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Archivos Septiembre 2012

No olvides nunca que el arcoíris te puede sorprender en cualquier parte del camino. El sol se abre paso entre la lluvia cuando parecía imposible que pudiera volver a brillar, y cuando lo hace todo se llena de colores. Toda belleza nace de una combinación de energías que acaba confluyendo en un lienzo, en un papel o en el mismísimo cielo. No renuncies nunca a tus propios sueños porque cuando menos te lo esperes acabarán iluminando tu destino. Tampoco hace falta que los estés buscando todo el rato desesperadamente. Como me decía una amiga ayer, todo consiste en ser honesto con uno mismo. Si logras mantener esa coherencia personal mirarás al cielo en cualquier momento y te aparecerán trazados los colores que anuncian el final de los malos tiempos. Ni siquiera el gran diluvio duró eternamente.

El dinero y el poema se componen de la misma materia, pero la tinta y el papel de uno no vale lo mismo que la del otro. Cada cual ha de elegir la que más necesite. Un poema no sirve para comprar un pan o para pagar una hipoteca; pero al paso que vamos el papel moneda que apenas anida en nuestras manos tampoco valdrá para comprar absolutamente nada. Ya no valen nada aquellos billetes de cien pesetas que les quitaban el sueño a nuestros abuelos, ni los de cinco mil pesetas con los que no hace mucho teníamos para comprar medio supermercado. No creo que falte mucho para que los euros que ahora nos traen a malvivir desaparezcan para siempre, lo mismo que los yenes, los dólares o los pesos mejicanos. Todo eso no es más que una ficción numismática con la que nos han estado confundiendo. Obama no para de imprimir cada vez más dólares para ver si renueva el cargo sin que se le paralice la economía y en España solo estamos buscando la manera de pagar las deudas. El papel moneda con caras de próceres o con paisajes emblemáticos se nos ha ido de las manos. Ya no sabemos ni siquiera lo que vale. Y además lo que se contabiliza no existe- por eso hablaba de ficción numismática-, solo son números, estadísticas o previsiones que parten de supuestos que jamás se cumplen. Creo que aquel poderoso caballero del que escribía Quevedo se está quedando cada vez más desnudo. Casi roza el ridículo diario. Papel mojado, eso es lo que nos están dando desde hace tiempo, tinta engañosa que nunca equivale a lo que leemos en los números.

Cada cual puede combinar su vida como quiera. La puede mezclar con optimismos (esta palabra ya es casi una rareza hoy en día, y además tiende a desaparecer) o con pesimismos; con humor (la risa también cotiza a la baja, y encima cuando la sacan por la tele es solo para ponerla en la cara de un señor que fuma puros en Nueva York mientras buena parte de su país no sabe cómo llegar a fin de mes) o con dramatismo; con naturalidad (asumiendo las reglas del azar y no dejando de confiar nunca en la buena suerte) o con fatalidad. También las palabras que vamos formando cada día no son más que combinaciones que nos suben al séptimo cielo o que contribuyen a que sigamos cayendo cada vez más abajo. El abecedario solo es una sucesión de letras y vocales. Si empiezas a juntarlas como un pintor mezcla colores te puedes encontrar con hallazgos sorprendentes. Hagamos una prueba: lindo, alegre, bella, esperanza, festivo, juguete, armonía, abrazo, confeti, luminosa, esplendor, sublime, placentero, ternura, sosiego, paraíso....Podríamos seguir hasta el infinito buscando palabras que nos ayudaran a remontar los días convulsos. Y si no las encontramos, también podríamos inventarlas y llevarlas puestas a todas partes. Nuestra felicidad depende de nuestro propio deseo de encontrarla. Cada palabra que pronunciamos se termina convirtiendo casi siempre en el eco que acabamos protagonizando.

No hace falta que suene algún despertador para que descubras que estás vivo y que sigues respirando. Realmente no amaneces hasta que no te reconoces en el espejo. Las mañanas son como los principios de casi todas las novelas: conviene que comiencen intensamente y que enganchen al lector; pero no pasa nada si esa intensidad no se consigue hasta el segundo capítulo o si cuando realmente se vuelven interesantes es en las últimas páginas. Lo que hay que evitar siempre es que sean aburridas o que no transmitan ninguna emoción. Los días también los podemos ir recomponiendo nosotros mismos con esfuerzo y constancia. Da igual lo que nos digan o lo que nos cuenten desde fuera: si nos lo proponemos, podemos darle la vuelta a las mañanas que amanecen nubladas en nuestro corazón. Basta con que te asomes a ese espejo con una sonrisa o a que en lugar de tirarte en un sillón salgas a pasear por las calles o por la orilla de la playa. También está en tu mano desterrar los malos pensamientos y los temores a un futuro que casi nunca es como aventuramos. Todo esto no lo piensas cuando apagas el despertador y sales de la cama como quien regresa desorientado de un largo viaje; pero ya ahora, cuando te has lavado la cara y te has tomado el té o el café mañanero, puedes empezar a escribirte como realmente te apetezca. No tienes que venderte a nadie ni que traicionar la esencia de tu escritura. Cuando te mires al espejo rebusca el fondo de tu mirada más luminosa y trata de no perderle la pista hasta que regreses nuevamente a la cama. En el camino está la vida.

