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Archivos Agosto 2012

Uno casi nunca sabe con qué colores se va a vestir al día siguiente. A no ser que lleves uniforme o que tengas algún compromiso protocolario, la vestimenta, incluso más que la sombra, suele ser el reflejo de cada una de las personas que te vas tropezando por la calle. Unos días te ves de rojo o de azul y otros de negro, de blanco o de morado. A veces ni siquiera influyen las estaciones: hay mañanas de invierno, sombrías y lluviosas, en que te despiertas ávido de colores luminosos, y también mañanas azules de verano en las que, casi sin que te des cuenta, necesitas cubrirte con tonos oscuros. El espejo es nuestra piedra de toque, el reflejo que finalmente nos acaba descubriendo a nosotros mismos cuando nos vemos envueltos en esa ropa que realza la alegría o la tristeza. Habitualmente los colores que elegimos suelen coincidir con el fondo más o menos luminoso de nuestra propia mirada diaria.

Cualquiera de nosotros podría haber sido cualquiera de ellos. Y cualquiera de ellos podría haber acabado siendo cualquiera de nosotros. Me los tropiezo a última hora de la noche llegando con sus bolsas, sus cartones de vino peleón y su andar cabizbajo y desorientado. Nosotros corremos dando vueltas a un circuito en el que vamos poniendo a prueba nuestra voluntad y nuestra forma física. Nos cruzamos en la misma ciudad y bajo la misma luna llevando vidas totalmente distintas. Iremos a parar al mismo lugar, pero mientras tanto vamos relevándonos en un parque que para ellos es morada y para nosotros tránsito. Realmente todo es tránsito. Van ocupando los bancos o se tumban en la misma hierba en la que nosotros hacemos los estiramientos o activamos los abdominales. Uno corre contra sí mismo, se marca retos que se asemejan a los de la propia vida, y aprende que la constancia y la paciencia acercan casi todas las metas. Ellos beben para olvidarse de sí mismos, o al igual que nosotros también mantienen la esperanza de encontrar la felicidad algún día en un último trago de clarividencia. A los diecisiete años seguro que ambos bebíamos de la misma manera y que apurábamos las fiestas de verano descubriendo las primeras cervezas y los primeros cubatas. Por eso digo que cualquiera de nosotros podría ser cualquiera de ellos, y viceversa. Los destinos, a veces, solo tienen que ver con la suerte y con la contingencia diaria. Cuando voy a correr por las mañanas, casi cuando está a punto de amanecer, me los vuelvo a tropezar recogiendo esas mismas bolsas y acicalándose como pueden antes de perderse en el cruel anonimato de una ciudad que les esconde en calles y plazas olvidadas. Nos volvemos a mirar y a reconocernos. A veces nos cruzamos una sonrisa o un gesto de complicidad. Al fin y al cabo nos movemos por los mismos espacios cada día desde hace mucho tiempo, ellos esperando el milagro que les saque de la calle y del alcohol y nosotros persiguiendo nuestras propias sombras en busca de endorfinas que nos ayuden a encarar estos tiempos tan poco dados a regalar felicidad. Todos buscamos la manera de mantenernos a flote. No hay nadie que no tenga miedo a zozobrar. Algunos corren hacia fuera y otros lo hacen hacia su propio olvido.

Los olores nos hacen viajar en el tiempo. Cada vez que paso delante de una frutería huelo el olor de la estación que habito y a su vez de los otros otoños y de las otras primaveras que he vivido. En agosto esos olores se mezclan en la memoria con la brisa marina y con el perfume de los primeros amores. Los mangos, los melocotones o los higos endulzan el aire que corre por las calles y te hacen viajar en el tiempo como cuando te tropiezas con una fotografía lejana e inesperada. No dejamos de ser más que una sensación entre millones de sensaciones, una emoción siempre a flor de piel, un guiño inesperado del destino, aunque muchas veces ni nos demos cuenta de las reacciones de nuestro propio cuerpo. Pero está también la sensación que podría confundirse con el presentimiento, esa corazonada que nos lleva a anticipar lo que luego nos termina sucediendo. Realmente podríamos escorar nuestro destino hacia el lado que nos fuera apeteciendo. Bastaría con desear o con llegar a sentir lo que querrías que ocurriera. No siempre se cumple, pero la vida me ha enseñado que a veces depende de uno mismo que la felicidad se instale a tu alrededor o que se aleje como se alejan todos los sueños que dejamos por imposibles. Déjate llevar por esas sensaciones que tienes de ser feliz cada mañana, por ese presentimiento de que justamente hoy vas a encontrar aquello que llevas buscando tantos años. Nadie sabe lo que le aguarda al doblar una esquina, pero no es lo mismo presentir un abrazo que un atropello. Tus propias sensaciones determinan el camino que luego acabas transitando.

