos se puede ver en la sede de la Fundación Mapfre Guanarteme de Arucas. Nos pedía un lugar en el que vernos reflejados, el espacio en el que solemos llenar de palabras nuestras respectivas soledades. Creo que nuestro lugar en el mundo es aquel que vamos habitando con todos los sentidos. Yo he elegido La Cícer, en la playa de Las Canteras, porque mis casas y mis mesas de trabajo han ido cambiando tanto últimamente que apenas he llegado a reconocerme en ellas. En la orilla, en cambio, sí reconozco lo efímero de todo lo creado y, al mismo tiempo, asisto al milagro de la marea que sube y baja dejando espumas y palabras cuando las olas rompen en la arena.

Pero nunca sabes dónde hallarás el paraíso. Un abrazo convierte un paisaje anodino en un recuerdo inolvidable que tu memoria recrea cada día más luminoso. También hay muchas más playas y muchas más orillas, más bolígrafos con los que escribir versos, otros teclados que resonarán con tus palabras y espacio de sobra como para acomodar todos los sueños que imagines. No hay que ponerle límites al deseo ni al hedonismo cuando te sientes vivo y reconoces cada pequeña piedra del camino que atraviesas. Hay mariposas que se eternizan en tu memoria, flores bellas que descubriste en medio de la mala hierba y sebas que dejan reposando en la orilla el olor de todos los fondos oceánicos. No busques ni te empeñes en seguir ninguna guía que no vaya pegada a tu corazón y a tus intuiciones más sabias. Si te dejas llevar terminarás encontrando. Nos extraviamos de nosotros mismos cada vez que nos dejamos llevar por el destino que tratan de imponernos los otros o cuando tratamos de negociar con nuestros propios sueños. Los lugares que habites serán siempre mágicos si tú eres capaz de mantenerlos a salvo. También cuando, aun medio de los temporales, logres mantener a flote todas tus ilusiones. No pases nunca de largo. La fotografía aspira a perpetuar lo efímero antes de que el tiempo y las mareas borren todos nuestros pasos. La orilla se renueva varias veces cada día para que podamos seguir caminando como si estrenáramos el mundo. Por eso una fotografía es una sombra que dejamos en el tiempo, un reflejo que va más allá de nuestra propia mirada.

Da lo mismo que te cambien la hora. Eres tú quien marca los biorritmos de tu existencia. Se puede ser igual de feliz a las siete que a las ocho de la mañana. Realmente nos despertamos siempre en medio de la nada. Lo de contar el tiempo es solo una necesidad que inventamos para no extraviarnos y para no llegar tarde a las citas. Este cambio de hora otoñal es el que vuelve más tristes las tardes: oscurece el cielo mucho antes y te aleja todavía más de los días de verano. Donde vivo no tiene sentido ese trastoque. Los días continúan siendo largos y podemos seguir bañándonos en las playas. Ya sé que amanecemos un poco antes, pero uno lo que siempre quiere es que no se acaben las alegrías. Nos da lo mismo cómo empiezan, pero una vez las descubrimos deseamos que perduren el mayor tiempo posible. Entristece perder una hora de sol siguiendo consignas sin sentido. No podemos consentir que también nos acaben robando la luz del cielo.

Si tú no eres feliz nadie será feliz a tu alrededor. Nos confundieron con los sacrificios, las renuncias y los martirologios. La única recompensa que merece la pena es tu sonrisa delante del espejo. Todo lo demás es teatro, o confianza en otra vida que compense la renuncia a la única que, al día de hoy, tenemos. Cuando eres feliz, o cuando lo intentas un día tras otro aunque traten de sacarte del juego, todo se va colocando milagrosamente en su sitio. Siempre tememos hacer daño a los demás si expresamos lo que realmente sentimos o si hacemos lo que querríamos hacer siguiendo el camino de nuestro corazón; pero el día que lo hagas te darás cuenta que ese camino lleva consigo el milagro de cambiar todo lo que te rodea. El que no entienda al principio lo hará más tarde, o da lo mismo que no quiera entenderlo nunca. Tienes que ser tú con todas las consecuencias. En esa decisión es donde único se te exige una cierta heroicidad y que tengas la valentía de coger tu propia bandera y llevarla a la colina aun en medio de los disparos enemigos. Recuerda que en cien años, si no antes, estaremos todos calvos. Y nadie va a agradecerte la renuncia a tus propios sueños. Tú eres quien único has venido aquí a cumplir tu destino. Los demás te quieren, te ayudan, te entienden e incluso se sacrifican; pero pueden hacer poco para que tú sonrías con la plenitud de quien se levanta de la cama como quien resucita milagrosamente cuando todos lo daban ya por muerto.