Si hubiera estado ayer en Madrid habría salido a la calle. Me siento cercano a los que ya no ven salida por ninguna parte y a los que desconfían de un sistema que nunca va a pretender nuestra felicidad. Las imágenes de las cargas policiales son terribles y no deberían quedar impunes en un estado de derecho. No conseguirán nada tratando de imponer la razón a través de la fuerza y del abuso. Todo lo contrario, ayer lograron que mucha más gente se solidarizara con quienes solo quieren que haya futuro en sus vidas y en sus sueños. Creo que esa protesta será la primera de otras muchas que se irán organizando mientras no se detengan la especulación y la mentira o hasta que no dejemos de sentir la impotencia que supone comprobar que, por más recortes sociales y salariales que suframos, cada día estamos peor. Rodear el parlamento era un acto simbólico, pero hay que tener cuidado con los exaltados que tratan de pescar en río revuelto. No todos los políticos son como nos los están pintando. He conocido políticos serios y honrados, y en el parlamento estaban los representantes que hemos votado libremente los españoles. Creo que los que ya no confiamos en este sistema de partidos que solo protege sus privilegios y sus intereses tenemos que buscar la manera de propiciar cambios sin agredir los valores democráticos que heredamos de la revolución francesa. Hay que tener mucho cuidado ahora con los mesiánicos, con los dictadorzuelos disfrazados de santones o con los Robespierres que solo quieren ir cortando cabezas. El cambio ya es inevitable, pero tenemos que ver cómo lo llevamos a cabo para que todos podamos seguir conviviendo pacíficamente. Vienen nuevos tiempos y somos nosotros los que tenemos que inventarlos.

A nadie le viene grande su propio papel. Si acaso hay quien sobreactúa o quien deja de ser creíble. Vivimos interpretándonos diariamente según nuestras circunstancias y los distintos acontecimientos que vamos encontrando. Nunca repetimos ni un personaje ni una escena, pero en esencia deberíamos ser siempre reconocibles. Varía la trama, el exterior nublado o soleado o el interior con cientos de decorados posibles; pero tu mirada tendría que brillar igual en todas partes, y tus ojos deberían reír como decían que reían siempre los ojos de Marcello Mastroianni. Al final solo importa tu propio aplauso cuando regresas a la cama y bajas el telón de la comedia diaria para adentrarte en sueños todavía más sorprendentes que la propia realidad. No importa que haya una claque que te ovacione hagas lo que hagas o unos malandrines esperando cualquier error para fusilarte a tomatazos. Todo eso queda fuera, en esa feria de las vanidades diarias en donde no te queda más remedio que actuar con cautela y sabiduría si quieres llegar a fin de mes. El poeta, escribía Pessoa, "es un gran fingidor que finge constantemente, que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente". También deberíamos aprender a fingir nuestras alegrías para sentirlas más intensamente aunque no las encontraremos por ninguna parte. La vida, a fin de cuentas, no es más que una interpretación diaria que cada cual va protagonizando como quiere o como le dejan.

Hoy amanece lloviendo en Las Palmas de Gran Canaria. Desde la ventana veo a un gato callejero tratando de buscar refugio debajo de los coches y a una señora que intenta recoger sábanas y toallas en una azotea. Cuando llueve, el océano moja el asfalto y nuestra mirada se vuelve más melancólica entre las sombras de los paraguas que toman las calles después de mucho tiempo escondidos en roperos olvidados. Los paraguas nos convierten en una especie de insectos con caparazones que se protegen del cielo y del agua. De vez en cuando te tropiezas con tu sombra en algún charco y te reconoces con ojos humedecidos por todas las borrascas que has ido acumulando a lo largo de los años. La lluvia es el atávico regreso que ya miraban absortos nuestros ancestros desde las cuevas del tiempo. Esa misma lluvia también cala en nuestra alma para que luego pueda rebrotar la esperanza. De alguna manera todos nuestros caminos conducen al agua.

