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Archivos Mayo 2012

Es mentira que lleguemos a la vida sin nada. Tampoco creo que nos vayamos solo con lo puesto. Llegamos cargados de energía y nos marcharemos siendo esa misma energía enriquecida con todos los pasos que hayamos ido dando por el mundo. Nos confundimos cuando elegimos a los ganadores y a los perdedores, o cuando valoramos lo que realmente importa para ser feliz. Tampoco nos aclaramos con el concepto de tener o de no tener. En medio de esta crisis, o de cualquier crisis social o personal, no debemos olvidar que lo único que vale es el equilibrio interior que nos salva de los vaivenes irremediables de nuestro alrededor. Quizá este caos nos lleve a recuperar la esencia de nuestra vida. Todo es mucho más sencillo de lo que nos han contado. No hay verdades absolutas. Si respiras hondo y sientes cómo vibra tu energía interior te darás cuenta de que lo único que tienes que hacer es acompasar tus pasos a esa respiración y al disfrute de cada minuto de tu existencia. Da lo mismo que acabes de ganar la lotería primitiva o de perder todos tus ahorros, o que estés viviendo un enamoramiento o andes penando un mal de amores. Todo eso queda fuera de ti. Lo que te llevas es lo que enriquece tu espíritu y te vuelve cada día más sereno y más fuerte. Hasta que no descubras tu propia energía vital seguirás siendo esclavo de ti mismo.


Los finales nunca pueden ser forzados. Las historias nacen, crecen, a veces se reproducen y finalmente mueren. No hay nada que dure eternamente. Nosotros inventamos los puntos finales para tener alguna referencia y no extraviarnos también en la escritura. No concebimos la eternidad, ni en el papel ni en nuestra biografía. Nuestros finales nos cogen siempre a medio hacer, con la mitad de las tareas pendientes y pensando que habrá un mañana en el que poder empezar a vivir y a querer como vivirían y querrían los mortales que asumieran plenamente su condición. Parece fácil, pero siguen pasando los siglos sin que hayamos aprendido que la vida son tres días y que no merece la pena destinar un solo segundo al lamento de lo que se pierde. Nuestra condición natural es la de perder para seguir ganando. Si nos aferramos a lo que tenemos, no haremos más que refrenar nuestro propio crecimiento personal. Da lo mismo que coloques puntos finales en las novelas o en los poemas. Ningún punto y final logra su objetivo. Mientras estemos por aquí todos los puntos serán siempre suspensivos.

Baja la Bolsa y sube la Prima de riesgo, y en medio de ese estiramiento casi imposible se va quebrando todo lo que creíamos que estaba firme. Y mientras todo se viene abajo nosotros tratamos de seguir bailando como lo hacían los cadáveres del Titanic diez minutos antes de saber que estaban muertos. Cada día pisamos un escalón más profundo, y lo del rescate de Bankia nos deja prácticamente noquedados. Ayer, viendo el telediario, lo más que me llamó la atención fue la entrada de coches de lujo, con chófer y cristales tintados, al Consejo de Administración (o a lo que fuera, porque esas reuniones ya solo sirven para robarnos un poco más a todos nosotros). No entiendo mucho de coches, pero hasta donde llego reconocí todos los modelos de lujo que hay en el mercado. Dentro de ellos iban unos señores que viven al margen del mundo que habitamos el resto de los mortales. Ellos solo tienen que levantar la mano para que les caiga el maná del cielo. Ya quisieran hacer algo parecido los millones de desempleados que hay en España, y no para que les cayera ningún maná, sino para poder tener un puesto de trabajo con el que llevar el pan a su casa cada día. Pero ese pan y ese trabajo lo birlaron los cuatro mercachifles que ni se han bajado ni se bajarán (a no ser que los echemos nosotros) de los coches de lujo que les salvan de ver la realidad que transitamos los peatones. No son buenos días ni para la lírica ni para las utopías. Otra vez está a punto de perder la honradez ante las leyes que dictan los mercados. No se rescata al que más lo necesita sino al que más poder tiene para hundir al resto. Por eso siguen tan campantes paseando delante de nosotros con sus chóferes y sus coches rutilantes. Los tramposos conocen todas las trampas de los juegos que ellos mismos inventan.