No me convencen los que quieren imponer sus dioses o sus ideas, los que vuelven enemigo al que piensa diferente, los que gritan, los que ironizan cuando no encuentran razones, los sectarios, los políticos que jamás se creen lo que están contando, los exaltados, los violentos y los que siempre quieren estar en posesión de la verdad. Me siento cerca de los que dudan, de los que buscan, de los que escuchan, de los que cuestionan y de los que son consecuentes con lo que piensan y actúan discretamente para que este mundo sea un poco más justo y solidario. A estas alturas, lo que quiero es vivir más o menos tranquilo. Lo único que te llevas son los días que salvas de la estulticia y de la mediocridad, lo que ames, lo que sonrías y lo que te logra emocionar inesperadamente. Solo busco armonía y paz, unas olas acercándose a la orilla y una mano cómplice con la que transitar de vez en cuando parte del camino. Ya hace tiempo que trato de no esperar nada para así recibir como una gran sorpresa todo lo bueno que me vaya regalando la vida. Me dejo llevar tratando de mantener a salvo mi sonrisa. Lo que atente contra ella intento alejarlo. O me alejo yo aunque aparentemente lo pierda todo.

Es cierto que todo puede cambiar en un solo segundo. De la noche al día solo hay un instante que apenas percibimos antes de que el alba comience a clarear los horizontes. No hay nada que dure eternamente. Nuestras noches y nuestros días también se alternan con esa misma naturalidad; pero ni los días oscuros se eternizan ni los que se presentan luminosos duran para siempre. Subimos y bajamos, ganamos y perdemos, amamos y desamamos, vamos y venimos, y en medio de todos esos altibajos se entiende que intentamos ser felices persiguiendo nuestros propios pasos. Lo bueno de la vida son las sorpresas diarias que uno puede encontrarse. No hay nada escrito. Da lo mismo lo previsor o lo manirroto que hayas sido. En cualquier momento puedes encontrar el nirvana o el infierno, y no pasa nada, nunca pasa nada si uno sabe que todo es transitorio y que el camino es tan largo como nuestra propia existencia. El amanecer levanta el telón de la tragicomedia diaria. Todavía no se ve del todo bien el decorado y a los personajes aún no les han asignado los papeles que representarán en cada escena. Unos días serás el gran protagonista y otros tendrás que conformarte con un papel secundario. Incluso habrá momentos en que te dejen como un mero figurante. Pero nunca se repiten ni los argumentos ni los protagonismos. Les deseo toda la suerte del mundo en ese reparto de papeles que ahora comienza. Al final la vida no es más que un juego de interpretaciones y de azares.

Realmente nadie muere hasta que no lo sabe el otro. Hay quienes prefieren no regresar nunca donde fueron felices para no encontrar muertos a los amores que en su recuerdo siguen teniendo veinte años. Vives en el recuerdo de los demás, y no siempre te llegan los finales de las personas que has ido conociendo. Cambias de ciudad o de país y vas dejando atrás los contactos que te mantenían informado. Cuando te quieres dar cuenta, pasan años sin saber nada de ninguno de aquellos con quienes viviste intensamente una parte del camino de tu vida. Siguen vivos, y por eso no vuelves, por miedo a perderlos o a encontrarlos tan viejos que te hagan asumir a ti también el paso de un tiempo que siempre negamos en los espejos. Escribo esto porque hasta ayer por la noche para mí Chavela Vargas estaba viva. Fui a un magnífico concierto en el que varias cantantes, algunas de ellas grandes amigas, iban interpretando muchas de sus canciones. Yo estuve totalmente retirado del mundo durante los primeros diez días de agosto. Donde fui solo podía llevar mi silencio. No supe nada de lo que pasaba en el planeta en esos días. Anoche, entre canción y canción, escuché a Jovanka Vaccari comentar que Chavela murió coincidiendo con las fiestas de Agaete. Me quedé de piedra. Realmente para mí murió anoche, y si me hubiera perdido en alguna montaña del Tibet o en el pinar de Tamadaba sin haber estado en ese concierto seguiría igual de viva. Era una grande Chavela, y no quería dejar de escribirlo para homenajearla aunque fuera tardíamente. Se mantiene viva donde quiera que resuene su voz creíble y desgarrada. Seguiré acudiendo a ella cada vez que necesite motivos para seguir sobreviviendo.

