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Archivos Junio 2012

Una mudanza es una marea que arrastra recuerdos, aquella música que no escuchabas hacía años, Camarón, Ella Fitzgerald, Toña la Negra, Roberto Polaco Goyeneche, versos que entonces te sabías de memoria, Baudelaire, Pessoa, Vallejo, Gil de Biedma. No me importan ni las camisas ni los electrodomésticos. Lo que no cabe en el corazón no es necesario mudarlo. Me llevo solo las canciones y los poemas, ni siquiera me hacen falta los libros o los discos. Mudarte es empezar de nuevo con todas las consecuencias. No eres más que la emoción que te acompaña.

El teatro no deja de ser más que una imitación dramatizada de la vida. No importa que tengamos la inmediatez de la televisión o la posibilidad de que nos cuenten historias en cualquier parte a través del cine. Para que realmente terminemos de creer las mentiras tenemos que escuchar una voz cercana y mirar unos ojos que también miren las mismas calles que miramos nosotros. Existen textos, pero de nada valen si no hay voces o gestos que los conviertan en vida. Hamlet, La gaviota o Luces de Bohemia serán siempre contemporáneos porque resonarán en el tiempo que se interpreten. Da lo mismo dónde se sitúen las historias. Lo que vale es el ánima que palpita detrás de cada una de ellas. Pero, como cantaba La Lupe, la vida es puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro. Una y otra vez se repiten los personajes y las situaciones dramáticas, y cada día es una escena que concluye con el telón de la noche. Solo de vez en cuando te das cuenta de que interpretar en un escenario no es lo mismo que protagonizar tu propia existencia. Y no hablo de éxitos o fracasos. El aplauso que realmente vale algo es el que podamos darnos a nosotros al final de cada día. Todo lo demás entra dentro de la interpretación y de lo que esperan los otros que hagamos. El único triunfo es aquel que no suele exhibirse con grandes luces de neón. Hablo de la risa limpia, de la respiración pausada y de la capacidad de sentirse bien con uno mismo sin que tenga que venir nadie a comprobarlo.

El cuerpo termina siendo siempre el reflejo del alma. Y el alma no es más que un estado de serenidad que vamos perdiendo cuando equivocamos los caminos y buscamos fuera lo que está en lo más profundo de cada uno de nosotros. Puedes confundirte con ese pájaro que vuela libre entre las montañas, con el océano que se deja llevar por las corrientes, o con ese acorde que improvisa la naturaleza si uno aprende a escuchar más allá del ruido que confunde. El tiempo no se mide con las dimensiones humanas. También somos ese segundo que se eterniza en la infinitud del universo, la capacidad de dar y recibir amor, el milagro de unos sentidos que se han conmovido alguna vez ante la belleza. No esperes nada. No pretendas recuperar nada. Siembra deseos. Todo te irá llegando.

También los sueños eligen su propio color para vestirse, pero dependen del fondo de armario que les hayamos preparado. El sueño o la pesadilla es la consecuencia de uno mismo, aquello que guardamos sin saber que lo estamos guardando o lo que reprimimos pensando que desaparecerá para siempre por el escotillón del olvido. De madrugada, lejos de tu control, juega el niño que fuiste con el hombre que eres, la primera novia se confunde con tu último amor o te reconoces vestido con una camisa que no tienes desde hace veinte años. Los sueños lo guardan absolutamente todo. Y además son omnímodos y omnipresentes. Uno se acuesta sin saber qué se va a encontrar en su inconsciente y luego se levanta también sin saber qué va a leer en las portadas de los periódicos. Somos un enigma rodeado de muchos enigmas, una aventura que, bien mirada, debería resultar fascinante y entretenida. También nos acompañan los milagros. Hoy mismo puede ser el día más afortunado de tu existencia. Yo creo que a veces solo hay que proponérselo. Tus propios pensamientos encaminan tus logros y acercan lo que deseas. También los sueños se nutren de esos anhelos que milagrosamente se suelen cumplir cuando menos lo esperas.

Todo tiende a la calma. No hay marejada que no termine en un remanso. El universo explota y al mismo tiempo se recrea en una quietud infinita. Nosotros somos como esos mares y formamos parte de ese universo. Nuestras marejadas nos dejan convulsos, nerviosos o desorientados. Creemos que todo será siempre descontrol y abismo; pero más tarde o más temprano te das cuenta de que no hay crisis que dure eternamente. Todo vuelve poco a poco a su cauce; también tú volverás poco a poco a la senda de la armonía y de la calma. Has de buscar muy adentro, donde nunca se revuelven las aguas, para no desorientarte. Fuera todo va y viene, el amor, el dinero, el trabajo, los días, las noches y hasta el propio aire que respiras para seguir sobreviviendo. Donde único estás siempre a salvo es en los límites de tu alma. Cuesta llegar, pero, cuando se roza ese espíritu sosegado, la alegría es tan inmensa que no hay corriente ni viento que se pueda llevar por delante nuestro deseo de vivir intensamente.


