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Archivos Julio 2012

Qué es lo que realmente necesitamos para andar por el mundo. No te cabe todo en los bolsillos, ni tampoco en las maletas de viaje. Tienes que elegir, siempre tenemos que elegir y que renovarnos. No hay prenda de ropa, llavero o reloj que resista el paso del tiempo. Por más que tratemos de remendarlos, se desgastan o se terminan rompiendo. Ni siquiera un libro conserva el olor de cuando lo leímos la primera vez, y hasta sus páginas amarillean luego los presentes. Qué se lleva uno entonces cuando tiene que partir: nada de valor, nada material, nada que se compre o se venda. Te llevas las sensaciones que han calado en tu piel, los buenos momentos que te engrandecieron, ese respirar profundo que te ancla a tu propia existencia y que al mismo tiempo te permite caminar liviano en busca de otros puertos y de otros sueños. Te queda un horizonte y una sonrisa. Toda la vida por delante.

Uno no puede titularse hasta que no llega al final de su vida, y para entonces ya serán otros los que rotulen nuestros títulos. Todo puede cambiar de la noche a la mañana. Pasamos de ser comedia a ser tragedia en un visto y no visto. Por eso no vale la pena agobiarse por nada. Será lo que tenga que ser, y por mucho que quieras cambiar el curso de tu propia historia hay momentos en que no te queda más remedio que dejarte llevar por la corriente. El tiempo te demuestra que la vida, cuando le dejamos tiempo para entenderla, sabe siempre lo que se trae entre manos. A veces esas pérdidas desgarradoras que están a punto de hacernos perder la razón no son más que el anticipo de encuentros maravillosos que nos alegrarán el camino. No vale la pena nadar contra la corriente de uno mismo. Ya sabemos que incluso los mejores nadadores acaban ahogándose cuando se empeñan en luchar contra las aguas procelosas.

No vale la pena esperar a ningún mañana para intentar ser felices. El tiempo es una entelequia, un invento que nos confunde y nos aleja de nosotros mismos. No hay más que presente. El pasado es como un sueño que ya no se repite y el futuro no deja de ser más que una especulación fantasiosa. Casi nunca sucede lo que esperamos que suceda. Nos tiramos media vida recomponiendo los sueños en lugar de intentar cumplirlos cuanto antes. No sabes qué va a ser de ti el próximo segundo. Dile a esa mujer que la amas, o recuérdale a ese amigo lo agradecido que le estás por todo lo que te ha ayudado, sonríele a la gente que te tropiezas por la calle, da lo mismo que vengan con cara de funeral o que las noticias no estén para lanzar campanas al vuelo: eres tú el único que puede mejorar tu propio entorno. No hace falta que te conviertas en un visionario o en un loco de atar. No te dejes llevar nunca por la ira o por el odio. No vale la pena devolver ningún golpe. Aquí estamos de paso y se entiende que para intentar querer y que nos quieran. Agosto está a la vuelta de la esquina. Aprovechemos los días de verano para contagiarnos de su luz y de su alegría. Da lo mismo en qué situación estemos. Busca algún motivo para esbozar una sonrisa. Te lo agradecerá tu alma casi siempre olvidada dentro ti mismo. Creo que solo podremos salvarnos si nos dejamos llevar por las corrientes de nuestras aguas más profundas. La alegría está en el fondo de nosotros mismos. No busques más lejos.

Ayer vimos caer el sol a última hora de la tarde y hoy lo encontramos saliendo de nuevo por el horizonte. En medio estuvo la noche. También nosotros vivimos procesos naturales y anímicos parecidos. No puedes pretender que no te llegue la noche alguna vez; pero cuando veas que todo se ensombrece no tienes más que esperar a que se aclare el horizonte o caminar hacia donde veas algún resquicio de luz. No hay noche ni oscuridad que dure eternamente. Tampoco hay pena que se eternice en ningún corazón. Todo lo termina atemperando el tiempo.

Hace un par de minutos que he recibido un mensaje de Sinforiano Quintana anunciándome que ha fallecido la bibliotecaria de Santa Brígida Ana Déniz. No por esperada deja esa muerte de ser menos dolorosa. Ana era joven, vitalista, con luminosidad en la mirada, poeta, lectora exquisita, gran amiga y una mujer sabia y sensible, alegre, vital aun en los momentos más delicados de su enfermedad. Supe de su recaída sin que me dijera nada. Los dos coincidimos en la 301 bajando a Las Palmas. Me preguntó por mi vida y yo le empecé a contar esos pequeñísimos problemas que nos parecen que nos van a quitar del mundo cuando no somos capaces de relativizarlos. Luego le pregunté yo a ella y me dijo que prefería no hablar. Sonrió y yo capté el mensaje sobre la marcha. Había tenido una recaída fatal y bajaba a pasear por Triana para no quedarse encerrada dentro de ninguna tristeza. Le pregunté por el libro de poemas que sabía que tenía preparado y le dije que me lo diera para intentar publicarlo. Me pidió tiempo. Luego coincidimos varias veces más por Triana y sus alrededores. No volví a preguntarle por esos poemas. Llegado el momento, nadie cambia un verso publicado por la poesía que pueda vivir intensamente paseando por la calle o por la orilla de la playa. Sé que a ella no le hubiera gustado un obituario triste. Su muerte, como la muerte de cada persona maravillosa con la que voy coincidiendo en este viaje, me sirve para agarrarme aún más a la vida y para no perder ni un solo segundo con las penas o con los miedos. Leeré algún poema en su honor. Se me ocurre algo de Joan Margarit ("No hay nada más. La poesía es hoy/la última casa de misericordia"). Yo descubrí a Margarit hace tiempo en su biblioteca. Muchos satuateños fueron descubriendo escritores a través de los libros que iba colocando estratégicamente por los anaqueles. Era una sembradora de sueños. La voy a echar mucho de menos.