Anoche me falló la conexión a Internet y perdí por unas horas a muchos de mis amigos: eso quiere decir que muchos de mis amigos están unidos a mí por las máquinas y que, cuando estas quieran, nos separarán para siempre sin que sepamos nada los unos de los otros. Da un poco de yuyu pensar en eso. Incluso te planteas si realmente existirán esos amigos virtuales o si serán recreaciones de las máquinas atendiendo a tus gustos y aficiones. O igual te puede pasar como a esa adolescente holandesa que invitó a sus amigos de una red social a su cumpleaños y se presentaron miles de personas que casi le prenden fuego a su ciudad. Hay días en que te levantas diciéndote que ya no puedes seguir viviendo una ficción informática y que te quedas con la vida real, con los amigos con un tono de voz y con una mirada reconocibles. Cada dos por tres hablas con alguien que se ha dado o que se va a dar de baja de este mundo virtual, y tú te dices que también te lo estás planteando, pero luego te quedas atendiendo a toda la buena gente con la que estás conectado y a las fronteras que derriba la tecnología. Antes solo había amigos reales, y ahora tenemos la suerte de contar con amigos reales y virtuales; pero en ambos casos nos tenemos (o nos tememos) a nosotros mismos y además podemos elegir con quién queremos seguir haciendo el camino. A los primeros los silencia el tiempo o la muerte; a los segundos, en cambio, los puede hacer desaparecer la máquina en un visto y no visto. A unos los lees y a otros los escuchas, pero prácticamente virtuales también lo son ahora mismo Paul Auster, Vila-Matas o Coetzee, o lo seguirán siendo siempre Chéjov, Kafka o Marcel Proust. Creo que lo virtual es todo aquello que contribuye a ensanchar un poco más nuestras alicortas dimensiones.

Mejor el silencio. Casi todo lo que sale fuera de nosotros se acaba extraviando. Basta un gesto o una mirada para entendernos. No hacen falta explicaciones. Habitualmente son los que mienten (verbigracia los políticos) los que están todo el rato explicándonos lo que van a hacer y por qué lo hacen. Aprende el que escucha y el que se escucha. Lo demás es ruido, confusión de ecos y de voces, parole, parole, que decía aquella canción italiana. Siguiendo con la música, creo que la sabiduría es solo un sound of silence, la lucidez que uno atisba alguna vez en la madrugada, las olas que baten la orilla mientras nosotros silenciamos la voraz estridencia cotidiana.

Puedes imaginar el atardecer del 21 de septiembre de 2012 desde primera hora de la mañana; pero sabiendo que luego será el propio 21 de septiembre de 2012 el que se despedirá como quiera. Ese ocaso no será ni más bello ni más triste que el que tú imaginas. Siempre será distinto y habrá un viento con el que no contabas o unas olas que romperán violentamente contra la orilla. No puedes anticipar lo que no está en tu mano; pero sí puedes desear tu propia felicidad el 21 de septiembre de 2012. Si te propones que todo fluya con naturalidad, o si dibujas una sonrisa aun en medio de esos supuestos caos que te confunden, irás recomponiendo poco a poco ese rompecabezas diario que es la existencia. Nunca sabes de antemano el orden de las piezas ni cómo se irán ensamblando, y además ese rompecabezas aparece cada mañana dentro de su caja como la primera vez que te lo regalaron. Lo bueno de esa reinvención es que logra que la vida nos sorprenda diariamente. Con las mismas piezas creamos formas distintas. Jamás se repite la misma imagen porque cada pedazo de nosotros va cambiando a medida que pasa el tiempo. No tienes más que desear lo que quieres encontrar hoy para comenzar a construirlo paso a paso, con paciencia, equivocándote a veces, o acertando milagrosamente otras. No te falta ninguna pieza. Solo tienes que aprender a buscarla.

No ahorres ninguna ilusión para otro día. Juega todo a la ruleta del presente. Las alegrías hay que renovarlas con cada amanecer. Una felicidad postergada termina convirtiéndose en melancolía. Amanece sobre las azoteas con caóticas antenas por todas partes, y también por encima del Baptisterio de Florencia, de la playa de Famara o de los jardines de Kensington. A veces ni nos damos cuenta de que el sol ha vuelto a salir por el horizonte. Párate un segundo, mira hacia arriba, respira hondo y valora el milagro de tu existencia. De ti depende tu propia fiesta diaria. No hay culpables; tampoco hay mala suerte. Somos nosotros los que a veces nos empeñamos en etiquetar nuestros pasos y en ensombrecer nuestras mañanas. También está en nuestra mano reconstruir en un segundo lo que nuestra maleada mente ha estado horadando durante años. Basta una sonrisa para alejar todos los malos presagios. No tienes más que creértelo, o que mirarte fijamente a los ojos y decirte que eres irrepetible y que lo que tú no vivas no lo va a vivir absolutamente nadie.