Los miedos paralizan y demoran la felicidad. No digo que nos enfrentemos con el Fondo Monetario Internacional, con la agencia Moody's o con la variada gama de políticos que ni saben ni contestan cuando tienen que tomar las decisiones que todos esperamos de quienes nos gobiernan. El enfrentamiento más complicado es el más cercano. Todos arrastramos un temeroso capaz de pactar con la desolación con tal de no afrontarse. A ese es al que tenemos que hacerle frente cada mañana cuando nos miramos al espejo. Digamos que cuenta con la ventaja de conocernos y de haberse nutrido con los temores, reales o imaginarios, que nos paralizan. No porque cierres los ojos te puedes esconder de tu propia realidad. Como mucho lograrás vivir a medias, y viviendo a medias irás regalando buena parte del tiempo que tenías para pasar por aquí volviéndote más sabio, más vitalista y mucho más feliz.

Hoy es domingo, pero da lo mismo el nombre de los días. Los festivos de los calendarios los marca nuestra propia actitud vital. Empujemos a un lado a ese timorato que se empeña en no querer seguir creciendo. Cada bocanada de aire que respiramos es una victoria que merecería celebrarse como si fuera el mayor logro de la existencia. El otro te dirá que no vas a ser capaz de llegar a fin de mes; pero el otro se ha equivocado tantas veces que es mejor silenciarlo cuanto antes. Que nadie te quite la satisfacción de saber que sigues tratando de embridar tu destino y de tomar las decisiones que te lleven a esa alegría interior que cuando aparece no tiene comparación posible con ninguna otra alegría. La armonía solo se alcanza cuando logramos derrotar a todos los agoreros que se empeñan en nublarnos las mañanas. Y entre esos agoreros está ese que no se separa nunca de nosotros y que nos acompaña a los viajes o a nuestros ensimismamientos cuando caminamos las orillas de las playas. El verano solía ser la mejor época del año para derrotarlo, o por lo menos para que nos dejara en paz unas cuantas semanas; pero presiento que este verano tendrá muchos aliados macroeconómicos y muchos titulares de prensa catastrofistas. Los que especulan con nuestro destino también querrán recortarnos las alegrías estivales. No se cansarán de alocarnos los guarismos bursátiles o de subir la prima de riesgo como si fuera una torre de Babel condenada al Apocalipsis. Pero mientras tanto tenemos que resistir oponiendo el carpe diem a las páginas salmón de los periódicos. Y sobre todo manteniendo a raya a ese otro que nos acompaña y que se cree a pies juntillas que la vida es ese batiburrillo económico que tratan de vendernos a diario. La vida es otra cosa que no tiene nada que ver con esas estridencias y esos decimales. Como casi todo lo efímero es bella; pero la belleza hace tiempo que no cotiza en ninguna parte.

Llega el momento de quemar todo aquello que ya no nos sirve para nada. Nunca es fácil una despedida. Todo adiós conlleva una renuncia. Pero no se puede vivir en el ayer ni tampoco conviene perpetuar lo que uno ya sabe de antemano que no va a ninguna parte. Mi hoguera metafórica -o los dos o tres papeles que queme esta noche para cumplir con el rito que de niño me dejaba atónito mirando el fuego- tiene que ver con esa renovación que tanto miedo nos da cuando nos invita a asomarnos a un precipicio en el que atisbamos vuelos inseguros. Quiero quemar todo lo que me lastima, y al mismo tiempo deseo que los que me han lastimado sean mucho más felices a partir de mañana. Esta es una noche para olvidar rencores. El humo es gris porque consume los agravios y el tiempo perdido. Quememos todos los miedos que nos atenazan. Que mañana también amanezca el verano cerca de nuestros corazones renovados. Las hogueras no solo dejan las cenizas del olvido.

Todo el mundo está buscando salidas. Donde quiera que te muevas, escuchas ese deseo de escapar cuanto antes del desastre, de la crisis o del sufrimiento. Es lógico que todos queramos salvarnos; pero antes de salir hay que entrar, y de momento creo que no hemos entrado mucho dentro de nosotros en todos estos años. La mayoría de la gente pasa por esta vida sin conocerse. A veces te despabila el sufrimiento o un golpe inesperado como aquellos que contaba César Vallejo (cuando parece que la resaca de todo lo sufrido se empoza en el alma), pero no todo el mundo reacciona igual ante ese golpe del destino. Vuelvo a otro poeta, a Federico J. Silva, y a su clarividencia cuando escribió que el dolor a unos envilece y a otros dignifica. Quien mira hacia dentro está mirando realmente hacia los más lejanos horizontes. Todo lo que necesitas lo llevas contigo a todas partes. Eres lo que encuentras. Y emprendiendo ese viaje que merodea por los contornos del corazón también evitarás el envilecimiento en el que caen los que siempre están culpando a los demás de sus propios desastres. No hay culpables. Aquí cada uno hace lo que puede. Lo que hay es mucha gente olvidada de sí misma.