Te pueden herir donde más duelen las heridas, te pueden traicionar aquellos por los que hace tiempo hubieras dado la vida, te pueden hacer tambalear con un par de golpes inesperados; pero nadie logrará vencerte si en lo más hondo de tu ser estás a salvo y orgulloso de tu honradez y de cada uno de tus pasos. Realmente no se viene a la vida a ganar o a perder, pero conviene que los que malvenden la dignidad o recurren al daño sepan que jamás ganarán ninguna batalla. Mientras te puedas seguir mirando en el espejo cada mañana estarás a salvo. Da lo mismo que el día esté nublado o que no veas salidas por ninguna parte. Tu propia bondad irá abriendo senderos donde menos los imaginas.

Dibuja cada día un país en la arena y luego se mete dentro de él hasta que sube la marea, un país pequeño en el que puede acostarse y dejar que pase el tiempo. Su mapa siempre acaba borrado por las olas. A veces ni siquiera lo habita: aparece por la orilla, lo traza con las manos y sigue su camino mientras los demás paseantes se adentran sin querer en los límites de su creación geográfica. No todos los días tiene la misma forma ni el mismo tamaño. Cuando está más risueño le gusta que los trazos de su costa sean dentados y hasta dibuja pequeñas montañas en el interior. Cuando lo ves cabizbajo solo dibuja espacios desérticos y se despreocupa de todas sus fronteras. La playa está llena de artistas que dejan que el mar se trague cada día lo que dibujan. Quizá son los creadores más sabios. Pero este hombre, que debe rondar los cincuenta años, solo viene a inventar países en la costa. A veces parece que el mundo que estamos habitando también está trazado en esa misma arena de la orilla. Probablemente haya alguien en alguna parte dibujando nuestros paisajes y nuestras siluetas en alguna playa. Por eso somos tan poca cosa y tan vulnerables, sombras efímeras que también se acabarán confundiendo con las revolturas luminosas de las olas.

Intuíamos que estábamos siendo gobernados por los más trepas de la clase, y en un alto porcentaje también por los más tontos. Era y sigue siendo fácil: te afilias, peloteas un poco y te aferras de por vida a un cargo bien remunerado. Eso sí, cuando pinten bastos levantas la mano y pides que sean tus otros compañeros de aula los que resuelvan tus problemas o te hagan el dibujo del mapa de África o del cuerpo humano. Lo peor es que esos trabajos hay que realizarlos sin poder borrar las tachaduras del irresponsable que se atreve con lo que no sabe y con lo que no ha querido aprender. Tú te quedas haciéndole el trabajo mientras él se va de rositas o a darle patadas al balón en el patio del recreo. Y a ti nadie te rescata si mañana no sabes la respuesta de un examen o no puedes pagar la hipoteca o la comida de tus hijos. Si te pasa eso vendrá ese fulano del recreo acompañado por un par de gárrulos repetidores y te dará dos porrazos o te meterá en el cuarto oscuro o en el trullo. Vivimos en una sociedad pueril e irresponsable en la que nadie ha pagado todavía por el latrocinio y la desvergüenza que nos ha conducido a esta caótica situación actual. Les basta con levantar la mano y pedir rescate: es como si nunca hubiéramos dejado de jugar a pompa o al escondite, o al juego con trampas en el que siempre ganaba el más sinvergüenza de la pandilla.

Uno puede transformar todo lo que toca, lo que contempla o lo que ama. Al mover una piedra de la playa estamos cambiando la orilla, y la realidad sería distinta si no hubiéramos estado cada uno de nosotros. Es mentira que no haya salidas. Todo este caos terminará a medida que cada uno vaya queriendo que termine. No esperes nada de los mandatarios o de los banqueros. La alquimia la tienes en tus propias manos. El gran cambio que viene es el que tiene que ver con el descubrimiento de nosotros mismos. Somos mucho más capaces y milagreros de lo que pensamos. Podemos convertir en oro cada instante, cada palabra y cada una de nuestras miradas. No tienes más que empezar a creértelo.

