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Archivos Abril 2012

Llevaba semanas sin aparecer por la cafetería. Solíamos coincidir a la misma hora casi todas las mañanas. Él pedía un café solo y ojeaba el periódico. Nos saludábamos con la confianza de dos viejos camaradas que llevan años cruzándose en un mismo lugar. No sabía su nombre. Tampoco conozco el nombre de ninguno de los camareros. A lo largo de estos años, los habituales de esa barra desaparecíamos unos días. Nadie preguntaba, pero se entendía que estábamos de vacaciones. Más tarde o más temprano volvíamos a esa cotidianeidad de los encuentros que tanto tranquilizan. No soportaríamos que no nos cambiaran el guión del mundo cada mañana, pero al mismo tiempo también querríamos contar con escenas en las que los actores fueran siempre los mismos. Tranquiliza saber que, a pesar de que todo parece venirse abajo, uno sigue encontrando al camarero y al parroquiano que nos dan los buenos días mientras pedimos el zumo de naranja. Cuando te cambian ese decorado parece que tu mañana queda un poco a la deriva, tan náufraga como esa realidad que sigue zozobrando en los periódicos.
Ese señor del café desapareció hace ya más de dos meses. Hace dos días, uno de los camareros me preguntó si sabía qué le habría pasado. También a él le habían variado uno de los fotogramas de su película diaria. Le dije que ni siquiera sabía cuál era su nombre. Él tampoco lo sabía. Entonces aproveché para presentarme y él sobre la marcha hizo lo propio. De alguna manera hemos dejado de ser dos extraños. Ese señor que ya no viene debía rondar los sesenta años. Yo no me atreví a decir que podría estar muerto, pero el camarero, con su experiencia de años viendo pasar a tanta gente, me comentó que tal vez le había pasado algo. Algo es un eufemismo que en esos casos solo significa muerte o enfermedad. Con su lógica menestral comentaba que si hubiera cambiado de trabajo o de ciudad se habría despedido el último día que vino. Nadie sabe cuál será el último día que pedirá el café en el bar de toda la vida. En su lugar se han ido sentando varios clientes. Yo comenté que a lo mejor había perdido el trabajo. El camarero reconoció, no muy convencido, que esa era una posibilidad. Pagué y regresé a mi oficina. Por el camino me quedé pensando en todos los yoes que vamos siendo a lo largo de la vida. Y también en esos que uno va dejando cuando cambia de bar, de trabajo o de ciudad. De alguna manera te quedas en el recuerdo de cada uno de los que protagonizaron contigo cualquiera de tus escenas cotidianas. Y, claro, cuando dejas de interpretar tu propio personaje también te adentras sobre la marcha en el olvido. Ese señor puede estar ahora mismo criando malvas o bañándose en una piscina del Caribe con el dineral que ganó en la lotería. Recuerdo que todas las semanas le compraba un billete al vendedor que sigue viniendo al bar cada mañana.


El día es luminoso y es domingo. Si es verdad que somatizamos todo lo que vemos y sentimos se supone que hoy será un día feliz. Yo creo que nosotros también acabamos somatizando al paisaje y que luego lo que vemos no es más que un reflejo de nuestro propio estado de ánimo. Si tú te levantas luminoso aunque el día este gris no habrá nube que logre nublar tu felicidad. Los resfriados y las úlceras salen huyendo desde que nos ven contentos. Aprovecha tu propia luz para cambiar el escenario en el que se termine posando tu mirada. También vale sugestionarse y creerse el ser más afortunado que ha pisado la tierra. Da lo mismo lo que hagan los demás. Tu egocentrismo, si lo que está en juego es la alegría de vivir, estaría más que justificado.

No hay ni tormentas ni males que duren cien años. Todo pasará. Pero en la espera no podemos despistarnos ni dejar de cuidar lo más frágil y lo más vulnerable. Me gusta el equilibrio de las palabras, lo fácil que resulta todo cuando se escribe, se lee o se escucha con la atención necesaria. La palabra será la que nos salve del olvido y también de estas incertidumbres pasajeras. Comunicándonos y leyéndonos no perderemos el norte. Las redes sociales, digan lo que digan, son correas de transmisión de ideas, pensamientos y emociones. Nos permiten mantenernos atentos y compartir impresiones más allá de la censura o de las miradas a la realidad que eligen los medios de comunicación. Claro que los tiempos están cambiando, siempre lo han hecho, y nosotros tenemos que aprender a navegar en los mares que nos han tocado. No están ahora mismo en calma nuestras aguas, pero las mareas tienen sus ciclos y en cualquier momento se serenan y nos dejan flotando sobre un piélago cristalino que deja ver los fondos donde no llega nunca esa mar rizada que nos confunde cuando buscamos horizontes. En nuestros adentros, lejos de las crisis y de los miedos mediáticos, también hay fondos y pozos a salvo. Por ahí es por donde siguen rebuscando cada día las palabras.