Es mentira que haya días que no se viven. Todos tienen veinticuatro horas y cientos de casualidades que los hacen diferentes. Somos nosotros los que pasamos lastimosamente de largo. Por más que a uno le parezca imposible, incluso esas mañanas en las que todo sale al revés de lo que querríamos sirven para que aprendamos a ser mucho más sabios. De entrada nos valen para luego compararlas con aquellas otras tan grandiosas que, cuando acontecen, nos parece mentira que las estemos protagonizando. Pero es que todo se mueve por una ley de contrarios, de buenos y de malos, de bellezas y de fealdades, de galanes y de gañanes, y de todas las antítesis que conviven en cada uno de nosotros cambiándose el papel como mismo cambia nuestra manera de asomarnos al mundo. Esos días terribles del desamor o de la ausencia en los que parece que no hay salida por ninguna parte también terminarán pasando. Y lo sabemos porque ya hemos estado cerca del nirvana y del infierno alguna vez, y porque resistiendo no hay nubarrón que no borre ese sol que siempre brillará por encima de nuestras desdichas y de nuestras alegrías.

Lo que creo que no debemos hacer es agobiarnos o estar todo el tiempo presintiendo futuros. Los años vividos te enseñan que no hay ningún mañana previsible, y que para lo bueno y para lo malo casi todo lo que sucede es justo al revés de lo que nosotros preveíamos. Los miedos los anticipamos y los sufrimos: si realmente nos encontráramos con ellos, veríamos que son menos temibles de lo que imaginábamos. No digo que repasemos los días como si fueran tablas de multiplicar o alfabetos griegos; pero si cada noche fuéramos capaces de recordar las vivencias del día nunca daríamos un solo minuto de nuestra vida por perdido. De lo que se trata es de seguir insistiendo en ser felices. No creo que haya otra estrategia si queremos alejar a la muerte. Y si regalamos tiempo estaremos anticipando esa muerte que cuando llegue no nos dejará más horas ni más segundos disponibles para rectificar. Lo que no vivas ni siquiera se convertirá en sueño. Y eres tú el único que puede sacarte a bailar cuando no haya nadie que quiera seguir tus pasos ni tomarte de la mano. Ya aparecerán. A los alegres y optimistas se les terminan acercando los otros alegres y los otros optimistas; en cambio a los tristones y a los que no hacen más que amargarnos las mañanas los alejamos, casi siempre discretamente, como se aleja uno de los peligros. Lo único que nos queda es el intento de seguir viviendo y de seguir sabiendo que podemos respirar y darle la vuelta a nuestro destino cambiando el rumbo de nuestro propio estado de ánimo. No hay más timón que el de la supervivencia. En medio de la tempestad hay que intentar que nuestro barco no termine zozobrando. Solo somos el tiempo que nos queda.


Una bahía es un abrazo roto entre el océano y la orilla, una silueta que se va dibujando en la costa antes de que los mapas tracen los contornos.

Piensa. Valora. Siente. Ama. Respira. Sonríe. No dejes que el ruido confunda tus sentidos. Lo primero es tu felicidad, y todo lo demás está por ver. Te puedes agarrar de vez en cuando para no caerte; pero sabiendo que tendrás que volver a soltarte si no quieres dejar de seguir andando. Todo lo que vale la pena requiere un esfuerzo. El camino es la meta porque nunca sabes dónde terminará el horizonte. No te confundas a ti mismo si quieres mantenerte a salvo.

No hacen falta juegos de palabras, argumentos rebuscados o citas rutilantes. Cuando se trata de contar la vida yo diría que sobran casi todas las frases. Lo único que vale es lo que has logrado mantener a salvo en tu corazón. Cualquier mañana puedes perder todo lo material que te rodea, o el trabajo, e incluso el amor que creías eterno. En esos casos solo te salvará el remanso de las aguas que hayas logrado apaciguar dentro de ti, ese océano que cuando notas que recorre tu cuerpo y tu mente te hace sentir la persona más afortunada del mundo. No importa lo que suceda fuera si dentro has logrado instaurar un paraíso. Todo lo que no te pertenece es desechable, apósitos que a veces complementan tu felicidad y que otras veces es mejor quitarse de encima cuanto antes. Se trata de vivir y de mantener a salvo la sonrisa.