No puedes dejar de reconocer al que fue derrotado. Si lo ignoras acabarás reencontrándote con él más tarde o más temprano. El que cayó fue el que luego te ayudó a levantarte y a esbozar una sonrisa. No lo olvides. No seas desleal. Si lo haces, lo más probable es que te pierdas de nuevo en cualquier extraño cruce de caminos. Tampoco hace falta que te apenes o que hagas tuya aquella sensación inconsolable de los días menos afortunados de tu existencia. No pierdas nunca la sonrisa; pero recuerda que para llegar a ella tuviste que atravesar oscuros laberintos. Agradece de vez en cuando la suerte que has tenido por estar donde estás con toda la vida por delante. Te tiene que importar una higa lo que te cuenten desde fuera. Cuando tú caías los periódicos contaban que habitábamos en el paraíso. No es tu realidad la misma que los otros quieren que sea. La tuya depende de tu propia coherencia y de la satisfacción de saber que, aun habiendo sido derrotado muchas veces, has logrado renacer como rebrotan las flores en medio de la maraña.

Solo escuchaba sus pasos. Iba detrás de mí, sobre las ocho y media de la tarde de ayer, por la calle Perojo de Las Palmas de Gran Canaria. Marcábamos un ritmo similar en medio del universo, en mitad de una ciudad, sobre la acera de una calle de bellos balcones y fachadas coloreadas. Yo no me di la vuelta. Ella o él, no lo sabía, habría salido de su casa esa mañana y habría ido haciendo multitud de tareas que acabaron sincronizando mi vida con la suya. Yo también había recorrido muchas calles y había tenido muchas ocupaciones durante ese día. Un retraso de un solo segundo en cualquiera de ellas no hubiera hecho posible esa coincidencia. La vida no deja de ser más que una sincronización de casualidades que nos va cruzando con miradas que acaban conviviendo con nosotros en la inmensidad del tiempo. Algunas de esas miradas, las de un padre, una madre, un hermano, un gran amigo o un amor casi se eternizan y se confunden con nuestros propios ojos cuando nos miramos en el espejo. Otras pasan aparentemente de largo, miles y miles de pupilas que se cruzan en las grandes avenidas, en los aeropuertos o en los centros comerciales. Me quedé sin saber quién caminó detrás de mí entre la esquina de Colmenares y Murga. Llegados al final de Perojo cada uno siguió su camino, yo en dirección a Canalejas y la otra persona hacia León y Castillo. Durante unos pocos minutos caminamos juntos, casi sincronizando nuestros pasos, en medio de la nada de la vida.


Si el océano tuviera miedo nunca llegaría a la orilla. Los amores que no se declaran se quedan en nada, o convierten a los enamorados en tristes amantes que nunca sabrán hasta dónde les hubiera conducido la osadía de su romance. Quien no canta no sabe si puede ser cantante. Los que no viajan no sabrán nunca si tienen espíritu aventurero. Nos paraliza el miedo. Hay destinos que no cumplimos por no saber dejarnos llevar por la corriente de nuestro propio corazón. Nosotros mismos refrenamos nuestras posibilidades con las dudas y las inseguridades. No siempre se gana; pero es que en los fracasos, cuando provienen de los riesgos que vamos asumiendo con valentía, es precisamente donde más vamos a aprender. Nunca hay ganadores ni vencidos. Lo que queda es lo que uno ha intentado o lo que ha dejado pasar de largo, nada más. En tus intentos se contarán éxitos y fracasos; en lo que dejaste pasar de largo no se cuenta nunca nada. Los que nos grabaron los miedos en el fondo de nuestras almas o de nuestros inconscientes lo único que querían era que fuéramos unos timoratos sin atrevimiento para lanzarnos a tumba abierta a por nuestros sueños. No existe el miedo sino la educación que nos dieron para que no viviéramos con naturalidad. Si te atreves a saltar o a pasar a través del espejo verás que todo se parece mucho más a lo que deseas. Si te quedas de este lado, o permaneces quieto esperando a que alguien te lleve de la mano, te acabarán derrotando poco a poco con sus hipotecas, sus primas de riesgo y sus vergonzantes avaricias.