Nadie sabe de dónde viene el viento ni tampoco adónde arrastra todo lo que va encontrando en su camino. Uno tiene la sensación de que el viento es incluso anterior al universo. O de que va trayendo y llevando siempre las mismas historias de un lugar para otro, e incluso de un tiempo para otro. Habitualmente lo dejamos pasar de largo, o lo escuchamos como quien escucha una música mil veces repetida. Vamos por las calles sin darnos cuenta de lo que trata de decirnos o de que mueve las hojas de los árboles o los papeles del suelo tratando de entretener nuestra mirada. Quizá lo percibimos cuando estamos en la orilla de la playa o cuando nos adentramos en un bosque que, movido por ese viento que casi nunca cesa, también acaba imitando el sonido de las olas. Dylan ya cantaba que todas las respuestas están en ese aire que pasa de largo y sigue soplando lejos de nosotros. Pero además de las respuestas, el viento es una metáfora de lo que somos y de lo que nos espera. Solo siendo livianos seremos capaces de imitarlo. Llegado el momento, uno solo se arrastra a sí mismo, o como mucho va acompañado de su propia sombra. Somos los únicos que no nos abandonamos y que podemos volar todo lo lejos que queramos. El viento pasa, y uno quisiera sumarse siempre a ese revuelo que va dejando a su alrededor.

El mes de julio lo recuerdo con los ventaneros de Agaete. Todo el mundo se queja de ese viento, pero ninguna de mis nostalgias cobraría vida si no llevaran aquella brisa ensalitrada que terminaba calando en la piel a la que nunca llega el olvido. Los últimos años he sentido ese mismo viento de julio en la costa de Arinaga. Hoy, lejos de ambas de orillas, me queda ese eco ensordecedor que se confunde con las olas y que, paradójicamente, convierte en silencio lo que debería ser estruendo. No hay nada que no logre silenciar el viento cuando arremete con fuerza cerca de la costa. Ni siquiera el océano puede resistirse a sus embates. Ese aire reconocible trae las voces de todos los que nos antecedieron, o nuestras propias voces antes de que fuéramos otros. Y también arrastra los grandes hitos de la historia y los pequeños logros cotidianos, los suspiros de los amores más pasionales y los desgarros de las penas más cruentas, los deseos, los sueños rotos, las victorias memorables, las sonrisas, el perfume de todas las flores, la putrefacción de los vertederos o ese olor a mar que casi siempre antecede a la lluvia. El viento recoloca todo lo que vamos dejando sembrado por el mundo, y llegará un día en que remueva los cartones de ciudades deshabitadas. También ha ido arrastrando palabras que de vez en cuando logramos eternizar en un poema o en una canción que trata de imitar la cadencia de su paso. No vuela el tiempo. Lo único que pasa es el viento que nos va llevando. Nosotros solo extendemos las velas.

Primero nos ofrecieron todo a cien, luego fueron bajando los precios a medida que abarataban la mano de obra hasta casi regalarnos las zapatillas deportivas o la cubertería. Pensábamos que los explotados eran otros, o que vivían tan lejos que jamás veríamos a niños en las fábricas o a hombres y mujeres trabajando de sol a sol por un plato de arroz. Pero de repente los que manejan las cuentas también quisieron que tú empezaras a producir cada vez por menos dinero y con menos derechos. Siempre querrán más a menos coste, y se complementan con nosotros, que también queremos siempre más a menos precio. Ese bucle nos está destruyendo sin que nos demos cuenta. Quizá solo nos salve el valor y el precio machadiano, la importancia de que lo que realmente vale la pena queda lejos del alcance de los especuladores y de las leyes del mercado.

El aire pasa, no se pierde, y ha de seguir pasando si queremos que siga llegando más aire. Lo que creemos que es eterno también es como ese aire inasible. Todo es efímero y transitorio. No nos enseñaron a dejar pasar y se empeñaron en que confundiéramos los cambios con las derrotas. Aquí no gana ni pierde nadie, no es ninguna batalla la existencia. Se trata de saber vivir o de vivir muriendo. Cada cual puede interpretar lo que le sucede desde la esperanza o desde el espanto. Esos supuestos desgarros que a veces acontecen en nuestra existencia, si dejamos que fluyan y que se recoloquen, suelen ser anticipos de una vida renovada, putrefacciones que preparan la tierra para que vuelva a florecer más adelante nuestra propia primavera.

Hay momentos en la vida para mirar hacia dentro y momentos en los que hay que salir a la calle para que no nos sigan creando una realidad que no queremos. Hoy es uno de esos días en los que la calle debe ser la protagonista. Si callamos, nos seguirán robando la sonrisa y los derechos. Hay que salir para que los políticos que nos gobiernan se den cuenta de que no somos carne de estadística y pasividad, para que vean nuestras caras y tomen conciencia de cuál debería ser el fin último de todas sus decisiones. Si no salimos hoy voluntariamente acabaremos saliendo algún día obligados por la necesidad. Cada vez hay más excluidos revolviendo los contenedores de basura y ocupando las aceras por las que transitamos a diario. Saldremos pacíficamente para que nos vean y para que nos veamos a nosotros mismos entre miles de personas que también aspiran a que la vida deje de ser esa fantochada que está saliendo en los telediarios. No vendrá nadie a regalarte un mundo más justo y más solidario. Eres tú mismo el que tienes que empezar a inventarlo.