Es cierto: las cosas que se pierden solo aparecen cuando uno deja de buscarlas. Puedes mirar cien veces en el mismo cajón o revolver todos los bolsillos sin dar con lo que buscas. Incluso hay cosas que jamás aparecen, lo mismo que hay personas que se pierden para siempre o paisajes irrepetibles. Tampoco pasa nada. Hay reglas de la casualidad que uno no puede llegar a controlar nunca. Otro día miras en el mismo cajón y te aparece ese bolígrafo o ese reloj que buscabas por todas partes. Y lo mejor es que asumas ese hallazgo con la misma media sonrisa con la que a veces nos asomamos a la vida cuando nos regala situaciones o encuentros semejantes. En estos momentos andamos buscando salidas que no encontramos en este laberinto de titulares catastrofistas y pánico económico. Da lo mismo. Nosotros tenemos que seguir respirando y que seguir viviendo. Si no nos traicionamos y confiamos en la honestidad, en la constancia y en el amor esas salidas terminarán apareciendo, o poco a poco iremos cambiando el mundo sin grandes convulsiones, uno a uno, como se consolidan siempre las revoluciones que realmente valen la pena. No digo que pasemos de largo ante las injusticias y los abusos; pero eso forma parte del día a día desde que nos contaron lo de Caín con Abel. Lo que realmente nos salvará es vivir sin desaprovechar un segundo de nuestra existencia. Solo así podremos encontrar algo que merezca la pena cuando menos lo esperemos.Tiempo al tiempo.

Un perdón es un alivio, un peso que nos quitamos de encima, un final feliz aun en las peores pesadillas. No vale la pena acumular resquemores. Nunca puedes justificar ese suicidio diario que es el rencor. Odiar, como escribía Umbral, provoca cáncer. También malas noches y peores días. Querer sufrir es un sinsentido. Da lo mismo lo que haya sucedido si a partir de este momento eres capaz de empezar desde cero desterrando para siempre toda tu pesadumbre. No sacas nada guardando lo detestable. Realmente no sacas nada tratando de guardar lo que ya ha pasado; pero puestos a quemar neuronas es mejor que las dejes para los buenos momentos y para la felicidad que viviste alguna vez. Estar en paz es saber que te puedes morir en cualquier momento sin dejar pendiente ningún afecto. Nunca sabes si tendrás un mañana para pedir disculpas o para reconducir una situación gangrenada por el resquemor. Y da lo mismo que la otra parte no quiera dar el brazo a torcer. No se trata de elegir ganadores o vencedores. En una guerra todos pierden y todos son igual de culpables. Pero basta con que uno de los dos tenga claro lo que no quiere para que poco a poco todo se vaya reconduciendo. El poeta y pintor Santiago Rusiñol decía que la vida era como una escalera de gallinero, corta y llena de mierda. Suscribo lo primero; lo segundo depende de lo que cada uno deje acumular en sus peldaños. Yo prefiero quedarme con las palabras que José Agustín Goytisolo dedicó a su hija en un poema: "La vida es bella, ya verás/ como a pesar de los pesares/ tendrás amigos, tendrás amor". Y en ese mismo poema también escribía que nunca puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable. Y el rencor, el odio o la rabia quedan siempre atrás, y si te aferras a ellos permanecerás cada vez más lejos de ti mismo: no harías más que dilapidar lastimosamente los bellos días que aún tienes por delante.

Me quedo con la sencillez, con la naturalidad, con todo lo que llega sin estridencias y sin grandilocuencias, con la sabiduría de los viejos que sonríen en silencio, con el vuelo de un pájaro que casi logra eternizarse en el aire, con la mirada del perro que agradece una caricia, con las huellas de las gaviotas en la orilla de la playa, con el agua que sigue brotando milagrosa de la tierra, con la serenidad del sabio que ha descubierto que todo es transitorio, con la emoción de algunas palabras, con la música que roza el alma y también con la acompasada respiración que ahuyenta todos los miedos y los malos presagios. La vida es sencilla; somos nosotros los que la vamos complicando. Si vuelves a la esencia, al milagro de tu propio origen, descubrirás que salir a la calle no es más que un juego en el que vas encontrando azarosamente todas las pistas necesarias. La clave de la partida está en no pasar nunca de largo.