Supongo que alguna vez terminaremos tocando fondo. No creo que esa gota malaya de las catastróficas noticias económicas vaya a durar toda la vida. Hoy, por ejemplo, nos dicen desde todas partes que será una de las jornadas más negras de la economía española. La EPA anunciará una escalofriante subida de las cifras del paro a la que se une la destrucción de miles de puestos de trabajo, Standard & Poors nos sigue rebajando y los egregios economistas que nos visitan vaticinan que no encontraremos salida por ninguna parte. Vale. No vamos a dejar de reconocer lo que estamos viendo a diario en las calles y en el drama que viven muchos amigos y familiares; pero que nos digan de una vez que ya estamos en el escalón más bajo, casi a las puertas del abismo. Si todavía podemos seguir cayendo es que no hemos llegado al subsuelo. Para construir hay que destruir primero lo que estaba mal asentado. Poco a poco lograremos rehacer todo este desbarajuste, pero nunca lo haremos desde el miedo o siguiendo en esa caída casi diaria que nos tiene colgados en el vacío. Cuando escribes una novela y llegas a un punto de no retorno porque te quedas sin argumentos creíbles, lo mejor es que lo borres todo y empieces de nuevo otro relato que se suele acabar pareciendo poco al fracasado. Aquí sucede lo mismo. No veo la manera de reescribir o corregir lo que está mal estructurado desde el principio. No vale que te digan que corrijas un día los verbos, otro los adjetivos y más tarde el nombre de los personajes. Borrón y cuenta nueva, que diría un contable de los de antes, de aquellos que manejaban los números sabiendo que eran tangibles y reales, y no especulaciones ni entelequias que no tienen base ni fundamento. Eso sí, esas cuentas no las pueden seguir haciendo los que nos han llevado a este desastre. No arreglarán nada porque no saben arreglarlo. Recortarán por donde puedan para mantenerse cobrando lo que cobran y viviendo donde viven. Urge un nuevo argumento y unos nuevos personajes. Ya estoy harto de unos tipos que están todo el día anunciando la llegada del lobo para que sigamos quietos y les dejemos apoltronados, viajando en primera clase o cazando elefantes.

No hay pasaje que nos lleve tan lejos como nuestra propia imaginación. Las ciudades que soñamos no tienen nombre ni es preciso hacer escalas para llegar a ellas. Tampoco hay que pasar aduanas en las que te hagan sentir sospechoso de ti mismo desde que te quitas el cinturón y el reloj. Ya luego, cuando te descalzas, sí es cierto que te quedas a merced del escáner o del bruto que te manosea como si fueras armado hasta los dientes. Vivimos en una sociedad que nos quiere hacer sentir culpables de todos sus males. Nosotros tratamos de vivir igual que hace cinco años, cuando supuestamente éramos los reyes del mambo económico, pero te dicen que ya está bien de vivir en la opulencia (¿en la opulencia, dicen?) y que no queda otra que sacrificarnos. Entonces te vienen con subidas de impuestos y con recortes de sueldo, se supone que por haber vivido en esa opulencia que a fuerza de echártela en cara todos los días ("ya no vas a volver a vivir como antes"; "olvídate del pasado"; "estos son tiempos distintos y tenemos que apechugar todos"....) casi llegas a creértela, como te crees sospechoso en los aeropuertos aunque no lleves encima más que un paquete de chicles y las llaves de tu casa. Ahora más que nunca tenemos que reivindicar esos viajes por la imaginación que no controla absolutamente nadie. En nuestros adentros todavía somos libres y estamos a salvo de todas las sospechas. Y como están las cosas, no queda otra que buscar destinos que transiten cerca de nuestro propio corazón. La vida no puede dejar de ser nunca el viaje más emocionante que podamos emprender. Y su tren solo pasa una vez. No valen los retrasos ni los despistes. Da lo mismo que fuera lluevan clavos o que se empeñen, como en aquella canción de Rubén Blades, en hacernos creer que nacimos para martillos. Si mantienes a salvo tus rutas más necesarias no hay extravío que te aleje de la felicidad de estar vivo y de poder seguir contándote

Esta mañana ha aparecido una ballena varada en Corralejo. Ha venido a morir a la orilla. Sé que no es noticia para abrir un informativo, pero si los informativos contaran la realidad que acontece a nuestro alrededor la muerte de una ballena sería siempre noticia destacada. Uno quisiera saber qué busca una ballena cuando cambia las profundidades abisales por las rocas, el silencio de los fondos oceánicos por el bullicio de las olas de la costa. Me conmueven las ballenas que se desorientan. Se me parecen a esos viejos que han perdido la memoria y deambulan por las calles de ciudades que ya no reconocen. Las ballenas ya estarán presintiendo el eco ensordecedor que horadará los fondos buscando los restos fósiles de paraísos que quedaron fondeados en el tiempo. Hace días nadaba por el océano pensando que la vida no terminaba en ninguna orilla.

Me dices que te agobias en el trabajo, que no llegas a fin de mes y que cada día te vienes abajo cuando escuchas las predicciones económicas y la sucesión de noticias catastróficas que desfilan por los telediarios. Te digo que hay gente que lo está pasando peor, pero me contestas que al final las únicas penas que se padecen son las que uno sufre. No te digo que no porque cada cual se conoce y sabe dónde es vulnerable. Y no siempre se ve la mañana con el optimismo que merece cada nueva oportunidad de reconducir nuestro destino. Te dejo hablar y tú agradeces mis silencios y mis buenas palabras. Ya sé que la economía es importante, pero la vida vale mucho más que cualquier cotización bursátil. Ni siquiera el Producto Interior Bruto tiene más importancia que tu propia existencia. Creo que el problema es que hace tiempo que perdimos la brújula de nuestra propia escala de valores. Se nos van los años mirando hacia fuera.