Una imagen de un incendio nunca podrá aproximarse al momento en el que todo se quema y se destruye, nunca transmitirá el calor insoportable, el humo irrespirable, la desesperación de los pájaros, los escarabajos o los lagartos atrapados entre las llamas, la impotencia de quien llora viendo cómo se queman sus paisajes salvadores o ese árbol que llevaba visitando desde que era niño. Un incendio es un remedo del Apocalipsis, un paisaje de cenizas donde antes escuchábamos el rumor de los pinos imitando el sonido de los océanos o los trinos sinfónicos de miles de pájaros improvisando su alegría de vivir. Nuevamente contemplamos impotentes cómo arden los pinares de Canarias por la negligencia de quienes tendrían que velar por ellos y por la maldad de cuatro indeseables. Cada uno de esos árboles que vemos arder en las imágenes de la televisión o de las fotografías de los periódicos supone un fracaso para los que miramos, una pérdida irreparable, la muerte de un paisaje que durante un tiempo nos recordará que al ser humano le queda un largo camino que recorrer para aprender a dar sombra y a convivir con la naturaleza. Ni siquiera sabríamos caer con la dignidad de esos pinos canarios que milagrosamente rebrotan luego de la nada.

Estos días cotizan al alza las personas con ojos luminosos. Uno agradece su presencia en medio de los rostros sombríos o enervados por las muchas razones que nos ofrece a diario la realidad para ser un poco menos felices. Una persona luminosa cura solo con su presencia, te mira y casi te deja como nuevo, y si te habla redescubres lo verdaderamente importante. Habitualmente vienen de sufrir grandes pérdidas o desgarros que a los demás nos dejarían aliquebrados para siempre. Han aprendido de los golpes de la vida y en sus miradas se reconoce el orgullo de la supervivencia. No van de visionarios ni de falsos profetas. Sencillamente saborean al máximo cada segundo de su existencia porque saben lo poco que vale todo lo que nos quita el sueño a los demás. Uno aspira a contagiarse de esa bendita alegría interior que van sembrando sus palabras y sus gestos. Algo queda, y por eso las busco cada vez con más insistencia. Intento alejarme de los quejumbrosos y de los exaltados, y también de los que buscan la complicidad con la pena o el martirio. Me quedo con quienes, en medio de cualquier supuesto caos, no pierden nunca ni la calma ni la sonrisa. La vida también es un contagio de afectos, un aprendizaje a través de otros sentidos a los que ni siquiera hemos sido capaces de ponerles nombre.

Yo era muy pequeño y el océano tan grande como sigue siendo ahora. El mar no decepciona nunca porque no varía las dimensiones y porque por mucho que uno vaya creciendo siempre será más inabarcable que cualquiera de nosotros. Era julio. Los veranos empezaban en julio y parecían que no tenían final. No sé la edad que tendría exactamente; pero sí recuerdo que estaba en la playa de Sardina del Norte. Agarrado a una gran roca, una de mis tías me daba indicaciones sobre cómo flotar y cómo evitar que me hundiera o que me arrastrara la corriente. No recuerdo tener miedo. Los miedos son las cargas y las decepciones que se acumulan con los años. Miraba cómo las olas rompían en la orilla y estaba deseoso de soltarme por primera vez sin salvavidas. Rememoro perfectamente lo que viví. Quizá se pueda comparar con el primer día que montamos en bicicleta ya sin el apoyo de las ruedas traseras. Podría decir que volaba, aunque eso parecería una boutade teniendo en cuenta que estaba en el agua; pero sí, era como si volara por vez primera. Y también como si regresara al lugar en donde nació nuestra propia vida antes de que nuestros antepasados cambiaran los fondos marinos por las orillas del planeta. Seguro que tú también recuerdas ese momento. Uno no sabe si puede flotar hasta que no lo intenta.

Ahora mismo estamos casi todos agarrados a rocas como aquellas en las que nos apoyábamos antes de dar las primeras brazadas. Vivimos con incertidumbre y miramos con miedo al océano que tenemos a nuestro alrededor. No sabemos si soltarnos o si seguir cada vez más agarrados viendo cómo lo vamos perdiendo todo ante el embate de las olas de la especulación y de la macroeconomía. Tampoco nos atrevemos a soltarnos para ver si dentro de nosotros encontramos la manera de salir a flote. No es fácil liberarte para saber si puedes nadar en medio de las aguas de esta procelosa realidad. Pero creo que si no nos vamos soltando, nos quedaremos cada vez más entumecidos viendo cómo las olas, más tarde o más temprano, nos pasarán por encima. Por eso recuerdo tanto estos días aquella sensación de la primera vez que nadé por mí mismo en el mar. Ya luego hubo cursillos en piscinas para perfeccionar los estilos y las técnicas natatorias, pero el momento clave tuvo lugar cuando me separé de la roca y de la mano de la persona que trataba de enseñarme a flotar. Claro que podía haberme ahogado, pero los riesgos están para asumirlos. Tampoco los pájaros saben si aguantarán en el aire cuando practican los primeros vuelos. Llegado el momento creo que nos salva el instinto de supervivencia y la búsqueda de nuestra propia felicidad. No hay nada más. O nos lanzamos al agua con todas las consecuencias o los veranos seguirán pasando de largo delante de nosotros.