No hacía falta que viniera el Instituto Nacional de Estadística a sacar los porcentajes. Desde hace mucho tiempo cada vez más gente revuelve los contenedores de basura en nuestras calles. Canarias registra la tasa de pobreza más alta del país mientras los políticos siguen con sus pamplinas guerreras y con sus rabietas vergonzantes. No se gestiona correctamente y poco a poco han ido desterrando las políticas sociales y atacando a la educación. La mayoría de los que nos gobiernan se han vuelto prepotentes o endiosados después de muchos años alejados de una realidad que no conocen ni quieren conocer. ¿Qué le decimos a quien no tiene nada que llevarse a la boca? Hablamos siempre de la crisis con cifras macroeconómicas sin tener en cuenta quién la está padeciendo. Se está moviendo como nunca, con los abusos que ello conlleva, la economía sumergida, o muchos empresarios aprovechan para imponer condiciones cada vez más insoportables a sus empleados. Y no ves venir ninguna luz por el horizonte. Todo lo contrario; el futuro se vislumbra aún peor, con mayores injusticias y menos posibilidades para los que ya no tienen prácticamente ninguna. Y además no vale el estudio o el esfuerzo porque luego te encuentras con un mundo que sigue sin quererte o que te obliga a coger las mismas maletas que cogieron nuestros abuelos. Hoy no era un día para escribir de amaneceres luminosos o de alegrías. Seguirá siendo hermoso ver amanecer, pero nunca podremos ser felices si sabemos que a nuestro alrededor hay muchos niños que ahora mismo casi no tienen ni para comer. Urge una respuesta solidaria por parte de todos y una exigencia de responsabilidades a quienes han permitido que llegáramos a esta situación. No podemos mirar para otro lado. Si lo hacemos solo estaremos escondiendo bajo las alfombras lo que más tarde o más temprano nos terminará sonrojando o afectando a todos.


Muchas veces terminamos viendo solo lo que queremos ver. Si vas alegre descubrirás que casi todas las personas que te tropiezas por la calle caminan igual de felices aunque no estén esbozando una sonrisa. Evidentemente, cuando andas triste y aliquebrado también verás a todos los que te rodean igual de apesadumbrados que tú. Las embarazadas solo van viendo embarazadas, los altos solo ven altos, los que desean un coche de una marca verán a todas horas vehículos que circulan con el anagrama de sus sueños y los que se sienten viejos solo verán viejos en todas partes. Muchas veces solo vemos lo que deseamos: somos capaces de obviar todo lo demás y de centrar nuestra atención en lo que nuestra propia mente anda buscando. Si intentaras salir a la calle deseando ver paseantes alegres, probablemente los alegrarías tú mismo con tu sonrisa o con tu deseo de felicidad. O serías capaz de mirar lo que casi siempre se te escapa por ir demasiado pendiente de tus obsesiones. Los sueños se alcanzan justamente cuando dejamos de correr detrás de ellos y aprendemos a mirar también a nuestro alrededor. En cualquiera de esas miradas casuales y azarosas puedes encontrar lo que ya no estabas buscando.


Tengo un amigo que durante años practicó escalada en pared vertical. Me gusta hablar con él sobre esos caminos de subida que improvisaba para llegar a las cimas que fue coronando. Realmente la meta en esas escaladas, como en la propia vida, es llegar a uno mismo. Has de rebuscar los caminos y de medir los esfuerzos; también tienes que desterrar el miedo y que aprender a superar las dificultades. Lo que nunca se puede hacer es volver atrás. Si lo haces corres el riesgo de estrellarte y de perderlo todo. La única salida en una pared vertical la encuentras mirando hacia arriba. No sabes qué vas a encontrar, pero una vez te embarcas en la aventura no te queda otra que seguir subiendo con la confianza de que al final te acabarás tropezando contigo mismo. Cada día has de dar un nuevo paso y de ajustar las cuerdas que te sujetan a la pared. Lo demás depende solo de tu propia intención por seguir avanzando. Como en la vida.