El verano es verano cuando dentro y fuera de ti coinciden las estaciones. Hay inviernos que hielan las montañas y que tú recuerdas como los más cálidos días de tu existencia; también hay veranos que en medio de la canícula y el calor más sofocante te han terminado helando el corazón. Es cierto que el color de los días puede cambiar la intensidad de nuestra propia mirada, y que para un meridional las mañanas azules son más evocadoras y necesarias que esos plúmbeos y oscuros amaneceres en los que no se vislumbra la luz por ninguna parte. El verano tiene sabor a sandía y conserva el olor de todas las playas en las que jugó nuestra infancia. Llegados aquí solo nos queda desearnos suerte para que podamos vivir esta estación tan necesaria con la misma luminosidad casi interminable que ya tienen las tardes. Por más que queramos vivir al margen de la naturaleza, nosotros, con nuestras caídas y nuestras euforias, no somos más que estaciones de paso, veranos, otoños, primaveras e inviernos que van cambiando el color de nuestros paisajes. Hay días en que te levantas veraniego y otros días que necesitan la caída de algunas hojas para poder renovar ese árbol que solo aspira a mantenerse en pie y a seguir ofreciendo buena sombra a quien se acerque a buscarla.

Creo que la felicidad es como una especie de eco que te devuelve la vida cuando tú has tratado de hacer felices a los otros. Dar para recibir, aunque cuando demos no estemos esperando nada a cambio. Ayer preparaba con la psicóloga Sara Fresno la presentación que haremos mañana jueves en El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria (19:30 horas) del libro Cucarachas con Chanel, que ha escrito ese genio rompedor y talentoso que es el tinerfeño Ramallo. Lo bueno de hablar con gente que te enriquece es que cuando te quieres dar cuenta pasas de un tema a otro y terminas casi siempre hablando de la vida, del paso del tiempo o de esa felicidad que nombraba al principio. Pero es que además pasó por donde nos encontrábamos el escritor Juan Carlos de Sancho, y llegó como suele llegar Juan Carlos, cargado de vitalidad y de ganas de cambiar el mundo. Sara y yo hablábamos de las dimensiones y de las casualidades como últimamente vengo hablando con tantos sabios amigos que me ilustran científicamente de lo que yo creía que solo era materia literaria. Y hablábamos también de la generosidad y de la ayuda al otro, y de todo lo que podemos aportar y aportarnos cuando esa generosidad la podemos poner en práctica. Juan Carlos de Sancho recordó que ya el escritor Clavijo y Fajardo había escrito hacía un par de siglos sobre la Beneficencia, entendida como hacer el bien y dar a los demás todo lo que podamos. Según Juan Carlos, Clavijo había concluido que esa era la única manera que había para lograr una sociedad más justa en la que todos terminaran ganando. Luego me acompañaron los dos a la parada de la guagua de Santa Brígida que está en el Guiniguada y nos dimos cuenta de que la naturaleza nos enseña a diario que todo es mucho más simple de lo que nos están contando. Caían decenas de flores de los árboles, pero esa caída era bella, sin estridencias, con mesura, como si cada pétalo se detuviera en el aire. La belleza moría con la tranquilidad de que había regalado fragancias y luminosidades durante unas horas o unos días, daba lo mismo. Probablemente cuando andamos aliquebrados y tristes es porque no estamos dando lo mejor que tenemos a los otros, o porque hemos permitido que ese otro que ha engendrado la competitividad y la educación que nos impusieron haya ganado la batalla. Me despedí de Juan Carlos y de Sara, llegué a casa, saqué al perro, me acosté, tuve la suerte de tener hermosos sueños y hace unos minutos, antes de sentarme a escribir, comprobé que el mundo seguía amaneciendo con colores bellos y cantos de pájaros y de gallos que celebraban ese nuevo triunfo de la vida. Me acordé de un proverbio que siempre llevo conmigo para cuando la generosidad no encuentra correspondencia y solo hallas maldad donde pusiste tu corazón y tu bondad: podrán matar al gallo que anuncia el amanecer, pero nunca podrán detener la llegada del alba.

No hay nada que suceda en vano. Solo es una cuestión de tiempo encontrar el sentido de la vida y de lo que en ella acontece. Una flor que cae, una ola que llega a la orilla, una mirada que te cruzas en una ciudad en la que estás de paso, el hallazgo de una fotografía que no veías hacía años, un nacimiento, una muerte, una crisis económica, un desamor, absolutamente todo lo que sucede a tu alrededor está cambiando todo el rato tu existencia. Por eso hay que estar atentos a las pequeñas cosas y a los detalles que parece que nunca cambiarán el mundo. Esa mirada desconocida puede terminar dándote pistas en un sueño, o esa flor te puede terminar salvando cuando pienses que todos los finales han de ser tristes y recuerdes la mesura y la belleza de su caída, o un buen día te puedes encontrar recordando el sonido de una ola que logra serenarte, o bien presientes cercana, casi al lado tuyo, a esa abuela que murió hace años y que milagrosamente reaparece en la fotografía que te tropiezas dentro de un libro al que no volvías desde hacía más de una década. No vale la pena precipitarse ni angustiarse con el presente. El presente está para ser vivido intensamente y para que aprendamos de él cuando se convierta en pasado. Al despertar cada mañana hay un universo entero que se ha reinventado para ti, un paisaje que cambia, unos ojos que te miran desde el espejo y que solo esperan una sonrisa que agradezca tanto milagro y tanta suerte. No hay nada a tu alrededor que no tenga algún sentido. No importa que a veces no llegues a saber lo que te pasa. Mira y aprende. Ya tendrás tiempo de entender más adelante.