Uno necesita a veces contradecirse para poder seguir sobreviviendo. Hablo de pequeñas decisiones o de cambios de objetivos que de repente dejan de ser alcanzables. Sí intentamos mantener a salvo los grandes sueños o los valores esenciales que queremos que marquen nuestra existencia, pero ya cuando hablamos de trabajo, del lugar en el que queremos vivir o de muchas de las contingencias cotidianas cambiamos de opinión cada dos por tres en función de la necesidad y de las posibilidades -cada vez más difíciles- que van surgiendo. Yo me reconozco contradictorio por naturaleza, y a veces me veo hablando solo para tratar de convencerme y de engañarme a mí mismo. Unos días lo llevo bien y otros me hago el harakiri desde que salgo de la cama, unas mañanas me justifico ante el espejo y otras prefiero pasar de largo para no reconocer la derrota en mi mirada. Los años no solo te deparan grandes satisfacciones y encuentros con personas que vuelven la vida más habitable; también te obligan a claudicar y a aceptar lo que nunca pensabas que ibas a ser capaz de asumir o de resistir. La portada diaria del periódico es uno de esos ejemplos cotidianos de aceptación diaria, pero aún más desolador es el noticiero de sueños rotos de tu propia biografía. Claro que luego, por esas mismas contradicciones, te sorprendes otra mañana con una sonrisa de oreja a oreja o te levantas satisfecho por intentar seguir siendo feliz a pesar de tantos obstáculos y de tantos altibajos. Ese momento de plenitud delante del mar o mirando a los ojos de quien amas compensa el lío diario que nos saca a la calle con la sensación de que debemos ir tachando cada dos por tres nuestro propio guión para poder llegar a fin de mes. Ya sé que la palabra contradicción ni suena bien, ni debería cruzarse en el camino de la coherencia; pero una cosa es la teoría de vivir y otra la práctica diaria que casi se ha convertido en un deporte de alto riesgo. No recuerdo quién escribió hace un tiempo que el pienso, luego existo, de Descartes, habría que cambiarlo cuanto antes por el dudo, luego existo si no queremos terminar todos tendidos en el diván de los psiquiatras. Podríamos decir que hoy en día contradecirse también es de sabios.


Todos queremos vivir felices. No creo que haya otro objetivo común que nos hermane tanto. Y sin embargo, aun sabiendo cuál debería ser el fin de todas nuestras decisiones, nos empeñamos en complicarnos la existencia y en no querer ver que todo es mucho más sencillo de lo que parece o de lo que nos cuentan. Nos agobiamos con nuestros propios miedos, con las indecisiones que nos impiden cumplir nuestro destino y con querer controlar absolutamente todo lo que sucede a nuestro alrededor. No es fácil vivir; nunca lo ha sido. Si acaso logramos sobrevivir con una cierta dignidad, pero pocas veces somos capaces de asomarnos a la vida como lo que realmente es, un fogonazo que dura lo que dura nuestra propia mirada, un visto y no visto en donde solo debería tener cabida aquello que nos hiciera más felices, más serenos y más optimistas. Probablemente nos estemos equivocando por no ser capaces de seguir nuestros propios pasos y nuestras corazonadas. No hacemos más que demorarnos y que marcarnos metas como si fuéramos eternos. Y mientras tanto dejamos que pasen de largo las estaciones, los amores y los amigos. Respiramos, claro que respiramos, pero vivir no consiste solo en oxigenar nuestros pulmones.

El otro día le escuchaba decir a un señor en la guagua que él solo se comía la fruta del tiempo. Tendría unos setenta años y hablaba por teléfono con unas de sus hijas. Se notaba que vivía solo, pero que era un hombre equilibrado al que le acompañaba el brío de la buena madera que regala la vida sana. Le repetía a su hija que el cuerpo asimila mejor aquellas frutas que ya tomaban nuestros bisabuelos cada primavera o cada otoño, y que cuando llegara a casa ya tenía preparado un papayo de Mogán y unas fresas de Valsequillo. No sé si ese hombre con pinta de sabio tendría razón, pero todo lo que iba diciendo me servía para pensar en mí mismo. También nosotros somos como árboles que reverdecen y se llenan de fruta, y que otras veces quedan desolados, como esas higueras que parecen osarios cuando las encontramos en febrero en medio de los campos. No siempre seremos primavera, pero no por eso debemos de perder la paciencia. Esa misma higuera, después de soportar lluvias torrenciales y sirocos que amenazaron con calcinarla, te la encuentras al paso de los meses cargada de sabrosos higos. Pienso en las higueras salvajes del barranco de La Mina. Nadie las cuida, ni las riega, y son ellas mismas, sabiendo aguantar los días más terribles, las que logran sobrevivir de una forma casi milagrosa. Esas higueras, que se podrían confundir con cualquiera de nosotros, no son más que metáforas de la vida que vamos habitando. Cierro los ojos y pienso en ellas cada vez que me extravío. Y recuerdo que todas las frutas requieren inevitablemente su propio tiempo. También las nuestras.