Ahora escribo pensando en ti sin saber si llegarás a leer estas palabras. Yo tampoco tengo nada claro. Nadie tiene nada claro, por eso me molestan tanto los agoreros y los analistas que se atreven a hacer pronósticos. No suelen acertar ni una sola vez, pero llevamos años dejando que hablen en las tertulias o pidiéndoles opinión cuando no vemos salida por ninguna parte. Esos tipos viven del cuento y de nuestros propios miedos. Y además les hemos hecho demasiado caso durante los últimos años. Urgen nuevas reflexiones y nuevas voces. También hay que aprender a no tomarlos tan en serio. Lo único serio es la vida de cada uno de nosotros y los minutos de felicidad que podamos disfrutar. Lo demás es pasajero e innecesario. Solo tenemos que pensar en lo que pasaría si desapareciéramos de un momento a otro: qué importancia tendrían todos esos trabajos que nos estresan, qué nos importaría lo que se dijera o se dejara de decir de nosotros y, sobre todo, para qué diablos nos valdría el índice Nikkei o la prima de riesgo. La vida es otra cosa que no tiene nada que ver con lo que no están vendiendo a todas horas. Y lo sabe quien ha estado a punto de perderla o quien ha perdido recientemente a alguien muy cercano. Luego solemos olvidar y caemos nuevamente en la trampa. Eso es lo que yo te escribiría, que espabilaras y que miraras a tu alrededor cuando creas que todo se está derrumbando. El color de la mañana seguirá sorprendiendo diariamente a esos pájaros que cantan eufóricos desde que vislumbran las primeras luces en el cielo. Nosotros hace años que olvidamos esa alegría diaria de salir a la calle sabiendo que la vida es una gran aventura en la que todo puede cambiar en un solo segundo. Piensa solo en lo que quedará de todo esto. Lo único importante es lo que te hace realmente feliz. Todo lo demás es prescindible y olvidable.

"Que no piensen, lo primero es que no piensen. Ya luego todo lo demás será más fácil. Mientras vayan al colegio y a la universidad estamos expuestos. Y encima somos tan tontos que les ofrecemos esa educación gratis. Que trabajen y que se dejen de zarandajas. Se quejarán unos días y amenazarán con movilizaciones, pero luego se les va la fuerza por la boca y se acostumbran. Hay que evitar que tengan criterio. Con que lo tengan unos pocos tenemos de sobra. No hay hueco ahora mismo para tantas personas con criterio. Me gusta lo de La India con las castas o lo de las colmenas con los zánganos. Nosotros quisimos ser lo más fetén dándole la misma oportunidad a todo el mundo y mira en lo que hemos terminado. Hay que acabar con los rebeldes. Los volvemos a hacinar en las aulas y les cerramos las puertas de la universidad subiendo las tasas y reduciendo las becas. También podríamos sacar una ley para que los niños, si los padres se hacen responsables, puedan trabajar desde los doce años. De esa manera aligeraríamos mucho las aulas. Bueno, te dejo que tengo una cacería con el monarca el fin de semana. Échale un vistazo a la prima de riesgo de vez en cuando. Con el Barça-Real Madrid de mañana estarán todos entretenidos. Al final lo que quiere la gente es pan y circo. Lo de los libros y la educación no fue más que un camelo de cuatro mangantes que solo pretendían vivir del cuento".

El pasado martes estuve en la sede de la ONCE en Las Palmas Gran Canaria con los integrantes del Club de Lectura Braille. Casi una veintena de ciegos había leído la traducción a Braille de Las derrotas cotidianas (o habían escuchado su versión sonora) y yo debía dar una pequeña charla y luego responder a las preguntas que me hicieran los integrantes del Club. Reconozco que la sensación era extraña, pero pocas veces me he emocionado tanto compartiendo experiencias lectoras. Lo de menos era el libro. Al final de lo que terminamos hablando fue del coraje y del espíritu de lucha, y ahí, la verdad, todos los que estaban en la sala, desde los más jóvenes a los más viejos, tenían mucho más que decir que yo. Ellos no entendían que la gente se quejara tanto de la situación económica actual y no hiciera nada por intentar resolverla. No aceptaban la indolencia ni la resignación. En ningún momento me contaron sus experiencias personales, pero no hace falta ser un lumbrera para suponer los esfuerzos, la abnegación y las ganas de salir adelante de quienes pisan la calle sin ver más que una sombra oscura delante de sus ojos. Entre los asistentes estaba Miguel Déniz, uno de los nadadores paraolímpicos más laureados del país, o mi amigo Manolo Concepción, que fue de los primeros jóvenes que en su día venció las barreras del aislamiento y de la ceguera para poder desarrollar una destacada carrera académica y docente. Del resto de los presentes no sabía nada, pero los supongo en una lucha similar a la que emprendieron Manolo o Miguel por conseguir todo aquello que estuviera al alcance de su propia voluntad. Me valen sus ejemplos para esos días en que lo vemos todo perdido, o para cuando pensamos que no vamos a ser capaces de superar algunos retos. Me imagino que lo primero que tendrían que superar es ese miedo que tantas veces nos paraliza y nos aleja de los sueños. Me quedo con su coraje y su manera de conducirse en la oscuridad. Todos caminamos entre sombras, pero posiblemente los que andan más perdidos son los que creen que lo están viendo todo claro. Cuando atravesamos esas habitaciones oscuras de la vida es normal que nos caigamos de vez en cuando, que nos desorientemos o que equivoquemos las rutas. Lo único que no podemos hacer nunca es resignarnos y no seguir adelante. Si te paras, te puedes estar perdiendo los pasos que te podrían dejar más cerca de ese séptimo cielo que necesitamos mantener a salvo para no extraviarnos.


Es inevitable atravesar otoños melancólicos e inviernos que hielan poco a poco todas las alegrías. Y además hay que hacerlo valientemente, afrontando esos días oscuros y no viniéndonos abajo con los primeros nubarrones. Al final del camino está la primavera. Y como premio a esa resistencia también hay un verano que aguarda con tardes luminosas que parecen siempre eternas. Son los ciclos de la naturaleza que nosotros a veces tratamos de saltarnos como si fuéramos inmunes a las estaciones y a los azares. Tu estado de ánimo, el amor o tu optimismo siguen destinos parecidos. No se pueden forzar las alegrías ni tampoco quedarnos a vivir eternamente en la penumbra de los inviernos más oscuros. Hay mañanas en las que amaneces llorando por lo que has perdido y otras en las que el mundo se presenta como una interminable sucesión de puertas abiertas a la esperanza. No te vengas abajo cuando lleguen los días sombríos. Ningún invierno anida eternamente en un corazón que busca una caricia. Si miras fijamente siempre hallarás un horizonte azul que evite los desesperos. Basta una sonrisa para levantarle el ánimo a las mañanas más aciagas. Recuerda el paso de las estaciones, ese azar impredecible que cruza a diario tu propia naturaleza. En tu mirada siempre se confundirán los otoños con las primaveras.