Uno creía que los exámenes terminaban cuando finalizaban los estudios, pero la vida te examina cada día y no siempre te premia con las notas que corresponderían a tu esfuerzo. Sí es cierto que vivir es una evaluación continua en donde al final sueles encontrar el premio que ibas buscando. No se trata de competir. Hay gente que vive muy contenta con un aprobado raspado y otra gente que necesita sacar todos los días un sobresaliente para saberse feliz. Yo creo que cada cual debe examinarse con su propio criterio y su propia objetividad. Y además tenemos que aprender a ser más benevolentes con nosotros mismos. Nos educaron para que fuéramos demasiado perfectos. Solo asumiendo que no podemos tener el control de todo lo que sucede a nuestro alrededor podremos empezar a levantar los vuelos y las calificaciones. Recordarnos mortales, por ejemplo, nos ayuda a desmitificar tanto supuesto éxito que al final se queda solo en calderilla. Nada llenará el vacío que no trates de cubrir con tu propia sabiduría y con tus ganas de salir adelante.

Ahora mismo no solo nos estamos examinando cada uno de nosotros. Podríamos decir que el examen lo tiene la sociedad que vivimos y el sistema de valores que veníamos aplicando. Y lo peor es que para superar esa prueba no nos queda otra que improvisar con todo lo que habíamos olvidado pensando que no era importante. Hay que volver a los libros de los sabios, a las enseñanzas de nuestros abuelos y a recuperar aquel niño que fuimos un día. Con lo que tenemos ahora mismo no llegamos al aprobado. Y tampoco vale copiar porque no hay de donde hacerlo. Nunca antes se ha vivido un tiempo como este porque los tiempos jamás se parecen como dos gotas de agua. Si acaso se asemejan, pero las semejanzas solo sirven para sacar algunos parecidos. Lo que creo que no debemos permitir es que este examen lo hagan aquellos que vienen suspendiendo sistemáticamente desde hace años. Somos cada uno de nosotros los que debemos afrontar las pruebas que cambien el destino de todo lo que tenemos alrededor. Estos días veo a los estudiantes reconcentrados y nerviosos, repasando mentalmente cada uno de los temas y rogando que el día del examen no se cruce con ellos el olvido. Les deseo toda la suerte del mundo. No me olvido de aquella histérica Selectividad en la que parecía que te estabas jugando todo tu destino. Fue por estos días hace veintisiete años. Conviene recordar esas distancias de vez en cuando para que seamos conscientes del tiempo que vivimos. No sé si terminé cumpliendo los sueños de aquel muchacho de dieciocho que no sabía realmente qué diablos quería hacer; pero agradezco al destino que, al paso de tantos años, me permita seguir con este examen diario que se llama vida. Todos los días estamos empezando.

Deja que pase el tiempo e improvisa cada minuto mientras tanto, no te agobies ni te anticipes, confía en la suerte, en el amor que te espera, en la sonrisa que te aguarda, o en esos milagros que a veces parecen imposibles. Piensa cualquier cosa que se te ocurra, o tararea una canción que te salve, llora si tienes que llorar; pero no dejes que la pena anide en ti. Tienes el escenario y el paisaje a tu disposición, y todos sabemos que la infinitud de los horizontes depende solo de nuestra propia mirada. Tú eres quien te alejas o te acercas: no hay distancias, y no siempre puedes elegir el papel en la trama. Si has olvidado lo que tenías que decir debes improvisar con lo poco que te acuerdes. Lo único que se te pide es que seas creíble. Tú sigues siendo la única capaz de interpretarte.

No hace falta navegar el Amazonas o subir a las cumbres más altas del planeta para vivir aventuras sorprendentes e inolvidables. Cada día, cuando te despiertas o cuando sales a la calle, puedes hallar la mayor aventura de tu vida. Lo que cuenta son los minutos que vivas intensamente. El resto es tiempo perdido, retales que no sirven para abrigarnos, abrazos rotos, miradas que no supieron detenerse en la belleza o en unos ojos que te hubieran salvado de la soledad. Pero siempre tenemos nuevas oportunidades. La vida no se cansa de darnos oportunidades mientras seguimos respirando. Hay un viaje interior que no te debes perder si quieres pasar por aquí sabiendo que estás pasando; pero también hay otro viaje que se nutre de tu capacidad de observación y de sorpresa cuando sales a la calle o cuando te acercas a tus entornos cotidianos. Todo se renueva cada segundo. Tú también, y contigo tu mirada y la mirada de quien te tropiezas cada día por la calle. No hay que dar nada por sabido o por supuesto. La aventura consiste justamente en esa insistencia que nos acerca al niño que no dejaba nunca de hacer preguntas o de quedarse perplejo ante cualquier nuevo descubrimiento. Lo otro es apatía, dejadez, tiempo que se regala lastimosamente a la estulticia y al hastío.