Los domingos las ciudades se desperezan un poco más tarde. Amanecen a la misma hora que los días laborables, pero no sacan los coches y los ruidos a la calle desde que despunta el alba. De fondo escucho a alguien que tose fuera de mi casa; también, como en la madrugada, se oyen los pasos apresurados de quien no sabes si viene de la noche o va camino de su puesto de trabajo -Sabina hablaba de las ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador-. Los ingleses, que en casi todo lo que tiene que ver con la etimología y el significado de las palabras se muestran sumamente certeros, lo llaman el día del sol, y eso que ellos están buena parte del año sin ver al astro rey por ninguna parte; pero saben que cuando uno le pone nombre a algo está poniendo la intención de que ese algo, en este caso un día de la semana, se acabe pareciendo al nombre que elegimos. Por tanto, da lo mismo que hoy amanezca nublado fuera o dentro de tu corazón. Es domingo, y eso significa luces de fiesta donde quiera que uno mire. El día del sol, el Sunday para los ingleses o el del Magec para los guanches, no puede nunca pasar de largo por la vida de nadie. La luz no es más que el reflejo de nuestra propia mirada, un domingo luminoso que se va encendiendo con el deseo de cada uno de nosotros.

Una cosa es la física y otra la vida. En las distancias, por ejemplo, no hay fórmulas que valgan. A veces lo que tienes más cerca es lo más lejano, y viceversa. Hay personas que estando juntas se mantienen separadas por abismos de incomprensión y rencores, y luego hay otros seres que, aun separados por miles de kilómetros, están unidos como cuando se dieron el último abrazo. Porque es verdad que hay abrazos eternos, y de eso nunca sabrán nada ni la física ni el olvido, corazones que palpitan más allá del tiempo y del espacio. Incluso a veces da lo mismo que uno de esos cuerpos ya no exista porque quien realmente abraza es el alma. Me gusta ver a esas personas que caminan siempre sonrientes por la calle. Parece que van abrazados eternamente a alguien.

El mar es memoria y es olvido. Todo lo que somos lo van trayendo las olas y nos sorprende en la orilla como cuando de niños mirábamos los interminables horizontes. Aprendimos que la marea lo devuelve todo, y que solo hay que sentarse y tener paciencia. También quedamos marcados por esos azules que luego llevamos en la mirada donde quiera que vayamos. Son los azules que encontrarás en los cuadros de José Antonio García Álvarez que se encuentran expuestos en el edificio Miller hasta el próximo 7 de octubre. Mientras recorres sus muchos mares, y también las espumas que van dejando las olas revueltas que tanto se parecen a nuestros propios estados de ánimo, no deja de sonar el mar bravío que siempre nos parece eterno, ese envolvente arrastre que entre sebas y callaos también remueve nuestro propio destino. Venimos del agua, de esos fondos abisales por donde la vida sigue transitando alejada de los ruidos costeros y de las contradicciones humanas. El pintor sabe que el mar es una entelequia de nuestra propia memoria, la suma de todos los mares que hemos visto y de todas las playas que hemos pisado. Yo me reconozco en el azul de esos cuadros que están expuestos al lado mismo de la costa, muy cerca de las orillas en las que cada día tratamos de salvarnos de nuestros propios naufragios. No dejen de visitarla y de bucear más allá de lo que tienen delante de los ojos. El mar es un insondable anhelo en el que a veces logramos recomponer todos nuestros sueños.

Todos tenemos hojas secas que dejan los caminos sembrados de recuerdos, otoños que se eternizaron más de la cuenta en el alma, pasos que se quiebran suavemente cuando rozan lo que tiempo atrás fueron hojas verdes resplandecientes. No siempre dejamos que la hojarasca siga su camino hacia el olvido. A veces nos empeñamos en refrenar nuestro propio destino y en mantener vivo lo que ya no existe. Si la hoja seca no se recoge a tiempo, o si no se deja que siga su proceso natural de putrefacción, puede terminar obstruyendo los canales por los que debe discurrir el agua de lluvia de los inviernos y de las primaveras que aún tienes por delante. Todo cambio requiere un arduo trabajo de paciencia y de aceptación. Has de recoger y acarrear muchos sentimientos que a veces te dejan aliquebrado; pero si logras liberar lo que ya no tiene sentido que acumules en el alma también permitirás que tu propia naturaleza renazca donde pensabas que ya no había esperanzas. Y luego volverán otros otoños, y tendrás que saber que tocará recoger las hojas que en primavera pensabas que acabarían siendo eternas. Y no tienes que montar ningún gorigori por asumir lo que forma parte de un tránsito armonioso y necesario. Si no lo haces, la felicidad que te llegue quedará sepultada siempre debajo de tu propia hojarasca.