Cuando se escribe se emprende el camino de las emociones. Por eso hay libros que se asoman al alma. Te puedes extraviar o puedes terminar hallando tu propia mirada al final de un renglón o de una palabra. Si un texto no se cuela cerca de tu corazón, lo mejor es que lo dejes y busques otro que te espabile del sopor cotidiano. No es fácil coincidir con esos libros que logran engrandecer los días que vamos viviendo: La isla de las palabras desordenadas, que es la primera novela de la grancanaria Yolanda Delgado Batista, es uno de esos libros que miran cara a cara al alma del lector. No te quedas igual cuando lo terminas. Sus frases resuenan en tu mente y se acaban confundiendo con tus propios pensamientos. Pero sobre todo queda la esencia de lo que cuenta y de cómo lo va contando, sin medias tintas, visitando las penas y salvándose en el humor y la ironía. No hay palabra que no deje un halo de inquietud cuando la lees. Tampoco quien nos cuenta su vida deja nada fuera de ese plano situado más allá del espacio en el que se adentran los buenos textos literarios.

En la novela de Yolanda Delgado está la memoria isleña de quienes nacimos a finales de los sesenta. La escritora juega prodigiosamente con el idioma, con las canciones de infancia, con los anuncios de televisión, con las fotos, con las calles, con las presencias que todos recordamos cambiando solo el color de unos ojos, con los miedos, con los atavismos y con todo lo que una isla puede dar de sí; sobre todo cuando esa isla es cada uno de nosotros, un espacio a la deriva rodeado de palabras y de sueños, seres contradictorios que jugamos a ser eternos sin tener en cuenta que llegará la marea a borrar nuestros contornos y nuestras orillas. Quien se cuenta en la novela cambia de repente el guión de su vida, y como casi siempre ese cambio implica un desarraigo ante el que parece que jamás volveremos a ver aquel azul que en la infancia volvía eternas las tardes de verano. Todos atravesamos esos desiertos alguna vez, y lo hacemos confiando en que más allá del horizonte desolado nos aguarde el oasis de nuestra propia armonía. No siempre se llega. Son muchos los que se quedan demasiado tiempo merodeando en el desconsuelo, y eso lo sabe la protagonista de Yolanda, la que huye sabiendo que no vale la pena cargar con nada ni aferrarse a lo que terminará siendo pasajero. Y lo sabe porque toda isla es una metáfora de nuestra propia existencia, un espacio rodeado de agua por los mismos puntos cardinales que nosotros rodeamos de incertidumbres y de esperanzas. En ambos casos tenemos que aprender a resistir el embate de las olas que se empeñan en horadar las costas y los sueños. Las rocas perviven volviéndose arena. Nosotros resistimos sembrando las orillas de palabras.

Hoy es domingo 15 de abril de 2012 como podría ser jueves 18 de mayo de 1819, o lunes 5 de diciembre de 1050, o miércoles 7 de febrero de 2101. No sé qué año será en China, o en qué calendario maya aparecerá que justamente hoy es el fin del mundo o el comienzo de la felicidad o de la desgracia universal. Lo único que me vale es que ya ha amanecido, que yo estoy formando parte de esta mañana y que el próximo segundo puede cambiar todo mi destino. Las fechas y los días no son más que añagazas con las que tratamos de controlar el tiempo. Solo necesitamos esas referencias para los calendarios laborales o para los vencimientos de las hipotecas. Los árboles y los otros animales se rigen por las estaciones y por la climatología de cada día. También enferman y se estresan, pero saben empezar de cero cada mañana porque carecen de deudas y de números que recuenten las horas que van viviendo. Borra la fecha del calendario y vive este día como si fuera tu última oportunidad para ser inmensamente feliz. Y haz lo mismo mañana y pasado mañana. Ríete de los que solo se rigen por los cuatro aguafiestas que están todo el santo día diciendo que el mundo se va al garete. Se irá al garete la economía y la escala de valores que hemos venido aplicando los últimos años, pero el mundo seguirá donde mismo ha estado siempre haga lo que haga el capitalismo financiero. No esperes a que suba la cotización de ninguna Bolsa para empezar a ser feliz. Suban o bajen los valores, los infelices seguirán siendo igual de infelices.


Todos terminamos desembocando en el mar. Los canarios no nos criamos viendo ríos que iban a dar a la mar, que según el poeta es el morir. Nosotros caminábamos por los barrancos y terminábamos arribando a la orilla. No había agua sino sueños por aquellos barrancos llenos de lagartos y de charcos tan resecos que casi habían olvidado las riadas del pasado. También nos encontrábamos las mismas piedras como huevos prehistóricos que había en Macondo y el embrujo de todas las leyendas y los atavismos. Desde esas desembocaduras esculpidas por la naturaleza durante cientos de años el encuentro con el mar se convierte en un gran acontecimiento. Casi escuchas el sonido del agua arrastrando rastrojos y piedras desde las cumbres. El eco siempre es infinito. Nosotros solo escuchamos sus primeros rumores.
Al fondo todavía no suena el azul que parece elevarse por encima de la tierra. Ya luego, cuando llegas a la orilla, sí es cierto que sobra todo lo que digas o lo que pienses. El sonido del mar también contiene los ecos de los barrancos y de los ríos que se mezclaron en sus aguas. Nosotros, cuando andamos por la tierra, tampoco perdemos nunca nuestra mirada de náufragos. También venimos del mar. No recordamos exactamente de qué orilla, pero intuimos que al final de cada uno de los barrancos se reescribe a diario nuestro destino. Una parte de nosotros se pierde cada día en el océano, y hay que dejarla partir sin dramas y sin aspavientos. Ya no nos pertenece nada más que en el recuerdo. La que cuenta es la que ya se oye a lo lejos. En esas otras aguas renovadas es donde único se pueden concebir los milagros.