Realmente son los charcos los que vuelven melancólicos los días lluviosos. El agua que cae entretiene nuestra mirada o nos obliga a abrir el paraguas o a buscar refugio debajo del balcón más cercano. Ya luego, cuando cesa el aguacero, nos vemos reflejados en esos grandes charcos que se quedan como restos del océano extraviados en medio del asfalto o del barrizal. No se eternizan. Como nuestras penas cuando nos despiertan en mitad de la madrugada, o como cuando nos dejan nostálgicos mirando los atardeces, también se diluyen y desaparecen milagrosamente desde que sale el sol o pasa el tiempo. Cada charco es un espejo en el que mirarnos efímeros, una pequeña mareta de sueños perdidos que no van a ninguna parte.

La miel con la que endulzas tu desayuno tiene un sentido parecido a tu propia existencia. Su proceso es milagroso, la elabora una abeja que a su vez nace misteriosamente y aguarda en las flores antes de comenzar un proceso casi alquímico. Brilla con el sol de la mañana o se oscurece en la penumbra, pero nunca pierde el dulzor. Lo mismo nos sucede a nosotros: a veces brillamos y otras veces nos dejamos llevar como sombras sin almas por las calles; pero jamás perdemos la esencia que llevamos en nuestro interior, todo ese fulgor que rebrota en nuestros adentros más profundos cuando nos dejamos llevar por las emociones. Siempre habrá flores ante las que detenerse para rehacer el camino. Si te dejas guiar por el instinto de tu corazón las reconocerás aun en la espesura de la maraña. También las mieles cristalizan cuando llega el frío o las olvidamos en las despensas. Esa misma cristalización acontece en cada uno de nosotros cuando hemos sido intensamente felices: tenemos esa miel concentrada en el tiempo y nos queda por descubrir la que todavía aguarda entre las muchas flores que te irán apareciendo en el camino. Esa esencia es el único oro que realmente vale para no sentirte nunca derrotado.

Vamos a suponer que, efectivamente, lo primero fue el verbo. Lo que iba existiendo aparecía a medida que se iba nombrando. Las montañas, los océanos, los seres humanos, los pájaros y hasta los sinvergüenzas fueron nombrados antes de convertirse en materia. Por tanto, todo lo que queramos tendremos que desearlo, nombrarlo, escribirlo o imaginarlo. Si crees que todo está bien, todo estará bien aunque aparentemente esté todo fatal. Ya luego habrá tiempo de arreglarlo sabiendo que es inevitable. Pero si te empeñas en verlo todo negro, solo lograrás oscurecer tu presente. Es verdad que no están los tiempos como para ir por las calles bailando valses de alegría. Sin embargo, partiendo de este caos que algunas mañanas parece un laberinto sin salida, creo que podemos ir tanteando nuestras propias alegrías mientras seguimos el vuelo de un pájaro, el ir y venir de las olas o la armonía de un barranco cuando todo se hace silencio. También podemos descender a nuestros valles más profundos para buscar el sosiego y la calma. Lo primero que deberíamos hacer al despertar es buscar un verbo que nos alentara y que nos orientara en nuestros propios laberintos. Todo lo demás irá llegando.

Me tranquiliza ver a mi perro dormir plácidamente mientras yo leo los titulares de los periódicos digitales. También serena comprobar que la música de Bach no se ve afectada por la sucesión de malas noticias que te encuentras en todos los sumarios. Lo más visto, además, suele ser lo más estremecedor o alguno de esos goles que han terminado saturando incluso a los más futboleros. Tengo que comentar la actualidad diaria dentro de unos minutos en una emisora de radio y reconozco que llega un momento en que no entiendo nada aunque luego, cuando hable, parezca que lo tengo todo claro. Yo creo que así estamos la mayoría de periodistas, haciéndonos los que sabemos pero reconociendo que casi no tenemos ni idea de lo que sucede más allá de nuestras fronteras más cercanas. A veces ni siquiera sabemos qué pasa dentro de nosotros mismos. Entre asesinatos, guerras, secuestros, violaciones, amenazas, exabruptos, mentecatadas y fotos sangrientas apenas queda espacio para el sosiego o para descubrir que el pájaro mañanero que nos despabila aún sigue cantando detrás de la ventana. Y la vida no es esa sucesión de desgracias que se está asomando a diario a los medios de comunicación. Los días dependen de nuestros propios estados de ánimo. Miro al perro, escucho a Bach y al pájaro que canta y todo tiene otro color y otro sentido. De alguna manera logras recrear tu propia realidad. Y ya sabemos que la suerte la encuentra quien la busca. También el sosiego. Solo estarás a salvo si logras esbozar una sonrisa en medio de tanto caos y tanto apocalipsis que luego suele quedarse en nada. La alegría es de quien se la trabaja. O de quien es capaz de salir a la calle sabiendo que hoy puede ser el día más feliz y más importante de su existencia.