Los días son muelles que amanecen fondeados de barcos que buscan aventuras. Todos tuvimos un antepasado que fue escribiendo nuestra propia historia mientras navegaba en busca de la que iba a terminar siendo nuestra orilla. Los barcos navegan los océanos llevando y recogiendo sueños por todos los puntos cardinales. Hay momentos de partida y momentos en que deseas quedarte mucho tiempo en una ciudad acogedora que acabas de conocer. Pero más tarde o más temprano volverás a partir contigo mismo y a navegar tu propio destino. Los muelles cambian su paisaje casi a diario. Incluso los barcos abandonados a su suerte durante muchos años sueñan con zarpar de nuevo alguna vez. En la vida, como decía la canción, todo es ir. Si te quedas quieto te termina llevando la corriente de un pasado que no existe y que solo debería servir para merodear en los buenos recuerdos. Zarpamos cada segundo que vivimos. Te esperan todas las travesías.

Si una letra se empeñara en no moverse de una palabra porque forma parte de un verso sublime o de un texto prodigioso nos quedaríamos sin conocer muchos otros versos sublimes y muchos otros textos prodigiosos. Las letras saben que están siempre de paso. Nosotros también nos deberíamos escribir de la misma manera, sabiendo que cada nuevo día podemos ser ese verso sublime o ese texto prodigioso, y que no pasa nada porque nos borren de vez en cuando o porque nos dejen a un lado durante un tiempo. Más tarde o más temprano volveremos a la palabra que nos encumbra y que nos salva. No siempre tienen el mismo protagonismo todas las letras de los diccionarios. Deberíamos hacer nuestra esa naturalidad combinatoria y mágica de las palabras. No todos los días se convierte una letra en un verso de Juan Ramón Jiménez o de Szymborska, pero de vez en cuando sí les corresponde la gloria de formar parte de un poema emocionante e inolvidable. Lo saben y esperan confiadas la aparición de un poeta que las salve. Mientras estén vivas saben que pueden formar parte de todos los milagros. Esa letras podrían confundirse con cualquiera de nosotros.

No siempre podemos controlar las pesadillas, las que nos despiertan sobresaltados de madrugada o las que encontramos casi todos los días en los periódicos o en los telediarios. Los sueños, en cambio, sí podemos mantenerlos a salvo. Por cada pesadilla hay que inventar por lo menos un sueño que nos aliente. No vale cruzarse de brazos ni dejar que nuestra parte más catastrofista del cerebro sea la que decida nuestro estado de ánimo. Lo bueno de los sueños es que se pueden plantar en cualquier parte. No se precisan tierras de cultivo, casas en propiedad, pasaportes o créditos bancarios. Uno piensa un sueño y sobre la marcha comienza a hacerse realidad en la imaginación. Y cuando lo anhelas con toda tu alma y tratas de dar todos tus pasos en la dirección de ese deseo, casi siempre llegas a tocarlo con las manos alguna vez. Pero hay que tener cuidado con los sueños cumplidos porque nunca son tan grandiosos como los que imaginamos. Según lo toques, lo tienes que rehacer por completo o buscarte otro que lo complemente. La derrota comienza cuando se pierde la capacidad de soñar. Aun en los peores momentos, si uno logra recrear algo bello en su imaginación siempre estará a salvo. Y cuantos más sueños vayamos sembrando en nuestro camino más alejaremos a todas esas pesadillas que descoyuntan a los estómagos y a las alegrías.

Todos los vientos amainan en alguna parte. Cuando soplan con fuerza nos parece mentira que se puedan detener, pero incluso los vientos más pertinaces necesitan el sosiego alguna vez. Si se desbocan ni siquiera dejan que se escuchen nuestras propias voces. A los vientos nunca hay que oponerles resistencia. Solo hay que buscar un buen refugio y esperar a que terminen pasando. Da lo mismo lo fuerte que soplen o lo que se lleven por delante. Cuando pasen, porque siempre terminan pasando, necesitaremos muchos supervivientes para reconstruir el paisaje con cimientos más seguros y materiales menos evanescentes. Este viento que llaman crisis no es más que una anécdota macroeconómica que puede servir para terminar con todos esos falsos techos que confundíamos con el cielo. Y el cielo sigue en su sitio, azul o nublado, sin inmutarse por estos vientos que algunos andan aventando más de la cuenta para que nos paralice el miedo a perder lo que realmente nunca habíamos tenido.

Junio es un mes propicio para empezar de nuevo. Todos los meses deberían ser propicios para esos principios; pero junio, con esas tardes que se hacen eternas, con la llegada del verano y, sobre todo, con las hogueras en las que podemos quemar todo lo que ya no nos vale, se convierte en el mes más apropiado para las reinvenciones. Dentro de unos días los campos olerán a humo de hogueras. Y no importa que tú no hayas echado nada a ese fuego, o que ni siquiera te acordaras de que, cuando eras niño, andabas juntando cuatro tablas que luego flameaban al final del día ante tu atónita mirada. Todo aquel esfuerzo quedaba en cenizas sobre las que asábamos las papas y las piñas que luego se pasaban por la salmuera (qué bonita es la palabra salmuera, hacía años que no sabía nada de ella). No nos dábamos cuenta, pero en aquellas hogueras estábamos aprendiendo los ciclos de nuestra propia vida, el esplendor y la decadencia, los días en los que todo se confabula para que seas feliz y esos otros en los que la ceniza aparece antes de que haya ardido nada que mereciera la pena. Quedaba el olor de las brasas en medio del arrebol de la tarde. Si cierras los ojos un momento, reconocerás esa melancolía que tienen siempre todas las hogueras.