Camino, luego existo. Y con cada nuevo paso cambio por completo mi destino. A veces solo escribimos para lamentarnos de las pérdidas o para compartir la hiel de las derrotas. No solemos acudir a la palabra cuando andamos radiantes y con la sonrisa dibujada en la comisura de los labios desde primera hora de la mañana. Parece como si nos ruborizara ser felices o como si los adjetivos solo sirvieran para regodearnos en las desgracias. Te das cuenta de que hemos creado un mundo en el que los periódicos y los telediarios solo saben de casquería y de morbo, y de alguna manera todo ese halo de catastrofismo se traslada luego a cada acto de la vida cotidiana. Estoy con Benedetti en que hay que defender la alegría contra todos los que se niegan a descorrer las ventanas de la vida. Toda desgracia es transitoria, y por tanto no vale nunca la pena eternizarla. Tampoco la alegría dura para siempre, pero si logramos contagiarla puede que cale un poco más en aquellos corazones heridos por no saber mirarse. Si escribimos que hoy, como cantaba Serrat, puede ser un gran día, lo más probable es que poco a poco se vayan despejando todos los nubarrones con que nos hemos ido ensombreciendo. Vale la pena darle una oportunidad a todas las mañanas. No sabes nunca dónde te aparecerá la dicha; pero recuerda que tú también has tocado el cielo con la punta de los dedos alguna vez. Rebusca en el espejo y verás que te aparecen muchos de esos cielos luminosos detrás del brillo de tu propia mirada.

Hace tiempo que me fío más de la intuición que de la educación que me dieron. Nos educaron en el miedo al futuro y en la desconfianza a todo lo que tuviera que ver con nuestras propias posibilidades. Hemos estudiado, trabajado y cumplido tal como nos dijeron que teníamos que hacerlo, y sin embargo nada de eso nos ha dado la felicidad. De repente descubrimos que casi todo lo vivido lo hemos destinado a lo que quisieron los otros que hiciéramos, y ahora que cae por su propio peso todo un sistema podrido desde su origen estamos empezando a ser conscientes de ese engaño. La suerte es que estamos vivos y que podemos cambiar por completo nuestra vida y nuestra manera de interpretar lo que vamos encontrando cada día. No hacen falta banderas, ni arengas, ni gritos amenazantes para cambiar lo que nos rodea. La revolución es sencilla y está dentro de cada uno de nosotros. Fíate más de tu corazón y menos de lo que te cuenten en la calle o en los periódicos. Cuando lo ves claro y te colocas en la cortedad de la vida y en la inmensidad del universo todo cobra sentido. Cada uno de nosotros está llamado a ser algo grande en su existencia, a ser feliz. Esta crisis nos va a hacer asomarnos de nuevo a nosotros mismos. No era el dinero, ni la fama, ni las posesiones, ni tampoco el poder, lo que nos iba a dar la felicidad. Al final te conformas con pasear delante del mar o en medio de un bosque sabiendo que respiras y que tienes la suerte de estar vivo y de saberlo. A partir de esa certeza no te cuesta nada empezar a renunciar a lo que creías que era el objetivo de tu vida. Poco a poco regresas a las intuiciones de aquel bebé que se echaba todo a la boca para descubrir el mundo y te empiezas a dar cuenta de lo que es bueno y de lo que no. También de vez en cuando levantas la mirada hacia el cielo para corroborar que, en medio de la inmensidad, es ese niño sabio e intuitivo que llevas dentro el que se aproxima más al sentido de tu existencia.