No tienes que apresurarte ni que correr como un orate desaforado en busca de ninguna meta. Lo que tenga que llegar acabará llegando, y lo que pase de largo o lo que pierdas es que no estaba para ti. No hay nadie pendiente de tus fracasos o de tus victorias. Al final eres tú el único espectador de tu vida, y por tanto dependen de ti las ovaciones o los lamentos. Tu propia actitud será la que determine tu estado de ánimo. A veces aprendes que la derrota no es más que la antesala del éxito, siempre y cuando sepas seguir caminando y confiando en tu propia suerte. No sacas nada enfrentándote a tu destino. Si lo haces solo acabarás golpeando sombras y enquistando frustraciones. En cambio, si te tomas la vida con más deportividad, te sorprendes de los ciclos que milagrosamente te suben y te bajan con la misma naturalidad que van y vienen las olas de la playa. Trata de caminar hoy un poco más despacio e intenta fijarte en lo que sucede alrededor de cada uno de tus pasos. Déjate sorprender por tu propia mirada.

La música es una vibración del alma. Lo que suena siempre es nuestra emoción confundida con unos acordes. Los sonidos que percibimos orientan nuestros pasos en medio de la nada. No soy capaz de etiquetar lo que suena. Me quedo con lo que me emociona, desde Bach a Camarón, desde Billie Holiday a Joan Manuel Serrat. A veces lo grandioso lo encuentras en una voz inesperada en medio de una fiesta, en una malagueña canaria, por ejemplo, que revuelve todas las nostalgias con ese halo de tristeza tan cercana a la saudade. Recuerdo al poeta José Hierro: "Yo ya no lloro,/ excepto por aquello que algún día/ me hizo llorar:/ los aviones que proclamaban/ que todo había terminado;/ la estación amarilla diluida en la noche/ en la que coincidían, tan solo unos instantes,/ el tren que partía hacia el norte/y el que partía hacia el oeste/ y jamás volverían a encontrarse;/ y la voz de Juan Rulfo: diles que no me maten;/ y la malagueña canaria/ y la niña mendiga de Lisboa/ que me pidió un besiño". Y todo esto lo escribo porque ayer, casi anocheciendo, y cuando caminaba por Pedro de Vera, una de las calles más silenciosas de Las Palmas de Gran Canaria, me sorprendió el sonido de un timple (a los que no me crean cuando hablo de la magia de este instrumento les invito a que hagan clic sobre la palabra timple que acaban de leer) que detenía el tiempo. Recordé a mi abuelo paterno tocando ese instrumento con la mirada perdida, dejando que el sonido le llevara de un lado para otro de su memoria, y también pude imaginar las calles de hace muchas décadas en la misma ciudad por la que ahora corremos entre ruidos de coches y horteradas musicales de máquinas tragaperras. Vi que había una academia musical, por eso a los pocos minutos empezaron a sonar otros timples con esa dulzura melancólica que para los canarios resulta casi tan cercana como el mar. Todo es música, infinitos acordes que se van combinando más allá de los ecos del tiempo.

Nuestro lugar en el mundo es aquel que vamos recorriendo con todos los sentidos a salvo. Ayer escribía que yo había elegido la playa de Las Canteras; pero también hay casas, ciudades, calles, plazas o ríos en los que fui feliz. Nunca sabes dónde hallarás el paraíso. Una mirada o un abrazo convierten un paisaje anodino en un recuerdo inolvidable que tu memoria recrea cada día más luminoso. También hay muchas más playas y muchas más orillas, más bolígrafos con los que escribir versos, otros teclados que resonarán con tus palabras y espacio de sobra como para acomodar todos los sueños que imagines. No le pongas límites al deseo ni al hedonismo cuando te sientas vivo y reconozcas cada pequeña piedra del camino que atraviesas. Hay mariposas que se eternizan en tu memoria, flores bellas que descubriste en medio de la mala hierba y sebas que dejan reposando en la orilla el olor de todos los fondos oceánicos. No busques. Si te dejas llevar terminarás encontrando. Los lugares que habites serán siempre mágicos si tú eres capaz de mantener a salvo el brillo de tu propia mirada. No pases nunca de largo.

Una fotografía aspira a desnudar el alma. A veces lo consigue penetrando en el fondo de la mirada del retratado o con esa alquimia que tienen las imágenes que logran eternizar los momentos. Ayer me tocó posar para un gran fotógrafo y una persona de una gran calidad humana. Chiqui García quería fotografiarme en mi lugar habitual de trabajo para una exposición que se inaugurará el 25 de octubre en la Fundación Mapfre Guanarteme de Arucas. Al principio dudé entre varios espacios; pero finalmente me decidí por el mar. La orilla de la playa, cada día lo tengo más claro, es el lugar en el que más he aprendido y en donde más he escrito aunque no me haya puesto a trazar símbolos en un papel o en una pantalla. Improvisamos unas letras en la arena y sin que nos diera tiempo de sacar las fotos una ola inesperada borró todas las palabras. Estábamos en La Cícer, en la playa de Las Canteras, mi lugar en el mundo en los últimos meses. Luego escribí de nuevo y Chiqui se dio prisa en disparar la cámara antes de que las nuevas palabras, igual de fugaces, fueran borradas por unas olas acostumbradas a renovar todas las orillas. En unos minutos la propia arena, aunque no llegue el agua, termina borrando todas las huellas que dejamos. La fotografía solo aspira a perpetuar lo efímero antes de que el tiempo y las mareas borren todos nuestros pasos. La orilla se renueva varias veces cada día para que podamos seguir caminando como si estrenáramos el mundo.