Basta con que enciendas una luz al fondo del pasillo para que veas amanecer. Cada despertar es un milagro: por ti, por el cielo que te rodea, por el pájaro que canta lejos de tu vista, por el perro que se despereza y corre de un lado a otro de la casa, por los niños que no reniegan de los sueños y quieren quedarse un rato más en la cama o por esa sensación de gran estreno diario que tienen todas las mañanas. Si el sol echara de menos los campos y los océanos que iluminó el día anterior no sería capaz de encender un nuevo día. A nosotros nos cuesta asumir esa transitoriedad tan evidente, y solo cuando comenzamos a vislumbrarla podemos vivir sin lamentaciones, derrotas o ilusiones perdidas. Hoy puedes brillar como el mejor de tus días, y sobre todo como no has brillado nunca antes. Tu sol también se enciende cada mañana para que puedas dejar atrás las noches oscuras del alma.


Las olas lo arrastran todo y nos vuelven a convertir en aquellos hijos de la mar que cantara Machado. Coge la mano de quien amas y piérdete en la orilla, o abre bien las tuyas y siente cómo la vida palpita cada vez que las olas tratan de socavar la costa. No eres más que lo que amas y lo que sientes con el alma. Cerca del mar siempre estarás a salvo.

Cuando no encuentres respuestas en ninguna parte siempre te quedará el mar. Vale cualquier orilla; pero hay playas en donde las olas suenan con más intensidad y con más clarividencia. Famara es un nombre que nos salva cuando parece que todo está perdido, un paraíso en el que rastrear tus sueños, un viento en el que silenciarte y un horizonte con islotes en los que puedes imaginar todos los tesoros enterrados que te plazca. La caleta aún conserva las huellas de César Manrique difuminadas entre los charcos que centellean cuando baja la marea y parece que el mundo se engrandece a medida que las olas se alejan mar adentro. No se encuentra quien se busca sino quien aprende a perderse. A medida que caminas hacia el acantilado, mejor cuando amanece o cuando el ocaso comienza a enrojecer los restos volcánicos detenidos por las aguas, vas apagando el ruido del mundo y encendiendo el ensordecedor escándalo de unas olas que atemperan tu mente. No llegarás a sentirte eterno, pero sí asumirás que todo es tan transitorio y tan perfecto como ese estruendo que solo es el anticipo de la espuma, la brisa que respiras renovando todas las ilusiones que has ido perdiendo o demorando en el camino.

Al final es todo mucho más sencillo de lo que parece: la marea sube y la marea baja, y en medio no hay que perder nunca la calma. Y si estás mar adentro y te arrastra la corriente, ya sabes que solo sobrevives si te dejas llevar por el destino de tus propias aguas. Si nadas contra ti mismo te ahogas, o acabarás tan exhausto que apenas te quedarán fuerzas para respirar o para seguir plantando ilusiones.

Da lo mismo lo inmenso que sea el océano. Si hay dos veleros que están destinados a cruzarse, más tarde o más temprano acabarán reconociendo sus velas en medio del azul interminable. Puede navegar uno hacia poniente y el otro hacia naciente, o pueden equivocar las rutas y extraviarse, o estar mucho más tiempo de lo que tenían previsto en algún puerto. Da lo mismo. El destino de ambos ya estaba escrito mucho antes de que empezaran a ser construidos. Se reconocen porque no hay destino que pase de largo cuando se cruza lo inevitable. Pueden navegar juntos, cada cual su propia singladura, durante años, o pueden inclinar levemente sus velas y luego seguir cada uno su propia ruta con la tranquilidad de que saben que existen. También pueden fondear en alguna costa agitada por el revuelo y el estruendo de alcaravanes y gaviotas. A veces no importa siquiera lo que decida el timonel. Los veleros que navegan los océanos están para embellecer los horizontes y para ir sembrando estelas que luego nos llegan a la orilla confundidas entre la espuma de los días y de nuestros propios sueños. No hay vela que no mueva el viento cuando navegamos hacia nuestro propio destino.