Los domingos suelo coincidir con mis vecinos delante de los contenedores de reciclaje. Durante toda la semana vamos separando los papeles, las latas, los plásticos y los cristales, y luego aprovechamos el día festivo para quitarnos de encima todos esos restos que ya no nos valen para nada. Entonces es cuando uno descubre el número de cervezas que ha bebido durante la semana, los escritos que se quedaron a medias, el envejecimiento precoz de los periódicos o el agua que hemos tomado casi sin que nos diéramos cuenta. Sí es verdad que a uno también le encantaría reciclar su estado de ánimo los domingos (preferiblemente por la tarde). Sería deseable poder quitarnos de encima lo que ya no nos vale para nada o lo que solo contribuye a la putrefacción de los sentimientos. Lo ideal sería que el lunes por la mañana nos levantáramos sabiendo que no acumulamos nada más que los restos que hemos decidido salvar del olvido porque nos enriquecen y porque nos valen para seguir creciendo.

No siempre se alumbran los espacios que merecen la pena. Tampoco salen en las fotos o en las pantallas quienes tendrían mucho que decir. A través de los medios de comunicación nos llega solo una milésima parte de la vida que discurre a nuestro alrededor. Somos nosotros los que tenemos que ir con los ojos bien abiertos para que no se escape nada de lo bello ni de lo interesante que acontece por la calle. Una cosa es lo que nos cuentan y otra lo que vemos y vivimos. Por eso seguiremos siendo todos tan diferentes. El que mueve los focos destaca una escena entre millones de escenas, pero hay otras películas que quedan fuera de ese destello que, como toda luz, también terminará apagándose cuando pasen los años. Son solo las escenas diarias que vivamos intensamente las únicas que quedarán alumbrando nuestra propia memoria.

Yo me quisiera levantar todos los días siendo capaz de ver azules como los de las piscinas californianas que pintaba David Hockney. Pero lo que me encuentro son los mismos titulares de prensa que van variando los números según el gusto de los especuladores y de los mercachifles. Y además tienes la sensación de que hagas lo que hagas con tu economía, la economía de tu región o la de tu país no conseguirás absolutamente nada porque todo depende de un par de tipos que, sin saber dónde queda Canarias o España, evalúan en función de sus intereses. Lo peor es que han aprovechado para quitarnos (y aún pretenden seguir quitándonos) lo que se tardó siglos en conseguir. Seguiremos inmersos en la crisis, pero con peores condiciones sociales, con menos solidaridad, con pésimos servicios sanitarios y, sobre todo, con mucha menos igualdad (porque la igualdad se sustenta en que todos tengamos, de salida, las mismas oportunidades a partir de una educación de calidad libre y gratuita). Y, mientras, Alemania sigue creciendo y encontrando cada vez más baratas las cervezas y las hamacas de nuestras playas, supongo que porque han contado con gobernantes menos atolondrados e irresponsables. Ayer, cuando veía las imágenes de la intervención del ministro de Educación, Cultura y Deportes en el parlamento mientras se debatían los recortes en Educación, sacaron un plano general con casi todo el hemiciclo vacío. No son esos vividores los que nos van a sacar del atolladero. Se les está dejando hacer con esa dejación latina de quien espera a la Providencia o a que un milagro inesperado lo solucione todo. Tampoco nadie nos devolverá lo que hemos ido perdiendo. Incluso Hockney ha cambiado en sus últimos cuadros el azul californiano por las brumas británicas. Nosotros, de alguna manera, también estamos pintando la mañana con los colores de unas cifras que solo ofrecen tonos cada vez más sombríos. Prefiero mirar al cielo o al mar para concebir alguna esperanza. O mirar a los ojos de los que hablan para saber que no me están mintiendo. Cuando escucho a los políticos dando explicaciones siempre noto cómo en la pantalla aparece una sombra negra y borrosa justo delante de sus ojos. Hasta los televisores ya se están dando cuenta de que todos nos están mintiendo.