De las ciudades cada vez conocemos menos lo que queda por encima de nuestras cabezas. Casi siempre vamos con la mirada clavada en el suelo o con el pensamiento lejos de donde transitamos. También hemos perdido la costumbre de mirarnos a los ojos o de saludarnos como nos saludan todavía los viejos en los pueblos. Si recibiéramos y dedicáramos diez o doce buenos días cada mañana camino del trabajo nos sentiríamos menos solos y más presentes en el tiempo y en el lugar que habitamos. Nos daríamos cuenta de que esas sombras que caminan igual de cabizbajas que nosotros también desean que alguien les hable para no sentirse solo una parte de un engranaje que ya no entienden. Y si miras hacia arriba de vez en cuando verás fachadas ante las que llevas pasando muchos años sin descubrir los detalles y los ornamentos de quienes quisieron que ese edificio tuviera algo de belleza. Ayer, por ejemplo, descubrí una casa terrera con el balcón totalmente lleno de geranios luminosos. Llevaba meses caminando por debajo sin haberme dado cuenta de toda esa fiesta floral que alegraba la mirada. Cuando alguien llena de flores una ventana está anunciándonos su felicidad o su deseo de llegar a alcanzarla. Agradeces ese hallazgo en medio de balcones insulsos y de coches aparcados encima de las aceras. Es como si alguien todavía quisiera repintar con colores ilusionantes los espacios por los que te vas moviendo. También nosotros deberíamos sembrar de geranios metafóricos todos los lugares por los que vayamos pasando. Una sonrisa, por ejemplo, hace florecer milagrosamente cualquier mañana que no estaba destinada a ser festiva en el calendario.

Nunca estás solo, y si crees que lo estás es que has perdido el hábito de mirar a tu alrededor. Mientras esté el cielo encima de tus ojos, o el océano siga regalándote la brisa que despabila los sentidos, mientras sigas manteniendo a salvo la esencia de un sueño, o mires a los ojos de quienes te tropiezas por la calle, no te extraviarás nunca en esa cruenta soledad que te desespera en medio de la multitud o de la belleza. Jamás estás solo porque estás contigo, y si lo estás es porque no has aprendido a quererte, y si no aprendes a quererte, a levantarte de la cama con la mejor de tus sonrisas, no podrás querer a nadie nunca. Como mucho demandarás cariño o una mano que te sostenga como cuando eras niño y temías las pesadillas; pero para querer hay que aprender a amarse a uno mismo y a observar luego alrededor con mirada atenta y despierta. Si no lo haces estarás toda tu existencia pasando de largo delante del amor de tu vida y no lo reconocerás. Lo más que puede hacer el destino es cruzarlo en tu camino, pero si andas con prisa o estás ciego de tristeza o de dolor serás incapaz de verlo. Venimos a amar, lo demás es todo mentira. Hay que vivir hasta el último de nuestros días rebuscando ese alma gemela que vaga con nosotros por el mundo. No tienes un solo corazón. En medio de toda la gente con la que vas coincidiendo hay alguien que palpita acompasadamente contigo. El lado diestro de tu pecho aguarda ese latido que anda suelto por el mundo a la espera de que se sincronice definitivamente contigo en un mismo abrazo. Si lo has encontrado eres feliz, si lo pierdes es que te habías equivocado de pálpito, y si lo buscas lo terminarás encontrando. Solo tienes que vivir intensamente para que dé contigo. Platón hablaba de almas separadas que se buscaban durante toda la eternidad. Algo de eso hay, pero solo podrás descubrirlo si te asomas a la vida con ojos luminosos.

La eternidad es aquello que no concebimos cuando perdemos el tiempo pensando que tenemos toda la vida por delante. Todo es eterno porque todo es posible. Para descubrirlo solo se requiere la osadía del buen jugador que sabe que sin asumir riesgos no se logra casi nunca una victoria. No se trata de ganar sino de vivir, pero si no dejamos que todo fluya a nuestro alrededor estaremos refrenando nuestro propio sentido de la eternidad. Es eterno lo que nos engarza a nuestra propia existencia plenamente: el amor, la armonía, la cercanía de la naturaleza y esa sensación de sentirnos un pedazo de dios en medio de una nada que no entendemos pero que respiramos plenamente conscientes de estar vivos. Lo que vamos dejando es polvo de estrellas. Todo está siempre en orden si queremos que lo esté. Respirando hondo unos segundos conectas contigo y con todo ese universo del que formas parte. Sientes que todo está bien y que si te dejas llevar defendiendo el amor, la verdad y la honestidad, el propio universo te irá devolviendo con creces lo que siembras. La eternidad es la sensación de estar plenamente vivos en medio del caos y de un futuro que nunca se parecerá al que nos quieren presentar los que siempre pretenden tenernos atados y atemorizados. La sonrisa es la puerta del cielo.