Nadie gana siempre. Conozco a muchos supuestos ganadores sin brillo en los ojos y sin capacidad para esbozar una sonrisa. Tampoco los perdedores se eternizan en la derrota. Si yo tuviera que elegir, prefiero una decepción que me haga crecer a un falso triunfo que me consienta y me deje viviendo una vida totalmente irreal. Si ganas siempre en lo que los otros dicen que tienes que ganar corres el riesgo de convertirte en un Cristiano Ronaldo. En la vida no hay ni ganadores ni perdedores, solo supervivientes que tratan de reconstruir cada día su felicidad. Y habitualmente son los que han sufrido algún revés importante los únicos que reaccionan y se dan cuenta de lo que va el juego. El dolor puede sacar lo peor o lo mejor de ti, lo mismo que el éxito puede engominar tus neuronas o convertirte en un gran filántropo. Al final lo único que nos queda es la reconstrucción diaria de nuestros propios sueños, y ahí sí es verdad que son los perdedores los que cuentan con más ventaja por haber tenido que reinventarse muchas más veces. Muchos ganadores ni siquiera se han llegado a dar cuenta de que son mortales.

Al abrazar estás lanzando al aire un cazamariposas que logra atrapar el aleteo de la belleza más efímera e inasible. También sientes que no estás solo en medio de la nada y que bastan unos brazos que te quieran para que todo parezca mucho más sencillo y más soportable. Los abrazos nunca se recuperan, pero sí se renuevan y se estrenan cuando nos dejamos guiar por nuestros afectos. Ahora te encuentras a mucha gente en los parques y en las calles peatonales ofreciendo abrazos a cambio de sonrisas. Esa gente sabe qué es lo que nos salva. Nos están ofreciendo la posibilidad de sentir que todos palpitamos igual bajo la luz del sol. Un abrazo detiene el tiempo entre dos cuerpos que se reconocen. Lo que queda en medio siempre estará a salvo y acabará eternizándose en la memoria de quienes aman. Da lo mismo lo que pretenda el olvido, el desamor o la apatía. Nada ni nadie logrará ensombrecer el tiempo que queda entre dos cuerpos que se abrazan.

Desde lejos todo parece más pequeño. Y a medida que avanzamos nos vamos dando cuenta de que los grandes temores del pasado se quedan siempre en nada. En medio del caos es difícil tomar alguna decisión que nos alumbre. Habitualmente improvisamos o dejamos que sea el tiempo el que nos devuelva a las aguas sosegadas. Cada cual sobrevive como puede; pero sí es verdad que los pasos solo los podemos ir dando nosotros. Si no avanzas o si no aprendes a relativizar lo que te sucede, te quedarás en esa tierra de nadie en donde la vida suele pasar de largo lastimosamente. Respira hondo unos minutos, aléjate del centro de la trama y asómbrate de lo mucho que podrías hacer para cambiar tu destino. No tienes más que proponértelo. La suerte tienes que buscarla en tu propia intención de seguir andando aun medio del caos y del desastre. Estando contigo siempre estarás a salvo.

En la orilla recuperas la cordura que te roban los telediarios y los miedos macroeconómicos. Paseas por tu propia infancia y, de alguna manera, reconstruyes los castillos de arena que una vez soñaste eternos delante de las aguas. Cada golpe de mar es un latido que permanece siempre vivo en nuestro corazón. Casi sin darnos cuenta aprendemos que la pleamar borrará nuestras huellas y que esa señal de nuestro paso por la orilla se acabará confundiendo con el océano. Si acaricias la espuma de las olas terminarás reconociendo tu propia silueta entre las aguas.