Cualquier pedantón te viene cada dos por tres a dar lecciones literarias, y te cuenta lo seguro que está de su método de escritura, de sus técnicas o de su dominio del idioma. Tú le escuchas y a veces logras dibujar una mueca de hastío que él casi nunca llega a ver porque está habitando otros mundos tan alejados de este mundo que todo lo que escribe suele quedar lejos de las emociones. Viven en su torre de marfil y casi siempre acaban enfermando de sí mismos. Ayer, sin embargo, estuve escuchando a uno de los novelistas que más admiro y con quien desde hace años aprendí que escribir es un oficio de constancia, casi de picapedrero o de galeote, en el que no puedes desfallecer nunca si quieres llegar a buen puerto. Vargas Llosa nos contó anoche cuánto cambiaron su vida y su literatura Faulkner, Sartre o Carlos Barral -antes, Armas Marcelo nos recordó las influencias iniciales de Víctor Hugo, Balzac o Flaubert- y nos habló de lo que supuso el internado en el Leoncio Prado para su vocación y para su primera novela, La ciudad y los perros. Pero, sobre todo, nos confesó su inseguridad cuando se tiene que enfrentar con una nueva novela, la misma inseguridad de la primera vez, las mismas dudas y los mismos miedos a que la historia no termine nunca de despegar. Sí contó que esa inseguridad se va venciendo con los años gracias a la constancia y a la disciplina diaria, pero que aun así nunca se llega a perder del todo. Quizá ese sea el gran secreto de la obra de Vargas Llosa, ese empezar cada nuevo día como empezaba aquel universitario de San Marcos a pergeñar sus primeras novelas y sus primeros sueños. Armas Marcelo cuenta todo el proceso creativo del escritor peruano en El vicio de escribir, un libro altamente recomendable para los que deseen saber mucho más de V.LL. y de la escritura. Pero creo que toda la grandeza de este escritor hay que buscarla en esa modestia que le impide acomodarse o pensar que ya lo sabe todo. La curiosidad diaria es la que nos salva de la mediocridad y de la pedantería. Todo está escrito, pero también queda todo por escribir. De la experiencia siempre recuerdo una frase prodigiosa que en su día le leí al escultor Eduardo Chillida tras sufrir una crisis creativa: "Tengo las manos de ayer, pero me quedan las manos de mañana".Y esas manos del mañana deben empezar cada nuevo día como si acabaran de descubrir por vez primera el mundo.

La muerte de Carlos Fuentes ha provocado que miles de palabras anden en estos momentos desorientadas por el mundo. Eran las palabras que debían formar parte de las novelas que hubiera escrito el narrador mejicano en los próximos años. Supongo que acabarán en alguna orilla, o en el primer poema de otro escritor que ahora mismo empieza a buscarse en cualquier lugar del planeta. Esta mañana, la poeta Alicia Llarena recordaba una conferencia de Fuentes en el teatro Guiniguada a mediados de los ochenta del siglo pasado. No conocía a Alicia entonces, ni ella ni yo éramos escritores todavía, pero teníamos menos de veinte años y nos comimos cada palabra y cada consejo de Carlos Fuentes. No sé cuántos futuros escritores más estarían en aquella conferencia, pero quien anduvo por allí quedó marcado por el hechizo y la seducción literaria del ponente. Luego fui leyendo su obra, aprendiendo de sus giros y de su ironía y reconociendo la cercanía que siempre nos ha unido a los escritores del otro lado del charco -porque en ese charco que los geógrafos llaman océano es donde realmente se ha ido escribiendo nuestra historia literaria-. No sé si fue en aquella conferencia o en alguna entrevista posterior donde Carlos Fuentes confesó que escribía sus novelas tecleando con un solo dedo. Con él me di cuenta de que no hacía falta ser un teclista acreditado para ser escritor: es más, yo creo que uno se salva de acabar confundiéndose con un mecanógrafo si se toma con tranquilidad lo que lleva al papel o a la pantalla. La literatura es la calma necesaria que logra que no todas las palabras se las termine llevando el tiempo. Releyendo cualquier libro de Carlos Fuentes te sientes tan dios como se debió sentir él cuando los fue escribiendo. La vida y la muerte de cada personaje están en tu mano. El papel (o la pantalla) no es más que un fondo con símbolos que espera tu presencia para convertirse en milagro.

Nada de lo que se repite es siempre lo mismo. Lo sabes tú primero que nadie porque cada segundo que pasa vas siendo otro distinto. Ni siquiera hace falta que te esfuerces para cambiar porque la vida es un cambio constante, una corriente contra la que no puedes ni debes nadar, un camino que se traza sobre la marcha cuando tu pie aún va por el aire y no sabes sobre qué superficie terminará pisando. Puedes ver la misma película cien veces que siempre encontrarás un detalle que no habías visto antes, o tendrás sensaciones distintas porque tú ya no eres el mismo que la vio las otras noventa y nueve veces anteriores. Todo se parece, pero todo es distinto. Somos nosotros los que vamos improvisando el paisaje. Ni canta igual el pájaro mañanero ni tú lo escuchas todos los días de la misma manera. Ni siquiera el despertador que te sobresalta y te avisa de que habitas un día laborable suena siempre igual. Para lo bueno y para lo malo, nos movemos sobre un escenario que cambia de decorado y de personajes todo el tiempo. Por eso no vale la pena aferrarse absolutamente a nada.