Anoche no quise tentar a la suerte. Ni leí ni escribí absolutamente nada. Me senté a ver El hombre tranquilo de John Ford y luego traté de dormir arropado por un Nolotil. Tenía miedo de no recordar las palabras o de haber olvidado todos los argumentos. Mi dentista puede dar fe del pánico que le tengo a los dentistas. Lo quiero nombrar por su paciencia y su buen hacer, y porque no tiene nada que ver con ese pánico que me deja sin oxígeno desde que el sillón empieza a reclinarse y me dicen que abra la boca. Se llama Pablo Ramírez Marrero, estudió en Estados Unidos y es un tipo, además de campechano y tranquilón, con unas manos prodigiosas. Antes estuve muchos años con su padre, Alejandro Ramírez, y gracias a esa coincidencia anual no estoy desdentado. Alejandro me conocía bien, y desde que llegaba empezaba a hablarme de literatura y de periodismo antes de decirme, en medio de la conversación, que abriera la boca. Me llegó a empastar alguna muela casi sin que me diera cuenta saltando de Pérez Galdós a Alonso Quesada. Pero mis miedos vienen de la infancia, de un dentista que había en mi pueblo con unos métodos pedagógicos un poco extraños: un día me dijo que pasara cuando le iba a quitar una muela a mi madre: yo tendría seis o siete años y todavía recuerdo las tenazas, la sangre y los gritos. Desde ese día el sillón del dentista es una de mis fobias más irreconducibles.
Al principio decía que no había querido tentar a la suerte porque ayer Pablo me había quitado la muela del juicio. Nunca pensé que fuera capaz de aguantar quieto en el sillón mientras alguien me hurgaba en el fondo de la boca tratando de arrancarme la poca cordura que me debe quedar. Pero aguanté quieto y tuve la suerte de contar con las manos y la fuerza de Pablo para tirar de la muela. No me la dejó ver. Cuando yo abrí los ojos, ya se la había llevado a otra habitación para enseñársela al padre debido a su rareza y, sobre todo, a sus raíces, que por lo visto horadaban toda la cara y buscaban el cerebro. Ahí fue donde yo me asusté. ¿Y si era esa la conexión directa entre lo que escribo y mis propios pensamientos? Pensé que por algo se le llamaría muela del juicio y que las palabras deben estar unidas a nosotros por alguna parte del cuerpo. Es más, creo que nuestro cuerpo está compuesto solo de palabras, desde el esternocleidomastoideo hasta el tobillo, o desde el amor hasta la tristeza o la alegría que vamos somatizando sin darnos cuenta. Esta mañana, al despertar, tenía nostalgia de muela del juicio. No me atrevo a pasar la lengua por su hueco para no hacerme daño y para no recordar las heridas. Llevaba conmigo muchos años. Juntos habíamos atravesado Central Park o habíamos rastreado Praga buscando la sombra de Kafka. También probamos vinos memorables y frecuentamos restaurantes en los que nos hubiéramos quedado a vivir para siempre. Amamos, claro que amamos, y también habíamos compartido las espinas de algunos de esos amores. Conocía el eco de mis palabras cuando hablo solo por la casa tratando de rescatar ausencias, y sabía de la felicidad de mis carcajadas cuando la risa se adentra espantando todos los desastres. La echaré de menos. No sé si por su rareza la conservarán en formol o si acabará en una bolsa de basura junto a otras muelas y otros dientes solitarios. Nadie llenará nunca su hueco. Lo que ha formado parte de ti queda unido para siempre a tu recuerdo y a todas las sensaciones que te llevaron a ser quien eres. Sería desleal si no le escribiera estas líneas.


No siempre se cumplen las predicciones. Hoy me he levantado y mi teléfono móvil anuncia nubosidad variable donde vivo. No deja de ser un contrasentido esa predicción porque las nubes, como nuestros estados de ánimo, son tan variables que uno a veces se sorprende de las formas que van dibujando en el cielo. La máquina no se complica la vida porque es raro que a lo largo de un día no aparezca alguna nube en el horizonte. Hablo de las nubes que recorren nuestra mente dejando un halo de tristeza en la mirada. Recuerdo una maravillosa novela de Carmen Martín Gaite que tomaba el título de esta predicción meteorológica, y si rebusco en mi biblioteca seguro que la encuentro con una bella dedicatoria acompañada de un dibujo con nubes y paraguas. Pero hace tiempo que intento no rebuscar mucho en mi biblioteca por evitar desengaños. Los libros, con las mudanzas y las visitas, vienen y van como las mareas, y no siempre encuentra uno la bajamar o la pleamar que necesita. La vida también es igual de proteica que las nubes. Todo a nuestro alrededor es una nubosidad variable. No hay lágrima que dure toda la vida en una mirada, ni borrasca que se eternice en el cielo. Nos pueden nublar algunas mañanas, pero más tarde o más temprano aparece el sol por algún resquicio del horizonte (o la sonrisa dibujada en algún espejo). O viene ese perro fiel que te acompaña a tirarte de la manga para que salgas a pasear las calles en las que acontecen todos los grandes milagros.