Cuando era niño, los papagüevos eran mis extraterrestres. Los de Guía eran enormes y sus manos revoloteaban casi a la altura de las ventanas cuando giraban sobre sí mismos y los de mis veranos en Agaete coincidían con gente que luego te ibas encontrando por la calle casi como si fueran apariciones fantasmales. Mañana se celebra en Guanarteme un nuevo encuentro de papagüevos de toda la isla. Y este año, además, esa coincidencia festiva (y casi extraterrestre) tiene un fin solidario: el objetivo de los organizadores es donar a Cáritas un kilo de comida por cada papagüevo participante, por lo que además de disfrutar viendo bailar nuestra propia infancia podemos contribuir a mejorar un poco este mundo de una forma efectiva y directa.
Tuve la suerte de ser pregonero de ese encuentro hace unos años, y por tanto sé del empeño de los organizadores por consolidar ese milagro, sobre todo de la abogada Ana Moreno. De ella es uno de los regalos más hermosos que me han hecho en mi vida. Al terminar, al pregonero (este año será el periodista, músico y mejor amigo, Sergio Miró) le entregan una réplica de sí mismo convertido en papagüevo. Esa figura la tengo siempre entre mis libros, tan a mano como a mis poetas más necesarios o como a las ficciones que me ayuden a entender un poco mejor este mundo de locos. Casi todos los niños de Guía y de Agaete soñábamos con ser papagüevos, y al mismo tiempo también un poco extraterrestres. Cuando los veo bailando, o cuando me veo a mí mismo con ese aire tan festivo y relajado, todo se vuelve mucho más fácil y más comprensible. Mañana domingo, a partir de las once de la mañana, en la Plaza del Pilar (casi en la misma orilla de la playa de Las Canteras) estaré en primera fila tratando de imbuirme de toda la alegría de esos seres a los que prefiero seguir dotando de un cierto halo misterioso para que no dejen de alegrar mi neuronas más bullangueras. Muchas veces la vida no es más que un baile en el que hay que dejarse llevar por los ritmos que realmente alegren nuestros pasos. Mirando el revoloteo colorista de los papagüevos te olvidas hasta de que vives en unas islas necesitadas de rescate.

Cuando un niño articula sus primeras palabras inmediatamente se renuevan todas las esperanzas. Nosotros no nos acordamos del primer sonido que pronunciamos, pero desde ese momento ya estábamos aprendiendo a reconocer todos nuestros sueños y el nombre de nuestros amores o de las ciudades que han ido marcando nuestra existencia. El futuro solo lo vamos a encontrar a través de las palabras. También nuestro destino queda a salvo cuando podemos seguir renombrándolo cada mañana. Da lo mismo que ese bebé diga papá o mamá, o que solo se manifieste con sonidos guturales a los que nosotros queremos buscarles significados. Lo que importa es que detrás de esos esfuerzos hay un instinto atávico por comunicarse y por hacerse entender. No debemos olvidar eso nunca, sobre todo ahora que nadie tiene en cuenta nuestras palabras. Y no importa el idioma en el que se pronuncien. Detrás de cada alfabeto solo está nuestra intención de contar que queremos ser felices.

El viaje termina siendo nuestro único destino. Vamos y venimos sin saber cuál será el itinerario ni qué encuentros o ciudades acabarán marcando nuestra existencia. Ni siquiera aquietando nuestros pasos permanecemos estáticos. Esa movilidad debería convertir a la vida en el más logrado divertimento. No hay nada más sabio que comenzar el juego diario como una gran aventura en la que el azar también participa en la partida. Mi viaje de hoy tiene que ver con una magnífica exposición fotográfica de Hildegard Hahn en el Centro de Artes Plásticas de Gran Canaria (justo al lado de la Casa de Colón). En esa muestra, la creadora alemana residente hace muchos años en Canarias, presenta cientos de paisajes y de caras que ha ido encontrando por el mundo a lo largo de sus periplos viajeros. Hay viajes en color y en blanco y negro, caras risueñas o pensativas, multitudes y soledades, estaciones brumosas y mares de un azul tan intenso que encandila la mirada más costera. Todo viaje es un reencuentro con uno mismo a través de la mirada de los otros. También nos vale para descubrir que al final estamos todos unidos por los mismos interrogantes. En un montaje de vídeo que aparece en la exposición, Hildegard va recorriendo las ciudades y los paisajes siguiendo solo la imagen del cielo. Nos igualamos cuando miramos hacia arriba. Todo tiene el mismo sentido y transmite la misma emoción e idéntico estupor. Creo que realmente viajamos para descubrir que no estamos solos y que nuestro lugar en el mundo está donde encuentran acomodo nuestras propias emociones. Da lo mismo las calles o las montañas que tengamos delante. Finalmente somos nosotros los que siempre acabamos trazando nuestro propio paisaje.