Ahora da lo mismo que no estemos apilando objetos para que luego sean quemados en las vísperas de San Antonio, de San Juan o de San Pedro. Nuestras hogueras son más rituales y metafóricas. Son días de cambio. Mires donde mires te das cuenta de que todo está transformándose y de que, lejos de las consignas de los políticos, nos hemos dado cuenta de que el cambio tiene que ver con nuestra manera de entender la existencia. Tenemos menos miedos y, paradójicamente, más incertidumbres; pero sabemos que si no propiciamos esos cambios no hay nada que hacer para superar esta crisis social y económica que vivimos. Recuerdo que el bolero cantaba que solo hallarás ceniza de todo lo que fue amor. Y creo que es cierto, todo es ceniza, el amor y nuestra presencia en el mundo; pero cuando se quema algo hay que volver a plantar sobre ese mismo espacio para que la vida se regenere. Por eso, antes de que entremos en el verano, tenemos que ser capaces de dejar atrás todo lo que nos ha entristecido el último año. Hay que dejar que se queme lo que ya no nos sirve para nada. Lo que no arde acaba pudriéndose de una forma lastimosa, y el hedor de la podredumbre lo termina echando todo a perder. Mejor cenizas que basuras, y olvido que rencor, y la renovación antes que la naftalina y la casposa presencia de los que llevan años apolillando la realidad con sus mentiras. Aprovechemos estos días de junio para renovar la magia de estar vivos. Todo el equipaje que ya no usas es mejor que lo quemes en la hoguera. Cuanto más ligeros y más libres vayamos, menos pesado se nos hará el camino.

Mañana domingo,10 de junio, entre las 11:00 y las 13:00 horas, estaré firmando ejemplares de mi último libro, Queridos Reyes Magos, en la caseta número 45 (entrada O'Donnell) de la Feria del Libro de Madrid. Será un placer saludar a los amigos/as del Foro que se acerquen por El Retiro.

Hace un rato era arena. Uno es de la materia que se le pega al cuerpo. Somos todos los abrazos que hemos dado. Era arena porque dejé que se pegara a mi cuerpo y que mi carne sintiera que es tan efímera como esos granos dorados que luego se diluyen en el agua. También fui agua cuando me adentré en el océano y volví a sumergirme en ese útero eterno al que pertenecemos. Nuestra piel se ha ido curtiendo en mil caricias y en la sal que luego escuece en los recuerdos. Y contamos con manos sabias porque han moldeado la belleza alguna vez. Algún día seremos arena que se confundirá con la piel de nuestros sueños más navegables. Sin erosión y sin tiempo no aparecen oasis ni se logran atisbar los paraísos.

Hay nombres que se quedarán grabados para siempre en nuestra memoria. Da lo mismo el tiempo que pase. También hay otros que irrumpen de repente abriendo todas las esperanzas cada vez que los escuchamos. Vamos perdiendo y ganando nombres a lo largo de la vida: amores, hijos o amigos que nombramos creyendo que así los volvemos eternos. Nosotros mismos no somos más que un nombre que transita en la infinidad del tiempo, una biografía con altibajos y recuerdos que se resguarda del anonimato tras unas sílabas azarosas. Cada nombre se termina convirtiendo en una cara que se traza siguiendo el contorno de unas letras. Por eso el olvido comienza cuando ya no somos capaces de interpretar ningún abecedario.

Hasta ahora sí presentía que me iba quedando en aquellas ciudades en las que había sido feliz. Alguna vez he regresado y me he reconocido escribiendo en un café, paseando por un parque al atardecer o caminando con las manos en los bolsillos entre la gente. Si iba con alguien nunca decía nada para que no me tomaran por loco; pero les aseguro que me veía y que hasta me guiñaba un ojo cada vez que me cruzaba con esa sombra del pasado que quedó viviendo donde quiso cuando yo tuve que cambiar de ciudad. Lo que sí me ha descolocado un poco es la anticipación a los lugares que voy a visitar. Ya me han llamado varios amigos para decirme que me han visto en ciudades a las que pensaba ir justo una semana después de que me vieran. No lo digo en broma, y esos amigos puedan dar fe, cada uno por separado, de esa anticipación espacial. Ahora mismo no sé si escribo para recordarme o para anticiparme -sí creo que lo hago para salvarme del presente-. No se tome a mal si no le saludo cuando me vea en Londres, en Nueva York o en Berlín. Ese soy yo, pero siendo otro distinto que ha cogido su propio rumbo y que no tiene por qué conocer a mis amigos de otros lugares. Ni siquiera yo los conozco. Llego a esas ciudades y hay tipos que hablan conmigo como si me conocieran de toda la vida. Me preguntan por mi familia o por mi trabajo y yo respondo con esos monosílabos que te salvan ante cualquier desconocido. Lo que ocurre es que con los que no me tropiezo nunca son con los que me van adelantando. Ya digo que a los que dejé atrás sí los reconozco, y hasta me he tomado unas cañas con alguno de ellos; pero esos que llegan antes que yo a las ciudades parece que luego se esconden cuando me ven. Ahora mismo, mientras escribo, no sabría indicar con certeza dónde estoy. Presiento que cuando se escribe se está en todas partes y en todos los tiempos verbales que uno habita. No me vale el viejo truco del pellizco porque hace tiempo que soy inmune a cualquier dolor que no venga del alma, y el alma se queda donde quiera que uno sueñe que está o que ha podido haber estado alguna vez. Y escribo alma para tratar de entender que no estoy solo en el mundo. Ellos lo saben.