En periodismo te enseñan a formular preguntas para llegar a la verdad. Allá voy: ¿Quién decide colocar un arma de fuego en las manos de un niño de 13 años? ¿Por qué lo hace? ¿Para que mate animales que le miren con ojos atónitos en esos campos de Soria? ¿Para que presuma en el colegio? ¿Por aburrimiento? ¿Quién pagó esa escopeta? Ese mismo día, desde el Gobierno enviaban una nota de prensa anunciando recortes de diez mil millones de euros en Sanidad y Educación. ¿Por qué no dan la cara y nos explican de dónde van a quitar todo ese dinero? ¿Por qué el ministro de Economía sí lo anuncia en una entrevista publicada en Alemania el pasado fin de semana? ¿Quién nos gobierna realmente? ¿Interesa dar explicaciones al pueblo alemán y dejar que los afectados se enteren por una nota sin voz y sin sentido? ¿Cuánto se gastarán en armamento este año? ¿Cuánto destinarán a las ayudas bancarias? ¿Cuánto invertirán en protocolo y fastos? ¿Por qué se toman esas medidas justo en esas dos áreas? ¿Por qué la Bolsa cae en picado a pesar de esa decisión que puede dar la puntilla a una Sanidad ya bajo mínimos - pero por suerte todavía pública y gratuita-, y a una Educación de la que depende el futuro del país y la igualdad de oportunidades de todos sus ciudadanos? ¿A quiénes les hacemos estas preguntas? ¿Por qué se esconden todos, desde Mourinho a Rajoy? ¿Hasta cuándo seremos capaces de esperar? ¿Qué será lo próximo? Justo cuando tenemos más posibilidades que nunca para estar informados es cuando menos información estamos recibiendo. Apenas conceden ruedas de prensa, y cuando las dan las convocan sin preguntas. Nadie quiere dar explicaciones - supongo que porque no las tienen-. Todos se esconden. Los caracoles que me encuentro después de la lluvia hacen lo mismo cuando intuyen pisadas cercanas; pero ni siquiera bajo su coraza logran evitar que esa bota que se aproxima amenazante haga añicos todas sus esperanzas de salvación.

Existe otro mundo antes de que te asomes al mundo cada mañana. Si te levantas temprano y no visitas las ediciones digitales de los periódicos, ni enciendes la radio o la televisión, la realidad la construyes tú mismo a partir de tus corazonadas y tus sensaciones. Los mirlos cantan sinfónicos presintiendo que cada nuevo día será su gran día, y si abres la ventana la tarosada te regala olores de hierbas lejanas que renuevan tu olfato para que no te desorientes. El puzzle de la actualidad lo decido yo con todas mis sensaciones y con todo aquello que realmente me preocupa. Mi periódico titula con las pequeñas cosas y con las pequeñas preocupaciones que me importan, y creo que cada uno debería preparar su propia portada cada mañana antes de asomarse a esos otros titulares cada vez más lejanos y más incomprensibles.
Hace años, cuando los periódicos eran de papel y no los teníamos delante hasta que no salíamos a la calle, contábamos con tiempo para reinventar el nuevo día sin que los porcentajes y las astracanadas de los políticos de turno acabaran rompiendo la bendita armonía de las mañanas. Propongo que primero nos miremos a nosotros y que luego nos asomemos a las noticias. Creo que sería una buena manera de no confundirnos y de que no nos confundieran. Mirando a nuestro corazón desde primera hora de la mañana, estaríamos más a salvo de toda esa actualidad contaminante y ruidosa que no hace otra cosa que girar sobre sí misma sin que veamos salida por ninguna parte. La salida está en cada uno de nosotros. Desde fuera solo nos llegarán amenazas y estridencias. Aprendo mucho más con el canto de los mirlos que estos días de abril están especialmente inspirados que con todos esos tertulianos que hace años que perdieron la noción del mundo que realmente nos importa. Por suerte, el alba no depende de nuestros titulares. Titulemos lo que titulemos, el horizonte se sigue llenando de colores todas las mañanas. Por eso los pájaros nunca callan.

Nunca olvides que nosotros también empezamos gateando. Nadie nace caminando y erguido. Igual que hicieron nuestros ancestros para llegar a ser lo que somos, nosotros fuimos evolucionando mes a mes, paso a paso, hasta lograr caminar sin caernos o sin trastabillarnos cada dos o tres intentos. Nos olvidamos siempre de ese proceso casi milagroso de la naturaleza que nos llevó desde el mono hasta una estación espacial; pero también tendemos a ser injustos con nosotros mismos al no valorar que cada día que hemos vivido, cada decisión que hemos tomado y cada esfuerzo de todos estos años ha merecido la pena. Da lo mismo el resultado. Lo que debería importarnos es lo que tiene que ver con la experiencia de lo vivido y con la emoción de todos esos pequeños momentos que a los demás les pueden parecer pueriles e intrascendentes, pero que para nosotros forman parte de ese bagaje casi milagrero al que va unido la existencia. El primer paso, el primer beso o el primer día frente al mar es un acontecimiento grandioso e inolvidable, nuestro patrimonio más necesario para cuando las cosas vienen mal dadas o no encontramos las puertas de salida por ninguna parte.