Más allá del amor solo está el tiempo que no concebimos. Ningún mensaje que no contenga esa palabra merece la pena. Sabemos que el camino está lindando con el corazón. No hace falta que nadie nos lo venga a decir. Lo intuimos porque lo hemos catado alguna vez, y porque quien ama, aunque solo sea unos segundos, deja de temer y de angustiarse. Hablo del amor en todas sus dimensiones y en todas sus formas. No creo que haya nada más importante. Para vivirlo no tienes más que quitarte las corazas y dejar atrás la vergüenza de mostrar tus sentimientos. Lo que realmente resulta vergonzoso es negar lo que nos hace eternos y fingir una felicidad que nunca llega si no dejamos que la generosidad se asome a nuestros ojos. Ama incluso cuando los demás no entiendan tu insistencia. Nunca es tarde para empezar a hacerlo. Recuerdo unos versos de Martí que cantaba Silvio Rodríguez: solo el amor convierte en milagro el barro, solo el amor consigue encender lo muerto. Es cierto. El universo es un gran estado de armonía que renace cada instante atrayendo el infinito, una perfecta sincronización de energías y de sueños. Lo que se espera de nosotros es que no desentonemos en medio de esa nada prodigiosa.

Nuestra soledad debería ser nuestro paraíso; pero muchas veces no hacemos más que huir de ella y de nosotros mismos para no afrontarnos ni descubrirnos. En esa huida hacia delante solemos cometer muchos errores y adquirir múltiples dependencias que luego van volviendo alicortos todos nuestros sueños. A veces nos cura un amor inesperado; pero el amor nunca cura eternamente si antes no nos sanamos nosotros y no somos capaces de regalar la misma felicidad que nos regalan. Cuando buscamos en otra parte lo que solo podemos encontrar en nuestra serenidad es porque no hemos sido capaces de hallar nuestro propio tesoro. Se teme lo que se desconoce; por eso a veces nos tememos tanto a nosotros mismos.

Con los años uno aprende a marcharse de donde no está feliz y también deja de ir donde no encuentra nada que merezca la pena. Llega un momento en que intentas que todos tus pasos tengan sentido. Si se vive sin conciencia de estar vivo pasaremos por la vida como si no hubiéramos estado nunca en ella. Siempre hay un suceso que nos despabila y nos devuelve a la esencia, y más tarde o más temprano nos hacemos las preguntas inevitables. Están los que prefieren no contestarlas y seguir como si la existencia no fuera con ellos y luego están los que asumen su temporalidad y tratan de cambiar los ritmos, las ambiciones y hasta la propia mirada a todo lo que les rodea. Cada cual trasciende lo que puede, o renuncia a trascender para no mirarse cara a cara ante ningún espejo. La vida te suele dar lo que estás buscando, pero casi nunca te lo pone fácil. Hay que preparar la tierra, sembrar y tener suerte con la climatología antes de recoger cualquier cosecha. Las nuevas tecnologías nos han hecho olvidar esos sabios y necesarios pasos para llegar a las metas. Lo queremos todo rápido y, a ser posible, sin sacrificios y sin renuncias. Casi todo lo que vale cuesta la pena conseguirlo. Te puedes quedar donde no eres feliz o salir a buscar y a que te busque esa felicidad que, sabiendo que existe, nos mantiene vivos y con ganas de afrontar todos esos retos diarios que no conoces hasta que no amanece. Hay cuestas y llanuras, terrenos escarpados y rectas inmensas, marañas y también oasis. Todo es camino. Si te quedas quieto no sabrás nunca hasta dónde te pueden llevar tus propios pasos.