Se canta lo que se pierde, pero también se pierde lo que no se canta. Venimos de los romances y de las improvisaciones de nuestros antepasados. Se cantaba faenando en la mar o recogiendo papas en el campo. Cuando se le pone música a la palabra, todo lo que se vive perdura en nuestra memoria. Somos la música que lleva el perfume de un primer amor o los ojos de alguien que seguimos reconociendo entre las sombras del tiempo. Hace años, esos romances pasaban de padres a hijos y todos jugaban coreando las mismas cantinelas. Los más viejos todavía guardan los restos de esa memoria, pero hemos ido perdiendo saberes y creencias populares que jamás recuperaremos. Por eso resulta impagable cualquier trabajo que recopile ese pasado más remoto. Sin esa salvaguarda, poco a poco nos iríamos aproximando a nuestro propio naufragio. Porque olvidar es naufragar y perder toda la sabiduría de quienes aprendieron a sobrevivir mucho antes que nosotros.
Escribo todo esto tras leer y escuchar el libro Flores del Faneque en el que José Antonio García Álamo recupera el cancionero popular de Agaete. Cuenta con unas bellas ilustraciones de Pepe Dámaso y con una cuidadísima edición de Maximiano Trapero. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un libro. Recoge decenas de romances, nombretes, palabras olvidadas, remedios caseros, dialectos y onomásticas agaeteras. Llegué al libro a través de mi profesora de Literatura, María Teresa Ojeda. Siempre he dicho que soy escritor por las profesoras y profesores de Literatura que se cruzaron en mi camino; pero sin duda fue María Teresa la que despertó mi vocación literaria. Casi treinta años después, tengo la suerte de seguir contando con su sapiencia y sus recomendaciones. Y, como siempre, acertó con Flores del Faneque. El libro viene acompañado de un CD en el que García Álamo interpreta de una forma magistral ochenta y seis temas vinculados al pasado de la villa marinera. Tengo ancestros de Agaete, y por tanto lo primero que pensé fue en cuántos antepasados de los que ni siquiera tengo noticia cantarían esos romances salvados de la quema insensible del olvido. El libro ha contado con una edición casi de coleccionista, y desde aquí hago votos para que pueda ser reeditado cuanto antes. No inventamos nada. En el arte ya hay una sentencia que recuerda que todo lo que no es plagio es tradición. A mi generación le llegaron algunas de esas canciones, pero la mayoría solo se hubieran quedado en el eco de los barrancos. Al final no hacemos más que contar o cantar lo que otros ya contaron o cantaron antes. En cada copla de esos romances se estaban escribiendo las letras que luego hemos ido combinando nosotros. La escritura no es más que una música que nos vamos repitiendo toda la vida para no desorientarnos.

Escribe amor y reconocerás todos los labios que te han besado. Traza las penas y las dejarás manchando solo los papeles.Transcríbete alegre y tú mismo te sorprenderás de tu sonrisa. Las palabras salvan cuando se escriben a tiempo. Todo lo que nombras deja de ser un sueño.

Siempre digo que en la guagua están las mejores historias. Ni siquiera hay que estar atento para encontrarlas. Como en la pesca, aparecen cuando menos te las esperas y te vuelven a demostrar que la realidad está muy por encima de la ficción más inspirada. Hace unos días iba en la 301 mirando los correos electrónicos en el Ipad cuando, de repente, una señora que estaba a mi lado me dijo si me podía hacer una pregunta sobre el aparatito de marras. Paré lo que estaba haciendo (al final con las tabletas sí es cierto que te apartas del paisaje, que lees menos y que viajas encerrado en tu mundo, a veces sin enterarte ni de dónde queda exactamente tu parada) y le contesté que estaría encantado de responderle a sus dudas. Lo que no preveía fue el surrealismo de la pregunta. "Querría saber si en ese aparato uno puede ver las enfermedades". En un primer momento le comenté que podía buscar cualquier información sobre enfermedades en Internet como mismo haría en el ordenador. La mujer no se quedó conforme y con la siguiente pregunta reconozco que me dejó en treinta y tres. "No, yo lo que digo es que si ahí puede ver usted mi aparato digestivo ahora mismo". Hubo un silencio por mi parte en el que traté de buscar una salida más o menos creíble a esa pregunta. Ella siguió insistiendo: "lo que yo quiero saber es si ahí dentro se vería nuestro cuerpo". Ufffff. Le dije que, de momento, no se veía nuestro cuerpo en ninguna aplicación, pero luego me dejó elucubrando todo el trayecto y buena parte del día. De preguntas como la de esa señora se han nutrido siempre los avances tecnológicos. Me imagino al primer humano que le dio por pensar en un aparato semejante al teléfono, o recuerdo cuando nosotros mismos soñábamos con vernos de una punta a otra del planeta mientras conversábamos. Pero, más que del cuerpo, uno se imaginaría una aplicación que nos adentrara en el alma y que pudiera repararla las mañanas que amanece con el ánimo bajo, o bien serenarla cuando se desboca demasiado por alguna pasión exagerada. Si la señora pudiera volver a preguntar a lo mejor me diría que esa aplicación ya existe. Si cerramos los ojos un momento, respiramos hondo y nos concentramos podemos asomarnos sobre la marcha a nosotros mismos. Una vez dentro, lejos de las máquinas y de las maquinaciones, de los miedos y los amenazadores, uno encuentra el único remanso que vale realmente la pena. Cuanto más adentro mires más cerca estarás de ti mismo. No solo asomándonos a las tabletas descubrimos el mundo (o quién sabe si algún día el cuerpo humano). Hay viajes en los que solo precisas un cierto ensimismamiento que apague el ruido y te asome a tu propio corazón.