Adónde van a parar las palabras que se eliminan de un poema. Debe ser terrible sentirte a tus anchas en medio de un verso y que, de repente, te borren y te saquen para siempre porque ya no vales para el ritmo o la sonoridad que busca el poeta. Por eso hay tantas palabras con melancolía. Yo creo que luego esas palabras, y a veces versos enteros, se quedan por ahí dando vueltas hasta que logran colarse en el texto de otro escritor menos veleidoso. A veces escribes y descubres que se te han colado renglones enteros que no sabes de dónde diablos han salido. Hablamos de las musas o de estar casi poseídos por la creatividad; pero sabemos que lo único que pusimos fueron los dedos sobre el teclado. Esas palabras ya estaban escritas hacía mucho tiempo. Casi todas las palabras ya están trazadas mucho tiempo antes de que las escribamos.

Cada uno es su propio árbol en medio de un bosque inabarcable. También necesitamos árboles cercanos que nos regalen su sombra y que llenen los vacíos que van dejando los otros árboles que desaparecen de nuestro lado. Ningún árbol es eterno; tampoco ninguna sombra, ni los pájaros que anidan en las ramas, ni los insectos que recorren el tronco, ni siquiera la mala hierba que no deja nunca de crecer alrededor. El árbol está expuesto a un rayo inesperado que lo aniquile en unos segundos o al sol que cada primavera se cuela entre las ramas más frondosas. También tiene sus estaciones, y no siempre se presenta florido y luminoso. No sé si los árboles sueñan. Nosotros, que sí soñamos, sabemos que las pesadillas pueden hacernos despertar a la realidad con una cierta desazón o que un sueño placentero logra sacarnos de la cama con el ánimo totalmente renovado. Nosotros somos árboles trashumantes que buscamos todo el tiempo nuestro lugar en el mundo y en el bosque que forman los otros árboles que también deambulan, funámbulos, por este espacio cada vez más inconsistente e inseguro. De los árboles que han pasado no se sabe nada. Han sido miles de millones a lo largo de la historia. Tampoco se sabrá nada de los miles de millones de humanos que pasan por el planeta. No estamos tan lejanos los árboles y los humanos. Al final los dos buscamos una sombra cercana en la que cobijarnos. Damos sombra y recibimos sombra. Y de vez en cuando escuchamos una alegría de pájaros en lo más frondoso de nuestro ramaje.

No sabe cómo llegó, pero sí que jamás quiere marcharse. Mira a los ojos de la gente ofreciéndoles olvido. Camina la orilla de punta a punta inventando rarezas o sube a la avenida a que la inviten a comer en cualquiera de los restaurantes. Los extranjeros le sacan fotos y ella chapurrea un inglés macarrónico mientras les pide euros con la mejor de las sonrisas. Duerme en la arena o en algunos de los portales de las calles más azocadas. Me para de vez en cuando y me dice que si la miro fijamente podré olvidar todo lo que no deseo que se quede en mi recuerdo. Yo le doy uno o dos euros, pero nunca me atrevo a mirarla a los ojos. Ella me comenta siempre que estoy atrapado por mi pasado y que me queda mucho por aprender para ser feliz. Últimamente le ha dado por ir cantando boleros por las terrazas. Tiene una voz muy sugerente y un amplio repertorio de canciones que luego termino tarareando durante todo el día. No sé la edad que tendrá. Yo le echaría cincuenta y tantos. Está descuidada y poco aseada. Hace años debió ser una mujer muy guapa. No la he visto nunca con familiares o amigos. Va siempre sola. Canta sola. Camina sola. Y baila sola en la arena cuando llueve y todo el mundo sale corriendo de la playa. Cada dos por tres aparecen mujeres como ella por la orilla. Parece como si las arrojara la marea. Luego, casi sin que te des cuenta, uno tiene la sensación de que esa misma marea se las vuelve a llevar muy lejos. No sabemos nunca dónde van a parar, aunque ella sigue empeñada en que sus ojos conducen al olvido.


Una oportunidad es un desafío, un guiño del destino que nos permite cambiar de aires y de ilusiones. También es un salto al vacío, un riesgo que asumes si quieres encontrar algo distinto o si no deseas seguir lamentándote por lo perdido o por las circunstancias. Siempre habrá circunstancias. Y no hace falta que leamos a Ortega para saberlo. La filosofía la tenemos delante de los ojos todo el rato. Solo hay que pararse a mirarla, o empezar a mirar más hacia dentro que hacia fuera, a rebuscar donde nunca has rebuscado y donde te sorprenderían los tesoros que irías encontrando. Hay una parte de nosotros a la que no le hemos dado una sola oportunidad. Si te has equivocado reiteradamente utilizando lo que te enseñaron, lo mejor es que cambies cuanto antes de estrategia y te arriesgues a ser tú mismo con todas las consecuencias.