En cada uno de esos memorables momentos personales casi siempre hubo alguien o algo cercano que luego olvidamos injustamente cuando pasa el tiempo. Es lo que les ocurre a los zapatos, a cada uno de esos pares de zapatos que han sido testigos todos estos años de cada uno de nuestros pasos, tanto de los que nos encumbraban como de los que nos dejaban aliquebrados o con la moral por los suelos. Quizá en la playa es donde único caminamos por nosotros mismos, pisando la arena descalzos o sintiendo cómo todo el océano penetra en nosotros a través de la planta de los pies. En casi todos los demás momentos de nuestra vida cotidiana, entre nuestros pies y nuestros pasos, ha habido zapatos de todas las formas y de todos los colores. Unos tuvieron más suerte que otros, o viajaron más lejos, o corrieron más rápido. Luego, cuando se deterioran o se abren sus heridas de tanto caminar junto a nosotros, los arrimamos y, la mayoría de las veces, nos deshacemos de ellos con una insensibilidad ante la que deberíamos reflexionar. Intenta, según termines de leer este artículo, recordar los distintos pares de zapatos, playeras o zapatillas que te han acompañado a lo largo de tu vida. Realmente son ellos los que dibujaron casi todas tus huellas y los que sabían de la inseguridad o de la fuerza de tus pisadas. Fueron los que te acompañaron por todos los caminos de tu vida, y sin ellos nunca hubieras llegado donde estás ahora mismo. No lo olvides cuando camines por el mundo. Recuerda siempre que con cada nuevo paso no sólo eres tú quien está emprendiendo una aventura irrepetible.

El domingo por la mañana me gusta encender la radio para confirmar que es un día festivo y que no hay que salir corriendo hacia ninguna parte. Los programas tienen otros tonos y otros contenidos, y hasta la música que eligen tiende al optimismo. Lo que no cambian son los servicios informativos. Se siguen moviendo como los lunes o los jueves entre culpas y culpables: los gobernantes del PP culpando a los del PSOE de la herencia económica recibida, Javier Clemente culpando a los que confeccionaron la plantilla del Sporting de Gijón o un obispo impresentable culpando a los que aman y amenazando a estas alturas con infiernos -cuando el infierno lo estamos viviendo a diario precisamente por lo poco que nos estamos amando-. Apago la radio y me siento delante del ordenador a escribir estas líneas, pero no se me van de la cabeza las palabras del obispo de Alcalá de Henares: infierno, sexo, noche...Ya me ha puesto de mal humor para todo el día. Uno creía que vivía en un país más o menos civilizado y moderno, pero entre las procesiones y las barbaridades de ese obispo homófobo te das cuenta de que mucha gente aún está más cerca de la Inquisición que del 2.0. En el mismo informativo cuentan que Luis de Guindos ha declarado en la prensa alemana -últimamente todos los globos sonda los lanzan en el extranjero- que las próximas reformas económicas afectarán a Sanidad y a Educación. Estaban tardando. Y ahí sí que definitivamente apago la radio, escribo esto rápido y me pongo a ver el amanecer para aferrarme a alguna esperanza. Todos fuimos culpables de los dispendios de aquellos años locos de la burbuja y del pelotazo. Miramos para otro lado o directamente nos unimos a la fiesta contratando hipotecas o pidiendo créditos para cualquier cosa. Ahora también estamos siendo culpables. Escuchamos, nos indignamos, nos manifestamos, pero les dejamos que sigan haciendo. Yo les aseguro que hoy quería escribir algo poético y vitalista, pero la realidad echa por tierra cualquier intento de hedonismo. Esos informativos cerraban con la repercusión que la muerte de Dimitris Christoulas ha tenido en Grecia. Él se suicidó delante del parlamento porque no quería rebuscar en la basura para poder seguir comiendo. Había trabajado toda su vida y me imagino que soñaría con una vejez más o menos plácida cerca del mar. Ya ha amanecido. La mañana es luminosa y bella en Gran Canaria, y seguro que también en el barrio ateniense de Plaka. Uno se aferra a ese azul como única esperanza.

Si Marcel Proust pudiera hablar estoy seguro de que diría que no era solo la magdalena la que activó su memoria literaria y su búsqueda del tiempo perdido. La mojó un día en el té y empezó a rememorar, pero a medida que fue escribiendo esa magdalena se mezclaría con el olor del azahar o de las acacias, con la brisa del océano, con las voces de muchos ausentes, con un acorde de Debussy o de Saint Saens o con un cuadro de Pissarro o de Manet. Nunca tiramos de un solo hilo para escribir: un recuerdo lleva siempre a otro recuerdo y los recuerdos terminan siendo infinitos porque la eternidad es un gran olvido. Cada palabra que escribes está compuesta de memoria, improvisaciones del presente y sueños de futuro. Por eso los verbos se conjugan en distintos tiempos. La escritura es una sucesión de símbolos que se reconstruyen mágicamente en la mente de cada lector que se acerca a descifrarlos. No es solo la magdalena.

Cuando era niño las procesiones eran uno de los más grandes acontecimientos, y sobre todo las procesiones del Viernes Santo en Guía con todas las figuras de Luján Pérez cobrando vida propia por las calles. Había mucho de puesta en escena y de representación atávica, pero ahora recuerdo que casi nunca nos fijábamos en los que cargaban aquellos tronos pesadísimos que subían y bajaban las pronunciadas cuestas de mi pueblo. También nosotros, cuando miramos a quienes nos tropezamos por la calle, solo nos fijamos en el color de unos ojos, en un gesto, en unas curvas, en una prenda de ropa o en el rastro que dejan las sombras y los perfumes de todos los que siguen de largo. Nunca vemos lo que hay dentro, los pensamientos que mueven a ese cuerpo, las alegrías y las penas que deambulan por su alma, sus recuerdos, sus temores, o esos anhelos que le hacen seguir en el camino a pesar de los malos farios y de las estadísticas. Sucede como con los cargadores de los tronos: vamos procesionando nuestra imagen y la llevamos como buenamente podemos por todas partes. No nos suele acompañar ninguna banda de música, pero sí es verdad que dependiendo de los días caminamos a ritmo de Réquiem o de Foxtrot. También nos paramos de vez cuando a descansar o a que nos reconozcan y, finalmente, nos adentramos cada noche en una hornacina de sueños en donde tratamos de cobijar cuidadosamente todas nuestras esperanzas.