Me tranquiliza ver a la gente corriendo por las calles. Por mucho que nos cuenten que todo se viene abajo, esa sensación de normalidad y de ocio desmonta cualquier Apocalipsis. Hace años no veías a tantos deportistas sudando la gota gorda. La gente, cuando venían mal dadas, se largaba un lingotazo en el bar de la esquina o se encerraba en la oscuridad de su casa. No digo que el que corra no tenga problemas, pero estando como están las cosas es preferible marcarnos unas metas y buscar unos equilibrios personales antes que tratar de resolver entuertos que nos quedan lejanos, a no ser que alguien tenga hilo directo con Ángela Merkel o con el Sursum Corda. A través del deporte creo que nos mantenemos a salvo. Se ven las cosas más claras y no nos ahogamos en esa ansiedad de la inmediatez que tantos disgustos nos está dando últimamente. Uno aprende que solo vale el esfuerzo y la constancia, y que eso se puede extrapolar a todas las facetas de la vida. Quien corre aprende que cada paso es un logro y que al final nadie te va a regalar la felicidad que no busques dentro de ti mismo.

Reconozco que llevo corriendo unos años. Lo intento hacer a primera hora de la mañana, justo antes de enfrentarme a los titulares del periódico. No es que llegues con una sonrisa de oreja a oreja, pero sí es verdad que todo lo analizas con la mejor perspectiva posible, sin agobios y tratando de no ahogarte en un vaso de agua. También corriendo se me ocurren muchos argumentos. Y lo que me hace ser optimista es que cada día veo a nuevos deportistas por las calles, gente que en lugar de repantigarse en un sillón o en la barra de un bar sale a airearse. Podríamos decir que uno corre por la metáfora de sí mismo. Aprendes que no todos los días son iguales y que tú tampoco tienes por qué levantarte igual cada mañana. Hay días en los que estás casi una hora marcando un ritmo vertiginoso y otros en los que te cuesta cargar con tu propia sombra. Te viene bien esa cura de humildad diaria para recordar que al final tus satisfacciones dependen de tu esfuerzo. A veces parece que es imposible que puedas seguir adelante. Te planteas parar y dudas de tus facultades y de tu resistencia, pero milagrosamente sacas fuerzas de flaqueza y ves que logras rehacerte mucho mejor de lo que pensabas. Cada día emprendes una lucha contra ti mismo sin más medallas que ese regocijo que te queda cuando llegas a la meta. Esa fuerza mental y ese recuerdo diario de que nunca vale la pena venirse abajo es lo que te alienta para resistir cualquier ataque externo. No digo que vayamos a ser perfectos por salir a trotar un rato cada día, pero sí creo que ayuda a que nos tomemos las cosas con un poco más de espíritu deportivo. Lo importante, al vivir, no es ganar o perder. Lo que creo que vale realmente la pena es que nos dejen seguir participando.

Debería haber una oficina de días robados. Uno podría presentarse en cualquier momento y buscar entre las fechas extraviadas todo lo que dejamos de vivir. No siempre somos capaces de protagonizar nuestra propia existencia. Respiramos, resistimos y vamos llegando a fin de mes, pero a veces regalamos tantas horas que si repasamos lo vivido nos podríamos estar tirando de los pelos toda la eternidad. A esta hora, por ejemplo, durante muchos años, nos hemos venido abajo sin que nadie nos haya molestado y sin que el cielo haya perdido la misma intensidad luminosa que tuvo el viernes o el sábado. Los domingos, cuando ya escuchamos que son las cinco de la tarde, se empeñan en escaparse de nuestro control y de nuestras contenturas. Dentro de un rato habrá una puesta de sol inolvidable, puedes encontrar la persona que cambie tu vida, releer a Chéjov o a Juan Ramón Jiménez, besar con pasión sin que medie el tiempo, escuchar a Bach o a Leonard Cohen, volver a ver Casablanca o Cinema Paradiso, salir a pasear, escuchar a los pájaros que siguen con sus trinos como si fuera una tarde de vacaciones de verano o tirarte al suelo a jugar con un niño como si tú también volvieras a ser aquel niño que posiblemente se te escapó una de estas tardes tontas de domingo. Ya está bien de tanta queja lastimera. Han sido muchos años renunciando a la felicidad por aquella sensación de derrota que anunciaba la víspera de los exámenes y de las clases. Vista desde fuera, la vida carece de días, de meses y de años. No hay más tiempo que el que nos corresponde, ni más suerte que la de poder seguir respirando. Ya va siendo hora de que recuperemos la ilusión de los domingos por la tarde como se recuperan las modas que quedaron ancladas en el pasado. También a estas horas pueden acontecer todos los milagros.