Mientras dormíamos rompieron olas en miles de acantilados o llegaron a las orillas adormeciendo la madrugada con su rumor incesante. Las mareas no cesan, tampoco el flujo de la vida. No es verdad que todo se repita. Si acaso se asemejan los ciclos; pero nunca los momentos. Ninguna marea vacía es idéntica a otra marea vacía, siempre habrá algún cangrejo de menos o una piedra rodada por la pleamar que habrá variado de lugar. Nuestra existencia se parece mucho a ese flujo de las mareas, subimos y bajamos varias veces cada día, llegamos a la parte más alta de nuestra orilla y luego volvemos adonde parece que nunca más arribarán las aguas que nos devuelvan a esos contornos que irá secando el sol de la mañana. Arriba toca navegar y disfrutar del vaivén de las corrientes propicias, y luego abajo toca prepararse para cuando llegue nuevamente esa posibilidad de salir a flote. Siempre se sale a flote. No hay ninguna marea vacía que se eternice. Tampoco deja nunca de llegar una nueva marea llena que nos ayude a salir del fondo de nuestros propios abismos.

Cada nuevo día es un regalo que nos hace el tiempo. Todo está a nuestro alcance. Depende nosotros, de nuestra intención, salir a ser felices y a dejarnos llevar por todo lo que la vida nos va poniendo delante de los ojos. Casi siempre pasamos de largo al lado mismo de nuestra propia felicidad. Hay que estar muy atentos para no dejar escapar ninguna mirada, ninguna ola que llega a la orilla o ninguna de esas formas sorprendentes que las nubes van dibujando en ese cielo inmenso en el que se traza cada día nuestro propio destino. Este es el único minuto que vale la pena. Lo demás es una entelequia, una farsa del pasado o del futuro, o una lastimosa manera de perder la vida. Respira hondo y siéntete inmensamente feliz por estar vivo. No lo dejes para más tarde. Más tarde es siempre una mentira, una demora insensata de tu propia felicidad. No importa que te estés solo o que creas que estás siendo el ser con más mala suerte de este mundo. La soledad suele ser una puerta abierta y luminosa una vez le perdemos el miedo y nos adentramos en ella reconociéndonos en cada uno de nuestros gestos. Vinimos solos y nos iremos solos. En el camino nos toca encontrarnos. Está bien transitar junto a alguien algunos tramos, pero sabiendo que no puede haber ningún apego que nos haga dependientes de nada ni de nadie. La mala suerte suele ser casi siempre un desenfoque de nuestra propia mirada.

"Se sentaban en la terraza del Cafè de Flore, en Saint-Germain-des-Prés. Los encontraba casi todas las tardes acariciándose las manos y besándose. No hace falta que regrese para reencontrarlos. Siguen allí, verano tras verano, aunque no se hayan vuelto a ver desde hace más de veinte años." Este texto lo escribí el pasado lunes. Fue lo primero que creé después de unos días de desconexión absoluta de la escritura. Cuando escribo no tengo ningún fetiche ni ninguna manía. Sólo necesito un té para espabilar a las neuronas literarias; pero sí es verdad que lo único que hay entre el ordenador y yo es una alfombrilla del Café de Flore que en su día me trajeron de París los poetas Tina Suárez Rojas y Federico J. Silva. Ellos sabían que yo había sido feliz muchos días en ese café, y a mí me gusta tenerlo siempre cerca, sobre todo porque muchas tardes llegaba tras visitar las tumbas de Baudelaire, de César Vallejo y de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse, y también porque guardo miradas y gestos que luego se han ido diluyendo en el olvido como se decoloran las prendas que más vamos utilizando. Cuento todo esto para explicar por qué fui a parar ayer al estreno de Café de Flore. Hacía más de dos años que no iba al cine. No soporto a la gente comiendo chucherías toda la película o haciendo comentarios como si estuvieran en el salón de su casa. Pero ayer vi en el periódico que estrenaban una película con el nombre del café y, sin saber de lo que iba, volví a la magia incomparable de los sueños en pantalla grande. Lo entendí todo, lo que ha pasado en mi vida últimamente y qué era lo que estaba haciendo en aquella sala. Vayan a verla. No les cuento nada para que les sorprenda como me sorprendió a mí ayer. Solo les adelanto que el amor puede ser más maravilloso y más profundo de lo que han pensado hasta ahora. El amor es el único camino transitable. Lo saben todas las almas que se van reconociendo en la inmensidad del tiempo. No le busques más sentido a tu existencia.

Este blog no se actualizará durante la primera quincena de agosto. Estaré unos días de vacaciones. Sean felices y disfruten del verano. Nos seguimos leyendo a la vuelta.

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