Da igual que lo hayas perdido todo, que no entiendas cómo alguien en quien confiabas ciegamente utiliza el juego sucio para intentar derrotarte o que parezca que no hay salida por ninguna parte. Nunca serás feliz si no logras que dentro de ti se instale una tranquilidad a la que no le pueda afectar nada de lo que ocurra fuera. Tú eres el alma que habitas, la sombra que te acompaña a todas partes y el aire que respiras. Cuando sales al escenario, no siempre puedes elegir el papel que te toca interpretar; pero los grandes actores, aun pareciendo que se confunden con el personaje, nunca dejan de ser ellos mismos. Solo interpretan. Podríamos decir que son como decía Pessoa que eran los poetas, grandes fingidores que buscan la manera de seguir sobreviviendo. En la comedia o en la tragedia diaria vamos alternando nuestras presencias, pero no podemos dejar que esos papeles provisionales se adentren más allá de nuestra epidermis. En el fondo de nosotros debemos mantener el equilibrio, solo así dormiremos tranquilos toda la vida. Todo lo demás va y viene, y si no me crees acércate a cualquier orilla y observa durante un rato las olas del océano. Nada permanece, todo fluye y se renueva. No te puedes quedar anclado en el recuerdo; tampoco debes perpetuar lo que un día fue bello y con el tiempo ha acabado pudriéndose. Los frutales mudan de hojas y de flores, y no todos los años saben sus frutas de la misma manera. No concebiríamos que ninguno de esos árboles se empeñara en perpetuar sus frutos. Ha de asumir que durante unos meses se quedará solo con sus cuatro maderos a la intemperie; pero si deja que el tiempo haga su trabajo renacerá como mismo renaceremos nosotros de las crisis personales o sociales. La oportunidad se presenta cada segundo de tu existencia. Solo tienes que mirar hacia dentro para luego asomarte al mundo sabiendo quién eres, de dónde vienes y qué es lo que realmente quieres para tu vida.

Aún creo en las utopías y en que no es imprescindible el envilecimiento cuando es necesario defenderte. La vida me ha enseñado que existe una ley de la compensación que se mueve por lo que vas sembrando a lo largo de los días. No importa que te derroten por un tiempo o que parezca que lo tienes todo perdido. Milagrosamente, aparecen mil manos para ayudarte y tú mismo te reconoces más sabio y con defensas que no creías poseer. La virtud está en la paciencia y en mantener la fe ciega en que es imposible que siempre ganen los malvados. Toda esta revoltura que estamos viviendo no es más que el principio de una nueva manera de entender la existencia y de entender el mundo,el inicio de la compensación a tantos años de desastres, mediocridades y falsas verdades. Como en todo rompimiento, vendrán días muy duros y situaciones que habrá que timonear con mucho tiento si no queremos acabar hundidos antes de llegar a alguna orilla que merezca la pena. Cuantos más rememos hacia el mismo lado más posibilidades tendremos de navegar por otros mares más serenos y con más bellos fondos. Hasta que no caes no descubres todos los ángeles que te estaban esperando.

Los cuerpos tienen añoranza de los veranos, de las caricias de los primeros amores, de las aguas marinas y de aquellas largas vacaciones en las que parecía que solo habíamos venido al mundo a disfrutar intensamente cada minuto. Por lo menos mi cuerpo sigue manteniendo esa nostalgia. Cada mes de junio me da un aviso cuando llega la luna llena: el pasado año fue un lumbago tremendo y estos días se ha rebelado con tortícolis insistente. No solemos estar atentos a los achaques cíclicos de nuestro organismo, pero es mucho más sabio que nosotros y además no olvida los momentos placenteros. El poeta Elliot se preguntaba que quién en un beso puede acabar un beso. Nuestros cuerpos también sufren las consecuencias de nuestras contradicciones y de toda esa crisis que se asoma a los periódicos y a los telediarios. No quieren renunciar al hedonismo y no entienden nuestras traiciones diarias. Kavafis le preguntaba a su cuerpo por el placer (Recuerda, cuerpo, no solo cuando fuiste amado...). Y lo hacía porque era un poeta costero, como mismo lo era Domingo Rivero, que tituló Yo, a mi cuerpo el libro con el que se contó a través de sus poemas. Cuando era niño recuerdo escuchar por todas partes lo del golpe avisa, pero realmente quien avisa es el cuerpo. Y lo mejor es que le hagamos caso cuanto antes si no queremos terminar definitivamente extraviados. El próximo verano lo quiero esperar como lo esperaba de niño. Solo así lograré calmar a mi cuerpo y a sus contracciones. Le he prometido buscar la luz, la felicidad, el amor y la armonía. De momento parece que ha relajado un poco la tensión de sus músculos. También le he dejado caer que en lugar de lamentarme por las noticias voy a emprender una revolución personal que me acerque cada vez más al hedonismo y al carpe diem. Nadie nos va a quitar ni los recuerdos ni las esperanzas que tenemos puestas en el próximo verano. Ahora mismo se acaba de colar un rayo de sol a través de la ventana. Lo considero un buen presagio. Mi perro se acuesta sobre la marcha en la parte del suelo que calienta ese rayo mañanero que ha iluminado todo el salón. Los perros mantienen más vivas que nosotros las conexiones con ese cuerpo que siempre avisa de las necesidades del alma.

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