No va a venir a nadie a traerte una sonrisa. O te la colocas tú desde primera hora de la mañana o verás pasar el día con el rictus cada vez más sombrío. Ha de haber una voluntad de ser feliz para que la alegría aparezca por alguno de los recovecos de tu propio espejo. No busques fuera. No hay nada. Y sí, es cierto que en la vida todo requiere un esfuerzo. Cada vez que amanece tienes todas las opciones anímicas a tu disposición. Da lo mismo lo que te haya sucedido o lo que te esté ocurriendo. Todo eso será pasado en unos segundos, y el presente, digan lo que digan, lo manejas tú con todas las consecuencias. Prueba a reír aunque no tengas ganas: comprobarás que todo tu cuerpo reacciona a la sonrisa. O piensa que la vida, aun en medio de este caos financiero y político que nos abruma, es mucho más sencilla y más habitable de lo que parece. Recuérdate niño. No había noticia que echara abajo las ganas de jugar y de reír. El juego continúa. Y solo gana el que sabe sonreírle al tiempo.

Me voy a tener que prohibir acercarme al ordenador justo antes de que me vaya a la cama. Habitualmente miro por encima las actualizaciones de las ediciones digitales de los periódicos y me acerco a ver lo que se comenta en las redes sociales. Casi nunca me pasa nada porque hace tiempo que estoy curado de espanto; pero de vez en cuando me tropiezo con alguna barbaridad que me desvela o que convierte todos mis sueños en pesadillas. Anoche me pasó eso con el vídeo de la diputada Fabra y ese Que se jodan que no para de resonar en mi cerebro. Si pican en el enlace podrán ver el vídeo y ahorrarme su descripción. Aun así, reconozco que ese podría ser el claro ejemplo de que estamos tocando fondo y de que los políticos que nos representan (?) ni saben ni quieren arreglar absolutamente nada. Ya no vale mirar para otro lado si queremos que este mundo sea más habitable. De momento tenemos que conseguir que quien actúa así salga de inmediato del parlamento, y luego, cada uno en su pequeña parcela, habremos de ir sembrando solidaridad y armonía hasta que les hayamos echado abajo ese mentidero ineficaz que nos ha llevado al desastre. Hoy he tenido que empezar el día con un par de meditaciones y con casi una hora de carrera a un ritmo más fuerte del habitual. Era la única manera de sacar de mi cabeza a la diputada Fabra y de recuperar la confianza que, como ser humano, me hizo perder esa señora con cerebro y se supone que también con alma, corazón y vida. O quizá es verdad que los boleros siempre mienten y que esas tres cosas nada más, alma, corazón y vida, no caben en un parlamento que cada día se asemeja más a un parvulario de pisaverdes descerebrados.

Hay días que ennegrecen los calendarios. Ayer fue uno de ellos. No se declaró ninguna guerra ni se paró el mundo, pero nos enseñaron las fauces con naturalidad vergonzante para que supiéramos lo que nos espera en los próximos años. Ya da lo mismo a quien le votes porque el sistema está podrido y la honestidad casi ha desaparecido de la política. Todo lo justifica la economía y la coyuntura aquella que tanto nombraba Felipe González. Ni usted ni yo hemos llevado a España a la ruina; pero usted y yo vamos a pagar todo el latrocinio de los banqueros y de los especuladores, y por supuesto toda la ineficacia de los mismos políticos que solo varían el color del lugar en el que ponen sus posaderas cada cuatro años. Ayer decía Chavela Vargas que había venido a España a recuperar su alma. Pobre Chavela, no sabe que España ya ha vendido su alma a los mercados hace mucho tiempo. Un país sin alma es aquel que acaba con la cultura o con la educación y la sanidad pública y gratuita. Y una vez anestesiada la mente ya no habrá nada que ponga freno al regreso del feudalismo y de la esclavitud. Yo no vendería nunca mi alma al diablo porque es en el alma de cada uno de nosotros donde único es posible ahora mismo la revolución; pero sí entiendo que Fausto la vendiera por la sabiduría y la inmortalidad. Lo que nos mata es que estén malvendiendo nuestras almas colectivas para pagar deudas que no tienen que ver con ninguno de nosotros. Sabíamos perder, como cantaba Chavela, pero era solo por amor.