La exposición de Hidegard Hahn estará abierta hasta el 11 de octubre. Se puede visitar de lunes a viernes de 10:00 a 13:00 h. y de 16:00 a 21:00 h. en el Centro de Artes Plásticas (C/Colón, 8)

Puedes programar una hora en el despertador para levantarte, pero no puedes tener la certeza de que lo harás en ese minuto que has elegido. Te pueden fallar las pilas, si es eléctrico puede haber un corte de suministro o te puedes desvelar de madrugada y luego no enterarte de que suena el pito, la campanita o el sonido que le hayan puesto para sacarnos del otro lado de nuestra realidad diaria. No sé cuántos despertadores habré tenido a lo largo de mi vida, pero solo me quedaría con el de mi propio cuerpo cuando se acostumbra a una luz y a unas horas de descanso diarias. Creo que la felicidad consiste en amanecer siempre sin despertador y en saber que vas a empezar a hacer aquello que realmente enriquece tu existencia. Todo lo demás es pérdida de tiempo. También sabes que nunca puedes programar lo que vas a encontrar al día siguiente. Te puede aguardar el amor de tu vida o una decepción que no esperabas. Por eso sirve de poco querer controlar los despertares. Da lo mismo que programes el despertador a las seis y cuarto que a las siete menos cuarto. Lo que cuenta no es el sonido que te despierte sino la actitud con la que encares el nuevo día que amanece. Y sabes que puede pasar de todo. Los años te han enseñado que no hay día que no contribuya a cambiar tu destino. Y al mismo tiempo también has aprendido que, una vez despierto, eres tú quien puedes variar las perspectivas y ver blanco lo que parecía negro, y viceversa. Un color es solo una pista: lo que cuenta son todas las tonalidades que hay que saber buscar más allá de lo aparente. Como en la vida. Como en todo lo que nos rodea y no vemos por ir demasiado deprisa o demasiado distraídos en lo que no tiene ninguna importancia.

Un pragmático diría que para hacer tortillas no queda más remedio que romper huevos. En nuestra vida diaria muchas veces pretendemos que sucedan las cosas sin que se rompa previamente todo aquello que nos impide crecer y ser felices. La crisis que vivimos ahora mismo propiciará ese rompimiento sobre el que construiremos un nuevo mundo más habitable; pero entre tanto sí es cierto que nos esperan muchas curvas peligrosas y que no será fácil atravesar esa ciénaga en la que tantos caimanes aguardan cualquier despiste para acabar con nosotros. Más que de muerte, a mí me gusta hablar siempre de renacimiento. Realmente, al morir, vamos adonde mismo vinimos, por lo que de alguna manera renacemos; pero nos empeñamos en pintar con lúgubres presentimientos lo que no es más que un paso necesario en nuestro caminar eterno. Todo es efímero y todo tiene sentido. Muchas veces nuestra felicidad solo depende de la mirada con la que nos acerquemos a lo que sucede a nuestro alrededor. No es lo mismo renacer que morir, y de momento, cada nuevo día que amanecemos, no hacemos más que reinventar nuestra propia realidad como si empezáramos desde el principio. Por eso cada mañana se convierte en una gran oportunidad ante la que no deberíamos pasar de largo. La dependencia es finalmente de nosotros mismos.

Si contempláramos más las mareas entenderíamos mejor nuestros estados de ánimo. A veces no sabemos por qué estamos más inquietos o más sosegados o por qué, casi de repente, rozamos el nirvana o nos quedamos a las puertas del infierno. Lejos del mar pierdes las pistas que te conducen a ti mismo. Cerca de la orilla, en cambio, te das cuenta de que una luna llena como la de anoche revoluciona las mareas como mismo trastoca nuestras hormonas acrecentando alegrías o agigantando nuestras penas. Tampoco llega el agua todos los días al mismo sitio. Hay pleamares que se empeñan en adentrarse hasta las avenidas y otras que se quedan mansamente mucho más abajo de donde pensábamos. Hay mareas que también nos atraviesan varias veces cada día, momentos en los que no te queda más remedio que aguantar las embestidas o disfrutar de la cadencia de las aguas. Pero, casi siempre, la navegación depende de nosotros mismos. No veo que el mar se desequilibre ni en las pleamares ni en las bajamares. Se deja llevar sabiendo que todo es pasajero y que, más tarde o más temprano, volverá el sosiego o la revoltura. Si no nos creyéramos tan dioses y tan superiores, aprenderíamos a vivir con la misma naturalidad que encontramos en las orillas cuando necesitamos serenar nuestra existencia tan convulsa y tan alejada de su propia esencia. Todo sube y baja, va y viene, arrastra o se aquieta. Y nunca pasa nada.

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