Del cielo solo cae la lluvia, la nieve o el granizo. A veces cae tierra lejana que atraviesa océanos y montañas como las bandadas de pájaros que persiguen al verano. Por más que mires hacia arriba no te va a caer ni el amor, ni un buen trabajo, ni tampoco aquella suerte grela que cantaba el tango. Para encontrar hay buscar, y la mayoría de las veces hay que adentrarse en las sombras o saltar al vacío sin saber qué nos vamos a encontrar al final del precipicio. Quien no atraviesa tempestades no llega a ninguna orilla que merezca la pena. Las inclemencias de la suerte y de tu propio estado de ánimo te van curtiendo y te harán valorar mucho más los remansos y los buenos momentos de la vida. Si ahora sufres porque acabas de perder el que creías que era el amor de tu vida, o un familiar, o un trabajo, o un amigo, mira siempre adelante y no te detengas. Al fondo de tus lágrimas ya se alcanzan a ver los brillos del paraíso. Recuerda que también los pájaros atraviesan cielos grises para poder llegar al azul en el que seguir cantándole a la vida.

Hay mañanas en las que uno lo daría todo por estar en una ciudad desconocida esperando la salida de una guagua turística o mirando el mapa que conduce a un casco histórico o a una zona de museos. Cuando viajas tu existencia entra a formar parte de la aventura. No eres el mismo que se levanta a diario y que luego desayuna y se ducha apresurado antes de salir camino del trabajo. Hay pasos y pasos. No siempre caminamos con la misma fuerza y con las mismas ilusiones. A veces sientes que tú decides la ruta y otras que te deciden y que te empujan por donde realmente no quieres ir. La vida no es más que una sucesión de decisiones que confluyen en la felicidad o en la amargura de una persona. Dependiendo de la elección de tus rutas tendrás más cerca o más lejos esa ciudad desconocida en la que poder ir dando tus propios pasos. Da igual que no te muevas de donde estás. No recuerdo quién decía que el viaje más fascinante es el que hacemos alrededor de nosotros mismos. Estoy de acuerdo: de alguna manera nosotros también somos ciudades de paso.

Lloraba por el amor que se había terminado. No odiaba, no se arrepentía de nada, no se sentía culpable. Había sido feliz y quería mantener a salvo los momentos grandiosos que había tenido la suerte de vivir. Ella sabía que se había acabado. Llevaban juntos doce años, y en todo ese tiempo habían tenido sus crisis y sus arreglos, todos esos pactos desesperados con los que se intenta que el sentimiento venza a la pasión, o que el cariño pueda imponerse a los manejos del tiempo. Lo único que no quería era una guerra con quien tanto había amado. No era culpa de ninguno de los dos: el final de un amor nunca es culpa de nadie porque no hay nadie que desee que un amor muera. Dice que lleva días mirando por la ventana: siempre necesitamos horizontes para saber que la vida se renueva cada segundo que pasa. Hoy ha amanecido el día nublado. La otra noche nos confesó que llevaba mal esos días grises que tanto se parecen a su propia tristeza. Las gotas de lluvia que ve deslizarse por los cristales se confunden con las lágrimas que llevan mojando los rincones más profundos de su alma desde hace varias semanas.

Ningún momento grandioso se vuelve eterno. Si durara para siempre nos perderíamos los otros momentos memorables que aún nos quedan por vivir. En medio están los días grises, el sinsentido de las horas perdidas o el tedio. También vamos catando pequeñas alegrías, triunfos cotidianos o encuentros que salvan los días más aciagos. Todo debe fluir con naturalidad. Es mentira que no sucede nada a tu alrededor. Cada segundo que pasa cambia por completo el mundo que te rodea: el aire no es el mismo aire, ni el cielo es el mismo cielo, ni tú, aunque no te hayas movido de sitio, eres el mismo que eras hace un momento. Por eso es importante cuidar todos nuestros pasos y tratar de no negociar con la mediocridad ni con los que quieren que pasemos por aquí sin darnos cuenta de que estamos pasando. Si tú no estuvieras nada esto existiría, y cuando ya no estés nada de esto seguirá existiendo para ti. Si pasas de largo te estarás perdiendo tu propia existencia.

El sentido de la vida hay que buscarlo muchas veces en la naturaleza. Cuanto más nos alejemos de ella más nos alejaremos de nuestra propia esencia vital. Si llega la primavera y no somos capaces de unirnos a su fiesta de colores o a la reinvención que propone siempre la belleza, no haremos más que eternizarnos en los otoños o en los inviernos. Hay mucha gente que se empeña en quedarse eternamente en las estaciones más grises y más frías: y el problema es que cada vez son más los que no son capaces de seguir el curso de la vida con la naturalidad que lo hacen cada año las estaciones. La primavera no se olvida nunca de ser primavera. Cumple con su renacer, con la primera mirada, con la primera juventud y con las primeras luces que reavivan los paisajes y alegran las mañanas. Cada una de esas flores que de repente brotan en los campos debería detener nuestros pasos. Su nacimiento es tan milagroso como el nuestro. Una noche te acuestas dejando un paisaje sin brillos ni colores, y al día siguiente, cuando el azul borra las nubes grises de todos los horizontes, te encuentras con que la primavera se ha instalado delante de tu casa. Y lo seguirá haciendo aunque no quede ni un solo ser humano sobre la Tierra. También dentro de cada uno de nosotros acontecen estaciones que deberían ir pasando con la naturalidad que pasan por los campos. Siempre acabará apareciendo la luz que hará renacer todas las alegrías y todas las esperanzas. Solo tienes que mirar a tu alrededor para darte cuenta de que el campo embarrado de hace unos días se presenta ahora con una interminable tonalidad de rojos y amarillos que alegran cualquier mirada. El adagio decía que el arte imitaba a la naturaleza, pero creo que también nuestra existencia no es más que un reflejo luminoso que debería aprender a revivir con cada nueva primavera.

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