Cruzaba un paso de peatones en el centro de su ciudad. Iba despistado, escuchando música de Bach y con la mirada perdida en una fachada barroca del otro lado de la calle. De repente, y sin que pudiera hacer nada por evitarlo, se vio entrando en una guagua. Una guía medio histérica lo confundió con alguien que iba en su grupo de turistas y no le dio tiempo ni a que abriera la boca. Él siempre fue tímido y apocado. Lo llevaron a comer entre bailes folclóricos y le fueron contando su propia ciudad en sueco por los altavoces de la guagua. No sabía sueco pero entendía lo que iban contando cuando pasaban delante de la catedral, de los edificios oficiales o de los parajes naturales más conocidos. No le esperaban en ninguna parte. Vivía solo y estaba sin trabajo. Allí lo habían acogido como uno más y contaba hasta con habitación en un hotel. También le apareció una esposa que se había quedado en la piscina porque quería ponerse morena. Y más tarde llegaron dos niños rubios que venían de un parque temático. Se entiende que estaba llevando la vida de otro que se habría quedado vagando por su ciudad de toda la vida. Le daba lo mismo. Al abrir la boca era capaz de hablar en sueco con toda naturalidad. No sabía ni cuál era su profesión ni dónde vivía en el país nórdico, pero estaba rejuveneciendo con aquella extraña aventura. No siempre sale uno a la calle y le cambia la vida de repente. Tampoco tenía recuerdos. Solo se acordaba de la música de Bach que venía escuchando cuando cruzaba un paso de peatones: cruzando entre dos aceras también te puedes encontrar viviendo otra vida que no tiene nada que ver con la que has vivido hasta ahora. El otro que se quedó en su ciudad natal estaría sentado en su terraza preferida mirando el vuelo de las palomas o contando las campanadas del reloj de la catedral. Cualquiera de los dos podría ser cualquiera de nosotros.

La identidad no es una firma que nos identifique ni tampoco un documento que mostramos cuando atravesamos las fronteras. Todo eso no es más que papeleo y burocracia, justamente lo más que nos aleja de lo que realmente somos. Ayer iba por la calle hablando con unos amigos y salió esa palabra en medio de la conversación. Sin que tuviéramos tiempo de reaccionar una mujer con pinta de no estar en sus cabales empezó a repetir la palabra de marras a medida que nos alejábamos. Todo el mundo la miraba a ella y de paso también a nosotros. Ella decía que la identidad era un camelo y la gritaba cada vez más fuerte. Nosotros nos callamos y casi no dijimos nada hasta que nos separamos al final de la calle. Luego me dirigí hacia la zona de la costa sin dejar de recordar la situación que acababa de vivir. El día estaba nublado y no había casi nadie en la playa. Intenté dejarme llevar por el ir y venir de las olas. No pensaba en nada. Era feliz como casi siempre lo soy cuando estoy cerca de la orilla. Recordé los gritos de aquella señora en medio del tráfico y del trasiego de la gente. Sí, tenía razón, nuestra identidad se diluye entre el ruido y la vorágine cotidiana. Dejamos de ser. Solo cuando regresas a ti mismo te redescubres y te reconoces. Mi identidad, por ejemplo, está inevitablemente unida al vaivén de las mareas. Puestos a elegir, me declaro oceánico por los cuatro costados.

No resulta fácil recorrer los caminos que nos permiten seguir creciendo. Sientes vértigo cuando miras hacia abajo y el cansancio o la desgana te pueden dejar varado en cualquier cuesta. La mayoría de las veces preferimos detenernos y pactar con la seguridad antes que seguir subiendo. No sabes nunca qué vas a encontrar en la cima. Eso sí, a medida que recorres el camino te vas sintiendo cada vez más satisfecho contigo mismo, sobre todo cuando te atreves a mirar hacia abajo ( o hacia dentro) y te das cuenta de lo mucho que has logrado subir (crecer). Casi siempre hay que subir solo, y si acaso llegando a la cumbre, o ya en ella, compartes el espacio con quien también ha emprendido ese camino por su cuenta superando todas las dudas y las dificultades. La cumbre no es el éxito. Tampoco te reciben con vítores o con himnos. Esa pequeña subida diaria que tantas veces crees que no vas a superar es la que luego tranquiliza tu propia conciencia. No hay que apurarse ni venirse abajo cuando nos pesen las piernas o las decepciones. Los grandes logros se consiguen siempre dando pequeños pasos.

Caminas entre los rascacielos de una ciudad. Te cruzas con miles de personas y de coches, te asomas a cientos de escaparates y escuchas voces en distintos idiomas. De repente te imaginas ese espacio, ya sin rascacielos y sin coches rutilantes, habitado por los seres prehistóricos que te precedieron. Luego logras visualizarlo sin ningún humano, una inmensa llanura por la que corre un río en medio del silencio. Tampoco hay animales. Si vas más atrás en el tiempo ni siquiera aparece esa llanura. Pongamos que es un espacio más en medio de un océano infinito. Luego también desaparece el agua. No queda nada, ni humano ni terrenal. Solo percibes tu energía en medio de esa nada infinita. Realmente no creo que haya otra cosa. Somos la energía que traemos y la que logramos mantener a salvo. Todo lo demás importa poco: los rascacielos, lo que encuentras en los escaparates o la gente que habla por la calle. Una vez visualizas tu presencia en medio del universo te das cuenta de que no hay más dios que el que llevas dentro de ti mucho antes de venir al mundo.