La mañana sabe a té con canela y jengibre. Da lo mismo lo que me cuenten afuera. Todo está en orden cuando tú quieres que lo esté, cuando tu respiración se acompasa con tus pasos y con tus ritmos vitales, y también cuando el azar te regala lo que no estabas esperando. Bueno o malo, sencillo o grandilocuente, todo lo que encuentras al despertar vale la pena y está delante de ti por alguna razón. Y todo es transitorio, efímero, tan de paso como nosotros mismos, tan proteico que si no lo aprovechas en su momento no lo harás nunca; pero lo tranquilizador es que diariamente se renuevan todos los decorados. Nada permanece, y no nos hizo falta leer a Heráclito de Éfeso para descubrirlo: lo sabemos por experiencia propia y porque vemos cómo las mareas cambian cada día las orillas por las que vamos pasando. Tú solo tienes que contribuir generando armonía a tu alrededor y no dejando que te arrastren las corrientes maleadas. No nades nunca contra ellas. No te ahogues tratando de salvar a nada ni a nadie. Si acaso tiende una mano cuando alguien te lo pida y quiera salir a flote sin tratar de hundirte en el intento. Cada cual ha de encontrar su propio camino. Déjate llevar. Los Beatles lo dejaron claro hace unos años: Let it be.

Hay amores que no tienen en cuenta el tiempo ni el espacio, amores eternos, miradas que se van reconociendo en mil vidas diferentes, amores serenos porque saben que tienen toda la eternidad por delante. Ella se sentaba sola a cenar en un restaurante de lujo a la misma hora en que sabía que él lo estaba haciendo. Pedían el mismo vino y los mismos platos, y luego brindaban al aire con la mejor de sus sonrisas agradeciendo la felicidad infinita que les había regalado el universo. No sabían si estaban vivos o muertos; también les daba lo mismo que todo fuera un sueño. Ella lo veía a él y él a ella. No había nadie más en el mundo, o fuera de este mundo, o donde quiera que se estuvieran amando.

Si amaneces inquieto y nervioso por alguna pesadilla inventa sobre la marcha sueños inmediatos que ahuyenten al espanto. Si no sabes qué hacer para reconducir tu vida respira hondo unos minutos y no pienses en nada: será la propia vida la que te enseñe a renacer. Si tienes ganas de llorar, deja que las lágrimas caigan por tus mejillas; pero en lugar de recrearte en ellas vete reconociendo la sonrisa que ya estás empezando a dibujar en tus labios. Si no le encuentras sentido a tu existencia piensa en todos los milagros que te has ido encontrando, en quienes te han querido, en los paisajes que has tenido la suerte de disfrutar pensando que eras el ser más afortunado del planeta o en la felicidad sin fuegos artificiales y sin estridencias que te sorprende tantas veces por la calle. Septiembre no solo es un regreso al colegio o un final de verano: también es una palabra bella que invita a la pausa y a la reflexión. Hagas lo que hagas no dejes de preguntarte nunca por qué lo estás haciendo.

No desdeñes nunca la sabiduría de las aceras. Parece que no están, que no tienen importancia; pero sobre ellas vamos trazando nuestra biografía paso a paso cada día. Reconocen el peso, la pena o la euforia de quienes solemos movernos entre sus baldosas desgatadas. Ese es el gran tablero en el que jugamos nuestra partida diaria, aunque casi nunca somos conscientes de nuestros movimientos y pisamos los recuadros o los mosaicos sin darnos cuenta de todas las pistas que nos ofrecen los caminos. Buscamos aceras en cualquier ciudad que caminemos, y desde que andamos por ellas nos sentimos más protegidos lejos de los coches y unos centímetros por encima del asfalto. Realmente la vida, o por lo menos la vida urbana, consiste en ir cambiando de aceras que a veces condicionan nuestro destino. De vez en cuando las levantan y nos dejan sin asideros; pero más tarde o más temprano volvemos a transitar por ellas sabiendo dónde está la sombra o por dónde nos conviene ir para comprar el pan o para que no se vuelvan monótonas las rutas diarias. Saludamos, nos vemos reflejados en los escaparates, escuchamos música, miramos a los ojos de quienes se cruzan con nosotros o nos detenemos en un paso de peatones o en un semáforo; pero nuestro camino está trazado en todos esos recuadros que, en medio del caos, son capaces de ordenar la dirección de casi todos nuestros pasos

Prueba a escribir tu nombre en la arena y luego siéntate hasta que suba la marea y lo haga desaparecer entre las aguas que van y vienen remojando las orillas. Dejarás tu ego en el fondo del océano, o en la inmensidad de unas aguas que llevan guardando nombres olvidados desde que el hombre empezó a querer perpetuarse con las primeras palabras. Para el mar somos más vulnerables que las rocas que aguantan sus embates o que los callaos que arrastra haciendo retumbar las madrugadas costeras. Ese nombre que borra la marea no tiene más importancia que la huella de la gaviota que acaba de reposar su vuelo en la orilla. No vale la pena querer perpetuarse, ni perder el tiempo mirando más allá de lo que tenemos ahora mismo delante de los ojos. La felicidad está en mirar cómo ese mar va y viene siguiendo un ciclo natural en el que las marejadas dejan paso a la calma que acaba serenando nuestra mirada.

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