El día no amanece hasta que el sol no se asoma a los puertos. Por eso el amanecer es tan portuario, tan viajero y tan parecido a esos barcos que zarpan cada día buscando orillas en otros puntos cardinales. Las estelas que van dejando todos esos barcos son los caminos que luego ilumina el alba. También nosotros navegamos persiguiendo sueños que espejean en el agua, horizontes que nunca dejan que los océanos naufraguen donde acaba nuestra mirada.

Inspiramos y expiramos, amamos y desamamos, bebemos y desbebemos, ying y yang, blanco y negro, hipotecas y edenes, orquestas sinfónicas y martillos neumáticos, gritos y versos, bajamares y pleamares, euforias y derrotas, altos y bajos, Helsinki y Tegucigalpa, tu mirada de cordero degollado y sus ojos de gata, Mourinho y Guardiola, los recuerdos y las esperanzas, la noche y el día, el silencio y la palabra, la Bolsa y la vida, cronopios y famas, los buenos y los malos, apolíneos y dionisiacos.

Si nos asomáramos a nosotros mismos como si no nos conociéramos seguro que nos sorprenderíamos a diario. Habitualmente nos damos por hechos o nos convertimos en autómatas que vamos de un lado para otro como si tuviéramos toda la eternidad para conocernos. Solemos ser timoratos y nos buscamos mil excusas para refrenar las revoluciones y los cambios de rumbo. A veces reaccionamos y nos damos cuenta de la cantidad de herramientas y de posibilidades con las que contamos para ser felices, pero habitualmente esas herramientas, como la mayor parte del cerebro, pasan por la vida sin pena ni gloria. Los futuros no existen si no aprendemos a conjugarlos en los presentes. Eres el que eres y el que podrías llegar a ser. No hace falta que te vayas a purificar al Ganges o que subas a la montaña más alta del Nepal. Solo tienes que alongarte dentro de ti mismo y rebuscar entre la cantidad de trastos que vas acumulando con los años. Todos llevamos nuestra propia felicidad encima, y el día que la encuentres te darás cuenta de que vivir no es más que un estado de armonía con uno mismo y con el resto de energías que nos rodean. No me estoy volviendo místico, o sí, a lo mejor tendríamos que volver a ser más místicos y menos tecnológicos, más emocionables y menos ambiciosos, y sobre todo más supervivientes. Si solo aspiramos a estar y no a vivir, dejaremos que la mitad de nuestras islas no lleguen ni siquiera a aflorar en ese océano diario por el que solemos navegar sin rumbo y sin destino conocido. Las grandes aventuras de este siglo XXI tan convulso acontecerán dentro de cada uno de nosotros. Y quien no busque no se asomará a ningún paraíso.

Contamos historias para no extraviarnos y para tratar de entendernos. Alrededor del fuego, refugiados en cuevas o sentados en la orilla de la playa nuestros antepasados repasaban cada día sus ilusiones, sus temores y sus vivencias cotidianas. Da lo mismo que no quede nada de todo lo que fueron relatando: mientras se estaban contando, los narradores y los escuchantes se fueron sintiendo eternos. Ahora hemos dejado que sean las televisiones o las redes sociales las que nos enseñen lo que hacen los otros. También nos contamos en esas mismas redes para dejar testimonio de nuestra existencia: o hablamos solos por la casa, o leemos ficciones, o inventamos relatos imposibles sabiendo que en la imaginación cabe todo aquello a lo que le queramos dar forma. Los niños necesitan voces que les cuenten historias antes de dormir para ir preparando sus propias ensoñaciones. Nosotros leemos por esa misma necesidad de sentirnos a salvo. Las palabras logran que no nos sintamos solos en el mundo. Solo tienes que pronunciar ahora mismo la que más necesitas para comenzar el día habitando tu más bello sueño.


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