Nadie olvida nunca el primer beso de amor. Ella recordaba el sonido del mar de fondo y la impericia de unos labios igual de inexpertos que los suyos. Siempre se decía que la vida tendría que haberse eternizado en ese primer beso. Tenía dieciséis años y todo un verano por delante. Recordaba cada detalle de aquellas semanas, la sensación de caminar como si levitara, la sonrisa boba dibujada todo el tiempo en su cara y las otras muchas tardes de besos y caricias en el mismo lugar de la primera vez. Ahora, cincuenta años después, toda esa costa está llena de hoteles y de apartamentos. Donde ella besó por vez primera hay una terraza chill out desde la que ven atardecer otros adolescentes que se besan como ella besaba entonces. Llega cada tarde, siempre a la misma hora, cargada de rosas. Va por todas las mesas regalándolas. A los que quieren pagar les detiene con una mirada melancólica. Las cultiva ella misma en la azotea y en los patios de su casa terrera. Aquel primer amor duró solo un verano; pero ella, a pesar de que se casó, tuvo hijos y enviudó, nunca pudo olvidar aquel primer beso. Tampoco ha vuelto a saber nada más de aquel extranjero que estaba de paso por la isla con sus padres. Los camareros, cuando la ven venir con su cesta cargada de flores, se ríen entre ellos. La tienen por loca.

El camino es solo el paso que estás dando. Detrás no queda nada si regresas, o lo que encuentras no se parece a lo que viviste un día. Tampoco eres capaz de ver más allá de lo que vislumbras en el horizonte, y con el tiempo descubres que los horizontes son siempre espejismos. En los cruces que te vas encontrando un día decide el miedo, otro la ilusión, otro lo intuitivo y a veces la fuerza de la costumbre; pero siempre eliges el sendero sin saber si es el correcto, y una vez te adentras no te queda más remedio que seguir caminando para ver hasta dónde te llevan esos pasos diarios que te acompañan a todas partes. Habitualmente llegamos adonde teníamos que llegar. Da lo mismo que hayamos dado muchas vueltas hasta encontrar nuestro destino. Lo que importa es la meta que alcancemos cada día. Somos el camino que vamos recorriendo, la sombra que nos acompaña un paso por delante de nosotros, un reflejo que no se eterniza en ninguna parte y que se rehace milagrosamente cada mañana. No le pidas mucho más a la vida. Sigue el camino de tu propio corazón. Ya tendrás tiempo de pensar más adelante. Todo lo que hagas terminará encajando en el rompecabezas final de tu existencia.

La física se está volviendo cada vez más lírica, o por lo menos tiene poco que ver con la que yo estudiaba en el instituto hace treinta años. Ahora los científicos han unido la metáfora y la intuición a sus investigaciones. Ya no son solo fórmulas ininteligibles las que tratan de explicar el universo, entre otras cosas porque el universo nunca podrá ser formulado si no aparece por medio la magia o la poesía. Ayer nos presentaron El bosón de Higgs, conocida como partícula Dios, que vendría a ser un residuo directo del Big Bang, lo más pequeño conocido, lo que no valdría nada en ninguna parte porque solo podría apreciarse con los grandes superaceleradores, la materia desde la que luego se ha ido expandiendo todo ese universo que sigue avanzando lejos de nuestra mirada y de nuestra capacidad de comprensión.
Viene bien que los científicos ocupen de vez en cuando el papel de los poetas y de los soñadores, que nos recuerden que solo somos energía en medio de otras energías igual de inmortales que se expanden, se confunden y renacen eternamente con mil formas y sentidos diferentes. Somos un milagro andante, millones de azares que lograron que brillaran nuestros ojos o que alguien como nosotros llegara a componer la Novena Sinfonía o a pintar la Capilla Sixtina. Deberíamos tener siempre presente esta partícula recién descubierta para compararnos con ella cuando parezca que lo perdemos todo o cuando no entendamos las muertes o los desamores. Todo cambia, todo se transforma, nada permanece, y en medio de ese movimiento infinito también se cuentan nuestros pasos y nuestras partículas, las mismas inapreciables partículas que luego se enamoran o se emocionan hasta hacernos tocar el séptimo cielo. Como ese bosón de Higgs recién descubierto, desde nuestra nimiedad, también nosotros podemos contribuir a cambiar todo lo que nos rodea. Basta con dejar que esa química que somos fluya con naturalidad y que no se confunda con las milongas terrenales que no valen para cambiar nada que merezca la pena. Todas las partículas que formamos parte del universo jugamos un papel trascendental para mantener a salvo la armonía. Vale la palabra amor para empezar a entendernos.

La tristeza es solo un estado transitorio del alma. Requiere sus horas y sus días, y por más que trates de espantarla la reconocerás en cualquier objeto o en alguna presencia que echas de menos. No llega para quedarse a no ser que tú quieras que se quede. Aparece para avisarte de que todo esto es mucho más efímero y más sencillo de lo que creemos. Si te paras a pensar, cada lágrima no es más que la añoranza de una risa, de los días felices que viviste y de aquellos en los que, sin saberlo, también estabas tocando el cielo con la punta de los dedos. Pero al mismo tiempo, todas esas penas que te sacan de la cama aliquebrado y nublando todos los paisajes en los que posas tu mirada, también llegan para hacerte crecer y para que valores más tarde, cuando todo eso haya pasado, lo que realmente vale la pena. No hay que amar la tristeza ni dejar que habite todo nuestro espacio. Si lo hacemos nos terminaremos convirtiendo en seres oscuros y apenados que jamás saldrán del luto de una pérdida o de un desgarro. Al final del camino, o al doblar la próxima esquina, te estará esperando la alegría. Entre tanto, debes ir pensando qué tienes que cambiar para que cuando llegue no vuelva a pasar de largo. Tú también tienes tus noches y tus días, tus tormentas casi apocalípticas y esos amaneceres esplendorosos que luego llevas a todas partes en un punto lejano de tu mirada. Nunca está todo perdido ni todo ganado. La incertidumbre es realmente lo que más nos engancha a la vida.

No, lo que uno es tiene poco que ver con lo que ha estudiado o con los trabajos que ha ido realizando a lo largo de los años. Somos lo que nos queda. Todo lo demás se lo lleva el olvido o el viento de cualquier mañana funesta. Ni siquiera nos vale una foto para identificarnos porque el tiempo nos cambia las facciones y la mirada mucho más de lo que pensamos. Mario Benedetti, en un poema titulado Currículum, contaba que el cuento era muy sencillo y que llega un momento en que sabemos que el mundo es como un laberinto, "en sus momentos clave, infierno o paraíso, amor o desamparo, y siempre, siempre un lío". Por eso, porque lo de fuera varía tantas veces sin que seamos capaces de hacer nada por evitarlo, solo podemos salvarnos adentrándonos en nosotros mismos y cuidando todo aquello que habitualmente no ponemos en los papeles que necesitamos para buscar un trabajo o para que se reconozcan nuestros logros académicos y profesionales. El cuento de nuestra vida, como escribía Benedetti, es mucho más sencillo: llegado el momento, solo nos tenemos a nosotros.

Cualquiera sabe que de la noche a la mañana se puede perder todo lo material. Por eso no vale la pena aferrarse absolutamente a nada que no forme parte de nuestro propio equipaje de mano. Lo que te queda son los libros que has leído, las películas que te han conmovido, la música que te ha emocionado, los paisajes que se han colado en tu alma, los amigos que te tendieron la mano, los amores que te enseñaron que vivir no tiene sentido si no se ama, el perro que te ha sido leal hasta el último momento, el árbol que nunca dejó de darte sombra y de enseñarte el paso natural de las estaciones, el cielo inmenso que te coloca en tu sitio cada vez que te empequeñeces o te engrandeces más de lo debido, los olores que quedaron unidos a recuerdos inolvidables, la ola de la playa que tantas veces ha borrado las penas de tu orilla o el eco de las muchas voces que querrías escuchar en estos momentos. Y te queda, además, lo que eres ahora mismo tras sumar todos esos momentos que han ido completando el único currículum que realmente merece la pena. Somos nuestro propio presente y lo que ha quedado a salvo cuando todo lo demás desaparece. Da lo mismo que te quedes en una isla desierta o que, de repente, no te dejen sacar el dinero de los bancos o pierdas el que creías que era el gran amor de tu vida. Si has sido capaz de disfrutar con intensidad, todo ese sustrato del placer y de la sabiduría lo llevarás siempre contigo. No te hace falta nada más. Ya luego podrás compartir sonrisas, abrazos o caricias; pero más tarde o más temprano te volverás a encontrar frente a frente contigo mismo. Lo tenemos todo. Lo que no encuentres en ti nunca lo hallarás en ninguna otra parte. Este segundo es realmente el único que importa. No te demores. Los trenes de la vida solo pasan una vez.

La vida es una aventura diaria que uno navega tratando de encontrar el rumbo de la felicidad. Llega un momento en que solo vale tu instinto y tu corazón. No hace falta buscar desesperadamente, ni perseguir sueños que se alejan como los horizontes. Tienes lo que tienes y eres lo que eres en este preciso instante. De ti depende tu propia sonrisa. Lo que llegue será siempre una sorpresa. Camina con las manos en los bolsillos reconociendo cada uno de tus pasos. Déjate llevar. La marea te acabará arrastrando hacia tu propio destino. Siempre habrá puertos que te reciban con sus sirenas festivas anunciando tu llegada, miradas que reconocerás más allá del tiempo.

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